{"id":4808,"date":"2024-01-25T01:38:24","date_gmt":"2024-01-25T01:38:24","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/?p=4808"},"modified":"2024-01-25T01:41:08","modified_gmt":"2024-01-25T01:41:08","slug":"carta-enciclica-veritatis-splendor-juan-pablo-ii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/2024\/01\/25\/carta-enciclica-veritatis-splendor-juan-pablo-ii\/","title":{"rendered":"Carta Enc\u00edclica &#8211; VERITATIS SPLENDOR &#8211; CUESTIONES FUNDAMENTALES DE LA ENSE\u00d1ANZA MORAL DE LA IGLESIA &#8211; Juan Pablo II"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><br>VERITATIS SPLENDOR<\/h3>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CARTA ENC\u00cdCLICA <strong><em>VERITATIS SPLENDOR <\/em><\/strong>DEL SUMO PONT\u00cdFICE <strong>JUAN PABLO II <\/strong>A TODOS LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CAT\u00d3LICA <strong>SOBRE ALGUNAS CUESTIONES FUNDAMENTALES DE LA ENSE\u00d1ANZA MORAL DE LA IGLESIA<\/strong><br><br><\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-image\"><figure class=\"alignleft is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/wp-content\/uploads\/2024\/01\/veritatis-spledid-juan-pablo-II.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-4812\" width=\"315\" height=\"175\" srcset=\"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/wp-content\/uploads\/2024\/01\/veritatis-spledid-juan-pablo-II.jpg 720w, https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/wp-content\/uploads\/2024\/01\/veritatis-spledid-juan-pablo-II-300x167.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 315px) 100vw, 315px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Venerables hermanos en el episcopado,<br>salud y bendici\u00f3n apost\u00f3lica.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>1, 26), pues la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Se\u00f1or. Por esto el salmista exclama: \u00ab\u00a1Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Se\u00f1or!\u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>4, 7).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>INTRODUCCI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">1. Llamados a la salvaci\u00f3n mediante la fe en Jesucristo, \u00abluz verdadera que ilumina a todo hombre\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 9), los hombres llegan a ser \u00abluz en el Se\u00f1or\u00bb e \u00abhijos de la luz\u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>5, 8), y se santifican \u00abobedeciendo a la verdad\u00bb (<em>1 P&nbsp;<\/em>1, 22).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mas esta obediencia no siempre es f\u00e1cil. Debido al misterioso pecado del principio, cometido por instigaci\u00f3n de Satan\u00e1s, que es \u00abmentiroso y padre de la mentira\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>8, 44), el hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los \u00eddolos (cf.&nbsp;<em>1 Ts&nbsp;<\/em>1, 9), cambiando \u00abla verdad de Dios por la mentira\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>1, 25); de esta manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y debilitada su voluntad para someterse a ella. Y as\u00ed, abandon\u00e1ndose al relativismo y al escepticismo (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>18, 38), busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de Dios creador. Por esto, siempre permanece en lo m\u00e1s profundo de su coraz\u00f3n la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su conocimiento. Lo prueba de modo elocuente la incansable b\u00fasqueda del hombre en todo campo o sector. Lo prueba a\u00fan m\u00e1s su b\u00fasqueda del&nbsp;<em>sentido de la vida.&nbsp;<\/em>El desarrollo de la ciencia y la t\u00e9cnica \u2014testimonio espl\u00e9ndido de las capacidades de la inteligencia y de la tenacidad de los hombres\u2014, no exime a la humanidad de plantearse los interrogantes religiosos fundamentales, sino que m\u00e1s bien la estimula a afrontar las luchas m\u00e1s dolorosas y decisivas, como son las del coraz\u00f3n y de la conciencia moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">2. Ning\u00fan hombre puede eludir las preguntas fundamentales: \u00bfqu\u00e9 debo hacer?, \u00bfc\u00f3mo puedo discernir el bien del mal? La respuesta es posible s\u00f3lo gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo m\u00e1s \u00edntimo del esp\u00edritu humano, como dice el salmista: \u00abMuchos dicen: &#8220;\u00bfQui\u00e9n nos har\u00e1 ver la dicha?&#8221;. \u00a1Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Se\u00f1or!\u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>4, 7).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, \u00abimagen de Dios invisible\u00bb (<em>Col<\/em>&nbsp;1, 15), \u00abresplandor de su gloria\u00bb (<em>Hb&nbsp;<\/em>1, 3), \u00ablleno de gracia y de verdad\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 14): \u00e9l es \u00abel camino, la verdad y la vida\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 6). Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; m\u00e1s a\u00fan, como recuerda el concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo: \u00abRealmente,&nbsp;<em>el misterio del hombre s\u00f3lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.&nbsp;<\/em>Pues Ad\u00e1n, el primer hombre, era figura del que hab\u00eda de venir, es decir, de Cristo, el Se\u00f1or. Cristo, el nuevo Ad\u00e1n, en la misma revelaci\u00f3n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocaci\u00f3n\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241\">1<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jesucristo, \u00abluz de los pueblos\u00bb, ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es enviada por \u00e9l para anunciar el Evangelio a toda criatura (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>16, 15)&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242\">2<\/a><\/sup>. As\u00ed la Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243\">3<\/a><\/sup>, mientras mira atentamente a los nuevos desaf\u00edos de la historia y a los esfuerzos que los hombres realizan en la b\u00fasqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de la verdad de Jesucristo y de su Evangelio. En la Iglesia est\u00e1 siempre viva la conciencia de su \u00abdeber permanente de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de manera adecuada a cada generaci\u00f3n, pueda responder a los permanentes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relaci\u00f3n mutua entre ambas\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244\">4<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">3. Los pastores de la Iglesia, en comuni\u00f3n con el Sucesor de Pedro, est\u00e1n siempre cercanos a los fieles en este esfuerzo, los acompa\u00f1an y gu\u00edan con su magisterio, hallando expresiones siempre nuevas de amor y misericordia para dirigirse no s\u00f3lo a los creyentes sino tambi\u00e9n a todos los hombres de buena voluntad. El concilio Vaticano II sigue siendo un testimonio privilegiado de esta actitud de la Iglesia que, \u00abexperta en humanidad\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%245\">5<\/a><\/sup>, se pone al servicio de cada hombre y de todo el mundo&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%246\">6<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia sabe que la cuesti\u00f3n moral incide profundamente en cada hombre; implica a todos, incluso a quienes no conocen a Cristo, su Evangelio y ni siquiera a Dios. Ella sabe que precisamente&nbsp;<em>por la senda de la vida moral est\u00e1 abierto a todos el camino de la salvaci\u00f3n,&nbsp;<\/em>como lo ha recordado claramente el concilio Vaticano II: \u00abLos que sin culpa suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero coraz\u00f3n e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a trav\u00e9s de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvaci\u00f3n eterna\u00bb. Y prosigue: \u00abDios, en su providencia, tampoco niega la ayuda necesaria a los que, sin culpa, todav\u00eda no han llegado a conocer claramente a Dios, pero se esfuerzan con su gracia en vivir con honradez. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que hay en ellos, como una preparaci\u00f3n al Evangelio y como un don de Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener finalmente vida\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%247\">7<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Objeto de la presente enc\u00edclica<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">4. Siempre, pero sobre todo en los dos \u00faltimos siglos, los Sumos Pont\u00edfices, ya sea personalmente o junto con el Colegio episcopal, han desarrollado y propuesto una ense\u00f1anza moral sobre los&nbsp;<em>m\u00faltiples y diferentes \u00e1mbitos de la vida humana.&nbsp;<\/em>En nombre y con la autoridad de Jesucristo, han exhortado, denunciado, explicado; por fidelidad a su misi\u00f3n, y comprometi\u00e9ndose en la causa del hombre, han confirmado, sostenido, consolado; con la garant\u00eda de la asistencia del Esp\u00edritu de verdad han contribuido a una mejor comprensi\u00f3n de las exigencias morales en los \u00e1mbitos de la sexualidad humana, de la familia, de la vida social, econ\u00f3mica y pol\u00edtica. Su ense\u00f1anza, dentro de la tradici\u00f3n de la Iglesia y de la historia de la humanidad, representa una continua profundizaci\u00f3n del conocimiento moral&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%248\">8<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, hoy se hace necesario reflexionar sobre el<em>&nbsp;conjunto de la ense\u00f1anza moral de la Iglesia,&nbsp;<\/em>con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina cat\u00f3lica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a crearse&nbsp;<em>una nueva situaci\u00f3n dentro de la misma comunidad cristiana,&nbsp;<\/em>en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicol\u00f3gico, social y cultural, religioso e incluso espec\u00edficamente teol\u00f3gico, sobre las ense\u00f1anzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropol\u00f3gicas y \u00e9ticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistem\u00e1tico, el patrimonio moral. En la base se encuentra el influjo, m\u00e1s o menos velado, de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relaci\u00f3n esencial y constitutiva con la verdad. Y as\u00ed, se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas ense\u00f1anzas morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales m\u00e1s que para \u00abexhortar a las conciencias\u00bb y \u00abproponer los valores\u00bb en los que cada uno basar\u00e1 despu\u00e9s aut\u00f3nomamente sus decisiones y opciones de vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Particularmente hay que destacar la&nbsp;<em>discrepancia entre la respuesta tradicional de la Iglesia y algunas posiciones teol\u00f3gicas&nbsp;<\/em>\u2014difundidas incluso en seminarios y facultades teol\u00f3gicas\u2014&nbsp;<em>sobre cuestiones de m\u00e1xima importancia&nbsp;<\/em>para la Iglesia y la vida de fe de los cristianos, as\u00ed como para la misma convivencia humana. En particular, se plantea la cuesti\u00f3n de si los mandamientos de Dios, que est\u00e1n grabados en el coraz\u00f3n del hombre y forman parte de la Alianza, son capaces verdaderamente de iluminar las opciones cotidianas de cada persona y de la sociedad entera. \u00bfEs posible obedecer a Dios y, por tanto, amar a Dios y al pr\u00f3jimo, sin respetar en todas las circunstancias estos mandamientos? Est\u00e1 tambi\u00e9n difundida la opini\u00f3n que pone en duda el nexo intr\u00ednseco e indivisible entre fe y moral, como si s\u00f3lo en relaci\u00f3n con la fe se debieran decidir la pertenencia a la Iglesia y su unidad interna, mientras que se podr\u00eda tolerar en el \u00e1mbito moral un pluralismo de opiniones y de comportamientos, dejados al juicio de la conciencia subjetiva individual o a la diversidad de condiciones sociales y culturales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">5. En ese contexto \u2014todav\u00eda actual\u2014 he tomado la decisi\u00f3n de escribir \u2014como ya anunci\u00e9 en la carta apost\u00f3lica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/documents\/hf_jp-ii_apl_01081987_spiritus-domini.html\">Spiritus Domini<\/a>,<\/em>&nbsp;publicada el 1 de agosto de 1987 con ocasi\u00f3n del segundo centenario de la muerte de san Alfonso Mar\u00eda de Ligorio\u2014 una enc\u00edclica destinada a tratar, \u00abm\u00e1s amplia y profundamente, las cuestiones referentes a los fundamentos mismos de la teolog\u00eda moral\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%249\">9<\/a><\/sup>, fundamentos que sufren menoscabo por parte de algunas tendencias actuales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Me dirijo a vosotros, venerables hermanos en el episcopado, que compart\u00eds conmigo la responsabilidad de custodiar la \u00absana doctrina\u00bb (<em>2 Tm&nbsp;<\/em>4, 3), con la intenci\u00f3n de&nbsp;<em>precisar algunos aspectos doctrinales que son decisivos para afrontar la que sin duda constituye una verdadera crisis,&nbsp;<\/em>por ser tan graves las dificultades derivadas de ella para la vida moral de los fieles y para la comuni\u00f3n en la Iglesia, as\u00ed como para una existencia social justa y solidaria.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si esta enc\u00edclica \u2014esperada desde hace tiempo\u2014 se publica precisamente ahora, se debe tambi\u00e9n a que ha parecido conveniente que la precediera el&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/index_sp.html\">Catecismo de la Iglesia cat\u00f3lica<\/a>,&nbsp;<\/em>el cual contiene una exposici\u00f3n completa y sistem\u00e1tica de la doctrina moral cristiana. El Catecismo presenta la vida moral de los creyentes en sus fundamentos y en sus m\u00faltiples contenidos como vida de \u00ablos hijos de Dios\u00bb. En \u00e9l se afirma que \u00ablos cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una &#8220;vida digna del evangelio de Cristo&#8221; (<em>Flp&nbsp;<\/em>1, 27). Por los sacramentos y la oraci\u00f3n reciben la gracia de Cristo y los dones de su Esp\u00edritu que les capacitan para ello\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24A\">10<\/a><\/sup>. Por tanto, al citar el Catecismo como \u00abtexto de referencia seguro y aut\u00e9ntico para la ense\u00f1anza de la doctrina cat\u00f3lica\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24B\">11<\/a><\/sup>, la enc\u00edclica se limitar\u00e1 a afrontar&nbsp;<em>algunas cuestiones fundamentales de la ense\u00f1anza moral de la Iglesia,&nbsp;<\/em>bajo la forma de un necesario discernimiento sobre problemas controvertidos entre los estudiosos de la \u00e9tica y de la teolog\u00eda moral. \u00c9ste es el objeto espec\u00edfico de la presente enc\u00edclica, la cual trata de exponer, sobre los problemas discutidos, las razones de una ense\u00f1anza moral basada en la sagrada Escritura y en la Tradici\u00f3n viva de la Iglesia&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24C\">12<\/a><\/sup>, poniendo de relieve, al mismo tiempo, los presupuestos y consecuencias de las contestaciones de que ha sido objeto tal ense\u00f1anza.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAPITULO I<br>&#8220;MAESTRO, \u00bfQU\u00c9 HE DE HACER DE BUENO &#8230;..?&#8221; (<em>Mt&nbsp;<\/em>19,16)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>Cristo y la respuesta a la pregunta moral<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abSe le acerc\u00f3 uno&#8230;\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 19, 16)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">6. El di\u00e1logo de Jes\u00fas con el joven rico, relatado por san Mateo en el cap\u00edtulo 19 de su evangelio, puede constituir un elemento \u00fatil para volver a escuchar de modo vivo y penetrante su ense\u00f1anza moral: \u00abSe le acerc\u00f3 uno y le dijo: &#8220;Maestro, \u00bfqu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?&#8221;. \u00c9l le dijo: &#8220;\u00bfPor qu\u00e9 me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos&#8221;. &#8220;\u00bfCu\u00e1les?&#8221; le dice \u00e9l. Y Jes\u00fas dijo: &#8220;No matar\u00e1s, no cometer\u00e1s adulterio, no robar\u00e1s, no levantar\u00e1s falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo como a ti mismo&#8221;. D\u00edcele el joven: &#8220;Todo eso lo he guardado; \u00bfqu\u00e9 m\u00e1s me falta?&#8221;. Jes\u00fas le dijo: &#8220;Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y d\u00e1selo a los pobres, y tendr\u00e1s un tesoro en los cielos; luego ven, y s\u00edgueme&#8221;\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 16-21)&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24D\">13<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">7.&nbsp;<em>\u00abSe le acerc\u00f3 uno<\/em>&#8230;\u00bb. En el joven, que el evangelio de Mateo no nombra, podemos reconocer a&nbsp;<em>todo hombre que,<\/em>&nbsp;conscientemente o no,&nbsp;<em>se acerca a Cristo, redentor del hombre, y le formula la pregunta moral.&nbsp;<\/em>Para el joven, m\u00e1s que una pregunta sobre las reglas que hay que observar, es una&nbsp;<em>pregunta de pleno significado para la vida.&nbsp;<\/em>En efecto, \u00e9sta es la aspiraci\u00f3n central de toda decisi\u00f3n y de toda acci\u00f3n humana, la b\u00fasqueda secreta y el impulso \u00edntimo que mueve la libertad. Esta pregunta es, en \u00faltima instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos atrae y nos llama hacia s\u00ed; es el eco de la llamada de Dios, origen y fin de la vida del hombre. Precisamente con esta perspectiva, el concilio Vaticano II ha invitado a perfeccionar la teolog\u00eda moral, de manera que su exposici\u00f3n ponga de relieve la alt\u00edsima vocaci\u00f3n que los fieles han recibido en Cristo&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24E\">14<\/a><\/sup>, \u00fanica respuesta que satisface plenamente el anhelo del coraz\u00f3n humano.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Para que los hombres puedan realizar este \u00abencuentro\u00bb con Cristo, Dios ha querido su Iglesia.&nbsp;<\/em>En efecto, ella \u00abdesea servir solamente para este fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24F\">15<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abMaestro, \u00bfqu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 19, 16)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">8. Desde la profundidad del coraz\u00f3n surge la pregunta que el joven rico dirige a Jes\u00fas de Nazaret:&nbsp;<em>una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre,&nbsp;<\/em>pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jes\u00fas intuye que hay una conexi\u00f3n entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino. \u00c9l es un israelita piadoso que ha crecido, dir\u00edamos, a la sombra de la Ley del Se\u00f1or. Si plantea esta pregunta a Jes\u00fas, podemos imaginar que no lo hace porque ignora la respuesta contenida en la Ley. Es m\u00e1s probable que la fascinaci\u00f3n por la persona de Jes\u00fas haya hecho que surgieran en \u00e9l nuevos interrogantes en torno al bien moral. Siente la necesidad de confrontarse con aquel que hab\u00eda iniciado su predicaci\u00f3n con este nuevo y decisivo anuncio: \u00abEl tiempo se ha cumplido y el reino de Dios est\u00e1 cerca; convert\u00edos y creed en la buena nueva\u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>1, 15).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de \u00e9l la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo.&nbsp;<\/em>\u00c9l es el Maestro, el Resucitado que tiene en s\u00ed mismo la vida y que est\u00e1 siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es \u00e9l quien desvela a los fieles el libro de las Escrituras y, revelando plenamente la voluntad del Padre, ense\u00f1a la verdad sobre el obrar moral. Fuente y culmen de la econom\u00eda de la salvaci\u00f3n, Alfa y Omega de la historia humana (cf.&nbsp;<em>Ap&nbsp;<\/em>1, 8; 21, 6; 22, 13), Cristo revela la condici\u00f3n del hombre y su vocaci\u00f3n integral. Por esto, \u00abel hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a s\u00ed mismo \u2014y no s\u00f3lo seg\u00fan pautas y medidas de su propio ser, que son inmediatas, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes\u2014, debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo as\u00ed, entrar en \u00e9l con todo su ser, debe&nbsp;<em>apropiarse&nbsp;<\/em>y asimilar toda la realidad de la Encarnaci\u00f3n y de la Redenci\u00f3n para encontrarse a s\u00ed mismo. Si se realiza en \u00e9l este hondo proceso, entonces da frutos no s\u00f3lo de adoraci\u00f3n a Dios, sino tambi\u00e9n de profunda maravilla de s\u00ed mismo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24G\">16<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si queremos, pues, penetrar en el n\u00facleo de la moral evang\u00e9lica y comprender su contenido profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente el sentido de la pregunta hecha por el joven rico del evangelio y, m\u00e1s a\u00fan, el sentido de la respuesta de Jes\u00fas, dej\u00e1ndonos guiar por \u00e9l. En efecto, Jes\u00fas, con delicada solicitud pedag\u00f3gica, responde llevando al joven como de la mano, paso a paso, hacia la verdad plena.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abUno solo es el Bueno\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 19, 17)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">9. Jes\u00fas dice: \u00ab\u00bfPor qu\u00e9 me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 17). En las versiones de los evangelistas Marcos y Lucas la pregunta es formulada as\u00ed: \u00ab\u00bfPor qu\u00e9 me llamas bueno? Nadie es bueno sino s\u00f3lo Dios\u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>10, 18; cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>18, 19).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Antes de responder a la pregunta, Jes\u00fas quiere que el joven se aclare a s\u00ed mismo el motivo por el que lo interpela. El \u00abMaestro bueno\u00bb indica a su interlocutor \u2014y a todos nosotros\u2014 que la respuesta a la pregunta, \u00ab\u00bfqu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?\u00bb, s\u00f3lo puede encontrarse dirigiendo la mente y el coraz\u00f3n al \u00fanico que es Bueno: \u00abNadie es bueno sino s\u00f3lo Dios\u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>10, 18; cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>18, 19).&nbsp;<em>S\u00f3lo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque \u00e9l es el Bien.&nbsp;<\/em>En efecto,&nbsp;<em>interrogarse sobre el bien significa, en \u00faltimo t\u00e9rmino, dirigirse a Dios,&nbsp;<\/em>que es plenitud de la bondad. Jes\u00fas muestra que la pregunta del joven es, en realidad, una&nbsp;<em>pregunta religiosa&nbsp;<\/em>y que la bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, m\u00e1s a\u00fan, es Dios mismo: el \u00danico que es digno de ser amado \u00abcon todo el coraz\u00f3n, con toda el alma y con toda la mente\u00bb (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>22, 37),<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre. Jes\u00fas relaciona la cuesti\u00f3n de la acci\u00f3n moralmente buena con sus ra\u00edces religiosas, con el reconocimiento de Dios, \u00fanica bondad, plenitud de la vida, t\u00e9rmino \u00faltimo del obrar humano, felicidad perfecta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">10. La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Esp\u00edritu Santo, tiene como&nbsp;<em>fin \u00faltimo&nbsp;<\/em>de su vida&nbsp;<em>ser \u00abalabanza de la gloria\u00bb de Dios&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>1, 12), haciendo as\u00ed que cada una de sus acciones refleje su esplendor. \u00abCon\u00f3cete a ti misma, alma hermosa: t\u00fa eres&nbsp;<em>la imagen de Dios&nbsp;<\/em>\u2014escribe san Ambrosio\u2014. Con\u00f3cete a ti mismo, hombre: t\u00fa eres la gloria de Dios (<em>1 Co&nbsp;<\/em>11, 7). Escucha de qu\u00e9 modo eres su gloria. Dice el profeta:&nbsp;<em>Tu ciencia es misteriosa para m\u00ed&nbsp;<\/em>(<em>Sal&nbsp;<\/em>138, 6), es decir: tu majestad es m\u00e1s admirable en mi obra, tu sabidur\u00eda es exaltada en la mente del hombre. Mientras me considero a m\u00ed mismo, a quien t\u00fa escrutas en los secretos pensamientos y en los sentimientos \u00edntimos, reconozco los misterios de tu ciencia. Por tanto, con\u00f3cete a ti mismo, hombre, lo grande que eres y vigila sobre ti&#8230;\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24H\">17<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Aquello que es el hombre y lo que debe hacer se manifiesta en el momento en el cual Dios se revela a s\u00ed mismo.&nbsp;<\/em>En efecto, el Dec\u00e1logo se fundamenta sobre estas palabras: \u00abYo soy el Se\u00f1or, tu Dios, que te he sacado del pa\u00eds de Egipto, de la casa de servidumbre. No habr\u00e1 para ti otros dioses delante de m\u00ed\u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>20, 2-3). En las \u00abdiez palabras\u00bb de la Alianza con Israel, y en toda la Ley, Dios se hace conocer y reconocer como el \u00fanico que es \u00abBueno\u00bb; como aquel que, a pesar del pecado del hombre, contin\u00faa siendo el&nbsp;<em>modelo&nbsp;<\/em>del obrar moral, seg\u00fan su misma llamada: \u00abSed santos, porque yo, el Se\u00f1or, vuestro Dios, soy santo\u00bb (<em>Lv&nbsp;<\/em>19, 2); como Aquel que, fiel a su amor por el hombre, le da su Ley (cf.<em>&nbsp;Ex&nbsp;<\/em>19, 9-24; 20, 18-21) para restablecer la armon\u00eda originaria con el Creador y todo lo creado, y a\u00fan m\u00e1s, para introducirlo en su amor: \u00abCaminar\u00e9 en medio de vosotros, y ser\u00e9 vuestro Dios, y vosotros ser\u00e9is mi pueblo\u00bb (<em>Lv&nbsp;<\/em>26, 12).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>La vida moral se presenta como la respuesta&nbsp;<\/em>debida a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor del hombre. Es una&nbsp;<em>respuesta de amor,&nbsp;<\/em>seg\u00fan el enunciado del mandamiento fundamental que hace el&nbsp;<em>Deuteronomio:&nbsp;<\/em>\u00abEscucha, Israel: el Se\u00f1or es nuestro Dios, el Se\u00f1or es uno solo. Amar\u00e1s al Se\u00f1or tu Dios con todo tu coraz\u00f3n, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu coraz\u00f3n estos preceptos que yo te dicto hoy. Se los repetir\u00e1s a tus hijos\u00bb (<em>Dt&nbsp;<\/em>6, 4-7). As\u00ed, la vida moral, inmersa en la gratuidad del amor de Dios, est\u00e1 llamada a reflejar su gloria: \u00abPara quien ama a Dios es suficiente agradar a Aquel que \u00e9l ama, ya que no debe buscarse ninguna otra recompensa mayor al mismo amor; en efecto, la caridad proviene de Dios de tal manera que Dios mismo es caridad\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24I\">18<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">11. La afirmaci\u00f3n de que \u00abuno solo es el Bueno\u00bb nos remite as\u00ed a la \u00abprimera tabla\u00bb de los mandamientos, que exige reconocer a Dios como Se\u00f1or \u00fanico y absoluto, y a darle culto solamente a \u00e9l porque es infinitamente santo (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>20, 2-11).&nbsp;<em>El bien es pertenecer a Dios, obedecerle,&nbsp;<\/em>caminar humildemente con \u00e9l practicando la justicia y amando la piedad (cf.&nbsp;<em>Mi&nbsp;<\/em>6, 8).<em>Reconocer al Se\u00f1or como Dios es el n\u00facleo fundamental, el coraz\u00f3n de la Ley,&nbsp;<\/em>del que derivan y al que se ordenan los preceptos particulares. Mediante la moral de los mandamientos se manifiesta la pertenencia del pueblo de Israel al Se\u00f1or, porque s\u00f3lo Dios es aquel que es \u00abBueno\u00bb. \u00c9ste es el testimonio de la sagrada Escritura, cuyas p\u00e1ginas est\u00e1n penetradas por la viva percepci\u00f3n de la absoluta santidad de Dios: \u00abSanto, santo, santo, Se\u00f1or de los ej\u00e9rcitos\u00bb (<em>Is&nbsp;<\/em>6, 3).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero si Dios es el Bien, ning\u00fan esfuerzo humano, ni siquiera la observancia m\u00e1s rigurosa de los mandamientos, logra&nbsp;<em>cumplir<\/em>&nbsp;la Ley, es decir, reconocer al Se\u00f1or como Dios y tributarle la adoraci\u00f3n que a \u00e9l solo es debida (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>4, 10).&nbsp;<em>El \u00abcumplimiento\u00bb puede lograrse s\u00f3lo como un don de Dios<\/em>: es el ofrecimiento de una participaci\u00f3n en la bondad divina que se revela y se comunica en Jes\u00fas, aquel a quien el joven rico llama con las palabras \u00abMaestro bueno\u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>10, 17;&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>18, 18). Lo que quiz\u00e1s en ese momento el joven logra solamente intuir ser\u00e1 plenamente revelado al final por Jes\u00fas mismo con la invitaci\u00f3n \u00abven, y s\u00edgueme\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 21).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abSi quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 19, 17)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">12. S\u00f3lo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque \u00e9l es el Bien. Pero Dios ya respondi\u00f3 a esta pregunta: lo hizo&nbsp;<em>creando al hombre y orden\u00e1ndolo&nbsp;<\/em>a su fin con sabidur\u00eda y amor, mediante la ley inscrita en su coraz\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>2, 15), la \u00abley natural\u00bb. \u00c9sta \u00abno es m\u00e1s que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios dio esta luz y esta ley en la creaci\u00f3n\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24J\">19<\/a><\/sup>. Despu\u00e9s lo hizo&nbsp;<em>en la historia de Israel,<\/em>&nbsp;particularmente con las \u00abdiez palabras\u00bb, o sea, con los&nbsp;<em>mandamientos del Sina\u00ed,&nbsp;<\/em>mediante los cuales \u00e9l fund\u00f3 el pueblo de la Alianza (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>24) y lo llam\u00f3 a ser su \u00abpropiedad personal entre todos los pueblos\u00bb, \u00abuna naci\u00f3n santa\u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>19, 5-6), que hiciera resplandecer su santidad entre todas las naciones (cf.<em>&nbsp;Sb&nbsp;<\/em>18, 4;&nbsp;<em>Ez&nbsp;<\/em>20, 41). La entrega del Dec\u00e1logo es promesa y signo de la&nbsp;<em>alianza nueva,&nbsp;<\/em>cuando la ley ser\u00e1 escrita nuevamente y de modo definitivo en el coraz\u00f3n del hombre (cf.&nbsp;<em>Jr&nbsp;<\/em>31, 31-34), para sustituir la ley del pecado, que hab\u00eda desfigurado aquel coraz\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Jr&nbsp;<\/em>17, 1). Entonces ser\u00e1 dado \u00abun coraz\u00f3n nuevo\u00bb porque en \u00e9l habitar\u00e1 \u00abun esp\u00edritu nuevo\u00bb, el Esp\u00edritu de Dios (cf.&nbsp;<em>Ez&nbsp;<\/em>36, 24-28)&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24K\">20<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por esto, y tras precisar que \u00abuno solo es el Bueno\u00bb, Jes\u00fas responde al joven: \u00abSi quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 17). De este modo, se enuncia&nbsp;<em>una estrecha relaci\u00f3n entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios:&nbsp;<\/em>los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen. Por boca del mismo Jes\u00fas, nuevo Mois\u00e9s, los mandamientos del Dec\u00e1logo son nuevamente dados a los hombres; \u00e9l mismo los confirma definitivamente y nos los propone como camino y condici\u00f3n de salvaci\u00f3n.&nbsp;<em>El mandamiento se vincula con una promesa:&nbsp;<\/em>en la antigua alianza el objeto de la promesa era la posesi\u00f3n de la tierra en la que el pueblo gozar\u00eda de una existencia libre y seg\u00fan justicia (cf.&nbsp;<em>Dt&nbsp;<\/em>6, 20-25); en la nueva alianza el objeto de la promesa es el \u00abreino de los cielos\u00bb, tal como lo afirma Jes\u00fas al comienzo del \u00abSerm\u00f3n de la monta\u00f1a\u00bb \u2014discurso que contiene la formulaci\u00f3n m\u00e1s amplia y completa de la Ley nueva (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>5-7)\u2014, en clara conexi\u00f3n con el Dec\u00e1logo entregado por Dios a Mois\u00e9s en el monte Sina\u00ed. A esta misma realidad del reino se refiere la expresi\u00f3n&nbsp;<em>vida eterna,&nbsp;<\/em>que es participaci\u00f3n en la vida misma de Dios; aqu\u00e9lla se realiza en toda su perfecci\u00f3n s\u00f3lo despu\u00e9s de la muerte, pero, desde la fe, se convierte ya desde ahora en luz de la verdad, fuente de sentido para la vida, incipiente participaci\u00f3n de una plenitud en el seguimiento de Cristo. En efecto, Jes\u00fas dice a sus disc\u00edpulos despu\u00e9s del encuentro con el joven rico: \u00abTodo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibir\u00e1 el ciento por uno y heredar\u00e1 la vida eterna\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 29).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">13. La respuesta de Jes\u00fas no le basta todav\u00eda al joven, que insiste preguntando al Maestro sobre los mandamientos que hay que observar: \u00ab&#8221;\u00bfCu\u00e1les?&#8221;, le dice \u00e9l\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 18). Le interpela sobre qu\u00e9 debe hacer en la vida para dar testimonio de la santidad de Dios. Tras haber dirigido la atenci\u00f3n del joven hacia Dios, Jes\u00fas le recuerda los mandamientos del Dec\u00e1logo que se refieren al pr\u00f3jimo: \u00abNo matar\u00e1s, no cometer\u00e1s adulterio, no robar\u00e1s, no levantar\u00e1s falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo como a ti mismo\u00bb. (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 18-19).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por el contexto del coloquio y, especialmente, al comparar el texto de Mateo con las per\u00edcopas paralelas de Marcos y de Lucas, aparece que Jes\u00fas no pretende detallar todos y cada uno de los mandamientos necesarios para \u00abentrar en la vida\u00bb sino, m\u00e1s bien, indicar al joven la&nbsp;<em>\u00abcentralidad\u00bb del Dec\u00e1logo&nbsp;<\/em>respecto a cualquier otro precepto, como interpretaci\u00f3n de lo que para el hombre significa \u00abYo soy el Se\u00f1or tu Dios\u00bb. Sin embargo, no nos pueden pasar desapercibidos los mandamientos de la Ley que el Se\u00f1or recuerda al joven: son determinados preceptos que pertenecen a la llamada \u00absegunda tabla\u00bb del Dec\u00e1logo, cuyo compendio (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>13, 8-10) y fundamento es&nbsp;<em>el mandamiento del amor al pr\u00f3jimo:&nbsp;<\/em>\u00abAma a tu pr\u00f3jimo como a ti mismo\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 19; cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>12, 31). En este precepto se expresa precisamente&nbsp;<em>la singular dignidad de la persona humana,&nbsp;<\/em>la cual es la \u00ab\u00fanica criatura en la tierra a la que Dios ha amado por s\u00ed misma\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24L\">21<\/a><\/sup>. En efecto, los diversos mandamientos del Dec\u00e1logo no son m\u00e1s que la refracci\u00f3n del \u00fanico mandamiento que se refiere al bien de la persona, como compendio de los m\u00faltiples bienes que connotan su identidad de ser espiritual y corp\u00f3reo, en relaci\u00f3n con Dios, con el pr\u00f3jimo y con el mundo material. Como leemos en el&nbsp;<em>Catecismo de la Iglesia cat\u00f3lica,&nbsp;<\/em>\u00ablos diez mandamientos pertenecen a la revelaci\u00f3n de Dios. Nos ense\u00f1an al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto, indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24M\">22<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los mandamientos, recordados por Jes\u00fas a su joven interlocutor, est\u00e1n destinados a tutelar&nbsp;<em>el bien&nbsp;<\/em>de la persona humana, imagen de Dios, a trav\u00e9s de la tutela de sus&nbsp;<em>bienes particulares.&nbsp;<\/em>El \u00abno matar\u00e1s, no cometer\u00e1s adulterio, no robar\u00e1s, no levantar\u00e1s falso testimonio\u00bb, son normas morales formuladas en t\u00e9rminos de prohibici\u00f3n. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comuni\u00f3n de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los mandamientos constituyen, pues, la condici\u00f3n b\u00e1sica para el amor al pr\u00f3jimo y al mismo tiempo son su verificaci\u00f3n. Constituyen la&nbsp;<em>primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad,&nbsp;<\/em>su inicio. \u00abLa primera libertad \u2014dice san Agust\u00edn\u2014 consiste en estar exentos de cr\u00edmenes&#8230;, como ser\u00edan el homicidio, el adulterio, la fornicaci\u00f3n, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como \u00e9stos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos cr\u00edmenes (y ning\u00fan cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es m\u00e1s que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta&#8230;\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24N\">23<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">14. Todo ello no significa que Cristo pretenda dar la precedencia al amor al pr\u00f3jimo o separarlo del amor a Dios. Esto lo confirma su di\u00e1logo con el doctor de la ley, el cual hace una pregunta muy parecida a la del joven. Jes\u00fas le remite a los&nbsp;<em>dos mandamientos del amor a Dios y del amor al pr\u00f3jimo&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 25-27) y le invita a recordar que s\u00f3lo su observancia lleva a la vida eterna: \u00abHaz eso y vivir\u00e1s\u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 28). Es, pues, significativo que sea precisamente el segundo de estos mandamientos el que suscite la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley: \u00ab\u00bfQui\u00e9n es mi pr\u00f3jimo?\u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 29). El Maestro responde con la par\u00e1bola del buen samaritano, la par\u00e1bola-clave para la plena comprensi\u00f3n del mandamiento del amor al pr\u00f3jimo (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 30-37).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los dos mandamientos, de los cuales \u00abpenden toda la Ley y los profetas\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>22, 40), est\u00e1n profundamente unidos entre s\u00ed y se compenetran rec\u00edprocamente.&nbsp;<em>De su unidad inseparable&nbsp;<\/em>da testimonio Jes\u00fas con sus palabras y su vida: su misi\u00f3n culmina en la cruz que redime (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 14-15), signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 1).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son expl\u00edcitos en afirmar que&nbsp;<em>sin el amor al pr\u00f3jimo,&nbsp;<\/em>que se concreta en la observancia de los mandamientos,&nbsp;<em>no es posible el aut\u00e9ntico amor a Dios.&nbsp;<\/em>San Juan lo afirma con extraordinario vigor: \u00abSi alguno dice: &#8220;Amo a Dios&#8221;, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>4, 20). El evangelista se hace eco de la predicaci\u00f3n moral de Cristo, expresada de modo admirable e inequ\u00edvoco en la par\u00e1bola del buen samaritano (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 30-37) y en el \u00abdiscurso\u00bb sobre el juicio final (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>25, 31-46).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">15. En el \u00abSerm\u00f3n de la monta\u00f1a\u00bb, que constituye la&nbsp;<em>carta magna<\/em>&nbsp;de la moral evang\u00e9lica&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24O\">24<\/a><\/sup>, Jes\u00fas dice: \u00abNo pens\u00e9is que he venido a abolir la Ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 17). Cristo es la clave de las Escrituras: \u00abVosotros investig\u00e1is las Escrituras, ellas son las que dan testimonio de m\u00ed\u00bb (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>5, 39); \u00e9l es el centro de la econom\u00eda de la salvaci\u00f3n, la recapitulaci\u00f3n del Antiguo y del Nuevo Testamento, de las promesas de la Ley y de su cumplimiento en el Evangelio; \u00e9l es el v\u00ednculo viviente y eterno entre la antigua y la nueva alianza. Por su parte, san Ambrosio, comentando el texto de Pablo en que dice: \u00abel fin de la ley es Cristo\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>10, 4), afirma que es \u00abfin no en cuanto defecto, sino en cuanto plenitud de la ley; la cual se cumple en Cristo (<em>plenitudo legis in Christo est<\/em>), porque \u00e9l no vino a abolir la ley, sino a darle cumplimiento. Al igual que, aunque existe un Antiguo Testamento, toda verdad est\u00e1 contenida en el Nuevo, as\u00ed ocurre con la ley: la que fue dada por medio de Mois\u00e9s es figura de la verdadera ley. Por tanto, la mosaica es imagen de la verdad\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24P\">25<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Jes\u00fas lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios&nbsp;<\/em>\u2014en particular, el mandamiento del amor al pr\u00f3jimo\u2014,&nbsp;<em>interiorizando y radicalizando sus exigencias:&nbsp;<\/em>el amor al pr\u00f3jimo brota de&nbsp;<em>un coraz\u00f3n que ama&nbsp;<\/em>y que, precisamente porque ama, est\u00e1 dispuesto a vivir&nbsp;<em>las mayores exigencias.