El matrimonio a la luz del Sermón de la Montaña – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II
El matrimonio a la luz del Sermón de la Montaña
Invocamos al Espíritu Santo:
Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:
La clave de esta catequesis:
Cristo nos alerta de que nuestro corazón, por el pecado, está con “durezas” que nos impiden amar de verdad pero, lo que es lo más importante, a la vez nos anuncia la buena noticia para superarlo: por su redención se ha abierto un nuevo ethos (una nueva forma de comportamiento) concreto para mí, para mis circunstancias, teniendo en cuenta mis debilidades. Gracias a esto los esposos podemos volver a amarnos como ”al principio”, de acuerdo con el plan de Dios. Los esposos debemos ayudarnos a encontrar ese nuevo ethos y apoyarnos mutuamente en el camino.
Detalles:
- San Juan Pablo II saca conclusiones a partir de la comparación que realiza entre la referencia al “corazón” humano que hace Jesús en dos textos del Evangelio: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adultera con ella en su corazón” (Mt 5, 8) y las palabras referentes al libelo de repudio: “Por la dureza de vuestro corazón, os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así” (Mt 19, 8). Mientras que, cuando se refiere a “la dureza de vuestro corazón” realiza claramente una acusación por su resistencia a la ley establecida por Dios desde el principio en la creación, en el discurso de la montaña, cuando hace referencia a “ya adultera con ella en su corazón”, no parece una acusación solamente.
- En el discurso de la montaña, Cristo proclama un nuevo ethos, el ethos del Evangelio, unido con la conciencia del “principio”, de la creación. Y ese ethos está dirigido de modo realista al hombre “histórico”, al hombre del pecado. Cristo sabe que la triple concupiscencia es una herencia de toda la humanidad, por eso en el sermón de la montaña, cuando hace referencia al corazón del hombre, no prevalece la acusación, sino un juicio realista del corazón humano que tiene un fundamento antropológico por un lado y ético por el otro.
- Con estas palabras, Cristo se refiere también a todo hombre “histórico”, el “hombre de la concupiscencia” cuyo misterio y cuyo corazón es conocido por Cristo. Cada hombre de hoy se siente llamado por su nombre en este enunciado del Maestro.
- En esto reside la universalidad del Evangelio, que no es en absoluto una generalización, sino que cada uno es llamado en su modo justo, concreto e irrepetible, porque Cristo apela al “corazón” humano que no puede ser sometido a generalización alguna. Al referirse al “corazón” cada uno es individualizado singularmente más aún que por el propio nombre. Es alcanzado en lo que le determina de modo único e irrepetible, lo que le define desde el interior.
- La historia del corazón humano está escrita bajo la presión de la triple concupiscencia. Y ese interior afecta al comportamiento exterior de cada hombre y por tanto a las estructuras e instituciones de la sociedad. Si analizamos estas estructuras e instituciones deducimos los contenidos del ethos, donde encontraremos la imagen del interior del hombre.
EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL HOMBRE DE HOY:
Cristo conoce el corazón del hombre. Sabe de dónde partimos a partir de la ruptura del corazón que se produce con la triple concupiscencia fruto del pecado original. Parece como que tiene una mirada misericordiosa hacia nosotros al conocer nuestro corazón. De alguna manera tenemos que reconocer que tenemos debilidades, tentaciones y lo que hay que evitar es darle cobijo en el corazón a esas tentaciones.
El corazón del hombre “histórico” perdura en ese estar afectado por la triple concupiscencia. Eso permanece en el tiempo y por lo tanto, la llamada de Cristo al “corazón” humano sigue estando viva en todo momento.
Cristo, consciente de mi debilidad, lo que me propone es una nueva forma de vida, para mí, contando con mi fragilidad, con mis dificultades.
Jesús, conoce mi corazón, conoce mis circunstancias históricas y me llama personalmente, a mí, sabiendo mi situación y me propone a mí una nueva vida, real, posible, dándome lo que necesito en lo más profundo y más íntimo de mí.
Nuestros actos son un reflejo de lo que hay en nuestro corazón. El mal de la sociedad y del mundo es un reflejo del estado del interior de los individuos que la forman. A veces pensamos que nuestro pecado no afecta a nadie y no es así. Hay una onda expansiva destructiva que afecta muchísimo. Lo mismo ocurre cuando optamos por el bien.
Lo importante es construir nuestro interior para soportar las inclemencias del exterior.
Entre los esposos, debemos actuar de la misma manera como administradores del amor de Dios. No juzgando nuestros comportamientos de una manera general, sino, como hace Dios, adentrándonos en las circunstancias del otro para ayudarle en su camino particular, desde donde está hacia donde Dios quiere que llegue.
