Relación entre la concupiscencia y la comunión de las personas – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II
Relación entre la concupiscencia y la comunión de las personas
Invocamos al Espíritu Santo:
Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
NTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:
Claves:
¿Cómo afecta el pecado a la comunión entre los esposos?
Por el pecado, nos dejamos conducir por nuestros criterios e interpretaciones que son diferentes a los de Dios, y nuestras sensaciones y deseos, que nos engañan. Así, nos criticamos, nos juzgamos, nos intentamos aprovechar el uno del otro y esto hace que dudemos y nos protejamos del esposo. Hemos dejado de creer que sea posible vivir una comunión entre ambos.
Detalles:
- Analizando la transformación que se realiza en el interior del hombre y de la mujer, que les hace sentir vergüenza el uno del otro, observamos que surge como consecuencia de la concupiscencia y que a partir de ese instante la relación hombre-mujer se ve afectada en sus corazones de una manera radical. Hoy analizaremos cómo afecta la concupiscencia a la comunión de las personas que se le asignó al hombre y a la mujer por haber sido creados “a imagen de Dios”. El hombre tiene una sed insaciable de unión, pues fue creado para la comunión de personas y esto debería expresarse también por sus cuerpos en su masculinidad y feminidad.
- Sin embargo, la vergüenza induce al hombre y a la mujer a ocultarse recíprocamente los propios cuerpos y en especial su diferenciación sexual. Esto significa que han perdido la capacidad de comunicarse a sí mismos el uno al otro. Como si la función originaria y principal del cuerpo que es la de ser un medio para la comunión de las personas fuese puesta en duda en la conciencia del hombre y de la mujer. Desaparecen la sencillez y la “pureza” de la experiencia originaria, que facilitaba una plenitud singular en la recíproca comunión de ellos mismos. Después de esto, el hombre y la mujer no dejaron de comunicarse con el cuerpo con sus movimientos, gestos, expresiones; pero desapareció la sencilla y directa comunión entre ellos, ligada a la experiencia originaria de la desnudez recíproca. Aparece en sus conciencias un umbral infranqueable, que limitaba la originaria “donación de sí” al otro, confiando plenamente todo lo que constituía la propia identidad y, al mismo tiempo, diversidad. La diversidad, o sea, la diferencia del sexo masculino y femenino, fue bruscamente sentida y comprendida como elemento de recíproca contraposición de personas.
- Al cerrarse a la capacidad plena de la comunión recíproca, surge el pudor sexual, que nos ayuda a entender el valor del significado unificante del cuerpo. Unificante no solo en cuanto al acto conyugal entre hombre y mujer sino también en la “comunión de personas” propiamente dicha, para la que el hombre fue creado. El pudor sexual nos hace ver que el hombre ha perdido la certeza de que el cuerpo humano en su masculinidad y feminidad, ha sido creado para expresar y realizar una comunión de personas. Así el hombre ha perdido el sentido de la imagen de Dios en sí, como se deduce del sentimiento de la vergüenza originaria. Como si la masculinidad y feminidad, características de la persona, creadas para la comunión, se viese sometida por una sexualidad de sensaciones de uno respecto al otro. Y como si la sexualidad se convirtiese en un obstáculo para la relación personal del hombre con la mujer y por eso la ocultan como por instinto.
- Nos encontramos como con un descubrimiento del sexo que difiere radicalmente del primero. La vergüenza surge como consecuencia de que el hombre se separa del amor que viene del Padre, y la concupiscencia que viene del mundo le dificulta identificarse con el propio cuerpo y la interpretación del significado del cuerpo del otro (de la mujer para el hombre y del hombre para la mujer).
- De ahí surge la necesidad de ocultarse ante el otro, lo que demuestra una falta de seguridad y el derrumbamiento de la relación originaria de comunión. Es la duda sobre la subjetividad del otro juntamente con la propia subjetividad en el contexto de la concupiscencia, lo que suscitó esta nueva situación, y la necesidad de esconderse.
EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL HOMBRE DE HOY:
- Desaparecen la sencillez y la pureza. Es necesario recuperar ambas con mi esfuerzo y la gracia, con la purificación de mi corazón. Conociendo y acogiendo la revelación para no confiar en lo que creo conocer. La sencillez se requiere también para la entrega de sí, con la humildad de reconocer que soy pecador, con mis limitaciones. Aún con todo, soy amado por Dios por mí mismo, y me debo considerar un don de Dios para el esposo. La pureza es la de acoger y vivir el plan de Dios tal como Él lo pensó. En estado puro. Acoger al otro, con una mirada que reconoce la enorme dignidad del esposo, que le reconoce como un don de Dios. Pureza en la sexualidad, no como puritanismo, puesto que el deseo sexual es bueno y es querido por Dios, sino pureza en cuanto a vivir esa atracción con el significado que Dios le dio, tal como Él lo creo, en estado puro. Es una atracción en la que se alaba a Dios porque la vivimos como una llamada a hacernos uno a Su imagen. Una atracción que no es sólo física, sino también personal y espiritual, acogiendo al esposo en todo su valor y grandeza, un esposo del que no soy digno.
- Nos cuesta confiar plenamente al otro la propia identidad. Sí, me puede dar vergüenza presentarme tal como soy ahora, y me puede dar miedo que me lo eche en cara, que me ridiculice o se mofe de mí… Pero estamos llamados a construir esa confianza que me permita entregarle a mi esposo toda mi identidad. Esto se construye poco a poco, sin prisa, pero sin pausa. Cada día dando un pasito más, conociéndonos mutuamente, estando presentes el uno en la intimidad del otro, en lo que vive, cómo lo vive… Es necesario conocernos hasta generar el terreno adecuado para poder entregarnos la propia identidad.
- La diversidad es sentida y comprendida como una oposición. Por el orgullo, puedo considerar que las cosas son como yo las veo. Sin embargo, Dios nos ha creado diferentes para necesitarnos el uno al otro, para aprender el uno del otro. La diversidad es buena si soy sencillo y humilde, como la tierra fértil, y estoy dispuesto a dejarme arar, abonar, sembrar… Normalmente detrás de cada discusión hay un tesoro que no soy capaz de ver por la dureza de mi corazón. Hay muchos dones de Dios en la diversidad que ha creado entre nosotros.
- Surge el pudor que ayuda a valorar el significado unificante. El pudor es una protección que se activa porque reconozco que en mí hay un valor que puede ser degradado o pisoteado. Digamos que dos personas se unen por lo más delicado que tienen, que es su intimidad. La intimidad es frágil, sensible y de un valor tremendo, porque es lo que se entrega por amor. El pudor es una defensa que protege esta intimidad nuestra cuando la siente en riesgo. Por eso, a medida que deje de experimentarse el riesgo y la unión de las personas vaya ganando en confianza, puedo ir prescindiendo del pudor para hacer posible la comunión entre ambos.
- El hombre ha perdido el sentido de la imagen de Dios en sí. Nos olvidamos que esta es nuestra principal misión en la vida como esposos. Somos una comunión de personas a imagen de nuestro Creador. No hay nada más grande que poder serlo y transmitir este mensaje al mundo. Como dijo Cristo, que sean uno para que crean que Tú me has enviado. Es nuestra mejor evangelización para nuestros hijos y nuestro entorno. Un matrimonio que vive una comunión a imagen de Dios puede hacer que muchos se conviertan. Y Cristo dice que es posible.
- La comunión sometida a una sexualidad de sensaciones. La sexualidad se vive a un nivel muy primario, muy superficial. Pero la sexualidad tiene una potencia tremenda. Es el medio para hacernos uno. Es la mayor expresión de nuestro amor, de nuestra alma. En ella se buscan sensaciones y placeres, cuando está llamada a encontrar la experiencia insustituible de la comunión de las personas, de hacernos realmente una sola carne unidos a Dios que está presente, que nos bendice, que participa de esa unidad. Las sensaciones se quedan a un nivel muy “cutre” ante la grandeza del don.
