Cristo identifica el adulterio con el pecado – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II
Cristo identifica el adulterio con el pecado
Invocamos al Espíritu Santo:
Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:
La clave de esta catequesis:
Por la triple concupiscencia, por el pecado, las costumbres y casuísticas humanas del momento pueden llevar a establecer leyes nuevas (leyes a “mi medida”) que se sobreponen y se desvían de la ley de Dios.
Cristo apela a nuestra conciencia, a lo más profundo del corazón, para redescubrir la verdad establecida por Dios e interpretar correctamente su ley, los mandamientos.
Detalles:
Para analizar las palabras de Cristo en el sermón de la montaña sobre el adulterio y el deseo, lo que Él llama “adulterio cometido en el corazón” empezaremos por las primeras palabras “Habéis oído que fue dicho: no adulterarás”.
El pueblo al que se dirige el Señor, el pueblo elegido, había sido acusado muchas veces por los “Profetas” por las múltiples transgresiones que habían hecho de la Ley de Dios. Cristo también habla de esas transgresiones. Sobre todo habla de una interpretación humana de las leyes de Dios en que se borra y desaparece el justo significado del bien y del mal querido por el divino Legislador. Para que sobreabunde la justicia de Dios, es imprescindible que exista su ley. Cristo quiere que esta justicia supere a la de los escribas y fariseos. Cristo no acepta la interpretación que le han dado a la ley porque ha estado condicionada por las debilidades y limitaciones de la voluntad humana, derivadas de la triple concupiscencia. Era una interpretación casuística opuesta al plan original de Dios.
Cristo pretende la transformación del ethos, del comportamiento del hombre, para recuperar la verdadera interpretación de la ley. Porque es condición para el cumplimiento de la ley que ésta sea comprendida adecuadamente. Y esto se aplica, entre otras cosas, al mandamiento de “no cometer adulterio”.
En el Antiguo testamento se observa cómo hay una interpretación de esta ley adaptándola a la casuística del momento. El abandono de la monogamia, especialmente en tiempos de los Patriarcas, había sido motivado por el deseo de una numerosa prole. Las esposas que amaban a sus maridos, les animaban a tener descendencia con esclavas o sirvientas, cuando ellas no podían dársela. Esos fueron los casos de Sara respecto a Abraham y Raquel respecto a Jacob.
El mandamiento que recibió Moisés de “no cometer adulterio” no cambió esa tradición. Los representantes más emblemáticos de Israel, David y Salomón, vivieron una poligamia y, sin duda, por motivos de concupiscencia. Entendían por adulterio la posesión de la mujer de otro y no la posesión de otras mujeres como esposas junto a la primera. La exigencia de la monogamia no estaba unida al mandamiento de “no cometer adulterio”.
En ese marco histórico, considerando la letra de la ley (no el espíritu), defendían el mandamiento de “no cometer adulterio”, luchando contra el adulterio de manera decidida y sin miramientos, utilizando medios radicales, incluida la pena de muerte. Pero entendiendo el adulterio de manera limitada pues lo hacen legalizando la poligamia, al menos de modo indirecto, viendo el adulterio exclusivamente como infracción del derecho de propiedad del hombre sobre cualquier mujer que sea su esposa legal (normalmente tenían varias). No se entiende el adulterio desde el punto de vista de la monogamia establecida por el Creador, a la que Cristo se refirió señalando “al principio” como argumento.
Por otra parte, es significativo que Cristo se pone de parte de la mujer sorprendida en adulterio y la defiende de la lapidación. Él dice a los acusadores: “Quien de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra contra ella”. Y a la mujer le dice “Vete y, de ahora en adelante, no peques más”. Cristo identifica claramente el adulterio con el pecado. En cambio, cuando se dirige a los que querían lapidar a la mujer adúltera no apela a las prescripciones de la ley israelita, sino exclusivamente a la conciencia. Y es que el discernimiento del bien y del mal inscrito en las conciencias humanas puede demostrarse más profundo y más correcto que el contenido de una norma.
