Cooperadores de Dios es un Proyecto que invita a TODOS a defender y reconstruir LA INFANCIA, LA JUVENTUD Y LA FAMILIA y ofrece en esta página HERRAMIENTAS PARA ELLO.
Home | VIÑA PADRES Y MADRES – COMO PAREJA - VIÑA PADRES Y MADRES – COMO PAREJA - Unión de los esposos | El pecado y sus consecuencias – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II

El pecado y sus consecuencias – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II

El pecado y sus consecuencias 


Invocamos al Espíritu Santo: 

Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.


INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:

A continuación, se desgranan las consecuencias del pecado en la naturaleza del hombre, a la vista del génesis:

“Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores” (Gén 3, 7): Cómo el hombre y la mujer sienten vergüenza el uno del otro como síntoma de haber caído en el pecado, que afecta a la raíz misma del hombre.

“Oyeron a Yahvé Dios, que se paseaba por el jardín al fresco del día, y se escondieron de Yahvé Dios, el hombre y su mujer, en medio de la arboleda del jardín” (Gén 3, 8). La necesidad de esconderse indica que ha surgido un miedo frente a Dios que antes no conocían.

“Llamó Yahvé Dios al hombre, diciendo: ¿Dónde estás? Y éste contestó: Te he oído en el jardín, y temeroso porque estaba desnudo, me escondí” (Gén 3, 9-10). En ese “Temeroso porque estaba desnudo” se descubre que hay en juego algo más profundo que la vergüenza corporal. El hombre trata de cubrir el origen real de su miedo, escudándose en la vergüenza de que estaba desnudo. Y entonces Dios hace referencia a ese origen en su lugar:

“¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol de que te prohibí comer?” (Gén 3, 11)

  • El relato nos muestra lo que el hombre vive en la superficialidad de sus emociones, y al mismo tiempo descubre la profundidad del daño causado. Mediante la nueva experiencia de la “desnudez” se manifiesta que el hombre ha quedado privado de la participación del don. El hombre ha salido de la fuente del amor, y ha perdido los dones naturales y sobrenaturales con los que había sido dotado por Dios. Además sufrió un daño en su naturaleza como plenitud de la “imagen de Dios”. La triple concupiscencia no pertenece a la plenitud de esa imagen, sino precisamente a los daños y limitaciones provocados por el
pecado. La concupiscencia se explica como carencia que afecta a la raíz del espíritu
humano.  
  • ¿A qué verdad corresponden las palabras “Temeroso porque estaba desnudo me escondí?: Demuestran un cambio radical en el significado de la desnudez originaria que representaba la plena aceptación del cuerpo como expresión de la persona. El cuerpo representaba la presencia de la transcendencia en virtud de la cual el hombre, en cuanto persona, supera al resto de seres vivientes del mundo visible. Mediante su masculinidad y feminidad, representan la donación recíproca en la comunión de personas. Así, el cuerpo humano llevaba en sí un indudable signo de la “imagen de Dios”. La aceptación originaria del cuerpo era en cierto modo la aceptación de todo el mundo visible y garantía de dominio absoluto sobre el mundo.

4- Las palabras “Temeroso porque estaba desnudo, me escondí” testimonian que el hombre pierde la certeza de ser “imagen de Dios” expresada en su cuerpo. Y pierde también el derecho a participar de la visión divina en la percepción del mundo que la había transmitido el Creador: “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gén 1, 31) Se ve perturbada también la visión del mundo material en relación con el hombre y con sus tareas cuando se le anuncia al hombre que trabajará con el sudor de su frente: 

“Por ti será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; te dará espinas y abrojos y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado” (Gén 3, 17-19) Y el final de esa fatiga, de esta lucha del hombre con la tierra es la muerte: 

“Polvo eres, y al polvo volverás” (Gén 3, 19).

Se aprecia la existencia de una cierta “vergüenza cósmica”, es decir, como que esa vergüenza que entra por el pecado, ha afectado a todo el universo, y el hombre que había sido creado para someter la tierra, por el pecado, se ve sometido por ella, especialmente en la “parte” trascendente que representaba precisamente su cuerpo. 

EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA LOS MATRIMONIOS DE HOY:

Los síntomas de haber caído en el pecado son la vergüenza (y si me pillan) y el miedo. La confesión cuesta porque nos da vergüenza confesar nuestros pecados. Los miedos normalmente son a las consecuencias del pecado, y no se busca el origen que ha provocado esos miedos realmente.

