Dignidad de la generación humana – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II
Dignidad de la generación humana
Invocamos al Espíritu Santo:
Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:
En la catequesis anterior analizamos el término “conocer” en su significado como unión entre el hombre y la mujer.
Ese “conocimiento bíblico” esconde un significado mucho mayor, que es necesario para comprender quién es el hombre y el significado de su cuerpo. Este significado sintetiza todo lo visto hasta ahora en estas catequesis de la Teología del Cuerpo.
1. El conocimiento en la Soledad Originaria.
En la primera experiencia de la Teología del Cuerpo, en la Soledad Originaria, mediante el conocimiento se definía quién es el hombre.
Mediante el autoconocimiento, el conocimiento de uno mismo, se ponía de relieve:
- Que el hombre es imagen de Dios (Dios es el conocimiento absoluto)
- Que el hombre es diferente al resto de los seres vivos, de quienes está por encima y a quienes conoce y les pone nombre. De ellos se diferencia porque el resto de creaturas no pueden “conocer”, algo exclusivo del hombre.
Con este conocimiento de sí mismo el hombre se afirma como persona y sujeto.
Además, ese conocimiento de sí mismo le lleva a conocer su capacidad de autodeterminación, esto es, de poder elegir. Dios le da la libertad y la gracia para poder elegir el camino correcto en cada momento.
2. El conocimiento en la Unidad Originaria.
En esta segunda experiencia el conocimiento vuelve a ser clave.
En primer lugar, el descubrimiento de la mujer le lleva al hombre a conocerse más a sí mismo, y viceversa, el conocimiento del hombre le lleva a la mujer a conocerse más. Así, ambos se conocen como varón y mujer.
El Génesis nos muestra cómo el hombre y la mujer están dotados de la misma dignidad pero son diferentes, tanto exterior (en la forma de su cuerpo) como interiormente. Por ejemplo, de la Biblia se deduce cómo es el hombre el que conoce y la mujer la que es conocida, como si su cuerpo escondiese la profundidad misma de la feminidad. Mientras que el hombre tiene un cuerpo, una configuración sexual más expuesta, lo que le lleva a ser el primero en tener vergüenza tras el pecado original.
En este conocimiento el hombre y la mujer también descubren el “don”: que al darse mutuamente ambos se realizan como personas, como sujetos.
3. Procreación
Además, al conocerse (en el sentido de unirse sexualmente), ambos se conocen a sí mismos aún más, llegando a ser una sola carne.
Más aún, consecuencia de ese conocimiento, de esa unión carnal, cada uno conoce, descubre una nueva faceta de sí mismo. La mujer se conoce como madre, sujeto de la nueva vida humana, vida a quien concibe y que se desarrolla en ella y que de ella nace al mundo. Y el hombre se conoce como padre y generador. De tal manera que la mujer se diferencia del varón en sus determinaciones bio-fisiológicas más profundas, tanto exterior como interiormente.
El conocimiento mutuo conlleva la generación, que hace que hombre y mujer aumenten el conocimiento de sí mismos y el conocimiento recíproco.
La procreación también hace que ambos se conozcan recíprocamente en el tercero, en la criatura que es origen de ambos. Descubren en ese tercero su misma humanidad, su imagen viva.
Así vemos que el conocimiento del significado del cuerpo está vinculado a la paternidad y a la maternidad.
Toda la constitución del cuerpo de la mujer está en unión estrecha con la maternidad. La Biblia y posteriormente la Liturgia alaban esto: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron“ (Lc. 11,2). Estas palabras están referidas a la Madre de Cristo, la segunda Eva.
Eva cuando parió dijo “he alcanzado de Yahvé un varón” (Gn. 4,1). Esto nos lleva a ver el cuerpo de la mujer como lugar de la concepción del nuevo hombre. Además, destaca el hecho de que Eva tiene plena conciencia del misterio de la Creación (“he alcanzado de Yahvé…”) que se renueva en la generación humana, y de la participación humana en dicha creación, obra de ella y de su marido.
Los primeros padres transmiten a todos los padres esta verdad. El nuevo hombre nacido de la mujer-madre por obra del varón-padre reproduce cada vez la misma imagen de Dios, ese Dios que creó al primer hombre a su imagen.
