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La unión conyugal según el libro del Génesis – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II

La unión conyugal según el libro del Génesis

Invocamos al Espíritu Santo:

Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.


INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:              

  1. La unión conyugal, en el libro del génesis, se define como “conocimiento”: “Conoció el hombre a su mujer, que concibió y parió… diciendo: He alcanzado de Yahvé un varón” (Gén 4, 1). Con el conocimiento bíblico, el hombre-mujer, no sólo da nombre a todos los seres vivientes tomando así posesión de ellos, sino que en el “conocer” se realiza como persona.
  2. De este modo se cierra el ciclo bíblico de “conocimiento-generación”. El conocimiento está constituido por la unión de las personas en el amor, que les permite unirse tan estrechamente entre sí que se convierten en una sola carne. Varón y mujer, mediante el conocimiento, engendran un nuevo ser semejante a ellos, al que pueden llamar “hombre”, y vuelven a tomar posesión de la misma humanidad como había tomado posesión de otros seres vivientes cuando les impuso el nombre, realizando el mandato del Señor: “Someted la tierra y dominadla”.
  3. En cambio, la primera parte de este mandato: “Procread y multiplicaos, y henchid la tierra” encierra otro contenido. El varón y la mujer en este “conocimiento”, con el que dan comienzo a un ser semejante a ellos, del que pueden decir juntos que “es carne de mi carne y hueso de mis huesos”, son tomados ambos en posesión por la humanidad que han heredado de toda la serie de concepciones y generaciones humanas desde el misterio de la creación, y la expresan a través del “conocimiento” recíproco.
  4. En este sentido, se puede explicar el “conocimiento” bíblico como “posesión”. No como de un objeto.
  5. En el Génesis (especialmente en el capítulo 3), se muestra el ciclo del “conocimiento- generación”, sometido, después del pecado, a la ley del sufrimiento y de la muerte. Dios dice a la mujer: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces, parirás con dolor los hijos”. El horizonte de la muerte se abre ante el hombre, juntamente con la revelación del significado generador del cuerpo en el acto recíproco de “conocimiento” de los cónyuges. El primer hombre, varón, impone a su mujer el nombre de Eva, “por ser la madre de todos los vivientes” cuando ya había escuchado él las palabras de la sentencia, “Volverás a la tierra, pues de ella has sido tomado; ya que eres polvo y al polvo volverás”.

El horizonte de la muerte se extiende sobre toda vida humana en la tierra, vida que está inserta en ese originario ciclo bíblico del “conocimiento-generación”. El hombre que ha quebrantado la alianza con su Creador, es separado por Dios Yahvé del árbol de la vida: “Que no vaya a tender ahora su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre”. La vida dada al hombre en el misterio de la creación no se le ha quitado, sino restringido por los límites de las concepciones, nacimientos y muerte, y además se le ha agravado por la herencia del pecado; pero, en cierto sentido, se le da de nuevo como tarea en el mismo ciclo siempre repetido. “Adán se unió (“conoció”) a Eva, su mujer, que concibió y parió”, es un sello impreso en la revelación al “principio” mismo de la historia del hombre sobre la tierra. Esta historia se forma siempre de nuevo mediante el mismo “conocimientogeneración”.

  • “Adán se unió (“conoció) a Eva, su mujer, que concibió y parió”. Es el umbral de la historia del hombre. Es su “principio” en la tierra. El hombre, está en este umbral con la conciencia del significado generador del propio cuerpo: la masculinidad encierra en sí el significado de la paternidad, y la feminidad el de la maternidad. 
  • La conciencia del significado del cuerpo y la conciencia de su significado generador están relacionadas, en el hombre, con la conciencia de la muerte. Sin embargo, siempre retorna en la historia del hombre el ciclo “conocimiento-generación”, en el que la vida lucha, con la inexorable perspectiva de la muerte, y la supera siempre. Es como si la razón de esta inflexibilidad de la vida, que se manifiesta en la “generación” fuese siempre el mismo “conocimiento”, con que el hombre supera la soledad del propio ser y, más aún, se decide de nuevo a afirmar este ser en “otro”. En esta afirmación, el “conocimiento”, parece insertarse en esa “visión” de Dios mismo: “Vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho”. El hombre, a pesar de todas las experiencias de la propia vida, a pesar de los sufrimientos, de las desilusiones de sí mismo, de su estado pecaminoso, y a pesar, finalmente, de la perspectiva inevitable de la muerte, pone siempre de nuevo, sin embargo, el “conocimiento” al “comienzo” de la “generación”; él así parece participar en esa primera “visión” de Dios
  • mismo: Dios Creador “vio…, y he aquí que era todo muy bueno”. Y, siempre de nuevo, confirma la verdad de estas palabras.


EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL HOMBRE DE HOY:       

Para aterrizarlo a la vida, nos adentramos en el conocimiento desde un punto de vista más amplio que el puramente carnal. Cuando los esposos unen su intimidad en el acto conyugal, no solamente unen sus cuerpos, sino que también unen sus corazones y sus almas. Por eso nos vamos a referir a al conocimiento bíblico aplicado también a la unión íntima de los corazones y las almas de los esposos.

El conocimiento bíblico va más allá de dar nombre a las cosas, que es un signo de posesión y algo puramente cognitivo, sino que es realizarme en esa misión para la que he sido creado, como ser humano. Este conocimiento se plenifica en la unión conyugal y está íntimamente relacionado con la generación. 

El conocimiento está en la base del amor y el amor siempre genera vida. A nosotros se nos ha dado el inmenso don de ser generadores de vida humana.

El conocimiento en la prueba (test de la creación) me hace entender quién soy y me lleva a la acción de ese conocer en el sentido bíblico que está íntimamente relacionado con la unidad, es una acción de amar en la que realizo mi humanidad, me afirmo como persona. Las pruebas que tenemos en nuestra vida, circunstancias que suceden: Un despido, la enfermedad, la reveldía de un hijo, el egoísmo del cónyuge… son para algo más que ponerles nombre, tienen un sentido más profundo, que es realizar aquello para lo que he sido creado, que es amar en esa situación. En esas actitudes me voy configurando como persona. Me ayudan a conocerme y a conocer a mi esposo, compartiendo en esos momentos una experiencia de intimidad con él/ella.

Conocer en el sentido bíblico, es tener experiencia de la intimidad de mi esposo, que lleva como consecuencia realizarme como persona, puesto que sólo la persona tiene la capacidad de conocer. Son esas experiencias en las que compartimos nuestra intimidad y nos hacemos una sola carne y nos vamos haciendo un solo corazón. Estar en el otro. Experiencias que vivimos juntos y nos transmitimos expresándolas con palabras, con gestos, con llantos, con el cuerpo… Cuando la familia de origen le ofende o no se siente acogido por ellos, cuando no se siente valorado por mí, o se siente insatisfecho, o se enfada, en lo que le gusta, en sus sueños, en sus deseos… Estando abiertos a acogernos en esas experiencias, sin juzgarnos, sin enrocarnos en nuestra manera de ver y entender la vida, se va produciendo ese conocimiento mutuo de nuestra intimidad. Conocernos en este plano hace más rico y sincero el acto conyugal, en el que nos hacemos una sola carne y con ello, nos acogemos y entregamos todo lo que somos. En este conocerse mutuo, viviendo juntos experiencias íntimas, nos vamos realizando como personas.

Tomamos posesión del esposo, no en el sentido de posesión como un objeto, sino que, unidos a la voluntad de Dios, tomamos posesión del esposo que Dios me entrega como vocación, como misión a la que Dios me ha llamado. Conocer es un misterio indescriptible que da unos frutos indescriptibles. No es un acto pasivo, sino que es una acción que me implica e implica a mi esposo que se deja conocer, que me permite entrar en él/ella, en su intimidad, en su corazón. Conocer y dejarse conocer son actos de amor que unen y dan vida. De alguna manera, cuando conozco a mi esposo entro en él/ella y dejo allí algo de mí, y me llevo algo suyo que pasa a formar parte de mí. Algo de su intimidad.

Conocer es una inmersión en el misterio escondido en el corazón de mi esposo, que resulta excitante, cautivadora y que nunca acaba del todo porque mi esposo está en continuo desarrollo y se produce un constante cambio en él/ella. “Porque yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”, dice el Señor que sí conoce plenamente al Padre porque son inmutables. “Estar” en el esposo, eso es conocerle, y eso me lleva a amarle.