Es Dios quien nos muestra esas raíces: Ej. “El origen real de nuestra pelea es que soy una persona orgullosa y no acepto que me digas nada…”. Es importante descubrir la raíz del pecado y no quedarnos en los sentimientos que nos han provocado o las consecuencias que nos han traído: Heridas… Porque si no, ¿cómo nos vamos a convertir?

Ante el pecado, la tendencia es a esconderse de Dios y de todo(s) lo(s) que representan la pureza, ante los que el pecador queda en evidencia y se siente juzgado. Surge un rechazo ante lo bueno, y una tendencia a ridiculizarlo o despreciarlo, como “ñoño” o “friki”.

El pecado es como el rechazo de una herencia, que afecta a la persona que la rechaza y a las generaciones futuras.

El cuerpo del varón y la mujer, es capaz de expresar la entrega mutua, y por tanto representa la “imagen de Dios”. Al romper con Dios, el hombre no acepta su cuerpo según el significado que tiene para representar la comunión de Dios en la tierra, y siente vergüenza por su cuerpo desnudo.

El hombre pierde la certeza originaria de ser imagen de Dios. Esto se ve claramente hoy en día. Si tengo esta certeza vivo de otra manera. Qué importante es recuperar esta certeza. Vivir mi vida mirando al cielo, cambia mi relación con todo, con las personas que tengo alrededor, mi relación con la creación, etc.

Al perder la imagen de Dios que representa la parte trascendente del hombre, el hombre que estaba creado para dominar la tierra se encuentra dominado por la tierra. Las tareas, la tecnología, el trabajo, los medios de comunicación… someten al hombre.

Por el pecado, pierdo la capacidad de participar de la visión que Dios tiene de este mundo. Pierdo la capacidad de ver todo bueno, muy bueno, y aparecen las quejas, las desesperaciones, las angustias, las tristezas… Todo esto es fruto del pecado. Se pierde la paz y el gozo de vivir en la verdad de Dios. Cuando se recupera esta visión, se relativizan todos los problemas y vuelve la alegría a nuestra vida: “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”, decía Nuestra Madre.

Conclusiones:

  • Buscar la raíz de lo que rompe la comunión y no quedarnos en las consecuencias.
  • Ser partícipes de la visión de Dios. Cuanto más purificamos nuestro corazón para “ser imagen y semejanza de Dios” más participamos de Su mirada. La oración juntos es uno de esos medios.
  • Recuperar la certeza de que podemos ser imagen y semejanza de Dios.
  • Tener en cuenta que nuestro pecado afecta a nuestro esposo y a nuestros hijos.

RATO DE ORACION (Los esposos juntos):

Señor, ¿por qué me da vergüenza confesarme de mis pecados y no me avergüenzo antes de cometerlos?

Pero qué importante es vivir en gracia, para ser capaz de ver la belleza y la bondad de mi esposo/a. Reviso por un momento a solas qué pecados míos me impiden percibir esa belleza y esa bondad suyas: ¿Mi orgullo exigente? ¿La vanidad de creerme con derecho a juzgarle? ¿Mi egoísmo que me pone como prioridad frente a él/ella? ¿Mi soberbia de no reconocer mis debilidades y pecados? ¿Mi rencor que me envenena contra él/ella y no me permite liberarle de su pasado? ¿Mi lujuria que me hace desear a otros/as y valoro en poco a mi esposo/a?…

Por último le describo la Señor (en alto ante mi cónyuge) cómo creo que ve el Padre a mi esposo. ¿Qué ve en él/ella para que le vea bueno muy bueno?

(Juntos)

Señor, purifica mi corazón. Me comprometo a confesarme cada dos semanas para mantenerlo limpio. Acepto todas las incomodidades y dificultades como medios de purificación que tú permites. Quiero ver el mundo como tú lo ves.

EL CASO:

Paula lleva tiempo dolida con Carlos. Le cuesta intimar con él, porque ha recibido heridas por su parte. Aún recuerda lo mal se que portó cuando estaba a punto de dar a luz. También recuerda los problemas que tuvo con la familia política de él y cómo él no comprendió su sufrimiento.

Carlos por su parte, está ya un poco harto de las quejas de Paula y de que le eche en cara temas que ocurrieron hace años. Carlos le ha pedido perdón en varias ocasiones, pero esto no convence a Paula.

La relación entre ellos es distante, y no parece que haya demasiada disposición ni interés de mejorarla por ninguna de las dos partes, porque ambos ven culpable al otro. Carlos ya se ha buscado sus “entretenimientos” para no pensar demasiado en esta situación y Paula sigue ahogándose con sus recuerdos y descargando su melancolía en su madre y en sus amigas que parece que la comprenden.

