- Inicio
- Educación para la Fe
- DOMO 3 – Quiero ser católico
QUIERO SER CATÓLICO

1. INTRODUCCION
La primera venida al mundo del Salvador, nuestro amadísimo Señor Jesús, tuvo por objeto salvarnos de la muerte eterna.
Para ello, vino a darnos ejemplo de vida, fundó Su Iglesia y se entregó en la forma más humillante y dolorosa, en una cruz.
Ser Católico no es una opción más entre otras.
Para vivir una vida espiritual, es imprescindible creer en Jesús. No hay otro camino.
Si no eres Católico o si eres bautizado pero no vives como tal, estás en grave riesgo de perder tu alma eternamente.
Ante esto, tomar la decisión de ser verdaderamente Católico es una gracia enorme, que viene de Dios misericordioso.
Esa gracia necesita ser acogida con amor y una firme decisión de conocer la fe y vivirla.
2. DESCRIPCIÓN
En este domo queremos ofrecer una guía práctica para que llegues a desear ser Católico.
Nos basaremos principalmente en testimonios personales.
Ofreceremos los temas de forma sencilla con un pequeño esquema inicial y luego un texto para ampliarlos y profundizarlos.
La Bibliografía más recomendada: La Sagrada Escritura y el Catecismo de la lglesia Católica.
PREGUNTAS BÁSICAS
¿Te preguntas a menudo quien eres y cuál es tu propósito en la vida?
¿Qué te motiva?
¿Eres Feliz?
¿Sabes quién eres?
Juan Pablo II nos explica en las primeras catequesis, basadas en el libro del Génesis, que cuando Dios creó a Adán y Eva (y a cada uno de nosotros), lo hizo desde su generosidad y con un amor infinito.
O sea que nuestra primera identidad es ser la de ser hijos muy amados de nuestro Padre. Tu vida y la mía son un don para el mundo y el mundo es un don para nosotros.
Y por si fuera poco, Dios nos creó a su imagen y semejanza, lo que quiere decir que estamos hechos para entregar también ese amor y vivir en comunión con los demás.
Todo esto también es parte de nuestra identidad y lo vivimos a través de nuestro cuerpo, que es la forma concreta que Dios nos quiso entregar. Cuando damos un abrazo o sonreímos, estamos expresando ese lenguaje de amor con nuestro cuerpo.
¿Cuál es tu propósito?
Hoy nos vemos bombardeados por muchos mensajes confusos que nos llegan de todas partes y nos empujan a pensar que parte de nuestro propósito es tener un estilo de vida lleno de lujos, éxitos, fama, viajes por el mundo y relaciones de pareja aparentemente perfectas.
Quizás, el primer reto es callar por un rato esas voces que vienen de fuera para escuchar tu propia voz.
Si Dios te creó como una persona única e irrepetible, es decir que nadie podrá hacer las cosas igual que tú. Así que si eres auténtico y sigues los anhelos de tu corazón, empezarás a encontrar tu propósito. Lo más importante es que sepas que Dios te hizo libre y quiere que seas feliz.
¿Eres feliz?
Regularmente estamos ante la situación en que nos damos cuenta que no vivimos plenamente, que siempre algo nos falta y no podemos decir a otro con sinceridad, que en efecto, somos felices, ello aunque así queramos aparentarlo, siempre en el interior está aquel vacío que nos cuestiona y nos impulsa a buscar ese preciado bien de la felicidad. Todo lo que hacemos finalmente redunda en esfuerzos de llegar a cumplir ese anhelo de felicidad personal. Ni el placer, ni el dinero, son capaces de hacer feliz una conciencia intranquila. Pueden existir personas llenas de cosas materiales, pero si carecen de fe les faltan razones para vivir. Sin ilusión y sin esperanza, no se puede ser feliz en la vida.
Pero, ¿de dónde sacamos esas razones para vivir? Te adelanto algo: no te miento cuando te digo que nadie es en este mundo más feliz que el buen cristiano. Y es que debemos constantemente mirar el final de nuestras vidas para tener perspectiva. Muchos de nosotros le tenemos miedo a la muerte, porque además de ser muy dolorosa por la ausencia terrenal de la persona, es algo desconocido para nosotros. Sin embargo, el papa Juan Pablo II nos hace ir más allá a entender lo maravilloso que será ese encuentro con Dios en el que estaremos envueltos en el amor más grande que podemos alcanzar a imaginar. Y esa perspectiva, nos ayuda también a vivir nuestro día a día con propósito, sabiendo que esta vida no termina acá, que debemos disfrutar, ser felices y sobretodo amar. El amor es para lo que fuimos creados y a lo que aspiramos todos en plenitud. Sin embargo, es necesario pensar que esta vida no es más que un camino, si descubres cómo ser un buen católico, ello no sólo te hará feliz en esta vida, sino también en la otra. Jesucristo nos dice en su Evangelio que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo y gozarlo todo, si después se condena eternamente. Si te salvas, serás feliz eternamente. Sí te condenas, serás eternamente desgraciado. En tus manos está lo uno y lo otro. La salvación eterna es el asunto más importante que hay que resolver en este mundo
*Parte de la publicación es basada en lo Publicado en ‘Catholic Link’, por Silvia Ordóñez el 23 de agosto de 2021. También en el libro “Para Salvarte” del Padre Jorge Loring
PREGUNTAS BÁSICAS 2
¿Cómo estás viviendo tu vida?
¿Y qué hay de la vida después de la muerte?
¿Qué es lo que nos aparta de Dios en esta vida y en la vida eterna?
¿Cómo estás viviendo tu vida?
Definitivamente la vida es muy corta, y no sabemos cuánto tiempo vamos a vivir por lo que necesitamos aprovecharla al máximo. La vida es un regalo que no debemos desperdiciar pensando que el mundo me debe, o que todos conspiran en mi contra. Otra manera de desperdiciarla es enfocarme en los problemas que estoy viviendo, no hay esperanza para mí, soy víctima de las circunstancias. Y el mayor desperdicio que hacemos con nuestra vida lo demostramos siendo ingratos, olvidándonos de cada una de las bendiciones que recibimos a diario.
Cada día debemos recordar las palabras del salmista: “señor, recuérdame lo breve que será mi tiempo sobre la tierra. Recuérdame que mis días están contados, ¡y cuán fugaz es mi vida!” salmo 34:4
Cuando entendemos que nuestro tiempo es breve sabemos que tenemos que medir como viviremos esos días y hacer que nuestra vida cuente. Cada segundo de nuestra vida cuenta y es nuestra responsabilidad el poder invertirlo sabiamente.
Cada uno de nosotros somos únicos y especiales por lo cual nuestras vidas son diferentes, y nosotros decidimos como vamos a vivirla. Decidimos si vamos por nuestros sueños o esperamos “algún día” nuestro sueño se hará realidad. Decidimos si somos mejores personas, esposos, padres, hijos, o esperamos a que las cosas mejoren y comenzamos a serlo. Decidimos hacer la diferencia en el mundo o el mundo hace la diferencia en nosotros. Decidimos si vamos a ser felices o infelices. Puedes ver que la vida se basa en decisiones.
Para lograr la plenitud es necesario vivir la vida agradando a Dios, amando al prójimo, empezando por aquellos que están a nuestro alrededor ya sea porque Dios así lo quiso o por elección nuestra si ya hemos formado una familia. Es importante en nuestro espacio vital hacer la diferencia en el mundo llevando esperanza e inspiración en un mundo sin esperanza. Dejar un legado de amor y servicio antes de que acabe nuestro tiempo. Dejar una huella en los corazones de hombres y mujeres necesitados de una palabra de fe y ánimo.
¿Y tú cómo vivirás el resto de tus días? ¿Qué pasos vas a dar para cambiar tu vida?