Pero ¿Cómo conocer a mi esposo? ¿Escuchándole? Sí, pero no es suficiente. ¿Viviendo experiencias con él/ella para compartir afectos, sentimientos y emociones? Sí, imprescindible vivir experiencias juntos, pero conocer sus sentimientos y sus afectos no es suficiente. ¿Cómo alcanzar a conocer el misterio encerrado en él/ella? ¿De qué sirve conocer el pasado si no puedo intervenir en él y no puedo ser ayuda para mi esposo? Es necesario conocer, no ya lo que es ahora, sino lo que está llamado a ser. Y esa sabiduría sólo me la puede dar Dios mediante la revelación del Espíritu Santo. Dios me muestra su belleza interior, me muestra su alma y me muestra quién espera que llegue a ser. Ese es el verdadero conocimiento que fecunda la unión conyugal. 


ORACIÓN JUNTOS:

Hablamos conjuntamente con Dios.

Señor ¿Somos conscientes de la grandeza del don que nos has concedido en nuestra unión a través del acto conyugal?

  • La potencia que hemos heredado de toda la humanidad pasada
  • En nuestro acto se rememoran todas las uniones conyugales anteriores a la nuestra
  • De alguna manera está presente toda la humanidad en nosotros
  • Nos realizamos como personas
  • Nos das la posibilidad de generar una vida humana y transmitirles nuestra humanidad y toda la humanidad heredada…

Conocimiento-Generación-Muerte. Tres conceptos con un impacto impresionante en nuestras vidas. ¿Cómo vivo cada uno de los componentes de este ciclo de mi vida?

Hablamos entre nosotros ante Dios:

¿Quiero conocerte? ¿Quieres dejarme conocerte? ¿Qué vamos a hacer para conocernos? ¿Sé qué espera Dios de mí? ¿Qué espera Dios de mí? ¿Cómo te puedo ayudar? ¿Cómo me puedes ayudar?


EL CASO:

Bea se queda mirando a Andrés mientras éste duerme, y se pregunta ¿quién eres? Le da la sensación de que es un extraño para ella. No le apetece mucho tener relaciones con él por este motivo, porque no lo siente parte de ella. El caso es que, Bea y Andrés no suelen discutir. Se llevan bien y lo tienen aparentemente todo, pero ella siente una insatisfacción en su interior que intenta calmar pidiéndole a él que hable con ella más a menudo.

Andrés parece no percatarse de ello, vive su mundo distraído leyendo cosas en internet, con la tele, preparando algún que otro guiso como “experto” culinario y otras vanalidades. Entre cosa y cosa, pequeños roces entre ambos. Por ejemplo, ella no para de quejarse de que él, cuando entra en la cocina, se lo deja todo por medio.

Bea decide tomar las riendas de su matrimonio y Andrés, aunque un poco obligado, consiente porque en el fondo reconoce que algo tienen que hacer. Así que, se plantean como misión “conocerse profundamente”. Bea está segura que de ahí surgirá algo nuevo entre ellos.

Empiezan hablando más a menudo, con ese afán de conocerse, no de discutir sus opiniones, tampoco de criticarse o de juzgarse. La misión es llegar a conocer el corazón del otro. Buscan textos en los que profundizar en quién es cada uno de ellos. También deciden vivir experiencias juntos. Acompañan al otro en las experiencias que más le gustan, se acompañan en momentos que les resultan incómodos, momentos en los que hay que estar con alguien que no es precisamente agradable con él o ella… Ambos viven esas experiencias juntos para conocerse, no para exigirse más o criticar sus actos, ni siquiera para darse soluciones ante aquellas situaciones que vivían. 

La cosa va bien. Parece que han dado con lo que necesitaban. Ahora se sienten comprendidos. Ahora también, cuando viven su unión conyugal, es mucho más profunda y sincera. Pero, pasado un tiempo, descubren que esta iniciativa no es suficiente. ¿De qué les servía conocer sus dificultades, miedos, apegos… del pasado? También había ilusiones y deseos que apuntaban al futuro, pero ¿eran de verdad el camino hacia donde tenían que dirigirse? Necesitaban conocer un fin último al que apuntar. Sin eso, su misión de conocerse se había quedado “a medias”.