Ambos tienen claros los motivos que les han llevado a esa situación.

¿Crees que los motivos que les llevan a esta situación son realmente el origen del problema?

¿Qué tendría que descubrir cada uno de ellos de sí mismo?

¿Cómo crees que ve Dios esta situación? ¿Cómo crees que ve a Paula? ¿Cómo crees que ve a Carlos?

¿Qué puede hacer Paula por reconstruir su intimidad con Carlos? ¿Y Carlos?

PROPÓSITO PERSONAL Y CONYUGAL:

Describirle a Dios cómo creo que ve a mi esposo/a en las situaciones que más me molestan. Al menos una vez al día.

Copia íntegra de la catequesis de JPII:

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 14 de mayo de 1980

El pecado y sus consecuencias 

  1. Hemos hablado ya de la vergüenza que brota en el corazón del primer hombre, varón y mujer, juntamente con el pecado. La primera frase del relato bíblico, a este respecto, dice así: “Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores” (Gén 3, 7). Este pasaje, que habla de la vergüenza recíproca del hombre y de la mujer, como síntoma de la caída (status naturae lapsae), se aprecia en su contexto. La vergüenza en ese momento toca el grado más profundo y parece remover los fundamentos mismos de su existencia.

“Oyeron a Yahvé Dios, que se paseaba por el jardín al fresco del día, y se escondieron de Yahvé Dios, el hombre y su mujer, en medio de la arboleda del jardín” (Gén 3, 8). La necesidad de esconderse indica que en lo profundo de la vergüenza observada recíprocamente, como fruto inmediato del árbol de la ciencia del bien y del mal, ha madurado un sentido de miedo frente a Dios: miedo antes desconocido. “Llamó Yahvé Dios al hombre, diciendo: ¿Dónde estás? Y éste contestó: Te he oído en el jardín, y temeroso porque estaba desnudo, me escondí” (Gén 3, 9-10). Cierto miedo pertenece siempre a la esencia misma de la vergüenza; no obstante, la vergüenza originaria revela de modo particular su carácter: “Temeroso, porque estaba desnudo”. Nos damos cuenta de que aquí está en juego algo más profundo que la misma vergüenza corporal, vinculado a una reciente toma de conciencia de la propia desnudez. El hombre trata de cubrir con la vergüenza de la propia desnudez el origen auténtico del miedo, señalando más bien su efecto, para no llamar por su nombre a la causa. Y entonces Dios Yahvé lo hace en su lugar: “¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol de que te prohibí comer?” (Gén 3, 11).