- La sexualidad se convierte en un obstáculo. Aquello que Dios había ideado para construir la unión más fuerte que puede existir entre dos seres de la tierra, vivida de manera desordenada, provoca atracciones con terceros que dificultan la relación, provoca oposición entre los esposos por las
- La sexualidad se convierte en un obstáculo. Aquello que Dios había ideado para construir la unión más fuerte que puede existir entre dos seres de la tierra, vivida de manera desordenada, provoca atracciones con terceros que dificultan la relación, provoca oposición entre los esposos por las diferencias, se convierte en un medio de chantaje… La sexualidad mal vivida produce un cúmulo de apegos, adicciones, heridas… Pero unida a la voluntad de Dios, es lo más hermoso que Dios ha creado y da los mayores frutos que existen
- La vergüenza surge como consecuencia de que el hombre se separa del amor que viene del Padre. Al sospechar del don que hemos recibido de Dios, se produce una ruptura en la comunión entre los esposos. Distancia sus intimidades, porque no se reconocen como un don el uno para el otro, sino una amenaza. Surge una especie de competitividad entre los esposos, un espíritu de dominio, en los que dejan de tratarse como un igual, sino que intentan defender su dignidad a costa del otro. Ninguno valora al otro y cada uno quiere hacerse valer a sí mismo. Ocultan su fragilidad, su realidad y distancian sus intimidades. Cuando todo se ordena según el plan de Dios, cuando nos reconocemos pequeños, el uno creado para el otro, necesitados… la visión mutua cambia y se vuelve a hacer posible la comunión.
- La duda frente a la subjetividad del otro y la propia. Surge la necesidad de ocultarse del otro ante una falta de seguridad y la duda sobre la subjetividad del otro y la propia, afectadas por la concupiscencia. Por el pecado, dudo de la imagen que el otro tiene de mí, lo que piensa de mí, y también es preocupante lo que pienso del otro y esta visión negativa puede reforzar mi sospecha sobre cómo el otro interpreta lo que soy y lo que hago. El mal se magnifica. En consecuencia, no nos sentimos valorados y no tenemos seguridad de que el otro me ame. De ahí la necesidad de purificar
- La comunión puesta en duda. ¿Quién cree hoy en día que la comunión entre esposos es posible? Parece una utopía, y esto hace que descartemos ésta que es nuestra misión y nos conformemos con algo mediocre. Pero Dios nos ha creado para la comunión y nos da los medios. Nos da Su gracia, que es nuestra fuerza. Nos da herramientas para conocer la verdad del amor. Nos da el perdón, para reconducir, para recuperar la construcción de la comunión cuando la perdemos… No podemos caer en la tentación de creer que no es posible, porque es una promesa de Dios por nuestro sacramento.
ORACIÓN JUNTOS:
Señor, nos creemos tu plan para nosotros. Creemos que puedes convertir nuestra relación en una verdadera comunión a Tu imagen. (Hacemos una oración de petición para que seamos sencillos y aprendamos cómo es su plan)
¿Qué me ha suscitado esta catequesis? Hablo con Dios ante mi esposo.
- Descubrir con sencillez Tu voluntad en estado
puro.
- La confianza que he creado con mi esposo/a.
- Cómo vivo las diferencias entre nosotros y nuestra sexualidad.
(Terminamos con una oración de alabanza a Dios por las maravillas que pone en nuestras manos y la promesa de que nos hará vivir una comunión).
EL CASO:
Marta y Alberto vienen a vernos porque creen que su relación es imposible. Se sienten juzgados el uno por el otro. No se sienten valorados, no se sienten queridos. Son muy distintos y estas diferencias provocan muchas discusiones. Hace tiempo que no tienen relaciones sexuales, porque a Marta le parece que no está preparada para entregarse a Alberto con la cantidad de heridas que le ha provocado. A veces se ha sentido utilizada por él. Marta y Alberto no creen que sea posible recuperar su relación. Han ido a varios sicólogos y no han tenido ningún resultado.
¿Crees que entre ellos hay problemas sicológicos o pecados?
¿Por qué no se sienten valorados el uno por el otro?
¿Por qué sus diferencias provocan discusiones?
¿Qué ha pasado con la sexualidad entre Marta y Aberto?
¿Creéis que su relación es imposible?
COMPROMISO:
- Rezar juntos.
- Recuperar esa sencillez de estar abiertos a conocer la verdad y la voluntad de Dios: Releeremos en casa esta catequesis para tomar conciencia. Estar abiertos a la gracia para que purifique nuestro corazón: Ir a la Eucaristía con más frecuencia y confesarnos cada dos semanas.