&nbsp;<\/em>Jes\u00fas muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un l\u00edmite m\u00ednimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfecci\u00f3n, cuyo impulso interior es el amor (cf.&nbsp;<em>Col&nbsp;<\/em>3, 14). As\u00ed, el mandamiento \u00abNo matar\u00e1s\u00bb, se transforma en la llamada a un amor sol\u00edcito que tutela e impulsa la vida del pr\u00f3jimo; el precepto que proh\u00edbe el adulterio, se convierte en la invitaci\u00f3n a una mirada pura, capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo: \u00abHab\u00e9is o\u00eddo que se dijo a los antepasados: No matar\u00e1s; y aquel que mate ser\u00e1 reo ante el tribunal.&nbsp;<em>Pues yo os digo:&nbsp;<\/em>Todo aquel que se encolerice contra su hermano, ser\u00e1 reo ante el tribunal&#8230; Hab\u00e9is o\u00eddo que se dijo: No cometer\u00e1s adulterio.&nbsp;<em>Pues yo os digo:&nbsp;<\/em>Todo el que mira a una mujer dese\u00e1ndola, ya cometi\u00f3 adulterio con ella en su coraz\u00f3n\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 21-22. 27-28). Jes\u00fas mismo es el \u00abcumplimiento\u00bb vivo de la Ley, ya que \u00e9l realiza su aut\u00e9ntico significado con el don total de s\u00ed mismo;&nbsp;<em>\u00e9l mismo se hace Ley viviente y personal,&nbsp;<\/em>que invita a su seguimiento, da, mediante el Esp\u00edritu, la gracia de compartir su misma vida y su amor, e infunde la fuerza para dar testimonio del amor en las decisiones y en las obras (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 34-35).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abSi quieres ser perfecto\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 19, 21)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">16. La respuesta sobre los mandamientos no satisface al joven, que de nuevo pregunta a Jes\u00fas: \u00abTodo eso lo he guardado; \u00bfqu\u00e9 m\u00e1s me falta?\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 20). No es f\u00e1cil decir con la conciencia tranquila \u00abtodo eso lo he guardado\u00bb, si se comprende todo el alcance de las exigencias contenidas en la Ley de Dios. Sin embargo, aunque el joven rico sea capaz de dar una respuesta tal; aunque de verdad haya puesto en pr\u00e1ctica el ideal moral con seriedad y generosidad desde la infancia, \u00e9l sabe que a\u00fan est\u00e1 lejos de la meta; en efecto, ante la persona de Jes\u00fas se da cuenta de que todav\u00eda le falta algo. Jes\u00fas, en su \u00faltima respuesta, se refiere a esa conciencia de que a\u00fan falta algo: comprendiendo&nbsp;<em>la nostalgia de una plenitud que supere la interpretaci\u00f3n legalista de los mandamientos,&nbsp;<\/em>el Maestro bueno invita al joven a emprender&nbsp;<em>el camino de la perfecci\u00f3n:&nbsp;<\/em>\u00abSi quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y d\u00e1selo a los pobres, y tendr\u00e1s un tesoro en los cielos; luego ven, y s\u00edgueme\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 21).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al igual que el fragmento anterior, tambi\u00e9n \u00e9ste debe ser le\u00eddo e interpretado en el contexto de todo el mensaje moral del Evangelio y, especialmente, en el contexto del Serm\u00f3n de la monta\u00f1a, de las bienaventuranzas (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 3-12), la primera de las cuales es precisamente la de los pobres, los \u00abpobres de esp\u00edritu\u00bb, como precisa san Mateo (<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 3), esto es, los humildes. En este sentido, se puede decir que tambi\u00e9n las bienaventuranzas pueden ser encuadradas en el amplio espacio que se abre con la respuesta que da Jes\u00fas a la pregunta del joven: \u00ab\u00bfqu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?\u00bb. En efecto, cada bienaventuranza, desde su propia perspectiva, promete precisamente aquel&nbsp;<em>bien&nbsp;<\/em>que abre al hombre a la vida eterna; m\u00e1s a\u00fan, que es la misma vida eterna.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Las bienaventuranzas&nbsp;<\/em>no tienen propiamente como objeto unas normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y disposiciones b\u00e1sicas de la existencia y, por consiguiente,&nbsp;<em>no coinciden exactamente con los mandamientos.&nbsp;<\/em>Por otra parte,&nbsp;<em>no hay separaci\u00f3n o discrepancia&nbsp;<\/em>entre las bienaventuranzas y los mandamientos: ambos se refieren al bien, a la vida eterna. El Serm\u00f3n de la monta\u00f1a comienza con el anuncio de las bienaventuranzas, pero hace tambi\u00e9n referencia a los mandamientos (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 20-48). Adem\u00e1s, el Serm\u00f3n muestra la apertura y orientaci\u00f3n de los mandamientos con la perspectiva de la perfecci\u00f3n que es propia de las bienaventuranzas. \u00c9stas son, ante todo,&nbsp;<em>promesas&nbsp;<\/em>de las que tambi\u00e9n se derivan, de forma indirecta,&nbsp;<em>indicaciones normativas<\/em>&nbsp;para la vida moral. En su profundidad original son una especie de&nbsp;<em>autorretrato de Cristo&nbsp;<\/em>y, precisamente por esto, son<em>&nbsp;invitaciones a su seguimiento y a la comuni\u00f3n de vida con \u00e9l&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24Q\">26<\/a><\/sup><\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">17. No sabemos hasta qu\u00e9 punto el joven del evangelio comprendi\u00f3 el contenido profundo y exigente de la primera respuesta dada por Jes\u00fas: \u00abSi quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos\u00bb; sin embargo, es cierto que la afirmaci\u00f3n manifestada por el joven de haber respetado todas las exigencias morales de los mandamientos constituye el terreno indispensable sobre el que puede brotar y madurar el deseo de la perfecci\u00f3n, es decir, la realizaci\u00f3n de su significado mediante el seguimiento de Cristo. El coloquio de Jes\u00fas con el joven nos ayuda a comprender&nbsp;<em>las condiciones para el crecimiento moral del hombre llamado a la perfecci\u00f3n:&nbsp;<\/em>el joven, que ha observado todos los mandamientos, se muestra incapaz de dar el paso siguiente s\u00f3lo con sus fuerzas. Para hacerlo se necesita una libertad madura (\u00absi quieres\u00bb) y el don divino de la gracia (\u00abven, y s\u00edgueme\u00bb).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>La perfecci\u00f3n exige aquella madurez en el darse a s\u00ed mismo, a que est\u00e1 llamada la libertad del hombre.&nbsp;<\/em>Jes\u00fas indica al joven los mandamientos como la primera condici\u00f3n irrenunciable para conseguir la vida eterna; el abandono de todo lo que el joven posee y el seguimiento del Se\u00f1or asumen, en cambio, el car\u00e1cter de una propuesta: \u00abSi quieres&#8230;\u00bb. La palabra de Jes\u00fas manifiesta la din\u00e1mica particular del crecimiento de la libertad hacia su madurez y, al mismo tiempo,&nbsp;<em>atestigua la relaci\u00f3n fundamental de la libertad con la ley divina.&nbsp;<\/em>La libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente. El disc\u00edpulo de Cristo sabe que la suya es una vocaci\u00f3n a la libertad. \u00abHermanos, hab\u00e9is sido llamados a la libertad\u00bb (<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 13), proclama con alegr\u00eda y decisi\u00f3n el ap\u00f3stol Pablo. Pero, a continuaci\u00f3n, precisa: \u00abNo tom\u00e9is de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, serv\u00edos por amor los unos a los otros\u00bb (<em>ib.<\/em>). La firmeza con la cual el Ap\u00f3stol se opone a quien conf\u00eda la propia justificaci\u00f3n a la Ley, no tiene nada que ver con la \u00abliberaci\u00f3n\u00bb del hombre con respecto a los preceptos, los cuales, en verdad, est\u00e1n al servicio del amor: \u00abPues el que ama al pr\u00f3jimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de:&nbsp;<em>No adulterar\u00e1s, no matar\u00e1s, no robar\u00e1s, no codiciar\u00e1s,&nbsp;<\/em>y todos los dem\u00e1s preceptos, se resumen en esta f\u00f3rmula:&nbsp;<em>Amar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo como a ti mismo\u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Rm&nbsp;<\/em>13, 8-9). El mismo san Agust\u00edn, despu\u00e9s de haber hablado de la observancia de los mandamientos como de la primera libertad imperfecta, prosigue as\u00ed: \u00ab\u00bfPor qu\u00e9, preguntar\u00e1 alguno, no perfecta todav\u00eda? Porque &#8220;siento en mis miembros otra ley en conflicto con la ley de mi raz\u00f3n&#8221;&#8230; Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es a\u00fan completa, a\u00fan no es pura ni plena porque todav\u00eda no estamos en la eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en parte hemos alcanzado la libertad. Todos nuestros pecados han sido borrados en el bautismo, pero \u00bfacaso ha desaparecido la debilidad despu\u00e9s de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera desaparecido, se vivir\u00eda sin pecado en la tierra. \u00bfQui\u00e9n osar\u00e1 afirmar esto sino el soberbio, el indigno de la misericordia del liberador?&#8230; Mas, como nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley del pecado somos esclavos\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24R\">27<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">18. Quien \u00abvive seg\u00fan la carne\u00bb siente la ley de Dios como un peso, m\u00e1s a\u00fan, como una negaci\u00f3n o, de cualquier modo, como una restricci\u00f3n de la propia libertad. En cambio, quien est\u00e1 movido por el amor y \u00abvive seg\u00fan el Esp\u00edritu\u00bb (<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 16), y desea servir a los dem\u00e1s, encuentra en la ley de Dios el camino fundamental y necesario para practicar el amor libremente elegido y vivido. M\u00e1s a\u00fan, siente la urgencia interior \u2014una verdadera y propia<em>&nbsp;necesidad,&nbsp;<\/em>y no ya una constricci\u00f3n\u2014 de no detenerse ante las exigencias m\u00ednimas de la ley, sino de vivirlas en su&nbsp;<em>plenitud.<\/em>&nbsp;Es un camino todav\u00eda incierto y fr\u00e1gil mientras estemos en la tierra, pero que la gracia hace posible al darnos la plena \u00ablibertad de los hijos de Dios\u00bb (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 21) y, consiguientemente, la capacidad de poder responder en la vida moral a la sublime vocaci\u00f3n de ser \u00abhijos en el Hijo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta vocaci\u00f3n al amor perfecto no est\u00e1 reservada de modo exclusivo a una \u00e9lite de personas.&nbsp;<em>La invitaci\u00f3n:&nbsp;<\/em>\u00abanda, vende lo que tienes y d\u00e1selo a los pobres\u00bb, junto con la promesa: \u00abtendr\u00e1s un tesoro en los cielos\u00bb,&nbsp;<em>se dirige a todos,&nbsp;<\/em>porque es una radicalizaci\u00f3n del mandamiento del amor al pr\u00f3jimo. De la misma manera, la siguiente invitaci\u00f3n: \u00abven y s\u00edgueme\u00bb, es la nueva forma concreta del mandamiento del amor a Dios. Los mandamientos y la invitaci\u00f3n de Jes\u00fas al joven rico est\u00e1n al servicio de una \u00fanica e indivisible caridad, que espont\u00e1neamente tiende a la perfecci\u00f3n, cuya medida es Dios mismo: \u00abVosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial\u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;5, 48). En el evangelio de Lucas, Jes\u00fas precisa a\u00fan m\u00e1s el sentido de esta perfecci\u00f3n: \u00abSed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso\u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>6, 36).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abVen, y s\u00edgueme\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 19, 21)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">19. El camino y, a la vez, el contenido de esta perfecci\u00f3n consiste en la&nbsp;<em>sequela Christi,&nbsp;<\/em>en el seguimiento de Jes\u00fas, despu\u00e9s de haber renunciado a los propios bienes y a s\u00ed mismos. Precisamente \u00e9sta es la conclusi\u00f3n del coloquio de Jes\u00fas con el joven: \u00abluego ven, y s\u00edgueme\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 21). Es una invitaci\u00f3n cuya profundidad maravillosa ser\u00e1 entendida plenamente por los disc\u00edpulos despu\u00e9s de la resurrecci\u00f3n de Cristo, cuando el Esp\u00edritu Santo los guiar\u00e1 hasta la verdad completa (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>16, 13).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es Jes\u00fas mismo quien toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada est\u00e1 dirigida sobre todo a aquellos a quienes conf\u00eda una misi\u00f3n particular, empezando por los Doce; pero tambi\u00e9n es cierto que la condici\u00f3n de todo creyente es ser disc\u00edpulo de Cristo (cf.<em>Hch&nbsp;<\/em>6, 1). Por esto,&nbsp;<em>seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana:&nbsp;<\/em>como el pueblo de Israel segu\u00eda a Dios, que lo guiaba por el desierto hacia la tierra prometida (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>13, 21), as\u00ed el disc\u00edpulo debe seguir a Jes\u00fas, hacia el cual lo atrae el mismo Padre (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 44).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No se trata aqu\u00ed solamente de escuchar una ense\u00f1anza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho m\u00e1s radical:&nbsp;<em>adherirse a la persona misma de Jes\u00fas,&nbsp;<\/em>compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre. El disc\u00edpulo de Jes\u00fas, siguiendo, mediante la adhesi\u00f3n por la fe, a aqu\u00e9l que es la Sabidur\u00eda encarnada, se hace verdaderamente&nbsp;<em>disc\u00edpulo de Dios&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 45). En efecto, Jes\u00fas es la luz del mundo, la luz de la vida (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>8, 12); es el pastor que gu\u00eda y alimenta a las ovejas (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 11-16), es el camino, la verdad y la vida (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 6), es aquel que lleva hacia el Padre, de tal manera que verle a \u00e9l, al Hijo, es ver al Padre (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 6-10). Por eso, imitar al Hijo, \u00abimagen de Dios invisible\u00bb (<em>Col&nbsp;<\/em>1, 15), significa imitar al Padre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">20.&nbsp;<em>Jes\u00fas pide que le sigan y le imiten en el camino del amor, de un amor que se da totalmente a los hermanos por amor de Dios:<\/em>&nbsp;\u00ab\u00c9ste es el mandamiento m\u00edo: que os am\u00e9is los unos a los otros como yo os he amado\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 12). Este \u00abcomo\u00bb exige la&nbsp;<em>imitaci\u00f3n de Jes\u00fas,&nbsp;<\/em>la&nbsp;<em>imitaci\u00f3n&nbsp;<\/em>de su amor, cuyo signo es el lavatorio de los pies: \u00abPues si yo, el Se\u00f1or y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros tambi\u00e9n deb\u00e9is lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que tambi\u00e9n vosotros hag\u00e1is&nbsp;<em>como<\/em>&nbsp;yo he hecho con vosotros\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 14-15). El modo de actuar de Jes\u00fas y sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la regla moral de la vida cristiana. En efecto, estas acciones suyas y, de modo particular, el acto supremo de su pasi\u00f3n y muerte en la cruz, son la revelaci\u00f3n viva de su amor al Padre y a los hombres. \u00c9ste es el amor que Jes\u00fas pide que imiten cuantos le siguen. Es&nbsp;<em>el mandamiento \u00abnuevo\u00bb:&nbsp;<\/em>\u00abOs doy un mandamiento nuevo: que os am\u00e9is los unos a los otros. Que,&nbsp;<em>como&nbsp;<\/em>yo os he amado, as\u00ed os am\u00e9is tambi\u00e9n vosotros los unos a los otros. En esto conocer\u00e1n todos que sois disc\u00edpulos m\u00edos: si os ten\u00e9is amor los unos a los otros\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 34-35).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este&nbsp;<em>como&nbsp;<\/em>indica tambi\u00e9n la&nbsp;<em>medida&nbsp;<\/em>con la que Jes\u00fas ha amado y con la que deben amarse sus disc\u00edpulos entre s\u00ed. Despu\u00e9s de haber dicho: \u00ab\u00c9ste es el mandamiento m\u00edo: que os am\u00e9is los unos a los otros&nbsp;<em>como&nbsp;<\/em>yo os he amado\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 12), Jes\u00fas prosigue con las palabras que indican el don sacrificial de su vida en la cruz, como testimonio de un amor \u00abhasta el extremo\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 1): \u00abNadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos\u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;15, 13).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jes\u00fas, al llamar al joven a seguirle en el camino de la perfecci\u00f3n, le pide que sea perfecto en el mandamiento del amor, en&nbsp;<em>su&nbsp;<\/em>mandamiento: que se inserte en el movimiento de su entrega total, que imite y reviva el mismo amor del Maestro&nbsp;<em>bueno<\/em>, de aquel que ha amado&nbsp;<em>hasta el extremo<\/em>. Esto es lo que Jes\u00fas pide a todo hombre que quiere seguirlo: \u00abSi alguno quiere venir en pos de m\u00ed, ni\u00e9guese a s\u00ed mismo, tome su cruz y s\u00edgame\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>16, 24).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">21.&nbsp;<em>Seguir a Cristo&nbsp;<\/em>no es una imitaci\u00f3n exterior, porque afecta al hombre en su interioridad m\u00e1s profunda. Ser disc\u00edpulo de Jes\u00fas significa&nbsp;<em>hacerse conforme a \u00e9l,&nbsp;<\/em>que se hizo servidor de todos hasta el don de s\u00ed mismo en la cruz (cf.&nbsp;<em>Flp&nbsp;<\/em>2, 5-8). Mediante la fe, Cristo habita en el coraz\u00f3n del creyente (cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>3, 17), el disc\u00edpulo se asemeja a su Se\u00f1or y se configura con \u00e9l; lo cual es&nbsp;<em>fruto de la gracia,&nbsp;<\/em>de la presencia operante del Esp\u00edritu Santo en nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Inserido en Cristo, el cristiano se convierte en&nbsp;<em>miembro de su Cuerpo, que es la Iglesia&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>1 Co&nbsp;<\/em>12, 13. 27). Bajo el impulso del Esp\u00edritu, el&nbsp;<em>bautismo&nbsp;<\/em>configura radicalmente al fiel con Cristo en el misterio pascual de la muerte y resurrecci\u00f3n, lo \u00abreviste\u00bb de Cristo (cf.&nbsp;<em>Ga&nbsp;<\/em>3, 27): \u00abFelicit\u00e9monos y demos gracias \u2014dice san Agust\u00edn dirigi\u00e9ndose a los bautizados\u2014: hemos llegado a ser no solamente cristianos, sino el propio Cristo (&#8230;). Admiraos y regocijaos: \u00a1hemos sido hechos Cristo!\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24S\">28<\/a><\/sup>. El bautizado, muerto al pecado, recibe la vida nueva (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>6, 3-11): viviendo por Dios en Cristo Jes\u00fas, es llamado a caminar seg\u00fan el Esp\u00edritu y a manifestar sus frutos en la vida (cf.&nbsp;<em>Ga<\/em>&nbsp;5, 16-25). La participaci\u00f3n sucesiva en la Eucarist\u00eda, sacramento de la nueva alianza (cf.&nbsp;<em>1 Co&nbsp;<\/em>11, 23-29), es el culmen de la asimilaci\u00f3n a Cristo, fuente de \u00abvida eterna\u00bb (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 51-58), principio y fuerza del don total de s\u00ed mismo, del cual Jes\u00fas \u2014seg\u00fan el testimonio dado por Pablo\u2014 manda hacer memoria en la celebraci\u00f3n y en la vida: \u00abCada vez que com\u00e9is este pan y beb\u00e9is esta copa, anunci\u00e1is la muerte del Se\u00f1or, hasta que venga\u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>11, 26).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abPara Dios todo es posible\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 19, 26)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">22. La conclusi\u00f3n del coloquio de Jes\u00fas con el joven rico es amarga: \u00abAl o\u00edr estas palabras, el joven se march\u00f3 entristecido, porque ten\u00eda muchos bienes\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 22). No s\u00f3lo el hombre rico, sino tambi\u00e9n los mismos disc\u00edpulos se asustan de la llamada de Jes\u00fas al seguimiento, cuyas exigencias superan las aspiraciones y las fuerzas humanas: \u00abAl o\u00edr esto, los disc\u00edpulos, llenos de asombro, dec\u00edan: &#8220;Entonces, \u00bfqui\u00e9n se podr\u00e1 salvar?&#8221;\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 25). Pero&nbsp;<em>el Maestro pone ante los ojos el poder de Dios:&nbsp;<\/em>\u00abPara los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible\u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 26).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el mismo cap\u00edtulo del evangelio de Mateo (19, 3-10), Jes\u00fas, interpretando la ley mosaica sobre el matrimonio, rechaza el derecho al repudio, apelando a un&nbsp;<em>principio&nbsp;<\/em>m\u00e1s originario y autorizado respecto a la ley de Mois\u00e9s: el designio primordial de Dios sobre el hombre, un designio al que el hombre se ha incapacitado despu\u00e9s del pecado: \u00abMois\u00e9s, teniendo en cuenta la dureza de vuestro coraz\u00f3n, os permiti\u00f3 repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue as\u00ed\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 8). La apelaci\u00f3n al&nbsp;<em>principio&nbsp;<\/em>asusta a los disc\u00edpulos, que comentan con estas palabras: \u00abSi tal es la condici\u00f3n del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 10). Y Jes\u00fas, refiri\u00e9ndose espec\u00edficamente al carisma del celibato \u00abpor el reino de los cielos\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 12), pero enunciando ahora una ley general, remite a la nueva y sorprendente posibilidad abierta al hombre por la gracia de Dios: \u00ab\u00c9l les dijo: &#8220;No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido&#8221;\u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 11).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Imitar y revivir el amor de Cristo no es posible para el hombre con sus solas fuerzas. Se hace&nbsp;<em>capaz de este amor s\u00f3lo gracias a un don recibido.&nbsp;<\/em>Lo mismo que el Se\u00f1or Jes\u00fas recibe el amor de su Padre, as\u00ed, a su vez, lo comunica gratuitamente a los disc\u00edpulos: \u00abComo el Padre me am\u00f3, yo tambi\u00e9n os he amado a vosotros; permaneced en mi amor\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 9).&nbsp;<em>El don de Cristo es su Esp\u00edritu,&nbsp;<\/em>cuyo primer \u00abfruto\u00bb (cf.&nbsp;<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 22) es la caridad: \u00abEl amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp\u00edritu Santo que nos ha sido dado\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>5, 5). San Agust\u00edn se pregunta: \u00ab\u00bfEs el amor el que nos hace observar los mandamientos, o bien es la observancia de los mandamientos la que hace nacer el amor?\u00bb. Y responde: \u00abPero \u00bfqui\u00e9n puede dudar de que el amor precede a la observancia? En efecto, quien no ama est\u00e1 sin motivaciones para guardar los mandamientos\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24T\">29<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">23. \u00abLa ley del Esp\u00edritu que da la vida en Cristo Jes\u00fas te liber\u00f3 de la ley del pecado y de la muerte\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 2). Con estas palabras el ap\u00f3stol Pablo nos introduce a considerar en la perspectiva de la historia de la salvaci\u00f3n que se cumple en Cristo&nbsp;<em>la relaci\u00f3n entre la ley&nbsp;<\/em>(antigua)&nbsp;<em>y la gracia&nbsp;<\/em>(ley nueva). \u00c9l reconoce la funci\u00f3n pedag\u00f3gica de la ley, la cual, al permitirle al hombre pecador valorar su propia impotencia y quitarle la presunci\u00f3n de la autosuficiencia, lo abre a la invocaci\u00f3n y a la acogida de la \u00abvida en el Esp\u00edritu\u00bb. S\u00f3lo en esta vida nueva es posible practicar los mandamientos de Dios. En efecto, es por la fe en Cristo como somos justificados (cf.<em>&nbsp;Rm&nbsp;<\/em>3, 28): la&nbsp;<em>justicia&nbsp;<\/em>que la ley exige, pero que ella no puede dar, la encuentra todo creyente manifestada y concedida por el Se\u00f1or Jes\u00fas. De este modo san Agust\u00edn sintetiza admirablemente la dial\u00e9ctica paulina entre ley y gracia: \u00abPor esto, la ley ha sido dada para que se implorase la gracia; la gracia ha sido dada para que se observase la ley\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24U\">30<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El amor y la vida seg\u00fan el Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo la categor\u00eda de precepto, porque lo que exigen supera las fuerzas del hombre. S\u00f3lo son posibles como fruto de un don de Dios, que sana, cura y transforma el coraz\u00f3n del hombre por medio de su gracia: \u00abPorque la ley fue dada por medio de Mois\u00e9s; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 17). Por esto, la promesa de la vida eterna est\u00e1 vinculada al don de la gracia, y el don del Esp\u00edritu que hemos recibido es ya \u00abprenda de nuestra herencia\u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>1, 14).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">24. De esta manera, se manifiesta el rostro verdadero y original del mandamiento del amor y de la perfecci\u00f3n a la que est\u00e1 ordenado; se trata de una&nbsp;<em>posibilidad abierta al hombre exclusivamente por la gracia,&nbsp;<\/em>por el don de Dios, por su amor. Por otra parte, precisamente la conciencia de haber recibido el don, de poseer en Jesucristo el amor de Dios, genera y sostiene<em>&nbsp;la respuesta responsable&nbsp;<\/em>de un amor pleno hacia Dios y entre los hermanos, como recuerda con insistencia el ap\u00f3stol san Juan en su primera carta: \u00abQueridos, am\u00e9monos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor&#8230; Queridos, si Dios nos am\u00f3 de esta manera, tambi\u00e9n nosotros debemos amarnos unos a otros&#8230; Nosotros amemos, porque \u00e9l nos am\u00f3 primero\u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>4, 7-8. 11. 19).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta relaci\u00f3n inseparable entre la gracia del Se\u00f1or y la libertad del hombre, entre el don y la tarea, ha sido expresada en t\u00e9rminos sencillos y profundos por san Agust\u00edn, que oraba de esta manera:&nbsp;<em>\u00abDa quod iubes et iube quod vis<\/em>\u00bb (Da lo que mandas y manda lo que quieras)&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24V\">31<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El don no disminuye, sino que refuerza la exigencia moral del amor:&nbsp;<\/em>\u00ab\u00c9ste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mand\u00f3\u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>3, 23). Se puede&nbsp;<em>permanecer&nbsp;<\/em>en el amor s\u00f3lo bajo la condici\u00f3n de que se observen los mandamientos, como afirma Jes\u00fas: \u00abSi guard\u00e1is mis mandamientos, permanecer\u00e9is en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 10).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Resumiendo lo que constituye el n\u00facleo del mensaje moral de Jes\u00fas y de la predicaci\u00f3n de los Ap\u00f3stoles, y volviendo a ofrecer en admirable s\u00edntesis la gran tradici\u00f3n de los Padres de Oriente y de Occidente \u2014en particular san Agust\u00edn&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24W\">32<\/a><\/sup>\u2014, santo Tom\u00e1s afirma que&nbsp;<em>la Ley nueva&nbsp;<\/em>es&nbsp;<em>la gracia del Esp\u00edritu Santo dada mediante la fe en Cristo&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24X\">33<\/a><\/sup><\/em>. Los preceptos externos, de los que tambi\u00e9n habla el evangelio, preparan para esta gracia o difunden sus efectos en la vida. En efecto, la Ley nueva no se contenta con decir lo que se debe hacer, sino que otorga tambi\u00e9n la fuerza para \u00abobrar la verdad\u00bb (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 21). Al mismo tiempo, san Juan Cris\u00f3stomo observa que la Ley nueva fue promulgada precisamente cuando el Esp\u00edritu Santo baj\u00f3 del cielo el d\u00eda de Pentecost\u00e9s y que los Ap\u00f3stoles \u00abno bajaron del monte llevando, como Mois\u00e9s, tablas de piedra en sus manos, sino que volv\u00edan llevando al Esp\u00edritu Santo en sus corazones&#8230;, convertidos, mediante su gracia, en una ley viva, en un libro animado\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24Y\">34<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abHe aqu\u00ed que yo estoy con vosotros todos los d\u00edas hasta el fin del mundo\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 28, 20)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">25. El coloquio de Jes\u00fas con el joven rico&nbsp;<em>contin\u00faa,&nbsp;<\/em>en cierto sentido,&nbsp;<em>en cada \u00e9poca de la historia; tambi\u00e9n hoy.&nbsp;<\/em>La pregunta: \u00abMaestro, \u00bfqu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?\u00bb brota en el coraz\u00f3n de todo hombre, y es siempre y s\u00f3lo Cristo quien ofrece la respuesta plena y definitiva. El Maestro que ense\u00f1a los mandamientos de Dios, que invita al seguimiento y da la gracia para una vida nueva, est\u00e1 siempre presente y operante en medio de nosotros, seg\u00fan su promesa: \u00abHe aqu\u00ed que yo estoy con vosotros todos los d\u00edas hasta el fin del mundo\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>28, 20).&nbsp;<em>La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada \u00e9poca se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia.&nbsp;<\/em>Por esto el Se\u00f1or prometi\u00f3 a sus disc\u00edpulos el Esp\u00edritu Santo, que les \u00abrecordar\u00eda\u00bb y les har\u00eda comprender sus mandamientos (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 26), y, al mismo tiempo, ser\u00eda el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 5-8;&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 1-13).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la antigua alianza y perfeccionadas en la nueva y eterna en la persona misma del Hijo de Dios hecho hombre, deben ser&nbsp;<em>custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente&nbsp;<\/em>en las diferentes culturas a lo largo de la historia. La tarea de su interpretaci\u00f3n ha sido confiada por Jes\u00fas a los Ap\u00f3stoles y a sus sucesores, con la asistencia especial del Esp\u00edritu de la verdad: \u00abQuien a vosotros os escucha, a m\u00ed me escucha\u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 16). Con la luz y la fuerza de este Esp\u00edritu, los Ap\u00f3stoles cumplieron la misi\u00f3n de predicar el Evangelio y se\u00f1alar el \u00abcamino\u00bb del Se\u00f1or (cf.&nbsp;<em>Hch<\/em>&nbsp;18, 25), ense\u00f1ando ante todo el seguimiento y la imitaci\u00f3n de Cristo: \u00abPara m\u00ed la vida es Cristo\u00bb (<em>Flp&nbsp;<\/em>1, 21).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">26. En la&nbsp;<em>catequesis moral de los Ap\u00f3stoles,&nbsp;<\/em>junto a exhortaciones e indicaciones relacionadas con el contexto hist\u00f3rico y cultural, hay una ense\u00f1anza \u00e9tica con precisas normas de comportamiento. Es cuanto emerge en sus cartas, que contienen la interpretaci\u00f3n \u2014bajo la gu\u00eda del Esp\u00edritu Santo\u2014 de los preceptos del Se\u00f1or que hay que vivir en las diversas circunstancias culturales (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>12, 15;&nbsp;<em>1 Co&nbsp;<\/em>11-14;&nbsp;<em>Ga&nbsp;<\/em>5-6;&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>4-6;&nbsp;<em>Col&nbsp;<\/em>3-4;&nbsp;<em>1 P&nbsp;<\/em>y&nbsp;<em>St&nbsp;<\/em>). Encargados de predicar el Evangelio, los Ap\u00f3stoles, en virtud de su responsabilidad pastoral,&nbsp;<em>vigilaron,&nbsp;<\/em>desde los or\u00edgenes de la Iglesia,&nbsp;<em>sobre la recta conducta de los cristianos&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%24Z\">35<\/a><\/sup><\/em>, a la vez que vigilaron sobre la pureza de la fe y la transmisi\u00f3n de los dones divinos mediante los sacramentos&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2410\">36<\/a><\/sup>. Los primeros cristianos, provenientes tanto del pueblo jud\u00edo como de la gentilidad, se diferenciaban de los paganos no s\u00f3lo por su fe y su liturgia, sino tambi\u00e9n por el testimonio de su conducta moral, inspirada en la Ley nueva<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2411\">37<\/a><\/sup>. En efecto, la Iglesia es a la vez comuni\u00f3n de fe y de vida; su norma es \u00abla fe que act\u00faa por la caridad\u00bb (<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ninguna laceraci\u00f3n debe atentar contra la&nbsp;<em>armon\u00eda entre la fe y la vida: la unidad de la Iglesia&nbsp;<\/em>es herida no s\u00f3lo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino tambi\u00e9n por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf.&nbsp;<em>1 Co&nbsp;<\/em>5, 9-13). Los Ap\u00f3stoles rechazaron con decisi\u00f3n toda disociaci\u00f3n entre el compromiso del coraz\u00f3n y las acciones que lo expresan y demuestran (cf.&nbsp;<em>1 Jn&nbsp;<\/em>2, 3-6). Y desde los tiempos apost\u00f3licos, los pastores de la Iglesia han denunciado con claridad los modos de actuar de aquellos que eran instigadores de divisiones con sus ense\u00f1anzas o sus comportamientos&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2412\">38<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">27. Promover y custodiar, en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida moral es la misi\u00f3n confiada por Jes\u00fas a los Ap\u00f3stoles (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>28, 19-20), la cual se contin\u00faa en el ministerio de sus sucesores. Es cuanto se encuentra en la&nbsp;<em>Tradici\u00f3n viva,&nbsp;<\/em>mediante la cual \u2014como afirma el concilio Vaticano II\u2014 \u00abla Iglesia con su ense\u00f1anza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree. Esta Tradici\u00f3n apost\u00f3lica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Esp\u00edritu Santo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2413\">39<\/a><\/sup>. En el Esp\u00edritu, la Iglesia acoge y transmite la Escritura como testimonio de las&nbsp;<em>maravillas&nbsp;<\/em>que Dios ha hecho en la historia (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>1, 49), confiesa la verdad del Verbo hecho carne con los labios de los Padres y de los doctores, practica sus preceptos y la caridad en la vida de los santos y de las santas, y en el sacrificio de los m\u00e1rtires, celebra su esperanza en la liturgia. Mediante la Tradici\u00f3n los cristianos reciben \u00abla voz viva del Evangelio\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2414\">40<\/a><\/sup>, como expresi\u00f3n fiel de la sabidur\u00eda y de la voluntad divina.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Dentro de la Tradici\u00f3n se desarrolla, con la asistencia del Esp\u00edritu Santo,&nbsp;<em>la interpretaci\u00f3n aut\u00e9ntica&nbsp;<\/em>de la ley del Se\u00f1or. El mismo Esp\u00edritu, que est\u00e1 en el origen de la Revelaci\u00f3n, de los mandamientos y de las ense\u00f1anzas de Jes\u00fas, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las circunstancias. Esta&nbsp;<em>actualizaci\u00f3n&nbsp;<\/em>de los mandamientos es signo y fruto de una penetraci\u00f3n m\u00e1s profunda de la Revelaci\u00f3n y de una comprensi\u00f3n de las nuevas situaciones hist\u00f3ricas y culturales bajo la luz de la fe. Sin embargo, aqu\u00e9lla no puede m\u00e1s que confirmar la validez permanente de la revelaci\u00f3n e insertarse en la estela de la interpretaci\u00f3n que de ella da la gran tradici\u00f3n de ense\u00f1anzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de la Iglesia y la ense\u00f1anza del Magisterio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Adem\u00e1s, como afirma de modo particular el Concilio,&nbsp;<em>\u00abel oficio de interpretar aut\u00e9nticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado s\u00f3lo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2415\">41<\/a><\/sup><\/em>. De este modo, la Iglesia, con su vida y su ense\u00f1anza, se presenta como \u00abcolumna y fundamento de la verdad\u00bb (<em>1 Tm&nbsp;<\/em>3, 15), tambi\u00e9n de la verdad sobre el obrar moral. En efecto, \u00abcompete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, as\u00ed como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvaci\u00f3n de las almas\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2416\">42<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente sobre los interrogantes que caracterizan hoy la discusi\u00f3n moral y en torno a los cuales se han desarrollado nuevas tendencias y teor\u00edas, el Magisterio, en fidelidad a Jesucristo y en continuidad con la tradici\u00f3n de la Iglesia, siente m\u00e1s urgente el deber de ofrecer el propio discernimiento y ense\u00f1anza, para ayudar al hombre en su camino hacia la verdadera libertad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAPITULO II<br>&#8220;NO OS CONFORM\u00c9IS A LA MENTALIDAD DE ESTE MUNDO&#8221; (<em>Rom<\/em>&nbsp;12,2)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>La Iglesia y el discernimiento<br>de algunas tendencias de la teolog\u00eda moral actual<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Ense\u00f1ar lo que es conforme a la sana doctrina&nbsp;<\/em>(cf. Tt 2, 1)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">28. La meditaci\u00f3n del di\u00e1logo entre Jes\u00fas y el joven rico nos ha permitido recoger los contenidos esenciales de la revelaci\u00f3n del Antiguo y del Nuevo Testamento sobre el comportamiento moral. Son: la&nbsp;<em>subordinaci\u00f3n del hombre y de su obrar a Dios,&nbsp;<\/em>el \u00fanico que es \u00abBueno\u00bb; la&nbsp;<em>relaci\u00f3n, indicada de modo claro en los mandamientos divinos, entre el bien moral&nbsp;<\/em>de los actos humanos<em>&nbsp;y la vida eterna;&nbsp;<\/em>el&nbsp;<em>seguimiento de Cristo,&nbsp;<\/em>que abre al hombre la perspectiva del amor perfecto; y finalmente, el&nbsp;<em>don del Esp\u00edritu Santo,&nbsp;<\/em>fuente y fuerza de la vida moral de la \u00abnueva criatura\u00bb (cf.&nbsp;<em>2 Co&nbsp;<\/em>5, 17).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>La Iglesia,&nbsp;<\/em>en su reflexi\u00f3n moral, siempre ha tenido presentes las palabras que Jes\u00fas dirigi\u00f3 al joven rico. En efecto, la sagrada Escritura es la fuente siempre viva y fecunda de la doctrina moral de la Iglesia, como ha recordado el concilio Vaticano II: \u00abEl Evangelio (es)&#8230; fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2417\">43<\/a><\/sup>. La Iglesia ha custodiado fielmente lo que la palabra de Dios ense\u00f1a no s\u00f3lo sobre las verdades de fe, sino tambi\u00e9n sobre el comportamiento moral, es decir, el comportamiento que agrada a Dios (cf.&nbsp;<em>1 Ts<\/em>&nbsp;4, 1), llevando a cabo un&nbsp;<em>desarrollo doctrinal&nbsp;<\/em>an\u00e1logo al que se ha dado en el \u00e1mbito de las verdades de fe. La Iglesia, asistida por el Esp\u00edritu Santo que la gu\u00eda hasta la verdad completa (cf.