Los días están corriendo y es tiempo de hacer lo que es correcto, no vivas la vida de otra persona, no te preocupes por lo que otros digan de ti. Cambia tu actitud y se agradecido, solo así podrás experimentar el regalo de la vida. Vive la vida que Dios diseñó para ti, sé sabio o sabia en caminar hacia tu destino. Haz que tu vida cuente y trascienda en la historia de manera positiva.(1)
¿Y qué hay de la vida después de la muerte?
Es apropiado preocuparnos por las realidades temporales y proponernos hacer de nuestra vida una experiencia maravillosa, pero, ¿será que hasta allí queda toda esta experiencia? Los católicos no creemos eso… El Concilio Vaticano II dice: “El afirmar la espiritualidad e inmortalidad del alma no es un espejismo ilusorio, sino una profunda realidad.” La Sagrada Congregación de la Fe, el 17 de mayo de 1979, publicó un documento sobre cuestiones de escatología en cuyo número 3 se dice: La Iglesia afirma la continuación tras la muerte de un elemento espiritual del Yo que carece, durante este tiempo, del complemento corporal. La inmortalidad del alma es dogma de fe. Los Testigos de Jehová niegan la inmortalidad del alma porque la palabra del Génesis “néphesh” significa principio vital común a los animales y a los hombres. Es que la revelación del mensaje bíblico es progresiva. Dios se acomodaba a la mentalidad del pueblo al que se dirigía: la distinción entre alma y cuerpo no aparece hasta Daniel, en el siglo II antes de Cristo. Después, en el Libro de la Sabiduría ya aparece clara la idea de inmortalidad: “Dios creó al hombre para la inmortalidad”. El cuerpo se muere y desaparece. Lo que permanece es el alma. Por eso Saúl habla con el espíritu de Samuel, que ya había muerto. Dijo Jesucristo: “No temáis a los que solamente pueden matar el cuerpo; temed más bien al que puede perder el alma en el infierno”. “Quien cree en Mí, aunque muera vivirá; quien cree en Mí, no morirá jamás”. Con estas palabras Jesús confirma el pensamiento que tenían los judíos de que el alma seguiría viva después de la muerte. Cristo habla de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte: la parábola de Lázaro y el rico Epulón habla de la realidad del infierno después de la muerte; y al buen ladrón le promete el paraíso después de la muerte. Antes había dicho: “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos”. “Los impíos irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna.” “Alegraos y regocijaos, porque es grande vuestra recompensa en el cielo.” El Evangelio dice que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob , no es Dios de muertos sino de vivos. Luego si Abrahán, Isaac y Jacob están vivos es porque su alma es inmortal. También San Pablo dice que en esta vida conocemos a Dios imperfectamente, pero que en la gloria lo veremos cara a cara; y añade: “deseo morir y estar con Cristo lo cual es muchísimo mejor”. “Es indescriptible la felicidad del cielo”. Es decir, está claro que seguiremos vivos más allá de la muerte. El Papa Juan Pablo II les dijo a los jóvenes en Vancouver (Canadá) el 18 de Septiembre de 1984: No dejéis que nadie os engañe acerca del verdadero sentido de la vida. La vida viene de Dios. Dios es la fuente y la meta de vuestras vidas. En el Evangelio Jesús nos avisa de que en el mundo hay ladrones que vienen a robar. Encontraréis estos ladrones que intentan engañaros. Os dirán que el sentido de la vida está en el mayor número de placeres posibles. Intentarán convenceros de que este mundo es el único que existe, y que debéis atrapar todo lo que podáis ahora. Habrá quien os diga que vuestra felicidad está en acumular dinero y disfrutar de la vida. Nada de esto es verdadero. Nada de esto proporciona la auténtica felicidad de la vida. La auténtica felicidad de la vida no se encuentra en las cosas materiales. La auténtica vida se encuentra en Dios. Y vosotros descubriréis a Dios en la persona de Jesucristo. Amadle y servidle ahora para que pueda ser vuestra la plenitud de la vida eterna. Tenemos alma inmortal. Nos guste o no nos guste, esto es una verdad indudable. Y además, dogma de fe. Y el que no lo crea, se va a enterar, porque se va a morir. Negar que tenemos alma es como el que niega que tiene hígado porque no lo ve o no lo siente. Somos como somos, independientemente de cómo quisiéramos ser. Dentro de mil millones de años estaremos todavía vivos: felices en el cielo, o sufriendo en el infierno; pero vivos. Y vivos para siempre. Y para siempre felices, o para siempre sufriendo. Y esta felicidad o este tormento, depende de los años de vida en este mundo. Por otra parte, ante la afirmación de Cristo-Dios, de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte, es lógico y prudente tener esto en cuenta. Si voy por la carretera y me encuentro un letrero que dice “Carretera cortada después de la curva: puente hundido”, lo lógico es frenar. Tomar esa curva a toda velocidad es suicida. Quien vive en esta vida sin preocuparse de la otra es un loco. Lo lógico, lo racional, lo inteligente, es vivir aquí pensando en lo que ciertamente ha de venir después de la muerte. Nos preocupamos de mantener la salud, la buena presencia física, el capital, etc. Por conservar o mejorar todo esto hacemos esfuerzos, sacrificios y gastamos dinero. Y abandonamos la salvación del alma” Si la perdemos, lo hemos perdido todo y para siempre. Si la salvamos, nos hemos salvado para siempre. La preocupación por nuestra salvación nos impedirá vivir en pecado mortal, pues una muerte repentina nos llevaría a una condenación eterna. Son frecuentísimas las muertes repentinas: accidentes, enfermedades inesperadas y fulminantes, etc. Quién dormiría tranquilo con una víbora en su cama” Muchos habrá en el infierno que dejaron su conversión para después, y ese después no llegó nunca porque ellos murieron antes. Jesucristo nos lo avisa repetidas veces en el Evangelio: “No sabéis el día ni la hora”. Y nos lo jugamos todo a una sola carta, pues sólo se muere una vez. No hay segunda oportunidad. Y todo a cara y cruz. No hay término medio entre salvarse y condenarse. O cielo o infierno. Y esto para toda la eternidad. El equivocado en el momento de morir, jamás podrá rectificar su yerro. Una persona consecuente aprovecha esta vida para hacer todo el bien posible. En la hora de la muerte nos arrepentiremos no sólo del mal que hayamos hecho, sino también del bien que pudimos hacer y tontamente no hicimos. No debemos hacer las cosas porque nos gustan, sino porque nos conviene para el bien del alma y del cuerpo; y para bien de los demás. Cada día deberíamos hacer una buena acción. Y cada día hacer también una cosa que no me apetece, sobre todo si es en bien del prójimo. Si alguien estuviera cierto que pronto sería trasladado a otro lugar para el resto de sus días, no sería lógico que trasladase allí todos los bienes que pudiera” Por lo mismo el cristiano procura atesorar para el cielo.
El dogma de la inmortalidad del alma no tiene nada que ver con la hipótesis de la reencarnación, propia del hinduismo y del budismo, que es inaceptable para un católico. (2)
¿Qué es lo que nos aparta de Dios en esta vida y en la vida eterna?
Lo único que nos puede alejar de Dios es el pecado, que es una ofensa al amor de Dios, una desobediencia a Él. El pecado mata nuestra vida de gracia, hace que vivamos alejados de Dios.
Si Dios, nuestro Padre, nos dio la vida por amor y para que fuéramos felices, estando lejos de Él nunca podremos ser felices.
Hay dos tipos de pecado:
– Mortal: que es el que mata nuestra amistad con Dios, es una ofensa tremenda a Su amor, es una falta grave a la Ley de Dios y nos quita la vida de gracia.
– Venial: es aquél que debilita nuestra amistad con Dios, el alejamiento de Dios no es total y puede llevarnos a cometer un pecado mortal. Este pecado hace que nos desviemos del camino hacia el cielo.
