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MI DEVOCIÓN, FE Y AMOR A JESÚS EUCARISTÍA – Vivencias y Testimonios

Por: Amelia María Oliva Guillén.

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Cuando uno se pregunta cuál es el acontecimiento más importante que ha vivido la humanidad, definitivamente debe pensar en aquella gruta de Belén en donde nació el Hijo de Dios y en ese momento tan grande para la humanidad, en el cual se fundió el cielo con la tierra y se tuvo la dicha de ver cumplida la promesa de Dios Padre de que tendríamos entre nosotros al Salvador y que Él cumpliría en Sí mismo el propósito de Dios Padre de salvar las almas. Esa visita del Hijo de Dios que es un acontecimiento histórico se perpetuó por los siglos porque Jesús, no obstante glorioso ascendió a los cielos, se quedó entre nosotros en la Santa Eucaristía. En el libro Las Horas de la Pasión, escrito por Luisa Picarreta, ella, inspirada por Jesús describe así  el momento de la última cena en que nuestro Salvador, nos deja su presencia sacramental: “(…) el Padre, al oír la voz tierna y afectuosa de su Hijo, se enternece, desciende del cielo y se encuentra ya sobre el altar junto con el Espíritu Santo para concurrir con su Hijo. Y Jesús, con voz fuerte y conmovedora, pronuncia las palabras de la consagración, y sin dejarse a sí mismo, se crea a sí mismo en ese pan y en ese vino…” Cuando yo pienso en lo que significa la Eucaristía, no me queda más que llenarme de agradecimiento, amor, devoción, fe, esperanza y piedad, puesto que al adentrarme en el estudio de diferentes textos pero sobre todo de la Santa Biblia respecto a este tema, he logrado ser consciente de que así como Jesús caminó en este mundo cuando Él vivió en la tierra, así igual, está presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad cuando el Sacerdote celebra la Eucaristía y luego Él queda en el Sagrario, viviendo entre nosotros  materialmente, incluso tenemos la gran  dicha de poder fundirnos con Él al comulgar.  La comprensión de estas verdades sin duda ha sido el motivo para que mi devoción ante la presencia de Jesús Sacramentado haya crecido.  Comentaba en un artículo anterior cómo mi madre fue quien me enseñó el amor a Jesús Eucaristía, pero puedo decir que fue mi madre celestial María Santísima quien le dio sentido a ese amor y me llevó a experimentar en carne propia la presencia de su Hijo entre nosotros y a expandir esa devoción que ya estaba arraigada en mí, para traducirla en una fe propia y para llevarla a la práctica a través del amor.  Digo esto porque como resultado de ser parte de un grupo de hermanos que decidimos reunirnos a rezar todos los días 13 de mes el Santo Rosario, natural fue que buscáramos otros momentos en el mes para reunirnos a orar y en los jueves Eucarísticos encontramos la oportunidad de reunirnos también una vez por semana a hacer una hora de adoración.  De modo que si bien, yo ya tenía la fe, la devoción y el amor a Jesús Sacramentado, realmente no lo había experimentado en su plenitud hasta que empecé, gracias a nuestra Madre del Cielo, a encontrarme con el Él en comunidad y con el Rosario en la mano. Considero que para poder pasar de la devoción aprendida a una verdadera devoción, al verdadero amor, es necesario conocer más de cerca…  así es como cada encuentro con Jesús expuesto en el Altar empezó a ser para mí una nueva experiencia de amor, al inicio era simplemente ir y rezar frente a Él y era lindo, pero con el tiempo fue sentir su calidez, su ternura, su verdadera presencia. ¡Qué razón tienen quienes dicen que la adoración eucarística es la prolongación de la Comunión Sacramental! Si bien, al Comulgar Él se funde materialmente en nosotros y es lo más maravillo que nos puede suceder, en adoración ello sucede espiritualmente y ese encuentro nos hace anhelar aún más la Comunión Sacramental. La devoción como sentimiento de profundo respeto y admiración inspirado por la dignidad del ser de Jesús presente en el altar siempre la tuve pero si María Santísima no me hubiera llevado de la mano a tener la experiencia