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El hombre de la conciencia original – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II

El “hombre de la conciencia originaria” y el “hombre de la concupiscencia”  


Invocamos al Espíritu Santo:

Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.


INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:    

Claves:

La concupiscencia afecta al hombre en lo que en él constituye la imagen de Dios. Hay una ruptura entre su cuerpo y su alma, y el hombre experimenta que es humillado por su cuerpo que ya no es elevado por la fuerza del espíritu a la imagen de Dios, y tiene que recuperar el autodominio y la autodeterminación a base de una constante conquista. El hombre no guarda en su corazón lo que viene de Dios, sino lo que viene del mundo. Por eso Cristo apela al corazón humano.

Detalles:

1.Con el pecado original, el hombre de la concupiscencia toma el lugar del hombre de la inocencia. La concupiscencia afecta al hombre precisamente en aquello que constituía en él la imagen de Dios, tanto en su yo personal como en la relación de comunión de las personas constituida por el hombre y la mujer. Es la vergüenza de la relación del hombre con respecto a la mujer y la relación de la mujer con respecto al hombre, la que les obliga a apartar la mirada de lo que en ellos es signo visible de su masculinidad y feminidad. Pero este aspecto sexual tiene sólo relativo, es decir, sólo en relación a la persona del otro sexo.

2.Se descubre una ruptura en la unidad del cuerpo y del espíritu. El hombre se da cuenta de que su cuerpo ha dejado de sacar la fuerza del Espíritu, que lo elevaba a la imagen de Dios. La vergüenza lleva signos de que ha habido una humillación interpuesta por su cuerpo. Como escribe San Pablo: “Porque me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente” (Rom 7, 22-23).

3.Esa vergüenza crea una inquietud en el fondo del ser humano, de la que dependen el valor y la dignidad de la persona. El cuerpo lleva consigo un constante foco de resistencia al espíritu y amenaza la unidad del hombre-persona. La concupiscencia es una amenaza a la estructura de la autoposesión y el autodominio a través del que se forma la persona humana. El hombre se vuelve a identificar con ella en la medida en que está continuamente dispuesto a conquistarla.

4.La vergüenza tiene un carácter sexual porque es ahí donde se pone de manifiesto muy especialmente ese desequilibrio entre cuerpo y espíritu. La concupiscencia, produce un desequilibrio en el corazón humano, de manera que parece haber cesado de estar por encima del mundo (de la animalía). Se manifiesta especialmente en la esfera de la sexualidad, que es especialmente sensible a la concupiscencia, porque está unida a esa llamada a la unidad (en la que serán una sola carne). Ese pudor surge siempre en relación con el otro ser humano. El pudor se desarrolla mediante la concupiscencia, y la concupiscencia mediante el pudor, porque todo esto ocurre en el corazón humano. Por eso Cristo se dirige al “corazón” humano. La concupiscencia, produce un desequilibrio en el corazón humano, de manera que parece haber cesado de estar por encima del mundo (de la animalía). Se manifiesta especialmente en la esfera de la sexualidad, que es especialmente sensible a la concupiscencia, porque está unida a esa llamada a la unidad (en la que serán una sola carne). Ese pudor surge siempre en relación con el otro ser humano. El pudor se desarrolla mediante la concupiscencia, y la concupiscencia mediante el pudor, porque todo esto ocurre en el corazón humano. Por eso Cristo se dirige al “corazón” humano.

5 Así, el corazón humano guarda en sí al mismo tiempo el pudor y el deseo. El nacimiento del pudor nos lleva a ese momento en que el corazón del hombre se cierra a lo que procede del Padre y se abre a lo que procede del mundo. El hombre tiene pudor, no tanto del cuerpo, sino de la concupiscencia. Tiene pudor del cuerpo a causa de ese estado del espíritu.
El significado bíblico del deseo y de la concupiscencia difiere con respecto a su significado en sicología, en la que el deseo proviene de la falta o necesidad que debe satisfacer el valor deseado. En cambio, la concupiscencia bíblica se refiere al estado del espíritu humano, alejado de la sencillez y plenitud del valor del cuerpo humano en la experiencia de la masculinidad-feminidad.