<em>&nbsp;Jn&nbsp;<\/em>16, 13), no ha dejado, ni puede dejar nunca de escrutar el \u00abmisterio del Verbo encarnado\u00bb, pues s\u00f3lo en \u00e9l \u00abse esclarece el misterio del hombre\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2418\">44<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">29. La reflexi\u00f3n moral de la Iglesia, hecha siempre a la luz de Cristo, el \u00abMaestro bueno\u00bb, se ha desarrollado tambi\u00e9n en la forma espec\u00edfica de la ciencia teol\u00f3gica llamada&nbsp;<em>teolog\u00eda moral<\/em>; ciencia que acoge e interpela la divina Revelaci\u00f3n y responde a la vez a las exigencias de la raz\u00f3n humana. La teolog\u00eda moral es una reflexi\u00f3n que concierne a la \u00abmoralidad\u00bb, o sea, al bien y al mal de los actos humanos y de la persona que los realiza, y en este sentido est\u00e1 abierta a todos los hombres; pero es tambi\u00e9n<em>&nbsp;teolog\u00eda,&nbsp;<\/em>en cuanto reconoce el principio y el fin del comportamiento moral en el \u00fanico que es&nbsp;<em>Bueno&nbsp;<\/em>y que, d\u00e1ndose al hombre en Cristo, le ofrece las bienaventuranzas de la vida divina.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El concilio Vaticano II invit\u00f3 a los estudiosos a&nbsp;<em>poner \u00abuna atenci\u00f3n especial en perfeccionar la teolog\u00eda moral;&nbsp;<\/em>su exposici\u00f3n cient\u00edfica, alimentada en mayor grado con la doctrina de la sagrada Escritura, ha de iluminar la excelencia de la vocaci\u00f3n de los fieles en Cristo y su obligaci\u00f3n de producir frutos en el amor para la vida del mundo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2419\">45<\/a><\/sup>. El mismo Concilio invit\u00f3 a los te\u00f3logos a observar los m\u00e9todos y exigencias propios de la ciencia teol\u00f3gica, y \u00aba buscar continuamente un modo m\u00e1s adecuado de comunicar la doctrina a los hombres de su tiempo, porque una cosa es el dep\u00f3sito mismo de la fe, es decir, las verdades, y otra el modo en que se formulan, conservando su mismo sentido y significado\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241A\">46<\/a><\/sup>. De ah\u00ed la ulterior invitaci\u00f3n dirigida a todos los fieles, pero de manera especial a los te\u00f3logos: \u00abLos fieles deben vivir estrechamente unidos a los dem\u00e1s hombres de su tiempo y procurar comprender perfectamente su forma de pensar y sentir, lo cual se expresa por medio de la cultura\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241B\">47<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El esfuerzo de muchos te\u00f3logos, alentados por el Concilio, ya ha dado sus frutos con interesantes y \u00fatiles reflexiones sobre las verdades de fe que hay que creer y aplicar en la vida, presentadas de manera m\u00e1s adecuada a la sensibilidad y a los interrogantes de los hombres de nuestro tiempo. La Iglesia y particularmente los obispos, a los cuales Cristo ha confiado ante todo el servicio de ense\u00f1ar, acogen con gratitud este esfuerzo y alientan a los te\u00f3logos a un ulterior trabajo, animado por un profundo y aut\u00e9ntico temor del Se\u00f1or, que es el principio de la sabidur\u00eda (cf.&nbsp;<em>Pr&nbsp;<\/em>1, 7).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al mismo tiempo, en el \u00e1mbito de las discusiones teol\u00f3gicas posconciliares se han dado, sin embargo,&nbsp;<em>algunas interpretaciones de la moral cristiana que no son compatibles con la \u00abdoctrina sana\u00bb&nbsp;<\/em>(<em>2 Tm&nbsp;<\/em>4, 3). Ciertamente el Magisterio de la Iglesia no desea imponer a los fieles ning\u00fan sistema teol\u00f3gico particular y menos filos\u00f3fico, sino que, para \u00abcustodiar celosamente y explicar fielmente\u00bb la palabra de Dios&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241C\">48<\/a><\/sup>, tiene el deber de declarar la incompatibilidad de ciertas orientaciones del pensamiento teol\u00f3gico, y de algunas afirmaciones filos\u00f3ficas, con la verdad revelada&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241D\">49<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">30. Al dirigirme con esta enc\u00edclica a vosotros, hermanos en el episcopado, deseo enunciar los principios necesarios para el<em>&nbsp;discernimiento de lo que es contrario a la \u00abdoctrina sana\u00bb,&nbsp;<\/em>recordando aquellos elementos de la ense\u00f1anza moral de la Iglesia que hoy parecen particularmente expuestos al error, a la ambig\u00fcedad o al olvido. Por otra parte, son elementos de los cuales depende la \u00abrespuesta a los enigmas rec\u00f3nditos de la condici\u00f3n humana que, hoy como ayer, conmueven \u00edntimamente los corazones: \u00bfQu\u00e9 es el hombre?, \u00bfcu\u00e1l es el sentido y el fin de nuestra vida?, \u00bfqu\u00e9 es el bien y qu\u00e9 el pecado?, \u00bfcu\u00e1l es el origen y el fin del dolor?, \u00bfcu\u00e1l es el camino para conseguir la verdadera felicidad?, \u00bfqu\u00e9 es la muerte, el juicio y la retribuci\u00f3n despu\u00e9s de la muerte?, \u00bfcu\u00e1l es, finalmente, ese misterio \u00faltimo e inefable que abarca nuestra existencia, del que procedemos y hacia el que nos dirigimos?\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241E\">50<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Estos y otros interrogantes, como \u00bfqu\u00e9 es la libertad y cu\u00e1l es su relaci\u00f3n con la verdad contenida en la ley de Dios?, \u00bfcu\u00e1l es el papel de la conciencia en la formaci\u00f3n de la concepci\u00f3n moral del hombre?, \u00bfc\u00f3mo discernir, de acuerdo con la verdad sobre el bien, los derechos y deberes concretos de la persona humana?, se pueden resumir en la<em>&nbsp;pregunta fundamental&nbsp;<\/em>que el joven del evangelio hizo a Jes\u00fas: \u00abMaestro bueno, \u00bfqu\u00e9 he de hacer para tener en herencia la vida eterna?\u00bb. Enviada por Jes\u00fas a predicar el Evangelio y a \u00abhacer disc\u00edpulos a todas las gentes&#8230;, ense\u00f1\u00e1ndoles a guardar todo\u00bb lo que \u00e9l ha mandado (cf.<em>&nbsp;Mt&nbsp;<\/em>28, 19-20),&nbsp;<em>la Iglesia propone nuevamente, todav\u00eda hoy, la respuesta del Maestro.&nbsp;<\/em>\u00c9sta tiene una luz y una fuerza capaces de resolver incluso las cuestiones m\u00e1s discutidas y complejas. Esta misma luz y fuerza impulsan a la Iglesia a desarrollar constantemente la reflexi\u00f3n no s\u00f3lo dogm\u00e1tica, sino tambi\u00e9n moral en un \u00e1mbito interdisciplinar, y en la medida en que sea necesario para afrontar los nuevos problemas&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241F\">51<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Siempre bajo esta misma luz y fuerza, el&nbsp;<em>Magisterio de la Iglesia realiza su obra de discernimiento,&nbsp;<\/em>acogiendo y aplicando la exhortaci\u00f3n que el ap\u00f3stol Pablo dirig\u00eda a Timoteo: \u00abTe conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jes\u00fas, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su manifestaci\u00f3n y por su reino: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendr\u00e1 un tiempo en que los hombres no soportar\u00e1n la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se buscar\u00e1n una multitud de maestros por el prurito de o\u00edr novedades; apartar\u00e1n sus o\u00eddos de la verdad y se volver\u00e1n a las f\u00e1bulas. T\u00fa, en cambio, p\u00f3rtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la funci\u00f3n de evangelizador, desempe\u00f1a a la perfecci\u00f3n tu ministerio\u00bb (<em>2 Tm,&nbsp;<\/em>4, 1-5; cf.&nbsp;<em>Tt&nbsp;<\/em>1, 10.13-14).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abConocer\u00e9is la verdad y la verdad os har\u00e1 libres\u00bb&nbsp;<\/em>(Jn 8, 32)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">31. Los problemas humanos m\u00e1s debatidos y resueltos de manera diversa en la reflexi\u00f3n moral contempor\u00e1nea se relacionan, aunque sea de modo distinto, con un problema crucial: la&nbsp;<em>libertad del hombre.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No hay duda de que hoy d\u00eda existe una concientizaci\u00f3n particularmente viva sobre la libertad. \u00abLos hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia cada vez mayor de la dignidad de la persona humana\u00bb, como constataba ya la declaraci\u00f3n conciliar<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a>&nbsp;<\/em>sobre la libertad religiosa&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241G\">52<\/a><\/sup>. De ah\u00ed la reivindicaci\u00f3n de la posibilidad de que los hombres \u00abact\u00faen seg\u00fan su propio criterio y hagan uso de una libertad responsable, no movidos por coacci\u00f3n, sino guiados por la conciencia del deber\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241H\">53<\/a><\/sup>. En concreto, el derecho a la libertad religiosa y al respeto de la conciencia en su camino hacia la verdad es sentido cada vez m\u00e1s como fundamento de los derechos de la persona, considerados en su conjunto&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241I\">54<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo, el sentido m\u00e1s profundo de la dignidad de la persona humana y de su unicidad, as\u00ed como del respeto debido al camino de la conciencia, es ciertamente una adquisici\u00f3n positiva de la cultura moderna. Esta percepci\u00f3n, aut\u00e9ntica en s\u00ed misma, ha encontrado m\u00faltiples expresiones, m\u00e1s o menos adecuadas, de las cuales algunas, sin embargo, se alejan de la verdad sobre el hombre como criatura e imagen de Dios y necesitan por tanto ser corregidas o purificadas a la luz de la fe&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241J\">55<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">32. En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a&nbsp;<em>exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que ser\u00eda la fuente de los valores.&nbsp;<\/em>En esta direcci\u00f3n se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son expl\u00edcitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categ\u00f3rica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha a\u00f1adido indebidamente la afirmaci\u00f3n de que el juicio moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de \u00abacuerdo con uno mismo\u00bb, de tal forma que se ha llegado a una concepci\u00f3n radicalmente subjetivista del juicio moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evoluci\u00f3n&nbsp;<em>la crisis en torno a la verdad.&nbsp;<\/em>Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la raz\u00f3n humana puede conocer, ha cambiado tambi\u00e9n inevitablemente la concepci\u00f3n misma de la conciencia: a \u00e9sta ya no se la considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situaci\u00f3n y expresar as\u00ed un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aqu\u00ed y ahora; sino que m\u00e1s bien se est\u00e1 orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo aut\u00f3nomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visi\u00f3n coincide con una \u00e9tica individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los dem\u00e1s. El individualismo, llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negaci\u00f3n de la idea misma de naturaleza humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Estas diferentes concepciones est\u00e1n en la base de las corrientes de pensamiento que sostienen la antinomia entre ley moral y conciencia, entre naturaleza y libertad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">33.&nbsp;<em>Paralelamente&nbsp;<\/em>a la exaltaci\u00f3n de la libertad, y parad\u00f3jicamente en contraste con ella,&nbsp;<em>la cultura moderna pone radicalmente en duda esta misma libertad.&nbsp;<\/em>Un conjunto de disciplinas, agrupadas bajo el nombre de \u00abciencias humanas\u00bb, han llamado justamente la atenci\u00f3n sobre los condicionamientos de orden psicol\u00f3gico y social que pesan sobre el ejercicio de la libertad humana. El conocimiento de tales condicionamientos y la atenci\u00f3n que se les presta son avances importantes que han encontrado aplicaci\u00f3n en diversos \u00e1mbitos de la existencia, como por ejemplo en la pedagog\u00eda o en la administraci\u00f3n de la justicia. Pero algunos de ellos, superando las conclusiones que se pueden sacar leg\u00edtimamente de estas observaciones, han llegado a poner en duda o incluso a negar la realidad misma de la libertad humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay que recordar tambi\u00e9n algunas interpretaciones abusivas de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica en el campo de la antropolog\u00eda. Bas\u00e1ndose en la gran variedad de costumbres, h\u00e1bitos e instituciones presentes en la humanidad, se llega a conclusiones que, aunque no siempre niegan los valores humanos universales, s\u00ed llevan a una concepci\u00f3n relativista de la moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">34. \u00abMaestro bueno, \u00bfqu\u00e9 he de hacer para tener en herencia la vida eterna?\u00bb.&nbsp;<em>La pregunta moral,&nbsp;<\/em>a la que responde Cristo,&nbsp;<em>no puede prescindir del problema de la libertad, es m\u00e1s, lo considera central,&nbsp;<\/em>porque no existe moral sin libertad: \u00abEl hombre puede convertirse al bien s\u00f3lo en la libertad\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241K\">56<\/a><\/sup>.&nbsp;<em>Pero, \u00bfqu\u00e9 libertad?&nbsp;<\/em>El Concilio \u2014frente a aquellos contempor\u00e1neos nuestros que \u00abtanto defienden\u00bb la libertad y que la \u00abbuscan ardientemente\u00bb, pero que \u00aba menudo la cultivan de mala manera, como si fuera l\u00edcito todo con tal de que guste, incluso el mal\u00bb\u2014, presenta la&nbsp;<em>verdadera libertad:&nbsp;<\/em>\u00abLa verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios &#8220;dejar al hombre en manos de su propia decisi\u00f3n&#8221; (cf.&nbsp;<em>Si<\/em>&nbsp;15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiri\u00e9ndose a \u00e9l, llegue libremente a la plena y feliz perfecci\u00f3n\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241L\">57<\/a><\/sup>. Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de b\u00fasqueda de la verdad, existe a\u00fan antes la obligaci\u00f3n moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241M\">58<\/a><\/sup>. En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia, afirmaba con decisi\u00f3n: \u00abLa conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241N\">59<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Algunas tendencias de la teolog\u00eda moral actual, bajo el influjo de las corrientes subjetivistas e individualistas a que acabamos de aludir, interpretan de manera nueva la relaci\u00f3n de la libertad con la ley moral, con la naturaleza humana y con la conciencia, y proponen criterios innovadores de valoraci\u00f3n moral de los actos. Se trata de tendencias que, aun en su diversidad, coinciden en el hecho de debilitar o incluso negar&nbsp;<em>la dependencia de la libertad con respecto a la verdad.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si queremos hacer un discernimiento cr\u00edtico de estas tendencias \u2014capaz de reconocer cuanto hay en ellas de leg\u00edtimo, \u00fatil y valioso y de indicar, al mismo tiempo, sus ambig\u00fcedades, peligros y errores\u2014, debemos examinarlas teniendo en cuenta que la libertad depende fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido expresada de manera l\u00edmpida y autorizada por las palabras de Cristo: \u00abConocer\u00e9is la verdad y la verdad os har\u00e1 libres\u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;8, 32).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>I. La libertad y la ley<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abDel \u00e1rbol de la ciencia del bien y del mal no comer\u00e1s\u00bb&nbsp;<\/em>(Gn 2, 17)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">35. Leemos en el libro del&nbsp;<em>G\u00e9nesis:&nbsp;<\/em>\u00abDios impuso al hombre este mandamiento: &#8220;De cualquier \u00e1rbol del jard\u00edn puedes comer, mas del \u00e1rbol de la ciencia del bien y del mal no comer\u00e1s, porque el d\u00eda que comieres de \u00e9l, morir\u00e1s sin remedio&#8221;\u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 16-17).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con esta imagen, la Revelaci\u00f3n ense\u00f1a que&nbsp;<em>el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino s\u00f3lo a Dios.<\/em>&nbsp;El hombre es ciertamente libre, desde el momento en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque puede comer \u00abde cualquier \u00e1rbol del jard\u00edn\u00bb. Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe detenerse ante el&nbsp;<em>\u00e1rbol de la ciencia del bien y del mal,&nbsp;<\/em>por estar llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realizaci\u00f3n en esta aceptaci\u00f3n. Dios, el \u00fanico que es Bueno, conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se lo propone en los mandamientos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La ley de Dios, pues, no aten\u00faa ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y promueve. Pero, en contraste con lo anterior, algunas tendencias culturales contempor\u00e1neas abogan por determinadas orientaciones \u00e9ticas, que tienen como centro de su pensamiento&nbsp;<em>un pretendido conflicto entre la libertad y la ley.&nbsp;<\/em>Son las doctrinas que atribuyen a cada individuo o a los grupos sociales la facultad de&nbsp;<em>decidir sobre el bien y el mal:&nbsp;<\/em>la libertad humana podr\u00eda \u00abcrear los valores\u00bb y gozar\u00eda de una primac\u00eda sobre la verdad, hasta el punto de que la verdad misma ser\u00eda considerada una creaci\u00f3n de la libertad; la cual reivindicar\u00eda tal grado de&nbsp;<em>autonom\u00eda moral&nbsp;<\/em>que pr\u00e1cticamente significar\u00eda su&nbsp;<em>soberan\u00eda absoluta.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">36. La demanda de autonom\u00eda que se da en nuestros d\u00edas no ha dejado de ejercer su&nbsp;<em>influencia incluso en el \u00e1mbito de la teolog\u00eda moral cat\u00f3lica.&nbsp;<\/em>En efecto, si bien \u00e9sta nunca ha intentado contraponer la libertad humana a la ley divina, ni poner en duda la existencia de un fundamento religioso \u00faltimo de las normas morales, ha sido llevada, no obstante, a un profundo replanteamiento del papel de la raz\u00f3n y de la fe en la fijaci\u00f3n de las normas morales que se refieren a espec\u00edficos comportamientos \u00abintramundanos\u00bb, es decir, con respecto a s\u00ed mismos, a los dem\u00e1s y al mundo de las cosas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se debe constatar que en la base de este esfuerzo de replanteamiento se encuentran&nbsp;<em>algunas demandas positivas,&nbsp;<\/em>que, por otra parte, pertenecen, en su mayor\u00eda, a la mejor tradici\u00f3n del pensamiento cat\u00f3lico. Interpelados por el concilio Vaticano II&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241O\">60<\/a><\/sup>, se ha querido favorecer el di\u00e1logo con la cultura moderna, poniendo de relieve el car\u00e1cter racional \u2014y por lo tanto universalmente comprensible y comunicable\u2014 de las normas morales correspondientes al \u00e1mbito de la ley moral y natural&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241P\">61<\/a><\/sup>. Se ha querido reafirmar, adem\u00e1s, el car\u00e1cter interior de las exigencias \u00e9ticas que derivan de esa misma ley y que no se imponen a la voluntad como una obligaci\u00f3n, sino en virtud del reconocimiento previo de la raz\u00f3n humana y, concretamente, de la conciencia personal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Algunos, sin embargo, olvidando que la raz\u00f3n humana depende de la Sabidur\u00eda divina y que, en el estado actual de naturaleza ca\u00edda, existe la necesidad y la realidad efectiva de la divina Revelaci\u00f3n para el conocimiento de verdades morales incluso de orden natural&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241Q\">62<\/a><\/sup>, han llegado a teorizar una&nbsp;<em>completa autonom\u00eda de la raz\u00f3n&nbsp;<\/em>en el \u00e1mbito de las normas morales relativas al recto ordenamiento de la vida en este mundo. Tales normas constituir\u00edan el \u00e1mbito de una moral solamente \u00abhumana\u00bb, es decir, ser\u00edan la expresi\u00f3n de una ley que el hombre se da aut\u00f3nomamente a s\u00ed mismo y que tiene su origen exclusivamente en la raz\u00f3n humana. Dios en modo alguno podr\u00eda ser considerado autor de esta ley, a no ser en el sentido de que la raz\u00f3n humana ejerce su autonom\u00eda legisladora en virtud de un mandato originario y total de Dios al hombre. Ahora bien, estas tendencias de pensamiento han llevado a negar, contra la sagrada Escritura (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>15, 3-6) y la doctrina perenne de la Iglesia, que la ley moral natural tenga a Dios como autor y que el hombre, mediante su raz\u00f3n, participe de la ley eterna, que no ha sido establecida por \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">37. Queriendo, no obstante, mantener la vida moral en un contexto cristiano, ha sido introducida por algunos te\u00f3logos moralistas una clara distinci\u00f3n, contraria a la doctrina cat\u00f3lica&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241R\">63<\/a><\/sup>, entre un&nbsp;<em>orden \u00e9tico&nbsp;<\/em>\u2014que tendr\u00eda origen humano y valor solamente mundano\u2014, y un&nbsp;<em>orden de la salvaci\u00f3n,&nbsp;<\/em>para el cual tendr\u00edan importancia s\u00f3lo algunas intenciones y actitudes interiores ante Dios y el pr\u00f3jimo. En consecuencia, se ha llegado hasta el punto de negar la existencia, en la divina Revelaci\u00f3n, de un contenido moral espec\u00edfico y determinado, universalmente v\u00e1lido y permanente: la Palabra de Dios se limitar\u00eda a proponer una exhortaci\u00f3n, una par\u00e9nesis gen\u00e9rica, que luego s\u00f3lo la raz\u00f3n aut\u00f3noma tendr\u00eda el cometido de llenar de determinaciones normativas verdaderamente \u00abobjetivas\u00bb, es decir, adecuadas a la situaci\u00f3n hist\u00f3rica concreta. Naturalmente una autonom\u00eda concebida as\u00ed comporta tambi\u00e9n la negaci\u00f3n de una competencia doctrinal espec\u00edfica por parte de la Iglesia y de su magisterio sobre normas morales determinadas relativas al llamado \u00abbien humano\u00bb. \u00c9stas no pertenecer\u00edan al contenido propio de la Revelaci\u00f3n y no ser\u00edan en s\u00ed mismas importantes en orden a la salvaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No hay nadie que no vea que semejante interpretaci\u00f3n de la autonom\u00eda de la raz\u00f3n humana comporta tesis incompatibles con la doctrina cat\u00f3lica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este contexto es absolutamente necesario aclarar, a la luz de la palabra de Dios y de la tradici\u00f3n viva de la Iglesia, las nociones fundamentales sobre la libertad humana y la ley moral, as\u00ed como sus relaciones profundas e internas. S\u00f3lo as\u00ed ser\u00e1 posible corresponder a las justas exigencias de la racionalidad humana, incorporando los elementos v\u00e1lidos de algunas corrientes de la teolog\u00eda moral actual, sin prejuzgar el patrimonio moral de la Iglesia con tesis basadas en un err\u00f3neo concepto de autonom\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Dios quiso dejar al hombre \u00aben manos de su propio albedr\u00edo\u00bb&nbsp;<\/em>(Si 15, 14)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">38. Citando las palabras del Eclesi\u00e1stico, el concilio Vaticano II explica as\u00ed la \u00abverdadera libertad\u00bb que en el hombre es \u00absigno eminente de la imagen divina\u00bb: \u00abQuiso Dios &#8220;dejar al hombre en manos de su propio albedr\u00edo&#8221;, de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiri\u00e9ndose a \u00e9l, llegue libremente a la plena y feliz perfecci\u00f3n\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241S\">64<\/a><\/sup>. Estas palabras indican la maravillosa profundidad de la&nbsp;<em>participaci\u00f3n en la soberan\u00eda divina,&nbsp;<\/em>a la que el hombre ha sido llamado; indican que la soberan\u00eda del hombre se extiende, en cierto modo, sobre el hombre mismo. \u00c9ste es un aspecto puesto de relieve constantemente en la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica sobre la libertad humana, interpretada en los t\u00e9rminos de una forma de realeza. Dice, por ejemplo, san Gregorio Niseno: \u00abEl \u00e1nimo manifiesta su realeza y excelencia&#8230; en su estar sin due\u00f1o y libre, gobern\u00e1ndose autocr\u00e1ticamente con su voluntad. \u00bfDe qui\u00e9n m\u00e1s es propio esto sino del rey?&#8230; As\u00ed la naturaleza humana, creada para ser due\u00f1a de las dem\u00e1s criaturas, por la semejanza con el soberano del universo fue constituida como una viva imagen, part\u00edcipe de la dignidad y del nombre del Arquetipo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241T\">65<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Gobernar el mundo&nbsp;<\/em>constituye ya para el hombre un cometido grande y lleno de responsabilidad, que compromete su libertad a obedecer al Creador: \u00abHenchid la tierra y sometedla\u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>1, 28). Bajo este aspecto cada hombre, as\u00ed como la comunidad humana, tiene una justa autonom\u00eda, a la cual la constituci\u00f3n conciliar<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a>&nbsp;<\/em>dedica una especial atenci\u00f3n. Es la autonom\u00eda de las realidades terrenas, la cual significa que \u00ablas cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241U\">66<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">39. No s\u00f3lo el mundo, sino tambi\u00e9n&nbsp;<em>el hombre mismo ha sido confiado a su propio cuidado y responsabilidad.&nbsp;<\/em>Dios lo ha dejado \u00aben manos de su propio albedr\u00edo\u00bb (<em>Si&nbsp;<\/em>15, 14), para que busque a su creador y alcance libremente la perfecci\u00f3n.&nbsp;<em>Alcanzar&nbsp;<\/em>significa<em>&nbsp;edificar personalmente en s\u00ed mismo esta perfecci\u00f3n.&nbsp;<\/em>En efecto, igual que gobernando el mundo el hombre lo configura seg\u00fan su inteligencia y voluntad, as\u00ed realizando actos moralmente buenos, el hombre confirma, desarrolla y consolida en s\u00ed mismo la semejanza con Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio, no obstante, llama la atenci\u00f3n ante un falso concepto de autonom\u00eda de las realidades terrenas: el que considera que \u00ablas cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin hacer referencia al Creador\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241V\">67<\/a><\/sup>. De cara al hombre, semejante concepto de autonom\u00eda produce efectos particularmente perjudiciales, asumiendo en \u00faltima instancia un car\u00e1cter ateo: \u00abPues sin el Creador la criatura se diluye&#8230; Adem\u00e1s, por el olvido de Dios la criatura misma queda oscurecida\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241W\">68<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">40. La ense\u00f1anza del Concilio subraya, por un lado,&nbsp;<em>la actividad de la raz\u00f3n humana&nbsp;<\/em>cuando determina la aplicaci\u00f3n de la ley moral: la vida moral exige la creatividad y la ingeniosidad propias de la persona, origen y causa de sus actos deliberados. Por otro lado, la raz\u00f3n encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabidur\u00eda divina&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241X\">69<\/a><\/sup>. La vida moral se basa, pues, en el principio de una \u00abjusta autonom\u00eda\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241Y\">70<\/a><\/sup>&nbsp;del hombre, sujeto personal de sus actos.&nbsp;<em>La ley moral proviene de Dios y en \u00e9l tiene siempre su origen.&nbsp;<\/em>En virtud de la raz\u00f3n natural, que deriva de la sabidur\u00eda divina,&nbsp;<em>la ley moral es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre.&nbsp;<\/em>En efecto, la ley natural, como se ha visto, \u00abno es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios ha donado esta luz y esta ley en la creaci\u00f3n\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%241Z\">71<\/a><\/sup>. La justa autonom\u00eda de la raz\u00f3n pr\u00e1ctica significa que el hombre posee en s\u00ed mismo la propia ley, recibida del Creador. Sin embargo,&nbsp;<em>la autonom\u00eda de la raz\u00f3n no puede significar la creaci\u00f3n,&nbsp;<\/em>por parte de la misma raz\u00f3n,&nbsp;<em>de los valores y de las normas morales&nbsp;<\/em><sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2420\">72<\/a><\/sup>. Si esta autonom\u00eda implicase una negaci\u00f3n de la participaci\u00f3n de la raz\u00f3n pr\u00e1ctica en la sabidur\u00eda del Creador y Legislador divino, o bien se sugiriera una libertad creadora de las normas morales, seg\u00fan las contingencias hist\u00f3ricas o las diversas sociedades y culturas, tal pretendida autonom\u00eda contradir\u00eda la ense\u00f1anza de la Iglesia sobre la verdad del hombre&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2421\">73<\/a><\/sup>. Ser\u00eda la muerte de la verdadera libertad: \u00abMas del \u00e1rbol de la ciencia del bien y del mal no comer\u00e1s, porque, el d\u00eda que comieres de \u00e9l, morir\u00e1s sin remedio\u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 17).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">41. La&nbsp;<em>verdadera autonom\u00eda moral&nbsp;<\/em>del hombre no significa en absoluto el rechazo, sino la aceptaci\u00f3n de la ley moral, del mandato de Dios: \u00abDios impuso al hombre este mandamiento&#8230;\u00bb (<em>Gn<\/em>&nbsp;2, 16).&nbsp;<em>La libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y est\u00e1n llamadas a compenetrarse entre s\u00ed,&nbsp;<\/em>en el sentido de la libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al hombre. Y, por tanto, la obediencia a Dios no es, como algunos piensan, una&nbsp;<em>heteronom\u00eda,&nbsp;<\/em>como si la vida moral estuviese sometida a la voluntad de una omnipotencia absoluta, externa al hombre y contraria a la afirmaci\u00f3n de su libertad. En realidad, si heteronom\u00eda de la moral significase negaci\u00f3n de la autodeterminaci\u00f3n del hombre o imposici\u00f3n de normas ajenas a su bien, tal heteronom\u00eda estar\u00eda en contradicci\u00f3n con la revelaci\u00f3n de la Alianza y de la Encarnaci\u00f3n redentora, y no ser\u00eda m\u00e1s que una forma de alienaci\u00f3n, contraria a la sabidur\u00eda divina y a la dignidad de la persona humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Algunos hablan justamente de&nbsp;<em>teonom\u00eda,&nbsp;<\/em>o de&nbsp;<em>teonom\u00eda participada,&nbsp;<\/em>porque la libre obediencia del hombre a la ley de Dios implica efectivamente que la raz\u00f3n y la voluntad humana participan de la sabidur\u00eda y de la providencia de Dios. Al prohibir al hombre que coma \u00abdel \u00e1rbol de la ciencia del bien y del mal\u00bb, Dios afirma que el hombre no tiene originariamente este \u00abconocimiento\u00bb, sino que participa de \u00e9l solamente mediante la luz de la raz\u00f3n natural y de la revelaci\u00f3n divina, que le manifiestan las exigencias y las llamadas de la sabidur\u00eda eterna. Por tanto, la ley debe considerarse como una expresi\u00f3n de la sabidur\u00eda divina. Someti\u00e9ndose a ella, la libertad se somete a la verdad de la creaci\u00f3n. Por esto conviene reconocer en la libertad de la persona humana la imagen y cercan\u00eda de Dios, que est\u00e1 \u00abpresente en todos\u00bb (cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>4, 6); asimismo, conviene proclamar la majestad del Dios del universo y venerar la santidad de la ley de Dios infinitamente trascendente.&nbsp;<em>Deus semper maior<\/em><sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2422\">74<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Dichoso el hombre que se complace en la ley del Se\u00f1or&nbsp;<\/em>(cf. Sal 1, 1-2)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">42. La libertad del hombre, modelada seg\u00fan la de Dios, no s\u00f3lo no es negada por su obediencia a la ley divina, sino que solamente mediante esta obediencia permanece en la verdad y es conforme a la dignidad del hombre, como dice claramente el Concilio: \u00abLa dignidad del hombre requiere, en efecto, que act\u00fae seg\u00fan una elecci\u00f3n consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presi\u00f3n de un ciego impulso interior o de la mera coacci\u00f3n externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liber\u00e1ndose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elecci\u00f3n del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados para ello\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2423\">75<\/a><\/sup>. El hombre, en su tender hacia Dios \u2014\u00abel \u00fanico Bueno\u00bb\u2014, debe hacer libremente el bien y evitar el mal. Pero para esto el hombre debe&nbsp;<em>poder distinguir el bien del mal.&nbsp;<\/em>Y esto sucede, ante todo, gracias a la luz de la raz\u00f3n natural, reflejo en el hombre del esplendor del rostro de Dios. A este respecto, comentando un vers\u00edculo del Salmo 4, afirma santo Tom\u00e1s: \u00abEl salmista, despu\u00e9s de haber dicho: &#8220;sacrificad un sacrificio de justicia&#8221; (<em>Sal&nbsp;<\/em>4, 6), a\u00f1ade, para los que preguntan cu\u00e1les son las obras de justicia:&nbsp;<em>&#8220;Muchos dicen: \u00bfQui\u00e9n nos mostrar\u00e1 el bien?&nbsp;<\/em>&#8220;; y, respondiendo a esta pregunta, dice:&nbsp;<em>&#8220;La luz de tu rostro, Se\u00f1or, ha quedado impresa en nuestras mentes<\/em>&#8220;, como si la luz de la raz\u00f3n natural, por la cual discernimos lo bueno y lo malo \u2014tal es el fin de la ley natural\u2014, no fuese otra cosa que la luz divina impresa en nosotros\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2424\">76<\/a><\/sup>. De esto se deduce el motivo por el cual esta ley se llama ley natural: no por relaci\u00f3n a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la raz\u00f3n que la promulga es propia de la naturaleza humana<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2425\">77<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">43. El concilio Vaticano II recuerda que \u00abla norma suprema de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y gobierna, con el designio de su sabidur\u00eda y de su amor, el mundo y los caminos de la comunidad humana. Dios hace al hombre part\u00edcipe de esta ley suya, de modo que el hombre, seg\u00fan ha dispuesto suavemente la Providencia divina, pueda reconocer cada vez m\u00e1s la verdad inmutable\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2426\">78<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio remite a la doctrina cl\u00e1sica sobre la&nbsp;<em>ley eterna de Dios.&nbsp;<\/em>San Agust\u00edn la define como \u00abla raz\u00f3n o la voluntad de Dios que manda conservar el orden natural y proh\u00edbe perturbarlo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2427\">79<\/a><\/sup>; santo Tom\u00e1s la identifica con \u00abla raz\u00f3n de la sabidur\u00eda divina, que mueve todas las cosas hacia su debido fin\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2428\">80<\/a><\/sup>. Pero la sabidur\u00eda de Dios es providencia, amor sol\u00edcito. Es, pues, Dios mismo quien ama y, en el sentido m\u00e1s literal y fundamental, se cuida de toda la creaci\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Sb&nbsp;<\/em>7, 22; 8-11). Sin embargo, Dios provee a los hombres de manera diversa respecto a los dem\u00e1s seres que no son personas: no&nbsp;<em>desde fuera,&nbsp;<\/em>mediante las leyes inmutables de la naturaleza f\u00edsica, sino&nbsp;<em>desde dentro,<\/em>&nbsp;mediante la raz\u00f3n que, conociendo con la luz natural la ley eterna de Dios, es por esto mismo capaz de indicar al hombre la justa direcci\u00f3n de su libre actuaci\u00f3n&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2429\">81<\/a><\/sup>. De esta manera, Dios llama al hombre a participar de su providencia, queriendo por medio del hombre mismo, o sea, a trav\u00e9s de su cuidado razonable y responsable, dirigir el mundo: no s\u00f3lo el mundo de la naturaleza, sino tambi\u00e9n el de las personas humanas. En este contexto, como expresi\u00f3n humana de la ley eterna de Dios, se sit\u00faa la&nbsp;<em>ley natural:&nbsp;<\/em>\u00abLa criatura racional, entre todas las dem\u00e1s \u2014afirma santo Tom\u00e1s\u2014, est\u00e1 sometida a la divina Providencia de una manera especial, ya que se hace part\u00edcipe de esa providencia, siendo providente para s\u00ed y para los dem\u00e1s. Participa, pues, de la raz\u00f3n eterna; \u00e9sta le inclina naturalmente a la acci\u00f3n y al fin debidos. Y semejante participaci\u00f3n de la ley eterna en la criatura racional se llama ley natural\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242A\">82<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">44. La Iglesia se ha referido a menudo a la doctrina tomista sobre la ley natural, asumi\u00e9ndola en su ense\u00f1anza moral. As\u00ed, mi venerado predecesor Le\u00f3n XIII pon\u00eda de relieve&nbsp;<em>la esencial subordinaci\u00f3n de la raz\u00f3n y de la ley humana a la sabidur\u00eda de Dios y a su ley.&nbsp;<\/em>Despu\u00e9s de afirmar que&nbsp;<em>\u00abla ley natural&nbsp;<\/em>est\u00e1 escrita y grabada en el \u00e1nimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma raz\u00f3n humana que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar\u00bb, Le\u00f3n XIII se refiere a la \u00abraz\u00f3n m\u00e1s alta\u00bb del Legislador divino. \u00abPero tal prescripci\u00f3n de la raz\u00f3n humana no podr\u00eda tener fuerza de ley si no fuese la voz e int\u00e9rprete de una raz\u00f3n m\u00e1s alta, a la que nuestro esp\u00edritu y nuestra libertad deben estar sometidos\u00bb. En efecto, la fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos: \u00abAhora bien, todo esto no podr\u00eda darse en el hombre si fuese \u00e9l mismo quien, como legislador supremo, se diera la norma de sus acciones\u00bb. Y concluye: \u00abDe ello se deduce que la ley natural es la&nbsp;<em>misma ley eterna,&nbsp;<\/em>\u00ednsita en los seres dotados de raz\u00f3n, que los inclina&nbsp;<em>al acto y al fin que les conviene;&nbsp;<\/em>es la misma raz\u00f3n eterna del Creador y gobernador del universo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242B\">83<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que \u00e9l mismo realiza mediante su&nbsp;<em>raz\u00f3n iluminada por la revelaci\u00f3n divina y por la fe,&nbsp;<\/em>en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sina\u00ed. Israel fue llamado a recibir y vivir&nbsp;<em>la ley de Dios como don particular y signo de la elecci\u00f3n y de la alianza divina,&nbsp;<\/em>y a la vez como garant\u00eda de la bendici\u00f3n de Dios. As\u00ed Mois\u00e9s pod\u00eda dirigirse a los hijos de Israel y preguntarles: \u00ab\u00bfHay alguna naci\u00f3n tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo est\u00e1 el Se\u00f1or nuestro Dios siempre que le invocamos? Y \u00bfcu\u00e1l es la gran naci\u00f3n cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?\u00bb (<em>Dt<\/em>&nbsp;4, 7-8). Es en los Salmos donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y veneraci\u00f3n que el pueblo elegido est\u00e1 llamado a tener hacia la ley de Dios, junto con la exhortaci\u00f3n a conocerla, meditarla y traducirla en la vida: \u00ab\u00a1Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los imp\u00edos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se complace en la ley del Se\u00f1or, su ley susurra d\u00eda y noche!\u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>1, 1-2). \u00abLa ley del Se\u00f1or es perfecta, consolaci\u00f3n del alma, el dictamen del Se\u00f1or, veraz, sabidur\u00eda del sencillo. Los preceptos del Se\u00f1or son rectos, gozo del coraz\u00f3n; claro el mandamiento del Se\u00f1or, luz de los ojos\u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>19, 8-9).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">45. La Iglesia acoge con reconocimiento y custodia con amor todo el dep\u00f3sito de la Revelaci\u00f3n, tratando con religioso respeto y cumpliendo su misi\u00f3n de interpretar la ley de Dios de manera aut\u00e9ntica a la luz del Evangelio. Adem\u00e1s, la Iglesia recibe como don la&nbsp;<em>Ley nueva,&nbsp;<\/em>que es el \u00abcumplimiento\u00bb de la ley de Dios en Jesucristo y en su Esp\u00edritu. Es una ley \u00abinterior\u00bb (cf.&nbsp;<em>Jr<\/em>&nbsp;31, 31-33), \u00abescrita no con tinta, sino con el Esp\u00edritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones\u00bb (<em>2 Co&nbsp;<\/em>3, 3); una ley de perfecci\u00f3n y de libertad (cf.