Debemos de estar siempre muy atentos para no caer en las tentaciones y no cometer pecados, porque ellos nos apartan de Dios. Si nos separamos de Dios no daremos frutos. (3)
Debemos de estar siempre muy atentos para no caer en las tentaciones y cometer pecados, porque ellos son los únicos que me pueden apartar de Dios. Si nos separamos de Dios no daremos frutos. (3)
El pecado es “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna“ (San Agustín). Es una ofensa a Dios. Se alza contra Dios en una desobediencia contraria a la obediencia de Cristo. El pecado es un acto contrario a la razón. Lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. La raíz de todos los pecados está en el corazón del hombre. Sus especies y su gravedad se miden principalmente por su objeto. Elegir deliberadamente, es decir, sabiéndolo y queriéndolo, una cosa gravemente contraria a la ley divina y al fin último del hombre, es cometer un pecado mortal. Este destruye en nosotros la caridad sin la cual la bienaventuranza eterna es imposible. Sin arrepentimiento, tal pecado conduce a la muerte eterna. El pecado venial constituye un desorden moral que puede ser reparado por la caridad que tal pecado deja subsistir en nosotros. La reiteración de pecados, incluso veniales, engendra vicios entre los cuales se distinguen los pecados capitales. (4)
- Se tomó como base la publicación ¿Cómo estás viviendo tu vida? De fecha 13/08/2012 por Pedro Sifontes.
- Tomada del libro “Para Salvarte” del Padre Jorge Loring.
- Tomada del artículo: “El pecado nos aparta de Dios.” De la página Catholic.net.
- Tomado del Catecismo de la Iglesia Católica.
SIN DIOS NADA PODEMOS HACER
Ahora que he tomado el tiempo para analizar todas estas realidades, quiero emprender un nuevo camino.
Debo saber que sin Dios nada puedo hacer
Aunque estè iniciando en este camino y no tenga mucha fe, voy a empezar a orar
Ahora que he tomado el tiempo para analizar todas estas realidades, quiero emprender un nuevo camino.
Estamos en este punto conscientes de que somos hijos muy amados de nuestro Padre, de que nuestra vida es un don para el mundo y el mundo es un don para nosotros, también somos conscientes de que Dios nos hizo libres y quiere que seamos felices; hemos entendido también que para lograr la plenitud es necesario vivir la vida agradando a Dios, amando al prójimo y con la mira puesta en la vida eterna.
Entonces, plenamente consciente de todo ello, me es necesario tomar una decisión vital, vivir en los caminos de Dios o seguir indiferente a su existencia.
Para vivir en los caminos de Dios, es necesario dejar los caminos antiguos que nos llevaban lejos de Dios y recorrer una nueva senda, pero para dejar los caminos antiguos de pecado, no podemos solos, debemos pedir ayuda al que todo lo puede, debemos inicialmente poner nuestro corazón a sus pies, te invito a leer el salmo 51, léelo con atención, léelo una y otra vez, léelo todos los días, te darás cuenta que, aunque nuestras culpas nos impiden acercarnos a Dios, él mismo en su gran bondad, nos da el remedio que es acudir a su misericordia, pidiéndole que nos purifique, sin embargo, es importante hacer un examen de nuestra consciencia, entender que hay cosas que hasta la fecha no hemos hecho bien, reconocernos pecadores y necesitados de Dios es lo primero, porque si estamos en la idea de que somos perfectos y santos y justificamos cada una de nuestras malas acciones, nunca podremos llegar a la rectitud de corazón que Dios espera de nosotros, de modo que continuamente debemos pedirle a Él que nos dé la capacidad de discernir si lo que hacemos es correcto, que Él escriba su ley en nuestros corazones. Roguemos que nos enseñe la senda para que nos purifique de nuestro pecado, como dice el Salmo referido, que borre de nosotros todo rastro de malicia. Que renueve nuestro ser, pero para esto es necesario que ofrezcamos al Señor un corazón contrito y humillado, de ese modo Él abrirá las puertas para que encontremos, creciendo en la fe, el camino de salvación.
Sin Dios nada puedo hacer
La primera razón por la cual sin Dios nada podemos hacer es porque como seres humanos imperfectos jamás acertaremos en las mejores decisiones para nuestra vida. Generalmente el ser humano cree que es lo suficientemente listo como para elegir las mejores opciones para su vida y por consiguiente no acepta sugerencias de nadie, pero se equivoca, porque toda su naturaleza esta corrompida por causa del pecado: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte”, (Proverbios 14:12). Hay personas que dicen que basta dejarse guiar por el corazón para hacer lo correcto, pero aun esto es un error, porque el corazón está dañado por el pecado: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”, (Jeremías 17:9). Por ello, lo mejor es entregar nuestra vida a Cristo y permitir que sea Él quien nos dirija ya que tiene planes especiales para nuestras vidas. Los planes de Dios son mejores que los nuestros y lo mejor es hallarnos en su voluntad.
La clave del éxito en nuestra vida depende del respaldo que recibimos de Dios. Muchas veces las personas planean lo que van hacer y confían en sus propias habilidades y fuerzas, pero no saben que el éxito final de todo depende de a quién Dios quiera dárselo. Por ello Santiago dice que lo mejor que podemos hacer es encomendar nuestros planes a Dios y no jactarnos de nuestra sabiduría para vencer: “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala”, (Santiago 4:13-15). Por ello, lo mejor que podemos hacer es entregarnos a Cristo, para que Él pelee nuestras batallas y con su Santo Espíritu obtengamos la victoria.
Finalmente, sin Cristo nada podemos hacer porque mientras vivamos esclavizados al pecado, nuestra vida jamás prosperará: “El que encubre sus pecados no prosperará; más el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”, (Proverbios 28:13). El pecado destruye la vida del ser humano, degrada todo su ser y lo hunde en una vida de placeres temporales que lo llevan a desobedecer la ley de Dios y condenar su vida. De igual forma, aquel que viva en pecado jamás prosperara, porque está condenado a pagar las consecuencias del mismo hasta llegar al infierno. Por ello es indispensable que el hombre se rinda a Cristo y viva para Él, porque solo así estará unido a la vid verdadera y llevara mucho fruto.
Voy a empezar a orar
Conscientes de que toda empresa que nos propongamos debemos ponerla en las manos de Dios, ahora que estamos pensando transitar un camino de fe, ahora que sabemos que sin Dios nada podemos hacer, es necesario acercarnos a Él con confianza, que sea Él quien trace el camino, que sea Él quien me regale la convicción para iniciar mi camino de fe con paso firme, pero, ¿Cómo me acerco a Dios? aunque la razón me indica que hay motivos serios para creer, la razón no causa la fe. Sólo cuando el corazón humano se rinde a la gracia en un acto de humildad y sencillez es cuando nace la fe. La razón tiene que ir acompañada de la oración humilde. Es preciso tener un corazón limpio para creer en Dios. No podemos olvidar que Dios sólo se manifiesta a los humildes. La oración es conversación. Sabemos muy bien que se puede conversar de distintas maneras. Algunas veces la conversación es un simple intercambio de palabras. (…) Pero la conversación profunda se da cuando intercambiamos pensamientos, corazón y sentimientos. Podemos hablar con Dios de nuestras alegrías, penas, éxitos, fracasos, deseos, preocupaciones, etc.
Para hablar a Jesús no hay como acudir al Evangelio. Con la misma naturalidad que todos usaban con Él y le exponían sus necesidades. Cualquier situación nuestra tiene su exponente en el Evangelio.
– ¡Señor, que vea!, le decía el ciego.
– ¡Dame de esa tu agua, para no tener más sed!, le pedía la Samaritana.
– ¡Señor, enséñanos a orar!, le decían los discípulos.
Ahora puedes decir tu:
-Señor, ayúdame en mi camino de fe.
