Teología del cuerpo – PROYECTO DE AMOR CONYUGAL – SAN JUAN PABLO II
Teología del cuerpo
Invocamos al Espíritu Santo:
Espíritu Santo, ven cada día a nuestros corazones. Enséñanos y empújanos a practicar nuestro amor conyugal según la voluntad del Padre. No lo buscamos por egoísmo, sino para alabarle y glorificarle, en las alegrías y en las penas, todos los días de nuestra vida y así contribuir con Él a la construcción de Su Reino de Amor en nuestro hogar. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
INTERPRETACIÓN DE LA CATEQUESIS:
Con San Juan Pablo II y siguiendo las indicaciones de Cristo continuamos intentando reproducir la realidad de la unión, de la comunión de personas, del matrimonio como Dios lo pensó. En concreto en esta catequesis seguimos profundizando en Génesis 2, 25: “Estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, y no sentían vergüenza”, palabras que hacen referencia a la experiencia de la inocencia originaria.
Estas palabras del Génesis, a la vez que las de Génesis 2, 23, dejan entrever un grado de “espiritualización” del hombre, diferente a cómo será tras el pecado original. Una “espiritualización” que comporta unas fuerzas distintas en el interior del hombre, otra relación cuerpo-alma, otra afectividad,… en definitiva, otro grado de sensibilidad hacia los dones del Espíritu Santo. Todo esto condiciona y determina ese estado de inocencia original del hombre que tenía antes del pecado.
Cristo nos manda volver al “principio” aun sabiendo que por el pecado hay una barrera infranqueable con ese estado inicial. Nos lo manda para que comprendamos el plan inicial de Dios para el hombre, para que entendamos el sentido originario del cuerpo y así podamos descubrir las raíces que permanecen en el ser humano de lo que realmente es el cuerpo y cuál debe ser la forma de comportarse.
En el “principio” el hombre tenía claro ese sentido del cuerpo, su significado esponsalicio, esto es, que el cuerpo era para darse y para acoger al otro. Porque sabía que tanto hombre como mujer habían sido “dados” por el Creador, de modo particular, el uno al otro, el uno para el otro. Esto se refiere no sólo a nuestros primeros padres sino a cada matrimonio: Dios me ha dado específicamente a mi cónyuge. Todo esto, el significado esponsalicio del cuerpo y su interpretación como don de Dios, es indispensable para conocer quién es el hombre y quién debe ser, qué estamos llamados a ser y cómo tenemos que serlo.
El Génesis 2, 24 constata que hombre y mujer han sido creados para el matrimonio: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne”. Así se abre además la gran perspectiva creadora, la apertura del hombre a la “procreación”, a generar vida.
Hombre y mujer, antes de convertirse en esposo y esposa, surgen ante todo como hermano y hermana en la misma humanidad.
Comprender el significado esponsalicio del cuerpo, la entrega y la acogida para lo que es creado, implica conocer que esa entrega y esa acogida están precedidas por la libertad: la libertad de donarse y acoger. Esto es, el hombre necesita ser libre para poder entregarse. En esta entrega y acogida mutua es cuando hombre y mujer llegan a la comunión de personas, imagen de la Santísima Trinidad, donde ambos libremente se encuentran y se dan recíprocamente, a través de su cuerpo y de su alma, a través de su “desnudez libre de vergüenza”. Así ambos crecen como personas y crecen recíprocamente el uno para el otro.
Si dejasen de darse “desinteresadamente”, se darían cuenta de que “estaban desnudos” y nacería en sus corazones esa vergüenza que antes no existía.
La inocencia originaria, esa mirada limpia y desinteresada del cónyuge, manifiesta y constituye la forma perfecta del don, de la entrega y acogida recíproca, de esa comunión de personas, imagen de Dios y que hace crecer a ambos esposos como personas y recíprocamente el uno para el otro.
EL MENSAJE DE ESTA CATEQUESIS PARA EL HOMBRE DE HOY
- Seguimos buceando en “el principio” como Cristo nos mandó para descubrir el matrimonio como Dios lo pensó, nuestro modelo de matrimonio. Así que es fundamental que sigamos formándonos en este camino para conocer ese modelo de matrimonio, entenderlo y quererlo. Hay una barrera infranqueable que nos separa del “principio”, fruto del pecado original, pero con la gracia de Dios, con la oración y los sacramentos, con la formación y con nuestro esfuerzo podremos vivir el matrimonio como Dios lo quiso.
