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Llamados a la santidad y a la gloria – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II

PROYECTO DE AMOR CONYUGAL

-SAN JUAN PABLOII-

AUDIENCIA GENERAL 1980

Llamados a la santidad y a la gloria

Invocamos al Espíritu Santo:

Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:

CLAVE: Al principio, el hombre y la mujer estaban unidos por la conciencia de que el uno es un don para el otro. Después del pecado, este significado del don inscrito permanece en el corazón humano. Así, el matrimonio es sacramento primordial porque transmite al mundo visible el misterio escondido en Dios desde la eternidad, a través de su cuerpo.

DETALLES:

1 El hombre y la mujer han sido creados para el matrimonio. Ambos son un don mutuo, y en la inocencia originaria se manifiesta cómo el hombre y la mujer se donan perfectamente el uno al otro. No sentían vergüenza porque la mujer no era un objeto para el hombre y viceversa. Por la inocencia originaria que vivían y por la pureza de su corazón les era imposible reducir al otro al nivel de un mero objeto. Estaban unidos por la conciencia de que el uno era un don para el otro, porque es así como se manifiesta toda la riqueza de la persona a imagen de Dios. Así se compenetraban los dos “yo” mutuamente. Así, el amor que se puede vivir de manera subjetiva según la experiencia de cada uno, se revela de manera objetiva como el don mutuo.

 2 El hombre y la mujer después del pecado, perderán la gracia de la inocencia originaria. Sin embargo, el significado del don tal como se vivía en el estado de inocencia originaria, permanecerá inscrito en lo profundo del corazón humano, y aunque a través del velo de la vergüenza (es decir enturbiado por el pecado que reside en el hombre), hombre y mujer se descubren como custodios de la libertad del don, capaces de defenderlo de cualquier reducción al nivel de objeto (De alguna forma reconocen el valor del don mutuo y luchamos por ello, rechazando una relación de tipo utilitarista a modo de objetos).

 3 Pero seguimos en el estado de inocencia originaria antes del pecado: La inocencia originaria es la profundidad del misterio mismo de la creación escondido en el corazón del hombre. El hombre y la mujer manifiestan la gracia, el amor y la justicia “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho”. El hombre aparece en la tierra como la expresión más alta del don divino, como el mayor don que Dios hace a la creación, porque lleva en sí la capacidad de donarse. Y así trae al mundo su particular semejanza con Dios con la que va más allá de su simple corporeidad y domina todo lo visible.

 4 Así, en esta dimensión, se constituye un sacramento primordial, entendido como signo que transmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad. Y éste es el misterio de la verdad y del amor, el misterio de la vida divina, de la que el hombre participa realmente. El cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo.

5 El ser humano, mediante su masculinidad y feminidad, se convierte en signo visible de la verdad y del amor, que tiene su fuente en Dios mismo y que ya fue revelado en el misterio de la creación. Con el hombre entró la santidad en el mundo visible. Proviene de Dios que es la fuente de la santidad y está creado para la santidad. La inocencia originaria unida al significado esponsalicio del cuerpo es la santidad que permite al hombre expresarse con el propio cuerpo mediante el don sincero de sí mismo.

6 Con esta conciencia el hombre y la mujer entran en el mundo como protagonistas de la verdad y del amor. Génesis 2, 23-25 relata la fiesta de la humanidad basada en el la plenitud originaria de la experiencia del significado esponsalicio del cuerpo, cuyo origen es la fuente divina de la verdad y el amor en el misterio de la creación. De ahí sacamos una primera esperanza y es que el plan de la verdad y el amor de Dios no es la destrucción del cuerpo del hombre creado a imagen de Dios, sino más bien, la llamada a la gloria mediante él. Por tanto, nuestro cuerpo no está llamado a morir, sino a ser glorificado, a imagen de Dios.

EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS

PARA EL HOMBRE DE HOY

Nos unimos en matrimonio porque reconocemos en el otro un don para mí y también porque creemos que podemos aportarle al otro lo que necesita para ser feliz. En el fondo de nuestro corazón, necesitamos reconocernos como un valor para el cónyuge y reconocer un valor también en el otro.