-Señor, guíame para que no me equivoque.
-Señor, guía cada paso que yo dé hacia esta nueva vida en ti.
-Señor, ayúdame a abrir mi corazón a ti.
-Señor, ven a mi vida, no quiero que sigas siendo un extraño para mí.
-Señor, ayúdame a ver qué es lo que no te agrada de mí.
-Señor, perdona mis pecados.
-Señor, dame la voluntad y la fuerza para hacer bien las cosas.
-Señor, ayúdame a creer en ti, sin dudar.
-Señor, ayúdame a tener la disposición de conocerte, amarte y servirte.
Y así, todas aquellas peticiones que nazcan de tu corazón, se ora saludando a Dios, dándole gracias, pidiéndole perdón, solicitándole ayuda, manifestándole amor, etc., etc. La oración debe hacerse con atención, reverencia, humildad, confianza, fervor, perseverancia y resignación con lo que Dios quiera. Hacerla con fe muy firme de que si conviene, Dios concederá lo que pedimos; pero no podemos anteponer nuestra voluntad a la de Dios
Dice San Pablo: Orad sin cesar. Y San Agustín da la solución: «Orad con el deseo. Aunque calle la lengua. Si deseas amar, ya estás amando. Tu deseo es tu oración. Si deseas siempre, tu oración es continua». La perseverancia en la oración es fundamental. Dios ya sabe lo que deseamos, pero Él quiere que se lo pidamos; aunque a veces nos haga esperar.
No pedimos para obligar a Dios que cambie sus planes, lo cual es imposible. Ni para informarle de lo que necesitamos, pues Él ya lo sabe. Ni para convencerle para que nos ayude, pues lo desea más que nosotros mismos. Pedimos porque Él quiere que lo hagamos para colaborar con Él en lo que quiere concedernos. «Dios ha determinado concedernos algunas cosas a condición de que se las pidamos bien, o sea, vinculándolas a nuestra oración.» Pero si no las pedimos, nos quedaremos sin ellas.» No se trata de que Dios cambie su voluntad, sino de que nosotros cumplamos la condición que Él ha señalado para concedernos tales gracias»
La doctrina católica enseña:
a) que para salvarnos es necesario orar;
b) que sin orar no podemos permanecer mucho tiempo sin pecado;
c) que, aun para muchas cosas humanas, es muy necesario o conveniente la oración;
d) que si oramos frecuentemente pidiendo a Dios nuestra salvación, nos salvaremos seguro.
¿POR QUÉ SER CATÓLICO?
CREO EN DIOS
Sé que Jesús es el camino
CREO QUE JESÚS FUNDÓ LA IGLESIA CATÓLICA
Quiero ser parte de la Iglesia verdadera
CREO QUE SIENDO CATÓLICO VIVIRÉ EN LA SENDA CORRECTA E IRÉ AL CIELO
Sin duda quiero vivir eternamente en la presencia de Dios.
10 Razones para ser católico
1. CREO EN DIOS
No creo que cuanto existe surgió espontáneamente, por casualidad, sino que es obra de Creador del que nos dice la Biblia que todo lo hizo bueno. Creo en el Dios Eterno y Todopoderoso que se reveló como “paciente y compasivo, clemente, misericordioso y fiel” (Ex 34,6), que estableció una alianza con el ser humano y cuando éste la rompió, no lo abandonó al poder del pecado y de la muerte, sino envió a Su Hijo amadísimo a salvarlo.
2. CREO EN JESUCRISTO
Creo que Jesús es el Hijo de Dios.
Nadie en la historia se atrevió a decir, como Él: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” ( Jn 14,6), no un camino entre muchos, sino el único; no una verdad relativa, sino absoluta; no una vida finita, sino eterna.
Jesús anunció que resucitaría, y ¡resucitó! Ello le da credibilidad a cuanto vino a enseñarnos, y a Su promesa de resucitarnos.
3. JESÚS FUNDÓ LA IGLESIA
Jesús fundó una sola Iglesia, no muchas, y prometió que el mal no prevalecería sobre ella (ver Mt 16, 18-19).
Durante mil quinientos años, toda la cristiandad era católica.
Luego hubo hombres que se salieron, fundaron, y siguen fundando, iglesias, pero la original, la auténtica instituida por Cristo es la Católica.
4. LA IGLESIA ES UNA
Otras iglesias son muy locales, se usa algo en una y no en otra de la misma denominación, al gusto del pastor.
En la Iglesia Católica hay unidad de fe y de culto.
En todo el mundo celebramos la Eucaristía con iguales ritos, y Lecturas.
Podemos ir a Misa dondequiera y sentirnos en casa.
La Iglesia Católica mantiene la unidad que quiere Jesús y por la que oró al Padre (ver Jn 17, 21).
5. LA IGLESIA ES SANTA
La fundó Jesús, que es Santo.
Y nos da todo lo que necesitamos para alcanzar la santidad.
Nos honra la compañía, ejemplo e intercesión de incontables santos y santas, heroicamente virtuosos, la más excelsa de los cuales es la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, que nos ama y ruega al Señor por nosotros.
6. LA IGLESIA ES CATÓLICA
Es decir, universal.
Está en todo el mundo, aun donde es perseguida.
Y a todos ayuda a acercarse Dios, sea con callada contemplación o bulliciosa alabanza, textos elementales o elevados tratados, tradiciones o sacramentales.
7. LA IGLESIA ES APOSTÓLICA
El Papa es sucesor de san Pedro en línea ininterrumpida.
La Iglesia enseña y celebra como los apóstoles (ver Hch 2,42 y C.E.C.1345).
No necesita estar inventando el hilo negro, tiene dos mil años de sabiduría y experiencia, sostenida por la Palabra de Dios, la Tradición y el Magisterio.
8. EN LA IGLESIA PUEDO ENCONTRARME CON DIOS
El Bautismo nos hace hijos de Dios; la Confesión nos perdona en Su nombre; la Confirmación nos colma de dones del Espíritu Santo para ser testigos del Señor.
Y en la Eucaristía, Jesús está realmente presente en Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad.
La Iglesia nos facilita el encuentro con Dios en Su Palabra, en los Sacramentos, en la oración, en la comunidad.
9. EN LA IGLESIA ESTÁ LA VERDAD
El Señor prometió que el Espíritu Santo la guiaría a la verdad.
Ya que la Biblia se presta para diversas interpretaciones, a veces opuestas, y que las gentes suelen tener puntos de vista contrarios, era necesario que hubiera una institución que pudiera dirimir las diferencias entre sus miembros, ser una guía confiable, y por ello contara con infalibilidad para definir verdades de fe. Otras iglesias lo deciden todo por votación, a la Iglesia Católica la conduce el Espíritu Santo, que Jesús envió a iluminarla, recordarle Sus palabras, interceder por ella y darle el valor de salir a predicar, a contracorriente del mundo, la Buena Nueva del Reino de Dios.
10. ESTAMOS VIVIENDO UN TIEMPO DE CONFUSIÓN, PERO LA PALABRA DE DIOS ESTÁ DADA Y NO ES CAMBIANTE, LA TRADICIÓN BIMILENARIA DE LA IGLESIA ES LUZ
El Señor prometió que las puertas del infierno no prevalecerán sobre su Iglesia.
No somos ajenos a que en el mundo actual hay una serie de doctrinas falsas, de caminos diversos que se nos ofrecen para buscar la iluminación o la paz interior, pero Jesús, quien es el camino, nos dejó la Iglesia fundada en Su Palabra, la tradición y el Magisterio de la Iglesia la han sostenido por siglos y ese conocimiento está a nuestro alcance y debe ser nuestra luz en este tiempo en que incluso las autoridades de la Iglesia Católica muestran signos de unirse a la confusión que reina en el mundo. Son tiempos difíciles, ¿Quieres prepararte para enfrentarlos o te vas a dejar llevar por la confusión?
