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El pecado de adulterio – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II

 El pecado de adulterio

Invocamos al Espíritu Santo:

Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:              

La clave: El pecado surge en nuestro corazón. Después puede exteriorizarse. Cristo nos muestra la manera correcta de interpretar las cosas (Significados), para construir al hombre como Dios lo pensó. Debemos profundizar en nuestro corazón para encontrar qué hay en él en relación a lo que nos muestra Cristo.

Introducción: Con esta audiencia, nos adentramos de lleno en el segundo ciclo de catequesis de San Juan Pablo. Un auténtico tratado que nos iluminará sobre el pecado y cómo actúa en el hombre, concretamente, San Juan Pablo se centrará en el pecado de la carne, basado en el texto de Mt 5, 27-28. Es importante que conozcamos cómo el pecado influye en el plan de Dios para nosotros, dónde surge,… 

Desarrollo

Recordemos las palabras del sermón de la montaña: “Habéis oído —dice el Señor— que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

Cristo refiere estas palabras al hombre histórico, al hombre una vez el pecado ya ha entrado en el mundo. Al hombre actual, a cada uno de nosotros. Y en concreto al hombre interior, al interior de la persona. 

Por eso esas palabras tienen un contenido antropológico (nos ayudan a entender quién es el ser humano) y un contenido ético (cómo debe comportarse el ser humano), para así poder hacer una antropología y una ética adecuada al plan de Dios para el hombre, a lo que la persona es de verdad.

El hombre es carne y, como varón, está en relación a través de su cuerpo con su mujer. Y viceversa, la mujer con el hombre. El mandamiento “No adulterarás” deja claro con quién se debe relacionar para hacerse una sola carne, con su mujer, y con quién no, con el resto de las mujeres. 

Estas palabras de Cristo deben hacer al hombre buscar, mirar y conocer su interior, su corazón. En el corazón es donde encontramos el verdadero significado del cuerpo humano. El corazón es el centro, el núcleo de lo que somos, es donde reside nuestra intimidad. Y también es donde reside nuestra capacidad de relacionarnos, de amar, de entregarnos (significado “esponsalicio” del cuerpo) y de generar vida (significado “generador”). Por tanto, el corazón nos llevará a ver el sentido del significado del cuerpo, de lo que somos, y el orden de este sentido. La respuesta a cuál es el orden de este sentido la obtendremos en futuras catequesis.

Por ahora vamos a analizar el significado de las expresiones que usa Cristo en este versículo del Evangelio.

El adulterio se refiere a la infracción, a la ruptura de la unidad mediante la cual el hombre y la mujer, sólo como esposos, se unen tan estrechamente que se hacen una sola carne. Comente adulterio el esposo o la esposa que se unen de esa manera con alguien que no es su cónyuge. El adulterio “en el corazón”, cometido por un hombre “que mira a una mujer deseándola”, es un acto interior. Es un deseo del hombre hacia otra mujer que no es su esposa, deseo de unirse con ella como si lo fuese. Este deseo, como acto interior que es, se inicia mediante el sentido de la vista, con la mirada. Cristo pone esto de relieve: cómo la mirada es la que lleva al deseo, en este caso un deseo desordenado.

La mujer objeto de deseo puede ser una mujer casada o soltera. Según San Juan Pablo, parece que se deduce de aquí que esa mirada de deseo a la propia esposa no es “adulterio en el corazón” porque con la propia esposa no podría cometerse adulterio, ya que el acto por el que ambos esposos se unen para ser una sola carne es lícito y debido entre los esposos. Si es lícito el acto exterior, también lo es el interior. Esto será así siempre y cuando ese acto sea lícito.

Por supuesto, todo esto que Cristo refiere al hombre también es referido a la mujer. 

Cristo está utilizando un ejemplo concreto para referirse a algo más genérico, está haciendo una apelación al “corazón” de la persona, ya sea hombre o mujer, para que entendamos cuál debe ser el cumplimiento de la ley de acuerdo con el significado que le ha dado Dioslegislador, un cumplimiento que debe ser tanto exterior como interior, un cumplimiento en lo más íntimo del ser humano. Además, nos incita a entender la “sobreabundancia de la justicia”, de la gracia y del amor de Dios en el hombre.

A raíz de un ejemplo concreto Cristo quiere que vayamos más allá para comprender la verdad sobre el hombre. 

EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL HOMBRE DE HOY:       

El corazón

Cristo utiliza un ejemplo concreto para ayudarnos a comprender la verdad sobre el hombre, para que conozcamos quién es el hombre, para qué estamos aquí y a qué estamos llamados. Así, conociendo esto y viviendo en coherencia con estas verdades podremos alcanzar la plenitud, ser felices. Cristo nos dice que la clave está en el corazón, en el interior de la persona.

En este segundo ciclo de catequesis que estamos iniciando nos centramos en el hombre cuando ya ha entrado el pecado en el mundo. Por el pecado entra en el mundo el mal. El pecado es dar una interpretación o una utilización diferente de la que Dios como Creador había pensado para las personas y las cosas. Es, en definitiva, ir en contra de la tarea que tiene asociada cada don de Dios, empezando por no reconocer ese don de Dios.

El pecado ensucia mi mirada, la mirada sucia confunde mi deseo, el deseo desordenado endurece mi corazón y me lleva a un comportamiento pecaminoso. Todo esto me aleja de lo que Dios quiere para mí, de aquello para lo que fui creado y que es lo único que me puede dar la felicidad. Este camino del mal se va retroalimentando, yendo cada vez a peor. Como también se retroalimenta el camino del bien.

Para ordenar nuestra mirada y nuestro deseo Dios nos dio en el Antiguo Testamento las Tablas de la Ley, los 10 Mandamientos. Pero no fue suficiente porque no llegaron al corazón del hombre.

San Agustín dice que en el Antiguo Testamento Dios había escrito su Ley con su Dedo Divino sobre roca (sobre las Tablas de la Ley) y que Cristo viene a dar plenitud a la ley, inscribiéndola con su Dedo Divino sobre la tierra (como hizo ante la pecadora a quien querían lapidar escribiendo sobre la arena…), sobre la tierra fértil que es el corazón del hombre. Para que así la ley quedara grabada en el corazón de la persona y con el corazón sea como la cumplamos. 

Cristo nos enseña a entender la Ley de Dios tal y como Dios la había pensado. Para que no nos quedemos sólo con el exterior, con el comportamiento externo, sino que la cumplamos con el corazón, también en nuestro interior. Así hace hincapié en que el pecado, la fuente de nuestra infelicidad, no está sólo en nuestros comportamientos externos sino también en nuestras intenciones, en nuestro corazón.

Cristo nos da la clave: miremos a nuestro corazón, ahí reside todo, ahí está quién realmente soy y ahí se inicia y fija cómo debo comportarme. Cristo va al corazón del hombre, donde está el centro del hombre, el núcleo de la persona, nuestra intimidad, emociones, afectos, la fuente de nuestra voluntad,… quien realmente soy, no las apariencias. Además, en el corazón reside nuestra capacidad de amar, de relacionarnos con los demás, de darnos y de acoger. 

Por eso la apelación al corazón es crítica. Debo conocer mi corazón, para saber realmente quién soy y cómo soy. También para conocer qué durezas aún quedan en mi corazón, durezas que son las que me impiden amar como Cristo quiere que ame.

Tenemos que profundizar en nuestro corazón para descubrir qué desórdenes hay que nos traen consecuencias destructivas y dolorosas. En el pecado de la carne, se ve claro cómo todo comienza por un deseo desordenado, que se orienta hacia la autosatisfacción adulterando el significado del don de Dios.

Otra apelación clave que nos hace Cristo con estas palabras es a entender nuestra mirada y nuestro deseo.

El deseo

El deseo es muy bueno, Dios lo ha creado. Es bueno mientras esté ordenado a cumplir la voluntad de Dios. El deseo hacia mi cónyuge es crucial porque me lleva a querer conocerle más, a amarle más y a querer ser “una sola carne”. Me lleva a ser un digno hijo de Dios y un digno cónyuge de mi cónyuge. Haciendo todo esto es como llego a la plenitud, como soy feliz. Así que tengo que pedir a Dios y esforzarme por desear cada vez más a mi cónyuge, de manera integral siempre. Cuerpo y alma.

La Ley de Dios pretende decirme lo que me lleva a la felicidad y lo que no. Para que cumpliendo dicha ley podamos ordenar nuestro deseo. Tendré tentaciones (Cristo también las tuvo) para que desordene mi deseo y desee lo que no debo, pero Dios me da la luz para verlo y la fuerza para hacer lo que debo. Con la gracia de Dios yo decido cómo miro, cómo deseo, cómo amo.