En resumen,
- aunque existen profundas diferencias entre el estado de inocencia originaria y el estado pecaminoso heredado del hombre, esa “imagen de Dios” constituye una base de continuidad y de unidad.
- El “conocimiento” del que habla el Génesis 4, 1, es el acto que origina el ser, que en unión con el Creador, da origen a una nueva criatura.
- El primer hombre, en su soledad, tomó posesión del mundo visible, creado para él, conociendo e imponiendo nombre a los seres vivientes (animalia).
- El mismo “hombre”, como varón y mujer, al conocerse recíprocamente en esta específica comunidad-comunión de personas, en la que el varón y la mujer se unen tan estrechamente entre sí que se convierten en “una sola carne”, constituye la humanidad, es decir, confirma y renueva la existencia del hombre como imagen de Dios.
- Ambos, varón y mujer, cada vez renuevan, por decirlo así, esta imagen del misterio de la creación y la transmiten “con la ayuda de Dios-Yahvé”.
Estas palabras del libro del Génesis encierran en sí todo lo que se puede y se debe decir de la dignidad de la generación humana.
EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL HOMBRE DE HOY:
Profundizamos en la idea del “conocer” bíblico. Un concepto de mucho peso en la relación conyugal porque el fin de mi matrimonio es mi esposo/a. Conocer a mi esposo/a no es un acto cognitivo, sino que es tener experiencia de su intimidad. No puedo definir a mi esposo/a como una lista de características, virtudes y flaquezas. Tengo que tener experiencia de su intimidad exponiéndole también la mía, para poder conocerle y así, tengo experiencia de quién es y quién soy en relación a él/ella. Es patente que los esposos que viven crisis matrimoniales no se conocen.
También en los momentos difíciles, tengo la oportunidad de conocerle, si salgo de mi orgullo que me hace centrar la mirada en lo que dice de mí, o supero la vanidad de juzgarle por lo que dice o hace. Entonces estaré en disposición de conocerle también en esos momentos de turbación, de tribulación. Por mi orgullo y mi vanidad puedo no tener acceso a la intimidad de mi esposo para conocer lo que hay en su corazón, lo que le duele, su sensibilidad, lo que le hace frágil, sus heridas, sus miedos, en lo que necesita ayuda… También puedo caer en la tentación de llevar mi relación a un plano muy conceptual, al ámbito de “las razones” en lugar de vivir una relación “de corazón a corazón”, afectiva, de amor. Mientras que en el plano de la razón puede que no nos entendamos nunca, podemos estar siempre unidos en el plano del corazón, porque nada nos impedirá conocernos más en cualquier circunstancia.
Para amar es necesario conocer. No se ama lo que no se conoce. Dios me conoce absolutamente y me puede amar completamente. Cristo dice “Porque el Padre está en mí y yo estoy en el Padre”. Ese estar en el corazón del otro es lo que hace posible la comunión.
A la unión mediante el acto sexual se la llama en la biblia con el nombre de “conocer”, puesto que es una experiencia muy íntima entre ambos, en la que ambos profundizamos en el conocimiento mutuo, adentrándonos el uno en el otro, de intimidad a intimidad. Esta experiencia es maravillosa para crecer en el amor mutuo, el amor de comunión.
1. Por el conocimiento de mí mismo descubro quién soy:
- He sido creado por Dios, por amor, y tengo una dignidad infinita que nadie me puede quitar. A Cristo le agredieron, se burlaron de Él,… y no perdió su dignidad. La dignidad sólo la pierdo cuando no actúo según la voluntad de Dios.
- Mi cónyuge es hijo de Dios, tiene una dignidad infinita, y como tal le debo tratar.
- Soy imagen de Dios, estoy muy por encima de los animales, y así me he de comportar, conforme a la razón y a la voluntad que Dios me ha dado, sin “comportamientos animales”, sin dejarme llevar por mis instintos.
- Dios me ha dado poder para someter las cosas y que ellas no me sometan a mí (que no me sometan mis actividades del día a día, mi ocio,…). Tengo que priorizar según la voluntad de Dios y cumplirlo.