- Dios nos ha dado a cada esposo para su esposa y a cada esposa para su esposo. Como Dios sólo sabe dar lo mejor, el esposo/a que me ha dado es el mejor para mí. Dios me ha dado el esposo/a que más me convenía para crecer como persona, para ser mejor y para ser muy feliz ya en la tierra. Dios me ha dado a mi esposo/a con toda la ilusión del que sabe que está haciendo algo que está “muy bien” (“y vio Dios que todo lo que había hecho estaba muy bien”, Génesis 1, 31). ¡Dios me ha dado el mejor esposo para mí, sin duda! Dios no se equivoca, ¡nos ha creado para el matrimonio, para nuestro matrimonio!
- Así que esas diferencias que tengo con mi esposo/a, ese carácter tan distinto, esa forma de ser,… que a
veces nos cuesta entender, ha sido querido y/o permitido por Dios. ¡Quitemos para siempre la tentación de pensar que me he confundido de esposo/a! Descubramos y disfrutemos del regalo que Dios nos ha hecho en nuestro cónyuge. ¡Dios nos ha dado al uno para el otro! - ¡Qué dignidad tengo que he sido creado por Dios por amor, a su imagen!, ¡qué dignidad tiene mi esposo/a por lo mismo!, ¡qué dignidad tiene mi matrimonio, nuestra unión, que ha sido creado específicamente por Dios!
- Para valorar y disfrutar de mi cónyuge necesito “espiritualizar” el significado de su cuerpo. El pecado y el mundo nos llevan a mundanizar a nuestro cónyuge, a su cuerpo y a su persona, exigiéndole lo que no es, lo que nos apetece que sea en función de nuestros intereses o gustos, dejándonos influir por los prototipos que el mundo nos marca. ¡“Espiritualicemos” nuestra mirada y el cuerpo de nuestro esposo/a! Mirémosle como Dios le mira, cuerpo y espíritu, con los ojos del Espíritu Santo y no denigrándole con los ojos del mundo. ¡Que Dios me lo ha dado para mí! Claro que no tiene el cuerpo “perfecto” según los estándares del mundo, ni el carácter perfecto,… yo tampoco lo tengo. Tiene el cuerpo y el alma que Dios le ha dado pensando en mí, marcado por el tiempo pasado junto a mí, por nuestras alegrías y nuestras penas vividas, por nuestros hijos si Dios nos los ha dado… marcado por una vida entregada a mí. Sí, porque libremente me entregó su vida. ¡No lo olvidemos!
- Para conseguir esta forma de mirar, “como Dios le mira”, es imprescindible la oración conyugal.
- No olvidemos que esa entrega la hice libremente y la renuevo cada día libremente. Cada día vuelvo a elegir. Cada día vuelvo a elegir querer a mi esposo/a, entregarme, acogerle, como Dios quiere.
- Nuestro amor matrimonial es un amor y una entrega desinteresada. Te quiero por ser tú, no por los méritos que haces, no porque te lo mereces, no buscando mi interés. Dios me ama y no me lo merezco. Yo te amo, me entrego a ti y te acojo por ser tú, por ser mi esposo/a, porque Dios nos quiso juntos y nos dio el uno al otro. Te amo para hacer la voluntad de Dios, buscando tu bien y tratando de hacer disminuir mi yo. Y no olvidaré que cuando me parezca que menos te lo mereces es cuando más te tengo que querer porque será cuando más lo necesites.
- Estoy en esta vida para darme a ti y para acogerte. Para acogerte como eres, no como me gustaría que fueras. Y para darte lo mejor de mí. Es fundamental saber todo esto para conocer quién soy y quién debo ser, qué estoy llamado a ser y qué está llamado a ser mi matrimonio. La base de todo esto es la soledad originaria: tener siempre presente que fui creado por amor por el Amor.