<em>&nbsp;2 Co&nbsp;<\/em>3, 17); es \u00abla ley del esp\u00edritu que da la vida en Cristo Jes\u00fas\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 2). Sobre esta ley dice santo Tom\u00e1s: \u00ab\u00c9sta puede llamarse ley en doble sentido. En primer lugar, ley del esp\u00edritu es el Esp\u00edritu Santo&#8230; que, por inhabitaci\u00f3n en el alma, no s\u00f3lo ense\u00f1a lo que es necesario realizar iluminando el entendimiento sobre las cosas que hay que hacer, sino tambi\u00e9n inclina a actuar con rectitud&#8230; En segundo lugar, ley del esp\u00edritu puede llamarse el efecto propio del Esp\u00edritu Santo, es decir, la fe que act\u00faa por la caridad (<em>Ga 5<\/em>, 6), la cual, por eso mismo, ense\u00f1a interiormente sobre las cosas que hay que hacer&#8230; e inclina el afecto a actuar\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242C\">84<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Aunque en la reflexi\u00f3n teol\u00f3gico-moral se suele distinguir la ley de Dios positiva o revelada de la natural, y en la econom\u00eda de la salvaci\u00f3n se distingue la ley&nbsp;<em>antigua&nbsp;<\/em>de la&nbsp;<em>nueva,&nbsp;<\/em>no se puede olvidar que \u00e9stas y otras distinciones \u00fatiles se refieren siempre a la ley cuyo autor es el mismo y \u00fanico Dios, y cuyo destinatario es el hombre. Los diversos modos con que Dios se cuida del mundo y del hombre, no s\u00f3lo no se excluyen entre s\u00ed, sino que se sostienen y se compenetran rec\u00edprocamente. Todos tienen su origen y confluyen en el eterno designio sabio y amoroso con el que Dios predestina a los hombres \u00aba reproducir la imagen de su Hijo\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 29). En este designio no hay ninguna amenaza para la verdadera libertad del hombre; al contrario, la aceptaci\u00f3n de este designio es la \u00fanica v\u00eda para la consolidaci\u00f3n de dicha libertad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abComo quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su coraz\u00f3n\u00bb&nbsp;<\/em>(Rm 2, 15)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">46. El presunto conflicto entre la libertad y la ley se replantea hoy con una fuerza singular en relaci\u00f3n con la ley natural y, en particular, en relaci\u00f3n con la naturaleza. En realidad los&nbsp;<em>debates sobre naturaleza y libertad&nbsp;<\/em>siempre han acompa\u00f1ado la historia de la reflexi\u00f3n moral, asumiendo tonos encendidos con el Renacimiento y la Reforma, como se puede observar en las ense\u00f1anzas del concilio de Trento&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242D\">85<\/a><\/sup>. La \u00e9poca contempor\u00e1nea est\u00e1 marcada, si bien en un sentido diferente, por una tensi\u00f3n an\u00e1loga. El gusto de la observaci\u00f3n emp\u00edrica, los procedimientos de objetivaci\u00f3n cient\u00edfica, el progreso t\u00e9cnico, algunas formas de liberalismo han llevado a contraponer los dos t\u00e9rminos, como si la dial\u00e9ctica \u2014e incluso el conflicto\u2014 entre libertad y naturaleza fuera una caracter\u00edstica estructural de la historia humana. En otras \u00e9pocas parec\u00eda que la \u00abnaturaleza\u00bb sometiera totalmente el hombre a sus dinamismos e incluso a sus determinismos. A\u00fan hoy d\u00eda las coordenadas espacio-temporales del mundo sensible, las constantes f\u00edsico-qu\u00edmicas, los dinamismos corp\u00f3reos, las pulsiones ps\u00edquicas y los condicionamientos sociales parecen a muchos como los \u00fanicos factores realmente decisivos de las realidades humanas. En este contexto, incluso los hechos morales, independientemente de su especificidad, son considerados a menudo como si fueran datos estad\u00edsticamente constatables, como comportamientos observables o explicables s\u00f3lo con las categor\u00edas de los mecanismos psico-sociales. Y as<em>\u00ed algunos estudiosos de \u00e9tica,&nbsp;<\/em>que por profesi\u00f3n examinan los hechos y los gestos del hombre, pueden sentir la tentaci\u00f3n de valorar su saber, e incluso sus normas de actuaci\u00f3n, seg\u00fan un resultado estad\u00edstico sobre los comportamientos humanos concretos y las opiniones morales de la mayor\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En cambio,&nbsp;<em>otros moralistas,&nbsp;<\/em>preocupados por educar en los valores, son sensibles al prestigio de la libertad, pero a menudo la conciben en oposici\u00f3n o contraste con la naturaleza material y biol\u00f3gica, sobre la que deber\u00eda consolidarse progresivamente. A este respecto, diferentes concepciones coinciden en olvidar la dimensi\u00f3n creatural de la naturaleza y en desconocer su integridad.&nbsp;<em>Para algunos,&nbsp;<\/em>la naturaleza se reduce a material para la actuaci\u00f3n humana y para su poder. Esta naturaleza deber\u00eda ser transformada profundamente, es m\u00e1s, superada por la libertad, dado que constituye su l\u00edmite y su negaci\u00f3n.&nbsp;<em>Para otros,&nbsp;<\/em>es en la promoci\u00f3n sin l\u00edmites del poder del hombre, o de su libertad, como se constituyen los valores econ\u00f3micos, sociales, culturales e incluso morales. Entonces la naturaleza estar\u00eda representada por todo lo que en el hombre y en el mundo se sit\u00faa fuera de la libertad. Dicha naturaleza comprender\u00eda en primer lugar el cuerpo humano, su constituci\u00f3n y su dinamismo. A este aspecto f\u00edsico se opondr\u00eda lo que se ha&nbsp;<em>construido,&nbsp;<\/em>es decir, la&nbsp;<em>cultura,&nbsp;<\/em>como obra y producto de la libertad. La naturaleza humana, entendida as\u00ed, podr\u00eda reducirse y ser tratada como material biol\u00f3gico o social siempre disponible. Esto significa, en \u00faltimo t\u00e9rmino, definir la libertad por medio de s\u00ed misma y hacer de ella una instancia creadora de s\u00ed misma y de sus valores. Con ese radicalismo el hombre ni siquiera tendr\u00eda naturaleza y ser\u00eda para s\u00ed mismo su propio proyecto de existencia. \u00a1El hombre no ser\u00eda nada m\u00e1s que su libertad!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">47. En este contexto han surgido las&nbsp;<em>objeciones de fisicismo y naturalismo&nbsp;<\/em>contra la concepci\u00f3n tradicional&nbsp;<em>de la ley natural.<\/em>&nbsp;\u00c9sta presentar\u00eda como leyes morales las que en s\u00ed mismas ser\u00edan s\u00f3lo leyes biol\u00f3gicas. As\u00ed, muy superficialmente, se atribuir\u00eda a algunos comportamientos humanos un car\u00e1cter permanente e inmutable, y, sobre esa base, se pretender\u00eda formular normas morales universalmente v\u00e1lidas. Seg\u00fan algunos te\u00f3logos, semejante<em>&nbsp;argumento biologista o naturalista&nbsp;<\/em>estar\u00eda presente incluso en algunos documentos del Magisterio de la Iglesia, especialmente en los relativos al \u00e1mbito de la \u00e9tica sexual y matrimonial. Basados en una concepci\u00f3n natural\u00edstica del acto sexual, se condenar\u00edan como moralmente inadmisibles la contracepci\u00f3n, la esterilizaci\u00f3n directa, el autoerotismo, las relaciones prematrimoniales, las relaciones homosexuales, as\u00ed como la fecundaci\u00f3n artificial. Ahora bien, seg\u00fan el parecer de estos te\u00f3logos, la valoraci\u00f3n moralmente negativa de tales actos no considerar\u00eda de manera adecuada el car\u00e1cter racional y libre del hombre, ni el condicionamiento cultural de cada norma moral. Ellos dicen que el hombre, como ser racional, no s\u00f3lo puede, sino que incluso&nbsp;<em>debe decidir libremente el sentido&nbsp;<\/em>de sus comportamientos. Este&nbsp;<em>decidir el sentido&nbsp;<\/em>deber\u00eda tener en cuenta, obviamente, los m\u00faltiples l\u00edmites del ser humano, que tiene una condici\u00f3n corp\u00f3rea e hist\u00f3rica. Adem\u00e1s, deber\u00eda considerar los modelos de comportamiento y el significado que \u00e9stos tienen en una cultura determinada. Y, sobre todo, deber\u00eda respetar el mandamiento fundamental del amor a Dios y al pr\u00f3jimo. Afirman tambi\u00e9n que, sin embargo, Dios ha creado al hombre como ser racionalmente libre; lo ha dejado \u00aben manos de su propio albedr\u00edo\u00bb y de \u00e9l espera una propia y racional formaci\u00f3n de su vida. El amor al pr\u00f3jimo significar\u00eda sobre todo o exclusivamente un respeto a su libre decisi\u00f3n sobre s\u00ed mismo. Los mecanismos de los comportamientos propios del hombre, as\u00ed como las llamadas<em>&nbsp;inclinaciones naturales,&nbsp;<\/em>establecer\u00edan al m\u00e1ximo \u2014como suele decirse\u2014 una orientaci\u00f3n general del comportamiento correcto, pero no podr\u00edan determinar la valoraci\u00f3n moral de cada acto humano, tan complejo desde el punto de vista de las situaciones.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">48. Ante esta interpretaci\u00f3n conviene mirar con atenci\u00f3n la recta relaci\u00f3n que hay entre libertad y naturaleza humana, y, en concreto,&nbsp;<em>el lugar que tiene el cuerpo humano en las cuestiones de la ley natural.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Una libertad que pretenda ser absoluta acaba por tratar el cuerpo humano como un ser en bruto, desprovisto de significado y de valores morales hasta que ella no lo revista de su proyecto. Por lo cual, la naturaleza humana y el cuerpo aparecen como unos<em>&nbsp;presupuestos o preliminares,&nbsp;<\/em>materialmente necesarios para la decisi\u00f3n de la libertad, pero&nbsp;<em>extr\u00ednsecos&nbsp;<\/em>a la persona, al sujeto y al acto humano. Sus dinamismos no podr\u00edan constituir puntos de referencia para la opci\u00f3n moral, desde el momento que las finalidades de esas inclinaciones ser\u00edan s\u00f3lo&nbsp;<em>bienes \u00abf\u00edsicos\u00bb,<\/em>&nbsp;llamados por algunos&nbsp;<em>premorales.&nbsp;<\/em>Hacer referencia a los mismos, para buscar indicaciones racionales sobre el orden de la moralidad, deber\u00eda ser tachado de fisicismo o de biologismo. En semejante contexto la tensi\u00f3n entre la libertad y una naturaleza concebida en sentido reductivo se resuelve con una divisi\u00f3n dentro del hombre mismo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta teor\u00eda moral no est\u00e1 conforme con la verdad sobre el hombre y sobre su libertad. Contradice las&nbsp;<em>ense\u00f1anzas de la Iglesia sobre la unidad del ser humano,&nbsp;<\/em>cuya alma racional es<em>&nbsp;\u00abper se et essentialiter\u00bb&nbsp;<\/em>la forma del cuerpo&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242E\">86<\/a><\/sup>. El alma espiritual e inmortal es el principio de unidad del ser humano, es aquello por lo cual \u00e9ste existe como un todo&nbsp;<em>\u2014\u00abcorpore et anima unus\u00bb&nbsp;<\/em><sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242F\">87<\/a><\/sup>\u2014 en cuanto persona. Estas definiciones no indican solamente que el cuerpo, para el cual ha sido prometida la resurrecci\u00f3n, participar\u00e1 tambi\u00e9n de la gloria; recuerdan, igualmente, el v\u00ednculo de la raz\u00f3n y de la libre voluntad con todas las facultades corp\u00f3reas y sensibles.&nbsp;<em>La persona \u2014incluido el cuerpo\u2014 est\u00e1 confiada enteramente a s\u00ed misma, y es en la unidad de alma y cuerpo donde ella es el sujeto de sus propios actos morales.&nbsp;<\/em>La persona, mediante la luz de la raz\u00f3n y la ayuda de la virtud, descubre en su cuerpo los signos precursores, la expresi\u00f3n y la promesa del don de s\u00ed misma, seg\u00fan el sabio designio del Creador. Es a la luz de la dignidad de la persona humana \u2014que debe afirmarse por s\u00ed misma\u2014 como la raz\u00f3n descubre el valor moral espec\u00edfico de algunos bienes a los que la persona se siente naturalmente inclinada. Y desde el momento en que la persona humana no puede reducirse a una libertad que se autoproyecta, sino que comporta una determinada estructura espiritual y corp\u00f3rea, la exigencia moral originaria de amar y respetar a la persona como un fin y nunca como un simple medio, implica tambi\u00e9n, intr\u00ednsecamente, el respeto de algunos bienes fundamentales, sin el cual se caer\u00eda en el relativismo y en el arbitrio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">49.&nbsp;<em>Una doctrina que separe el acto moral de las dimensiones corp\u00f3reas de su ejercicio es contraria a las ense\u00f1anzas de la sagrada Escritura y de la Tradici\u00f3n.&nbsp;<\/em>Tal doctrina hace revivir, bajo nuevas formas, algunos viejos errores combatidos siempre por la Iglesia, porque reducen la persona humana a una libertad<em>&nbsp;espiritual,&nbsp;<\/em>puramente formal. Esta reducci\u00f3n ignora el significado moral del cuerpo y de sus comportamientos (cf.&nbsp;<em>1 Co<\/em>&nbsp;6, 19). El ap\u00f3stol Pablo declara excluidos del reino de los cielos a los \u00abimpuros, id\u00f3latras, ad\u00falteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, ultrajadores y rapaces\u00bb (cf.&nbsp;<em>1 Co&nbsp;<\/em>6, 9-10). Esta condena \u2014citada por el concilio de Trento&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242G\">88<\/a><\/sup>\u2014 enumera como&nbsp;<em>pecados mortales,&nbsp;<\/em>o&nbsp;<em>pr\u00e1cticas infames,<\/em>&nbsp;algunos comportamientos espec\u00edficos cuya voluntaria aceptaci\u00f3n impide a los creyentes tener parte en la herencia prometida. En efecto,&nbsp;<em>cuerpo y alma son inseparables:&nbsp;<\/em>en la persona, en el agente voluntario y en el acto deliberado,&nbsp;<em>est\u00e1n o se pierden juntos<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">50. Es as\u00ed como se puede comprender el verdadero significado de la ley natural, la cual se refiere a la naturaleza propia y originaria del hombre, a la \u00abnaturaleza de la persona humana\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242H\">89<\/a><\/sup>, que es&nbsp;<em>la persona misma en la unidad de alma y cuerpo;&nbsp;<\/em>en la unidad de sus inclinaciones de orden espiritual y biol\u00f3gico, as\u00ed como de todas las dem\u00e1s caracter\u00edsticas espec\u00edficas, necesarias para alcanzar su fin. \u00abLa ley moral natural evidencia y prescribe las finalidades, los derechos y los deberes, fundamentados en la naturaleza corporal y espiritual de la persona humana. Esa ley no puede entenderse como una normatividad simplemente biol\u00f3gica, sino que ha de ser concebida como el orden racional por el que el hombre es llamado por el Creador a dirigir y regular su vida y sus actos y, m\u00e1s concretamente, a usar y disponer del propio cuerpo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242I\">90<\/a><\/sup>. Por ejemplo, el origen y el fundamento del deber de respetar absolutamente la vida humana est\u00e1n en la dignidad propia de la persona y no simplemente en el instinto natural de conservar la propia vida f\u00edsica. De este modo, la vida humana, por ser un bien fundamental del hombre, adquiere un significado moral en relaci\u00f3n con el bien de la persona que siempre debe ser afirmada por s\u00ed misma: mientras siempre es moralmente il\u00edcito matar un ser humano inocente, puede ser l\u00edcito, loable e incluso obligatorio dar la propia vida (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 13) por amor al pr\u00f3jimo o para dar testimonio de la verdad. En realidad s\u00f3lo con referencia a la persona humana en su \u00abtotalidad unificada\u00bb, es decir, \u00abalma que se expresa en el cuerpo informado por un esp\u00edritu inmortal\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242J\">91<\/a><\/sup>, se puede entender el significado espec\u00edficamente humano del cuerpo. En efecto, las inclinaciones naturales tienen una importancia moral s\u00f3lo cuando se refieren a la persona humana y a su realizaci\u00f3n aut\u00e9ntica, la cual se verifica siempre y solamente en la naturaleza humana. La Iglesia, al rechazar las manipulaciones de la corporeidad que alteran su significado humano, sirve al hombre y le indica el camino del amor verdadero, \u00fanico medio para poder encontrar al verdadero Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La ley natural, as\u00ed entendida, no deja espacio de divisi\u00f3n entre libertad y naturaleza. En efecto, \u00e9stas est\u00e1n arm\u00f3nicamente relacionadas entre s\u00ed e \u00edntima y mutuamente aliadas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abPero al principio no fue as\u00ed\u00bb&nbsp;<\/em>(Mt 19, 8)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">51. El presunto conflicto entre libertad y naturaleza repercute tambi\u00e9n sobre la interpretaci\u00f3n de algunos aspectos espec\u00edficos de la ley natural, principalmente sobre su&nbsp;<em>universalidad e inmutabilidad.&nbsp;<\/em>\u00ab\u00bfD\u00f3nde, pues, est\u00e1n escritas estas reglas \u2014se pregunta san Agust\u00edn\u2014 &#8230;sino en el libro de aquella luz que se llama verdad? De aqu\u00ed, pues, deriva toda ley justa y act\u00faa rectamente en el coraz\u00f3n del hombre que obra la justicia, no saliendo de \u00e9l, sino como imprimi\u00e9ndose en \u00e9l, como la imagen pasa del anillo a la cera, pero sin abandonar el anillo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242K\">92<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente gracias a esta \u00abverdad\u00bb&nbsp;<em>la ley natural implica la universalidad.&nbsp;<\/em>En cuanto inscrita en la naturaleza racional de la persona, se impone a todo ser dotado de raz\u00f3n y que vive en la historia. Para perfeccionarse en su orden espec\u00edfico, la persona debe realizar el bien y evitar el mal, preservar la transmisi\u00f3n y la conservaci\u00f3n de la vida, mejorar y desarrollar las riquezas del mundo sensible, cultivar la vida social, buscar la verdad, practicar el bien, contemplar la belleza&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242L\">93<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La separaci\u00f3n hecha por algunos entre la libertad de los individuos y la naturaleza com\u00fan a todos, como emerge de algunas teor\u00edas filos\u00f3ficas de gran resonancia en la cultura contempor\u00e1nea, ofusca la percepci\u00f3n de la universalidad de la ley moral por parte de la raz\u00f3n. Pero, en la medida en que expresa la dignidad de la persona humana y pone la base de sus derechos y deberes fundamentales, la ley natural es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres.&nbsp;<em>Esta universalidad no prescinde de la singularidad de los seres humanos,&nbsp;<\/em>ni se opone a la unicidad y a la irrepetibilidad de cada persona; al contrario, abarca b\u00e1sicamente cada uno de sus actos libres, que deben demostrar la universalidad del verdadero bien. Nuestros actos, al someterse a la ley com\u00fan, edifican la verdadera comuni\u00f3n de las personas y, con la gracia de Dios, ejercen la caridad, \u00abque es el v\u00ednculo de la perfecci\u00f3n\u00bb (<em>Col&nbsp;<\/em>3, 14). En cambio, cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de manera imputable o no, perjudican la comuni\u00f3n de las personas, causando da\u00f1o.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">52. Es justo y bueno, siempre y para todos, servir a Dios, darle el culto debido y honrar como es debido a los padres. Estos<em>&nbsp;preceptos positivos,&nbsp;<\/em>que prescriben cumplir algunas acciones y cultivar ciertas actitudes, obligan universalmente; son inmutables&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242M\">94<\/a><\/sup>; unen en el mismo bien com\u00fan a todos los hombres de cada \u00e9poca de la historia, creados para \u00abla misma vocaci\u00f3n y destino divino\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242N\">95<\/a><\/sup>. Estas leyes universales y permanentes corresponden a conocimientos de la raz\u00f3n pr\u00e1ctica y se aplican a los actos particulares mediante el juicio de la conciencia. El sujeto que act\u00faa asimila personalmente la verdad contenida en la ley; se apropia y hace suya esta verdad de su ser mediante los actos y las correspondientes virtudes. Los&nbsp;<em>preceptos negativos<\/em>&nbsp;de la ley natural son universalmente v\u00e1lidos: obligan a todos y cada uno, siempre y en toda circunstancia. En efecto, se trata de prohibiciones que vedan una determinada acci\u00f3n&nbsp;<em>\u00absemper et pro semper<\/em>\u00bb, sin excepciones, porque la elecci\u00f3n de ese comportamiento en ning\u00fan caso es compatible con la bondad de la voluntad de la persona que act\u00faa, con su vocaci\u00f3n a la vida con Dios y a la comuni\u00f3n con el pr\u00f3jimo. Est\u00e1 prohibido a cada uno y siempre infringir preceptos que vinculan a todos y cueste lo que cueste, y da\u00f1ar en otros y, ante todo, en s\u00ed mismos, la dignidad personal y com\u00fan a todos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por otra parte, el hecho de que solamente los mandamientos negativos obliguen siempre y en toda circunstancia, no significa que, en la vida moral, las prohibiciones sean m\u00e1s importantes que el compromiso de hacer el bien, como indican los mandamientos positivos. La raz\u00f3n es, m\u00e1s bien, la siguiente: el mandamiento del amor a Dios y al pr\u00f3jimo no tiene en su din\u00e1mica positiva ning\u00fan l\u00edmite superior, sino m\u00e1s bien uno inferior, por debajo del cual se viola el mandamiento. Adem\u00e1s, lo que se debe hacer en una determinada situaci\u00f3n depende de las circunstancias, las cuales no se pueden prever todas con antelaci\u00f3n; por el contrario, se dan comportamientos que nunca y en ninguna situaci\u00f3n pueden ser una respuesta adecuada, o sea, conforme a la dignidad de la persona. En \u00faltimo t\u00e9rmino, siempre es posible que al hombre, debido a presiones u otras circunstancias, le sea imposible realizar determinadas acciones buenas; pero nunca se le puede impedir que no haga determinadas acciones, sobre todo si est\u00e1 dispuesto a morir antes que hacer el mal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia ha ense\u00f1ado siempre que nunca se deben escoger comportamientos prohibidos por los mandamientos morales, expresados de manera negativa en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Como se ha visto, Jes\u00fas mismo afirma la inderogabilidad de estas prohibiciones: \u00abSi quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos&#8230;: No matar\u00e1s, no cometer\u00e1s adulterio, no robar\u00e1s, no levantar\u00e1s testimonio falso\u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 17-18).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">53. La gran sensibilidad que el hombre contempor\u00e1neo muestra por la historicidad y por la cultura, lleva a algunos a dudar de la&nbsp;<em>inmutabilidad de la&nbsp;<\/em>misma&nbsp;<em>ley natural,&nbsp;<\/em>y por tanto de la existencia de \u00abnormas objetivas de moralidad\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242O\">96<\/a><\/sup>&nbsp;v\u00e1lidas para todos los hombres de ayer, de hoy y de ma\u00f1ana. \u00bfEs acaso posible afirmar como universalmente v\u00e1lidas para todos y siempre permanentes ciertas determinaciones racionales establecidas en el pasado, cuando se ignoraba el progreso que la humanidad habr\u00eda hecho sucesivamente?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No se puede negar que el hombre existe siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las transciende. Este&nbsp;<em>algo&nbsp;<\/em>es precisamente la&nbsp;<em>naturaleza del hombre:<\/em>&nbsp;precisamente esta naturaleza es la medida de la cultura y es la condici\u00f3n para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser. Poner en tela de juicio los elementos estructurales permanentes del hombre, relacionados tambi\u00e9n con la misma dimensi\u00f3n corp\u00f3rea, no s\u00f3lo entrar\u00eda en conflicto con la experiencia com\u00fan, sino que har\u00eda incomprensible<em>&nbsp;la referencia que Jes\u00fas hizo al \u00abprincipio\u00bb,&nbsp;<\/em>precisamente all\u00ed donde el contexto social y cultural del tiempo hab\u00eda deformado el sentido originario y el papel de algunas normas morales (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 1-9). En este sentido \u00abafirma, adem\u00e1s, la Iglesia que en todos los cambios subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su fundamento \u00faltimo en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y por los siglos\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242P\">97<\/a><\/sup>. \u00c9l es el&nbsp;<em>Principio&nbsp;<\/em>que, habiendo asumido la naturaleza humana, la ilumina definitivamente en sus elementos constitutivos y en su dinamismo de caridad hacia Dios y el pr\u00f3jimo&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242Q\">98<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ciertamente, es necesario buscar y encontrar&nbsp;<em>la formulaci\u00f3n&nbsp;<\/em>de las normas morales universales y permanentes&nbsp;<em>m\u00e1s adecuada&nbsp;<\/em>a los diversos contextos culturales, m\u00e1s capaz de expresar incesantemente la actualidad hist\u00f3rica y de hacer comprender e interpretar aut\u00e9nticamente la verdad. Esta verdad de la ley moral \u2014igual que la del&nbsp;<em>dep\u00f3sito de la fe<\/em>\u2014 se desarrolla a trav\u00e9s de los siglos. Las normas que la expresan siguen siendo sustancialmente v\u00e1lidas, pero deben ser precisadas y determinadas<em>&nbsp;\u00abeodem sensu eademque sententia<\/em>\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242R\">99<\/a><\/sup>&nbsp;seg\u00fan las circunstancias hist\u00f3ricas del Magisterio de la Iglesia, cuya decisi\u00f3n est\u00e1 precedida y va acompa\u00f1ada por el esfuerzo de lectura y formulaci\u00f3n propio de la raz\u00f3n de los creyentes y de la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242S\">100<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>II. Conciencia y verdad<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El sagrario del hombre<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">54. La relaci\u00f3n que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el&nbsp;<em>coraz\u00f3n&nbsp;<\/em>de la persona, o sea, en su<em>&nbsp;conciencia moral:&nbsp;<\/em>\u00abEn lo profundo de su conciencia \u2014afirma el concilio Vaticano II\u2014, el hombre descubre una ley que \u00e9l no se da a s\u00ed mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los o\u00eddos de su coraz\u00f3n, llam\u00e1ndolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su coraz\u00f3n, en cuya obediencia est\u00e1 la dignidad humana y seg\u00fan la cual ser\u00e1 juzgado (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>2, 14-16)\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242T\">101<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por esto, el modo como se conciba la relaci\u00f3n entre libertad y ley est\u00e1 \u00edntimamente vinculado con la interpretaci\u00f3n que se da a la conciencia moral. En este sentido, las tendencias culturales recordadas m\u00e1s arriba, que contraponen y separan entre s\u00ed libertad y ley, y exaltan de modo idol\u00e1trico la libertad, llevan a una&nbsp;<em>interpretaci\u00f3n \u00abcreativa\u00bb de la conciencia moral,<\/em>&nbsp;que se aleja de la posici\u00f3n tradicional de la Iglesia y de su Magisterio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">55. Seg\u00fan la opini\u00f3n de algunos te\u00f3logos, la funci\u00f3n de la conciencia se habr\u00eda reducido, al menos en un cierto pasado, a una simple aplicaci\u00f3n de normas morales generales a cada caso de la vida de la persona. Pero semejantes normas \u2014afirman\u2014 no son capaces de acoger y respetar toda la irrepetible especificidad de todos los actos concretos de las personas; de alguna manera, pueden ayudar a una justa&nbsp;<em>valoraci\u00f3n&nbsp;<\/em>de la situaci\u00f3n, pero no pueden sustituir a las personas en tomar una&nbsp;<em>decisi\u00f3n&nbsp;<\/em>personal sobre c\u00f3mo comportarse en determinados casos particulares. Es m\u00e1s, la citada cr\u00edtica a la interpretaci\u00f3n tradicional de la naturaleza humana y de su importancia para la vida moral induce a algunos autores a afirmar que estas normas no son tanto un criterio objetivo vinculante para los juicios de conciencia, sino m\u00e1s bien una&nbsp;<em>perspectiva general&nbsp;<\/em>que, en un primer momento, ayuda al hombre a dar un planteamiento ordenado a su vida personal y social. Adem\u00e1s, revelan la&nbsp;<em>complejidad&nbsp;<\/em>t\u00edpica del fen\u00f3meno de la conciencia: \u00e9sta se relaciona profundamente con toda la esfera psicol\u00f3gica y afectiva, as\u00ed como con los m\u00faltiples influjos del ambiente social y cultural de la persona. Por otra parte, se exalta al m\u00e1ximo el valor de la conciencia, que el Concilio mismo ha definido \u00abel sagrario del hombre, en el que est\u00e1 solo con Dios, cuya voz resuena en lo m\u00e1s \u00edntimo de ella\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242U\">102<\/a><\/sup>. Esta voz \u2014se dice\u2014 induce al hombre no tanto a una meticulosa observancia de las normas universales, cuanto a una creativa y responsable aceptaci\u00f3n de los cometidos personales que Dios le encomienda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Algunos autores, queriendo poner de relieve el car\u00e1cter<em>&nbsp;creativo&nbsp;<\/em>de la conciencia, ya no llaman a sus actos con el nombre de&nbsp;<em>juicios,&nbsp;<\/em>sino con el de&nbsp;<em>decisiones.&nbsp;<\/em>S\u00f3lo tomando&nbsp;<em>aut\u00f3nomamente<\/em>&nbsp;estas decisiones el hombre podr\u00eda alcanzar su madurez moral. No falta quien piensa que este proceso de maduraci\u00f3n ser\u00eda obstaculizado por la postura demasiado categ\u00f3rica que, en muchas cuestiones morales, asume el Magisterio de la Iglesia, cuyas intervenciones originar\u00edan, entre los fieles, la aparici\u00f3n de in\u00fatiles&nbsp;<em>conflictos de conciencia<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">56. Para justificar semejantes posturas, algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Adem\u00e1s del nivel doctrinal y abstracto, ser\u00eda necesario reconocer la originalidad de una cierta consideraci\u00f3n existencial m\u00e1s concreta. \u00c9sta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situaci\u00f3n, podr\u00eda establecer leg\u00edtimamente unas&nbsp;<em>excepciones a la regla general&nbsp;<\/em>y permitir as\u00ed la realizaci\u00f3n pr\u00e1ctica, con buena conciencia, de lo que est\u00e1 calificado por la ley moral como intr\u00ednsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separaci\u00f3n, o incluso una oposici\u00f3n, entre la doctrina del precepto v\u00e1lido en general y la norma de la conciencia individual, que decidir\u00eda de hecho, en \u00faltima instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones&nbsp;<em>pastorales<\/em>&nbsp;contrarias a las ense\u00f1anzas del Magisterio, y justificar una hermen\u00e9utica<em>&nbsp;creativa,&nbsp;<\/em>seg\u00fan la cual la conciencia moral no estar\u00eda obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con estos planteamientos se pone en discusi\u00f3n la&nbsp;<em>identidad misma de la conciencia moral&nbsp;<\/em>ante la libertad del hombre y ante la ley de Dios. S\u00f3lo la clarificaci\u00f3n hecha anteriormente sobre la relaci\u00f3n entre libertad y ley basada en la verdad hace posible el&nbsp;<em>discernimiento&nbsp;<\/em>sobre esta interpretaci\u00f3n&nbsp;<em>creativa&nbsp;<\/em>de la conciencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El juicio de la conciencia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">57. El mismo texto de la&nbsp;<em>carta a los Romanos,&nbsp;<\/em>que nos ha presentado la esencia de la ley natural, indica tambi\u00e9n&nbsp;<em>el sentido b\u00edblico de la conciencia,&nbsp;<\/em>especialmente&nbsp;<em>en su vinculaci\u00f3n espec\u00edfica con la ley:&nbsp;<\/em>\u00abCuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para s\u00ed mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su coraz\u00f3n, atestigu\u00e1ndolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que los acusan y tambi\u00e9n los defienden\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>2, 14-15).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Seg\u00fan las palabras de san Pablo, la conciencia, en cierto modo, pone al hombre ante la ley, siendo ella misma&nbsp;<em>\u00abtestigo\u00bb para el hombre:&nbsp;<\/em>testigo de su fidelidad o infidelidad a la ley, o sea, de su esencial rectitud o maldad moral. La conciencia es el \u00fanico testigo. Lo que sucede en la intimidad de la persona est\u00e1 oculto a la vista de los dem\u00e1s desde fuera. La conciencia dirige su testimonio solamente hacia la persona misma. Y, a su vez, s\u00f3lo la persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">58. Nunca se valorar\u00e1 adecuadamente la importancia de este \u00edntimo&nbsp;<em>di\u00e1logo del hombre consigo mismo.&nbsp;<\/em>Pero, en realidad, \u00e9ste es el&nbsp;<em>di\u00e1logo del hombre con Dios,&nbsp;<\/em>autor de la ley, primer modelo y fin \u00faltimo del hombre. \u00abLa conciencia \u2014dice san Buenaventura\u2014 es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por s\u00ed misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242V\">103<\/a><\/sup>. Se puede decir, pues, que la conciencia da testimonio de la rectitud o maldad del hombre al hombre mismo, pero a la vez y antes a\u00fan, es&nbsp;<em>testimonio de Dios mismo,&nbsp;<\/em>cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las ra\u00edces de su alma, invit\u00e1ndolo&nbsp;<em>\u00abfortiter et suaviter<\/em>\u00bb a la obediencia: \u00abLa conciencia moral no encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino que lo abre a la llamada, a la voz de Dios. En esto, y no en otra cosa, reside todo el misterio y dignidad de la conciencia moral: en ser el lugar, el espacio santo donde Dios habla al hombre\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242W\">104<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">59. San Pablo no se limita a reconocer que la conciencia hace de&nbsp;<em>testigo,&nbsp;<\/em>sino que manifiesta tambi\u00e9n el modo como ella realiza semejante funci\u00f3n. Se trata de&nbsp;<em>razonamientos&nbsp;<\/em>que acusan o defienden a los paganos en relaci\u00f3n con sus comportamientos (cf.<em>&nbsp;Rm&nbsp;<\/em>2, 15). El t\u00e9rmino&nbsp;<em>razonamientos&nbsp;<\/em>evidencia el car\u00e1cter propio de la conciencia, que es el de ser un&nbsp;<em>juicio moral sobre el hombre y sus actos<\/em>. Es un juicio de absoluci\u00f3n o de condena seg\u00fan que los actos humanos sean conformes o no con la ley de Dios escrita en el coraz\u00f3n. Precisamente, del juicio de los actos y, al mismo tiempo, de su autor y del momento de su definitivo cumplimiento, habla el ap\u00f3stol Pablo en el mismo texto: as\u00ed ser\u00e1 \u00aben el d\u00eda en que Dios juzgar\u00e1 las acciones secretas de los hombres, seg\u00fan mi evangelio, por Cristo Jes\u00fas\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>2, 16).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El juicio de la conciencia es un&nbsp;<em>juicio pr\u00e1ctico,&nbsp;<\/em>o sea, un juicio que ordena lo que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya realizado por \u00e9l. Es un juicio que aplica a una situaci\u00f3n concreta la convicci\u00f3n racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el mal. Este primer principio de la raz\u00f3n pr\u00e1ctica pertenece a la ley natural, m\u00e1s a\u00fan, constituye su mismo fundamento al expresar aquella luz originaria sobre el bien y el mal, reflejo de la sabidur\u00eda creadora de Dios, que, como una chispa indestructible (<em>\u00abscintilla animae<\/em>\u00bb), brilla en el coraz\u00f3n de cada hombre. Sin embargo, mientras la ley natural ilumina sobre todo las exigencias objetivas y universales del bien moral, la conciencia es la aplicaci\u00f3n de la ley a cada caso particular, la cual se convierte as\u00ed para el hombre en un dictamen interior, una llamada a realizar el bien en una situaci\u00f3n concreta. La conciencia formula as\u00ed&nbsp;<em>la obligaci\u00f3n moral<\/em>&nbsp;a la luz de la ley natural: es la obligaci\u00f3n de hacer lo que el hombre, mediante el acto de su conciencia,&nbsp;<em>conoce&nbsp;<\/em>como un bien que le es se\u00f1alado&nbsp;<em>aqu\u00ed y ahora.&nbsp;<\/em>El car\u00e1cter universal de la ley y de la obligaci\u00f3n no es anulado, sino m\u00e1s bien reconocido, cuando la raz\u00f3n determina sus aplicaciones a la actualidad concreta. El juicio de la conciencia muestra&nbsp;<em>en \u00faltima instancia<\/em>&nbsp;la conformidad de un comportamiento determinado respecto a la ley; formula la norma pr\u00f3xima de la moralidad de un acto voluntario, actuando \u00abla aplicaci\u00f3n de la ley objetiva a un caso particular\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242X\">105<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">60. Igual que la misma ley natural y todo conocimiento pr\u00e1ctico, tambi\u00e9n el juicio de la conciencia tiene un car\u00e1cter imperativo: el hombre&nbsp;<em>debe actuar&nbsp;<\/em>en conformidad con dicho juicio. Si el hombre act\u00faa contra este juicio, o bien, lo realiza incluso no estando seguro si un determinado acto es correcto o bueno, es condenado por su misma conciencia,&nbsp;<em>norma pr\u00f3xima de la moralidad personal.&nbsp;<\/em>La dignidad de esta instancia racional y la autoridad de su voz y de sus juicios derivan de la&nbsp;<em>verdad&nbsp;<\/em>sobre el bien y sobre el mal moral, que est\u00e1 llamada a escuchar y expresar. Esta verdad est\u00e1 indicada por la \u00abley divina\u00bb,&nbsp;<em>norma universal y objetiva de la moralidad.&nbsp;<\/em>El juicio de la conciencia no establece la ley, sino que afirma la autoridad de la ley natural y de la raz\u00f3n pr\u00e1ctica con relaci\u00f3n al bien supremo, cuyo atractivo acepta y cuyos mandamientos acoge la persona humana: \u00abLa conciencia, por tanto, no es una fuente aut\u00f3noma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella est\u00e1 grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que se basa el comportamiento humano\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242Y\">106<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">61. La verdad sobre el bien moral, manifestada en la ley de la raz\u00f3n, es reconocida pr\u00e1ctica y concretamente por el juicio de la conciencia, el cual lleva a asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en \u00e9l testigo de la verdad universal del bien, as\u00ed como de la malicia de su decisi\u00f3n particular. Pero el veredicto de la conciencia queda en el hombre incluso como un signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el mal cometido, recuerda tambi\u00e9n el perd\u00f3n que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed,&nbsp;<em>en el juicio pr\u00e1ctico de la conciencia,&nbsp;<\/em>que impone a la persona la obligaci\u00f3n de realizar un determinado acto,&nbsp;<em>se manifiesta el v\u00ednculo de la libertad con la verdad.&nbsp;<\/em>Precisamente por esto la conciencia se expresa con actos de&nbsp;<em>juicio,&nbsp;<\/em>que reflejan la verdad sobre el bien, y no como&nbsp;<em>decisiones<\/em>&nbsp;arbitrarias. La madurez y responsabilidad de estos juicios \u2014y, en definitiva, del hombre, que es su sujeto\u2014 se demuestran no con la liberaci\u00f3n de la conciencia de la verdad objetiva, en favor de una presunta autonom\u00eda de las propias decisiones, sino, al contrario, con una apremiante b\u00fasqueda de la verdad y con dejarse guiar por ella en el obrar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Buscar la verdad y el bien<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">62. La conciencia, como juicio de un acto, no est\u00e1 exenta de la posibilidad de error. \u00abSin embargo, \u2014dice el Concilio\u2014 muchas veces ocurre que la conciencia yerra por ignorancia invencible, sin que por ello pierda su dignidad. Pero no se puede decir esto cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el h\u00e1bito del pecado, la conciencia se queda casi ciega\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%242Z\">107<\/a><\/sup>. Con estas breves palabras, el Concilio ofrece una s\u00edntesis de la doctrina que la Iglesia ha elaborado a lo largo de los siglos sobre&nbsp;<em>la conciencia err\u00f3nea.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ciertamente, para tener una \u00abconciencia recta\u00bb (<em>1 Tm&nbsp;<\/em>1, 5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar seg\u00fan esta misma verdad. Como dice el ap\u00f3stol Pablo, la conciencia debe estar \u00abiluminada por el Esp\u00edritu Santo\u00bb (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>9, 1), debe ser \u00abpura\u00bb (<em>2 Tm&nbsp;<\/em>1, 3), no debe \u00abcon astucia falsear la palabra de Dios\u00bb sino \u00abmanifestar claramente la verdad\u00bb (cf.