- Para conseguir todo esto me tengo que confrontar con Cristo, mi modelo, e ir hacia Él (para ello necesito oración personal, Eucaristía,…). Tener su Corazón.
2. Por el conocimiento de mi cónyuge descubro:
- Mi cónyuge es un don de Dios para mí.
- Necesito de mi “ayuda adecuada” para conocerme. Me da luz y me ayuda a ver cosas que no veo.
- Debo mirar con el corazón a mi cónyuge, para darle luz con amor, con misericordia. Yo también soy pecador y Cristo me mira con misericordia. Debo mirarle como Cristo le mira, ayudarle como Cristo lo haría.
- Necesito humildad para no sentirme por encima de mi cónyuge, no pensar que tengo razón, que mi criterio es el bueno. Nuestra razón está distorsionada por el pecado. Más vale aceptar la luz de mi cónyuge con humildad aunque su razón también tenga la misma distorsión, pues haciéndole caso no me equivoco porque actúo con humildad.
- Descubro que somos diferentes hombre y mujer, esposo y esposa, pero que debo acoger esas diferencias porque las ha querido Dios para nuestro bien, para que crezcamos como personas y seamos mejores. Nuestras diferencias nos complementan y nos dirigen a la plenitud. El hombre está como más expuesto, y en la feminidad hay como más profundidad, una profundidad que hay que bucear para conocer, que hay que descubrir con delicadeza, con ternura, con mucha comprensión. La mujer por su parte debe acoger esa aparente simplicidad del hombre como algo bueno, como una especie de sencillez sin dobleces que hay que saber valorar también.
- En el abrazo conyugal, en las relaciones conyugales, nos hacemos una sola carne, nos unimos, nos conocemos en todo nuestro ser al darnos y acogernos como somos.
- Ya no soy yo, somos nosotros. Una sola carne, un solo corazón, un solo alma. Reflejo de la Trinidad.
3. Por el conocimiento de nuestros hijos, si Dios nos los ha dado, nos conocemos aún más, conocemos quiénes somos y a qué estamos llamados.
- El hombre descubre por el conocimiento la hermosura de la feminidad, que incluye la maravilla del milagro de la maternidad. Descubrir que Dios ha permitido que, a pesar del pecado, tengamos el poder de transmitir la “imagen de Dios” a la nueva criatura.
- Primero está mi cónyuge, luego nuestros hijos.
- Nuestros hijos no pueden dividirnos. Ante su pecado, la solución es unirme más a mi cónyuge.
- Tenemos que ser luz para nuestros hijos, ejemplo de amor.
ORACIÓN JUNTOS:
Oro a solas primero: Señor, ¿Me esfuerzo por conocer a mi esposo/a?
¿Cuánto tiempo dedico a descubrir la riqueza que hay en su masculinidad/feminidad? El tesoro que has puesto en él/ella por haberle hecho hombre/mujer.
Hablo con el Señor de esto, delante de mi esposo/a (Primero uno y luego el otro):
Contemplo la grandeza de la diferencia sexual que hace posible nuestra unión. A primera vista parece que esta diferencia dificulta la unión. Me parece que es más fácil encajar con alguien que es más parecido a mí. Pero descubro que solamente a la unión hombre/mujer le has concedido el don tan inmenso de la procreación, traer a la vida a una persona destinada a vivir eternamente como hijo/a tuyo/a.
Leemos juntos: Señor, tú eres el creador del matrimonio. Tú nos has hecho hombre y mujer para hacerlo posible, y nos has dado un sacramento específico para nuestro amor. Y nos has dado el don de la procreación. Qué grande eres, Señor, qué obra tan magnífica y que tesoro has puesto entre nosotros, en nuestros corazones. Que sepamos aprovechar la Gracia que nos has dado para mayor gloria Tuya. Amén.
EL CASO:
Juan y Marta llevan 16 años casados y tienen 3 hijos, un chico de 15 años y dos niñas de 12 y 10 años.
Últimamente lo están pasando mal. No se entienden y ven que más que apoyarse, están uno en oposición al otro.
