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La donación mutua del hombre y la mujer en el matrimonio – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II

La donación mutua del hombre y la mujer en el matrimonio


Invocamos al Espíritu Santo:

Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.


INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:

Claves:

La mutua pertenencia entre semejantes como fruto de la libertad del don de las personas, es contraria a la posesión.

Detalles:

  1. Las palabras que Dios dirige a Eva: “Buscarás con ardor a tu marido que te dominará” revelan que, por el pecado, la relación entre el hombre y la mujer pasa de ser una donación mutua a ser una relación de intento de apropiación. Pasan de verse como un don recíproco de Dios a intentar dominarse el uno al otro. El problema es que, si el hombre trata a la mujer como un objeto del que apropiarse, al mismo tiempo se condena a hacerse a sí mismo un objeto de apropiación para ella en lugar de ser un don. Así, el hombre y la mujer se hacen incapaces de alcanzar la medida interior de su corazón, esa capacidad de amarse liberándose de todo lo que les impide ser un don el uno para el otro. Esto lo sufre especialmente la mujer que es más sensible a esta necesidad de donación mutua.
  2. Las palabras de Dios en Génesis 3,16 “Buscarás con ardor a tu marido, que te dominará” y las de Cristo en Mt 5, 27-28: “El que mira a una mujer deseándola…” parecen guardar cierto paralelismo. No se trata de que sea principalmente la mujer quien resulta ser objeto del “deseo” por parte del hombre, sino más bien de que el hombre desde el principio debería haber sido custodio de la reciprocidad del don y de su auténtico equilibrio. Acoger la feminidad como un don y corresponderla como un don también. Contrasta esto con aprovecharse del don para satisfacción de los propios impulsos y deseos desordenados. El mantenimiento del equilibrio del don está confiado a ambos, pero parece que el hombre tiene una especial responsabilidad, como si de él dependiese que ese equilibrio no se rompa, o si se ha roto, sea restablecido.
  3. La concupiscencia hace que el cuerpo se convierta en un instrumento para apropiarse del otro, y por tanto pierde su significado como medio para expresar la entrega y acogida mutuas del hombre y la mujer. Ya no se pertenecen el uno al otro por acogerse mutuamente como un don de Dios, sino que la pertenencia pasa a adquirir el significado de la apropiación. La unión del hombre y de la mujer se expresa con pronombres como “mío” o “mía”. Son palabras que en el ámbito material denotan una posesión, pero en nuestro caso denotan esa semejanza de ambos, sin identificarse el uno con el otro. Significa ese “eres
    ” que constituye la unión de las personas.
    parte de mí tal como tú eres y tal como yo soy
    Esos términos “mío” y “mía”
  4. indican que ambos son un don el uno para el otro, la
    reciprocidad de la donación, expresan el equilibrio del don en que se instaura la comunión de las personas. Las palabras “mío” y “mía” en el lenguaje del amor parecen una radical negación de la pertenencia en el sentido material, sino que más bien pertenece a la persona que activamente se entrega. La triple concupiscencia, en especial la concupiscencia de la carne, quita a la recíproca pertenencia del hombre y de la mujer esa semejanza que los iguala en dignidad, siendo denigrado el que es poseído por el que posee. El paso siguiente al poseer es el de usarlo como objeto para el propio disfrute. Me sirvo de él, lo uso. La analogía personal de la pertenencia se opone a este significado, y esta oposición demuestra que aquello que viene del Padre en la relación del hombre y de la mujer, permanece en contraste con lo que viene del mundo. Sin embargo, la concupiscencia empuja al hombre
    hacia el disfrute que lleva consigo la negación de lo que viene del Padre. El don desinteresado está excluido del disfrutar egoísta ¿No habla de eso Dios en Gn 3,16?
  5. Según 1 Jn 2, 16, la concupiscencia muestra sobre todo el estado del espíritu del hombre. Esto mismo ocurre con la concupiscencia de la carne. A este problema convendría dedicar un análisis posterior. Por el pecado entra en el corazón humano una oposición entre espíritu y cuerpo y se dejan sentir sus consecuencias en la relación recíproca de las personas. Desde que en el hombre se ha instalado otra ley que lucha contra la ley de la mente (Rom 7,23), existe un constate peligro de ver, de valorar, y de amar de este modo, y así el deseo del cuerpo se manifiesta más potente que el deseo de la mente. Es precisamente esta verdad sobre el hombre, la que debemos tener siempre presente, si queremos comprender la apelación dirigida por Cristo al corazón humano en el sermón de la montaña.

EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL MATRIMONIO DE HOY:

  • Tengo que estar muy atento para detectar cuándo paso de una relación con mi esposo en la que actúo como un don de Dios para él/ella o cuando estoy pendiente de controlar lo que mi esposo me da para recibir más, por mi comodidad o satisfacción.
  • En definitiva, estar atentos a acoger lo que viene de Dios y no lo que viene del mundo.
  • Utilizar al otro como un objeto de apropiación, me condena a ser utilizado así también por mi esposo.
  • Si entro en esta dinámica de la apropiación, nunca alcanzaré la “medida interior” de mi corazón. Nunca descubriré la capacidad de amar que Dios me ha dado y para lo que he sido creado. Nunca descubriré quién soy en realidad.
  • El hombre es especialmente responsable en la custodia de un amor recíproco y tiene que hacer un esfuerzo por cuidar su feminidad con delicadeza y profundizar en el conocimiento de su esposa, para que se sienta querida y valorada y de esta manera, no tenga que reclamar de manera desordenada y con imposiciones la atención que debería recibir por la comunión para la que ha sido creada.
  • Mi esposo es “mío” o “mía” en el sentido de que está dentro de mí y yo dentro de él/ella. Nos pertenecemos el uno al otro porque tenemos la misma dignidad y yo me entrego a ti y tú te entregas a mí, como al Señor, para hacernos uno.
  • De esa entrega mutua de mí a ti y de ti a mí, surge el equilibrio del don.
  • Este sentido de pertenencia indica también la exclusividad de nuestro amor, que no nos permite entregarnos a ningún otro/a.
  • Por la concupiscencia hay otra ley inscrita en nuestro cuerpo y en nuestro entendimiento, que tira de nosotros, pero que no viene de Dios. Tenemos que ser conscientes de esto para descubrir la llamada que Cristo nos hace cuando apela a nuestro corazón, porque ahí sigue inscrita también la ley de Dios que nos anima a caminar hacia Él.

ORACIÓN JUNTOS:

¿Quiero descubrir la medida interior que Dios le ha dado a mi corazón, la capacidad para amar que me dio?

  • Señor, veo que hay momentos en los que quiero dominar a mi esposo. Reconozco que a veces lo hago (Digo en alto ante mi esposo/a en cuáles de ellos):
    o Intentando imponer mi lógica, mis criterios o En la manera de educar a los hijos
    o En la manera de hacer las cosas en general (En el orden del hogar, en la manera de conducir, si las puertas deben estar abiertas o cerradas, etc.)
    o Intento dominar su manera de expresarse o Su manera de quererme: Sus gestos hacia mí, lo que me dice o debería decirme, sus caricias, su manera de dirigirse a mí…
    o Intento dominarle en su crecimiento espiritual: Cuando reza, cuánto reza y qué reza, su dirección espiritual, si acude o no a los sacramentos y cuántas veces…
    o Intento dominar en nuestras relaciones conyugales: Si se lo merece o no se lo merece, si lo deseo o lo “necesito”.
    o Intento de dominio en la superación de sus faltas y pecados: Recriminándoselos o exigiéndole mejoras.
    o Intento dominarle en su relación con otros: Con su familia de origen, con sus amigos… o En sus aficiones, gustos o hobbies…
  • (Leemos los dos juntos) Señor, soy consciente de que el amor exige libertad y que, sólo comportándome como un don Tuyo, podré descubrir la verdadera medida interior que has querido poner en mi corazón. Sólo así podré descubrir quién estoy llamado a ser.
  • Permite Señor que me adentre ahora en la llamada que has grabado en mi corazón, para reconocerla e ilusionarme con ella.
    (Uno y otro decimos cómo quiere Dios que actuemos en las situaciones anteriores en las que intentamos dominarnos el uno al otro).
  • Después, ambos, damos gracias a Dios por llamar a nuestro corazón.

EL CASO:

Ella reconoce que en el trabajo tiene un espíritu colaborativo. Es transigente con las capacidades y limitaciones de sus compañeros. Se limita a poner sus habilidades al servicio de un equipo de trabajo sin un especial afán de protagonismo.

Sin embargo, en casa es todo lo contrario. No acepta las limitaciones de su esposo. Es superior a sus fuerzas. Los fallos que tiene con ella no los considera limitaciones, sino que los ve como desprecios o al menos como actos de desamor. No entiende por qué le pasa esto.

A él lo único que le interesa es que ella esté agradable y cariñosa. Se siente muy atraído físicamente por ella, quizás es lo que más le guste de ella, su físico, y tener relaciones placenteras. La verdad es que él no está haciendo nada por mejorar su relación. Tiene demasiadas cosas que hacer y no saca tiempo para ello.