&nbsp;<em>2 Co&nbsp;<\/em>4, 2). Por otra parte, el mismo Ap\u00f3stol amonesta a los cristianos diciendo: \u00abNo os acomod\u00e9is al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovaci\u00f3n de vuestra mente, de forma que pod\u00e1is distinguir cu\u00e1l es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>12, 2).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La amonestaci\u00f3n de Pablo nos invita a la vigilancia, advirti\u00e9ndonos que en los juicios de nuestra conciencia anida siempre la posibilidad de error. Ella&nbsp;<em>no es un juez infalible:<\/em>&nbsp;puede errar. No obstante, el error de la conciencia puede ser el fruto de una&nbsp;<em>ignorancia invencible,&nbsp;<\/em>es decir, de una ignorancia de la que el sujeto no es consciente y de la que no puede salir por s\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el caso de que tal ignorancia invencible no sea culpable \u2014nos recuerda el Concilio\u2014 la conciencia no pierde su dignidad porque ella, aunque de hecho nos orienta en modo no conforme al orden moral objetivo, no cesa de hablar en nombre de la verdad sobre el bien, que el sujeto est\u00e1 llamado a buscar sinceramente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">63. De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la&nbsp;<em>verdad objetiva&nbsp;<\/em>acogida por el hombre; en el de la conciencia err\u00f3nea, se trata de lo que el hombre, equivoc\u00e1ndose, considera&nbsp;<em>subjetivamente&nbsp;<\/em>verdadero. Nunca es aceptable confundir un error&nbsp;<em>subjetivo&nbsp;<\/em>sobre el bien moral con la verdad&nbsp;<em>objetiva,<\/em>&nbsp;propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni equiparar el valor moral del acto realizado con una conciencia verdadera y recta, con el realizado siguiendo el juicio de una conciencia err\u00f3nea&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2430\">108<\/a><\/sup>. El mal cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error de juicio no culpable, puede no ser imputable a la persona que lo hace; pero tampoco en este caso aqu\u00e9l deja de ser un mal, un desorden con relaci\u00f3n a la verdad sobre el bien. Adem\u00e1s, el bien no reconocido no contribuye al crecimiento moral de la persona que lo realiza; \u00e9ste no la perfecciona y no sirve para disponerla al bien supremo. As\u00ed, antes de sentirnos f\u00e1cilmente justificados en nombre de nuestra conciencia, debemos meditar en las palabras del salmo: \u00ab\u00bfQui\u00e9n se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas l\u00edmpiame\u00bb (<em>Sal<\/em>&nbsp;19, 13). Hay culpas que no logramos ver y que no obstante son culpas, porque hemos rechazado caminar hacia la luz (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>9, 39-41).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La conciencia, como juicio \u00faltimo concreto, compromete su dignidad cuando es&nbsp;<em>err\u00f3nea culpablemente,&nbsp;<\/em>o sea \u00abcuando el hombre no trata de buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de su h\u00e1bito de pecado\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2431\">109<\/a><\/sup>. Jes\u00fas alude a los peligros de la deformaci\u00f3n de la conciencia cuando advierte: \u00abLa l\u00e1mpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo est\u00e1 sano, todo tu cuerpo estar\u00e1 luminoso; pero si tu ojo est\u00e1 malo, todo tu cuerpo estar\u00e1 a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, \u00a1qu\u00e9 oscuridad habr\u00e1!\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>6, 22-23).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">64. En las palabras de Jes\u00fas antes mencionadas, encontramos tambi\u00e9n la llamada a&nbsp;<em>formar la conciencia,&nbsp;<\/em>a hacerla objeto de continua conversi\u00f3n a la verdad y al bien. Es an\u00e1loga la exhortaci\u00f3n del Ap\u00f3stol a no conformarse con la mentalidad de este mundo, sino a \u00abtransformarse renovando nuestra mente\u00bb (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>12, 2). En realidad, el&nbsp;<em>coraz\u00f3n&nbsp;<\/em>convertido al Se\u00f1or y al amor del bien es la fuente de los juicios&nbsp;<em>verdaderos&nbsp;<\/em>de la conciencia. En efecto, para poder \u00abdistinguir cu\u00e1l es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>12, 2), s\u00ed es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero \u00e9sta no es suficiente: es indispensable una especie de<em>&nbsp;\u00abconnaturalidad<\/em>\u00bb entre el hombre y el verdadero bien&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2432\">110<\/a><\/sup>. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. En este sentido, Jes\u00fas dijo: \u00abEl que obra la verdad, va a la luz\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 21).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los cristianos tienen \u2014como afirma el Concilio\u2014&nbsp;<em>en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda&nbsp;<\/em>para la formaci\u00f3n de la conciencia: \u00abLos cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia cat\u00f3lica es maestra de la verdad y su misi\u00f3n es anunciar y ense\u00f1ar aut\u00e9nticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2433\">111<\/a><\/sup>. Por tanto, la autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ning\u00fan modo la libertad de conciencia de los cristianos; no s\u00f3lo porque la libertad de la conciencia no es nunca libertad&nbsp;<em>con respecto a&nbsp;<\/em>la verdad, sino siempre y s\u00f3lo&nbsp;<em>en&nbsp;<\/em>la verdad, sino tambi\u00e9n porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya deber\u00eda poseer, desarroll\u00e1ndolas a partir del acto originario de la fe. La Iglesia se pone s\u00f3lo y siempre&nbsp;<em>al servicio de la conciencia,&nbsp;<\/em>ayud\u00e1ndola a no ser zarandeada aqu\u00ed y all\u00e1 por cualquier viento de doctrina seg\u00fan el enga\u00f1o de los hombres (cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>4, 14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones m\u00e1s dif\u00edciles, la verdad y a mantenerse en ella.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>III. La elecci\u00f3n fundamental y los comportamientos concretos<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abS\u00f3lo que no tom\u00e9is de esa libertad pretexto para la carne\u00bb&nbsp;<\/em>(G\u00e1l 5, 13)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">65. El inter\u00e9s por la libertad, hoy agudizado particularmente, induce a muchos estudiosos de ciencias humanas o teol\u00f3gicas a desarrollar un an\u00e1lisis m\u00e1s penetrante de su naturaleza y sus dinamismos. Justamente se pone de relieve que la libertad no es s\u00f3lo la elecci\u00f3n por esta o aquella acci\u00f3n particular; sino que es tambi\u00e9n, dentro de esa elecci\u00f3n,&nbsp;<em>decisi\u00f3n sobre s\u00ed&nbsp;<\/em>y disposici\u00f3n de la propia vida a favor o en contra del Bien, a favor o en contra de la Verdad; en \u00faltima instancia, a favor o en contra de Dios. Justamente se subraya la importancia eminente de algunas decisiones que dan&nbsp;<em>forma&nbsp;<\/em>a toda la vida moral de un hombre determinado, configur\u00e1ndose como el cauce en el cual tambi\u00e9n podr\u00e1n situarse y desarrollarse otras decisiones cotidianas particulares.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, algunos autores proponen una revisi\u00f3n mucho m\u00e1s radical de la&nbsp;<em>relaci\u00f3n entre persona y actos.&nbsp;<\/em>Hablan de una&nbsp;<em>libertad fundamental,&nbsp;<\/em>m\u00e1s profunda y diversa de la libertad de elecci\u00f3n, sin cuya consideraci\u00f3n no se podr\u00edan comprender ni valorar correctamente los actos humanos. Seg\u00fan estos autores, la<em>&nbsp;funci\u00f3n clave en la vida moral&nbsp;<\/em>habr\u00eda que atribuirla a una&nbsp;<em>opci\u00f3n fundamental,&nbsp;<\/em>actuada por aquella libertad fundamental mediante la cual la persona decide globalmente sobre s\u00ed misma, no a trav\u00e9s de una elecci\u00f3n determinada y consciente a nivel reflejo, sino en forma&nbsp;<em>transcendental&nbsp;<\/em>y&nbsp;<em>atem\u00e1tica.&nbsp;<\/em>Los&nbsp;<em>actos particulares<\/em>&nbsp;derivados de esta opci\u00f3n constituir\u00edan solamente unas tentativas parciales y nunca resolutivas para expresarla, ser\u00edan solamente<em>&nbsp;signos&nbsp;<\/em>o s\u00edntomas de ella. Objeto inmediato de estos actos \u2014se dice\u2014 no es el Bien absoluto (ante el cual la libertad de la persona se expresar\u00eda a nivel transcendental), sino que son los bienes particulares (llamados tambi\u00e9n&nbsp;<em>categoriales<\/em>). Ahora bien, seg\u00fan la opini\u00f3n de algunos te\u00f3logos, ninguno de estos bienes, parciales por su naturaleza, podr\u00eda determinar la libertad del hombre como persona en su totalidad, aunque el hombre solamente pueda expresar la propia opci\u00f3n fundamental mediante la realizaci\u00f3n o el rechazo de aqu\u00e9llos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De esta manera, se llega a introducir una&nbsp;<em>distinci\u00f3n entre la opci\u00f3n fundamental y las elecciones deliberadas de un comportamiento concreto;&nbsp;<\/em>una distinci\u00f3n que en algunos autores asume la forma de una&nbsp;<em>disociaci\u00f3n,&nbsp;<\/em>en cuanto circunscriben expresamente el&nbsp;<em>bien&nbsp;<\/em>y el&nbsp;<em>mal&nbsp;<\/em>moral a la dimensi\u00f3n transcendental propia de la opci\u00f3n fundamental, calificando como&nbsp;<em>rectas&nbsp;<\/em>o<em>&nbsp;equivocadas&nbsp;<\/em>las elecciones de comportamientos particulares<em>&nbsp;intramundanos,&nbsp;<\/em>es decir, referidos a las relaciones del hombre consigo mismo, con los dem\u00e1s y con el mundo de las cosas. De este modo, parece delinearse dentro del comportamiento humano una escisi\u00f3n entre dos niveles de moralidad: por una parte el orden del bien y del mal, que depende de la voluntad, y, por otra, los comportamientos determinados, los cuales son juzgados como moralmente rectos o equivocados haci\u00e9ndolo depender s\u00f3lo de un c\u00e1lculo t\u00e9cnico de la proporci\u00f3n entre bienes y males&nbsp;<em>premorales&nbsp;<\/em>o&nbsp;<em>f\u00edsicos,&nbsp;<\/em>que siguen efectivamente a la acci\u00f3n. Y esto hasta el punto de que un comportamiento concreto, incluso elegido libremente, es considerado como un proceso simplemente f\u00edsico, y no seg\u00fan los criterios propios de un acto humano. El resultado al que se llega es el de reservar la calificaci\u00f3n propiamente moral de la persona a la opci\u00f3n fundamental, sustray\u00e9ndola \u2014o atenu\u00e1ndola\u2014 a la elecci\u00f3n de los actos particulares y de los comportamientos concretos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">66. No hay duda de que la doctrina moral cristiana, en sus mismas ra\u00edces b\u00edblicas, reconoce la espec\u00edfica importancia de una elecci\u00f3n fundamental que califica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios. Se trata de la&nbsp;<em>elecci\u00f3n de la fe,&nbsp;<\/em>de la&nbsp;<em>obediencia de la fe&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>16, 26), por la que \u00abel hombre se entrega entera y libremente a Dios, y le ofrece &#8220;el homenaje total de su entendimiento y voluntad&#8221;\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2434\">112<\/a><\/sup>. Esta fe, que act\u00faa por la caridad (cf.&nbsp;<em>Ga<\/em>&nbsp;5, 6), proviene de lo m\u00e1s \u00edntimo del hombre, de su \u00abcoraz\u00f3n\u00bb (cf.<em>&nbsp;Rm&nbsp;<\/em>10, 10), y desde aqu\u00ed viene llamada a fructificar en las obras (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>12, 33-35;&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>6, 43-45;&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 5-8;&nbsp;<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 22). En el Dec\u00e1logo se encuentra, al inicio de los diversos mandamientos, la cl\u00e1usula fundamental: \u00abYo, el Se\u00f1or, soy tu Dios\u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>20, 2), la cual, confiriendo el sentido original a las m\u00faltiples y varias prescripciones particulares, asegura a la moral de la Alianza una fisonom\u00eda de totalidad, unidad y profundidad. La elecci\u00f3n fundamental de Israel se refiere, por tanto, al mandamiento fundamental (cf.&nbsp;<em>Jos&nbsp;<\/em>24, 14-25;&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>19, 3-8;&nbsp;<em>Mi&nbsp;<\/em>6, 8). Tambi\u00e9n la moral de la nueva alianza est\u00e1 dominada por la llamada fundamental de Jes\u00fas a su&nbsp;<em>seguimiento&nbsp;<\/em>\u2014al joven le dice: \u00abSi quieres ser perfecto&#8230; ven, y s\u00edgueme\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 21)\u2014; y el disc\u00edpulo responde a esa llamada con una decisi\u00f3n y una elecci\u00f3n radical. Las par\u00e1bolas evang\u00e9licas del tesoro y de la perla preciosa, por los que se vende todo cuanto se posee, son im\u00e1genes elocuentes y eficaces del car\u00e1cter radical e incondicionado de la elecci\u00f3n que exige el reino de Dios. La radicalidad de la elecci\u00f3n para seguir a Jes\u00fas est\u00e1 expresada maravillosamente en sus palabras: \u00abQuien quiera salvar su vida, la perder\u00e1; pero quien pierda su vida por m\u00ed y por el Evangelio, la salvar\u00e1\u00bb (<em>Mc<\/em>&nbsp;8, 35).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La llamada de Jes\u00fas \u00abven y s\u00edgueme\u00bb marca la m\u00e1xima exaltaci\u00f3n posible de la libertad del hombre y, al mismo tiempo, atestigua la verdad y la obligaci\u00f3n de los actos de fe y de decisiones que se pueden calificar de opci\u00f3n fundamental. Encontramos una an\u00e1loga exaltaci\u00f3n de la libertad humana en las palabras de san Pablo: \u00abHermanos, hab\u00e9is sido llamados a la libertad\u00bb (<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 13). Pero el Ap\u00f3stol a\u00f1ade inmediatamente una grave advertencia: \u00abCon tal de que no tom\u00e9is de esa libertad pretexto para la carne\u00bb. En esta exhortaci\u00f3n resuenan sus palabras precedentes: \u00abPara ser libres nos libert\u00f3 Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dej\u00e9is oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud\u00bb (<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 1). El ap\u00f3stol Pablo nos invita a la vigilancia, pues la libertad sufre siempre la insidia de la esclavitud. Tal es precisamente el caso de un acto de fe \u2014en el sentido de una opci\u00f3n fundamental\u2014 que es disociado de la elecci\u00f3n de los actos particulares seg\u00fan las corrientes anteriormente mencionadas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">67. Por tanto, dichas teor\u00edas son contrarias a la misma ense\u00f1anza b\u00edblica, que concibe la opci\u00f3n fundamental como una verdadera y propia elecci\u00f3n de la libertad y vincula profundamente esta elecci\u00f3n a los actos particulares. Mediante la elecci\u00f3n fundamental, el hombre es capaz de orientar su vida y \u2014con la ayuda de la gracia\u2014 tender a su fin siguiendo la llamada divina. Pero esta capacidad se ejerce de hecho en las elecciones particulares de actos determinados, mediante los cuales el hombre se conforma deliberadamente con la voluntad, la sabidur\u00eda y la ley de Dios. Por tanto, se afirma que&nbsp;<em>la llamada opci\u00f3n fundamental, en la medida en que se diferencia de una intenci\u00f3n gen\u00e9rica&nbsp;<\/em>y, por ello, no determinada todav\u00eda en una forma vinculante de la libertad,&nbsp;<em>se act\u00faa siempre mediante elecciones conscientes y libres.&nbsp;<\/em>Precisamente por esto,&nbsp;<em>la opci\u00f3n fundamental es revocada cuando el hombre compromete su libertad en elecciones conscientes de sentido contrario, en materia moral grave.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Separar la opci\u00f3n fundamental de los comportamientos concretos significa contradecir la integridad sustancial o la unidad personal del agente moral en su cuerpo y en su alma. Una opci\u00f3n fundamental, entendida sin considerar expl\u00edcitamente las potencialidades que pone en acto y las determinaciones que la expresan, no hace justicia a la finalidad racional inmanente al obrar del hombre y a cada una de sus elecciones deliberadas. En realidad, la moralidad de los actos humanos no se reivindica solamente por la intenci\u00f3n, por la orientaci\u00f3n u opci\u00f3n fundamental, interpretada en el sentido de una intenci\u00f3n vac\u00eda de contenidos vinculantes bien precisos, o de una intenci\u00f3n a la que no corresponde un esfuerzo real en las diversas obligaciones de la vida moral. La moralidad no puede ser juzgada si se prescinde de la conformidad u oposici\u00f3n de la elecci\u00f3n deliberada de un comportamiento concreto respecto a la dignidad y a la vocaci\u00f3n integral de la persona humana. Toda elecci\u00f3n implica siempre una referencia de la voluntad deliberada a los bienes y a los males, indicados por la ley natural como bienes que hay que conseguir y males que hay que evitar. En el caso de los preceptos morales positivos, la prudencia ha de jugar siempre el papel de verificar su incumbencia en una determinada situaci\u00f3n, por ejemplo, teniendo en cuenta otros deberes quiz\u00e1s m\u00e1s importantes o urgentes. Pero los preceptos morales negativos, es decir, los que prohiben algunos actos o comportamientos concretos como intr\u00ednsecamente malos, no admiten ninguna excepci\u00f3n leg\u00edtima; no dejan ning\u00fan espacio moralmente aceptable para la&nbsp;<em>creatividad&nbsp;<\/em>de alguna determinaci\u00f3n contraria. Una vez reconocida concretamente la especie moral de una acci\u00f3n prohibida por una norma universal, el acto moralmente bueno es s\u00f3lo aquel que obedece a la ley moral y se abstiene de la acci\u00f3n que dicha ley proh\u00edbe.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">68. Con todo, es necesario a\u00f1adir una importante consideraci\u00f3n pastoral. En la l\u00f3gica de las teor\u00edas mencionadas anteriormente, el hombre, en virtud de una opci\u00f3n fundamental, podr\u00eda permanecer fiel a Dios independientemente de la mayor o menor conformidad de algunas de sus elecciones y de sus actos concretos con las normas o reglas morales espec\u00edficas. En virtud de una opci\u00f3n primordial por la caridad, el hombre \u2014seg\u00fan estas corrientes\u2014 podr\u00eda mantenerse moralmente bueno, perseverar en la gracia de Dios, alcanzar la propia salvaci\u00f3n, aunque algunos de sus comportamientos concretos sean contrarios deliberada y gravemente a los mandamientos de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En realidad, el hombre no va a la perdici\u00f3n solamente por la infidelidad a la opci\u00f3n fundamental, seg\u00fan la cual se ha entregado \u00abentera y libremente a Dios\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2435\">113<\/a><\/sup>. Con cualquier pecado mortal cometido deliberadamente, el hombre ofende a Dios que ha dado la ley y, por tanto, se hace culpable frente a toda la ley (cf.&nbsp;<em>St&nbsp;<\/em>2, 8-11); a pesar de conservar la fe, pierde la \u00abgracia santificante\u00bb, la \u00abcaridad\u00bb y la \u00abbienaventuranza eterna\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2436\">114<\/a><\/sup>. \u00abLa gracia de la justificaci\u00f3n que se ha recibido \u2014ense\u00f1a el concilio de Trento\u2014 no s\u00f3lo se pierde por la infidelidad, por la cual se pierde incluso la fe, sino por cualquier otro pecado mortal\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2437\">115<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Pecado mortal y venial<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">69. Las consideraciones en torno a la opci\u00f3n fundamental, como hemos visto, han inducido a algunos te\u00f3logos a someter tambi\u00e9n a una profunda revisi\u00f3n la distinci\u00f3n tradicional entre los pecados&nbsp;<em>mortales&nbsp;<\/em>y los pecados&nbsp;<em>veniales;&nbsp;<\/em>subrayan que la oposici\u00f3n a la ley de Dios, que causa la p\u00e9rdida de la gracia santificante \u2014y, en el caso de muerte en tal estado de pecado, la condenaci\u00f3n eterna\u2014, solamente puede ser fruto de un acto que compromete a la persona en su totalidad, es decir, un acto de opci\u00f3n fundamental. Seg\u00fan estos te\u00f3logos, el pecado mortal, que separa al hombre de Dios, se verificar\u00eda solamente en el rechazo de Dios, que se realiza a un nivel de libertad no identificable con un acto de elecci\u00f3n ni al que se puede llegar con un conocimiento s\u00f3lo reflejo. En este sentido \u2014a\u00f1aden\u2014 es dif\u00edcil, al menos psicol\u00f3gicamente, aceptar el hecho de que un cristiano, que quiere permanecer unido a Jesucristo y a su Iglesia, pueda cometer pecados mortales tan f\u00e1cil y repetidamente, como parece indicar a veces la&nbsp;<em>materia&nbsp;<\/em>misma de sus actos. Igualmente, ser\u00eda dif\u00edcil aceptar que el hombre sea capaz, en un breve per\u00edodo de tiempo, de romper radicalmente el v\u00ednculo de comuni\u00f3n con Dios y de convertirse sucesivamente a \u00e9l mediante una penitencia sincera. Por tanto, es necesario \u2014se afirma\u2014 medir la gravedad del pecado seg\u00fan el grado de compromiso de libertad de la persona que realiza un acto, y no seg\u00fan la materia de dicho acto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">70. La exhortaci\u00f3n apost\u00f3lica post-sinodal&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia.html\">Reconciliatio et paenitentia<\/a>&nbsp;<\/em>ha confirmado la importancia y la actualidad permanente de la distinci\u00f3n entre pecados mortales y veniales, seg\u00fan la tradici\u00f3n de la Iglesia. Y el S\u00ednodo de los obispos de 1983, del cual ha emanado dicha exhortaci\u00f3n, \u00abno s\u00f3lo ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado por el concilio de Trento sobre la existencia y la naturaleza de los pecados mortales y veniales, sino que ha querido recordar que es&nbsp;<em>pecado mortal&nbsp;<\/em>lo que tiene como objeto una materia grave y que, adem\u00e1s, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2438\">116<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La afirmaci\u00f3n del concilio de Trento no considera solamente la<em>&nbsp;materia grave&nbsp;<\/em>del pecado mortal, sino que recuerda tambi\u00e9n, como una condici\u00f3n necesaria suya, el&nbsp;<em>pleno conocimiento y consentimiento deliberado.&nbsp;<\/em>Por lo dem\u00e1s, tanto en la teolog\u00eda moral como en la pr\u00e1ctica pastoral, son bien conocidos los casos en los que un acto grave, por su materia, no constituye un pecado mortal por raz\u00f3n del conocimiento no pleno o del consentimiento no deliberado de quien lo comete. Por otra parte, \u00abse deber\u00e1 evitar reducir el pecado mortal a un acto de&nbsp;<em>&#8220;opci\u00f3n fundamental&#8221;&nbsp;<\/em>\u2014como hoy se suele decir\u2014 contra Dios\u00bb, concebido ya sea como expl\u00edcito y formal desprecio de Dios y del pr\u00f3jimo, ya sea como impl\u00edcito y no reflexivo rechazo del amor. \u00abSe comete, en efecto, un pecado mortal tambi\u00e9n cuando el hombre, sabi\u00e9ndolo y queri\u00e9ndolo, elige, por el motivo que sea, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elecci\u00f3n est\u00e1 ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creaci\u00f3n: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad.&nbsp;<em>La orientaci\u00f3n fundamental puede,&nbsp;<\/em>pues,&nbsp;<em>ser radicalmente modificada por actos particulares.<\/em>&nbsp;Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicol\u00f3gico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideraci\u00f3n de la esfera psicol\u00f3gica no se puede pasar a la constituci\u00f3n de una categor\u00eda teol\u00f3gica, como es concretamente la &#8220;opci\u00f3n fundamental&#8221; entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepci\u00f3n tradicional de pecado mortal\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2439\">117<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo, la disociaci\u00f3n entre opci\u00f3n fundamental y decisiones deliberadas de comportamientos determinados, desordenados en s\u00ed mismos o por las circunstancias, que podr\u00edan no cuestionarla, comporta el desconocimiento de la doctrina cat\u00f3lica sobre el pecado mortal: \u00abSiguiendo la tradici\u00f3n de la Iglesia, llamamos&nbsp;<em>pecado mortal&nbsp;<\/em>al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a s\u00ed mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (<em>\u00abconversio ad creaturam<\/em>\u00bb). Esto puede ocurrir de modo directo y formal, como en los pecados de idolatr\u00eda, apostas\u00eda y ate\u00edsmo; o de modo equivalente, como en todos los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243A\">118<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>IV. El acto moral<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Teleolog\u00eda y teleologismo<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">71. La relaci\u00f3n entre la libertad del hombre y la ley de Dios, que encuentra su \u00e1mbito vital y profundo en la conciencia moral, se manifiesta y realiza en los&nbsp;<em>actos humanos.&nbsp;<\/em>Es precisamente mediante sus actos como el hombre se perfecciona en cuanto tal, como persona llamada a buscar espont\u00e1neamente a su Creador y a alcanzar libremente, mediante su adhesi\u00f3n a \u00e9l, la perfecci\u00f3n feliz y plena&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243B\">119<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que realiza esos actos&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243C\">120<\/a><\/sup>. \u00c9stos no producen s\u00f3lo un cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su<em>&nbsp;profunda fisonom\u00eda espiritual,&nbsp;<\/em>como pone de relieve, de modo sugestivo, san Gregorio Niseno: \u00abTodos los seres sujetos al devenir no permanecen id\u00e9nticos a s\u00ed mismos, sino que pasan continuamente de un estado a otro mediante un cambio que se traduce siempre en bien o en mal&#8230; As\u00ed pues, ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente&#8230; Pero aqu\u00ed el nacimiento no se produce por una intervenci\u00f3n ajena, como es el caso de los seres corp\u00f3reos&#8230; sino que es el resultado de una decisi\u00f3n libre y, as\u00ed,&nbsp;<em>nosotros somos&nbsp;<\/em>en cierto modo&nbsp;<em>nuestros mismos progenitores,<\/em>&nbsp;cre\u00e1ndonos como queremos y, con nuestra elecci\u00f3n, d\u00e1ndonos la forma que queremos\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243D\">121<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">72. La&nbsp;<em>moralidad de los actos&nbsp;<\/em>est\u00e1 definida por la relaci\u00f3n de la libertad del hombre con el bien aut\u00e9ntico. Dicho bien es establecido, como ley eterna, por la sabidur\u00eda de Dios que ordena todo ser a su fin. Esta ley eterna es conocida tanto por medio de la raz\u00f3n natural del hombre (y, de esta manera, es&nbsp;<em>ley natural<\/em>), cuanto \u2014de modo integral y perfecto\u2014 por medio de la revelaci\u00f3n sobrenatural de Dios (y por ello es llamada&nbsp;<em>ley divina<\/em>). El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad est\u00e1n&nbsp;<em>conformes con el verdadero bien del hombre&nbsp;<\/em>y expresan as\u00ed la ordenaci\u00f3n voluntaria de la persona hacia su fin \u00faltimo, es decir, Dios mismo: el bien supremo en el cual el hombre encuentra su plena y perfecta felicidad. La pregunta inicial del di\u00e1logo del joven con Jes\u00fas: \u00ab\u00bfQu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 16) evidencia inmediatamente el v\u00ednculo esencial entre&nbsp;<em>el valor moral de un acto y el fin \u00faltimo del hombre.&nbsp;<\/em>Jes\u00fas, en su respuesta, confirma la convicci\u00f3n de su interlocutor: el cumplimiento de actos buenos, mandados por el \u00fanico que es \u00abBueno\u00bb, constituye la condici\u00f3n indispensable y el camino para la felicidad eterna: \u00abSi quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 17). La respuesta de Jes\u00fas remitiendo a los mandamientos manifiesta tambi\u00e9n que el camino hacia el fin est\u00e1 marcado por el respeto de las leyes divinas que tutelan el bien humano.&nbsp;<em>S\u00f3lo el acto conforme al bien puede ser camino que conduce a la vida.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La ordenaci\u00f3n racional del acto humano hacia el bien en toda su verdad y la b\u00fasqueda voluntaria de este bien, conocido por la raz\u00f3n, constituyen la moralidad. Por tanto, el obrar humano no puede ser valorado moralmente bueno s\u00f3lo porque sea funcional para alcanzar este o aquel fin que persigue, o simplemente porque la intenci\u00f3n del sujeto sea buena&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243E\">122<\/a><\/sup>. El obrar es moralmente bueno cuando testimonia y expresa la ordenaci\u00f3n voluntaria de la persona al fin \u00faltimo y la conformidad de la acci\u00f3n concreta con el bien humano, tal y como es reconocido en su verdad por la raz\u00f3n. Si el objeto de la acci\u00f3n concreta no est\u00e1 en sinton\u00eda con el verdadero bien de la persona, la elecci\u00f3n de tal acci\u00f3n hace moralmente mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos y, por consiguiente, nos pone en contradicci\u00f3n con nuestro fin \u00faltimo, el bien supremo, es decir, Dios mismo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">73. El cristiano, gracias a la revelaci\u00f3n de Dios y a la fe, conoce la&nbsp;<em>novedad&nbsp;<\/em>que marca la moralidad de sus actos; \u00e9stos est\u00e1n llamados a expresar la mayor o menor coherencia con la dignidad y vocaci\u00f3n que le han sido dadas por la gracia: en Jesucristo y en su Esp\u00edritu, el cristiano es&nbsp;<em>creatura nueva<\/em>, hijo de Dios, y mediante sus actos manifiesta su conformidad o divergencia con la imagen del Hijo que es el primog\u00e9nito entre muchos hermanos (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 29), vive su fidelidad o infidelidad al don del Esp\u00edritu y se abre o se cierra a la vida eterna, a la comuni\u00f3n de visi\u00f3n, de amor y beatitud con Dios Padre, Hijo y Esp\u00edritu Santo&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243F\">123<\/a><\/sup>. Cristo \u00abnos forma seg\u00fan su imagen \u2014dice san Cirilo de Alejandr\u00eda\u2014, de modo que los rasgos de su naturaleza divina resplandecen en nosotros a trav\u00e9s de la santificaci\u00f3n y la justicia y la vida buena y virtuosa&#8230; La belleza de esta imagen resplandece en nosotros que estamos en Cristo, cuando, por las obras, nos manifestamos como hombres buenos\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243G\">124<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este sentido, la vida moral posee un&nbsp;<em>car\u00e1cter \u00abteleol\u00f3gico<\/em>\u00bb esencial, porque consiste en la ordenaci\u00f3n deliberada de los actos humanos a Dios, sumo bien y fin (<em>telos<\/em>) \u00faltimo del hombre. Lo testimonia, una vez m\u00e1s, la pregunta del joven a Jes\u00fas: \u00ab\u00bfQu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?\u00bb. Pero esta ordenaci\u00f3n al fin \u00faltimo no es una dimensi\u00f3n subjetivista que dependa s\u00f3lo de la intenci\u00f3n. Aqu\u00e9lla presupone que tales actos sean en s\u00ed mismos ordenables a este fin, en cuanto son conformes al aut\u00e9ntico bien moral del hombre, tutelado por los mandamientos. Esto es lo que Jes\u00fas mismo recuerda en la respuesta al joven: \u00abSi quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 17).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Evidentemente debe ser una ordenaci\u00f3n racional y libre, consciente y deliberada, en virtud de la cual el hombre es responsable de sus actos y est\u00e1 sometido al juicio de Dios, juez justo y bueno que premia el bien y castiga el mal, como nos lo recuerda el ap\u00f3stol Pablo: \u00abEs necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal\u00bb (<em>2 Co&nbsp;<\/em>5, 10).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">74. Pero, \u00bfde qu\u00e9 depende la calificaci\u00f3n moral del obrar libre del hombre? \u00bfC\u00f3mo se asegura esta&nbsp;<em>ordenaci\u00f3n de los actos humanos hacia Dios? \u00bf<\/em>Solamente depende de la&nbsp;<em>intenci\u00f3n&nbsp;<\/em>que sea conforme al fin \u00faltimo, al bien supremo, o de las&nbsp;<em>circunstancias&nbsp;<\/em>\u2014y, en particular, de las&nbsp;<em>consecuencias<\/em>\u2014 que caracterizan el obrar del hombre, o no depende tambi\u00e9n \u2014y sobre todo\u2014 del&nbsp;<em>objeto&nbsp;<\/em>mismo de los actos humanos?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00c9ste es el problema llamado tradicionalmente de las \u00abfuentes de la moralidad\u00bb. Precisamente con relaci\u00f3n a este problema, en las \u00faltimas d\u00e9cadas se han manifestado nuevas \u2014o renovadas\u2014 tendencias culturales y teol\u00f3gicas que exigen un cuidadoso discernimiento por parte del Magisterio de la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Algunas&nbsp;<em>teor\u00edas \u00e9ticas,&nbsp;<\/em>denominadas&nbsp;<em>\u00abteleol\u00f3gicas\u00bb,&nbsp;<\/em>dedican especial atenci\u00f3n a la conformidad de los actos humanos con los fines perseguidos por el agente y con los valores que \u00e9l percibe. Los criterios para valorar la rectitud moral de una acci\u00f3n se toman de la&nbsp;<em>ponderaci\u00f3n de los bienes&nbsp;<\/em>que hay que conseguir o de los valores que hay que respetar. Para algunos, el comportamiento concreto ser\u00eda recto o equivocado seg\u00fan pueda o no producir un estado de cosas mejores para todas las personas interesadas: ser\u00eda recto el comportamiento capaz de&nbsp;<em>maximalizar&nbsp;<\/em>los bienes y<em>&nbsp;minimizar&nbsp;<\/em>los males.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Muchos de los moralistas cat\u00f3licos que siguen esta orientaci\u00f3n, buscan distanciarse del utilitarismo y del pragmatismo, para los cuales la moralidad de los actos humanos ser\u00eda juzgada sin hacer referencia al verdadero fin \u00faltimo del hombre. Con raz\u00f3n, se dan cuenta de la necesidad de encontrar argumentos racionales, cada vez m\u00e1s consistentes, para justificar las exigencias y fundamentar las normas de la vida moral. Dicha b\u00fasqueda es leg\u00edtima y necesaria por el hecho de que el orden moral, establecido por la ley natural, es, en l\u00ednea de principio, accesible a la raz\u00f3n humana. Se trata, adem\u00e1s, de una b\u00fasqueda que sintoniza con las exigencias del di\u00e1logo y la colaboraci\u00f3n con los no-cat\u00f3licos y los no-creyentes, especialmente en las sociedades pluralistas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">75. Pero en el \u00e1mbito del esfuerzo por elaborar esa moral racional \u2014a veces llamada por esto&nbsp;<em>moral aut\u00f3noma<\/em>\u2014, existen<em>&nbsp;falsas soluciones, vinculadas particularmente a una comprensi\u00f3n inadecuada del objeto del obrar moral. Algunos&nbsp;<\/em>no consideran suficientemente el hecho de que la voluntad est\u00e1 implicada en las elecciones concretas que realiza: esas son condiciones de su bondad moral y de su ordenaci\u00f3n al fin \u00faltimo de la persona.<em>&nbsp;Otros&nbsp;<\/em>se inspiran adem\u00e1s en una concepci\u00f3n de la libertad que prescinde de las condiciones efectivas de su ejercicio, de su referencia objetiva a la verdad sobre el bien, de su determinaci\u00f3n mediante elecciones de comportamientos concretos. Y as\u00ed, seg\u00fan estas teor\u00edas, la voluntad libre no estar\u00eda ni moralmente sometida a obligaciones determinadas, ni vinculada por sus elecciones, a pesar de no dejar de ser responsable de los propios actos y de sus consecuencias. Este&nbsp;<em>\u00abteleologismo\u00bb,&nbsp;<\/em>como m\u00e9todo de reencuentro de la norma moral, puede, entonces, ser llamado \u2014seg\u00fan terminolog\u00edas y aproches tomados de diferentes corrientes de pensamiento\u2014&nbsp;<em>\u00abconsecuencialismo\u00bb&nbsp;<\/em>o<em>&nbsp;\u00abproporcionalismo\u00bb.&nbsp;<\/em>El primero pretende obtener los criterios de la rectitud de un obrar determinado s\u00f3lo del c\u00e1lculo de las consecuencias que se prev\u00e9 pueden derivarse de la ejecuci\u00f3n de una decisi\u00f3n. El segundo, ponderando entre s\u00ed los valores y los bienes que persiguen, se centra m\u00e1s bien en la proporci\u00f3n reconocida entre los efectos buenos o malos, en vista del&nbsp;<em>bien mayor&nbsp;<\/em>o del&nbsp;<em>mal menor<\/em>, que sean efectivamente posibles en una situaci\u00f3n determinada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Las teor\u00edas \u00e9ticas teleol\u00f3gicas (proporcionalismo, consecuencialismo),&nbsp;<\/em>aun reconociendo que los valores morales son se\u00f1alados por la raz\u00f3n y la revelaci\u00f3n, no admiten que se pueda formular una prohibici\u00f3n absoluta de comportamientos determinados que, en cualquier circunstancia y cultura, contrasten con aquellos valores. El sujeto que obra ser\u00eda responsable de la consecuci\u00f3n de los valores que se persiguen, pero seg\u00fan un doble aspecto: en efecto, los valores o bienes implicados en un acto humano, ser\u00eda, desde un punto de vista,&nbsp;<em>de orden moral&nbsp;<\/em>(con relaci\u00f3n a valores propiamente morales, como el amor de Dios, la benevolencia hacia el pr\u00f3jimo, la justicia, etc) y, desde otro,<em>&nbsp;de orden pre-moral,&nbsp;<\/em>llamado tambi\u00e9n no-moral, f\u00edsico u \u00f3ntico (con relaci\u00f3n a las ventajas e inconvenientes originados sea a aquel que act\u00faa, sea a toda persona implicada antes o despu\u00e9s, como por ejemplo la salud o su lesi\u00f3n, la integridad f\u00edsica, la vida, la muerte, la p\u00e9rdida de bienes materiales, etc).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En un mundo en el que el bien estar\u00eda siempre mezclado con el mal y cualquier efecto bueno estar\u00eda vinculado con otros efectos malos, la moralidad del acto se juzgar\u00eda de modo diferenciado: su&nbsp;<em>bondad&nbsp;<\/em>moral, sobre la base de la intenci\u00f3n del sujeto, referida a los bienes morales; y su rectitud, sobre la base de la consideraci\u00f3n de los efectos o consecuencias previsibles y de su proporci\u00f3n. Por consiguiente, los comportamientos concretos ser\u00edan calificados como&nbsp;<em>rectos&nbsp;<\/em>o&nbsp;<em>equivocados<\/em>, sin que por esto sea posible valorar la voluntad de la persona que los elige como moralmente&nbsp;<em>buena&nbsp;<\/em>o&nbsp;<em>mala<\/em>. De este modo, un acto que, oponi\u00e9ndose a normas universales negativas viola directamente bienes considerados como pre-morales, podr\u00eda ser calificado como moralmente admisible si la intenci\u00f3n del sujeto se concentra, seg\u00fan una&nbsp;<em>responsable&nbsp;<\/em>ponderaci\u00f3n de los bienes implicados en la acci\u00f3n concreta, sobre el valor moral considerado decisivo en la circunstancia. La valoraci\u00f3n de las consecuencias de la acci\u00f3n, en virtud de la proporci\u00f3n del acto con sus efectos y de los efectos entre s\u00ed, s\u00f3lo afectar\u00eda al orden pre-moral. Sobre la especificidad moral de los actos, esto es, sobre su bondad o maldad, decidir\u00eda exclusivamente la fidelidad de la persona a los valores m\u00e1s altos de la caridad y de la prudencia, sin que esta fidelidad sea incompatible necesariamente con decisiones contrarias a ciertos preceptos morales particulares. Incluso en materia grave, estos \u00faltimos deber\u00e1n ser considerados como normas operativas siempre relativas y susceptibles de excepciones. En esta perspectiva, el consentimiento otorgado a ciertos comportamientos declarados il\u00edcitos por la moral tradicional no implicar\u00eda una malicia moral objetiva.