Entonces ¿Qué me impide donarme? El pecado: La pereza, el egoísmo, el orgullo… y en cambio, aparece la vanidad que exige que me valoren. Doy poco y exijo mucho reconocimiento. Si me hablan de “donarme”, no le veo el “gusto”. ¿Qué hay de apetecible en entregarse? Si pienso en entregarme a mi esposo, lo primero que me “sale” es decir: Pero eso tendrá que ser recíproco. Porque me da la sensación de que lo bueno para mí no está en entregarme, sino en lo que recibo a cambio. Es cierto que somos seres necesitados y por eso nuestro amor es “eros” (acercar a mí) y no “ágape” (compartir) como es el amor de Dios y esta sensación de necesidad nos lleva a desear recibir. Pero lo que me “realiza” como persona es darme, que es lo que me asemeja a Dios.

¿Qué me puede animar a entregarme? Reconocerme como un don de Dios, como un valor de Dios para mi cónyuge y que, sólo dándome, voy a poner en valor todo lo que yo puedo aportar. De lo contrario, no aporto nada. No sirvo para nada. Recibir no me satisface, me hace inconformista. Nada es suficiente.

 ¿Qué es lo que me hará sentir en paz y satisfecho conmigo mismo? Cumplir la misión que Dios me ha encomendado.

Sólo me darán satisfacción los frutos que haya producido mi entrega. Nos sentimos satisfechos con un trabajo bien hecho, cuando ayudamos a alguien, cuando contribuimos al crecimiento de una persona, cuando sacamos a nuestros hijos adelante… En el fondo de mí, sé que tengo mucho que aportar y en la medida en que lo aporte, generaré grandes frutos por la gloria de Dios.

Pero hay unos pecados en mi corazón que impiden que aporte y, es por eso que en la vida hay una constante batalla que se libra dentro de mi corazón. Cuanto más limpio y puro está mi corazón, más reconozco a mi cónyuge como un don de Dios del uno para el otro. Si no le reconozco como un don, tiendo a amarle según me ame, según me haga sentir y le acabo reduciendo a un objeto. Y así mi matrimonio acabaría dependiendo de las circunstancias que vayamos viviendo.

Si mi matrimonio se basa en el amor de Dios, se va fortaleciendo día a día a pesar de lo que ocurra alrededor. El matrimonio, mi matrimonio, es en este mundo la expresión más alta del don divino. Representamos a Dios en el mundo. El misterio escondido en Dios desde toda la eternidad puede hacerlo visible nuestro matrimonio mejor que ninguna otra institución u organización, excepción hecha de Cristo y su desposorio con la Iglesia. Pero para llevar a nuestra familia a Dios y llevar el evangelio a nuestro alrededor, el “reclamo” es el amor en nuestro matrimonio. A través de mi matrimonio debe entrar la santidad en mi familia (en mis hijos), en mi familia “ampliada” (en el resto de familiares) y en el mundo (en mi entorno laboral, …).

ESPERANZA: Aquel signo de Dios en este mundo, sigue siendo posible a través del matrimonio gracias al Sacramento. Ahora, con Cristo, recibimos la gracia que hace posible que nos amemos como Él nos ama. Revivamos con nuestro cónyuge la mayor fiesta de la creación, exclamemos con alegría “¡esta sí que es carne de mi carne!”. Convirtamos nuestra relación conyugal en una gran fiesta cada día. Alegrémonos como hizo Adán cuando vio a Eva. Valoremos en nuestro cónyuge el don que Dios me ha dado. Esta fiesta se revive especialmente en el abrazo conyugal.

Estamos llamados a la Gloria y ya podemos empezar a disfrutarla en la tierra si vivimos nuestro matrimonio así, como Dios lo pensó. Que nuestro matrimonio sea una fiesta

ORACIÓN JUNTOS:

 Oramos juntos con Dios: (Leemos juntos) Señor, quiero ser un don tuyo para mi cónyuge, para mi familia y para el mundo. No quiero que la pereza, ni el egoísmo, ni el orgullo u otros pecados me impidan responder a tu llamada. Tampoco quiero echar por tierra los sueños que tienes para nosotros como matrimonio y familia. Por eso me acerco a ti hoy, para que siembres en mi alma el gusto por lo bueno.

PREGUNTAS PARA DIALOGAR JUNTOS CON DIOS:

¿Cómo debería ser nuestro matrimonio para que fuese signo del misterio de Dios en este mundo?

¿Cómo podemos colaborar en esa misión?

¿Qué es lo que más dificulta nuestra colaboración como don de Dios en esta misión de representar a Dios en este mundo a través de nuestro matrimonio?

¿Cómo ayudaría nuestro matrimonio a evangelizar a nuestros hijos y al mundo?