6. El pudor, por un lado, indica una amenaza para el valor, y al mismo tiempo, protege ese valor. El hecho de que en el corazón humano surja la vergüenza, indica que se debe apelar al pudor cuando se trate de garantizar esos valores a los que la concupiscencia quita su plena dimensión. Ahora entendemos mejor por qué Cristo apela al corazón humano, donde se desarrolla toda esta dinámica de la concupiscencia, la vergüenza y el pudor.


EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL HOMBRE DE HOY:       

Es sorprendente que la concupiscencia ataque precisamente a aquello que hace al hombre imagen de Dios. Ahí se ve cómo el pecado degrada al hombre y el objetivo del demonio es destruirlo y rebajarlo al nivel de los animales.

Percibimos una ruptura entre nuestro cuerpo y nuestra alma. Todos experimentamos que nuestro cuerpo “ha dejado de sacar la fuerza del Espíritu, que lo elevaba al nivel de la imagen de Dios”. Hay una ruptura entre cuerpo y espíritu, y nos vemos humillados por los impulsos que vienen del cuerpo.

Ese desorden que se produce en nuestro interior, lo ensucia, y distorsiona la mirada no viéndose la verdad, la grandeza y la belleza del otro, sino viéndose distorsionada. Si tenemos un pincel manchado de rojo y lo mojamos en el amarillo para poder pintar en amarillo, el color resultante no será amarillo, sino naranja. Si intentamos mirar la verdad del esposo pero nuestro corazón no está limpio, veremos una imagen distorsionada y en consecuencia, le juzgaremos mal. El resultado es que nuestro esposo o esposa ocultará su intimidad a nuestros ojos para no ser “víctima” de nuestra mirada juiciosa.

En el plano sexual por ejemplo, si un hombre mira a una mujer (que no es la suya) deseándola, está viendo distorsionada la verdad de la sexualidad tal como fue creada por Dios en esa mujer, cuya finalidad es la relación íntima y de comunión con su esposo, a imagen de la relación de comunión de Dios en sí mismo. Esa mirada distorsionada lo que contempla es algo que puede satisfacer sus deseos más primarios, que busca saciar por un desorden interior del corazón que prioriza la propia satisfacción.

Lo que se produce por el pecado es una ruptura interior entre las tendencias del cuerpo y las aspiraciones del alma. El cuerpo que debía estar sometido a los deseos del espíritu, entra en conflicto con ellas e intenta someterlas a sus pasiones. Hay una inquietud en el fondo del ser humano, no solamente frente a la muerte, sino también frente al valor de la dignidad de sí mismo. 

Así lo dice San Pablo en Gal 5, 16-23: Las obras de la carne y el fruto del Espíritu.

Así lo dice San Pablo en Gal 5, 16-23: Las obras de la carne y el fruto del Espíritu.
16 Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.
17 Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y
éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.
18 Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.
19 Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia,
lascivia,
20 idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías,
21 envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las
cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no
heredarán el reino de Dios.
22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

Es el espíritu el que eleva al hombre a la imagen de Dios. Como escribe San Pablo: “Porque me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente” (Rom 7, 22-23).

Tomo conciencia de hasta qué punto es de suma importancia dominar la propia carne para ser fiel a la llamada de Dios a que seamos una sola carne. El fruto de la renuncia es la unión tan deseada.

El pudor surge como defensa ante el desorden de la concupiscencia, es decir, del pecado. Como una autoprotección frente a las miradas de deseo desordenadas o miradas juiciosas que amenazan nuestra intimidad. El hombre tiene pudor del cuerpo a causa del estado del espíritu. 

El corazón del hombre, cerrándose a lo que viene del Padre y se abre a lo que procede del mundo. ¿Qué guardo en mi corazón? María guardaba en Su corazón lo que venía del Padre, y cerraba su corazón a lo que procede del mundo. Según a qué abro mi corazón, de eso estará lleno.