Cristo desea enderezar estas desviaciones de la ley que había hecho el Pueblo Elegido. De ahí las palabras pronunciadas por Él en el sermón de la Montaña.
MENSAJE PARA EL HOMBRE DE HOY:
Antes del fuego, siempre ha habido una chispa. Es muy importante tener en cuenta que todo mal viene primeramente del corazón.
De manera muy sutil, según las costumbres de la época, se puede sustituir la ley de Dios por otra superpuesta, que sustituye el concepto del bien y del mal. El hombre de hoy debe tomar conciencia de cómo en nuestra sociedad actual, el contexto cultural, las costumbres y la ideología dominante, nos condicionan a la hora de interpretar los mandamientos de Dios.
Esta catequesis está especialmente vigente en nuestros días, y nos debe hacer reflexionar cómo las modas y las ideologías de hoy en día nos llevan a “tergiversar” y torcer el mandamiento del Señor sobre los actos de adulterio o el adulterio cometido en el corazón.
Cuántos de los que nos rodean, piensan que “eso no se puede interpretar al pie de la letra, no se salvaría nadie”, “tiene derecho a rehacer su vida”, “si se quieren…”. Incluso basándose para ello en algo bueno como es el amor. Cuántos podemos estar dándole una interpretación reduccionista al concepto de adulterio, limitándonos a considerarlo como el hecho de tener relaciones con quien no es nuestro cónyuge, sin atender al “adulterio en el corazón” que menciona Cristo, al hecho de mirar con deseo a quien no es mi cónyuge, a tener pensamientos en esa dirección, a querer gustar a otros/as… ¿Qué es lo que falla? Que tratamos de interpretar los mandatos de Dios, desde la visión de nuestra naturaleza concupiscente, condicionados por nuestro pecado, olvidando que éste enturbia nuestra mirada y no nos permite ver con claridad. Hacemos como hicieron en el Antiguo Testamento, interpretar la ley de Dios supeditándola a nuestra debilidad, adaptándola a nuestra medida.
Cristo apela a la conciencia incluso más que a la ley, para que cuando miremos en el fondo de nuestro propio corazón, descubramos la verdad inscrita por Dios desde el principio, por encima de la ley impuesta. Apelando al fondo de nuestra conciencia podemos conocer el espíritu de la ley querido por Dios. Pero hay que acudir al fondo de nuestro corazón, de nuestra conciencia, porque nuestras ideas más superficiales, pueden estar manipuladas por la cultura y las ideologías que nos condicionan tergiversando la interpretación de la ley de Dios.
Dios nos da su ley como un mínimo necesario para vivir en plenitud, para guiarnos en nuestro camino. Existe una gran verdad consistente en la imposibilidad de amar, de vivir el amor de comunión, al que nos llama el Señor en nuestra vocación conyugal, con una vida de adulterio, aunque sea “adulterio en el corazón”. Esa verdad no muta con los tiempos, las culturas o las ideologías, es trascendente y es posible descubrirla si miramos en lo profundo de nuestro corazón, porque ahí la inscribió Dios. Por eso Cristo apela a la conciencia interior y profunda del hombre, ahí nos llama a buscar la verdad.
Por lo tanto, en la sociedad de hoy, es fundamental formar las conciencias rectas que sepan discernir, entre lo que trata de imponernos la cultura y lo que de verdad tenemos inscrito en nuestro interior.