*Parte de la publicación es tomada de lo Publicado en ‘Desde la Fe’, Semanario de la Arquidiócesis de México, domingo 15 de mayo de 2016, p. 3
¿Qué es lo primero que necesito para ser Católico?

1 – BUSCA UNA PARROQUIA DE SANA DOCTRINA
En relación a esta primera recomendación, no creemos necesario profundizar en la explicación de que estamos viviendo un tiempo de gran confusión, salta a la vista cómo hay en todo ámbito, religioso, educativo, de salud, etcétera, opciones preponderantemente poco o nada recomendables, porque se ofrece “un abanico” de posibilidades.
La Iglesia Católica se ha caracterizado por su universalidad y su doctrina apegada al Evangelio, pero en la actualidad no podemos esconder que hay sacerdotes, incluso obispos y altos jerarcas de la iglesia dando entrada a ideas modernistas, siendo, en algunas ocasiones muy sencillo darse cuenta, por ejemplo, al asistir a parroquias donde se admite “la bendición” de parejas del mismo sexo, donde se realizan ritos indígenas mezclados con la Santa Misa, donde con el afán de atraer fieles se ha convertido la Santa Eucaristía en un circo o en una verdadera fiesta pagana, o lugares donde se profana la casa del Señor con diversas actividades incompatibles con la fe Católica, donde se admite entrar inmodestamente vestidos, llamando a la lujuria, lo que ofende a Dios gravísimamente. Estos son ejemplos sencillos de situaciones que están sucediendo en muchas parroquias. No es necesario ser muy docto en el estudio de la teología y un Católico practicante de años para darse cuenta de estas prácticas pecaminosas.
Te preguntarás ¿cómo es posible que aún se congregan fieles en esas parroquias? Considera que aunque las personas sean asiduas asistentes de un templo, no significa que en verdad tienen fe. En nuestro tiempo, hay muchos que solamente buscan socializar, otros que, confundidos por las directrices erróneas de algunos dirigentes de la Iglesia que han perdido el camino, o no tienen el valor para abandonar esa comunidad o simplemente están abiertos al modernismo.
Puede parecer fuerte lo que has leído, pero en Cooperadores de Dios encontrarás la sinceridad y el amor por la salvación de las almas.
En ocasiones, las malas prácticas no son tan visibles, por eso siempre pide a Dios que te ilumine y te muestre en qué Parroquia Dios desea que te congregues. Busca la opinión de un amigo o familiar que consideres centrado en tu fe, observa atentamente, no te decepciones, está profetizado este tiempo de confusión, es necesario poner los pies en el suelo y esforzarse por comprender en qué mundo estamos viviendo, ¡vamos! Mira a tu alrededor, ¿ves cómo el mal ahora se expone sin disfraz alguno? Ya no nos sorprende nada. Pero no pierdas la esperanza, aún hay parroquias a dónde puedes congregarte a vivir la fe Católica, aunque en algunas localidades haya que viajar o hacer esfuerzo para encontrar el lugar adecuado; el esfuerzo, te aseguro, vale la pena. Y ¡ánimo! Hay sitios virtuales como éste en donde puedes obtener acompañamiento, formación e incluso el acceso a la Santa Misa, precisamente por eso estamos trabajando, para brindarte acceso a contenido de sana doctrina para vivir la fe Católica agradable a Dios.
CONSEJOS: ASISTE A UNA SANTA MISA Y OBSERVA, VÍVELA CON ATENCIÓN. PREGÚNTALE A DIOS. HABLA CON DIOS.

Antes de asistir a la Santa Misa debes saber que es el acto más importante de nuestra Santa Religión, porque es la renovación y perpetuación del sacrificio de Cristo en la cruz, ofreciendo su vida a su Eterno Padre en el Calvario, para que por sus méritos infinitos nos perdone a los hombres nuestros pecados, y así podamos entrar en el cielo.
En la Misa se hace presente la redención del mundo. Por eso la Misa es el acto más grande, más sublime y más santo que se celebra cada día en la Tierra, de modo que, es necesario vivirla con gran atención, con gran amor. Para ello, antes de iniciar la Santa Eucaristía, habla con Dios, pídele al Espíritu Santo que te ilumine y te ayude a discernir si en realidad esa es la iglesia a la cual debes asistir. No te desanimes, a veces te puedes encontrar con personas que pueden estar dando un mal testimonio y ello te puede desilusionar, pero tú, analiza, ora, habla con Dios y pídele que te ilumine, ora por esas personas extraviadas.
Decía San Bernardo: «el que oye devotamente una Misa en gracia de Dios merece más que si diera de limosna todos sus bienes». Oír una Misa en vida aprovecha más que las que digan por esa persona después de su muerte. Con cada Misa que oigas aumentas la gracia de Dios en ti para vencer el mal, y tus grados de gloria en el cielo.
La única diferencia entre el sacrificio de la Misa y el de la cruz está en el modo de ofrecerse: pero en ambos casos la ofrenda es real: su cuerpo y su sangre entregada por amor a los hombres. «Los sacrificios de la Última Cena, el de la Cruz y el del altar, son idénticos; es más, son el mismo sacrificio».
«Todos los fieles que asisten al Sacrificio Eucarístico lo ofrecen también al Padre por medio del sacerdote, quien lo realiza en nombre de todos y para todos hace la Consagración». «No hay sacrificio eucarístico posible sin sacerdote celebrante, único designado por Cristo para convertir el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre del Señor, mediante la pronunciación de las palabras de la consagración o transustanciación: cambiar la sustancia de las especies».

La Eucaristía es también un banquete para conmemorar la Última Cena. Los cristianos nos reunimos para participar, con las debidas disposiciones, en el banquete eucarístico.
Hay quienes dicen que no van a Misa porque no sienten nada. Están en un error. Las personas no somos animales sentimentales, sino racionale. El cristianismo no es cuestión de emociones, sino de valores. Los valores están por encima de las emociones y prescinden de ellas. Una madre prescinde de si tiene ganas o no de cuidar a su hijo, pues su hijo es para ella un valor. Quien sabe lo que vale una Misa, prescinde de si tiene ganas o no. Procura no perder ninguna, e ir de buena voluntad. Para que la Misa te sirva basta con que asistas voluntariamente, aunque a veces no tengas ganas de ir. La voluntad no coincide siempre con el tener ganas. Tú vas al dentista voluntariamente, porque comprendes que tienes que ir; pero por lo general no hay ganas de ir.
Algunos dicen que no van a Misa porque para ellos eso no tiene sentido. ¿Cómo va a tener sentido para ellos si tienen una lamentable ignorancia religiosa?
A nadie puede convencerle lo que no conoce. A quien carece de cultura, tampoco le dice nada un museo. Pero una joya no pierde valor porque haya personas que no saben apreciarla. Hay que saber descubrir el valor que tienen las cosas para poder apreciarlas.
Otros dicen que no van a Misa porque no les apetece, y para ir de mala gana, es preferible no ir. Si la Misa fuera una diversión, sería lógico ir sólo cuando apetece. Pero las cosas obligatorias hay que hacerlas con ganas y sin ganas. No todo el mundo va a clase o al trabajo porque le apetece. Hay que ir con ganas o sin ellas, porque tenemos obligación de ir. Algo parecido puede pasar con la Misa. Ojalá vayas a Misa de buena gana, porque comprendes que es maravilloso poder mostrar a Dios que le queremos, y participar del acto más sublime de la humanidad como es el sacrificio de Cristo por el cual redime al mundo. Dios respeta la libertad humana y no obliga a nadie, no quiere forzar a nadie. Pero nos ama y muere una y mil veces de amor porque quiere ser amado, lo cual redunda en el bien de cada alma que le conoce, le honra y le ama, porque se hace así, heredero de los bienes de Dios como hijo adoptivo.