- Mediante esta entrega y acogida recíproca de ambos esposos llegamos a la comunión de personas, verdadera imagen de la Santísima Trinidad para la que hemos sido creados. Mi matrimonio está llamado a ser el mayor reflejo de Dios en la tierra ante todos, ante nosotros, ante nuestros hijos, ante el mundo, porque es reflejo de la comunión de Amor de la Trinidad.
- Mediante esa entrega y acogida recíprocas conseguimos crecer como personas y crecer recíprocamente el uno para el otro. Y así cada día estar más cerca de ser imagen de Dios, más plenos y más felices. No hay otra vía, por eso sólo así puedo llegar a la felicidad, a la plenitud, de la que gozaremos plena y eternamente juntos en el Cielo.
- Ese crecer recíprocamente el uno para el otro a través del cuerpo, de la inocencia, de la desnudez, implica ir desnudando más cada día nuestras almas (oración conyugal) y nuestros cuerpos (acto conyugal), camino fundamental para llegar a la comunión.
ORACIÓN JUNTOS:
Señor, te alabamos por la hermosura de tu obra, por lo que has creado en nosotros y tu generosidad compartiendo toda tu riqueza y belleza con nosotros.
Te pedimos perdón por las veces que nos hemos mirado con deseo de apropiación, o hemos mirado a otros con un deseo desordenado.
Ayúdanos a saber apreciarnos como un don tuyo, a mirarnos con la pureza de intención que tú pusiste en nosotros. Arranca de nosotros toda malicia, toda crítica, todo juicio. Ayúdanos a participar de tu mirada, mirarnos como tú nos miras. Ante ti no sentimos vergüenza, porque tú nada nos recriminas, nada nos echas en cara.
Arranca también de nuestro corazón los deseos desordenados, para que estemos disponibles siempre a entregarnos el uno al otro como tú quieres, y cumplir así la misión que nos encomendaste.
El caso:
Raúl y Catalina, se casaron por la Iglesia y tuvieron dos hijos. Las relaciones entre ellos ya no son lo que eran. Están como heridas.
Catalina se siente un poco utilizada por Raúl cuando tienen relaciones sexuales. Siente que ella es como una especie de desahogo para él.
Raúl por su parte, se queja de que ella le rechaza a menudo. Le parece que ella le hace chantaje emocional. Si considera que él la ha tratado como cree merecerse, entonces dice sí, de lo contrario, dice no. Pero el control lo tiene siempre ella, porque es siempre ella quien decide.
Por otra parte, Catalina se queja de que Raúl mira mucho a otras mujeres, y a ella le duele. Tiene sospechas fundadas de que ve pornografía a través de internet, y eso le duele muchísimo, porque para ella es como una infidelidad. Además, le asquea.
Ahora se avergüenza de que él la mire cuando está desnuda. Por lo anterior y porque ya no tiene el cuerpo que tenía cuando era joven y no había tenido hijos aún. Sabe que no tiene el cuerpo que a él le gustaría porque cada cierto tiempo se lo reprocha: que si no se cuida, que si no va al gimnasio,… como por ejemplo sí lo hacen amigas suyas como Cristina y Marta. Él dice que por eso las mira a ellas, porque ellas sí se cuidan.
Las relaciones entre Raúl y Catalina cada vez son más esporádicas y a ella cada vez la incomodan más porque se siente utilizada por él.
¿Qué problemas hay en la manera de mirarse entre Raúl y Catalina?
¿Crees que se ven realmente como un don de Dios el uno para el otro?
¿Qué necesitarían hacer y fomentar en su matrimonio para verse el uno al otro como un don de Dios, como la ayuda adecuada que Dios les ha dado, como el mejor esposo/a que podían tener pues el que Dios les ha dado?
COMPROMISO:
- Tomar conciencia de que hemos sido creados para nuestro matrimonio, el uno para el otro específicamente por Dios, y decirnos cada noche por qué mi esposo ha sido en ese día un don para mí.
- Buscar el culmen espiritual que se nos revela a través de nuestro cuerpo. Mirar el lado transcendental de nuestro cuerpo y de nuestra unión conyugal. La belleza del significado que realmente Dios quiso darle. Alejarnos de la forma de mirarnos “según los criterios del mundo” (exigiendo una perfección imposible) y mirarnos como Dios nos mira (con esa ternura q conoce por lo que hemos pasado, que no tenemos tiempo para estar diariamente en un gimnasio,…), mirarnos el corazón, con el corazón.