ORACIÓN FINAL:
Bendito seas, Dios de nuestros
padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y
todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y
apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre
esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. No busco la unión con mi
esposo/a por impuro deseo, sino con la mejor intención. Ten misericordia de
nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.
Copia íntegra de la catequesis de JPII:
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 4 de junio de 1980
Relación entre la concupiscencia y la comunión de las personas
1. Al hablar del nacimiento de la concupiscencia en el hombre, según el libro del Génesis, hemos analizado el significado originario de la vergüenza, que aparece con el primer pecado. El análisis de la vergüenza, a la luz del relato bíblico, nos permite comprender todavía más a fondo el significado que tiene para el conjunto de las relaciones interpersonales hombre-mujer. El capítulo tercero del Génesis demuestra sin duda alguna que esa vergüenza aparece en la relación recíproca del hombre con la mujer y que esta relación, a causa de la vergüenza misma, sufrió una transformación radical. Y puesto que ella nació en sus corazones juntamente con la concupiscencia del cuerpo, el análisis de la vergüenza originaria nos permite, al mismo tiempo, examinar en qué relación permanece esta concupiscencia respecto a la comunión de las personas, que, desde el principio, se concedió y asignó como incumbencia al hombre y a la mujer por el hecho de haber sido creados “a imagen de Dios”. Por lo tanto, la ulterior etapa del estudio sobre la concupiscencia, que “al principio” se había manifestado a través de la vergüenza del hombre y de la mujer, según el Génesis 3, es el análisis de la insaciabilidad de la unión, esto es, de la comunión de las personas, que debía expresarse también por sus cuerpos, según la propia masculinidad y feminidad específica.
2. Así, pues, sobre todo esta vergüenza que, según la narración bíblica, induce al hombre y a la mujer a ocultar recíprocamente los propios cuerpos y en especial su diferenciación sexual, confirma que se rompió esa capacidad originaria de comunicarse recíprocamente a sí mismos de que habla el Génesis 2, 25. El cambio radical del significado de la desnudez originaria nos permite suponer transformaciones negativas de toda la relación interpersonal hombre-mujer. Esa recíproca comunión en la humanidad misma mediante el cuerpo y mediante su masculinidad y feminidad, que tenía una resonancia tan fuerte en el pasaje precedente de la narración yahvista (cf. Gén 2, 23-25), en este momento queda alterada. como si el cuerpo, en su masculinidad y feminidad, dejase de constituir el “insospechable” substrato de la comunión de las personas, como si su función originaria fuese “puesta en duda” en la conciencia del hombre y de la mujer. Desaparecen la sencillez y la “pureza” de la experiencia originaria, que facilitaba una plenitud singular en la recíproca comunión de ellos mismos. Obviamente los progenitores no cesaron de comunicarse mutuamente a través del cuerpo, de sus movimientos, gestos, expresiones; pero desapareció la sencilla y directa comunión entre ellos ligada con la experiencia originaria de la desnudez recíproca. Como de improviso, aparece en sus conciencias un umbral infranqueable, que limitaba la originaria “donación de sí” al otro, confiando plenamente todo lo que constituía la propia identidad y, al mismo tiempo, diversidad, femenina por 8 un lado, masculina por el otro. La diversidad, o sea, la diferencia del sexo masculino y femenino, fue bruscamente sentida y comprendida como elemento de recíproca contraposición de personas. Esto lo atestigua la concisa expresión del Génesis 3, 7: “Vieron que estaban desnudos”, y su contexto inmediato. Todo esto forma parte también del análisis de la vergüenza primera. El libro del Génesis no sólo delinea su origen en el ser humano, sino que permite también descubrir sus grados en ambos, en el hombre y en la mujer