El camino de los esposos es ir descubriendo ese nuevo ethos, esa nueva forma de comportarme que es posible gracias a la redención de Cristo, gracias a que ha muerto por mí. Ese nuevo ethos es ir construyendo un amor de comunión, a imagen de la Santísima Trinidad, “como al principio”, aprendiendo a amar de verdad, como Ellos se aman, aun a pesar de mi corazón “de concupiscencia”. Para ello necesito:
- Ser consciente de cómo mi corazón está afectado por el pecado, por la concupiscencia. Fruto de ésta tengo esa dureza de corazón que me impide amar a mi cónyuge de verdad, en lo bueno y en lo malo. Así que lo primero que tengo que hacer es sospechar de mi corazón para identificar esas durezas, esas debilidades que me impiden amar de verdad (si no las veo es que me queda mucho por recorrer). Para esto es fundamental el camino de la oración, donde al confrontarme con Cristo, viendo cómo el habría amado a mi cónyuge en las circunstancias del día a día, sobre todo en las que más me han dolido, voy descubriendo cómo está mi corazón, sus durezas,… La relación con mi cónyuge en los diferentes momentos del día (sobre todo en aquellos que me duelen, me enfadan,…), rezados a la luz del Señor, me ayudan a descubrir mi dureza de corazón, que me ha impedido acoger con misericordia, ponerme en su lugar, ahondar en su corazón, amar de verdad,…
- A la vez que voy descubriendo la dureza de mi corazón, junto a mi espos@ voy encontrando el nuevo ethos que Cristo ha hecho posible gracias a su redención. Esa nueva forma de comportamiento consiste en aprender a amar a mi cónyuge “como al principio” Dios había planeado, llenando mi corazón de amor a mi cónyuge y de amor a Dios, que va unido (amo a Dios amando a mi cónyuge). Amando así voy reduciendo las durezas de mi corazón, que me tenían preso. Cristo proclama esta nueva forma de amar que hace posible con su redención, con la instauración de los sacramentos y, en concreto, con el sacramento del matrimonio para nosotros, esposos. Mediante el sacramento del matrimonio, los esposos actuamos como administradores del amor de Dios. Como Dios me ama, yo amo a mi cónyuge. Y le miro como Dios me mira a mí, sin juzgar, con misericordia. Con mi oración personal Cristo me va mostrando cómo estoy amando y cómo debo amar. Con nuestra oración conyugal vamos descubriendo el corazón de nuestro cónyuge, mostrándole el nuestro y vamos ayudándonos a encontrar el camino del nuevo ethos. Así:
1) la oración me va dando luz sobre mi corazón y el de mi cónyuge, mostrando cómo debo amar, mostrando el nuevo ethos hecho posible por la redención de Cristo,
2) los sacrificios por él/ella van reforzando mi voluntad para poder perseverar, y
3) con la gracia de nuestro sacramento, amando a mi cónyuge con el amor de Cristo, vamos construyendo un amor de comunión, para acabar siendo un solo corazón, un solo alma, una sola carne.
RATO DE ORACION JUNTOS:
Mi buen Jesús, has muerto por mí y por mi esposo/a, para que podamos amarnos como Tú nos amas, como tenías pensado que fuera nuestro matrimonio “desde el principio”.
Jesús, Tú me conoces como nadie, conoces todo mi corazón, y me adviertes de la dureza que hay en él y que me impide amar de verdad. Jesús, que no me ciegue mi soberbia pensando que no está mi corazón tan duro. Por favor, ayúdame a ver esas durezas, ayúdame a sospechar de mi corazón. Mi Señor, dame luz para ir descubriendo en mis reacciones en el día a día con mi esposo/a esas durezas: cuando no acojo su debilidad, cuando creo que tengo razón, cuando le juzgo, cuando me indigno por lo que hace,…
Además, Jesús, ayúdame q descubrir el corazón de mi esposo/a, a mirarle como Tú lo miras, poniéndome en su lugar, con misericordia, con disculpa, con cariño,…
Por favor, mi Señor, ayúdame a amar a mi esposo/a como Tú le amas, entregándome, acogiéndole en su debilidad, amándolo en lo que me gusta y en lo que no y, sobre todo, fijándome en todo lo bueno que tiene para estar cada día más enamorado de él/ella.
Señor, que mi objetivo cada día sea enamorar más a mi esposo/a.
Textos para rezar:
Parábola del Buen Samaritano, Lucas 10 25-37
EL CASO:
Antonio y Marta últimamente están incómodos, saben que algo no va bien. Van pasando los años y su amor no crece, sino que más bien decrece.