Marta no se siente comprendida ni valorada, siente que Juan no le apoya en sus discusiones con su hijo adolescente. Se queda al margen y parece quitar importancia a los gritos que su hijo le da cuando le dice que ordene su cuarto, que no se comporte como un animal,… O de repente su marido pasa al extremo contrario y se pone a gritar al niño, sin controlar su genio. Además, no le puede contar nada a Juan porque no le entiende, simplifica todo,…
Juan, por su parte, cada día está más perdido y más cansado de Marta. Piensa que no puede entrar en las discusiones a gritos entre Marta y su hijo para rebajar la tensión del momento y que no puede ponerse a gritar él también. Cree que alguien tiene que mantener la calma. Además, Marta le da demasiada importancia a detalles como el orden. Eso sí, cuando Marta le calienta, le pone la cabeza como un bombo respecto a lo que ha hecho su hijo, acaba saltando, gritando al niño y entonces Marta se enfada más aún. No la entiende. ¿Por qué no se puede controlar y quitarle importancia a algunos comentarios o actitudes de su hijo, no se da cuenta que es un adolescente? ¡Las notas sí que las tiene flojas y eso Marta no lo ve!
Con todo esto, su hijo se está aprovechando de la falta de unión de sus padres para conseguir lo que quiere, sin darle importancia a la cada vez mayor división que está provocando en ellos.
Preguntas para la reflexión:
¿Qué pasaría si Juan y Marta hicieran oración conyugal todos los días, abriendo su corazón, mostrando uno al otro sus preocupaciones, sus debilidades, sus luchas?
¿Qué pasaría si en los momentos en que Marta está enfadada, Juan dejase de juzgarla y acercase su corazón al de ella para conocerla en esas circunstancias? Si se uniera a ella en lo que está experimentando en ese momento y las causas que la llevan a ello.
¿Qué pasaría si Marta hiciera lo mismo con Juan?
Ambos necesitan, salir de su yo, para conocerse, valorarse en toda su grandeza, para ser capaces de amarse.
Ser conscientes de ello, aumentar su conocimiento mutuo, cultivarlo día a día tanto en la faceta espiritual como intelectual, afectiva y carnal, les llevaría a estar cada día más unidos, siendo conscientes de que son una sola carne, y haciéndose cada vez más un solo corazón y una sola alma.
COMPROMISO:
Profundizar en el conocimiento del otro, en esas experiencias de su intimidad, mediante el diálogo, la oración juntos, las relaciones sexuales, sus momentos de dificultad, de enfado. Así aprenderé a amarle.
ORACIÓN FINAL:
Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. No busco la unión con mi esposo/a por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.
Copia íntegra de la catequesis de JPII:
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 12 de marzo de 1980
Dignidad de la generación humana
1.En la meditación precedente sometimos a análisis la frase del Génesis Gn 4,1 y, en particular, el término “conoció”, utilizado en el texto original para definir la unión conyugal. También pusimos de relieve que este “conocimiento” bíblico establece una especie de arquetipo [1] personal de la corporeidad y sexualidad humana. Esto parece absolutamente fundamental para comprender al hombre, que desde el “principio” busca el significado del propio cuerpo. Este significado está en la base de la misma teología del cuerpo. El término “conoció” – “se unió” (Gn 4,1-2) sintetiza toda la densidad del texto bíblico analizado hasta ahora. El “hombre” que, según el Génesis 4, 1, “conoce” por primera vez a la mujer, su mujer, en el acto de la unión conyugal, es en efecto el mismo que, al poner nombre, es decir, “al conocer” también, se ha “diferenciado” de todo el mundo de los seres vivientes o animalia, afirmándose a sí mismo como persona y sujeto. El “conocimiento”, de que habla el Génesis 4, 1, no lo aleja ni puede alejarlo del nivel de ese primordial y fundamental autoconocimiento. Por lo tanto -diga lo que diga sobre esto una mentalidad unilateralmente “naturalista”-, en el Génesis 4, 1, no puede tratarse de una mera aceptación pasiva de la propia determinación por parte del cuerpo y del sexo, precisamente porque se trata de “conocimiento”.