Otros se excusan diciendo que el sacerdote predica muy mal. Pero a Misa vamos a adorar a Dios, no a oír joyas oratorias. A propósito de esto dice con gracia el P. Martín Descalzo: «Dejar la Misa porque el sacerdote predica mal es como no querer tomar el autobús porque el conductor es antipático». Pero además, la asistencia a la Misa dominical es obligatoria, pues es el acto de culto público oficial que la Iglesia ofrece a Dios. La Misa es un acto colectivo de culto a Dios. Todos tenemos obligación de dar culto a Dios. Y no basta el culto individual que cada cual puede darle particularmente. Todos formamos parte de una comunidad, de una colectividad, del Pueblo de Dios, y tenemos obligación de participar en el culto colectivo a Dios. No basta el culto privado. El acto oficial de la Iglesia para dar culto a Dios colectivamente, es la Santa Misa. Además de que al asistir a la Santa Eucaristía y Comulgar es alimento del alma que le da vida, le robustece para el camino difícil que debe andar hacia la salvación y le hace valiente y fuerte para vencer a los enemigos que están presentes siempre en ese caminar.
El cristianismo es una vida, no un mero culto externo. El culto a Dios es necesario, pero no basta para ser buen cristiano. La asistencia a Misa es sobre todo un acto de amor de un hijo que va a visitar a su Padre: por eso el motivo de la asistencia a Misa debe ser el amor. Muchos cristianos no caen en la cuenta del valor incomparable de la Santa Misa.
Una sola Misa glorifica más a Dios que lo que le glorifican en el cielo por toda la eternidad todos los ángeles y santos juntos. La razón es que los Santos son criaturas limitadas, en cambio la Misa, como es el Sacrificio de Cristo-Dios, es de valor infinito. Siendo la Santa Misa reproducción incruenta del sacrificio del calvario, tiene los mismos fines y produce los mismos efectos que el sacrificio de la cruz.
LA MISA SE CELEBRA POR CUATRO FINES:
1º Para adorar a Dios dignamente. Todos los hombres estamos obligados a adorar a Dios por ser criaturas suyas. La mejor manera de adorarle es asistir debidamente al Santo Sacrificio de la Misa o de la Eucaristía.
2º Para satisfacer por los pecados nuestros y los de todos los cristianos vivos y difuntos.
3º Para dar gracias a Dios por los beneficios que nos hace: conocidos y desconocidos por nosotros.
4º Para pedir nuevos favores para el alma y el cuerpo, espirituales y materiales, personales y sociales.
Por lo tanto, nuestras peticiones, unidas a la Santa Misa tienen mayor eficacia. Pero la aplicación del valor infinito de la Misa depende de nuestra disposición interior. La Misa se ofrece siempre solamente a Dios, pues sólo a Él debemos adoración, pero a veces se dice Misa en honor de la Virgen o de algún santo, para pedir la intercesión de ellos ante Dios.
Cuando se encargan Misas se suele dar una ofrenda al sacerdote que la dice para ayudar a su sustento, según quería San Pablo. Pero de ninguna manera debe considerarse esta ofrenda como precio de la Misa, que, por ser de valor infinito, no hay en el mundo oro suficiente para pagarla dignamente. Lo que se da al sacerdote no es el precio de lo que recibimos, sino que le damos un donativo para ayudar a su sustento con ocasión de la ayuda espiritual que él nos ofrece.
Mientras estas en la Santa Misa, observa, piensa en su infinito valor y habla con Dios que está realmente presente. El pan y el vino son fruto del trabajo del hombre, que los saca del trigo y de la uva, y se los ofrece a Dios como símbolo de su entrega. Y Dios nos los devuelve como alimento, convertido en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y así nos hacemos Cuerpo Místico de Cristo. Él nos hace suyos. Con las palabras «haced esto en memoria mía», Jesús dio a los Apóstoles y a sus sucesores el poder y el mandato de repetir aquello mismo que Él había hecho: convertir el pan y el vino, en su Cuerpo y en su Sangre, ofrecer estos dones al Padre y darlos como manjar a los fieles. Jesucristo está en todas las Hostias Consagradas entero en cada una de ellas. Si no has hecho tu primera Comunión o no estás en gracia (es decir, si estás en pecado mortal) no puedes comulgar, pero hazlo espiritualmente diciendo:
Comunión espiritual: Jesús y señor mío, creo con firmísima fe que estás real y verdaderamente en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del altar, Dios mío, qué feliz sería yo si pudiera recibirte en mi corazón, como no puedo recibirte ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente; espero Señor que vengas a él y lo llenes de tu gracia, te amo dulcísimo Jesús mío, lamento no haberte amado siempre, ¡ojalá nunca te hubiera ofendido!, dulcísimo Jesús de mi corazón, deseo recibirte en mi humilde morada, os abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén.
2 – DECIDIRSE A CONOCER A JESÚS Y A LA IGLESIA CATÓLICA QUE ÉL FUNDÓ
Cuando el Señor suscita en el corazón esta inquietud, también nos permite darnos cuenta de nuestra imperfección y nos lleva al arrepentimiento. Por ello, es necesario, al recibir este gran don de Dios que es el arrepentimiento, preparar el corazón para entregarlo a Dios. Para ello te invito a tomar tu Santa Biblia y a leer el salmo 51, al leerlo sentirás cómo es necesario poner a los pies del Señor nuestro corazón y reconocer la necesidad de cumplir sus mandamientos, siendo el primero de ellos: “amarás a Dios sobre todas las cosas”. Ello te llevará necesariamente a interpelarte sobre cómo amar a Dios en esta tierra, cómo servirle y la importancia de que esto no sea sólo a través del prójimo, aunque es vital, sino también teniendo una relación con Él, para lo cual, es necesario conocerlo. Nadie puede amar a quien no conoce, hay que visitar su casa y hacerse parte de su familia, de la Iglesia, del cuerpo místico de Cristo.
Lógicamente entonces, es necesario decidirse a conocer a Jesús, Él es el camino, la verdad y la vida, y a la Iglesia Católica tal y como él la fundó.
Pero, ¿Cómo vamos a acceder a ese conocimiento? Existen diversas fuentes de conocimiento, pero principalmente la Iglesia Católica nos enseña a confiar en 3 fuentes:
1.- La Palabra de Dios (Las Sagradas Escrituras o Sagrada Biblia)
2.- La Tradición (Todo aquello que nos han transmitido los Apóstoles a través de textos que no forman parte del canon bíblico, todo lo que es producto de la sucesión apostólica, el símbolo de los apóstoles (Credo) y lo que han transmitido los padres de la Iglesia)
3.- El Magisterio de la Iglesia (Es el depósito de toda la revelación, llamada a custodiar y conservar las verdades de la fe). Son fuentes invaluables, La Santa Biblia, el Catecismo de la Iglesia Católica, el Magisterio de la Iglesia, escrito por Enrique Denzinger, la cantidad de libros que existen en donde constan los escritos de los padres de la Iglesia, los santos, los documentos emitidos por los Papas, especialmente los Santos Papas, como San Juan Pablo II y hasta los escritos del Papa Benedicto XVI.
3 – RITO DE INICIACIÓN CRISTIANA PARA ADULTOS
La preparación para la aceptación en la Iglesia comienza con la etapa de búsqueda en la que la persona no bautizada comienza a aprender sobre la fe católica y decidir si la abraza.
El primer paso formal para llegar a ser católico comienza con el rito de recepción en el orden del catecumenado, en el que los no bautizados expresan su deseo de convertirse en cristianos. Catecúmeno es un término con el que los primeros cristianos solían referirse a aquellos que se preparaban para ser bautizados y convertirse en cristianos. El período del catecumenado dura dependiendo de cuan lista está la persona en su conocimiento y conciencia para seguir con el siguiente paso de convertirse en Cristo. El propósito del catecumenado es proporcionar a los catecúmenos una formación completa de la enseñanza cristiana. “Durante el período del catecumenado se proporcionará una catequesis exhaustiva sobre las verdades de la doctrina y la vida moral católicas, con la ayuda de textos catequéticos aprobados.” (US Conference of Bishops, National Statutes for the catecumenate, 11 de noviembre de 1986).