Debemos trabajar nuestro corazón para recuperar esos valores que la concupiscencia ha despreciado. Por eso Cristo apela al corazón del hombre, porque es ahí, fortaleciendo su espíritu como podrá prevalecer éste, frente a las pasiones del cuerpo, y así recuperar la dignidad de personas que nos corresponde estando por encima del mundo. Así recuperaremos la posibilidad de ser una sola carne.

Luchar para que no se separe cuerpo y espíritu. Mientras más domino las pasiones del cuerpo, más se eleva el espíritu. Vivir en el mundo sin ser del mundo, para cambiar el mundo. Pedir ayuda al Espíritu Santo para fortalecer el Espíritu.


ORACIÓN JUNTOS:

A solas con Dios:

Señor, ¿qué hallo en mi corazón? ¿Lo que viene de ti o lo que viene del mundo? ¿Qué pensamientos y deseos alimento?

Ahora juntos con Dios:

Hablo con Dios ante ti, esposo/a, abriéndote mi intimidad con Él, sobre cómo el pecado me limita, rebaja mi grandeza, hace que se debilite en mí lo que me asemeja a Dios.

Después hablo de la grandeza que me espera en mi relación contigo si conquisto el autodominio, rechazo lo que viene del mundo y acojo en mi corazón lo que viene del Padre, que es lo bello, lo que me asemeja a Él.



EL CASO:

Juan es más pasional. Digamos que tiene tendencias de tipo más externo, más carnal. Le cuesta resistirse ante una buena carne con un buen vino, o un buen queso. También tiene tendencia a descuidar su amor y a su esposa por los deportes, o el trabajo, según la racha. También reconoce que está más expuesto a la atracción sexual fuera de su matrimonio, contra lo que tiene que luchar con frecuencia. 

Laura, en cambio, tiene otro tipo de tentaciones más profundas, por así decir. Ella se debate más a nivel de sus pensamientos. Tiende a criticar las actitudes de los demás, a juzgar a su esposo, a rechazar sus miserias. Tiende también a darle muchas vueltas a las circunstancias que le han hecho daño, y con ello hace crecer su herida y se distancia de su esposo. Le hiere su falta de tacto, le duele que no la comprenda, que no la valore. Lucha contra esos pensamientos se repiten en su interior una y otra vez y todo esto, tiende a distanciarla de él cada vez más.

Ambos trabajan para superar la concupiscencia de sus corazones. Ambos han profundizado en ellos para descubrir en qué situaciones guardan en su corazón lo que viene del mundo y no lo que viene de Dios. Pero notan que les cuesta. Juan reconoce que cuando tiene que renunciar a algo de lo que le apetece, siente como un dolor interior que le empuja a irritarse. Laura reconoce que tiene tendencia a mirarse, a ser víctima, a utilizar su sensibilidad para reclamar para ella y no para darse.

Pero la lucha es constante, y a veces parece que se cansan.

¿Qué se pierden si se dejan llevar por sus tentaciones?

¿Qué consecuencias buenas podrían experimentar en su relación si continúan con la lucha?

¿Crees que se pueden ayudar mutuamente?

COMPROMISO:

  • Rezar juntos.
  • Observar qué hay en mi corazón, qué guardo en él, si lo que viene del Padre o lo que viene del mundo.


ORACIÓN FINAL:

Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. No busco la unión con mi esposo/a por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.  

Copia íntegra de la catequesis de JPII:

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 28 de mayo de 1980

El “hombre de la conciencia originaria”  y el “hombre de la concupiscencia”  