Necesitaban entrar en su mundo espiritual para llegar a conocer las aspiraciones que debían tener sus almas. Así que, empiezan a profundizar juntos en la oración: La oración conyugal. Se observa cada uno a sí mismo con el corazón, a partir de Cristo, viendo dónde están y hacia dónde se dirige su vida.

Entonces se abre ante ellos un nuevo horizonte, un horizonte casi infinito. ¿Qué espera Dios de ellos? ¿Qué espera Dios de mí? ¿Qué espera de ti? ¿Cómo espera que te ayude? ¿Y tu a mí?… Ahora sí que empieza a tener sentido su misión de “conocerse”. Sé quién eres y a dónde te diriges, y puedo unir mi destino al tuyo (se decían uno al otro). Él descubrió que ella tenía una vocación especial a vivir la cruz con Cristo. Ella aprendió que él tenía una vocación a descubrir la belleza y la grandeza del amor en el matrimonio. Ambos comparten ahora sus misiones. Lo que van descubriendo nuevo, se piden ayuda para seguir avanzando, para no desfallecer, porque su misión conjunta es la caridad conyugal, y su misión última llegar a Dios el uno a través del otro, junto al otro, en el otro. Descubren que estar en el otro es estar en Dios.


Preguntas para la reflexión: 

¿Por qué Bea y Andrés se sienten mal a pesar de que se llevan bien?

¿Qué diferencia hay entre dialogar para conocerse y dialogar para discutir una opinión?

¿Qué aporta la oración conyugal a la hora de conocerse?


COMPROMISO:

– Avanzar juntos en el descubrimiento de nuestro fin último y compartirlo en la oración conyugal.


ORACIÓN FINAL:

Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. No busco la unión con mi esposo/a por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.  

Copia íntegra de la catequesis de JPII:

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de marzo de 1980

La unión conyugal según el libro del Génesis

1.Está llegando a su fin el ciclo de reflexiones con que hemos tratado de seguir la llamada de Cristo, que nos trasmite Mateo (19, 3-9) y Marcos (10, 1. 12): “¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y mujer? Y dijo: Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer y serán los dos una sola carne” (Mt 19, 4-5). La unión conyugal, en el libro del Génesis, se define como “conocimiento”: “Conoció el hombre a su mujer, que concibió y parió… diciendo: He alcanzado de Yahvé un varón” (Gén 4, 1). Hemos intentado ya, en nuestras meditaciones precedentes, hacer luz sobre el contenido de ese “conocimiento” bíblico. Con él, el hombre, varónmujer, no sólo da el propio nombre a los otros seres vivientes (animalia), tomando así posesión de ellos, sino que “conoce” en el sentido del Génesis 4, 1 (y de otros pasajes de la Biblia), esto es, realiza lo que la palabra “hombre” expresa: realiza la humanidad en el nuevo hombre engendrado. En cierto sentido, pues, se realiza a sí mismo, es decir, al hombre-persona.

2.De este modo se cierra el ciclo bíblico de “conocimiento-generación”. Este ciclo del “conocimiento” está constituido por la unión de las personas en el amor, que les permite unirse tan estrechamente entre sí, que se convierten en una sola carne. El libro del Génesis nos revela plenamente la verdad de este ciclo. El hombre, varón y mujer, que, mediante el “conocimiento” del que habla la Biblia, concibe y engendra un ser nuevo, semejante a él, al que puede llamar “hombre” (“he alcanzado un hombre”) toma, por decirlo así, posesión de la misma humanidad, o mejor, la vuelve a tomar en posesión. Sin embargo, esto sucede de modo diverso de como había tomado posesión de los otros seres vivientes (animalia), cuando les había impuesto el nombre. Efectivamente, entonces él se había convertido en su señor, había comenzado a realizar el contenido del mandato del Creador: “Someted la tierra y dominadla” (cf. Gén 1, 28).