Cristo habla del deseo como un acto interior que se expresa con la manera de mirar, con la mirada. El deseo desordenado que surge del corazón es el que hace que se produzca ya el pecado, porque ese deseo tiene un objeto que no es para lo que Dios había pensado la atracción. La grandeza de la atracción sexual, que está llamada a que construyamos la comunión entre hombre y mujer se ve mermada por un deseo que sólo pretende la autosatisfacción. Vamos a ver cómo Dios había pensado las cosas y qué significado les damos nosotros en nuestro corazón. Ahí iremos descubriendo la verdad del corazón del hombre y las consecuencias que esto le trae.

La mirada

La apelación de Cristo a la mirada también es clave. La mirada es lo que me une con el exterior y lo que dispara mi deseo. Así que extrememos el cuidado de nuestra mirada, purifiquemos la mirada, ordenemos la mirada, para que me lleve a los deseos del corazón que me llevan a la plenitud y a los comportamientos que me dan la felicidad. Que nuestra mirada sea para nuestro cónyuge, para desearle cada día más según su dignidad, y para entregarme y acogerle. Que nuestra mirada no sea para utilizar ni a mi cónyuge ni a otro para satisfacer mis deseos desordenados, mi auto-satisfacción,… ¡Un corazón sucio engaña y esclaviza! También facilitemos la mirada y el deseo de los demás, sin incitar al deseo desordenado con nuestro comportamiento, nuestras propuestas, comentarios,…  

Quizás el hombre tenga más tendencia a mirar el cuerpo de la mujer para desearlo y la mujer se fije más en otras cualidades de otros hombres para desearlos. O puede que la mujer tenga más la tentación de que la miren para sentirse deseada. Es muy importante la relación entre la mirada y el corazón. Hoy en día es muy difícil mantenerse al margen porque el culto al cuerpo está ahí. La playa, la televisión,… ¡La mirada hay que cuidarla tanto! Pero lo importante es la conversión del corazón, para integrar en él el significado del cuerpo. Esto es mirar a una mujer que va semidesnuda por la playa con misericordia y pena porque no es capaz de entender cuál es el fin de su cuerpo y por tanto no vivirá esa unión que Dios quiere, a través de su cuerpo, con la plenitud qué Él quiere. Al no entender el significado del cuerpo, no vivirá el designio de Dios para ella. Probablemente sea una víctima de las tendencias del mundo de hoy.

La mujer tiende a recrearse más en lo que no tiene que en lo que tiene. Y tiene que ir cambiando el chip en valorar la voluntad de Dios, lo positivo que hay en lo que Dios le ha dado en su marido.

Recordamos ese Evangelio: “Nada malo entra de fuera, sino que todo lo malo es lo que sale de nuestro corazón”.

La mirada, el deseo, el corazón

Así que, en oración, en manos de Dios, profundicemos en nuestro corazón, en el conocimiento de nosotros mismos. ¿Cómo tengo el corazón?, ¿qué deseo?, ¿cómo miro? Mi mirada y mi deseo me dan pistas de cómo tengo el corazón.

En definitiva, el corazón del hombre es ese de donde surge el bien y el mal, donde el hombre se construye o se destruye, donde surgen las interpretaciones que nos alejan de la verdad o nos llevan a ella. Es el lugar de la reflexión, de la interiorización, del alma. Es el lugar don de María guardaba todas las cosas de Dios para meditarlas, para interiorizarlas, para hacerlas suyas.

Así que cuidemos nuestro corazón con:

  • oración: me da luz sobre cómo tengo mi corazón, mi mirada y mi deseo y sobre qué durezas tengo aún en mi corazón. También me da luz sobre cómo cuidarlo.
  • sacrificios: una vez que sé cómo está mi corazón, los sacrificios son el entrenamiento que necesito para ir limpiando mi corazón y mi mirada y ordenando mis deseos.
  • con la ayuda de mi AA, siempre con mucha humildad y misericordia.

Con todo esto profundizaremos en el conocimiento de Dios, en sus leyes, su porqué, su amor infinito hacia mí, cómo quiere que tenga el corazón,… Y conocerle más es amarle más. Con todo esto también profundizaremos en el conocimiento de mí mismo, quién soy, para qué estoy aquí, a qué estoy llamado, qué tengo en el corazón, cómo debo tenerlo,… Y conocerme más es amarme más. Y toda mi mirada, todo mi deseo, todo mi corazón, enfocarlo en conocer y amar más a mi cónyuge para así vivir en plenitud, en la felicidad que Dios quiere para nosotros.