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El objeto del acto deliberado<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">76. Estas teor\u00edas pueden adquirir una cierta fuerza persuasiva por su afinidad con la mentalidad cient\u00edfica, preocupada, con raz\u00f3n, de ordenar las actividades t\u00e9cnicas y econ\u00f3micas seg\u00fan el c\u00e1lculo de los recursos y los beneficios, de los procedimientos y los efectos. Pretenden liberar de las imposiciones de una moral de la obligaci\u00f3n, voluntarista y arbitraria, que resultar\u00eda inhumana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, semejantes teor\u00edas no son fieles a la doctrina de la Iglesia, en cuanto creen poder justificar, como moralmente buenas, elecciones deliberadas de comportamientos contrarios a los mandamientos de la ley divina y natural. Estas teor\u00edas no pueden apelar a la tradici\u00f3n moral cat\u00f3lica, pues, si bien es verdad que en esta \u00faltima se ha desarrollado una casu\u00edstica atenta a ponderar en algunas situaciones concretas las posibilidades mayores de bien, es igualmente verdad que esto se refer\u00eda solamente a los casos en los que la ley era incierta y, por consiguiente, no pon\u00eda en discusi\u00f3n la validez absoluta de los preceptos morales negativos, que obligan sin excepci\u00f3n. Los fieles est\u00e1n obligados a reconocer y respetar los preceptos morales espec\u00edficos, declarados y ense\u00f1ados por la Iglesia en el nombre de Dios, Creador y Se\u00f1or&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243H\">125<\/a><\/sup>. Cuando el ap\u00f3stol Pablo recapitula el cumplimiento de la Ley en el precepto de amar al pr\u00f3jimo como a s\u00ed mismo (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>13, 8-10), no aten\u00faa los mandamientos, sino que, sobre todo, los confirma, desde el momento en que revela sus exigencias y gravedad.&nbsp;<em>El amor a Dios y el amor al pr\u00f3jimo son inseparables de la observancia de los mandamientos de la Alianza,&nbsp;<\/em>renovada en la sangre de Jesucristo y en el don del Esp\u00edritu Santo. Es un honor para los cristianos obedecer a Dios antes que a los hombres (cf.&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>4, 19; 5, 29) e incluso aceptar el martirio a causa de ello, como han hecho los santos y las santas del Antiguo y del Nuevo Testamento, reconocidos como tales por haber dado su vida antes que realizar este o aquel gesto particular contrario a la fe o la virtud.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">77. Para ofrecer los criterios racionales de una justa decisi\u00f3n moral, las mencionadas teor\u00edas tienen en cuenta la&nbsp;<em>intenci\u00f3n&nbsp;<\/em>y las&nbsp;<em>consecuencias&nbsp;<\/em>de la acci\u00f3n humana. Ciertamente hay que dar gran importancia ya sea a la intenci\u00f3n \u2014como Jes\u00fas insiste con particular fuerza en abierta contraposici\u00f3n con los escribas y fariseos, que prescrib\u00edan minuciosamente ciertas obras externas sin atender al coraz\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>7, 20-21;&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>15, 19)\u2014, ya sea a los bienes obtenidos y los males evitados como consecuencia de un acto particular. Se trata de una exigencia de responsabilidad. Pero la consideraci\u00f3n de estas consecuencias \u2014as\u00ed como de las intenciones\u2014 no es suficiente para valorar la calidad moral de una elecci\u00f3n concreta. La ponderaci\u00f3n de los bienes y los males, previsibles como consecuencia de una acci\u00f3n, no es un m\u00e9todo adecuado para determinar si la elecci\u00f3n de aquel comportamiento concreto es,&nbsp;<em>seg\u00fan su especie&nbsp;<\/em>o&nbsp;<em>en s\u00ed misma<\/em>, moralmente buena o mala, l\u00edcita o il\u00edcita. Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas circunstancias del acto que, aunque puedan modificar la gravedad de una acci\u00f3n mala, no pueden cambiar, sin embargo, la especie moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por otra parte, cada uno conoce las dificultades o, mejor dicho, la imposibilidad, de valorar todas las consecuencias y todos los efectos buenos o malos \u2014denominados pre-morales\u2014 de los propios actos: un c\u00e1lculo racional exhaustivo no es posible. Entonces, \u00bfqu\u00e9 hay que hacer para establecer unas proporciones que dependen de una valoraci\u00f3n, cuyos criterios permanecen oscuros? \u00bfC\u00f3mo podr\u00eda justificarse una obligaci\u00f3n absoluta sobre c\u00e1lculos tan discutibles?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">78.&nbsp;<em>La moralidad del acto humano depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la voluntad deliberada,&nbsp;<\/em>como lo prueba tambi\u00e9n el penetrante an\u00e1lisis, a\u00fan v\u00e1lido, de santo Tom\u00e1s&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243I\">126<\/a><\/sup>. As\u00ed pues, para poder aprehender el objeto de un acto, que lo especifica moralmente, hay que situarse<em>&nbsp;en la perspectiva de la persona que act\u00faa.&nbsp;<\/em>En efecto, el objeto del acto del querer es un comportamiento elegido libremente. Y en cuanto es conforme con el orden de la raz\u00f3n, es causa de la bondad de la voluntad, nos perfecciona moralmente y nos dispone a reconocer nuestro fin \u00faltimo en el bien perfecto, el amor originario. Por tanto, no se puede tomar como objeto de un determinado acto moral, un proceso o un evento de orden f\u00edsico solamente, que se valora en cuanto origina un determinado estado de cosas en el mundo externo. El objeto es el fin pr\u00f3ximo de una elecci\u00f3n deliberada que determina el acto del querer de la persona que act\u00faa. En este sentido, como ense\u00f1a el&nbsp;<em>Catecismo de la Iglesia cat\u00f3lica,&nbsp;<\/em>\u00abhay comportamientos concretos cuya elecci\u00f3n es siempre errada porque \u00e9sta comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243J\">127<\/a><\/sup>. \u00abSucede frecuentemente \u2014afirma el Aquinate\u2014 que el hombre act\u00fae con buena intenci\u00f3n, pero sin provecho espiritual porque le falta la buena voluntad. Por ejemplo, uno roba para ayudar a los pobres: en este caso, si bien la intenci\u00f3n es buena, falta la rectitud de la voluntad porque las obras son malas. En conclusi\u00f3n, la buena intenci\u00f3n no autoriza a hacer ninguna obra mala. &#8220;Algunos dicen: hagamos el mal para que venga el bien. Estos bien merecen la propia condena&#8221; (<em>Rm&nbsp;<\/em>3, 8)\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243K\">128<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La raz\u00f3n por la que no basta la buena intenci\u00f3n, sino que es necesaria tambi\u00e9n la recta elecci\u00f3n de las obras, reside en el hecho de que el acto humano depende de su objeto, o sea si \u00e9ste es o no es&nbsp;<em>\u00abordenable<\/em>\u00bb a Dios, al \u00fanico que es \u00abBueno\u00bb, y as\u00ed realiza la perfecci\u00f3n de la persona. Por tanto, el acto es bueno si su objeto es conforme con el bien de la persona en el respeto de los bienes moralmente relevantes para ella. La \u00e9tica cristiana, que privilegia la atenci\u00f3n al objeto moral, no rechaza considerar la&nbsp;<em>teleolog\u00eda&nbsp;<\/em>interior del obrar, en cuanto orientado a promover el verdadero bien de la persona, sino que reconoce que \u00e9ste s\u00f3lo se pretende realmente cuando se respetan los elementos esenciales de la naturaleza humana. El acto humano, bueno seg\u00fan su objeto, es&nbsp;<em>\u00abordenable<\/em>\u00bb tambi\u00e9n al fin \u00faltimo. El mismo acto alcanza despu\u00e9s su perfecci\u00f3n \u00faltima y decisiva cuando la voluntad lo&nbsp;<em>ordena efectivamente&nbsp;<\/em>a Dios mediante la caridad. A este respecto, el patrono de los moralistas y confesores ense\u00f1a: \u00abNo basta realizar obras buenas, sino que es preciso hacerlas bien. Para que nuestras obras sean buenas y perfectas, es necesario hacerlas con el fin puro de agradar a Dios\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243L\">129<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El \u00abmal intr\u00ednseco\u00bb: no es l\u00edcito hacer el mal para lograr el bien&nbsp;<\/em>(cf. Rm 3, 8)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">79. As\u00ed pues,&nbsp;<em>hay que rechazar la tesis,&nbsp;<\/em>caracter\u00edstica de las teor\u00edas teleol\u00f3gicas y proporcionalistas,&nbsp;<em>seg\u00fan la cual ser\u00eda imposible calificar como moralmente mala seg\u00fan su especie&nbsp;<\/em>\u2014su \u00abobjeto\u00bb\u2014&nbsp;<em>la elecci\u00f3n deliberada de algunos comportamientos o actos determinados prescindiendo de la intenci\u00f3n por la que la elecci\u00f3n es hecha o de la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El elemento primario y decisivo para el juicio moral es el objeto del acto humano, el cual decide sobre su&nbsp;<em>\u00abordenabilidad\u00bb al bien y al fin \u00faltimo que es Dios.&nbsp;<\/em>Tal \u00abordenabilidad\u00bb es aprehendida por la raz\u00f3n en el mismo ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por tanto, en sus inclinaciones naturales, en sus dinamismos y sus finalidades, que tambi\u00e9n tienen siempre una dimensi\u00f3n espiritual: \u00e9stos son exactamente los contenidos de la ley natural y, por consiguiente, el conjunto ordenado de los&nbsp;<em>bienes para la persona&nbsp;<\/em>que se ponen al servicio del&nbsp;<em>bien de la persona ,&nbsp;<\/em>del bien que es ella misma y su perfecci\u00f3n. Estos son los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales, seg\u00fan Santo Tom\u00e1s, contienen toda la ley natural&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243M\">130<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">80. Ahora bien, la raz\u00f3n testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como&nbsp;<em>no-ordenables&nbsp;<\/em>a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradici\u00f3n moral de la Iglesia, han sido denominados&nbsp;<em>intr\u00ednsecamente malos&nbsp;<\/em>(<em>\u00abintrinsece malum<\/em>\u00bb): lo son siempre y por s\u00ed mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien act\u00faa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia ense\u00f1a que \u00abexisten actos que, por s\u00ed y en s\u00ed mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente il\u00edcitos por raz\u00f3n de su objeto\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243N\">131<\/a><\/sup>. El mismo concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificaci\u00f3n de tales actos: \u00abTodo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier g\u00e9nero, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacci\u00f3n psicol\u00f3gica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostituci\u00f3n, la trata de blancas y de j\u00f3venes; tambi\u00e9n las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilizaci\u00f3n humana, deshonran m\u00e1s a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243O\">132<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sobre los actos intr\u00ednsecamente malos y refiri\u00e9ndose a las pr\u00e1cticas contraceptivas mediante las cuales el acto conyugal es realizado intencionalmente infecundo, Pablo VI ense\u00f1a: \u00abEn verdad, si es l\u00edcito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien m\u00e1s grande, no es l\u00edcito, ni aun por razones grav\u00edsimas, hacer el mal para conseguir el bien (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>3, 8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intr\u00ednsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243P\">133<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">81. La Iglesia, al ense\u00f1ar la existencia de actos intr\u00ednsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El ap\u00f3stol Pablo afirma de modo categ\u00f3rico: \u00ab\u00a1No os enga\u00f1\u00e9is! Ni los impuros, ni los id\u00f3latras, ni los ad\u00falteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredar\u00e1n el reino de Dios\u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>6, 9-10).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si los actos son intr\u00ednsecamente malos, una intenci\u00f3n buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos&nbsp;<em>irremediablemente<\/em>&nbsp;malos, por s\u00ed y en s\u00ed mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: \u00abEn cuanto a los actos que son por s\u00ed mismos pecados (<em>cum iam opera ipsa peccata sunt<\/em>) \u2014dice san Agust\u00edn\u2014, como el robo, la fornicaci\u00f3n, la blasfemia u otros actos semejantes, \u00bfqui\u00e9n osar\u00e1 afirmar que cumpli\u00e9ndolos por motivos buenos (<em>bonis causis<\/em>), ya no ser\u00edan pecados o \u2014conclusi\u00f3n m\u00e1s absurda a\u00fan\u2014 que ser\u00edan pecados justificados?\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243Q\">134<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podr\u00e1n transformar un acto intr\u00ednsecamente deshonesto por su objeto en un acto&nbsp;<em>subjetivamente&nbsp;<\/em>honesto o justificable como elecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">82. Por otra parte, la intenci\u00f3n es buena cuando apunta al verdadero bien de la persona con relaci\u00f3n a su fin \u00faltimo. Pero los actos, cuyo objeto es&nbsp;<em>no-ordenable&nbsp;<\/em>a Dios e&nbsp;<em>indigno de la persona humana,&nbsp;<\/em>se oponen siempre y en todos los casos a este bien. En este sentido, el respeto a las normas que proh\u00edben tales actos y que obligan&nbsp;<em>\u00absemper et pro semper<\/em>\u00bb, o sea sin excepci\u00f3n alguna, no s\u00f3lo no limita la buena intenci\u00f3n, sino que hasta constituye su expresi\u00f3n fundamental.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La&nbsp;<em>doctrina del objeto,&nbsp;<\/em>como fuente de la moralidad, representa una explicitaci\u00f3n aut\u00e9ntica de la moral b\u00edblica de la Alianza y de los mandamientos, de la caridad y de las virtudes. La calidad moral del obrar humano depende de esta fidelidad a los mandamientos, expresi\u00f3n de obediencia y de amor. Por esto, \u2014volvemos a decirlo\u2014, hay que rechazar como err\u00f3nea la opini\u00f3n que considera imposible calificar moralmente como mala seg\u00fan su especie la elecci\u00f3n deliberada de algunos comportamientos o actos determinados, prescindiendo de la intenci\u00f3n por la cual se hace la elecci\u00f3n o por la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas. Sin esta<em>&nbsp;determinaci\u00f3n racional de la moralidad del obrar humano,&nbsp;<\/em>ser\u00eda imposible afirmar un&nbsp;<em>orden moral objetivo&nbsp;<\/em><sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243R\">135<\/a><\/sup>&nbsp;y establecer cualquier norma determinada, desde el punto de vista del contenido, que obligue sin excepciones; y esto ser\u00eda a costa de la fraternidad humana y de la verdad sobre el bien, as\u00ed como en detrimento de la comuni\u00f3n eclesial.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">83. Como se ve, en la cuesti\u00f3n de la moralidad de los actos humanos y particularmente en la de la existencia de los actos intr\u00ednsecamente malos, se concentra en cierto sentido&nbsp;<em>la cuesti\u00f3n misma del hombre,&nbsp;<\/em>de su&nbsp;<em>verdad&nbsp;<\/em>y de las consecuencias morales que se derivan de ello. Reconociendo y ense\u00f1ando la existencia del mal intr\u00ednseco en determinados actos humanos, la Iglesia permanece fiel a la verdad integral sobre el hombre y, por ello, lo respeta y promueve en su dignidad y vocaci\u00f3n. En consecuencia, debe rechazar las teor\u00edas expuestas m\u00e1s arriba, que contrastan con esta verdad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, es necesario que nosotros, hermanos en el episcopado, no nos limitemos s\u00f3lo a exhortar a los fieles sobre los errores y peligros de algunas teor\u00edas \u00e9ticas. Ante todo, debemos mostrar el fascinante esplendor de aquella verdad que es Jesucristo mismo. En \u00e9l, que es la Verdad (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 6), el hombre puede, mediante los actos buenos, comprender plenamente y vivir perfectamente su vocaci\u00f3n a la libertad en la obediencia a la ley divina, que se compendia en el mandamiento del amor a Dios y al pr\u00f3jimo. Es cuanto acontece con el don del Esp\u00edritu Santo, Esp\u00edritu de verdad, de libertad y amor: en \u00e9l nos es dado interiorizar la ley y percibirla y vivirla como el dinamismo de la verdadera libertad personal: \u00abla ley perfecta de la libertad\u00bb (<em>St&nbsp;<\/em>1, 25).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAPITULO III<br>&#8220;PARA NO DESVIRTUAR LA CRUZ DE CRISTO&#8221;&nbsp;<em>(1 Cor 1,17)<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>El bien moral para la vida de la Iglesia y del mundo<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abPara ser libres nos libert\u00f3 Cristo\u00bb<\/em>&nbsp;(Ga 5, 1)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">84. La&nbsp;<em>cuesti\u00f3n fundamental&nbsp;<\/em>que las teor\u00edas morales recordadas antes plantean con particular intensidad es la relaci\u00f3n entre la libertad del hombre y la ley de Dios, es decir, la cuesti\u00f3n de la&nbsp;<em>relaci\u00f3n entre libertad y verdad.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Seg\u00fan la fe cristiana y la doctrina de la Iglesia \u00absolamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en&nbsp;<em>estar&nbsp;<\/em>en la verdad y en&nbsp;<em>realizar&nbsp;<\/em>la verdad\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243S\">136<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La confrontaci\u00f3n entre la posici\u00f3n de la Iglesia y la situaci\u00f3n social y cultural actual muestra inmediatamente la urgencia de que precisamente&nbsp;<em>sobre tal cuesti\u00f3n fundamental&nbsp;<\/em>se desarrolle una<em>&nbsp;intensa acci\u00f3n pastoral por parte de la Iglesia&nbsp;<\/em>misma: \u00abLa cultura contempor\u00e1nea ha perdido en gran parte este v\u00ednculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad y, por tanto, volver a conducir al hombre a redescubrirlo es hoy una de las exigencias propias de la misi\u00f3n de la Iglesia, por la salvaci\u00f3n del mundo. La pregunta de Pilato: &#8220;\u00bfQu\u00e9 es la verdad?&#8221;, emerge tambi\u00e9n hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe<em>&nbsp;qui\u00e9n es, de d\u00f3nde&nbsp;<\/em>viene ni&nbsp;<em>ad\u00f3nde&nbsp;<\/em>va. Y as\u00ed asistimos no pocas veces al pavoroso precipitarse de la persona humana en situaciones de autodestrucci\u00f3n progresiva. De prestar o\u00eddo a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el car\u00e1cter absoluto indestructible de ning\u00fan valor moral. Est\u00e1 ante los ojos de todos el desprecio de la vida humana ya concebida y a\u00fan no nacida; la violaci\u00f3n permanente de derechos fundamentales de la persona; la inicua destrucci\u00f3n de bienes necesarios para una vida meramente humana. Y lo que es a\u00fan m\u00e1s grave: el hombre ya no est\u00e1 convencido de que s\u00f3lo en la verdad puede encontrar la salvaci\u00f3n. La fuerza salv\u00edfica de la verdad es contestada y se conf\u00eda s\u00f3lo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir aut\u00f3nomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teol\u00f3gico, en desconfianza en la sabidur\u00eda de Dios, que gu\u00eda al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es&nbsp;<em>siempre&nbsp;<\/em>el \u00fanico verdadero bien del hombre\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243T\">137<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">85. La obra de discernimiento de estas teor\u00edas \u00e9ticas por parte de la Iglesia no se reduce a su denuncia o a su rechazo, sino que trata de guiar con gran amor a todos los fieles en la formaci\u00f3n de una conciencia moral que juzgue y lleve a decisiones seg\u00fan verdad, como exhorta el ap\u00f3stol Pablo: \u00abNo os acomod\u00e9is al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovaci\u00f3n de vuestra mente, de forma que pod\u00e1is distinguir cu\u00e1l es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>12, 2). Esta obra de la Iglesia encuentra su punto de apoyo \u2014su&nbsp;<em>secreto<\/em>&nbsp;formativo\u2014 no tanto en los enunciados doctrinales y en las exhortaciones pastorales a la vigilancia, cuanto en&nbsp;<em>tener la \u00abmirada\u00bb fija en el Se\u00f1or Jes\u00fas.&nbsp;<\/em>La Iglesia cada d\u00eda mira con incansable amor a Cristo, plenamente consciente de que s\u00f3lo en \u00e9l est\u00e1 la respuesta verdadera y definitiva al problema moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Concretamente,&nbsp;<em>en Jes\u00fas crucificado&nbsp;<\/em>la Iglesia&nbsp;<em>encuentra la respuesta&nbsp;<\/em>al interrogante que atormenta hoy a tantos hombres: c\u00f3mo puede la obediencia a las normas morales universales e inmutables respetar la unicidad e irrepetibilidad de la persona y no atentar a su libertad y dignidad. La Iglesia hace suya la conciencia que el ap\u00f3stol Pablo ten\u00eda de la misi\u00f3n recibida: \u00abMe envi\u00f3 Cristo&#8230; a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo&#8230;; nosotros predicamos a un Cristo crucificado: esc\u00e1ndalo para los jud\u00edos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo jud\u00edos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabidur\u00eda de Dios\u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>1, 17. 23-24).&nbsp;<em>Cristo crucificado revela el significado aut\u00e9ntico de la libertad, lo vive plenamente en el don total de s\u00ed&nbsp;<\/em>y llama a los disc\u00edpulos a tomar parte en su misma libertad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">86. La reflexi\u00f3n racional y la experiencia cotidiana demuestran la debilidad que marca la libertad del hombre. Es libertad real, pero contingente. No tiene su origen absoluto e incondicionado en s\u00ed misma, sino en la existencia en la que se encuentra y para la cual representa, al mismo tiempo, un l\u00edmite y una posibilidad. Es la libertad de una criatura, o sea, una libertad donada, que se ha de acoger como un germen y hacer madurar con responsabilidad. Es parte constitutiva de la imagen creatural, que fundamenta la dignidad de la persona, en la cual aparece la vocaci\u00f3n originaria con la que el Creador llama al hombre al verdadero Bien, y m\u00e1s a\u00fan, por la revelaci\u00f3n de Cristo, a entrar en amistad con \u00e9l, participando de su misma vida divina. Es, a la vez, inalienable autoposesi\u00f3n y apertura universal a cada ser existente, cuando sale de s\u00ed mismo hacia el conocimiento y el amor a los dem\u00e1s<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243U\">138<\/a><\/sup>. La libertad se fundamenta, pues, en la verdad del hombre y tiende a la comuni\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La raz\u00f3n y la experiencia muestran no s\u00f3lo la debilidad de la libertad humana, sino tambi\u00e9n su drama. El hombre descubre que su libertad est\u00e1 inclinada misteriosamente a traicionar esta apertura a la Verdad y al Bien, y que demasiado frecuentemente, prefiere, de hecho, escoger bienes contingentes, limitados y ef\u00edmeros. M\u00e1s a\u00fan, dentro de los errores y opciones negativas, el hombre descubre el origen de una rebeli\u00f3n radical que lo lleva a rechazar la Verdad y el Bien para erigirse en principio absoluto de s\u00ed mismo: \u00abSer\u00e9is como dioses\u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>3, 5).&nbsp;<em>La libertad, pues, necesita ser liberada. Cristo es su libertador:&nbsp;<\/em>\u00abpara ser libres nos libert\u00f3\u00bb \u00e9l (<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 1).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">87. Cristo manifiesta, ante todo, que el reconocimiento honesto y abierto de la verdad es condici\u00f3n para la aut\u00e9ntica libertad: \u00abConocer\u00e9is la verdad y la verdad os har\u00e1 libres\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>8, 32)&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243V\">139<\/a><\/sup>. Es la verdad la que hace libres ante el poder y da la fuerza del martirio. Al respecto dice Jes\u00fas ante Pilato: \u00abPara esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>18, 37). As\u00ed los verdaderos adoradores de Dios deben adorarlo \u00aben esp\u00edritu y en verdad\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>4, 23).&nbsp;<em>En virtud de esta adoraci\u00f3n llegan a ser libres.&nbsp;<\/em>Su relaci\u00f3n con la verdad y la adoraci\u00f3n de Dios se manifiesta en Jesucristo como la ra\u00edz m\u00e1s profunda de la libertad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jes\u00fas manifiesta, adem\u00e1s, con su misma vida y no s\u00f3lo con palabras, que la libertad se realiza en el&nbsp;<em>amor,&nbsp;<\/em>es decir, en el<em>&nbsp;don de uno mismo.&nbsp;<\/em>El que dice: \u00abNadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 13), va libremente al encuentro de la Pasi\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>26, 46), y en su obediencia al Padre en la cruz da la vida por todos los hombres (cf.&nbsp;<em>Flp&nbsp;<\/em>2, 6-11). De este modo, la contemplaci\u00f3n de Jes\u00fas crucificado es la v\u00eda maestra por la que la Iglesia debe caminar cada d\u00eda si quiere comprender el pleno significado de la libertad: el don de uno mismo en el&nbsp;<em>servicio a Dios y a los hermanos.&nbsp;<\/em>La comuni\u00f3n con el Se\u00f1or resucitado es la fuente inagotable de la que la Iglesia se alimenta incesantemente para vivir en la libertad, darse y servir. San Agust\u00edn, al comentar el vers\u00edculo 2 del salmo 100, \u00abservid al Se\u00f1or con alegr\u00eda\u00bb, dice: \u00abEn la casa del Se\u00f1or libre es la esclavitud. Libre, ya que el servicio no le impone la necesidad, sino la caridad&#8230; La caridad te convierta en esclavo, as\u00ed como la verdad te ha hecho libre&#8230; Al mismo tiempo t\u00fa eres esclavo y libre: esclavo, porque llegaste a serlo; libre, porque eres amado por Dios, tu creador&#8230; Eres esclavo del Se\u00f1or y eres libre del Se\u00f1or. \u00a1No busques una liberaci\u00f3n que te lleve lejos de la casa de tu libertador!\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243W\">140<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo, la Iglesia, y cada cristiano en ella, est\u00e1 llamado a participar de la&nbsp;<em>funci\u00f3n real&nbsp;<\/em>de Cristo en la cruz (cf.<em>&nbsp;Jn&nbsp;<\/em>12, 32), de la gracia y de la responsabilidad del Hijo del hombre, que \u00abno ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>20, 28)&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243X\">141<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por lo tanto, Jes\u00fas es la s\u00edntesis viviente y personal de la perfecta libertad en la obediencia total a la voluntad de Dios. Su carne crucificada es la plena revelaci\u00f3n del v\u00ednculo indisoluble entre libertad y verdad, as\u00ed como su resurrecci\u00f3n de la muerte es la exaltaci\u00f3n suprema de la fecundidad y de la fuerza salv\u00edfica de una libertad vivida en la verdad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Caminar en la luz&nbsp;<\/em>(cf. 1 Jn 1, 7)<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">88. La contraposici\u00f3n, m\u00e1s a\u00fan, la radical separaci\u00f3n entre libertad y verdad es consecuencia, manifestaci\u00f3n y realizaci\u00f3n de&nbsp;<em>otra dicotom\u00eda m\u00e1s grave y nociva: la que se produce entre fe y moral.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta separaci\u00f3n constituye una de las preocupaciones pastorales m\u00e1s agudas de la Iglesia en el presente proceso de secularismo, en el cual muchos hombres piensan y viven&nbsp;<em>como si Dios no existiera.&nbsp;<\/em>Nos encontramos ante una mentalidad que abarca \u2014a menudo de manera profunda, vasta y capilar\u2014 las actitudes y los comportamientos de los mismos cristianos, cuya fe se debilita y pierde la propia originalidad de nuevo criterio de interpretaci\u00f3n y actuaci\u00f3n para la existencia personal, familiar y social. En realidad, los criterios de juicio y de elecci\u00f3n seguidos por los mismos creyentes se presentan frecuentemente \u2014en el contexto de una cultura ampliamente descristianizada\u2014 como extra\u00f1os e incluso contrapuestos a los del Evangelio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es, pues, urgente que los cristianos descubran&nbsp;<em>la novedad de su fe y su fuerza de juicio&nbsp;<\/em>ante la cultura dominante e invadiente: \u00abEn otro tiempo fuisteis tinieblas \u2014nos recuerda el ap\u00f3stol Pablo\u2014; mas ahora sois luz en el Se\u00f1or. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qu\u00e9 es lo que agrada al Se\u00f1or, y no particip\u00e9is en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas&#8230; Mirad atentamente c\u00f3mo viv\u00eds; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los d\u00edas son malos\u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>5, 8-11. 15-16; cf.&nbsp;<em>1 Ts&nbsp;<\/em>5, 4-8).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Urge recuperar y presentar una vez m\u00e1s el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una&nbsp;<em>verdad que se ha de hacer vida.&nbsp;<\/em>Pero, una palabra no es acogida aut\u00e9nticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en pr\u00e1ctica. La fe es una decisi\u00f3n que afecta a toda la existencia; es encuentro, di\u00e1logo, comuni\u00f3n de amor y de vida del creyente con Jesucristo, camino, verdad y vida (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 6). Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como \u00e9l vivi\u00f3 (cf.&nbsp;<em>Ga&nbsp;<\/em>2, 20), o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">89. La fe tiene tambi\u00e9n un contenido moral: suscita y exige un compromiso coherente de vida; comporta y perfecciona la acogida y la observancia de los mandamientos divinos. Como dice el evangelista Juan, \u00abDios es Luz, en \u00e9l no hay tinieblas alguna. Si decimos que estamos en comuni\u00f3n con \u00e9l y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad&#8230; En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: &#8220;Yo le conozco&#8221; y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no est\u00e1 en \u00e9l. Pero quien guarda su palabra, ciertamente en \u00e9l el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en \u00e9l. Quien dice que permanece en \u00e9l, debe vivir como vivi\u00f3 \u00e9l\u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 5-6; 2, 3-6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A trav\u00e9s de la vida moral la fe llega a ser&nbsp;<em>confesi\u00f3n,&nbsp;<\/em>no s\u00f3lo ante Dios, sino tambi\u00e9n ante los hombres: se convierte en<em>&nbsp;testimonio.&nbsp;<\/em>\u00abVosotros sois la luz del mundo \u2014dice Jes\u00fas\u2014. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una l\u00e1mpara y la ponen debajo del celem\u00edn, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que est\u00e1n en la casa. Brille as\u00ed vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que est\u00e1 en los cielos\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 14-16). Estas obras son sobre todo las de la caridad (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>25, 31-46) y de la aut\u00e9ntica libertad, que se manifiesta y vive en el don de uno mismo.&nbsp;<em>Hasta el don total de uno mismo,&nbsp;<\/em>como hizo Cristo, que en la cruz \u00abam\u00f3 a la Iglesia y se entreg\u00f3 a s\u00ed mismo por ella\u00bb (<em>Ef<\/em>&nbsp;5, 25). El testimonio de Cristo es fuente, paradigma y auxilio para el testimonio del disc\u00edpulo, llamado a seguir el mismo camino: \u00abSi alguno quiere venir en pos de m\u00ed, ni\u00e9guese a s\u00ed mismo, tome su cruz cada d\u00eda, y s\u00edgame\u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>9, 23). La caridad, seg\u00fan las exigencias del radicalismo evang\u00e9lico, puede llevar al creyente al testimonio supremo del&nbsp;<em>martirio.&nbsp;<\/em>Siguiendo el ejemplo de Jes\u00fas que muere en cruz, escribe Pablo a los cristianos de Efeso: \u00abSed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos y vivid en el amor como Cristo nos am\u00f3 y se entreg\u00f3 por nosotros como oblaci\u00f3n y v\u00edctima de suave aroma\u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>5, 1-2).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El martirio, exaltaci\u00f3n de la santidad inviolable de la ley de Dios<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">90. La relaci\u00f3n entre fe y moral resplandece con toda su intensidad en el&nbsp;<em>respeto incondicionado que se debe a las exigencias ineludibles de la dignidad personal de cada hombre,<\/em>&nbsp;exigencias tuteladas por las normas morales que proh\u00edben sin excepci\u00f3n los actos intr\u00ednsecamente malos. La universalidad y la inmutabilidad de la norma moral manifiestan y, al mismo tiempo, se ponen al servicio de la absoluta dignidad personal, o sea, de la inviolabilidad del hombre, en cuyo rostro brilla el esplendor de Dios (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>9, 5-6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El no poder aceptar las teor\u00edas \u00e9ticas \u00abteleol\u00f3gicas\u00bb, \u00abconsecuencialistas\u00bb y \u00abproporcionalistas\u00bb que niegan la existencia de normas morales negativas relativas a comportamientos determinados y que son v\u00e1lidas sin excepci\u00f3n, halla una confirmaci\u00f3n particularmente elocuente en el hecho del martirio cristiano, que siempre ha acompa\u00f1ado y acompa\u00f1a la vida de la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">91. Ya en la antigua alianza encontramos admirables testimonios de fidelidad a la ley santa de Dios llevada hasta la aceptaci\u00f3n voluntaria de la muerte. Ejemplar es la historia de&nbsp;<em>Susana:&nbsp;<\/em>a los dos jueces injustos, que la amenazaban con hacerla matar si se negaba a ceder a su pasi\u00f3n impura, responde as\u00ed: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para m\u00ed; si no lo hago, no escapar\u00e9 de vosotros. Pero es mejor para m\u00ed caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Se\u00f1or\u00bb (<em>Dn&nbsp;<\/em>13, 22-23). Susana, prefiriendo&nbsp;<em>morir inocente&nbsp;<\/em>en manos de los jueces, atestigua no s\u00f3lo su fe y confianza en Dios sino tambi\u00e9n su obediencia a la verdad y al orden moral absoluto: con su disponibilidad al martirio, proclama que no es justo hacer lo que la ley de Dios califica como mal para sacar de ello alg\u00fan bien. Susana elige para s\u00ed la&nbsp;<em>mejor parte<\/em>: un testimonio limpid\u00edsimo, sin ning\u00fan compromiso, de la verdad y del Dios de Israel, sobre el bien; de este modo, manifiesta en sus actos la santidad de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En los umbrales del Nuevo Testamento,&nbsp;<em>Juan el Bautista,<\/em>&nbsp;rehusando callar la ley del Se\u00f1or y aliarse con el mal,&nbsp;<em>muri\u00f3 m\u00e1rtir de la verdad y la justicia<\/em><sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243Y\">142<\/a><\/sup>y as\u00ed fue precursor del Mes\u00edas incluso en el martirio (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>6, 17-29). Por esto, \u00abfue encerrado en la oscuridad de la c\u00e1rcel aquel que vino a testimoniar la luz y que de la misma luz, que es Cristo, mereci\u00f3 ser llamado l\u00e1mpara que arde e ilumina&#8230; Y fue bautizado en la propia sangre aquel a quien se le hab\u00eda concedido bautizar al Redentor del mundo\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%243Z\">143<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la nueva alianza se encuentran numerosos testimonios de<em>&nbsp;seguidores de Cristo&nbsp;<\/em>\u2014comenzando por el di\u00e1cono Esteban (cf.&nbsp;<em>Hch<\/em>&nbsp;6, 8 &#8211; 7, 60) y el ap\u00f3stol Santiago (cf.&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>12, 1-2)\u2014 que murieron m\u00e1rtires por confesar su fe y su amor al Maestro y por no renegar de \u00e9l. En esto han seguido al Se\u00f1or Jes\u00fas, que ante Caif\u00e1s y Pilato, \u00abrindi\u00f3 tan solemne testimonio\u00bb (<em>1 Tm<\/em>&nbsp;6, 13), confirmando la verdad de su mensaje con el don de la vida. Otros innumerables m\u00e1rtires aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto idol\u00e1trico de quemar incienso ante la estatua del emperador (cf.&nbsp;<em>Ap&nbsp;<\/em>13, 7-10). Incluso rechazaron el simular semejante culto, dando as\u00ed ejemplo del rechazo tambi\u00e9n de un comportamiento concreto contrario al amor de Dios y al testimonio de la fe. Con la obediencia, ellos conf\u00edan y entregan, igual que Cristo, su vida al Padre, que pod\u00eda liberarlos de la muerte (cf.&nbsp;<em>Hb&nbsp;<\/em>5, 7).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia propone el ejemplo de numerosos&nbsp;<em>santos y santas,&nbsp;<\/em>que han testimoniado y defendido la verdad moral hasta el martirio o han prefirido la muerte antes que cometer un solo pecado mortal. Elev\u00e1ndolos al honor de los altares, la Iglesia ha canonizado su testimonio y ha declarado verdadero su juicio, seg\u00fan el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en las circunstancias m\u00e1s graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque fuera con la intenci\u00f3n de salvar la propia vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">92. En el martirio, como confirmaci\u00f3n de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades. Jes\u00fas nos exhorta con la m\u00e1xima severidad: \u00ab\u00bfDe qu\u00e9 le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?\u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>8, 36).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El martirio demuestra como ilusorio y falso todo&nbsp;<em>significado humano&nbsp;<\/em>que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones<em>&nbsp;excepcionales,&nbsp;<\/em>a un acto en s\u00ed mismo moralmente malo; m\u00e1s a\u00fan, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una&nbsp;<em>violaci\u00f3n de la \u00abhumanidad\u00bb del hombre,&nbsp;<\/em>antes a\u00fan en quien lo realiza que no en quien lo padece&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2440\">144<\/a><\/sup>. El martirio es, pues, tambi\u00e9n exaltaci\u00f3n de la perfecta&nbsp;<em>humanidad&nbsp;<\/em>y de la verdadera&nbsp;<em>vida&nbsp;<\/em>de la persona, como atestigua san Ignacio de Antioqu\u00eda dirigi\u00e9ndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: \u00abPor favor, hermanos, no me priv\u00e9is de esta vida, no quer\u00e1is que muera&#8230; dejad que pueda contemplar la luz; entonces&nbsp;<em>ser\u00e9 hombre en pleno sentido.&nbsp;<\/em>Permitid que imite la pasi\u00f3n de mi Dios\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2441\">145<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">93. Finalmente, el martirio es un&nbsp;<em>signo preclaro de la santidad de la Iglesia:&nbsp;<\/em>la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero&nbsp;<em>\u00abusque ad sanguinem<\/em>\u00bb para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no s\u00f3lo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis m\u00e1s peligrosa que puede afectar al hombre: la<em>&nbsp;confusi\u00f3n del bien y del mal,&nbsp;<\/em>que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades. Los m\u00e1rtires, y de manera m\u00e1s amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada \u00e9poca de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente para cuantos transgreden la ley (cf.&nbsp;<em>Sb&nbsp;<\/em>2, 2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: \u00ab\u00a1Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!\u00bb (<em>Is&nbsp;<\/em>5, 20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada d\u00eda, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las m\u00faltiples dificultades, que incluso en las circunstancias m\u00e1s ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oraci\u00f3n la gracia de Dios, est\u00e1 llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que \u2014como ense\u00f1a san Gregorio Magno\u2014 le capacita a \u00abamar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2442\">146<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">94. En el dar testimonio del bien moral absoluto&nbsp;<em>los cristianos no est\u00e1n solos.