  1. Estamos leyendo de nuevo los primeros capítulos del libro del Génesis, para comprender cómo con el pecado original el “hombre de la concupiscencia” ocupó el lugar del “hombre de la inocencia” originaria. Las palabras del Génesis 3, 10: “temeroso porque estaba desnudo, me escondí”, que hemos considerado hace dos semanas, demuestran la primera experiencia de vergüenza del hombre en relación con su Creador: una vergüenza que también podría ser llamada “cósmica”.
    Sin embargo, esta “vergüenza cósmica” —si es posible descubrir por ella los rasgos de la situación total del hombre después del pecado original— en el texto bíblico da lugar a otra forma de vergüenza. Es la vergüenza que se produce en la humanidad misma, esto es, causada por el desorden íntimo en aquello por lo que el hombre, en el misterio de la creación, era la “imagen de Dios”, tanto en su “yo” personal, como en la relación interpersonal, a través de la primordial comunión de las personas, constituida a la vez por el hombre y por la mujer. Esta vergüenza, cuya
    causa se encuentra en la humanidad misma, es inmanente y al mismo tiempo relativa: se manifiesta en la dimensión de la interioridad humana y a la vez se refiere al “otro”. Esta es la vergüenza de la mujer “con relación” al hombre, y también del hombre “con relación” a la mujer: vergüenza recíproca, que les obliga a cubrir su propia desnudez, a ocultar sus propios cuerpos, a apartar de la vista del hombre lo que constituye el signo visible de la feminidad, y de la vista de la mujer lo que constituye el signo visible de la masculinidad. En esta dirección se orientó la vergüenza de ambos después del pecado original, cuando se dieron cuenta de que “estaban desnudos”, como atestigua el Génesis 3, 7. El texto yahvista parece indicar explícitamente el carácter “sexual” de esta vergüenza: “Cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores”. Sin embargo, podemos preguntarnos si el aspecto “sexual” tiene sólo un carácter “relativo”; en otras palabras: si se trata de vergüenza de la propia sexualidad sólo con relación a la persona del otro sexo.
  2. Aunque a la luz de esa única frase determinante del Génesis 3, 7, la respuesta a la pregunta parece mantener sobre todo el carácter relativo de la vergüenza originaria, no obstante, la reflexión sobre todo el contexto inmediato permite descubrir su fondo más inmanente. Esa vergüenza, que sin duda se manifiesta en el orden “sexual”, revela una dificultad específica para hacer notar lo
    esencial humano del propio cuerpo: dificultad que el hombre no había experimentado en el estado
    de inocencia originaria. Efectivamente, así se pueden entender las palabras: “Temeroso porque estaba desnudo”, que ponen en evidencia las consecuencias del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal en lo íntimo del hombre. A través de estas palabras, se descubre una cierta fractura constitutiva en el interior de la persona humana, como una ruptura de la originaria unidad espiritual
    y somática del hombre. Este se da cuenta por vez primera que su cuerpo ha dejado de sacar la fuerza del Espíritu, que lo elevaba al nivel de la imagen de Dios. Su vergüenza originaria lleva consigo los signos de una específica humillación interpuesta por el cuerpo. En ella se esconde el germen de esa contradicción, que acompañará al hombre “histórico” en todo su camino terreno, como escribe San Pablo: “Porque me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente” (Rom 7, 22-23).
  3. Así, pues, esa vergüenza es inmanente. Contiene tal agudeza cognoscitiva que crea una inquietud de fondo en toda la existencia humana, no sólo frente a la perspectiva de la muerte, sino también frente a esa de la que depende el valor y la dignidad mismos de la persona en su significado ético. En este sentido la vergüenza originaria del cuerpo (“estaba desnudo”) es ya miedo (“temeroso”) y anuncia la inquietud de la conciencia vinculada con la concupiscencia. El cuerpo que no se somete al espíritu como en el estado de inocencia originaria, lleva consigo un constante foco de resistencia al espíritu, y amenaza de algún modo la unidad del hombre-persona, esto es, de la naturaleza moral, que hunde sólidamente las raíces en la misma constitución de la persona. La concupiscencia, y en particular la concupiscencia del cuerpo, es una amenaza específica a la estructura de la autoposesión y del autodominio, a través de los que se forma la persona humana. Y constituye también para ella un desafío específico. En todo caso, el hombre de la concupiscencia no domina el propio cuerpo del mismo modo, con igual sencillez y “naturalidad”, como lo hacía el hombre de la inocencia originaria. La estructura de la autoposesión, esencial para la persona, está alterada en él, de cierto modo, en los mismos fundamentos; se identifica de nuevo con ella en cuanto está continuamente dispuesto a conquistarla.