Es, en cambio, un descubrimiento ulterior del significado del propio cuerpo, descubrimiento común y recíproco, así como común y recíproca es desde el principio la existencia del hombre a quien “Dios creo varón y mujer”. El conocimiento que estaba en la base de la soledad originaria del hombre, está ahora en la base de esta unidad del varón y la mujer, cuya perspectiva clara ha sido puesta por el Creador en el misterio mismo de la creación (cf. Gn 1,27 Gn 2,23). En este “conocimiento” el hombre confirma el significado del nombre “Eva”, dado a su mujer, “por ser la madre de todos los vivientes”(Gn 3,20).
2.Según el Génesis 4, 1, aquel que conoce es el varón, y la que es conocida es la mujer- esposa, como si la determinación específica de la mujer, a través del propio cuerpo y sexo, escondiese lo que constituye la profundidad misma de su feminidad. En cambio, el varón fue el primero que -después del pecado- sintió la vergüenza de su desnudez, y el primero que dijo: “He tenido miedo, porque estaba desnudo, y me escondí” (Gn 3,10). Será necesario volver todavía por separado al estado de ánimo de ambos después de perder la inocencia originaria. Pero ya desde ahora es necesario constatar que en el “conocimiento”, de que habla el Gn 4,1, el misterio de la feminidad se manifiesta y se revela hasta el fondo mediante la maternidad, como dice el texto: “la cual concibió y parió”. La mujer está ante el hombre como madre, sujeto de la nueva vida humana que se concibe y se desarrolla en ella, y de ella nace al mundo. Así se revela también hasta el fondo el misterio de la masculinidad del hombre, es decir, el significado generador y “paterno” de su cuerpo [2].
3.La teología del cuerpo, contenida en el libro del Génesis, es concisa y parca en palabras. Al mismo tiempo, encuentran allí expresión contenidos fundamentales, en cierto sentido primarios y definitivos. Se encuentran todos a su modo en ese “conocimiento” bíblico. La constitución de la mujer es diferente respecto al varón; más aún, hoy sabemos que es diferente hasta en sus determinaciones bio-fisiológicas más profundas. Se manifiesta exteriormente sólo en cierta medida, en la estructura y en la forma de su cuerpo. La maternidad manifiesta esta constitución interiormente, como particular potencialidad del organismo femenino, que con peculiaridad creadora sirve a la concepción y a la generación del ser humano, con el concurso del varón. El “conocimiento” condiciona la generación.
La generación es una perspectiva, que el varón y la mujer insertan en su recíproco conocimiento.
sobrepasa los límites de sujeto-objeto
Por lo cual éste , cual varón y mujer parecen ser mutuamente, dado que el “conocimiento” indica,
por una parte, a aquel que “conoce”, y por otra, a la que “es conocida” (o viceversa). En este “conocimiento” se encierra también la consumación del matrimonio, el específico consummatum; así se obtiene el logro de la “objetividad” del cuerpo, escondida en las potencialidades somáticas del varón y de la mujer, y a la vez el logro de la objetividad del varón que “es” este cuerpo. Mediante el cuerpo, la persona humana es “marido” y “mujer”; simultáneamente, en este particular acto de “conocimiento”, realizado por la feminidad y masculinidad personales, parece alcanzarse también el descubrimiento de la “pura” subjetividad del don: es decir, la mutua realización de sí en el don.
4.Ciertamente, la procreación hace que “el varón y la mujer (su esposa)” se conozcan recíprocamente en el “tercero” que trae su origen de los dos. Por eso, ese “conocimiento” se convierte en un descubrimiento, a su manera, en una revelación del nuevo hombre, en el que ambos, varón y mujer, se reconocen también a sí mismos, su humanidad, su imagen viva. En todo esto que está determinado por ambos a través del cuerpo y del sexo, el “conocimiento” inscribe un contenido vivo y real. Por tanto, el “conocimiento” en sentido bíblico significa que la determinación “biológica” del hombre, por parte de su cuerpo y sexo, deja de ser algo pasivo, y alcanza un nivel y un contenido específicos para las personas autoconscientes y autodeterminantes: comporta, pues, una conciencia particular del significado del cuerpo humano, vinculada a la paternidad y a la maternidad.