EL CASO:

Mario y Pilar llevan casados diez años y tienen tres hijos. Ambos están muy liados con el trabajo y sobrepasados con la cantidad de contrariedades que cada día presenta: el trabajo, los horarios de los niños en sus actividades extraescolares y sus estudios, las tareas en el hogar (la compra, hacer la cena, el orden…), las relaciones con familiares y amigos (whatsapps, chats, llamadas…), etc. Pilar cree saber cómo deberían hacerse las cosas para que no estuviesen sobrepasados. Así se las exige a Mario y le reprocha todo aquello que no ha realizado según ella ha establecido. Pilar busca una respuesta en Mario para que se acerque o avance hacia la “perfección”, o más bien, hacia lo que ella considera “su perfección”: que le ayude más en casa, que llegue antes de trabajar, que quiera salir más frecuentemente a cenar…. Tiende a pensar: “si hiciera como yo hago, nos iría mucho mejor…”. Y Mario se resiste. Se defiende argumentando que ese ritmo de vida que quiere llevar Pilar no se puede conseguir si no trabaja intensamente, que por eso llega a casa agotado, que se siente presionado a conseguir más. Ha optado por no hablar de esto con su mujer porque piensa que ella es muy exigente y no le entiende. Pero tampoco se pone a analizar qué es lo que realmente siente Pilar para intentar entenderla. Todo esto hace que estén muy insatisfechos el uno con el otro, pensando cada uno que tiene razón, pensando en lo que el otro debe cambiar y no disfrutan de lo que tienen, de su matrimonio, de sus hijos,… Estas actitudes aumentan en cada uno el desorden de la defensa del yo y agudiza su esclavitud a la concupiscencia (deseos desordenados). En el fondo de todo está el orgullo, que es fuente de consecuencias totalmente destructivas.

Preguntas para la reflexión:

¿Están mostrando Mario y Pilar quién es Dios a través de su relación?

¿Qué creo que estarán aprendiendo sus hijos al ver sus actitudes?

¿Qué pecados están impidiendo que se miren el uno al otro como un don de Dios?

¿En qué deberían esforzarse principalmente Mario y Pilar para empezar a vivir la mayor fiesta de la creación en su matrimonio?

 COMPROMISO:

Plantearme cada noche:

¿en qué he sido un don para mi cónyuge?  

¿en qué he reconocido a mi cónyuge como un don?

Comprometerme a descubrirlo al día siguiente.

ORACIÓN FINAL:

Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito Tu Nombre por siempre. Que por siempre Te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le dista a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. Al casarme ahora con esta(e) mujer(hombre) no lo hago por un deseo impuro, sino con la mejor intención. Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.

Decirse mutuamente: Sólo depende de dos: De ti y de mí, llamados a la santidad y a la gloria

 1. El libro del Génesis pone de relieve que el hombre y la mujer han sido creados para el matrimonio: «…Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gén 2, 24). De este modo se abre la gran perspectiva creadora de la existencia humana, que se renueva constantemente mediante la «procreación» que es «auto-reproducción». Esta perspectiva está radicada en la conciencia de la humanidad y también en la comprensión particular del significado esponsalicio del cuerpo, con su masculinidad y feminidad. Varón y mujer, en el misterio de la creación, son un don recíproco. La inocencia originaria manifiesta y a la vez determina el ethos perfecto del don. Hablamos de esto durante el encuentro precedente. A través del ethos del don se delinea en parte el problema de la «subjetividad» del ser humano, que es un sujeto hecho a imagen y semejanza de Dios. En el relato de la creación (particularmente en el Gén 2, 23-25), «la mujer» ciertamente no es sólo «un objeto» para el varón, aun permaneciendo ambos el uno frente a la otra en toda la plenitud de su objetividad de criaturas, como «hueso de mis huesos y carne de mi carne», como varón y mujer ambos desnudos. Sólo la desnudez que hace «objeto» a la mujer para el hombre, y viceversa, es fuente de vergüenza. El hecho de que «no sentían vergüenza» quiere decir que la mujer no era un «objeto» para el varón, ni él para ella. La inocencia interior como «pureza de corazón», en cierto modo, hacía imposible que el uno fuese reducido de cualquier modo por el otro al nivel de mero objeto. Si «no sentían vergüenza» quiere decir que estaban unidos por la conciencia del don, tenían recíproca conciencia del significado esponsalicio de sus cuerpos, en lo que se expresa la libertad del don y se manifiesta toda la riqueza interior de la persona como sujeto. Esta recíproca compenetración del «yo» de las personas humanas, del varón y de la mujer, parece excluir subjetivamente cualquiera «reducción a objeto». En esto se revela el perfil subjetivo de ese amor, del que se puede decir, sin embargo, que «es objetivo» hasta el fondo, en cuanto que se nutre de la misma recíproca «objetividad» del don.