Nosotros, esposos, debemos adentrarnos en lo más profundo de nuestro corazón donde está inscrito el discernimiento del bien y el mal, para liberarnos de las influencias externas que tratan de condicionarnos y nos alejan de la voluntad de Dios. Así evitaremos las interpretaciones del concepto de adulterio condicionadas por nuestra debilidad, por nuestro pecado. Interpretaciones que busquen justificar nuestra conducta pecaminosa, quitando importancia, por ejemplo, a mirar a otras personas “deseándolas”, a cuidarme y arreglarme para gustar a otras personas, a decir piropos a otras personas que sólo debo destinar a mi cónyuge, a tener conversaciones íntimas con otros/as que sólo debería tener con mi esposo/a, a exponer nuestra intimidad conyugal a amistades o familiares por despecho o para alimentar mi autocompasión…
Es muy importante comprender lo que el Creador quiere con su mandato “no cometerás adulterio” para recuperar el significado por Él querido, para vivirlo como Él quiere. Porque sólo así podré vivir ese nuevo ethos posibilitado por la redención de Cristo, esa forma de comportarme de acuerdo con el plan de Dios. Ese es el único camino que me puede llevar a la plenitud, que puede hacer que viva con mi esposo/a el amor de comunión al que estoy llamado, el que Dios pensó para nosotros esposos cuando nos creó.
Ese camino al fondo de mi corazón para descubrir el plan de Dios sólo es posible con una vida de oración y sacramentos.
RATO DE ORACION JUNTOS:
¿CÓMO DEBEMOS ORAR EN ESTA FASE?
1) Creamos un espacio mutuo de recogimiento ante el Santísimo.
2) La catequesis de hoy nos abre un camino muy estrecho pero muy necesario. Es exigente pero responde a la verdad que Dios inscribió en los profundo de nuestro corazón al invitarnos a la vocación conyugal. Como vivimos esa verdad en nuestra vocación particular.
3) Dedicamos 5 minutos a analizar cómo me dejo seducir o condiciona mi forma de ver las cosas, la ideología o la cultura de la sociedad actual frente a lo que nos ha revelado Dios en la Biblia o en el magisterio de la Iglesia.
4) A continuación se comparte con tu esposa/o, lo que Dios te quiere decir sobre ello. En esta fase, no juzgues ni critiques las respuestas de tu cónyuge, solo escucha y comprende.
EL CASO:
Llegó la crisis y él se arruinó. Ella decidió abandonar el domicilio familiar e irse a casa de sus padres y él, en el peor momento de su vida, se ve obligado a irse solo a casa de los suyos. Su matrimonio no iba bien desde hacía ya bastante tiempo. La familia de la esposa no ve con buenos ojos al marido, por el daño que le ha venido provocando a ella. Muchas veces la han visto llorar, todas esas veces que ella se refugiaba en la familia de origen y le ha transmitido a sus hermanas multitud de situaciones de dolor.
La familia de ella es católica, y van a la Eucaristía dominical. Pero ante tanto sufrimiento por parte de ella, ven al marido como alguien indeseable con el que ella no debería volver, y dejar así de sufrir. Ellos desde luego, ya no le hablan, desde luego.
La familia de ella le anima a que se separe. Es más, puesto que él tiene problemas económicos, aunque en su día hicieron separación de bienes, proponen que ella se divorcie. Total, no pasa nada, es solamente por una cuestión de protegerla a ella y a sus hijas. Le buscan un abogado y le empujan a iniciar el proceso.
Ella no sabe qué hacer. Por un lado, cree que sigue queriendo a su marido, y por otro, hay tanto dolor en su vida y tiene tantas presiones de su familia ahora que además vive con ellos, que piensa que lo más fácil es divorciarse y quitarse de un problema que le tiene hundida.
DIALOGAMOS ENTRE EL GRUPO:
¿Crees que divorciándose se solucionan sus problemas? ¿Por qué?
¿Por qué parece más fácil “tirar” que “reparar”?
¿Qué le induce a cuestionarse o replantearse esa decisión?
¿Qué crees que le diría Cristo?
Jesús dice “Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.” (Mt 5,17)
COMPROMISO
Revisar mis leyes, principios, las normas que defiendo en el día a día, viendo cuáles de ellas no son conformes con el espíritu de la ley de Dios y están perjudicando nuestro matrimonio.