&nbsp;<\/em>Encuentran una confirmaci\u00f3n en el sentido moral de los pueblos y en las grandes tradiciones religiosas y sapienciales del Occidente y del Oriente, que ponen de relieve la acci\u00f3n interior y misteriosa del Esp\u00edritu de Dios. Para todos vale la expresi\u00f3n del poeta latino Juvenal: \u00abConsidera el mayor crimen preferir la supervivencia al pudor y, por amor de la vida, perder el sentido del vivir\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2443\">147<\/a><\/sup>. La voz de la conciencia ha recordado siempre sin ambig\u00fcedad que hay verdades y valores morales por los cuales se debe estar dispuestos a dar incluso la vida. En la palabra y sobre todo en el sacrificio de la vida por el valor moral, la Iglesia da el mismo testimonio de aquella verdad que, presente ya en la creaci\u00f3n, resplandece plenamente en el rostro de Cristo: \u00abSabemos \u2014dice san Justino\u2014 que tambi\u00e9n han sido odiados y matados aquellos que han seguido las doctrinas de los estoicos, por el hecho de que han demostrado sabidur\u00eda al menos en la formulaci\u00f3n de la doctrina moral, gracias a la semilla del Verbo que est\u00e1 en toda raza humana\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2444\">148<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Las normas morales universales e inmutables al servicio de la persona y de la sociedad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">95. La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que proh\u00edben los actos intr\u00ednsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estar\u00eda en contraste con la condici\u00f3n maternal de la Iglesia. \u00c9sta \u2014se dice\u2014 no muestra comprensi\u00f3n y compasi\u00f3n. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jam\u00e1s de su misi\u00f3n docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona: \u00abComo Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral&#8230; De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el \u00e1rbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfecci\u00f3n\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2445\">149<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En realidad, la verdadera comprensi\u00f3n y la genuina compasi\u00f3n deben significar amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad aut\u00e9ntica. Y esto no se da, ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponi\u00e9ndola con su profundo significado de irradiaci\u00f3n de la sabidur\u00eda eterna de Dios, recibida por medio de Cristo, y de servicio al hombre, al crecimiento de su libertad y a la b\u00fasqueda de su felicidad&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2446\">150<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al mismo tiempo, la presentaci\u00f3n l\u00edmpida y vigorosa de la verdad moral no puede prescindir nunca de un respeto profundo y sincero \u2014animado por el amor paciente y confiado\u2014, del que el hombre necesita siempre en su camino moral, frecuentemente trabajoso debido a dificultades, debilidades y situaciones dolorosas. La Iglesia, que jam\u00e1s podr\u00e1 renunciar al \u00abprincipio de la verdad y de la coherencia, seg\u00fan el cual no acepta llamar bien al mal y mal al bien\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2447\">151<\/a><\/sup>, ha de estar siempre atenta a no quebrar la ca\u00f1a cascada ni apagar el pabilo vacilante (cf.&nbsp;<em>Is&nbsp;<\/em>42, 3). El Papa Pablo VI ha escrito: \u00abNo disminuir en nada la doctrina salvadora de Cristo es una forma eminente de caridad hacia las almas. Pero ello ha de ir acompa\u00f1ado siempre con la paciencia y la bondad de la que el Se\u00f1or mismo ha dado ejemplo en su trato con los hombres. Al venir no para juzgar sino para salvar (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 17), \u00c9l fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso hacia las personas\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2448\">152<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">96. La firmeza de la Iglesia en defender las normas morales universales e inmutables no tiene nada de humillante. Est\u00e1 s\u00f3lo al servicio de la verdadera libertad del hombre. Dado que no hay libertad fuera o contra la verdad, la defensa categ\u00f3rica \u2014esto es, sin concesiones o compromisos\u2014, de las exigencias absolutamente irrenunciables de la dignidad personal del hombre, debe considerarse camino y condici\u00f3n para la existencia misma de la libertad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este servicio est\u00e1 dirigido a&nbsp;<em>cada hombre,&nbsp;<\/em>considerado en la unicidad e irrepetibilidad de su ser y de su existir. S\u00f3lo en la obediencia a las normas morales universales el hombre halla plena confirmaci\u00f3n de su unicidad como persona y la posibilidad de un verdadero crecimiento moral. Precisamente por esto, dicho servicio est\u00e1 dirigido a&nbsp;<em>todos los hombres;&nbsp;<\/em>no s\u00f3lo a los individuos, sino tambi\u00e9n a la comunidad, a la sociedad como tal. En efecto, estas normas constituyen el fundamento inquebrantable y la s\u00f3lida garant\u00eda de una justa y pac\u00edfica convivencia humana, y por tanto de una verdadera democracia, que puede nacer y crecer solamente si se basa en la igualdad de todos sus miembros, unidos en sus derechos y deberes.&nbsp;<em>Ante las normas morales que proh\u00edben el mal intr\u00ednseco no hay privilegios ni excepciones para nadie.<\/em>&nbsp;No hay ninguna diferencia entre ser el due\u00f1o del mundo o el \u00faltimo de los&nbsp;<em>miserables&nbsp;<\/em>de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">97. De este modo, las normas morales, y en primer lugar las negativas, que proh\u00edben el mal, manifiestan su&nbsp;<em>significado&nbsp;<\/em>y su<em>&nbsp;fuerza personal y social.&nbsp;<\/em>Protegiendo la inviolable dignidad personal de cada hombre, ayudan a la conservaci\u00f3n misma del tejido social humano y a su desarrollo recto y fecundo. En particular, los mandamientos de la segunda tabla del Dec\u00e1logo, recordados tambi\u00e9n por Jes\u00fas al joven del evangelio (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 18), constituyen las reglas primordiales de toda vida social.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Estos mandamientos est\u00e1n formulados en t\u00e9rminos generales. Pero el hecho de que \u00abel principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2449\">153<\/a><\/sup>, permite precisarlos y explicitarlos en un c\u00f3digo de comportamiento m\u00e1s detallado. En ese sentido, las reglas morales fundamentales de la vida social comportan unas&nbsp;<em>exigencias determinadas&nbsp;<\/em>a las que deben atenerse tanto los poderes p\u00fablicos como los ciudadanos. M\u00e1s all\u00e1 de las intenciones, a veces buenas, y de las circunstancias, a menudo dif\u00edciles, las autoridades civiles y los individuos jam\u00e1s est\u00e1n autorizados a transgredir los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana. Por lo cual, s\u00f3lo una moral que reconozca normas v\u00e1lidas siempre y para todos, sin ninguna excepci\u00f3n, puede garantizar el fundamento \u00e9tico de la convivencia social, tanto nacional como internacional.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La moral y la renovaci\u00f3n de la vida social y pol\u00edtica<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">98. Ante las graves formas de injusticia social y econ\u00f3mica, as\u00ed como de corrupci\u00f3n pol\u00edtica que padecen pueblos y naciones enteras, aumenta la indignada reacci\u00f3n de much\u00edsimas personas oprimidas y humilladas en sus derechos humanos fundamentales, y se difunde y agudiza cada vez m\u00e1s&nbsp;<em>la necesidad de una radical renovaci\u00f3n&nbsp;<\/em>personal y social capaz de asegurar justicia, solidaridad, honestidad y transparencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ciertamente, es largo y fatigoso el camino que hay que recorrer; muchos y grandes son los esfuerzos por realizar para que pueda darse semejante renovaci\u00f3n, incluso por las causas m\u00faltiples y graves que generan y favorecen las situaciones de injusticia presentes hoy en el mundo. Pero, como ense\u00f1an la experiencia y la historia de cada uno, no es dif\u00edcil encontrar, en el origen de estas situaciones, causas propiamente&nbsp;<em>culturales,<\/em>&nbsp;relacionadas con una determinada visi\u00f3n del hombre, de la sociedad y del mundo. En realidad, en el centro de la&nbsp;<em>cuesti\u00f3n cultural&nbsp;<\/em>est\u00e1 el&nbsp;<em>sentido moral,&nbsp;<\/em>que a su vez se fundamenta y se realiza en el&nbsp;<em>sentido religioso&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244A\">154<\/a><\/sup><\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">99. S\u00f3lo Dios, el Bien supremo, es la base inamovible y la condici\u00f3n insustituible de la moralidad, y por tanto de los mandamientos, en particular los negativos, que proh\u00edben siempre y en todo caso el comportamiento y los actos incompatibles con la dignidad personal de cada hombre. As\u00ed, el Bien supremo y el bien moral se encuentran en la&nbsp;<em>verdad:&nbsp;<\/em>la verdad de Dios Creador y Redentor, y la verdad del hombre creado y redimido por \u00e9l. \u00danicamente sobre esta verdad es posible construir una sociedad renovada y resolver los problemas complejos y graves que la afectan, ante todo el de vencer las formas m\u00e1s diversas de<em>&nbsp;totalitarismo&nbsp;<\/em>para abrir el camino a la aut\u00e9ntica&nbsp;<em>libertad&nbsp;<\/em>de la persona. \u00abEl totalitarismo nace de la negaci\u00f3n de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ning\u00fan principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o naci\u00f3n, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio inter\u00e9s o la propia opini\u00f3n, sin respetar los derechos de los dem\u00e1s&#8230; La ra\u00edz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negaci\u00f3n de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, ni el grupo, ni la clase social, ni la naci\u00f3n, ni el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayor\u00eda de un cuerpo social, poni\u00e9ndose en contra de la minor\u00eda, margin\u00e1ndola, oprimi\u00e9ndola, explot\u00e1ndola o incluso intentando destruirla\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244B\">155<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por esto, la relaci\u00f3n inseparable entre verdad y libertad \u2014que expresa el v\u00ednculo esencial entre la sabidur\u00eda y la voluntad de Dios\u2014 tiene un significado de suma importancia para la vida de las personas en el \u00e1mbito socioecon\u00f3mico y sociopol\u00edtico, tal y como emerge de la doctrina social de la Iglesia \u2014la cual \u00abpertenece al \u00e1mbito&#8230; de la teolog\u00eda y especialmentede la teolog\u00eda moral\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244C\">156<\/a><\/sup>,\u2014 y de su presentaci\u00f3n de los mandamientos que regulan la vida social, econ\u00f3mica y pol\u00edtica, con relaci\u00f3n no s\u00f3lo a actitudes generales sino tambi\u00e9n a precisos y determinados comportamientos y actos concretos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">100. A este respecto, el&nbsp;<em>Catecismo de la Iglesia cat\u00f3lica,<\/em>&nbsp;despu\u00e9s de afirmar: \u00aben materia econ\u00f3mica el respeto de la dignidad humana exige la pr\u00e1ctica de la virtud de la&nbsp;<em>templanza,<\/em>&nbsp;para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la virtud de la&nbsp;<em>justicia,&nbsp;<\/em>para preservar los derechos del pr\u00f3jimo y darle lo que le es debido; y de la&nbsp;<em>solidaridad,&nbsp;<\/em>siguiendo la regla de oro y seg\u00fan la generosidad del Se\u00f1or, que &#8220;siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza&#8221; (<em>2 Co&nbsp;<\/em>8, 9)\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244D\">157<\/a><\/sup>, presenta una serie de comportamientos y de actos que est\u00e1n en contraste con la dignidad humana: el robo, el retener deliberadamente cosas recibidas como pr\u00e9stamo u objetos perdidos, el fraude comercial (cf.&nbsp;<em>Dt&nbsp;<\/em>25, 13-16), los salarios injustos (cf.&nbsp;<em>Dt&nbsp;<\/em>24, 14-15;&nbsp;<em>St&nbsp;<\/em>5, 4), la subida de precios especulando sobre la ignorancia y las necesidades ajenas (cf.&nbsp;<em>Am&nbsp;<\/em>8, 4-6), la apropiaci\u00f3n y el uso privado de bienes sociales de una empresa, los trabajos mal realizados, los fraudes fiscales, la falsificaci\u00f3n de cheques y de facturas, los gastos excesivos, el derroche, etc.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244E\">158<\/a><\/sup>. Y hay que a\u00f1adir: \u00abEl s\u00e9ptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra raz\u00f3n, ego\u00edsta o ideol\u00f3gica, mercantil o totalitaria, conducen a&nbsp;<em>esclavizar seres humanos,&nbsp;<\/em>a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercanc\u00eda. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos mediante la violencia a la condici\u00f3n de objeto de consumo o a una fuente de beneficios. San Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano &#8220;no como esclavo, sino&#8230; como un hermano&#8230; en el Se\u00f1or&#8221; (<em>Flm<\/em>&nbsp;16)\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244F\">159<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">101. En el \u00e1mbito pol\u00edtico se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la administraci\u00f3n p\u00fablica; la imparcialidad en el servicio de la cosa p\u00fablica; el respeto de los derechos de los adversarios pol\u00edticos; la tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero p\u00fablico; el rechazo de medios equ\u00edvocos o il\u00edcitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base fundamental \u2014as\u00ed como su urgencia singular\u2014 en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas de funcionamiento de los Estados&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244G\">160<\/a><\/sup>. Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la convivencia pol\u00edtica y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disoluci\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>14, 3-4;&nbsp;<em>Ap&nbsp;<\/em>18, 2-3. 9-24). Despu\u00e9s de la ca\u00edda, en muchos pa\u00edses, de las ideolog\u00edas que condicionaban la pol\u00edtica a una concepci\u00f3n totalitaria del mundo \u2014la primera entre ellas el marxismo\u2014, existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negaci\u00f3n de los derechos fundamentales de la persona humana y a la absorci\u00f3n en la pol\u00edtica de la misma inquietud religiosa que habita en el coraz\u00f3n de todo ser humano:&nbsp;<em>es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo \u00e9tico,&nbsp;<\/em>que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despoj\u00e1ndola m\u00e1s radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, \u00absi no existe una verdad \u00faltima \u2014que gu\u00ede y oriente la acci\u00f3n pol\u00edtica\u2014, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas f\u00e1cilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244H\">161<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed, en cualquier campo de la vida personal, familiar, social y pol\u00edtica, la moral \u2014que se basa en la verdad y que a trav\u00e9s de ella se abre a la aut\u00e9ntica libertad\u2014 ofrece un servicio original, insustituible y de enorme valor no s\u00f3lo para cada persona y para su crecimiento en el bien, sino tambi\u00e9n para la sociedad y su verdadero desarrollo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Gracia y obediencia a la ley de Dios<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">102. Incluso en las situaciones m\u00e1s dif\u00edciles, el hombre debe observar la norma moral para ser obediente al sagrado mandamiento de Dios y coherente con la propia dignidad personal. Ciertamente, la armon\u00eda entre libertad y verdad postula, a veces, sacrificios no comunes y se conquista con un alto precio: puede conllevar incluso el martirio. Pero, como demuestra la experiencia universal y cotidiana, el hombre se ve tentado a romper esta armon\u00eda: \u00abNo hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco&#8230; No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>7, 15. 19).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00bfDe d\u00f3nde proviene, en \u00faltima instancia, esta divisi\u00f3n interior del hombre? \u00c9ste inicia su historia de pecado cuando deja de reconocer al Se\u00f1or como a su Creador, y quiere ser \u00e9l mismo quien decide, con total independencia, sobre lo que es bueno y lo que es malo. \u00abSer\u00e9is como dioses, conocedores del bien y del mal\u00bb (<em>Gn<\/em>&nbsp;3, 5): \u00e9sta es la primera tentaci\u00f3n, de la que se hacen eco todas las dem\u00e1s tentaciones a las que el hombre est\u00e1 inclinado a ceder por las heridas de la ca\u00edda original.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque, junto con los mandamientos, el Se\u00f1or nos da la posibilidad de observarlos: \u00abSus ojos est\u00e1n sobre los que le temen, \u00e9l conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser imp\u00edo, a nadie ha dado licencia de pecar\u00bb (<em>Si&nbsp;<\/em>15, 19-20). La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser dif\u00edcil, muy dif\u00edcil: sin embargo jam\u00e1s es imposible. \u00c9sta es una ense\u00f1anza constante de la tradici\u00f3n de la Iglesia, expresada as\u00ed por el concilio de Trento: \u00abNadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que est\u00e9; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. &#8220;Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas&#8221; y te ayuda para que puedas. &#8220;Sus mandamientos no son pesados&#8221; (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>5, 3), &#8220;su yugo es suave y su carga ligera&#8221; (<em>Mt&nbsp;<\/em>11, 30)\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244I\">162<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">103. El \u00e1mbito espiritual de la esperanza siempre est\u00e1 abierto al hombre, con la&nbsp;<em>ayuda de la gracia divina&nbsp;<\/em>y con la&nbsp;<em>colaboraci\u00f3n de la libertad humana.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es en la cruz salv\u00edfica de Jes\u00fas, en el don del Esp\u00edritu Santo, en los sacramentos que brotan del costado traspasado del Redentor (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 34), donde el creyente encuentra la gracia y la fuerza para observar siempre la ley santa de Dios, incluso en medio de las dificultades m\u00e1s graves. Como dice san Andr\u00e9s de Creta, la ley misma \u00abfue vivificada por la gracia y puesta a su servicio en una composici\u00f3n arm\u00f3nica y fecunda. Cada una de las dos conserv\u00f3 sus caracter\u00edsticas sin alteraciones y confusiones. Sin embargo, la ley, que antes era un peso gravoso y una tiran\u00eda, se convirti\u00f3, por obra de Dios, en peso ligero y fuente de libertad\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244J\">163<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>S\u00f3lo en el misterio de la Redenci\u00f3n de Cristo est\u00e1n las posibilidades \u00abconcretas\u00bb del hombre.&nbsp;<\/em>\u00abSer\u00eda un error grav\u00edsimo concluir&#8230; que la norma ense\u00f1ada por la Iglesia es en s\u00ed misma un &#8220;ideal&#8221; que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las \u2014se dice\u2014 posibilidades concretas del hombre: seg\u00fan un &#8220;equilibrio de los varios bienes en cuesti\u00f3n&#8221;. Pero, \u00bfcu\u00e1les son las &#8220;posibilidades concretas del hombre&#8221;? \u00bfY de&nbsp;<em>qu\u00e9&nbsp;<\/em>hombre se habla? \u00bfDel hombre&nbsp;<em>dominado&nbsp;<\/em>por la concupiscencia, o del&nbsp;<em>redimido por Cristo<\/em>? Porque se trata de esto: de la&nbsp;<em>realidad&nbsp;<\/em>de la redenci\u00f3n de Cristo.&nbsp;<em>\u00a1Cristo nos ha redimido!&nbsp;<\/em>Esto significa que \u00e9l nos ha dado la&nbsp;<em>posibilidad&nbsp;<\/em>de realizar&nbsp;<em>toda&nbsp;<\/em>la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del&nbsp;<em>dominio&nbsp;<\/em>de la concupiscencia. Y si el hombre redimido sigue pecando, esto no se debe a la imperfecci\u00f3n del acto redentor de Cristo, sino a la<em>&nbsp;voluntad&nbsp;<\/em>del hombre de substraerse a la gracia que brota de ese acto. El mandamiento de Dios ciertamente est\u00e1 proporcionado a las capacidades del hombre: pero a las capacidades del hombre a quien se ha dado el Esp\u00edritu Santo; del hombre que, aunque ca\u00eddo en el pecado, puede obtener siempre el perd\u00f3n y gozar de la presencia del Esp\u00edritu\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244K\">164<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">104. En este contexto se abre el justo espacio a la<em>&nbsp;misericordia de Dios&nbsp;<\/em>por el pecador que se convierte, y a la<em>&nbsp;comprensi\u00f3n por la debilidad humana.&nbsp;<\/em>Esta comprensi\u00f3n jam\u00e1s significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por s\u00ed mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque ense\u00f1a a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En cambio, debemos recoger el&nbsp;<em>mensaje contenido en la par\u00e1bola evang\u00e9lica del fariseo y el publicano&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>18, 9-14). El publicano quiz\u00e1s pod\u00eda tener alguna justificaci\u00f3n por los pecados cometidos, que disminuyera su responsabilidad. Pero su petici\u00f3n no se limita solamente a estas justificaciones, sino que se extiende tambi\u00e9n a su propia indignidad ante la santidad infinita de Dios: \u00ab\u00a1Oh Dios! Ten compasi\u00f3n de m\u00ed, que soy pecador\u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>18, 13). En cambio, el fariseo se justifica \u00e9l solo, encontrando quiz\u00e1s una excusa para cada una de sus faltas. Nos encontramos, pues, ante dos actitudes diferentes de la conciencia moral del hombre de todos los tiempos. El publicano nos presenta una conciencia&nbsp;<em>penitente&nbsp;<\/em>que es plenamente consciente de la fragilidad de la propia naturaleza y que ve en las propias faltas, cualesquiera que sean las justificaciones subjetivas, una confirmaci\u00f3n del propio ser necesitado de redenci\u00f3n. El fariseo nos presenta una conciencia&nbsp;<em>satisfecha de s\u00ed misma,&nbsp;<\/em>que cree que puede observar la ley sin la ayuda de la gracia y est\u00e1 convencida de no necesitar la misericordia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">105. Se pide a todos gran vigilancia para no dejarse contagiar por la actitud farisaica, que pretende eliminar la conciencia del propio l\u00edmite y del propio pecado, y que hoy se manifiesta particularmente con el intento de adaptar la norma moral a las propias capacidades y a los propios intereses, e incluso con el rechazo del concepto mismo de norma. Al contrario, aceptar la<em>&nbsp;desproporci\u00f3n&nbsp;<\/em>entre ley y capacidad humana, o sea, la capacidad de las solas fuerzas morales del hombre dejado a s\u00ed mismo, suscita el deseo de la gracia y predispone a recibirla. \u00ab\u00bfQui\u00e9n me librar\u00e1 de este cuerpo que me lleva a la muerte?\u00bb, se pregunta san Pablo. Y con una confesi\u00f3n gozosa y agradecida responde: \u00ab\u00a1Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Se\u00f1or!\u00bb (<em>Rm<\/em>&nbsp;7, 24-25).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Encontramos la misma conciencia en esta oraci\u00f3n de san Ambrosio de Mil\u00e1n: \u00abNada vale el hombre, si t\u00fa no lo visitas. No olvides a quien es d\u00e9bil; acu\u00e9rdate, oh Se\u00f1or, que me has hecho d\u00e9bil, que me has plasmado del polvo. \u00bfC\u00f3mo podr\u00e9 sostenerme si t\u00fa no me miras sin cesar para fortalecer esta arcilla, de modo que mi consistencia proceda de tu rostro?&nbsp;<em>Si escondes tu rostro, todo perece&nbsp;<\/em>(<em>Sal&nbsp;<\/em>103, 29): si t\u00fa me miras, \u00a1pobre de m\u00ed! En m\u00ed no ver\u00e1s m\u00e1s que contaminaciones de delitos; no es ventajoso ser abandonados ni ser vistos, porque, en el acto de ser vistos, somos motivo de disgusto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, podemos pensar que Dios no rechaza a quienes ve, porque purifica a quienes mira. Ante \u00e9l arde un fuego que quema la culpa (cf.&nbsp;<em>Jl&nbsp;<\/em>2, 3)\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244L\">165<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Moral y nueva evangelizaci\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">106. La evangelizaci\u00f3n es el desaf\u00edo m\u00e1s perentorio y exigente que la Iglesia est\u00e1 llamada a afrontar desde su origen mismo. En realidad, este reto no lo plantean s\u00f3lo las situaciones sociales y culturales, que la Iglesia encuentra a lo largo de la historia, sino que est\u00e1 contenido en el mandato de Jes\u00fas resucitado, que define la raz\u00f3n misma de la existencia de la Iglesia: \u00abId por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creaci\u00f3n\u00bb (<em>Mc<\/em>&nbsp;16, 15).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El momento que estamos viviendo \u2014al menos en no pocas sociedades\u2014, es m\u00e1s bien el de un formidable desaf\u00edo a la&nbsp;<em>nueva evangelizaci\u00f3n,&nbsp;<\/em>es decir, al anuncio del Evangelio siempre nuevo y siempre portador de novedad, una evangelizaci\u00f3n que debe ser \u00abnueva en su ardor, en sus m\u00e9todos y en su expresi\u00f3n\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244M\">166<\/a><\/sup>. La descristianizaci\u00f3n, que grava sobre pueblos enteros y comunidades en otro tiempo ricos de fe y vida cristiana, no comporta s\u00f3lo la p\u00e9rdida de la fe o su falta de relevancia para la vida, sino tambi\u00e9n y necesariamente&nbsp;<em>una decadencia u oscurecimiento del sentido moral:&nbsp;<\/em>y esto ya sea por la disoluci\u00f3n de la conciencia de la originalidad de la moral evang\u00e9lica, ya sea por el eclipse de los mismos principios y valores \u00e9ticos fundamentales. Las tendencias subjetivistas, utilitaristas y relativistas, hoy ampliamente difundidas, se presentan no simplemente como posiciones pragm\u00e1ticas, como usanzas, sino como concepciones consolidadas desde el punto de vista te\u00f3rico, que reivindican una plena legitimidad cultural y social.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">107.&nbsp;<em>La evangelizaci\u00f3n&nbsp;<\/em>\u2014y por tanto la \u00abnueva evangelizaci\u00f3n<em>\u00bb\u2014 comporta tambi\u00e9n el anuncio y la propuesta moral.&nbsp;<\/em>Jes\u00fas mismo, al predicar precisamente el reino de Dios y su amor salv\u00edfico, ha hecho una llamada a la fe y a la conversi\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>1, 15). Y Pedro con los otros Ap\u00f3stoles, anunciando la resurrecci\u00f3n de Jes\u00fas de Nazaret de entre los muertos, propone una vida nueva que hay que vivir, un&nbsp;<em>camino&nbsp;<\/em>que hay que seguir para ser disc\u00edpulo del Resucitado (cf.&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>2, 37-41; 3, 17-20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De la misma manera \u2014y m\u00e1s a\u00fan\u2014 que para las verdades de fe, la nueva evangelizaci\u00f3n, que propone los fundamentos y contenidos de la moral cristiana, manifiesta su autenticidad y, al mismo tiempo, difunde toda su fuerza misionera cuando se realiza a trav\u00e9s del don no s\u00f3lo de la palabra anunciada sino tambi\u00e9n de la palabra vivida. En particular, es&nbsp;<em>la vida de santidad,&nbsp;<\/em>que resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios frecuentemente humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que constituye el camino m\u00e1s simple y fascinante en el que se nos concede percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicional a todas las exigencias de la ley del Se\u00f1or, incluso en las circunstancias m\u00e1s dif\u00edciles. Por esto, la Iglesia, en su sabia pedagog\u00eda moral, ha invitado siempre a los creyentes a buscar y a encontrar en los santos y santas, y en primer lugar en la Virgen Madre de Dios&nbsp;<em>llena de gracia&nbsp;<\/em>y&nbsp;<em>toda santa,&nbsp;<\/em>el modelo, la fuerza y la alegr\u00eda para vivir una vida seg\u00fan los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas del Evangelio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La vida de los santos, reflejo de la bondad de Dios \u2014del \u00fanico que es \u00abBueno\u00bb\u2014, no solamente constituye una verdadera confesi\u00f3n de fe y un impulso para su comunicaci\u00f3n a los otros, sino tambi\u00e9n una glorificaci\u00f3n de Dios y de su infinita santidad. La vida santa conduce as\u00ed a plenitud de expresi\u00f3n y actuaci\u00f3n el triple y unitario&nbsp;<em>\u00abmunus propheticum, sacerdotale et regale\u00bb&nbsp;<\/em>que cada cristiano recibe como don en su renacimiento bautismal \u00abde agua y de Esp\u00edritu\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 5). Su vida moral posee el valor de un \u00abculto espiritual\u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>12, 1; cf.&nbsp;<em>Flp&nbsp;<\/em>3, 3) que nace y se alimenta de aquella inagotable fuente de santidad y glorificaci\u00f3n de Dios que son los sacramentos, especialmente la Eucarist\u00eda; en efecto, participando en el sacrificio de la cruz, el cristiano comulga con el amor de entrega de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida. En la existencia moral se revela y se realiza tambi\u00e9n el efectivo servicio del cristiano: cuanto m\u00e1s obedece con la ayuda de la gracia a la ley nueva del Esp\u00edritu Santo, tanto m\u00e1s crece en la libertad a la cual est\u00e1 llamado mediante el servicio de la verdad, la caridad y la justicia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">108. En la ra\u00edz de la nueva evangelizaci\u00f3n y de la vida moral nueva, que ella propone y suscita en sus frutos de santidad y acci\u00f3n misionera, est\u00e1&nbsp;<em>el Esp\u00edritu de Cristo,&nbsp;<\/em>principio y fuerza de la fecundidad de la santa Madre Iglesia, como nos recuerda Pablo VI: \u00abNo habr\u00e1 nunca evangelizaci\u00f3n posible sin la acci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo\u00bb<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244N\">167<\/a><\/sup>. Al Esp\u00edritu de Jes\u00fas, acogido por el coraz\u00f3n humilde y d\u00f3cil del creyente, se debe, por tanto, el florecer de la vida moral cristiana y el testimonio de la santidad en la gran variedad de las vocaciones, de los dones, de las responsabilidades y de las condiciones y situaciones de vida. Es el Esp\u00edritu Santo \u2014afirmaba ya Novaciano, expresando de esta forma la fe aut\u00e9ntica de la Iglesia\u2014 \u00abaquel que ha dado firmeza a las almas y a las mentes de los disc\u00edpulos, aquel que ha iluminado en ellos las cosas divinas; fortalecidos por \u00e9l, los disc\u00edpulos no tuvieron temor ni de las c\u00e1rceles ni de las cadenas por el nombre del Se\u00f1or; m\u00e1s a\u00fan, despreciaron a los mismos poderes y tormentos del mundo, armados ahora y fortalecidos por medio de \u00e9l, teniendo en s\u00ed los dones que este mismo Esp\u00edritu dona y env\u00eda como alhajas a la Iglesia, esposa de Cristo. En efecto, es \u00e9l quien suscita a los profetas en la Iglesia, instruye a los maestros, sugiere las palabras, realiza prodigios y curaciones, produce obras admirables, concede el discernimiento de los esp\u00edritus, asigna las tareas de gobierno, inspira los consejos, reparte y armoniza cualquier otro don carism\u00e1tico y, por esto, perfecciona completamente, por todas partes y en todo, a la Iglesia del Se\u00f1or\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244O\">168<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el contexto vivo de esta nueva evangelizaci\u00f3n, destinada a generar y a nutrir \u00abla fe que act\u00faa por la caridad\u00bb (<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 6) y en relaci\u00f3n con la obra del Esp\u00edritu Santo, podemos comprender ahora el puesto que en la Iglesia, comunidad de los creyentes, corresponde a la&nbsp;<em>reflexi\u00f3n que la teolog\u00eda debe desarrollar sobre la vida moral,&nbsp;<\/em>de la misma manera que podemos presentar la misi\u00f3n y responsabilidad propia de los te\u00f3logos moralistas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El servicio de los te\u00f3logos moralistas<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">109. Toda la Iglesia, part\u00edcipe del&nbsp;<em>\u00abmunus propheticum\u00bb&nbsp;<\/em>del Se\u00f1or Jes\u00fas mediante el don de su Esp\u00edritu, est\u00e1 llamada a la evangelizaci\u00f3n y al testimonio de una vida de fe. Gracias a la presencia permanente en ella del Esp\u00edritu de verdad (cf.&nbsp;<em>Jn<\/em>&nbsp;14, 16-17), \u00abla totalidad de los fieles, que tienen la unci\u00f3n del Santo (cf.&nbsp;<em>1 Jn&nbsp;<\/em>2, 20. 27) no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando &#8220;desde los obispos hasta los \u00faltimos fieles laicos&#8221; presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244P\">169<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Para cumplir su misi\u00f3n prof\u00e9tica, la Iglesia debe despertar continuamente o&nbsp;<em>reavivar&nbsp;<\/em>la propia vida de fe (cf.&nbsp;<em>2 Tm&nbsp;<\/em>1, 6), en especial mediante una reflexi\u00f3n cada vez m\u00e1s profunda, bajo la gu\u00eda del Esp\u00edritu Santo, sobre el contenido de la fe misma. Es al servicio de esta \u00abb\u00fasqueda creyente de la comprensi\u00f3n de la fe\u00bb donde se sit\u00faa, de modo espec\u00edfico,&nbsp;<em>la vocaci\u00f3n del te\u00f3logo en la Iglesia:&nbsp;<\/em>\u00abEntre las vocaciones suscitadas por el Esp\u00edritu en la Iglesia \u2014leemos en la Instrucci\u00f3n&nbsp;<em>Donum veritatis<\/em>\u2014 se distingue la del te\u00f3logo, que tiene la funci\u00f3n especial de lograr, en comuni\u00f3n con el Magisterio, una comprensi\u00f3n cada vez m\u00e1s profunda de la palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la Tradici\u00f3n viva de la Iglesia. Por su propia naturaleza, la fe interpela la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>3, 19), sin embargo, invita a nuestra raz\u00f3n \u2014don de Dios otorgado para captar la verdad\u2014 a entrar en el \u00e1mbito de su luz, capacit\u00e1ndola as\u00ed para comprender en cierta medida lo que ha cre\u00eddo. La ciencia teol\u00f3gica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitaci\u00f3n de la voz de la verdad, ayuda al pueblo de Dios, seg\u00fan el mandamiento del ap\u00f3stol (cf.&nbsp;<em>1 P&nbsp;<\/em>3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244Q\">170<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Para definir la identidad misma y, por consiguiente, realizar la misi\u00f3n propia de la teolog\u00eda, es fundamental reconocer su<em>&nbsp;\u00edntimo y vivo nexo con la Iglesia, su misterio, su vida y misi\u00f3n:<\/em>&nbsp;\u00abLa teolog\u00eda es ciencia eclesial, porque crece en la Iglesia y act\u00faa en la Iglesia&#8230; Est\u00e1 al servicio de la Iglesia y por lo tanto debe sentirse din\u00e1micamente inserta en la misi\u00f3n de la Iglesia, especialmente en su misi\u00f3n prof\u00e9tica\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244R\">171<\/a><\/sup>. Por su naturaleza y dinamismo, la teolog\u00eda aut\u00e9ntica s\u00f3lo puede florecer y desarrollarse mediante una convencida y responsable participaci\u00f3n y&nbsp;<em>pertenencia&nbsp;<\/em>a la Iglesia, como&nbsp;<em>comunidad de fe,<\/em>&nbsp;de la misma manera que el fruto de la investigaci\u00f3n y la profundizaci\u00f3n teol\u00f3gica vuelve a esta misma Iglesia y a su vida de fe.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">110. Cuanto se ha dicho hasta ahora acerca de la teolog\u00eda en general, puede y debe ser propuesto de nuevo para la&nbsp;<em>teolog\u00eda moral,&nbsp;<\/em>entendida en su especificidad de reflexi\u00f3n cient\u00edfica sobre el&nbsp;<em>Evangelio como don y mandamiento de vida nueva,&nbsp;<\/em>sobre la vida seg\u00fan \u00abla verdad en el amor\u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>4, 15), sobre la vida de santidad de la Iglesia, o sea, sobre la vida en la que resplandece la verdad del bien llevado hasta su perfecci\u00f3n. No s\u00f3lo en el \u00e1mbito de la fe, sino tambi\u00e9n y de modo inseparable en el \u00e1mbito de la moral, interviene el&nbsp;<em>Magisterio de la Iglesia,<\/em>&nbsp;cuyo cometido es \u00abdiscernir, por medio de juicios normativos para la conciencia de los fieles, los actos que en s\u00ed mismos son conformes a las exigencias de la fe y promueven su expresi\u00f3n en la vida, como tambi\u00e9n aquellos que, por el contrario, por su malicia son incompatibles con estas exigencias\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244S\">172<\/a><\/sup>. Predicando los mandamientos de Dios y la caridad de Cristo, el Magisterio de la Iglesia ense\u00f1a tambi\u00e9n a los fieles los preceptos particulares y determinados, y les pide considerarlos como moralmente obligatorios en conciencia. Adem\u00e1s, desarrolla una importante tarea de vigilancia, advirtiendo a los fieles de la presencia de eventuales errores, incluso s\u00f3lo impl\u00edcitos, cuando la conciencia de los mismos no logra reconocer la exactitud y la verdad de las reglas morales que ense\u00f1a el Magisterio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se inserta aqu\u00ed la funci\u00f3n espec\u00edfica de cuantos por mandato de los leg\u00edtimos pastores ense\u00f1an teolog\u00eda moral en los seminarios y facultades teol\u00f3gicas. Tienen el grave deber de instruir a los fieles \u2014especialmente a los futuros pastores\u2014 acerca de todos los mandamientos y las normas pr\u00e1cticas que la Iglesia declara con autoriad&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244T\">173<\/a><\/sup>. No obstante los eventuales l\u00edmites de las argumentaciones humanas presentadas por el Magisterio, los te\u00f3logos moralistas est\u00e1n llamados a profundizar las razones de sus ense\u00f1anzas, a ilustrar los fundamentos de sus preceptos y su obligatoriedad, mostrando su mutua conexi\u00f3n y la relaci\u00f3n con el fin \u00faltimo del hombre&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244U\">174<\/a><\/sup>. Compete a los te\u00f3logos moralistas exponer la doctrina de la Iglesia y dar, en el ejercicio de su ministerio, el ejemplo de un asentimiento leal, interno y externo, a la ense\u00f1anza del Magisterio sea en el campo del dogma como en el de la moral&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244V\">175<\/a><\/sup>. Uniendo sus fuerzas para colaborar con el Magisterio jer\u00e1rquico, los te\u00f3logos se empe\u00f1ar\u00e1n por clarificar cada vez mejor los fundamentos b\u00edblicos, los significados \u00e9ticos y las motivaciones antropol\u00f3gicas que sostienen la doctrina moral y la visi\u00f3n del hombre propuestas por la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">111. El servicio que los te\u00f3logos moralistas est\u00e1n llamados a ofrecer en la hora presente es de importancia primordial, no s\u00f3lo para la vida y la misi\u00f3n de la Iglesia, sino tambi\u00e9n para la sociedad y la cultura humana. Compete a ellos, en conexi\u00f3n \u00edntima y vital con la teolog\u00eda b\u00edblica y dogm\u00e1tica, subrayar en la reflexi\u00f3n cient\u00edfica \u00abel aspecto din\u00e1mico que ayuda a resaltar la respuesta que el hombre debe dar a la llamada divina en el proceso de su crecimiento en el amor, en el seno de una comunidad salv\u00edfica. De esta forma, la teolog\u00eda moral alcanzar\u00e1 una dimensi\u00f3n espiritual interna, respondiendo a las exigencias de desarrollo pleno de la&nbsp;<em>&#8220;imago Dei<\/em>&#8221; que est\u00e1 en el hombre, y a las leyes del proceso espiritual descrito en la asc\u00e9tica y m\u00edstica cristianas\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244W\">176<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ciertamente, la teolog\u00eda moral y su ense\u00f1anza se encuentran hoy ante una dificultad particular. Puesto que la doctrina moral de la Iglesia implica necesariamente una&nbsp;<em>dimensi\u00f3n normativa,&nbsp;<\/em>la teolog\u00eda moral no puede reducirse a un saber elaborado s\u00f3lo en el contexto de las as\u00ed llamadas&nbsp;<em>ciencias humanas.&nbsp;<\/em>Mientras \u00e9stas se ocupan del fen\u00f3meno de la moralidad como hecho hist\u00f3rico y social, la teolog\u00eda moral, aun sirvi\u00e9ndose necesariamente tambi\u00e9n de los resultados de las ciencias del hombre y de la naturaleza, no est\u00e1 en absoluto subordinada a los resultados de las observaciones emp\u00edrico-formales o de la comprensi\u00f3n fenomenol\u00f3gica. En realidad, la pertinencia de las ciencias humanas en teolog\u00eda moral siempre debe ser valorada con relaci\u00f3n a la pregunta primigenia: \u00bf<em>Qu\u00e9 es el bien o el mal? \u00bfQu\u00e9 hacer para obtener la vida eterna?