Marta no soporta el genio de Antonio, los gritos a sus hijos cuando algo sale mal, la forma grosera de hablarle cuando llega de trabajar y está cansado. Marta piensa que eso está maleducando a sus hijos y, además, que ella no tiene que consentir que él la hable así, porque quién es él para hablarle así. Por eso reacciona con ira, enfadándose con él con dureza. Piensa que tiene que cambiar ya de una vez.
Antonio piensa que Marta cada vez tiene menos paciencia, que se pone hecha una fiera a la mínima. Puede que él sea brusco, pero las reacciones de Marta son excesivas. Nadie le habla así, en su trabajo hasta en las situaciones de mayor tensión nadie le habla así y Marta no puede ser la excepción, siendo encima su mujer. Piensa que su mujer o cambia ya o se va a cargar su matrimonio.
Preguntas:
¿Cómo pueden Antonio y Marta descubrir el nuevo ethos, la nueva forma de amarse, que Cristo quiere para ellos y que ha hecho posible con su redención, muriendo por ellos?
¿Qué pasaría si ambos, en lugar de culpabilizar al otro, vieran cómo se están comportando cada uno?
¿Qué ocurriría si al menos uno de los dos empieza a cambiar, a sospechar de su corazón, a ver su pecado en lugar del del cónyuge, y a aprender a amar ahí?
¿Y si se empeñaran en centrarse cada uno en descubrir dónde no están amando, dónde están sus “durezas” y en amar al otro en su debilidad?
¿Cómo pueden ir consiguiendo amarse como está llamados a hacerlo, como Dios les ama?
Un camino de verdad de oración, sacramentos, sacrificios por el cónyuge y esfuerzo por acoger y entregarse iría transformando sus corazones y su matrimonio en un matrimonio como Dios lo pensó e iría haciendo de su día a día un anticipo del Cielo.
COMPROMISO
- Cada día en mi oración personal voy a rezar cómo amé a mi cónyuge el día anterior (que cada momento de mi relación con él/ella me dé luz para descubrir la dureza de mi corazón y si he amado de verdad)
- Cada día en nuestra oración conyugal voy a mostrarle cómo está mi corazón, mis durezas, mi lucha por aprender a amar de verdad, como Dios quiere.
ORACIÓN FINAL:
Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. No busco la unión con mi esposo/a por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.
Copia íntegra de la catequesis de JPII:
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 6 de agosto de 1980
El matrimonio a la luz del Sermón de la Montaña
- Prosiguiendo nuestro ciclo, volvemos hoy al discurso de la montaña y precisamente al enunciado “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adultera con ella en su corazón” (Mt 5, 8). Jesús apela aquí al “corazón”.
En su coloquio con los fariseos, Jesús, haciendo referencia al “principio” (cf. los análisis precedentes), pronuncia las siguientes palabras referentes al libelo de repudio: “Por la dureza de vuestro corazón, os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así” (Mt 19, 8). Esta frase encierra indudablemente una acusación. “La dureza de corazón” [1] indica lo que según el ethos del pueblo del Antiguo Testamento, había fundado la situación contraria al originario designio de Dios-Jahvé según el Génesis 2, 24. Y es ahí donde hay que buscar la clave para interpretar toda la legislación de Israel en el ámbito del matrimonio y, con un sentido más amplio en el conjunto de las relaciones entre hombre y mujer. Hablando de la “dureza de corazón”, Cristo acusa, por decirlo así, a todo el “sujeto interior”, que es responsable de la deformación de la ley. En el discurso de la montaña (Mt 5, 27-28) hace también una alusión al “corazón”, pero las palabras pronunciadas ahí no parecen una acusación solamente. - Debemos reflexionar una vez más sobre ellas, insertándolas lo más posible en su dimensión “histórica”. El análisis hecho hasta ahora, tendiente a enfocar al “hombre de la concupiscencia” en su momento genético casi en el punto inicial de su historia entrelazada con la teología, constituye una amplia introducción, sobre todo antropológica, al trabajo que todavía hay que emprender. La sucesiva etapa de nuestro análisis deberá ser de carácter ético. El discurso de la montaña, y en especial ese pasaje que hemos elegido como centro de nuestros análisis, forma parte de la proclamación del nuevo ethos: el ethos del Evangelio. En las enseñanzas de Cristo, está profundamente unido con la conciencia del “principio”; por tanto, con el misterio de la creación en su originaria sencillez y riqueza. Y, al mismo tiempo, el ethos, que Cristo proclama en el discurso de la montaña, está enderezado de modo realista al “hombre histórico”, transformado en hombre de la concupiscencia. La triple concupiscencia, en efecto, es herencia de toda la humanidad y el “corazón” humano realmente participa en ella. Cristo, que sabe “lo que hay en todo hombre” (Jn 2, 25) [2], no puede hablar de otro modo, sino con semejante conocimiento de causa. Desde ese punto de vista, en las palabras de Mt 5, 27-28, no prevalece la acusación, sino el juicio: un juicio realista sobre el corazón humano, un juicio que de una parte tiene un fundamento antropológico y, de otra, un carácter directamente ético. Para el ethos del Evangelio es un juicio constitutivo.