Preguntas:
¿Qué consecuencias trae consigo el intento de dominio en la relación mutua?
¿Cómo actuarían el uno con el otro si se considerasen un don de Dios? Pon ejemplos.
¿Qué consecuencias traería para ellos en su relación conyugal?


COMPROMISO:

  • A lo largo del día, recordaré varias veces que tengo una llamada a ser un don de Dios para el esposo/a. También animaremos a nuestro esposo diciéndole “Eres un maravilloso don de Dios”.
  • Por la noche en el examen de conciencia revisaré si ha habido espíritu de dominio en ese día y le pediré perdón, para recuperar la llamada de Cristo hace a mi corazón.


ORACIÓN FINAL:

Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. No busco la unión con mi esposo/a por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.
Copia íntegra de la catequesis de JPII:

JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 30 de julio de 1980

La donación mutua del hombre y la mujer en el matrimonio

  1. Las reflexiones que venimos haciendo en este ciclo se relacionan con las palabras que Cristo pronunció en el discurso de la montaña sobre el “deseo” de la mujer por parte del hombre. En el intento de proceder a un examen de fondo sobre lo que caracteriza al “hombre de la concupiscencia”, hemos vuelto nuevamente al libro del Génesis. En él, la situación que se llega a crear en la relación recíproca del hombre y de la mujer, está delineada con gran finura. Cada una de las frases de Génesis 3, es muy elocuente. Las palabras de Dios-Jahvé dirigidas a la mujer en Génesis 3, 16: “Buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”, parecen revelar, analizándolas profundamente, el modo en que la relación de don recíproco, que existía entre ellos en el estado original de inocencia, se cambió, tras el pecado original, en una relación de recíproca apropiación.
    Si el hombre se relaciona con la mujer hasta el punto de considerarla sólo como un objeto del que apropiarse y no como don, al mismo tiempo se condena a sí mismo a hacerse también él, para ella, solamente objeto de apropiación y no don. Parece que las palabras del Génesis 3, 16, tratan de tal relación bilateral, aunque directamente sólo se diga: “él te dominará”. Por otra parte, en la apropiación unilateral (que indirectamente es bilateral) desaparece la estructura de la comunión entre las personas; ambos seres humanos se hacen casi incapaces de alcanzar la medida interior del corazón, orientada hacia la libertad del don y al significado nupcial del cuerpo, que le es intrínseco. Las palabras del Génesis 3, 16 parecen sugerir que esto sucede más bien a expensas de la mujer y que. en todo caso, ella lo siente más que el hombre.
  2. Merece la pena prestar ahora atención al menos a ese detalle. Las palabras de Dios-Jahvé según el Génesis 3, 16: “Buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”, y las de Cristo, según Mateo 5, 27-28: “El que mira a una mujer deseándola…”, permiten vislumbrar un cierto paralelismo. Quizá, aquí no se trata del hecho de que es principalmente la mujer quien resulta objeto del “deseo” por parte del hombre, sino más bien se trata de que —como precedentemente hemos puesto de relieve— el hombre “desde el principio” debería haber sido custodio de la reciprocidad del don y de su auténtico equilibrio. El análisis de ese “principio” (Gén 2, 23-25) muestra precisamente la responsabilidad del hombre al acoger la feminidad como don y corresponderla con un mutuo, bilateral intercambio. Contrasta abiertamente con esto el obtener de la mujer su propio don, mediante la concupiscencia. Aunque el mantenimiento del equilibrio del don parece estar confiado a ambos, corresponde sobre todo al hombre una especial responsabilidad, como si de él principalmente
    dependiese que el equilibrio se mantenga o se rompa, o incluso —si ya se ha roto— sea
    eventualmente restablecido. Ciertamente, la diversidad de funciones según estos enunciados, a los
    que hacemos aquí referencia como a textos-clave, estaba también dictada por la marginación social de la mujer en las condiciones de entonces (y la Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo
    Testamento proporciona suficientes pruebas de ello); pero también hay en ello encerrada una verdad, que tiene su peso independientemente de los condicionamientos específicos debidos a las costumbres de esa determinada situación histórica.