Cuestionar aquello que nuestra cultura o la sociedad considera “políticamente correcto”, para confrontarlo con lo que en lo profundo de nuestro corazón inscribió Dios, para desarrollar una conciencia recta. Acudir a la dirección espiritual para que nos ayude al discernimiento.
ORACIÓN FINAL:
Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. No busco la unión con mi esposo/a por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.
Copia íntegra de la catequesis de JPII:
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 13 de agosto de 1980
Cristo identifica el adulterio con el pecado
- El análisis de la afirmación de Cristo durante el sermón de la montaña, afirmación que se refiere al “adulterio” y al “deseo” que él llama “adulterio cometido en el corazón”, debe realizarse comenzando por las primeras palabras. Cristo dice: “Habéis oído que fue dicho: No adulterarás…” (Mt 5, 27). Tiene en su mente el mandamiento de Dios, que en el Decálogo figura en sexto lugar y forma parte de la llamada Tabla de la Ley, que Moisés había obtenido de Dios-Jahvé.
Veámoslo por de pronto desde el punto de vista de los oyentes directos del sermón de la montaña, de los que escucharon las palabras de Cristo. Son hijos e hijas del pueblo elegido, pueblo que había recibido la “ley” del propio Dios-Jahvé, había recibido también a los “Profetas”, los cuales, repetidamente, a través de los siglos, habían lamentado precisamente la relación mantenida con esa Ley, las múltiples transgresiones de la misma. También Cristo habla de tales transgresiones. Más aún, habla de cierta interpretación humana de la Ley, en que se borra y desaparece el justo significado del bien y del mal, específicamente querido por el divino Legislador. La ley,
efectivamente, es sobre todo, un medio, un medio indispensable para que “sobreabunde la justicia” (palabras de Mt 5, 20, en la antigua versión). Cristo quiere que esa justicia “supere a la de los escribas y fariseos”. No acepta la interpretación que a lo largo de los siglos han dado ellos al auténtico contenido de la Ley, en cuanto que han sometido en cierto modo tal contenido, o sea el designio y la voluntad del Legislador, a las diversas debilidades y a los límites de la voluntad humana, derivada precisamente de la triple concupiscencia. Era esa una interpretación casuística, que se había superpuesto a la originaria visión del bien y del mal, enlazada con la ley del Decálogo. Si Cristo tiende a la transformación del ethos, lo hace sobre todo para recuperar la fundamental claridad de la interpretación: “No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a hacer que se cumpla” (Mt 5, 17). Condición para el cumplimiento de la ley es la justa comprensión. Y esto se aplica, entre otras cosas, al mandamiento “no cometer adulterio”. - Quien siga por las páginas del Antiguo Testamento la historia del pueblo elegido de los tiempos de Abraham, encontrará allí abundantes hechos que prueban cómo se practicaba y cómo, en consecuencia de esa práctica, se elaboraba la interpretación casuística de la Ley. Ante todo, es bien sabido que la historia del Antiguo Testamento es teatro de la sistemática defección de la monogamia: lo cual, para comprender la prohibición “no cometer adulterio”, debía tener un significado fundamental. El abandono de la monogamia, especialmente en tiempo de los Patriarcas, había sido dictado por el deseo de la prole, de una numerosa prole. Este deseo era tan profundo y la procreación, como fin esencial del matrimonio, tan evidente que las esposas, que amaban a los maridos, cuando no podían darles descendencia, rogaban por su propia iniciativa a los maridos, los cuales las amaban, que pudieran tomar “sobre sus rodillas” —o sea, acoger— a la prole dada a la vida por otra mujer, como la sierva, o esclava. Tal fue el caso de Sara respecto a Abraham [1] y también el de Raquel respecto a Jacob [2]. Esas dos narraciones reflejan el clima moral en que se practicaba el Decálogo. Explican el modo en que el ethos israelita era preparado para acoger el mandamiento “no cometer adulterio” y la aplicación que encontraba tal mandamiento en la más antigua tradición de aquel pueblo. La autoridad de los Patriarcas era, de hecho, la más alta en Israel y tenía un carácter religioso. Estaba estrictamente ligada a la Alianza y a la promesa.