3. El cerrarse de la capacidad de una plena comunión recíproca, que se manifestaba como pudor sexual, nos permite entender mejor el valor originario del significado unificante del cuerpo. En efecto, no se puede comprender de otro modo ese respectivo cerrarse, o sea, la vergüenza, sino en relación con el significado que el cuerpo, en su feminidad y masculinidad, tenía anteriormente para el hombre en el estado de inocencia originaria. Ese significado unificante se entiende no sólo en relación con la unidad, que el hombre y la mujer, como cónyuges, debían constituir, convirtiéndose en “una sola carne” (Gén 2, 24) a través del acto conyugal, sino también en relación con la misma “comunión de las personas”, que había sido la conyugal, sino también en relación con la misma “comunión de las personas, que había sido la dimensión propia de la existencia del hombre y de la mujer en el misterio de la creación. El cuerpo, en su masculinidad y feminidad, constituía el “substrato” peculiar de esta comunión personal. El pudor sexual, del que trata el Génesis 3, 7, atestigua la pérdida de la certeza originaria de que el cuerpo humano, a través de su masculinidad y feminidad, sea precisamente ese “substrato” de la comunión de las personas, que “sencillamente” la exprese, que sirva a su realización (y así también a completar la “imagen de Dios” en el mundo visible). Este estado de conciencia de ambos tiene fuertes repercusiones en el contexto ulterior del Génesis 3, del que nos ocuparemos dentro de poco. Si el hombre, después del pecado original, había perdido, por decirlo así, el sentido de la imagen de Dios en sí, esto se manifestó con la vergüenza del cuerpo (cf. especialmente Gén 3, 10-11). Esa vergüenza, al invadir la relación hombre mujer en su totalidad, se manifestó con el desequilibrio del significado originario de la unidad corpórea, esto es, del cuerpo como “substrato” peculiar de la comunión de las personas. Como si el perfil personal de la masculinidad y feminidad, que anteponía en evidencia el significado del cuerpo para una plena comunión de las personas, cediese el puesto sólo a la sensación de la “sexualidad” respecto al otro ser humano. Y como si la sexualidad se convirtiese en “obstáculo” para la relación personal del hombre con la mujer. Ocultándola recíprocamente, según el Génesis 3, 7, ambos la manifiestan como por instinto.
4. Este es, a un tiempo, como el “segundo” descubrimiento del sexo, que en la narración bíblica difiere radicalmente del primero. Todo el contexto del relato comprueba que este nuevo descubrimiento distingue al hombre “histórico” de la concupiscencia (más aún, de la triple concupiscencia) del hombre de la inocencia originaria. ¿En qué relación se coloca la concupiscencia, y en particular la concupiscencia de la carne, respecto a la comunión de las personas a través del cuerpo, de su masculinidad y feminidad, esto es, respecto a la comunión asignada, “desde el principio”, al hombre por el Creador? He aquí la pregunta que es necesario plantearse, precisamente con relación al “principio”, acerca de la experiencia de la vergüenza, a la que se refiere el relato bíblico. La vergüenza, como ya hemos observado, se manifiesta en la narración del Génesis 3 como síntoma de que el hombre se separa del amor, del que era partícipe en el misterio de la creación, según la expresión de San Juan: lo que “viene del Padre”. “Lo que hay en el mundo”, esto es, la concupiscencia, lleva consigo como una constitutiva dificultad de identificación con el propio 9 cuerpo; y no sólo en el ámbito de la propia subjetividad, sino más aún respecto a la subjetividad del otro ser humano: de la mujer para el hombre, del hombre para la mujer.
5. De aquí la necesidad de ocultarse ante el “otro” con el propio cuerpo, con lo que determina la propia feminidad-masculinidad. Esta necesidad demuestra la falta fundamental de seguridad, lo que de por sí indica el derrumbamiento de la relación originaria “de comunión”. Precisamente el miramiento a la subjetividad del otro, y juntamente a la propia subjetividad, suscitó en esta situación nueva, esto es, en el contexto de la concupiscencia, la exigencia de esconderse, de que habla el Génesis 3, 7.
Y precisamente aquí nos parece descubrir un significado más profundo del pudor “sexual” y también el significado pleno de ese fenómeno al que nos remite el texto bíblico para poner de relieve el límite entre el hombre de la inocencia originaria y el hombre “histórico” de la concupiscencia. El texto íntegro del Génesis 3 nos suministra elementos para definir la dimensión más profunda de la vergüenza; pero esto exige un análisis aparte. Lo comenzaremos en la próxima reflexión.