  • Es desconcertante la precisión de ese diálogo, es desconcertante la precisión de todo el relato. Manifiesta la superficie de las emociones del hombre al vivir los acontecimientos, de manera que descubre al mismo tiempo la profundidad. En todo esto, la “desnudez” no tiene sólo un significado literal, no se refiere solamente al cuerpo, no es origen de una vergüenza que hace referencia sólo al cuerpo. En realidad, a través de la “desnudez”, se manifiesta el hombre privado de la participación del don, el hombre alienado de ese amor que había sido la fuente del don originario, fuente de la plenitud del bien destinado a la criatura. Este hombre, según las fórmulas de la enseñanza teológica de la Iglesia[1] , fue privado de los dones sobrenaturales y preternaturales que formaban parte de su “dotación” antes del pecado; además, sufrió un daño en lo que pertenece a la misma naturaleza, a la humanidad en su plenitud originaria “de la imagen de Dios”. La triple concupiscencia no corresponde a la plenitud de esa imagen, sino precisamente a los daños, a las deficiencias, a las limitaciones que aparecieron con el pecado. La concupiscencia se explica como carencia, que sin embargo hunde las raíces en la profundidad originaria del espíritu humano. Si queremos estudiar este fenómeno en sus orígenes, esto es, en el umbral de las experiencias del hombre “histórico”, debemos tomar en consideración todas las palabras que Dios-Yahvé dirigió a la mujer (Gén 3, 16) y al hombre (Gén 3, 17-19), y además debemos examinar el estado de la conciencia de ambos; y el texto yahvista nos lo facilita expresamente. Ya antes hemos llamado la atención sobre el carácter específico literario del texto a este respecto.
  • ¿Que estado de conciencia puede manifestarse en las palabras: “Temeroso, porque estaba desnudo, me escondí”? ¿A que verdad interior corresponden? ¿Que significado del cuerpo testimonian? Ciertamente este nuevo estado difiere grandemente del originario. Las palabras de Gén 3, 10 atestiguan directamente un cambio radical del significado de la desnudez originaria. En el estado de inocencia originaria, la desnudez, como hemos observado anteriormente, no expresaba carencia, sino que representaba la plena aceptación del cuerpo en toda su verdad humana y, por tanto, personal. El cuerpo, como expresión de la persona, era el primer signo de la presencia del hombre en el mundo visible. En ese mundo, el hombre estaba en disposición, desde el comienzo, de distinguirse a sí mismo, cómo individuarse -esto es, confirmarse como persona- también a través del propio cuerpo. Efectivamente, él había sido, por así decirlo, marcado como factor visible de la trascendencia, en virtud de la cual el hombre, en cuanto persona, supera al mundo visible de los seres vivientes (animalia). En este sentido, el cuerpo humano era desde el principio un testigo fiel y una verificación sensible de la “soledad” originaria del hombre en el mundo, convirtiéndose, al mismo tiempo, mediante su masculinidad y feminidad, en un límpido componente de la donación recíproca en la comunión de las personas. Así, el cuerpo humano llevaba en sí, en el misterio de la creación, un indudable signo de la “imagen de Dios” y constituía también la fuente específica de la certeza de esa imagen, presente en todo el ser humano. La aceptación originaria del cuerpo era, en cierto sentido, la base de la aceptación de todo el mundo visible. Y, a su vez, era para el hombre garantía de su dominio absoluto sobre el mundo, sobre la tierra, que debería someter (cf. Gén 1, 28).
  • Las palabras “temeroso porque estaba desnudo, me escondí” (Gén 3, 10) testimonian un cambio radical de esta relación. El hombre pierde, de algún modo, la certeza originaria de la “imagen de Dios”, expresada en su cuerpo. Pierde también, en cierto modo, el sentido de su derecho a participar en la percepción del mundo, de la que gozaba en el misterio de la creación. Este derecho encontraba su fundamento en lo íntimo del hombre, en el hecho de que él mismo participaba de la visión divina del mundo y de la propia humanidad; lo que le daba profunda paz y alegría al vivir la verdad y el valor del propio cuerpo, en toda su sencillez, que le había transmitido el Creador: “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gén 1, 31). Las palabras de Gén 3, 10: “Temeroso porque estaba desnudo, me escondí” confirman el derrumbamiento de la aceptación originaria del cuerpo como signo de la persona en el mundo visible. A la vez, parece vacilar también la aceptación del mundo material en relación con el hombre. Las palabras de Dios-Yahvé anuncian casi la hostilidad del mundo, la resistencia de la naturaleza en relación con el hombre y con sus tareas, anuncian la fatiga que el cuerpo humano debería experimentar después en contacto con la tierra que él sometía: “Por ti será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; te dará espinas y abrojos y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado” (Gén 3, 17-19). El final de esta fatiga, de esta lucha del hombre con la tierra, es la muerte: “Polvo eres, y al polvo volverás” (Gén 3, 19).

En este contexto o, más bien, en esta perspectiva, las palabras de Adán en Génesis 3, 10: “Temeroso, porque estaba desnudo, me escondí”, parecen expresar la conciencia de estar inerme, y el sentido de inseguridad de su estructura somática frente a los procesos de la naturaleza, que actúan con un determinismo inevitable. Quizá, en esta desconcertante enunciación se halla implícita cierta “vergüenza cósmica”, en la que se manifiesta el ser creado a “imagen de Dios” y llamado a someter la tierra y a dominarla (cf. Gén 1, 28), precisamente mientras, al comienzo de sus experiencias históricas y de manera tan explícita, es sometido por la tierra, particularmente en la “parte” de su constitución trascendente representada precisamente por el cuerpo.

Es preciso interrumpir aquí nuestras reflexiones sobre el significado de la vergüenza originaria, en el libro del Génesis. Las reanudaremos dentro de una semana.

Notas

[1] El Magisterio de la, Iglesia se ha ocupado más de cerca de éstos problemas en tres períodos, de acuerdo con las necesidades de la época.

Las declaraciones de los tiempos de las controversias con los pelagianos (siglos V-VI) afirman que el primer hombre, en virtud de la gracia divina, poseía “naturalem possibilitatem et innocentiam” (DS 239), llamada también “libertad’ (“libertas”, “libertas arbitrii”), (DS 3711, 242, 383, 622). Permanecía en un estado que el Sínodo de Orange (a. 529) denomina “integritas”:

“Natura humana, etiamsi in illa integritate, in qua condita est, permaneret, nullo modo se ipsam, Creatore suo non adiuvante, servaret…” (DS 389).