ORACIÓN JUNTOS:

Oración personal: Señor ¿Qué hay en mi corazón? ¿Cuáles son mis deseos y qué objetivo tienen? Me fijo especialmente en mis deseos carnales para conocer el estado de mi corazón. También si alguna vez he deseado a otra persona diferente a mi esposo/a por alguna otra cualidad: Extrovertido, divertido, detallista… y me he sentido atraído/a porque lo que podría recibir de él/ella que no me está dando mi esposo/a.

¿Utilizo mi mirada para sentirme más atraído por mi cónyuge y así querer conocerle más, amarle más y ser “una sola carne” y una sola alma?

Señor, enséñame a mirar en lo más profundo de mi corazón.

Oración juntos:

Le damos gracias a Dios por la belleza que ha puesto en nuestra relación y le pedimos que nos ayude a verla y a aprovecharla. Le pedimos que nos ayude a educar nuestros deseos de una manera sana y constructiva. Que une y que da fruto abundante.

EL CASO:

Román: ¡Uf! Esa chica… Tiene un cuerpazo. Y cómo se mueve… encima parece que se exhibe… le gusta que la miren. Pero Dios no quiere que la mire con deseo. Es Su hija, probablemente cegada por su vanidad. En vez de utilizar el cuerpo que Dios le había dado para atraer a su marido y hacerse “una sola carne” con él, lo utiliza para satisfacer su deseo de llamar la atención, de ser deseada, de ser el centro. Su belleza se ve manchada, ensuciada por el pecado. Pobre, ya no la veo tan exuberante. Ahora me dan ganas de llorar por ella y voy a rezar por ella. Dios le ha entregado un don para que lo utilice en Su nombre, y en su lugar, lo utiliza para incitar a otros al pecado. Ahora siento ganas de rezar por ella: Señor, ten misericordia de esa chica, porque no sabe lo que hace. Ábrele los ojos Señor, ábrele el entendimiento… que descubra que ella es mucho más grande que su atractivo físico.

Fran: Recuerdo cuando me dejaba llevar por mi deseo desordenado. Descubrí que utilizaba también a mi mujer para mirarla con ese deseo de autosatisfacción. ¡Me avergüenzo tanto de ello! Con la dignidad tan grande que tiene mi esposa, haberla mirado así, hace que me asquee de mí mismo. Desde mi conversión conyugal y después de mucho luchar contra mis vicios, mi esposa cada día me gusta más. Con los parámetros del mundo no era capaz de verlo pero ahora, con la mirada de Dios, cada vez descubro más su belleza interior y exterior. Dios mío, sígueme ayudando a mirar a mi esposa como Tú quieres que la mire, para desearla como Tú quieres que la desee, para querer ser con ella ser “una sola carne” y un solo alma. Señor, que mi corazón sólo desee conocer más y amar más cada día a mi mujer.

COMPROMISO:

Ayudarnos a avivar juntos el deseo de santidad, mirando como Dios miraría. Sobre todo, mirándonos como Dios quiere que nos miremos.

ORACIÓN FINAL:

Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. No busco la unión con mi esposo/a por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.  

Copia íntegra de la catequesis de JPII:

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 23 de abril de 1980

 El pecado de adulterio

  1. Recordemos las palabras del sermón de la montaña, a las que hicimos referencia en el presente ciclo de nuestras reflexiones del miércoles: “Habéis oído —dice el Señor— que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

El hombre, al que se refiere Jesús aquí, es precisamente el hombre “histórico”, ése cuyo “principio” y “prehistoria teológica” hemos hallado en la precedente serie de análisis. Directamente, se trata del que escucha con sus propios oídos el sermón de la montaña. Pero se trata también de todo otro hombre, situado frente a ese momento de la historia, tanto en el inmenso espacio del pasado, como en el igualmente amplio del futuro. A este “futuro”, con relación al sermón de la montaña, pertenece también nuestro presente, nuestra contemporaneidad. Este hombre es, en cierto sentido, “cada” hombre, “cada uno” de nosotros. Lo mismo el hombre del pasado, que el hombre del futuro puede ser el que conoce el mandamiento positivo “no adulterarás” como “contenido de la ley” (cf. Rom 2, 22-23), pero puede ser igualmente el que, según la Carta a los Romanos, tiene este mandamiento solamente “escrito en (su) corazón” (Rom 2, 15)[1]. A la luz de las reflexiones desarrolladas precedentemente, se trata del hombre que desde su “principio” ha adquirido un sentido preciso del significado del cuerpo, ya antes de atravesar “los umbrales” de sus experiencias históricas, en el misterio mismo de la creación, dado que emerge de él “como varón y mujer” (Gén 1, 27). Se trata del hombre histórico, que al “principio” de su aventura terrena se encontró “dentro” el conocimiento del bien y del mal, al romper la Alianza con su Creador. Se trata del hombre-varón que “conoció (a la mujer) su mujer” y la “conoció” varias veces, y ella “concibió y parió” (cf. Gén 4, 1-2), en conformidad con el designio del Creador, que se remontaba al estado de inocencia originaria (cf. Gén 1, 28; 2, 24).