5.Toda la constitución del cuerpo de la mujer, su aspecto particular, las cualidades que con la fuerza de un atractivo permanente están al comienzo del “conocimiento”, de que habla el Génesis 4, 12 (“Adán se unió a Eva, su mujer”), están en unión estrecha con la maternidad. La Biblia (y después la liturgia) con la sencillez que le es característica, honra y alaba a lo largo de los siglos “el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron” (Lc 11,2). Estas palabras constituyen un elogio de la maternidad, de la feminidad, del cuerpo femenino en su expresión típica del amor creador. Y son palabras que en el Evangelio se refieren a la Madre de Cristo, María, segunda Eva. En cambio, la primera mujer, en el momento en que se reveló por primera vez la madurez materna en su cuerpo, cuando “concibió y parió”, dijo: “He alcanzado de Yahvé un varón” (Gn 4,1).
6.Estas palabras expresan toda la profundidad teológica de la función de generar- procrear. El cuerpo de la mujer se convierte en el lugar de la concepción del nuevo hombre [3]. En su seno el hombre concebido toma su propio aspecto humano, antes de venir al mundo. La homogeneidad somática del varón y de la mujer, que encontró expresión primera en las palabras: “Es carne de mi carne, y hueso de mis huesos” (Gn 2,23), está confirmada a su vez por las palabras de la primera mujer-madre: “He alcanzado un varón”. La primera mujer parturiente tiene plena conciencia del misterio de la creación, que se renueva en la generación humana.Tiene también plena conciencia de la participación humana, obra de ella y de su marido, puesto que dice: “He alcanzado de Yahvé un varón”.
33 No puede haber confusión alguna entre las esferas de acción de las causas. Los primeros padres transmiten a todos los padres humanos -también después el pecado, juntamente, con el fruto del árbol del bien y del mal y como en el umbral de todas las experiencias “históricas”- la verdad fundamental acerca del nacimiento del hombre a imagen de Dios, según las leyes naturales. Este nuevo hombre nacido de la mujer-madre por obra del varón- padre reproduce cada vez la misma “imagen de Dios”, de ese Dios que ha constituido la humanidad del primer hombre: “Creó Dios al hombre a imagen suya…, varón y mujer los creó” (Gn 1,27).
- Aunque existen profundas diferencias entre el estado de inocencia originaria y el estado pecaminoso heredado del hombre, esa “imagen de Dios” constituye una base de continuidad y de unidad. El “conocimiento” de que habla el
Génesis 4, 1, es el acto que origina el ser, o sea, en unión con el Creador, establece un nuevo hombre en su existencia. El primer hombre, en su soledad trascendental, tomó posesión del mundo visible, creado para él, conociendo e imponiendo nombre a los seres vivientes (animalia). El mismo “hombre”, como varón y mujer, al conocerse recíprocamente en esta específica comunidad-comunión de personas, en la que el varón y la mujer se unen tan estrechamente entre sí que se convierten en “una sola carne”, constituye la humanidad, es decir, confirma y renueva la existencia del hombre como imagen de Dios. Cada vez ambos, varón y mujer, renuevan, por decirlo así, esta imagen del misterio de la creación y la transmiten “con la ayuda de Dios-Yahvé”.
Las palabras del libro del Génesis, que son un testimonio del primer nacimiento del hombre sobre la tierra, encierran en sí, al mismo tiempo, todo lo que se puede y se debe decir de la dignidad de la generación humana.
Notas
[1] En cuanto a los arquetipos, C. G. Jung los describe como formas “a priori” de varias funciones del alma: percepción de relación, fantasía creativa. Las formas se llenan de contenido con materiales de la experiencia. No son inertes, sino
que están cargadas de sentimiento y de tendencia (véase sobre todo: Die psychologischen Aspekte des Mutterrarchetypus, Eranos 6, 1938, págs. 405-409).
Según esta concepción, se puede encontrar un arquetipo en la mutua relación varón-mujer, relación que se basa en la realización binaria y complementaria del ser humano en dos sexos. El arquetipo se llenará de contenido mediante la experiencia individual y colectiva, puede poner en movimiento a la fantasía creadora de imágenes. Sería necesario precisar que el arquetipo: a) no se limita ni se exalta en la relación física, sino que incluye la relación del “conocer”;
b)está cargado de tendencia: deseo-temor, don-posesión; c) el arquetipo, como proto- imagen (“Urbild”) es generador de imágenes (“Bilder”).