4 – SERÁS UN CATECÚMENO
El catecumenado también pretende dar a los catecúmenos la oportunidad de reflexionar y afianzar su deseo de convertirse en católicos.
El segundo paso formal se da con el rito de elección, en el cual los nombres de los catecúmenos están escritos en un libro de aquellos que recibirán los sacramentos de iniciación. En el rito de las elecciones, el catecúmeno expresa de nuevo el deseo y la intención de convertirse en cristiano, y la Iglesia juzga que el catecúmeno está listo para dar este paso. Normalmente, el rito de elección se produce el primer domingo de Cuaresma, el período de cuarenta días de preparación para la Pascua.
Después del rito de la elección, los candidatos pasan por un período de reflexión, purificación e iluminación más intensas, en el que profundizan su compromiso con el arrepentimiento y la conversión. Durante este período, los catecúmenos, ahora conocidos como los elegidos, participan en varios rituales adicionales.
Los tres rituales principales, conocidos como escrutinios, se celebran normalmente en la Misa el tercer, cuarto y quinto domingos de Cuaresma. Los escrutinios son ritos para el autoexamen y para el arrepentimiento. Están destinados a sacar las cualidades del alma del catecúmeno, a sanar aquellas cualidades que son débiles o pecaminosas, y a fortalecer aquellas que son positivas y buenas.
Durante este período, los catecúmenos se les presentan formalmente con el Credo de los Apóstoles y la Oración del Señor, que recitarán la noche en que se inician.
La iniciación en sí misma suele ocurrir en la Vigilia Pascual, la noche anterior al Día de Pascua. Se celebra una misa especial en la que se bautizan los catecúmenos, luego se les da confirmación y finalmente reciben la Santa Eucaristía. En este punto, los catecúmenos se convierten en católicos y son recibidos en plena comunión con la Iglesia.
Idealmente, el obispo supervisa el servicio de la Vigilia Pascual y confiere confirmación a los catecúmenos, pero a menudo, debido a las grandes distancias o el número de catecúmenos, un párroco local realizará los ritos con previa autorización del Prelado.
El estado final de iniciación cristiana se conoce como mistagogía, en la que los nuevos cristianos se fortalecen en la fe mediante una mayor instrucción y se arraigan más profundamente en la comunidad católica local. Este paso normalmente dura toda la temporada de Pascua.
Estos estatutos emanados de la US Conference of Bishops, National Statutes for the catecumenate decretan, entre otras cosas, que:
- El
catecumenado debe durar al menos un año; - el
programa para los recién bautizados debería extenderse un año después de su
bautismo, incluyendo al menos reuniones mensuales de los neófitos; - es
preferible que la recepción a la plena comunión no tenga lugar durante la
Vigilia Pascual; el término “converso” está reservado estrictamente para
aquellos que se convierten de su incredulidad. Aquellos cristianos ya
bautizados en otra tradición no deben ser tratados ni llamados catecúmenos ni
conversos; para los que reciben la plena comunión, el sacerdote está obligado a
confirmarlos, y no pueden ser admitidos a la Comunión Eucarística antes de la Confirmación.
5 – SERÁS PARTE DE UN PROCESO GUIADO POR QUIENES SIRVEN EN LA PARROQUIA
El Rito de Iniciación Cristiana es un Proceso Sacramental con una agenda específica para llevar al investigador a comprender la forma de vida cristiana de la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Esto se logra a través de la catequesis (formación formal, pero realizada en un estilo informal, de preguntas y respuestas), que prepara al buscador (indagador) para la recepción de los Sacramentos de Iniciación: a) Bautismo, si no ha sido bautizado en otras tradiciones; b) Eucaristía; c) Confirmación.
Sería maravilloso que en todas parroquias se lleve este proceso sacramental con toda pureza y se cumplan los objetivos que la iglesia se ha trazado, por tanto, es importante que estés vigilante de que realmente recibas lo que la iglesia, en su sabiduría quiso diseñar para ti. Ya explicamos al inicio que el progresismo ha generado un daño terrible a la iglesia, provocando que se omitan en muchas parroquias las enseñanzas verdaderas. Por ello, es necesario poner atención, si en la formación no se da una catequesis exhaustiva sobre las verdades de la doctrina y la vida moral católicas. Si esto se reemplaza por documentos de dudoso contenido, es necesario buscar otra parroquia.
En esta página web, Cooperadores de Dios, encontrarás una catequesis de sana doctrina para que fortalezcas tu proceso de iniciación cristiana.
Lo que se está viviendo es terrible, pero a Ana Catarina Emmerich, hace más de cien años, decía: “Fue en Roma…” En una visión, ella vio a Roma, el Vaticano rodeado de un pozo profundísimo y del otro lado del pozo estaban los descreídos. En el centro de Roma, en el Vaticano, se encontraban los Católicos. Estos tiraban para ese pozo profundo todos sus altares, sus imágenes, sus reliquias, casi todo, hasta que el pozo quedo lleno. Esa situación, esos tiempos predichos, los estamos viviendo ahora.
O.T.G.D.
LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA CATÓLICA


LOS SACRAMENTOS
«Los sacramentos son signos sensibles, instituidos por Cristo, para conferir la gracia que significan». Los sacramentos son ritos, ceremonias sagradas (que incluyen palabra y acción), instituidos por Jesucristo, que, si se reciben con buenas disposiciones, dan vida sobrenatural al alma, es decir, nos dan la gracia santificante, o nos la aumentan cuando ya estamos en gracia.
Los sacramentos son los medios de salvación para los hombres, que Jesucristo dejó en su Iglesia. Son siete: Bautismo, Confirmación, Penitencia (Confesión), Eucaristía, Unción de los Enfermos, Orden Sacerdotal y Matrimonio. El Concilio de Trento definió que los siete sacramentos fueron instituidos por Jesucristo. El Evangelio nos habla de la institución de cinco sacramentos:

El Bautismo, lo encontramos en el Evangelio de San Mateo, 28:19: “19 Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

La Eucaristía, lo encontramos en el Evangelio de San Mateo, 26:26-28 que indica: “26 Mientras comían, tomando Jesús pan, y habiendo bendecido lo partió y dio a los discípulos diciendo: “Tomad, comed, éste es el cuerpo mío”. 27 Y tomando un cáliz, y habiendo dado gracias, lo pasó a ellos, diciendo: “Bebed de él todos, 28 porque ésta es la sangre mía de la Alianza, la cual por muchos se derrama para remisión de pecados.”

El Sacramento de La Penitencia lo encontramos en el Evangelio de San Juan, 20:23: “23 a quienes perdonareis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuviereis, les quedan retenidos”.

El Orden sacerdotal lo encontramos en Hechos de los Apóstoles, 14:23 “23 Y habiéndoles constituido presbíteros en cada una de las Iglesias, orando con ayunos los encomendaron al Señor en quien habían creído.”

El Matrimonio lo encontramos en el Evangelio de San Mateo, 19:6 “6 De modo que ya no son dos, sino una carne. ¡Pues bien! ¡Lo que Dios unió, el hombre no lo separe!” también en San Marcos, 10:6-9 “6 Pero desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y mujer. 7 Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, 8 y los dos vendrán a ser una sola carne. De modo que no son ya dos, sino una sola carne. 9 ¡Y bien! ¡lo que Dios ha unido, el hombre no lo separe!” También en la Primera Carta a los Corintios, 7:10 “10 A los casados ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe de su marido”
De la confirmación y de la unción de los enfermos no habla el Evangelio, pero nos dice el Nuevo Testamento que existían en tiempo de los Apóstoles; por lo tanto, tuvieron que ser instituidos por Jesucristo como los anteriores.