  • En su sermón de la montaña, Cristo se dirige, especialmente con las palabras de Mt 5, 27-28, precisamente a ese hombre. Se dirige al hombre de un determinado momento de la historia y, a la vez, a todos los hombres que pertenecen a la misma historia humana. Se dirige, como ya hemos comprobado, al hombre “interior”. Las palabras de Cristo tienen un explícito contenido antropológico; tocan esos significados perennes, por medio de los cuales se constituye la antropología “adecuada”. Estas palabras mediante su contenido ético, constituyen simultáneamente esta antropología, y exigen, por decirlo así, que el hombre entre en su plena imagen. El hombre que es “carne”, y que como varón está en relación, a través de su cuerpo y sexo, con la mujer (efectivamente, esto indica también la expresión “no adulterarás”), debe, a la luz de estas palabras de Cristo, encontrarse en su interior, en su “corazón”[2]. El “corazón” es esta dimensión de la humanidad, con la que está vinculado directamente el sentido del significado del cuerpo humano, y el orden de este sentido. Se trata aquí, tanto de ese significado que en los análisis precedentes hemos llamado “esponsalicio”, como del que hemos denominado “generador”. Y, ¿de qué orden se trata?
  • Esta parte de nuestras consideraciones debe dar una respuesta precisamente a esta pregunta, una respuesta que llega no sólo a las razones éticas, sino también a las antropológicas; efectivamente, están en relación recíproca. Por ahora, preliminarmente, es preciso establecer el significado del texto de Mt 5, 27-28, el significado de las expresiones usadas en él y su relación recíproca. El adulterio, al que se refiere directamente el citado mandamiento, significa la infracción de la unidad, mediante la cual el hombre y la mujer, solamente como esposos, pueden unirse tan estrechamente, que vengan a ser “una sola carne” (Gén 2, 24). El hombre comete adulterio, si se une de ese modo con una mujer que no es su esposa. También comete adulterio la mujer, si se une de ese modo con un hombre que no es su marido. Es necesario deducir de esto que “el adulterio en el corazón”, cometido por el hombre cuando “mira a una mujer deseándola”, significa un acto interior bien definido. Se trata de un deseo, en este caso, que el hombre dirige hacia una mujer que no es su esposa, para unirse con ella como si lo fuese, esto es —utilizando una vez más las palabras del Gén 2, 24—, de tal manera qu e “los dos sean una sola carne”. Este deseo, como acto interior, se expresa por medio del sentido de la vista, es decir, con la mirada, como en el caso de David y Betsabé, para servirnos de un ejemplo tomado de la Biblia (cf. 2 Sam 11, 2)[3]. La relación del deseo con el sentido de la vista ha sido puesto particularmente de relieve en las palabras de Cristo.
  • Estas palabras no dicen claramente si la mujer —objeto del deseo— es la esposa de otro, o sencillamente la mujer del hombre que la mira de ese modo. Puede ser esposa de otro, o también no casada. Más bien, es necesario intuirlo, basándonos sobre todo en la expresión que define precisamente adulterio lo que el hombre cometió “en su corazón” con la mirada. Es preciso deducir correctamente de esto que una tal mirada de deseo dirigida a la propia esposa no es adulterio “en el corazón”, precisamente porque el correspondiente acto interior del hombre se refiere a la mujer que es su esposa, con la que no puede cometerse el adulterio. Si el acto conyugal como acto exterior, en el que “los dos se unen de modo que vienen a ser una sola carne”, es lícito en la relación del hombre en cuestión con la mujer que es su esposa, análogamente está conforme con la ética también el acto interior en la misma relación.
  • No obstante, ese deseo que indica la expresión acerca de “todo el que mira a una mujer, deseándola”, tiene una propia dimensión bíblica y teológica, que aquí no podemos menos de aclarar. Aún cuando esta dimensión no se manifiesta directamente en esta única expresión concreta de Mt 5, 27-28, sin embargo está profundamente arraigada en el contexto global, que se refiere a la revelación del cuerpo. Debemos remontarnos a este contexto, a fin de que la apelación de Cristo “al corazón”, al hombre interior, resuene en toda la plenitud de su verdad. La citada enunciación del sermón de la montaña (cf. Mt 5, 27-28) tiene fundamentalmente un carácter indicativo. El que Cristo se dirija directamente al hombre como a aquel que “mira a una mujer, deseándola”, no quiere decir que estas palabras, en su sentido ético, no se refieran también a la mujer. Cristo se expresa así para ilustrar con un ejemplo concreto cómo es preciso comprender “el cumplimiento de la ley”, según el significado que le ha dado Dios-Legislador, y además cómo conviene entender esa “sobreabundancia de la justicia” en el hombre, que observa el sexto mandamiento del Decálogo. Al hablar de este modo, Cristo quiere que no nos detengamos en el ejemplo en sí mismo, sino que penetramos también en el pleno sentido ético y antropológico del enunciado. Si éste tiene un carácter indicativo, significa que, siguiendo sus huellas, podemos llegar a comprender la verdad general sobre el hombre “histórico”, válida también para la teología del cuerpo. Las ulteriores etapas de nuestras reflexiones tendrán la finalidad de acercarnos a comprender esta verdad.

