Exhortaciones de Bened XVI

Estamos llamados a llegar a ser hijos de Dios gracias a la venida del Hijo unigénito en nuestra humanidad. Él se hizo hombre para que nosotros podamos llegar a ser hijos de Dios. Dios nació para que nosotros podamos renacer… Pensemos en lo que escribe san Pablo a los Gálatas: «Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4, 4-5); o en lo que dice san Juan en el Prólogo de su Evangelio: «A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). Este estupendo misterio, que constituye nuestro «segundo nacimiento» —el renacimiento de un ser humano delo alto, de Dios (cf. Jn 3, 1-8)— se realiza y se resume en el signo sacramental del Bautismo.
Con [el sacramento del Bautismo] el hombre se convierte realmente en hijo, en hijo de Dios. Desde ese momento el fin de su existencia consiste en alcanzar de manera libre y consciente aquello que desde el inicio era y es el destino del hombre. «Conviértete en lo que eres», constituye el principio educativo básico de la persona humana redimida por la gracia. Este principio tiene muchas analogías con el crecimiento humano, en el que la relación de los padres con los hijos pasa, a través de alejamientos y crisis, de la dependencia total a la conciencia de ser hijo, al agradecimiento por el don de la vida recibida, y a la madurez y la capacidad de dar la vida. Engendrado por el Bautismo a una nueva vida, también el cristiano comienza su camino de crecimiento en la fe que lo llevará a invocar conscientemente a Dios como «Abbá – Padre», a dirigirse a él con gratitud y a vivir la alegría de ser su hijo.
Del Bautismo deriva también un modelo de sociedad: la de los hermanos. La fraternidad no se puede establecer mediante una ideología y mucho menos por decreto de un poder constituido. Nos reconocemos hermanos a partir de la humilde y profunda conciencia del ser hijos del único Padre celestial. Como cristianos, gracias al Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, se nos ha concedido el don y el compromiso de vivir como hijos de Dios y como hermanos, para ser como «levadura» de una humanidad nueva, solidaria y llena de paz y esperanza. En esto nos ayuda la conciencia de tener, además de un Padre en los cielos, también una madre, la Iglesia, de la que la Virgen María es modelo perenne. A ella le encomendamos los niños recién bautizados y sus familias, y le pedimos para todos la alegría de renacer cada día «de lo alto», del amor de Dios, que nos hace sus hijos y hermanos entre nosotros.
(Benedicto XVI, Ángelus, 10-01-2010).