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La triple concupiscencia – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II

La doctrina bíblica sobre la triple concupiscencia 

Invocamos al Espíritu Santo: 

Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.


INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:

La clave de esta catequesis:

La concupiscencia no viene del Padre, viene del mundo, del corazón del hombre, que puso en duda el don de Dios y acepta la motivación del tentador. El hombre corta con lo que viene del Padre, quedando en él lo que viene del mundo. Aparece la vergüenza como manifestación de lo que no viene de Dios.

Detalles:

  1. Las palabras de Cristo en el Sermón de la montaña hacen referencia al “deseo” y nos ayudan a comprender una verdad que afecta a todos los hombres y mujeres. Nos referimos a la fórmula de la Carta de San Juan 2, 16-17: “Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa y también sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.
  2. Esta triple concupiscencia (lo somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra los imperativos de la razón), está en el mundo y a la vez, viene del mundo, no como fruto de la creación, sino como fruto del árbol ciencia del bien y del mal en el corazón del hombre, es decir, como consecuencia del pecado, como fruto de la ruptura de la Alianza con Dios en el corazón humano. El “mundo” del libro del génesis se ha convertido en el “mundo” lugar y fuente de la concupiscencia.
  3. Esta teología de San Juan, se puede aplicar al sermón de la montaña según Mateo: “Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón”. Esa mirada se explica por ser un “hombre de deseo” en el sentido al que se refiere la primera carta de Juan. El hombre y la mujer se encuentran en la dimensión de la triple concupiscencia que “no viene del Padre sino del mundo”.
  4. Para entender esta verdad universal, debemos volver al Génesis y detenernos en el “umbral” en el que el hombre peca y queda transformada su naturaleza. Ahí empieza también la historia de la salvación, donde revivirán los fundamentos que hemos estudiado en el Génesis, como base del conocimiento adecuado del ser humano.

En el relato Yahvista, justo cuando entra el pecado original, se describe el momento en el que en el corazón del hombre se puso en duda el don. El hombre acepta la motivación que le sugiere el tentador, y toma del fruto del “árbol de la ciencia del bien y del mal”: “Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. En esta motivación, se pone claramente en duda el don y el amor de quien trae origen la creación como donación. El hombre recibe como don “al mundo” y a la vez, “la imagen de Dios”. Al poner en duda en su corazón que el amor es el motivo de la creación y la Alianza originaria, el hombre vuelve las espaldas al Dios-amor, al Padre. Lo rechaza de su corazón y como si cortase con aquello que “viene del Padre”, quedando en él lo que “viene del mundo”.

  • “Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos…” Es la primera frase del relato Yahvista que se refiere a la situación del hombre después del pecado y muestra el nuevo estado de la naturaleza humana. ¿No es esto la concupiscencia en el corazón del hombre? Aparece la vergüenza como experiencia del límite. Es la experiencia que demuestra la línea divisoria entre el estado de inocencia originaria y el estado de pecado del hombre al principio.

Esa vergüenza es la primera manifestación en el hombre –varón y mujer- de lo que “no viene del Padre, sino del mundo”.


RATO DE ORACION (Los esposos juntos):

(Leemos los dos juntos)

Madre, enséñanos a descubrir los dones de Dios en mí y en mi esposo/a. Por la concupiscencia no soy capaz de verlo, desprecio a mi esposo/a algunas veces, y busco mis gustos, mis criterios, mis exigencias, mis acusaciones y mis caprichos dejándome llevar por las motivaciones del tentador. Pero yo deseo vivir según el plan de Dios, ver a mi esposo/a bueno muy bueno.

Reflexiono ¿Qué me viene de Dios y qué me viene del mundo?

Lo comentamos con el Señor, delante de mi esposo/a.

EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL HOMBRE DE HOY:

  • Contemplar si me veo más afectado por lo que viene del mundo o por lo que me viene de Dios.
  • Preguntarme si acepto las motivaciones del tentador o reconozco el don de Dios en todo.
  • Es descubrir dónde está el valor en la vida, si se pone en lo que viene del mundo o en el valor que Dios nos da. Lo que viene de Dios es que nos hace personas, buenos, muy buenos, y no nos tratamos con la dignidad y la grandeza que tenemos, ni a nosotros mismos, ni al esposo, ni a los demás. 
  • La concupiscencia, cuando nos dejamos seducir por la motivación del tentador, nos impide ver la grandeza del don de Dios.
  • San Juan Pablo II busca la raíz de la mirada a la que se refiere Jesús. El hombre que vivía feliz, reconociendo los dones de Dios-amor, encuentra una nueva motivación en la triple concupiscencia. El hombre no confía en la felicidad que le viene de los dones de Dios y considera que se puede dar mayor felicidad a sí mismo a través de sus deseos. El hombre que vivía y confiaba en “lo que viene de Dios”, se fía y se deja llevar por “lo que viene del mundo”, que es la triple concupiscencia que sale del corazón del hombre.


EL CASO:

La motivación.

Alicia se queja de que su marido no le da lo que ella necesita. No le comprende ni le habla de sus cosas. Está ya cansada de pedírselo, y no hay avances. Andrés (su marido) en cambio, cree que no necesitan nada más. Están bien. Tienen su buena posición económica, sus hijos sanos, él tiene su hobby, la petanca, con la que se entretiene los domingos por la mañana con los amigos y que además dice que le relaja.

Andrés no quiere hablar con Alicia porque dice que siempre le reprocha su actitud, y que no oye más que quejas. Además que, siempre se empeña en traerse al presente todo lo negativo del pasado.

Preguntas para la reflexión:

  • ¿Cuáles son las motivaciones de Andrés? ¿Vienen de Dios o vienen del mundo?
  • ¿Cuáles son las motivaciones de Alicia? ¿Vienen de Dios o vienen del mundo?
  • ¿La actitud de Alicia les une o les separa? ¿En qué sentido está introduciéndose el tentador en las motivaciones de Alicia?
  • ¿Qué debería hacer Andrés para cambiar sus motivaciones?
  • ¿Cómo puede ayudarle Alicia?
  • ¿Puede ayudar también Andrés a Alicia?

PROPÓSITO PERSONAL Y CONYUGAL:

Sugerencia:

Descubrir cuáles son mis motivaciones, qué me mueve a vivir, si las cosas del mundo a las de Dios. Después, hacer un acto para potenciar mi motivación por mi matrimonio: Un fin de semana juntos, un día juntos hablando de nuestras cosas… Motivándonos mutuamente en nuestra vocación al amor.

Copia íntegra de la catequesis de JPII:

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 30 de abril de 1980

La doctrina bíblica sobre la triple concupiscencia  

  1. Durante nuestra última reflexión hemos dicho que las palabras de Cristo en el Sermón de la Montaña hacen referencia directamente al “deseo” que nace inmediatamente en el corazón humano; indirectamente, en cambio, esas palabras nos orientan a comprender una verdad sobre el hombre, que es de importancia universal.

Esta verdad sobre el hombre “histórico”, de importancia universal, hacia la que nos dirigen las palabras de Cristo tomadas de Mt 5, 27-28, parece que se expresa en la doctrina bíblica sobre la triple concupiscencia. Nos referimos aquí a la concisa fórmula de la primera Carta de San Juan 2, 16-17: “Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa y también sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. Es obvio que para entender estas palabras hay que tener muy en cuenta el contexto en el que se insertan, es decir, el contexto de toda la “teología de San Juan”, sobre la que se ha escrito tanto [1]. Sin embargo, las mismas palabras se insertan, a la vez, en el contexto de toda la Biblia; pertenecen al conjunto de la verdad revelada sobre el hombre, y son importantes para la teología del cuerpo. No explican la

concupiscencia misma en su triple forma, porque parecen presuponer que “la concupiscencia del cuerpo, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida” sean, de cualquier modo, un concepto claro y conocido. En cambio, explican la génesis de la triple concupiscencia al indicar su 

está “en el mundo” y, a la vez, “viene del mundo”, no como fruto del misterio de la creación, sino como fruto del árbol de la ciencia del bien y del proveniencia no “del Padre”, sino “del mundo”.