Notas

[1] De este modo el contenido de nuestras reflexiones quedaría ubicado en cierto sentido en el terreno de la “ley natural”. Las palabras de la Carta a los Romanos (2, 15) citadas, han sido consideradas siempre, en la Revelación, como fuente de confirmación para la existencia de la ley natural. Así, el concepto de la ley natural adquiere también un significado teológico.

Cf., entre otros, D. Composta, Teologia del diritto naturale, status quaestionis, Brescia

1972 (Ed. Civiltà), págs. 7-22, 41-53; J. Fuchs, s.j., Lex naturae. Zur Theologie des

Naturrechts, Düsseldorf 1955, págs. 22-30, E. Hamel, s.j. Loi naturelle et loi du Christ,

Brujas” París 1964 (Desclée de Brouwer), pág. 18: A. Sacchi, “La legge naturale nella Bibbia”, en: La legge naturale. Le relazioni del Convegno dei teologi moralisti dell’Italia settentrionale (11-13 septiembre 1969), Bolonia 1970 (Ed. Dehoniana), pág. 53; F. Böckle, “La ley natural y la ley cristiana”, ib, págs. 214-215; A. Feuillet, “Le fondement de la morale ancienne et chrétienne d’apres l’Epître aux Romains”, Revue Thomiste 78 (1970), págs. 357-386, Th. Herr, Naturrecht aus der kritischen Sicht des Neuen Testaments, Munich 1976 (Schöningh), págs. 155-164. 

  • “The typically Hebraic usage reflected in the New Testament implies an understand ing of man as unity of thought, will and feeling. (…) It depicts man as a whole, viewed from his intentionality, the heart as the center of man is thought of as source of will, emotion, thoughts and aflections. 

This traditional Judaic conception was related by Paul to Hellenistic categories, such as “mind”, “attitude”, “thoughts” and “desires”. Such a co-ordination between the Judaic and Hellenistic categories is found la Ph 1, 7; 4, 7; Rom 1, 21. 24, where “heart” is thought of as center from which these things flow (R. Jewett, Paul’s Anthoprological Terms. A. Study of their Use in Conflict Settings, Leiden 1971 [Brill], pág. 448). 

“Das Herz… ist die verborgene, inwendige Mitte und Wurzel des Menschen und damit seiner Welt…, der unergründliche Grund und die lebendige Kraft aller Daseinserfahrung und -entscheidung” (H. Schlier, Das Menschenherz nach dem Apostel Paulus, en: Lebendiges Zeugnis, 1965, pág. 123). 

Cf. también F. Baumgärtel -J. Behm, “Kardía”, en: Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, II, Stuttgart 1933 (Kohlhammer), págs. 609-616. 

  • Este es quizá el más conocido; pero en la Biblia se pueden encontrar otros ejemplos parecidos (cf. Gén 34, 2; Jue 14, 1; 16, 1).

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