  4. Con este desequilibrio interior está vinculada la vergüenza inmanente. Y ella tiene un carácter “sexual”, porque precisamente la esfera de la sexualidad humana parece poner en evidencia particular ese desequilibrio, que brota de la concupiscencia y especialmente de la “concupiscencia del cuerpo”. Desde este punto de vista, ese primer impulso, del que habla el Génesis 3, 7 (“viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores”), es muy elocuente; es como si el “hombre de la concupiscencia” (hombre y mujer, “en el acto del conocimiento del bien y del mal”) experimentase haber cesado sencillamente, de estar también, a través del propio cuerpo y sexo, por encima del mundo de los seres vivientes o “animalia”. Es como si experimentase una específica fractura de la integridad personal del propio cuerpo, especialmente
    en lo que determina su sexualidad y que está directamente unido con la llamada a esa unidad, en la
    que el hombre y la mujer “serán una sola carne” (Gén 2, 24). Por esto, ese pudor inmanente y al mismo tiempo sexual es siempre, al menos indirectamente, relativo. Es el pudor de la propia sexualidad “en relación” con el otro ser humano. De este modo el pudor se manifiesta en el relato del Génesis 3, por el que somos, en cierto modo, testigos del nacimiento de la concupiscencia humana. Está suficientemente clara, pues, la motivación para remontarnos de las palabras de Cristo sobre el hombre (varón), que “mira a una mujer deseándola” (Mt 5, 27-28), a ese primer momento en el que el pudor se desarrolla mediante la concupiscencia y la concupiscencia mediante el pudor. Así entendemos mejor por qué y en qué sentido Cristo habla del deseo como “adulterio” cometido en el corazón; por qué se dirige al “corazón” humano.
  5. El corazón humano guarda en sí, al mismo tiempo, el deseo y el pudor. El nacimiento del pudor nos orienta hacia ese momento, en el que el hombre interior, “el corazón”, cerrándose a lo que “viene del Padre” se abre a lo que “procede del mundo”. El nacimiento del pudor en el corazón humano va junto con el comienzo de la concupiscencia —de la triple concupiscencia según la teología de Juan (cf. 1 Jn 2, 16)—, y en particular de la concupiscencia del cuerpo. El hombre tiene pudor del cuerpo a causa de la concupiscencia. Más aún, tiene pudor no tanto del cuerpo cuanto precisamente de la concupiscencia: tiene pudor del cuerpo a causa de la concupiscencia. Tiene pudor del cuerpo a causa de ese estado de su espíritu, al que la teología y la psicología dan la misma denominación sinónima: deseo o concupiscencia, aunque con significado no igual del todo. El significado bíblico y teológico del deseo y de la concupiscencia difiere del que se usa en la psicología. Para esta última, el deseo proviene de la falta o de la necesidad, que debe satisfacer el valor deseado. La concupiscencia bíblica, como deducimos de 1 Jn 2, 16, indica el estado del
    espíritu humano alejado de la sencillez originaria y de la plenitud de los valores, que el hombre y el mundo poseen “en las dimensiones de Dios”. Precisamente esta sencillez y plenitud del valor del cuerpo humano en la primera experiencia de su masculinidad-feminidad, de la que habla el Génesis 2, 23-25, ha sufrido sucesivamente, “en las dimensiones del mundo”, una transformación radical. Y entonces, juntamente con la concupiscencia del cuerpo, nació el pudor.
  6. El pudor tiene un doble significado: indica la amenaza del valor y al mismo tiempo protege interiormente este valor [1]. El hecho de que el corazón humano, desde el momento en que nació allí la concupiscencia del cuerpo, guarde en sí también la vergüenza, indica que se puede y se debe apelar a él cuando se trata de garantizar esos valores, a los que la concupiscencia quita su originaria y plena dimensión. Si recordamos esto, estamos en disposición de comprender mejor por qué Cristo, al hablar de la concupiscencia, apela al “corazón” humano.

[1] Cf. Karol Wojtyla, Amor y responsabilidad, cap. 2. “Metafísica del pudor”.

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