ORACIÓN FINAL:
Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por siempre. Que por siempre te alaben los cielos y todas tus criaturas. Tú creaste a Adán y le dista a Eva, su mujer, como ayuda y apoyo. De ellos nació la estirpe humana. Tú dijiste: “No es bueno que el nombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. Al casarme ahora con esta(e) mujer(hombre) no lo hago por impuro deseo sino con la mejor intención. Ten
misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez. (Él) Amén, (Ella) Amén.
Copia íntegra de la catequesis de JPII:
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 13 de febrero de 1980
Teología del cuerpo
- La meditación de hoy presupone cuanto ya se sabe por los diversos análisis hechos hasta ahora.
Estos brotan de la respuesta que dio Jesús a sus interlocutores (Evangelio de San Mateo 19, 3-9; y de San Marcos 10, 1-12), que le habían presentado una cuestión sobre el matrimonio, sobre su indisolubilidad y unidad. El Maestro les había recomendado considerar atentamente lo que era “desde el principio”. Y precisamente por esto, en el ciclo de nuestras meditaciones hasta hoy, hemos intentado reproducir de algún modo la realidad de la unión, o mejor, de la comunión de personas, vivida “desde el principio” por el hombre y por la mujer. A continuación hemos tratado de penetrar en el contenido del conciso versículo 25 del Génesis 2: “Estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, sin avergonzarse de ello”.
Estas palabras hacen referencia al don de la inocencia originaria, revelando su carácter de manera, por así decir, sintética. La teología, basándose en esto, ha construido la imagen global de la inocencia y de la justicia originaria del hombre, antes del pecado original, aplicando el método de la objetivación, específico de la metafísica y de la antropología metafísica. En el presente análisis tratamos más bien de tomar en consideración el aspecto de la subjetividad humana; ésta, por lo demás, parece encontrarse más cercana a los textos originarios, especialmente al segundo relato de la creación, esto es, el yahvista. - Independientemente de una cierta diversidad de interpretación, parece bastante claro que “la experiencia del cuerpo” como podemos deducir del texto arcaico del Gén 2, 23, y más aún del Gén 2, 25, indica un grado de “espiritualización” del hombre, diverso del que habla el mismo texto después del pecado original (cf. Gén 3) y que nosotros conocemos por la experiencia del hombre “histórico”. Es una medida diversa de “espiritualización”, que comporta otra composición de las fuerzas interiores del hombre mismo, como otra relación cuerpo-alma, otras proporciones internas entre la sensitividad, la espiritualidad, la afectividad, es decir, otro grado de sensibilidad interior hacia los dones del Espíritu Santo. Todo esto condiciona el estado de inocencia originaria del hombre y a la vez lo determina permitiéndonos también comprender el relato del Génesis. La teología y también el Magisterio de la Iglesia han dado una forma propia a estas verdades fundamentales [1].
- Al emprender el análisis del “principio” según la dimensión de la teología del cuerpo, lo hacemos basándonos en las palabras de Cristo, con las que El mismo se refirió a ese “principio”. Cuando dijo: “¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y mujer?” (Mt 19, 4), nos mandó y nos manda siempre retornar a la profundidad del misterio de la creación. Y lo hacemos teniendo plena
conciencia del don de la inocencia originaria, propia del hombre antes del pecado original. Aunque
una barrera insuperable nos aparte de lo que el hombre fue entonces como varón y mujer, mediante
el don de la gracia unido al misterio de la creación, y de lo que ambos fueron el uno para el otro,
como don recíproco , sin embargo, intentamos comprender ese estado de inocencia originaria en
conexión con el estado “histórico” del hombre después del pecado original: “status naturae lapsae simul et redemptae”.