3.En cambio, la primera parte de este mandato: “Procread y multiplicaos, y henchid la tierra” (Gén 1, 28), encierra otro contenido e indica otro componente. El varón y la mujer en este “conocimiento”, con el que dan comienzo a un ser semejante a ellos, del que pueden decir juntos que “es carne de mi carne y hueso de mis huesos” (Gén 2, 24), son como “arrebatados” juntos, juntamente tomados ambos en posesión por la humanidad que ellos, en la unión y en el “conocimiento” recíproco, quieren expresar de nuevo, tomar posesión de nuevo, recabándola de sí mismos, de la propia humanidad, de la admirable madurez masculina y femenina de sus cuerpos, y finalmente -a través de toda la serie de concepciones y generaciones humanas desde el principio- del misterio mismo de la creación.

4.En este sentido, se puede explicar el “conocimiento” bíblico como “posesión”.¿Es posible ver en él algún equivalente bíblico de “eros”?, Se trata aquí de dos ámbitos del concepto, de dos lenguajes: bíblico y platónico; sólo con gran cautela se pueden interpretar el uno con el otro [1]. En cambio, parece que en la revelación originaria no está presente la idea de posesión de la mujer como de un objeto, por parte del varón o viceversa. Pero, por otra parte, es sabido que, a causa del estado pecaminoso contraído después del pecado original, varón y mujer deben reconstruir con fatiga el significado de recíproco don desinteresado. Este será el tema de nuestros análisis ulteriores.

5.La revelación del cuerpo, contenida en el libro del Génesis, particularmente en el capítulo 3, demuestra con evidencia impresionante que el ciclo del “conocimiento- generación”, tan profundamente arraigado en la potencialidad del cuerpo humano, fue sometido, después del pecado, a la ley del sufrimiento y de la muerte. Dios-Yahvé dice a la mujer: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces, parirás con dolor los hijos” (Gén 3, 16). El horizonte de la muerte se abre ante el hombre, juntamente con la revelación del significado generador del cuerpo en el acto recíproco de “conocimiento” de los cónyuges. Y he aquí que el primer hombre, varón, impone a su mujer el nombre de Eva, “por ser la madre de todos los vivientes” (Gén 3, 20), cuando ya había escuchado él las palabras de la sentencia, que determinaba toda la perspectiva de la existencia humana “desde dentro” del conocimiento del bien y del mal. Esta perspectiva es confirmada por las palabras; “Volverás a la tierra, pues de ella has sido tomado; ya que eres polvo y al polvo volverás” (Gén 3, 19).
El carácter radical de esta sentencia está confirmado por la evidencia de las experiencias de toda la historia terrena del hombre. El horizonte de la muerte se extiende sobre toda la perspectiva de la vida humana en la tierra, vida que está inserta en ese originario ciclo bíblico del “conocimientogeneración”. El hombre que ha quebrantado la alianza con su Creador, tomando el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, es separado por Dios Yahvé del árbol de la vida: “Que no vaya a tender ahora su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre” (Gén 3, 22). De este modo, la vida dada al hombre en el misterio de la creación no se le ha quitado, sino restringido por los límites de las concepciones, nacimientos y muerte, y además se le ha agravado por la perspectiva del estado pecaminoso hereditario; pero, en cierto sentido, se le da de nuevo como tarea en el mismo ciclo siempre repetido. La frase: “Adán se unió (“conoció”) a Eva, su mujer, que concibió y parió” (Gén 4, 1), es como un sello impreso en la revelación originaria del cuerpo al “principio” mismo de la historia del hombre sobre la tierra. Esta historia se forma siempre de nuevo en su dimensión más fundamental casi desde el “principio”, mediante el mismo “conocimientogeneración” de que habla el libro del Génesis.

6.Y así cada hombre lleva en sí el misterio de su “principio” íntimamente unido al conocimiento del significado generador del cuerpo. El Génesis 4, 1-2 parece silenciar el tema de la relación que media entre el significado generador y el significado esponsalicio del cuerpo. Quizá no es todavía tiempo ni lugar para aclarar esta relación, aún cuando esto parece indispensable en análisis ulteriores. Será necesario, pues, hacer nuevamente las preguntas vinculadas a la aparición de la vergüenza en el hombre, vergüenza de su masculinidad y de su feminidad, antes no experimentada. Sin embargo, en este momento pasa a segundo plano. En cambio, permanece en primer plano el hecho de que “Adán se unió (“conoció) a Eva, su mujer, que concibió y parió”. Este es precisamente el umbral de la historia del hombre. Es su “principio” en la tierra. El hombre, como varón y mujer, está en este umbral con la conciencia del significado generador del propio cuerpo: la masculinidad encierra en sí el significado de la paternidad, y la feminidad el de la maternidad. En nombre de este significado,
Cristo dará un día su respuesta categórica a los fariseos (cf. Mt 19; Mc 10). Nosotros, en cambio, penetrando en el contenido sencillo de esta respuesta, tratamos de aclarar el contexto de ese “principio”, al que se refirió Cristo. En él hunde sus raíces la teología del cuerpo.