El tercer aspecto nos permite pasar a la heremenéutica, en concreto a la de textos de la escritura y de la Tradición. El lenguaje religioso primario es simbólico (cf. W. Stahlin, Symbolon, 1958; I. Macquarrie, God Talk, 1968; T. Fawcett, The Symbolic Language of Religion, 1970). Entre los símbolos él prefiere algunos radicales o ejemplares, que podríamos llamar arquetipales. Ahora bien, entre los de la Biblia usa el de la relación conyugal, concretamente al nivel del “conocer” descrito.
Uno de los primeros poemas bíblicos, que aplica el arquetipo conyugal a las relaciones de Dios con su Pueblo, culmina en el verbo comentado: “Conocerás al Señor” (Os 2,22 weyadacta ‘et Yhwh; atenuado en “Conocerá que yo soy el Señor – wydet ky ‘ny Yhwh: Is 49,23 Is 60,16 Ez 16,62, que son los tres poemas conyugales). De aquí parte una tradición literaria, que culminará en la aplicación paulina de Ef 5 a Cristo y a la Iglesia; luego pasará a la tradición patrística y a la de los grandes místicos (por ejemplo, “Llama de amor viva”, de San Juan de la Cruz.
En el tratado Grundzüge der Literatur -und Sprach- wissenschaft, vol. I, Munich 1976, 4 ed., pág 462, se definen así los arquetipos: “Imágenes y motivos arcaicos, que según Jung, forman el contenido del inconsciente colectivo común a todos los hombres; presentan símbolos, que en todos los tiempos y en todos los pueblos hacen vivo de manera imaginaria lo que para la humanidad es decisivo en cuanto a ideas, representaciones e instintos”.
Freud, a lo que parece, no utiliza el concepto de arquetipo. Establece un símbolo o código de correspondencias fijas entre imágenes presentes-patentes y pensamientos latentes. El sentido de los símbolos es fijo, aun cuando no único; pueden ser reducibles a un pensamiento último irreducible a su vez, que suele ser alguna experiencia de la infancia. Estos son primarios y de carácter sexual (pero no los llama arquetipos). Véase T. Todorov, Théories du symbol, París, 1977, págs. 317 ss.; además, J. Jacoby, Komplex, Archetyp, Symbol in der Psycologie C. G. Jungs, Zurich, 1957.
[2] La paternidad es uno de los aspectos de la humanidad más puestos de relieve en la Sagrada Escritura.
34 El texto del Gn 5,3: “Adán… engendró un hijo a su imagen y semejanza”, se une explícitamente al relato de la creación del hombre (Gn 1,27 Gn 5,1) y parece atribuir al padre terrestre la participación en la obra divina de transmitir la vida, y quizá también en esa alegría presente en la afirmación: “y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gn 1,31).
[3] Según el texto del Gn 1,26, la “llamada” a la existencia es al mismo tiempo transmisión de la imagen y semejanza divina. El hombre debe proceder a transmitir esta imagen, continuando así la obra de Dios. El relato de la generación de Set subraya este aspecto: “Adán tenía 130 años cuando engendró un hijo a su imagen y semejanza” (Gn 5,3).
Dado que Adán y Eva eran imagen de Dios, Set hereda de sus padres esta semejanza para transmitirla a los otros.
Pero en la Sagrada Escritura toda vocación está unida a una misión; la llamada, pues, a la existencia es ya predestinación a la obra de Dios:
“Antes que te formara en el vientre te conocí, antes de que tú salieses del seno materno te consagré (Jr 1,5 cf. también Is 44,1 Is 49,1 Is 49,5).
Dios es Aquel que no sólo llama a la existencia, sino que sostiene y desarrolla la vida desde el primer momento de la concepción:
“Tú eres quien me sacó del vientre, me tenías confiado en el pencho de mi madre; desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno Tú eres mi Dios” (Ps 22,10 Ps 22,11 cf. Ps 139,13-15).
La atención del autor bíblico se centra en el hecho mismo del don de la vida. El interés por el modo en que esto sucede, es más bien secundario y sólo aparece en los libros posteriores (cf. Jb 10,8 Jb 10,11 2M 7,22-23 Sg 7,1-3).