 2. El hombre y la mujer, después del pecado original, perderán la gracia de la inocencia originaria. El descubrimiento del significado esponsalicio del cuerpo dejará de ser para ellos una simple realidad de la revelación y de la gracia. Sin embargo, este significado permanecerá como prenda dada al hombre por el ethos del don, inscrito en lo profundo del corazón humano, como eco lejano de la inocencia originaria. De ese significado esponsalicio se formará el amor humano en su verdad interior y en su autenticidad subjetiva. 7 Y el hombre -aunque a través del velo de la vergüenza- se descubrirá allí continuamente a sí mismo como custodio del misterio del sujeto, esto es, de la libertad del don, capaz de defenderla de cualquier reducción a posiciones de puro objeto.

3. Sin embargo, por ahora, nos encontramos ante los umbrales de la historia terrena del hombre. El varón y la mujer no los han atravesado todavía hacia la ciencia del bien y del mal. Están inmersos en el misterio mismo de la creación, y la profundidad de este misterio escondido en su corazón es la inocencia, la gracia, el amor y la justicia: «Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gén 1, 31). El hombre aparece en el mundo visible como la expresión más alta del don divino, porque lleva en sí la dimensión interior del don. Y con ella trae al mundo su particular semejanza con Dios, con la que trasciende y domina también su «visibilidad» en el mundo, su corporeidad, su masculinidad o feminidad, su desnudez. Un reflejo de esta semejanza es también la conciencia primordial del significado esponsalicio del cuerpo, penetrada por el misterio de la inocencia originaria.

 4. Así, en esta dimensión, se constituye un sacramento primordial, entendido como signo que transmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad. Y éste es el misterio de la verdad y del amor, el misterio de la vida divina, de la que el hombre participa realmente. En la historia del hombre, la inocencia originaria inicia esta participación y es también fuente de la felicidad originaria. El sacramento, como signo visible, se constituye con el ser humano, en cuanto «cuerpo», mediante su «visible» masculinidad y feminidad. En efecto, el cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo.

5. Por lo tanto, en el hombre creado a imagen de Dios se ha revelado, en cierto sentido, la sacramentalidad misma de la creación, la sacramentalidad del mundo. Efectivamente, el ser humano, mediante su corporeidad, -masculinidad y feminidad-, se convierte en signo visible de la economía de la verdad y del amor, que tiene su fuente en Dios mismo y que ya fue revelada en el misterio de la creación. En este amplio telón de fondo comprendemos plenamente las palabras que constituyen el sacramento del matrimonio, presentes en el Génesis 2, 24 («Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne»). En este amplio telón de fondo, comprendemos además que las palabras del Génesis 2, 25 («Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello»), a través de toda la profundidad de su significado antropológico, expresan el hecho de que juntamente con el hombre entró la santidad en el mundo visible, creado para él. El sacramento del mundo, y el sacramento del ser humano en el mundo, proviene de la fuente divina de la santidad, y simultáneamente está instituido para la santidad. La inocencia originaria, unida a la experiencia del significado «esponsalicio del cuerpo, es la misma santidad que permite al ser humano expresarse profundamente con el propio cuerpo, y esto precisamente mediante el «don sincero» de sí mismo. La conciencia del don condiciona, en este caso, «el sacramento del cuerpo»: el hombre se siente, en su cuerpo, de varón o de mujer, sujeto de santidad.

6. Con esta conciencia del significado del propio cuerpo, el hombre, como varón y mujer, entra en el mundo como sujeto de verdad y de amor. Se puede decir que el Génesis 2, 23-25 relata como la primera fiesta de la humanidad en toda la plenitud originaria de la experiencia del significado esponsalicio del cuerpo: y es una fiesta de la humanidad, que trae origen de las fuentes divinas de la verdad y del amor en el misterio mismo de la creación. Y aunque, muy pronto, sobre esta fiesta originaria se extienda el horizonte del pecado y de la muerte (cf. Gén 3), sin embargo, ya desde el misterio de la creación sacamos una primera esperanza: es decir, que el fruto de la economía divina de la verdad y del amor, que fue revelada desde «el principio», no es la muerte, sino la vida, y no es tanto la destrucción del cuerpo del hombre creado «a imagen de Dios», cuanto más bien la «llamada a la gloria» (cf. Rom. 8, 30).

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