  3. La concupiscencia hace que el cuerpo se convierta algo así como en “terreno” de apropiación de la otra persona. Como es fácil comprender, esto lleva consigo la pérdida del significado nupcial del cuerpo. Y junto con esto adquiere otro significado también la recíproca “pertenencia” de las personas, que uniéndose hasta ser “una sola carne” (Gén 2, 24), son a la vez llamadas a pertenecer una a la otra. La particular dimensión de la unión personal del hombre y de la mujer a través del amor se expresa en las palabras “mío… mía”. Estos pronombres, que pertenecen desde siempre al lenguaje del amor humano, aparecen frecuentemente en las estrofas del Cantar de los Cantares y también en otros textos bíblicos [1]. Son pronombres que en su significado “material” denotan una relación de posesión, pero en nuestro caso indican la analogía personal de tal relación. La
    pertenencia recíproca del hombre y de la mujer, especialmente cuando se pertenecen como cónyuges “en la unidad del cuerpo”, se forma según esta analogía personal. La analogía —como se sabe— indica a la vez la semejanza y también la carencia de identidad (es decir, una sustancial desemejanza). Podemos hablar de la pertenencia recíproca de las personas solamente si tomamos en consideración tal analogía. En efecto, en su significado originario y específico. La pertenencia supone relación del sujeto con el objeto: relación de posesión y de propiedad. Es una relación no solamente objetiva, sino sobre todo “material”; pertenencia de algo, por tanto de un objeto, a alguien.
  4. Los términos “mío… mía”, en el eterno lenguaje del amor humano, no tienen —ciertamente— tal significado. Indican la reciprocidad de la donación, expresan el equilibrio del don —quizá precisamente esto en primer lugar—; es decir, ese equilibrio del don en que se instaura la recíproca communio personarum. Y si esta queda instaurada mediante el don recíproco de la masculinidad y la feminidad, se conserva en ella también el significado nupcial del cuerpo. Ciertamente, las palabras “mío… mía”, en el lenguaje del amor, parecen una radical negación de pertenencia en el sentido en que un objeto-cosa material pertenece al sujeto-persona. La analogía conserva su función mientras no cae en el significado antes expuesto. La triple concupiscencia y, en especial, la concupiscencia de la carne, quita a la recíproca pertenencia del hombre y de la mujer la dimensión que es propia de la analogía personal, en la que los términos “mío… mía” conservan su significado esencial. Tal significado esencial está fuera de la “ley de la propiedad”, fuera del significado del “objeto de posesión”; la concupiscencia, en cambio. está orientada hacia este último significado. Del poseer, el ulterior paso va hacia el “gozar”: el objeto que poseo adquiere para mí un cierto significado en cuanto que dispongo y me sirvo de él, lo uso. Es evidente que la analogía personal de la pertenencia se contrapone decididamente a ese significado. Y esta oposición es un signo de que lo que en la relación recíproca del hombre y de la mujer “viene del Padre” conserva su persistencia y continuidad en contraste con lo que viene “del mundo”. Sin embargo, la concupiscencia de por sí empuja al hombre hacia la posesión del otro como objeto, lo empuja hacia el “goce”, que lleva consigo la negación del significado nupcial del cuerpo. En su esencia, el don desinteresado queda excluido del “goce” egoísta. ¿No lo dicen acaso ya las palabras de Dios-Jahvé dirigidas a la mujer en Génesis 3, 16?
  5. Según la primera Carta de Juan 2, 16, la concupiscencia muestra sobre todo el estado del espíritu humano. También la concupiscencia de la carne atestigua en primer lugar el estado del espíritu humano. A este problema convendrá dedicarle un ulterior análisis. Aplicando la teología de San Juan al terreno de las experiencias descritas en Génesis 3, como también a las palabras pronunciadas por Cristo en el discurso de la montaña (Mt 5, 27-28), encontramos, por decirlo así, una dimensión concreta de esa oposición que —junto con el pecado— nació en el corazón humano entre el espíritu y el cuerpo. Sus consecuencias se dejan sentir en la relación recíproca de las personas, cuya unidad en la humanidad está determinada desde el principio por el hecho de que son hombre y mujer. Desde que en el hombre se instaló otra ley “que repugna a la ley de mi mente” (Rom, 7, 23) existe como un constante peligro en tal modo de ver, de valorar, de amar, por el que el “deseo del cuerpo” se manifiesta más potente que el “deseo de la mente”. Y es precisamente esta verdad sobre el hombre, esta componente antropológica lo que debemos tener siempre presente, si queremos comprender hasta el fondo el llamamiento dirigido por Cristo al corazón humano en el discurso de la montaña.

Notas
[1] Cf. por ej. Cant 1, 9, 13, 14. 15. 16.; 2, 2. 3. 8. 9. 10. 13. 14. 16. 17; 3, 2. 4. 5; 4, 1. 10; 5, 1. 2. 4; 6, 2. 3. 4. 9; 7, 11; 8, 12. 14. Cf., además por ej. Ez 16, 8; Os 2, 18; Tob 8, 7.

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