De la confirmación se nos habla en los Hechos de los Apóstoles, 8:17: “17 Entonces les impusieron las manos y ellos recibieron al Espíritu Santo”; También en el mismo libro: 19:6 “6 y cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban en lenguas y profetizaban.”

Y en cuanto al sacramento de la extremaunción lo encontramos en la Epístola de Santiago, 5:14, 15 “14 ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Haga venir a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él ungiéndole con óleo en nombre del Señor; 15 y la oración de fe salvará al enfermo, y lo levantará el Señor; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados.”
Los sacramentos deben celebrarse según las normas litúrgicas. Dice el Código de Derecho Canónico: «En la celebración de los sacramentos, deben observarse fielmente los libros litúrgicos aprobados por la autoridad competente; por consiguiente, nadie añada, suprima o cambie nada por propia iniciativa».
Para que haya sacramento se requiere:
a) Un signo sensible.
b) Instituido por Cristo.
c) Que tenga la virtud de producir la gracia.
Todo sacramento consta de cuatro elementos: a) Materia o cosa sensible: son los elementos materiales que se utilizan, agua, óleo… b) Forma o palabras que utiliza el ministro con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, es decir, administrar el sacramento de acuerdo con la voluntad de Cristo. c) Ministro o persona que lo ejecuta. d) Sujeto o persona que lo recibe.
Hay tres sacramentos que imprimen carácter. «Carácter» significa en griego «sello imborrable»: Son: bautismo, confirmación y orden sacerdotal. esto es de fe.
Es de fe que estos sacramentos imprimen un sello indeleble. Es decir, ponen un sello espiritual en el alma que no se borra jamás. Por eso sólo se pueden recibir una vez. No se pueden repetir.
Los sacramentos son fundamentalmente acciones de Cristo: «Cuando Pedro bautiza es Cristo quien bautiza». «La gracia sacramental no depende de la santidad del ministro, sino de Cristo que actúa por medio de él». Esto, técnicamente, se llama «ex opere operato». Pero el provecho espiritual del sacramento, sí depende de la disposición del que lo recibe. Esto, técnicamente, se llama «ex opere operantis».

«Al celebrar un sacramento, el ministro ha de tener la intención de realizar la acción sacramental que Cristo confió a su Iglesia. Sin embargo, el poder santificador de los sacramentos no depende ni de la fe, ni de la santidad de los ministros, porque cuando alguien bautiza o perdona, es el mismo Cristo quien bautiza o perdona».
Las condiciones de validez y licitud de cada sacramento compete a la Iglesia determinarlo, pues a ella confió Cristo esta misión. Cada sacramento añade una gracia específica a la gracia ordinaria. No es una diferencia entitativa, sino moral: según los fines de cada sacramento.
Para la recepción válida y lícita de los sacramentos se requiere estar bautizado (por supuesto que no para recibir el bautismo) y en gracia de Dios (menos para recibir la absolución de la Confesión o Penitencia).
Los sacramentos son la principal fuente de santificación que tiene la Iglesia de Jesucristo.
Es obligatorio recibir el bautismo, la confesión y la comunión; pero, además, deben recibir el matrimonio los que quieran casarse, y todos, la unción de los enfermos en la hora de la muerte. La confirmación no es absolutamente obligatoria para salvarse, pero todos los que aún no la hayan recibido deben recibirla, si se les presenta la ocasión oportuna, pues ayuda a conseguir con mayor facilidad la salvación eterna. El sacramento del orden es sólo para los que son llamados a ser sacerdotes.
«El matrimonio y el orden sacerdotal son sacramentos de estado. Esto significa que ambos sacramentos no se reciben tanto con vistas a la salvación individual, sino para ocupar un determinado estado dentro de la Iglesia y dentro de él, servir a la comunidad. De modo que estos sacramentos los recibe el individuo más para los demás que para sí mismos: los esposos deberían partir siempre del supuesto de que cada uno consigue las gracias necesarias más para el bien del cónyuge que para sí mismo».
El bautismo es necesario para salvarse. Pero en caso de imposibilidad, puede ser suplido por el bautismo de deseo, por lo menos implícito, el cual se contiene en un acto de sincero amor a Dios. Es claro que el martirio es un acto excelente de amor a Dios. «Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y todos los hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden salvarse aunque no hayan recibido el bautismo». La necesidad del bautismo para salvarse está claro en el Evangelio. Le dice Jesucristo a Nicodemo: «El que no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios». Pero desde los primeros siglos del cristianismo, en la Iglesia, se habla del bautismo de deseo; pensando en los catecúmenos que morían antes de recibir el bautismo y en todo hombre que, ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscaba la verdad y hacía la voluntad de Dios según él la conocía; pues se podía suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el bautismo si hubiesen conocido su necesidad. El bautismo de deseo lo amplía hoy la Iglesia a todos los infieles que nunca faltaron a su conciencia y estuvieron siempre en disposición de hacer lo que Dios les pidiera. Para estos Dios tiene que tener el modo de que puedan salvarse. Así opinaba Santo Tomás. Aunque sea posible que los no católicos puedan vivir toda su vida sin faltar a su conciencia, esto les resulta mucho más difícil que a los católicos, pues carecen del auxilio de la gracia de los sacramentos. De ahí el interés de la Iglesia en evangelizar a los infieles.

Cristo instituyó los sacramentos para que la Iglesia los administrase hasta el final de los tiempos. Como los Apóstoles iban a morir pronto, el poder de perdonar los pecados se transmite a sus legítimos sucesores, los sacerdotes.
Los sacramentos si se reciben con buenas disposiciones, dan vida sobrenatural al alma, es decir, nos dan la gracia santificante, o nos la aumentan cuando ya estamos en gracia. La misión de la Iglesia es señalar el camino de la salvación eterna de los hombres por medio de la doctrina de Cristo y los sacramentos por Él instituidos. La misión de la jerarquía es garantizar la autenticidad en la fe y en la vida cristiana: «para que se crea lo que Dios quiere y como Dios quiere, y para que se administren los sacramentos que Cristo quiso y como Cristo quiso». Los sacerdotes se consagran a Dios para colaborar con el Papa y los Obispos en el cuidado de las almas predicando la Palabra de Dios y administrando los sacramentos.
La Iglesia Católica es SANTA en su doctrina, en su moral, en sus medios de santificación -los sacramentos- y en sus frutos. No quiere esto decir que todos los católicos sean santos. Esto es imposible, dada la libertad humana, pero tenemos la ayuda de Dios, su gracia, que la tenemos a nuestra disposición si la buscamos con la oración y los sacramentos.
La Iglesia Católica es UNA en su doctrina, en su gobierno y en sus sacramentos, unidad de sacramentos, que son exactamente los mismos para los católicos de todo el mundo.
La oración y los sacramentos son como las dos direcciones de un mismo camino que une al hombre con Dios. La oración es fundamentalmente petición, camino del hombre hacia Dios; los sacramentos son las sendas por donde Dios nos envía su gracia, camino de Dios hacia el hombre. La oración y los sacramentos están en la base.
¿Se pueden prohibir los sacramentos?
La excomunión es la pena canónica que la Iglesia impone a ciertos pecados muy graves para que no se cometan. Consiste en que al excomulgado se le prohíben todos los sacramentos menos el de la confesión.
Publicaciones relacionadas a FORMACION EN LA FE - Quiero ser católico
La Santa Biblia Straubinger
La Sagrada Biblia Straubinger en linea. Traducción directa de los Originales por Monseñor Doctor Juan Straubinger con todas sus notas completas según la fiel versión original.