de estar con Él en adoración, jamás hubiera entendido en toda su dimensión esa presencia viva de Dios en el altar, la magnificencia de Su presencia gloriosa en el altar en donde se encuentra la Santísima Trinidad en pleno, irradiando amor a manos llenas. Claro que Dios es Omnipresente, que en la soledad de mi cuarto puedo arrodillarme y encontrarlo y tener la experiencia de estar con mi Dios y alabarlo y pedirle y conocerlo a través de su palabra, puedo comunicarme con Él en oración y vivir en compañía de la Corte Celestial mi vida toda, pudiendo dirigirme a mi Padre Dios, a mi amado Jesús, al Espíritu Santo mi compañero, a mi Madre Celestial, a todos los Santos, a los Coros Angélicos,  claro que donde yo esté puedo clamar a Dios y tener un encuentro personal con Él y con la Iglesia Triunfante, pero puedo dar testimonio de que es como resultado de  los momentos en que nos acercamos a Dios verdaderamente presente en el Templo, en Su casa, que podemos llegar a  tener la dicha de entender que Él se quedó verdaderamente, materialmente, entre nosotros, podemos llegar a entender  que cuando tomamos la decisión de encaminar los pasos hacia la Iglesia, para asistir a la Santa Misa o a visitarle en el Sagrario o a Adorarle cuando está expuesto,  es Él quien nos lo está permitiendo, es Él quien nos está llamando,  porque nos da audiencia, nos llama a su presencia. Personalmente creo que sólo ello explica ese gozo que  siento  al saber que voy a ir al templo, ese gozo que se siento  al ver el Sagrario y saber que Él está allí tras esa puertecita esperándome, no digamos al verlo desde afuera, expuesto sobre el Altar y no digamos al ver el momento maravilloso en que el Sacerdote pone sus manos sobre el pan y el vino y pronuncia esas palabras de la consagración y Dios en toda su majestad se eleva sobre el altar  mientras yo sólo puedo decir: “Señor mío y Dios mío” y esperar con gran impaciencia y emoción el momento de poder pasar a comulgar y cuando ya está dentro de mí, esa fiesta que hay en el corazón que lo recibe, esa conmoción en que se siente la mente, el cuerpo, el espíritu, el alma, al saber que Dios ha entrado a fundirse en mi corazón. Ante ello, puedo expresar que para mí no hay dicha más grande que estar en la Casa del Señor ante su presencia real en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad sintiendo  el amor del Padre, la Misericordia del Hijo y la unción del Espíritu Santo, experiencia de vida que ha ido acrecentando mi fe, porque Dios se ha manifestado, me he sentido perdonada, llena de gozo, escuchada, puedo dar fe de que ha atendido mis peticiones, puedo sentir que recibe mis oraciones en reparación, en desagravio, porque para nadie es un secreto que su Sacramental Persona sufre indecibles  ultrajes, sacrilegios e indiferencias. Esta experiencia de conocerlo, visitarlo, adorarlo, me ha ido llenando de amor, de un amor como nunca he sentido, amor que no cabe en el pecho, amor que al saberlo dentro del Sagrario me mueve a visitarlo siempre que puedo, a visitarlo incluso mentalmente cuando estoy lejos, pensando en la soledad de su Sagrario, amor que me lleva a postrarme en adoración ante Él expuesto en el Altar, amor que me lleva a asistir a la Santa Eucaristía y a recibirlo con gran devoción, con mucha fe, adoración  y sabiendo que aunque es nada mi amor ante su magnificencia, Él viene a mí, Él se funde conmigo y me llena de Su presencia y de felicidad. ¡Dios quiera que el mundo entero pueda experimentar esta dicha!, Dios quiera hermano lector, que si usted no ha experimentado todo esto ante la presencia sacramental de Dios, la próxima vez que se encamine a la Iglesia, sólo véalo  y véalo con devoción, con adoración y fe, visítelo frecuentemente, la cercanía hace que el amor crezca, cuando lo reciba en la Santa Comunión hágalo en estado de gracia, hágalo con la máxima adoración y  verá cómo  Él va obrando, Él va supliendo lo que nuestra pequeñez no puede y le mostrará que es cierto que se pueden vivir momentos de cielo en la tierra.

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