- El mandamiento “no cometer adulterio” no cambió esa tradición. Todo indica que su ulterior desarrollo no se limitaba a los motivos (más bien excepcionales) que habían guiado el comportamiento de Abraham y Sara, o de Jacob y Raquel. Si tomamos como ejemplo a los representantes más ilustres de Israel después de Moisés, los reyes de Israel David y Salomón, la descripción de su vida atestigua el establecimiento de la poligamia efectiva, y ello, indudablemente, por motivos de concupiscencia.
En la historia de David, que tenía también varias mujeres, debe impresionar no solamente el hecho de que había tomado la mujer de un súbdito suyo, sino también la clara conciencia de haber cometido adulterio. Ese hecho, así como la penitencia del rey, son descritos de forma detallada y sugestiva [3]. Por adulterio se entiende solamente la posesión de la mujer de otro, mientras no lo es la posesión de otras mujeres como esposas junto a la primera. Toda la tradición de la Antigua Alianza indica que en la conciencia de las generaciones que se sucedían en el pueblo elegido, a su ethos no fue añadida jamás la exigencia efectiva de la monogamia, como implicación esencial e indispensable del mandamiento “no cometer adulterio”. - Sobre este fondo histórico hay que entender todos los esfuerzos que están dirigidos a introducir el contenido específico del mandamiento “no cometer adulterio” en el cuadro de la legislación promulgada. Lo confirman los Libros de la Biblia, en los que se encuentra registrado ampliamente el conjunto de la legislación del Antiguo Testamento. Si se toma en consideración la letra de tal legislación, resulta que ésta lucha contra el adulterio de manera decidida y sin miramientos, utilizando medios radicales, incluida la pena de muerte [4]. Pero lo hace sosteniendo la poligamia efectiva, más aún, legalizándola plenamente, al menos de modo indirecto. Así, pues, el adulterio es combatido sólo en los límites determinados y en el ámbito de las premisas definitivas, que componen la forma esencial del ethos del Antiguo Testamento. Aquí por adulterio se entiende sobre todo (y tal vez exclusivamente) la infracción del derecho de propiedad del hombre con respecto a cualquier mujer que sea su esposa legal (normalmente: una entre tantas); no se entiende, en cambio, el adulterio como aparece desde el punto de vista de la monogamia establecida por el Creador. Sabemos ya que Cristo se refirió al “principio” precisamente en relación con este argumento (cf. Mt 19, 8).
- Por otra parte, es muy significativa la circunstancia en que Cristo se pone de parte de la mujer sorprendida en adulterio y la defiende de la lapidación. El dice a los acusadores: “Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra contra ella” (Jn 8, 7). Cuando ellos dejan las piedras y se alejan, dice a la mujer: “Ve, y de ahora en adelante no peques más” (Jn 8, 11). Cristo identifica, pues, claramente el adulterio con el pecado. En cambio, cuando se dirige a los que querían lapidar a la mujer adúltera, no apela a las prescripciones de la ley israelita, sino exclusivamente a la
- conciencia. El discernimiento del bien y del mal inscrito en las conciencias humanas puede a demostrarse más profundo y más correcto que el contenido de una norma.
Como hemos visto, la historia del Pueblo de Dios en la Antigua Alianza (que hemos intentado ilustrar sólo a través de algunos ejemplos) se desarrollaba, en gran medida, fuera del contenido normativo encerrado por Dios en el mandamiento “no cometer adulterio”; pasaba, por así decirlo, a
su lado. Cristo desea enderezar estas desviaciones. De aquí, las palabras pronunciadas por El en el sermón de la montaña.
- Notas
[1] Cf. Gén 16, 2.
[2] Cf. Gén 30, 3.
[3] Cf. 2 Sam 11, 2-27.
[4] Cf. Lev 20, 10; Dt 22,