7.La conciencia del significado del cuerpo y la conciencia de su significado generador están relacionadas, en el hombre, con la conciencia de la muerte, cuyo inevitable horizonte llevan consigo, por así decirlo. Sin embargo, siempre retorna en la historia del hombre el ciclo “conocimiento-generación”, en el que la vida lucha, siempre de nuevo, con la inexorable perspectiva de la muerte, y la supera siempre. Es como si la razón de esta inflexibilidad de la vida, que se manifiesta en la “generación” fuese siempre el mismo “conocimiento”, con que el hombre supera la soledad del propio ser y, más aún, se decide de nuevo a afirmar este ser en “otro”. Y ambos, varón y mujer, lo afirman en el nuevo hombre engendrado. En esta afirmación, el “conocimiento” bíblico parece adquirir una dimensión todavía mayor. Esto es, parece insertarse en esa “visión” de Dios mismo, con la que termina el primer relato de la creación del hombre sobre el “varón” y la “mujer” hechos “a imagen de Dios”: “Vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gén 1, 31). El hombre, a pesar de todas las experiencias de la propia vida, a pesar de los sufrimientos, de las desilusiones de sí mismo, de su estado pecaminoso, y a pesar, finalmente, de la perspectiva inevitable de la muerte, pone siempre de nuevo, sin embargo, el “conocimiento” al “comienzo” de la “generación”; él así parece participar en esa primera “visión” de Dios mismo: Dios Creador “vio…, y he aquí que era todo muy bueno”. Y, siempre de nuevo, confirma la verdad de estas palabras.

Notas
[1] Según Platón, el “eros” es el amor sediento de la Belleza trascendente y expresa la insaciabilidad que tiende a su objeto eterno; él, pues, eleva siempre lo que es humano hacia lo divino, que es lo único en condición de saciar la nostalgia del alma prisionera en la materia; es un amor que no retrocede ante el más grande esfuerzo, para alcanzar el éxtasis de la unión; por lo tanto es un amor egocéntrico, es ansia, aunque dirigida hacia valores sublimes (cf. A. Nygren, Erôs
et Agapé, París 1951, vol. II, págs. 9-10).
A lo largo de los siglos, a través de muchas transformaciones, el significado del “eros” ha sido rebajado a las connotaciones meramente sexuales. Es característico, a este propósito, el texto del p. Chauchaurd, que parece incluso negar al “eros” las características del amor humano: “La cérébralisation de la sexualité ne réside pas dans les trucs techniques ennuyeux, mais dans la pleine reconnaissance de sa spiritiualité, du fait qu’Eros n’est humain qu’animé par Agapé e qu’Agapé exige l’incarnation dans Erôs” (p. Chauchaurd, Vices des vertus, vertus des vices, París 1963, pág. 147).
La comparación del “conocimiento” bíblico con el “eros” platónico revela la divergencia de estas dos concepciones. La concepción platónica se basa en la nostalgia de la Belleza trascendente y en la huida de la materia; la concepción bíblica, en cambio, se dirige hacia la realidad concreta, y le resulta ajeno el dualismo del espíritu y la materia como también la específica hostilidad hacia la materia (“Y vio Dios que era bueno” Gén 1, 10. 12. 18. 21. 25).

Así como el concepto platónico de “eros” sobrepasa el alcance bíblico del “conocimiento” humano, el concepto contemporáneoparece demasiado restringido. El “conocimiento” bíblico no se limita a satisfacer el instinto o el goce hedonista, sino que es un acto plenamente humano, dirigido conscientemente hacia la procreación, y es también expresión del amor interpersonal (cf. Gén 29, 20; 1 Sam, 8; 2 Sam 12, 24).

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