Los conceptos de “integritas” y, particular, el de “libertas”, presupone la libertad de la concupiscencia, aunque los documentos eclesiásticos de esta época no la mencionen de modo explícito.

El primer hombre estaba además libre de la necesidad de muerte (DS 222, 372, 1511).

El Concilio de Trento define el estado del primer hombre, antes del pecado, como “santidad y justicia” (“sanctitas et iustitia”, DS 1511, 1512), o también como “inocencia” (“innocentia”, DS 1521).

Las declaraciones ulteriores en esta materia defienden la absoluta gratuidad del don originario de la gracia, contra las afirmaciones de los jansenistas. La “integritas primae creationis” era una elevación no merecida de la naturaleza humana (“indebita humanae naturae exaltatio”) y no “el estado que le era debido por naturaleza” (“naturalis eius conditio”, DS 1926). Por lo tanto, Dios habría podido crear al hombre sin estas gracias y dones (DS 1955), esto es, no habría roto la esencia de la naturaleza humana ni la habría privado de sus privilegios fundamentales (DS 1903-1907, 1909, 1921, 1923, 1924, 1926, 1955, 2434, 2437, 2616, 2617).

En analogía con los Sínodos antipelagianos, el Concilio de Trento trata sobre todo el dogma del pecado original, incluyendo en su enseñanza los enunciados precedentes a este propósito. Pero aquí se introdujo una apreciación, que cambió en parte el contenido comprendido en el concepto de “liberum arbitrium”. La “libertad” o “libertad de la voluntad” de los documentos antipelagianos, no significaba la posibilidad de opción, inherente a la naturaleza humana, por lo tanto constante, sino que se refería solamente a la posibilidad de realizar los actos meritorios, la libertad que brota de la gracia y que el hombre puede perder.

Ahora bien, a causa del pecado, Adán perdió lo que no pertenecía a la naturaleza humana entendida en el sentido estricto de la palabra, esto es, “integritas”, “sanctitas”, “innocentia”, “iustitia” El “liberum arbitrium”, la libertad de la voluntad, no se quitó, se debilitó: “…liberum arbitrium minime

exstinctum… viribus licet attenuatum et inclinatum…” (DS 1521 Trid. sess. VI, Decr. de Iustificatione, c. 1).

Junto con el pecado aparece la concupiscencia y la muerte inevitable:

«…primum hominem.., cum mandatum Dei… fuisset transgressus, statim sanctitatem et iustitiam, in qua costitutus fuerat:, amisisse incurrisseque per offensam praevaricationis huiusmodi iram et indignationem Dei atque ideo mortem… et cum morte captivitatem sub eius potestate, qui “mortis” deinde “habuit imperium”… “totumque Adam per illiam praevaricationis offensam secundum corpus et animam in deterius commutatum fuisse…”» (DS 1511, Trid. sess. V, Decre. de pecc. orig., 1).

(Cf. Mysterium salutis, II, Einsiedeln-Zurich-Colonia, 1967, págs. 827-828: W. Seibel, “Der Mensch als Gottes übernatürliches Ebenbild und der Urstand de Menschen”)

Publicaciones Relacionadas

La madre y la vida de Fe de los hijos

Reportaje a Amelia María Olva Guillén

¿Cuáles son los problemas que afectan a los jóvenes?

Analizamos los problemas que hoy en día afectan a los jóvenes mediante un estudio clínico buscando su tratamiento y terapias desde un enfoque cristiano y buscando salvar no solo el cuerpo físico de los jóvenes, sino tambien su alma.

El matrimonio cristiano – Por Monseñor Tihamér Tóth (Libro)

Un libro que hará mucho bien a los matrimonios ya de años y sobre todo a los que apenas están empezando, para que logren acoplarse a la medida de la moral cristiana, costumbres conservadoras y retomar ese espíritu de lucha y de amor por Dios, la Iglesia, la familia y la Patria.

Darío Gonzalvez y Valeria Vargas – Vivencias y Testimonios

Matrimonio de Jujuy, Argentina de Cooperadores de Dios nos da a conocer su testimonio y experiencia de su matrimonio y familia y como los jóvenes a través de las redes sociales están en peligro constante por la influencia del maligno. Ver Video