Por medio de la categoría del “a posteriori histórico”, tratamos de llegar al sentido originario del cuerpo, y de captar el vínculo existente entre él y la índole de la inocencia originaria en la “experiencia del cuerpo”, como se hace notar de manera tan significativa en el relato del libro del Génesis. Llegamos a la conclusión de que es importante y esencial precisar este vínculo no sólo en relación con la “prehistoria teológica” del hombre, donde la convivencia del varón y de la mujer estaba casi completamente penetrada por la gracia de la inocencia originaria, sino también en su posibilidad de revelarnos las raíces permanentes del aspecto humano y sobre todo teológico del ethos del cuerpo. - El hombre entra en el mundo y casi en la trama íntima de su porvenir y de su historia, con la conciencia del significado esponsalicio del propio cuerpo, de la propia masculinidad y feminidad. La inocencia originaria dice que ese significado está condicionado “éticamente” y además que, por su parte, constituye el porvenir del ethos humano. Esto es muy importante para la teología del cuerpo: es la razón por la que debemos construir esta teología “desde el principio”, siguiendo cuidadosamente las indicaciones de las palabras de Cristo.
En el misterio de la creación, el hombre y la mujer han sido “dados” por el Creador, de modo particular, el uno al otro, y esto no sólo en la dimensión de la primera pareja humana y de la primera comunión de personas, sino en toda la perspectiva de la existencia del género humano y de la familia humana. El hecho fundamental de esta existencia del hombre en cada una de las etapas de su historia es que Dios “los creó varón y mujer”; efectivamente, siempre los crea de este modo y siempre son así. La comprensión de los significados fundamentales, encerrados en el misterio mismo de la creación, como el significado esponsalicio del cuerpo (y de los condicionamientos fundamentales de este significado) es importante e indispensable para conocer quién es el hombre y quién debe ser, y por lo tanto cómo debería plasmar la propia actividad. Es cosa esencial e importante para el porvenir del ethos humano. - El Génesis 2, 24 constata que los dos, varón y mujer, han sido creados para el matrimonio: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una sola carne”. De este modo se abre una gran perspectiva creadora: que es precisamente la perspectiva de la existencia del hombre, que se renueva continuamente por medio de la “procreación” (se podría decir de la “autorreproducción”). Esta perspectiva está profundamente arraigada en la conciencia de la humanidad (cf. Gén 2, 23) y también en la conciencia particular del significado esponsalicio del cuerpo (cf. Gén 2, 25). El varón y la mujer, antes de convertirse en marido y esposa (en concreto hablará de ello a continuación el Gén 4, 1), surgen del misterio de la creación ante todo como hermano y hermana en la misma humanidad. La comprensión del significado esponsalicio del cuerpo en su masculinidad y feminidad revela lo íntimo de su libertad, que es libertad de don. De aquí arranca esa comunión de personas, en la que ambos se encuentran y se dan recíprocamente en la
plenitud de su subjetividad. Así ambos crecen como personas-sujetos, y crecen recíprocamente el
uno para el otro, incluso a través de su cuerpo y a través de esa “desnudez” libre de vergüenza. En
esta comunión de personas está perfectamente asegurada toda la profundidad de la soledad originaria del hombre (del primero y de todos) y, al mismo tiempo, esta soledad viene a ser penetrada y ampliada de modo maravilloso por el don del “otro”. Si el hombre y la mujer dejan de ser recíprocamente don desinteresado, como lo eran el uno para el otro en el misterio de la creación, entonces se dan cuenta de que “están desnudos” (cf. Gén 3). Y entonces nacerá en sus corazones la vergüenza de esa desnudez, que no habían sentido con el estado de inocencia originaria.
La inocencia originaria manifiesta y a la vez constituye el ethos perfecto del don.
Volveremos todavía sobre este tema.
Notas
[1] Si quis non confitetur primum hominem Adam, cum mandatum Dei in paradiso fuisset trasgressus, statim sactitatem et justitiam, in qua constitutus fuerat, amisisse… anathema sit”. (Conc. Trident., sess V, can. 1, 2; DB 788, 789).
“Protoparentes in statu sanctitatis et justitiae constituti fuerunt. (…) Status justitiae originalis protoparentibus collatus, erat gratuitus et vere supernaturalis. (…) Protoparentes constituti sunt in statu naturae integrae, id est, immunes a concupiscentia, ignorantia, dolore et morte… singularique felicitate gaudebant. (…) Dona integritatis protoparentibus collata, erant gratuita et praeternaturalia”. (A. Tanquerey, Synopsis Theologiae Dogmaticae, Parisiis 194324, pp. 534-549).