  • La concupiscencia de la carne y, junto con ella, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida mal (cf. Gén 2, 17) en el corazón del hombre. Lo que fructifica en la triple concupiscencia no es el “mundo” creado por Dios para el hombre, cuya “bondad” fundamental hemos leído más veces en Gén 1: “Vio Dios que era bueno… era muy bueno”. En cambio, en la triple concupiscencia fructifica la ruptura de la primera Alianza con el Creador, con Dios-Elohim, con Dios-Yahvé. Esta Alianza se rompió en el corazón del hombre. Sería necesario hacer aquí un análisis cuidadoso de los acontecimientos descritos en Gén 3, 1-6. Sin embargo, nos referimos sólo en general al misterio del pecado, en los comienzos de la historia humana. Efectivamente, sólo como consecuencia del pecado, como fruto de la ruptura de la Alianza con Dios en el corazón humano —en lo íntimo del hombre—, el “mundo” del libro del Génesis se ha convertido en el “mundo” de las palabras de San Juan (1, 2, 15-16): lugar y fuente de concupiscencia.

Así, pues, la fórmula según la cual, la concupiscencia “no viene del Padre, sino del mundo” parece dirigirse una vez más hacia el “principio” bíblico. La génesis de la triple concupiscencia, presentada por Juan, encuentra en este principio su primera y fundamental dilucidación, una explicación que es esencial para la teología del cuerpo. Para entender esa verdad de importancia universal sobre el hombre “histórico” contenida en las palabras de Cristo durante el sermón de la montaña (cf. Mt 5, 27-28), debemos volver una vez más al libro del Génesis, detenernos una vez más “en el umbral” de la revelación del hombre “histórico”. Esto es tanto más necesario cuanto que este umbral de la historia de la salvación es, al mismo tiempo, umbral de auténticas experiencias humanas, como comprobaremos en los análisis sucesivos. Allí revivirán los mismos significados fundamentales que hemos obtenido de los análisis precedentes, como elementos constitutivos de una antropología adecuada y substrato profundo de la teología del cuerpo.

  • Puede surgir aún la pregunta de si es lícito trasladar los contenidos típicos de la teología de San Juan, que se encuentra en toda la primera Carta (especialmente en 1-2, 15-16), al terreno del sermón de la montaña según Mateo, y precisamente de la afirmación de Cristo tomada de Mt 5, 2728 (“Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón”). Volveremos a tocar este tema más veces: a pesar de esto, hacemos referencia desde ahora al contenido bíblico general, al conjunto de la verdad sobre el hombre, revelada y expresada en ella. Precisamente, en virtud de esta verdad, tratamos de captar hasta el fondo al hombre que indica Cristo en el texto de Mt 5, 27-28, es decir, al hombre que “mira” la mujer “deseándola”. Esta mirada, en definitiva, ¿no se explica acaso por el hecho de que el hombre es precisamente un “hombre de deseo”, en el sentido de la primera carta de San Juan; más aún, que ambos, esto es, el hombre que mira para desear a la mujer que es objeto de tal mirada, se encuentran en la dimensión de la triple concupiscencia, que “no viene del Padre, sino del mundo”? Es necesario, pues, entender lo que es esa concupiscencia, o mejor, lo que es ese bíblico “hombre de deseo”, para descubrir la profundidad de las palabras de Cristo según Mt 5, 2728, y para explicar lo que signifique su referencia, tan importante para la teología del cuerpo, al “corazón” humano.
  • Volvamos de nuevo al relato yahvista, en el que el mismo hombre, varón y mujer, aparece al principio como hombre de inocencia originaria —antes del pecado original— y luego como aquel que ha perdido esta inocencia, quebrantando la alianza originaria con su Creador. No intentamos hacer aquí un análisis completo de la tentación y del pecado, según el mismo texto de Gén 3, 15, la correspondiente doctrina de la Iglesia y la teología.

Solamente conviene observar que la misma descripción bíblica parece poner en evidencia especialmente el momento clave, en que en el corazón del hombre se puso en duda el don. El

hombre que toma el fruto del “árbol de la ciencia del bien y del mal” hace, al mismo tiempo, una opción fundamental y la realiza contra la voluntad del Creador, Dios Yahvé, aceptando la motivación que le sugiere el tentador: “No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis, se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”; según traducciones antiguas: “seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” [2]. En esta motivación se encierra claramente la puesta en duda del don y del amor, de quien trae origen la creación como donación. Por lo que al hombre se refiere, él recibe en don “al mundo” y, a la vez, la “imagen de Dios”, es decir, la humanidad misma en toda la verdad de su duplicidad masculina y femenina. Basta leer