- En el discurso de la montaña Cristo se dirige directamente al hombre que pertenece a una sociedad bien definida. También el Maestro pertenece a esa sociedad, a ese pueblo. Por tanto, hay que buscar en las palabras de Cristo una referencia a los hechos, a las situaciones, a las instituciones con que estaba cotidianamente familiarizado. Hay que someter tales referencias a un análisis por lo menos sumario, a fin de que surja más claramente el significado ético de las palabras de Mateo 5, 27-28. Sin embargo, con esas palabras, Cristo se dirige también, de modo indirecto pero real, a todo hombre “histórico” (entendiendo este adjetivo sobre todo en función teológica). Y este hombre es precisamente el “hombre de la concupiscencia”, cuyo misterio y cuyo corazón es conocido por Cristo (“pues El conocía lo que en el hombre había”: Jn 2, 25). Las palabras del discurso de la montaña nos permiten establecer un contacto con la experiencia interior de este hombre, casi en toda latitud y longitud geográfica, en las diversas épocas, en los diversos condicionamientos sociales y culturales. El hombre de nuestro tiempo se siente llamado por su nombre en este enunciado de Cristo, no menos que el hombre de “entonces”, al que el Maestro directamente se dirigía.
- En esto reside la universalidad del Evangelio, que no es en absoluto una generalización. Quizá precisamente en ese enunciado de Cristo que estamos ahora analizando, eso se manifiesta con particular claridad. En virtud de ese enunciado, el hombre de todo tiempo y de todo lugar se siente llamado en su modo justo, concreto, irrepetible; porque precisamente Cristo apela al “corazón” humano, que no puede ser sometido a generalización alguna. Con la categoría del “corazón”, cada uno es individualizado singularmente más aún que por el nombre; es alcanzado en lo que lo determina de modo único e irrepetible; es definido en su humanidad “desde el interior”.
- La imagen del hombre de la concupiscencia afecta ante todo a su interior [3]. La historia del “corazón” humano después del pecado original, está escrita bajo la presión de la triple concupiscencia, con la que se enlaza también la más profunda imagen del ethos en sus diversos documentos históricos. Sin embargo, ese interior es también la fuerza que decide sobre el comportamiento humano “exterior” y también sobre la forma de múltiples estructuras e instituciones a nivel de vida social. Si de estas estructuras e instituciones deducimos los contenidos del ethos, en sus diversas formulaciones históricas, siempre encontramos ese aspecto íntimo, propio de la imagen interior del hombre. Esta es, en efecto, la componente más esencial. Las palabras de Cristo en el discurso de la montaña, y especialmente las de Mateo 5, 27-28, lo indican de modo inequívoco. Ningún estudio sobre el ethos humano puede dejar de lado esto con indiferencia.
Por tanto, en nuestras sucesivas reflexiones trataremos de someter a un análisis más detallado ese enunciado de Cristo que dice: “Habéis oído que fue dicho: no adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (o también: Ya la ha hecho adúltera en su corazón).
Para comprender mejor este texto analizaremos primero cada una de sus partes, a fin de obtener después una visión global más profunda. Tomaremos en consideración no solamente los destinatarios de entonces, que escucharon con sus propios oídos el discurso de la montaña, sino también, en cuanto sea posible, a los contemporáneos, a los hombres de nuestro tiempo.
[1] El término griego sklerokardia ha sido forjado por los Setenta para expresar lo que en hebreo significaba: “incircuncisión de corazón” (cf. como ej. Dt 10, 16; Jer 4, 4; Sir 3, 26 s.) y que, en la traducción literal del Nuevo Testamento, aparece una sola vez (Act 7, 51).
La “incircuncisión” significaba el “paganismo”, la “impureza”, la “distancia de la Alianza con Dios”; la “incircuncisión de corazón” expresaba la indómita obstinación en oponerse a Dios. Lo confirma la frase del diácono Esteban: “Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y oídos, vosotros siempre habéis resistido al Espíritu Santo. Como vuestros padres, así también vosotros” (Act 7, 51).
Por tanto hay que entender la “dureza de corazón” en este contexto filológico.
[2] Cf. Ap 2, 23: “…el que escudriña las entrañas y los corazones…”; Act 1, 24: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos…” (kardiognostes).
[3] “Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que contamina al hombre…” (Mt 15, 19-20).