cuidadosamente todo el pasaje del Gén 3, 15 para determinar allí el misterio del hombre que vuelve

las espaldas al “Padre” (aún cuando en el relato no encontremos este apelativo de Dios). Al poner en duda, dentro de su corazón, el significado más profundo de la donación, esto es, el amor como motivo específico de la creación y de la Alianza originaria (cf. especialmente Gén 3, 5), el hombre vuelve las espaldas al Dios-Amor, al “Padre”. En cierto sentido lo rechaza de su corazón. Al mismo tiempo, pues, aparta su corazón y como si lo cortase de aquello que “viene del Padre”: así, queda en él lo que “viene del mundo”.

5.”Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores (Gén 3, 7). Esta es la primera frase del relato yahvista que se refiere a la “situación” del hombre después del pecado y muestra el nuevo estado de la naturaleza humana.

¿Acaso no sugiere también esta frase el comienzo de la “concupiscencia” en el corazón del hombre? Para dar una respuesta más profunda a esta pregunta, no podemos quedarnos en esa primera frase, sino que es necesario volver a leer todo el texto. Sin embargo, vale la pena recordar aquí lo que se dijo en los primeros análisis sobre el tema de la vergüenza como experiencia “del límite” [3]. El libro del Génesis se refiere a esta experiencia para demostrar la “línea divisoria” que existe entre el estado de inocencia originaria (cf. especialmente Gén 2, 25 al que hemos dedicado mucha atención en los análisis precedentes) y el estado de situación de pecado del hombre al “principio” mismo. Mientras el Génesis 2, 25 subraya que “estaban desnudos… sin avergonzarse de ello”, el Génesis 3, 6 habla explícitamente del nacimiento de la vergüenza en conexión con el pecado. Esa vergüenza es como la fuente primera del manifestarse en el hombre —en ambos, varón y mujer—, lo que “no viene del Padre, sino del mundo”.

[1] Cf. p. es.: J. Bonsirven, Epitres de Saint Jean, París 1954 (Beauchesne), págs. 113-119; E.

Brooke, Critical and Exegetical Commentary on the Johannine Epistles (International Critical

Commentary), Edimburgo 1912 (Clark), págs. 47-49; P. De Ambroggi, Le Epistole Cattoliche, Turín

1947 (Marietti), págs. 216-217; C. H. Dodd, The Johannine Epistles (Moffatt New Testament Commentary), Londres 1946, págs. 41-42; J. Houlden, A Commentary on the Johannine Epistles, Londres 1973 (Black), págs. 73-74; B. Prete, Lettere di Giovanni, Roma 1970 (Ed. Paulinas), pág.

61; R. Schnackenburg, Die Johannesbriefe, Friburgo 1953 (Herders Theologischer Kommentar zum Neuen Testament), págs. 112-115; J. R. W. Stott, Epistles of John (Tyndale New Testament Commentaries), Londres 1969, págs. 99-101.

Sobre el tema de la teología de Juan, cf. en particular A. Feuillet, Le mystère de l’ amour divin dans la théologie johannique, París 1972 (Gabalda). 

[2] El texto hebreo puede tener ambos significados, porque dice: “Sabe Elohim que el día en que comáis de él (del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal) se abrirán vuestros ojos y seréis como Elohim, conocedores del bien y del mal”. El término elohim es plural de eloah (“pluralis excellentiae”).

En relación a Yahvé, tiene un significado particular: pero puede indicar el plural de otros seres celestes o divinidades paganas (por ejemplo, Sal 8. 6; Ex 12, 12; Jue 10, 16; Os 31, 1 y otros). Aducimos algunas versiones: — Italiano: “diverreste come Dio, conoscendo il bene e il male.” (Pont. Inst. Bíblico, 1961). — Francés: “…vous serez comme des dieux, qui connaissent le bien et le mal” (Biblia de Jerusalén, 1973). — Ingles: “you will be like God, knowing good and evil” (Versión Standard revisada, 1966). — Español: “seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (S. Ausejo, Barcelona, 1964). “Seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal” (A. Alonso-Schökel, Madrid, 1970).  [3] Cf. la audiencia general del 12 de diciembre de 1979 (L´Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 16 de diciembre de 1979, pág. 3).

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