<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">112. El te\u00f3logo moralista debe aplicar, por consiguiente, el discernimiento necesario en el contexto de la cultura actual, prevalentemente cient\u00edfica y t\u00e9cnica, expuesta al peligro del pragmatismo y del positivismo. Desde el punto de vista teol\u00f3gico, los principios morales no son dependientes del momento hist\u00f3rico en el que vienen a la luz. El hecho de que algunos creyentes act\u00faen sin observar las ense\u00f1anzas del Magisterio o, err\u00f3neamente, consideren su conducta como moralmente justa cuando es contraria a la ley de Dios declarada por sus pastores, no puede constituir un argumento v\u00e1lido para rechazar la verdad de las normas morales ense\u00f1adas por la Iglesia. La afirmaci\u00f3n de los principios morales no es competencia de los m\u00e9todos emp\u00edrico-formales. La teolog\u00eda moral, fiel al sentido sobrenatural de la fe, sin rechazar la validez de tales m\u00e9todos, \u2014pero sin limitar tampoco a ellos su perspectiva\u2014, mira sobre todo a&nbsp;<em>la dimensi\u00f3n espiritual del coraz\u00f3n humano y su vocaci\u00f3n al amor divino.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En efecto, mientras las ciencias humanas, como todas las ciencias experimentales, parten de un concepto emp\u00edrico y estad\u00edstico de \u00abnormalidad\u00bb, la fe ense\u00f1a que esta normalidad lleva consigo las huellas de una ca\u00edda del hombre desde su condici\u00f3n originaria, es decir, est\u00e1 afectada por el pecado. S\u00f3lo la fe cristiana ense\u00f1a al hombre el camino del retorno \u00abal principio\u00bb (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 8), un camino que con frecuencia es bien diverso del de la normalidad emp\u00edrica. En este sentido, las ciencias humanas, no obstante todos los conocimientos de gran valor que ofrecen, no pueden asumir la funci\u00f3n de indicadores decisivos de las normas morales. El Evangelio es el que revela la verdad integral sobre el hombre y sobre su camino moral y, de esta manera, instruye y amonesta a los pecadores, y les anuncia la misericordia divina, que act\u00faa incesantemente para preservarlos tanto de la desesperaci\u00f3n de no poder conocer y observar plenamente la ley divina, cuanto de la presunci\u00f3n de poderse salvar sin m\u00e9rito. Adem\u00e1s, les recuerda la alegr\u00eda del perd\u00f3n, s\u00f3lo el cual da la fuerza para reconocer una verdad liberadora en la ley divina, una gracia de esperanza, un camino de vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">113. La ense\u00f1anza de la doctrina moral implica la asunci\u00f3n consciente de estas responsabilidades intelectuales, espirituales y pastorales. Por esto, los te\u00f3logos moralistas, que aceptan la funci\u00f3n de ense\u00f1ar la doctrina de la Iglesia, tienen el grave deber de educar a los fieles en este discernimiento moral, en el compromiso por el verdadero bien y en el recurrir confiadamente a la gracia divina.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si la convergencia y los conflictos de opini\u00f3n pueden constituir expresiones normales de la vida p\u00fablica en el contexto de una democracia representativa, la doctrina moral no puede depender ciertamente del simple respeto de un procedimiento; en efecto, \u00e9sta no viene determinada en modo alguno por las reglas y formas de una deliberaci\u00f3n de tipo democr\u00e1tico.&nbsp;<em>El disenso,<\/em>&nbsp;mediante contestaciones calculadas y de pol\u00e9micas a trav\u00e9s de los medios de comunicaci\u00f3n social,&nbsp;<em>es contrario a la comuni\u00f3n eclesial y a la recta comprensi\u00f3n de la constituci\u00f3n jer\u00e1rquica del pueblo de Dios.&nbsp;<\/em>En la oposici\u00f3n a la ense\u00f1anza de los pastores no se puede reconocer una leg\u00edtima expresi\u00f3n de la libertad cristiana ni de las diversidades de los dones del Esp\u00edritu Santo. En este caso, los pastores tienen el deber de actuar de conformidad con su misi\u00f3n apost\u00f3lica, exigiendo que sea respetado siempre&nbsp;<em>el derecho de los fieles&nbsp;<\/em>a recibir la doctrina cat\u00f3lica en su pureza e integridad: \u00abEl te\u00f3logo, sin olvidar jam\u00e1s que tambi\u00e9n es un miembro del pueblo de Dios, debe respetarlo y comprometerse a darle una ense\u00f1anza que no lesione en lo m\u00e1s m\u00ednimo la doctrina de la fe\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244X\">177<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Nuestras responsabilidades como pastores<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">114. La responsabilidad de la fe y la vida de fe del pueblo de Dios pesa de forma peculiar y propia sobre los pastores, como nos recuerda el concilio Vaticano II: \u00abEntre las principales funciones de los obispos destaca el anuncio del Evangelio. En efecto, los obispos son los predicadores del Evangelio que llevan nuevos disc\u00edpulos a Cristo. Son tambi\u00e9n los maestros aut\u00e9nticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo. Predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la pr\u00e1ctica y la iluminan con la luz del Esp\u00edritu Santo. Sacando del tesoro de la Revelaci\u00f3n lo nuevo y lo viejo (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>13, 52), hacen que d\u00e9 frutos y con su vigilancia alejan los errores que amenazan a su reba\u00f1o (cf.&nbsp;<em>2 Tm<\/em>&nbsp;4, 1-4)\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244Y\">178<\/a><\/sup>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Nuestro com\u00fan deber, y antes a\u00fan nuestra com\u00fan gracia, es ense\u00f1ar a los fieles, como pastores y obispos de la Iglesia, lo que los conduce por el camino de Dios, de la misma manera que el Se\u00f1or Jes\u00fas hizo un d\u00eda con el joven del evangelio. Respondiendo a su pregunta: \u00ab\u00bfQu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?\u00bb, Jes\u00fas remiti\u00f3 a Dios, Se\u00f1or de la creaci\u00f3n y de la Alianza; record\u00f3 los mandamientos morales, ya revelados en el Antiguo Testamento; indic\u00f3 su esp\u00edritu y su radicalidad, invitando a su seguimiento en la pobreza, la humildad y el amor: \u00abVen, y s\u00edgueme\u00bb. La verdad de esta doctrina tuvo su culmen en la cruz con la sangre de Cristo: se convirti\u00f3, por el Esp\u00edritu Santo, en la ley nueva de la Iglesia y de todo cristiano.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta&nbsp;<em>respuesta&nbsp;<\/em>a la pregunta moral Jesucristo la conf\u00eda de modo particular a nosotros, pastores de la Iglesia, llamados a hacerla objeto de nuestra ense\u00f1anza, mediante el cumplimiento de nuestro<em>&nbsp;\u00abmunus propheticum<\/em>\u00bb. Al mismo tiempo, nuestra responsabilidad de pastores, ante la doctrina moral cristiana, debe ejercerse tambi\u00e9n bajo la forma del&nbsp;<em>\u00abmunus sacerdotale<\/em>\u00bb: esto ocurre cuando dispensamos a los fieles los dones de gracia y santificaci\u00f3n como medios para obedecer a la ley santa de Dios, y cuando con nuestra oraci\u00f3n constante y confiada sostenemos a los creyentes para que sean fieles a las exigencias de la fe y vivan seg\u00fan el Evangelio (cf.&nbsp;<em>Col&nbsp;<\/em>1, 9-12). La doctrina moral cristiana debe constituir, sobre todo hoy, uno de los \u00e1mbitos privilegiados de nuestra vigilancia pastoral, del ejercicio de nuestro&nbsp;<em>\u00abmunus regale<\/em>\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">115. En efecto, es la primera vez que el Magisterio de la Iglesia expone con cierta amplitud los elementos fundamentales de esa doctrina, presentando las razones del discernimiento pastoral necesario en situaciones pr\u00e1cticas y culturales complejas y hasta cr\u00edticas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A la luz de la Revelaci\u00f3n y de la ense\u00f1anza constante de la Iglesia y especialmente del concilio Vaticano II, he recordado brevemente los rasgos esenciales de la libertad, los valores fundamentales relativos a la dignidad de la persona y a la verdad de sus actos, hasta el punto de poder reconocer, al obedecer a la ley moral, una gracia y un signo de nuestra adopci\u00f3n en el Hijo \u00fanico (cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>1, 4-6). Particularmente, con esta enc\u00edclica se proponen valoraciones sobre algunas tendencias actuales en la teolog\u00eda moral. Las doy a conocer ahora, en obediencia a la palabra del Se\u00f1or que ha confiado a Pedro el encargo de confirmar a sus hermanos (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>22, 32), para iluminar y ayudar nuestro com\u00fan discernimiento.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cada uno de nosotros conoce la importancia de la doctrina que representa el n\u00facleo de las ense\u00f1anzas de esta enc\u00edclica y que hoy volvemos a recordar con la autoridad del sucesor de Pedro. Cada uno de nosotros puede advertir la gravedad de cuanto est\u00e1 en juego, no s\u00f3lo para cada persona sino tambi\u00e9n para toda la sociedad, con la&nbsp;<em>reafirmaci\u00f3n de la universalidad e inmutabilidad de los mandamientos morales&nbsp;<\/em>y, en particular, de aquellos que prohiben siempre y sin excepci\u00f3n los&nbsp;<em>actos intr\u00ednsecamente malos.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al reconocer tales mandamientos, el coraz\u00f3n cristiano y nuestra caridad pastoral escuchan la llamada de Aquel que \u00abnos am\u00f3 primero\u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>4, 19). Dios nos pide ser santos como \u00e9l es santo (cf.&nbsp;<em>Lv&nbsp;<\/em>19, 2), ser perfectos \u2014en Cristo\u2014 como \u00e9l es perfecto (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 48): la exigente firmeza del mandamiento se basa en el inagotable amor misericordioso de Dios (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>6, 36), y la finalidad del mandamiento es conducirnos, con la gracia de Cristo, por el camino de la plenitud de la vida propia de los hijos de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">116. Como obispos, tenemos el deber de&nbsp;<em>vigilar para que la palabra de Dios sea ense\u00f1ada fielmente.&nbsp;<\/em>Forma parte de nuestro ministerio pastoral, amados hermanos en el episcopado, vigilar sobre la transmisi\u00f3n fiel de esta ense\u00f1anza moral y recurrir a las medidas oportunas para que los fieles sean preservados de cualquier doctrina y teor\u00eda contraria a ello. A todos nos ayudan en esta tarea los te\u00f3logos; sin embargo, las opiniones teol\u00f3gicas no constituyen la regla ni la norma de nuestra ense\u00f1anza. Su autoridad deriva, con la asistencia del Esp\u00edritu Santo y en comuni\u00f3n&nbsp;<em>\u00abcum Petro et sub Petro<\/em>\u00bb, de nuestra fidelidad a la fe cat\u00f3lica recibida de los Ap\u00f3stoles. Como obispos tenemos la obligaci\u00f3n grave de vigilar&nbsp;<em>personalmente&nbsp;<\/em>para que la \u00absana doctrina\u00bb (<em>1 Tm&nbsp;<\/em>1, 10) de la fe y la moral sea ense\u00f1ada en nuestras di\u00f3cesis.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Una responsabilidad particular tienen los obispos en lo que se refiere a las&nbsp;<em>instituciones cat\u00f3licas.&nbsp;<\/em>Ya se trate de organismos para la pastoral familiar o social, o bien de instituciones dedicadas a la ense\u00f1anza o a los servicios sanitarios, los obispos pueden erigir y reconocer estas estructuras y delegar en ellas algunas responsabilidades; sin embargo, nunca est\u00e1n exonerados de sus propias obligaciones. A ellos compete, en comuni\u00f3n con la Santa Sede, la funci\u00f3n de reconocer, o retirar en casos de grave incoherencia, el apelativo de \u00abcat\u00f3lico\u00bb a escuelas&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%244Z\">179<\/a><\/sup>, universidades&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2450\">180<\/a><\/sup>&nbsp;o cl\u00ednicas, relacionadas con la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">117. En el coraz\u00f3n del cristiano, en el n\u00facleo m\u00e1s secreto del hombre, resuena siempre la pregunta que el joven del Evangelio dirigi\u00f3 un d\u00eda a Jes\u00fas: \u00abMaestro, \u00bfqu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 16). Pero es necesario que cada uno la dirija al Maestro \u00abbueno\u00bb, porque es el \u00fanico que puede responder en la plenitud de la verdad, en cualquier situaci\u00f3n, en las circunstancias m\u00e1s diversas. Y cuando los cristianos le dirigen la pregunta que brota de sus conciencias, el Se\u00f1or responde con las palabras de la nueva alianza confiada a su Iglesia. Ahora bien, como dice el Ap\u00f3stol de s\u00ed mismo, nosotros somos enviados \u00aba predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo\u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>1, 17). Por esto, la respuesta de la Iglesia a la pregunta del hombre tiene la sabidur\u00eda y la fuerza de Cristo crucificado, la Verdad que se dona.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Cuando los hombres presentan a la Iglesia los interrogantes de su conciencia,&nbsp;<\/em>cuando los fieles se dirigen a los obispos y a los pastores,&nbsp;<em>en su respuesta est\u00e1 la voz de Jesucristo, la voz de la verdad sobre el bien y el mal.&nbsp;<\/em>En la palabra pronunciada por la Iglesia resuena, en lo \u00edntimo de las personas, la voz de Dios, el \u00ab\u00fanico que es Bueno\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 17), \u00fanico que \u00abes Amor\u00bb (<em>1 Jn<\/em>&nbsp;4, 8. 16).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la&nbsp;<em>unci\u00f3n del Esp\u00edritu,&nbsp;<\/em>sus palabras suaves y exigentes se hacen luz y vida para el hombre. El ap\u00f3stol Pablo nos invita de nuevo a la confianza, porque \u00abnuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacit\u00f3 para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del Esp\u00edritu&#8230; El Se\u00f1or es el Esp\u00edritu, y donde est\u00e1 el Esp\u00edritu del Se\u00f1or, all\u00ed est\u00e1 la libertad. Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Se\u00f1or, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez m\u00e1s gloriosos: as\u00ed es como act\u00faa el Se\u00f1or, que es Esp\u00edritu\u00bb (<em>2 Co&nbsp;<\/em>3, 59. 17-18).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CONCLUSI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Mar\u00eda Madre de misericordia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">118. Al concluir estas consideraciones, encomendamos a Mar\u00eda, Madre de Dios y Madre de misericordia, nuestras personas, los sufrimientos y las alegr\u00edas de nuestra existencia, la vida moral de los creyentes y de los hombres de buena voluntad, las investigaciones de los estudiosos de moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mar\u00eda es Madre de misericordia porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelaci\u00f3n de la misericordia de Dios (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 16-18). \u00c9l ha venido no para condenar sino para perdonar, para derramar misericordia (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>9, 13). Y la misericordia mayor radica en su estar en medio de nosotros y en la llamada que nos ha dirigido para encontrarlo y proclamarlo, junto con Pedro, como \u00abel Hijo de Dios vivo\u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>16, 16). Ning\u00fan pecado del hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. M\u00e1s a\u00fan, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2451\">181<\/a><\/sup>: su misericordia para nosotros es redenci\u00f3n. Esta misericordia alcanza la plenitud con el don del Esp\u00edritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y grandes que sean los obst\u00e1culos opuestos por la fragilidad y el pecado del hombre, el Esp\u00edritu, que renueva la faz de la tierra (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>104, 30), posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del bien. Esta renovaci\u00f3n, que capacita para hacer lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en cierto sentido el colof\u00f3n del don de la misericordia, que libera de la esclavitud del mal y da la fuerza para no volver a pecar. Mediante el don de la vida nueva, Jes\u00fas nos hace part\u00edcipes de su amor y nos conduce al Padre en el Esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">119. Esta es la consoladora certeza de la fe cristiana, a la cual debe su profunda humanidad y su&nbsp;<em>extraordinaria sencillez.<\/em>&nbsp;A veces, en las discusiones sobre los nuevos y complejos problemas morales, puede parecer como si la moral cristiana fuese en s\u00ed misma demasiado dif\u00edcil: ardua para ser comprendida y casi imposible de practicarse. Esto es falso, porque \u2014en t\u00e9rminos de sencillez evang\u00e9lica\u2014 consiste fundamentalmente en el&nbsp;<em>seguimiento de Jesucristo,&nbsp;<\/em>en el abandonarse a \u00e9l, en el dejarse transformar por su gracia y ser renovados por su misericordia, que se alcanzan en la vida de comuni\u00f3n de su Iglesia. \u00abQuien quiera vivir \u2014nos recuerda san Agust\u00edn\u2014, tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que crea, que se deje incorporar para ser vivificado. No rehuya la compa\u00f1\u00eda de los miembros\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2452\">182<\/a><\/sup>. Con la luz del Esp\u00edritu, cualquier persona puede entenderlo, incluso la menos erudita, sobre todo quien sabe conservar un \u00abcoraz\u00f3n entero\u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>86, 11). Por otra parte, esta sencillez evang\u00e9lica no exime de afrontar la complejidad de la realidad, pero puede conducir a su comprensi\u00f3n m\u00e1s verdadera porque el seguimiento de Cristo clarificar\u00e1 progresivamente las caracter\u00edsticas de la aut\u00e9ntica moralidad cristiana y dar\u00e1, al mismo tiempo, la fuerza vital para su realizaci\u00f3n. Vigilar para que el dinamismo del seguimiento de Cristo se desarrolle de modo org\u00e1nico, sin que sean falsificadas o soslayadas sus exigencias morales \u2014con todas las consecuencias que ello comporta\u2014 es tarea del Magisterio de la Iglesia. Quien ama a Cristo observa sus mandamientos (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 15).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">120. Mar\u00eda es tambi\u00e9n Madre de misericordia porque Jes\u00fas le conf\u00eda su Iglesia y toda la humanidad. A los pies de la cruz, cuando acepta a Juan como hijo; cuando, junto con Cristo, pide al Padre el perd\u00f3n para los que no saben lo que hacen (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>23, 34), Mar\u00eda, con perfecta docilidad al Esp\u00edritu, experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le dilata el coraz\u00f3n y la capacita para abrazar a todo el g\u00e9nero humano. De este modo, se nos entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros. Se convierte en la Madre que nos alcanza la misericordia divina.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mar\u00eda es signo luminoso y ejemplo preclaro de vida moral: \u00absu vida es ense\u00f1anza para todos\u00bb, escribe san Ambrosio&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2453\">183<\/a><\/sup>, que, dirigi\u00e9ndose en especial a las v\u00edrgenes, pero en un horizonte abierto a todos, afirma: \u00abEl primer deseo ardiente de aprender lo da la nobleza del maestro. Y \u00bfqui\u00e9n es m\u00e1s noble que la Madre de Dios o m\u00e1s espl\u00e9ndida que aquella que fue elegida por el mismo Esplendor?\u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#%2454\">184<\/a><\/sup>. Vive y realiza la propia libertad entreg\u00e1ndose a Dios y acogiendo en s\u00ed el don de Dios. Hasta el momento del nacimiento, custodia en su seno virginal al Hijo de Dios hecho hombre, lo nutre, lo hace crecer y lo acompa\u00f1a en aquel gesto supremo de libertad que es el sacrificio total de su propia vida. Con el don de s\u00ed misma, Mar\u00eda entra plenamente en el designio de Dios, que se entrega al mundo. Acogiendo y meditando en su coraz\u00f3n acontecimientos que no siempre puede comprender (cf.&nbsp;<em>Lc<\/em>&nbsp;2, 19), se convierte en el modelo de todos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>11, 28) y merece el t\u00edtulo de \u00abSede de la Sabidur\u00eda\u00bb. Esta Sabidur\u00eda es Jesucristo mismo, el Verbo eterno de Dios, que revela y cumple perfectamente la voluntad del Padre (cf.&nbsp;<em>Hb&nbsp;<\/em>10, 5-10).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mar\u00eda invita a todo ser humano a acoger esta Sabidur\u00eda. Tambi\u00e9n nos dirige la orden dada a los sirvientes en Can\u00e1 de Galilea durante el banquete de bodas: \u00abHaced lo que \u00e9l os diga\u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>2, 5).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mar\u00eda comparte nuestra condici\u00f3n humana, pero con total transparencia a la gracia de Dios. No habiendo conocido el pecado, est\u00e1 en condiciones de compadecerse de toda debilidad. Comprende al hombre pecador y lo ama con amor de Madre. Precisamente por esto se pone de parte de la verdad y comparte el peso de la Iglesia en el recordar constantemente a todos las exigencias morales. Por el mismo motivo, no acepta que el hombre pecador sea enga\u00f1ado por quien pretende amarlo justificando su pecado, pues sabe que, de este modo, se vaciar\u00eda de contenido el sacrificio de Cristo, su Hijo. Ninguna absoluci\u00f3n, incluso la ofrecida por complacientes doctrinas filos\u00f3ficas o teol\u00f3gicas, puede hacer verdaderamente feliz al hombre: s\u00f3lo la cruz y la gloria de Cristo resucitado pueden dar paz a su conciencia y salvaci\u00f3n a su vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a><strong><em>M<\/em><\/strong>ar\u00eda<\/a>,<br>Madre de misericordia,<br>cuida de todos para que no se haga in\u00fatil<br>la cruz de Cristo,<br>para que el hombre<br>no pierda el camino del bien,<br>no pierda la conciencia del pecado<br>y crezca en la esperanza en Dios,<br>\u00abrico en misericordia\u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>2, 4),<br>para que haga libremente las buenas obras<br>que \u00e9l le asign\u00f3 (cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>2, 10)<br>y, de esta manera, toda su vida<br>sea \u00abun himno a su gloria\u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>1, 12).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Dado en Roma, junto a san Pedro, el 6 de agosto \u2014fiesta de la Transfiguraci\u00f3n del Se\u00f1or\u2014 del a\u00f1o 1993, d\u00e9cimo quinto de mi Pontificado.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>IOANNES PAULUS PP. II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1\">1<\/a><\/strong>. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2\">2<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3\">3<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>ibid<\/em>., 9.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4\">4<\/a><\/strong>. Conc. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-5\">5<\/a><\/strong>. Pablo VI,&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/speeches\/1965\/documents\/hf_p-vi_spe_19651004_united-nations.html\"><em>Alocuci\u00f3n<\/em>&nbsp;a la Asamblea general de las Naciones Unidas<\/a>&nbsp;(4 octubre 1965), 1:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;57 (1965), 878; cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html\">Populorum progressio<\/a><\/em>&nbsp;(26 marzo 1967), 13:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;59 (1967), 263-264).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-6\">6<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 33.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-7\">7<\/a><\/strong>. Const. dogm. sobre la Iglesia&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-8\">8<\/a><\/strong>. P\u00edo XII ya hab\u00eda puesto de relieve este desarrollo doctrinal: cf.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1941\/documents\/hf_p-xii_spe_19410601_radiomessage-pentecost.html\">Radiomensaje<\/a><\/em>&nbsp;con ocasi\u00f3n del cincuenta aniversario de la carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/leo-xiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum.html\">Rerum novarum<\/a><\/em>&nbsp;de Le\u00f3n XIII (1 junio 1941):&nbsp;<em>ASS<\/em>&nbsp;33 (1941), 195-205. Tambi\u00e9n Juan XXIII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_j-xxiii_enc_15051961_mater.html\">Mater et magistra<\/a><\/em>&nbsp;(15 mayo 1961):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;53 (1961), 410-413.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-9\">9<\/a><\/strong>. Carta ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/documents\/hf_jp-ii_apl_01081987_spiritus-domini.html\">Spiritus Domini<\/a><\/em>&nbsp;(1 agosto 1987):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;79 (1987), 1374.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-A\">10<\/a><\/strong>.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, n. 1692.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-B\">11<\/a><\/strong>. Const. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_constitutions\/documents\/hf_jp-ii_apc_19921011_fidei-depositum.html\">Fidei depositum<\/a><\/em>&nbsp;(11 octubre 1992), 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-C\">12<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelaci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-D\">13<\/a><\/strong>. Cf. Carta ap.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/1985\/documents\/hf_jp-ii_apl_31031985_dilecti-amici.html\"><em>Parati semper<\/em>&nbsp;a los J\u00f3venes y a las J\u00f3venes del mundo con ocasi\u00f3n del A\u00f1o internacional de la Juventud<\/a>&nbsp;(31 marzo 1985), 2-8:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;77 (1985), 581-600.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-E\">14<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Decreto sobre la formaci\u00f3n sacerdotal&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-F\">15<\/a><\/strong>&nbsp;Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>&nbsp;(4 marzo 1979), 13:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;71 (1979), 282).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-G\">16<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., 10:&nbsp;<em>l. c.<\/em>, 274.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-H\">17<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Exameron<\/em>, dies VI, sermo IX, 8, 50:&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;32, 241.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-I\">18<\/a><\/strong>. S. Le\u00f3n Magno, S<em>ermo XCII<\/em>, cap. III: PL 54, 454.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-J\">19<\/a><\/strong>. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>In duo praecepta caritatis et in decem legis praecepta. Prologus: Opuscula theologica<\/em>, II, n. 1129, Ed. Tauriens. (1954), 245; cf.&nbsp;<em>Summa Theologica<\/em>, I-II, q. 91, a. 2;&nbsp;<em>Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/em>, n. 1955.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-K\">20<\/a><\/strong>. Cf. M\u00e1ximo el Confesor,&nbsp;<em>Quaestiones ad Thalassium<\/em>, Q. 64:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;90, 723-728.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-L\">21<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-M\">22<\/a><\/strong>.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, n. 2070.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-N\">23<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In Iohannis Evangelium Tractatus<\/em>, 41, 9-10:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;36, 363.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-O\">24<\/a><\/strong>. Cf. S. Agust\u00edn,&nbsp;<em>De Sermone Domini in Monte<\/em>, I, 1, 1:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;35, 1-2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-P\">25<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In Psalmum CXVIII Expositio<\/em>, sermo 18, 37:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;15, 1541; cf. S. Cromacio de Aquileya,&nbsp;<em>Tractatus in Matthaeum<\/em>, XX, I, 1-4:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;9\/A, 291-292.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-Q\">26<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s1c1a2_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, n. 1717.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-R\">27<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In Iohannis Evangelium Tractatus<\/em>, 41, 10:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;36, 363.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-S\">28<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., 21, 8:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;36, 216.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-T\">29<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., 82, 3:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;36, 533.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-U\">30<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>De spiritu et littera<\/em>, 19, 34:&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;60, 187.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-V\">31<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Confesiones<\/em>, X, 29, 40:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;27, 176; cf.&nbsp;<em>De gratia et libero arbitrio<\/em>, XV:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;44, 899.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-W\">32<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>De spiritu et littera<\/em>, 21, 36; 26, 46:&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;60, 189-190; 200-201.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-X\">33<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 106, a. 1, conclus. y ad. 2um.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-Y\">34<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In Matthaeum<\/em>, hom. I, 1: PG 57, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-Z\">35<\/a><\/strong>. Cf. S. Ireneo,&nbsp;<em>Adversus haereses<\/em>, IV, 26, 2-5:&nbsp;<em>SCh<\/em>&nbsp;100\/2, 718-729.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-10\">36<\/a><\/strong>. Cf. S. Justino,&nbsp;<em>Apolog\u00eda<\/em>, I 66:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;6, 427-430.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-11\">37<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>1 Pe<\/em>&nbsp;2, 12ss.;&nbsp;<em>Didaj\u00e9<\/em>, II, 2:&nbsp;<em>Patres Apostolici<\/em>, ed. F. X. Funk, I, 6-9; Clemente de Alejandr\u00eda,&nbsp;<em>Paedagogus<\/em>, I, 10; II, 10:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;8, 355-364; 497-536; Tertuliano,&nbsp;<em>Apologeticum<\/em>, IX, 8:&nbsp;<em>CSEL<\/em>, 69, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-12\">38<\/a><\/strong>. Cf. S. Ignacio de Antioiqu\u00eda,&nbsp;<em>Ad Magnesios<\/em>, VI, 1-2:&nbsp;<em>Patres Apostolici<\/em>, ed. F. X. Funk, I, 234-235; S. Ireneo,&nbsp;<em>Adversus haereses<\/em>, IV, 33, 1.6.7:&nbsp;<em>SCh<\/em>&nbsp;100\/2, 802-805; 814-815; 816-819.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-13\">39<\/a><\/strong>. Const. dogm. sobre la divina revelaci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-14\">40<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Ibid<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-15\">41<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-16\">42<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico<\/em>, can. 747 \u00a7 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-17\">43<\/a><\/strong>. Const. dogm. sobre la divina revelaci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-18\">44<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-19\">45<\/a><\/strong>. Decreto sobre la formaci\u00f3n sacerdotal&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1A\">46<\/a><\/strong>. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 62.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1B\">47<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1C\">48<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelaci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1D\">49<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. sobre la fe cat\u00f3lica&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, cap. 4:&nbsp;<em>DS<\/em>, 3018.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1E\">50<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Declaraci\u00f3n sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html\">Nostra aetate<\/a><\/em>, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1F\">51<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 43-44.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1G\">52<\/a><\/strong>. Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, 1, remitiendo a Juan XXIII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_j-xxiii_enc_11041963_pacem.html\">Pacem in terris<\/a><\/em>&nbsp;(11 abril 1963):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;55 (1963), 279;&nbsp;<em>Ibid<\/em>., 265, y a P\u00edo XII,&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1944\/documents\/hf_p-xii_spe_19441224_natale.html\">Radiomensaje<\/a><\/em>&nbsp;(24 diciembre 1944):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;37 (1945), 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1H\">53<\/a><\/strong>. Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1I\">54<\/a><\/strong>. Cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>&nbsp;(4 marzo 1979), 17:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;71 (1979), 295-300;&nbsp;<em>Discurso<\/em>&nbsp;a los participantes en el V Coloquio Internacional de Estudios Jur\u00eddicos (10 marzo 1984), 4&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;VII, 1 (1984), 656; Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Instrucci\u00f3n sobre libertad cristiana y liberaci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19860322_freedom-liberation_sp.html\">Libertatis conscientia<\/a><\/em>&nbsp;(22 marzo 1986), 19:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;79 (1987), 561.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1J\">55<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1K\">56<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., 17.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1L\">57<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1M\">58<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, 2; cf. tambi\u00e9n Gregorio XVI, Carta enc.&nbsp;<em>Mirari vos arbitramur<\/em>&nbsp;(15 agosto 1832):&nbsp;<em>Acta Gregorii Papae XVI<\/em>, I, 169-174; P\u00edo IX, Carta enc.&nbsp;<em>Quanta cura<\/em>&nbsp;(8 diciembre 1864):&nbsp;<em>Pii IX P.M. Acta<\/em>, I, 3, 687-700; Le\u00f3n XIII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/leo-xiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_20061888_libertas.html\">Libertas Praestantissimum<\/a><\/em>&nbsp;(20 junio 1888):&nbsp;<em>Leonis XIII P.M. Acta<\/em>, VIII, Romae 1889, 212-246.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1N\">59<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>A Letter Addressed to His Grace the Duke of Norfolk: Certain Dificulties Felt by Anglicans in Catholic Teaching<\/em>&nbsp;(Uniform Edition: Longman, Grenn and Company, London, 1868-1881), vol. 2, p. 250.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1O\">60<\/a><\/strong>. Cf. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 40-43.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1P\">61<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 71, a. 6; ver tambi\u00e9n ad 5um.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1Q\">62<\/a><\/strong>. Cf. P\u00edo XII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a><\/em>&nbsp;(12 agosto 1950):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;42 (1950), 561-562.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1R\">63<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. de Trento, Ses. VI, decreto sobre la justificaci\u00f3n&nbsp;<em>Cum hoc tempore<\/em>, cann. 19-21:&nbsp;<em>DS<\/em>, 1569-1571.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1S\">64<\/a><\/strong>. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>,17.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1T\">65<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>De hominis opificio<\/em>, c. 4:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;44, 135-136.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1U\">66<\/a><\/strong>. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 36.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1V\">67<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1W\">68<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1X\">69<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 93, a. 3, ad 2um, citado por Juan XXIII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_j-xxiii_enc_11041963_pacem.html\">Pacem in terris<\/a><\/em>&nbsp;(11 abril 1963):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;55 (1963), 271.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1Y\">70<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 41.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-1Z\">71<\/a><\/strong>. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>In duo praecepta caritatis et in decem legis praecepta. Prologus: Opuscula theologica,<\/em>&nbsp;II, n. 1129, Ed. Taurinens (1954), 245.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-20\">72<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Discurso<\/em>&nbsp;a un grupo de Obispos de los Estados Unidos de Am\u00e9rica en visita \u00abad limina\u00bb (15 octubre 1988), 6:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>, XI, 3 (1988), 1228.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-21\">73<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 47.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-22\">74<\/a><\/strong>. Cf. S. Agust\u00edn,&nbsp;<em>Enarratio in Psalmum LXII<\/em>, 16:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;39, 804.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-23\">75<\/a><\/strong>. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 17.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-24\">76<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 91, a. 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-25\">77<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s1c3a1_sp.html#I%20La%20ley%20moral%20natural\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, n. 1955.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-26\">78<\/a><\/strong>. Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-27\">79<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Contra Faustum<\/em>, lib. 22, cap. 27:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;42, 418.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-28\">80<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 93, a. 1..<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-29\">81<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>ibid<\/em>., I-II, q. 90, a. 4, ad 1um.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2A\">82<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., I-II, q. 91, a. 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2B\">83<\/a><\/strong>. Le\u00f3n XIII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/leo-xiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_20061888_libertas.html\">Libertas Praestantissimum<\/a><\/em>&nbsp;(20 junio 1888):&nbsp;<em>Leonis XIII P. M. Acta<\/em>, VIII, Romae 1889, 219.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2C\">84<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In Epistulam ad Romanos<\/em>, c. VIII, lect. 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2D\">85<\/a><\/strong>. Cf. Ses. VI, Decreto sobre la justificaci\u00f3n&nbsp;<em>Cum hoc tempore<\/em>, cap. 1:&nbsp;<em>DS<\/em>, 1521.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2E\">86<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. de Vienne, Const.&nbsp;<em>Fidei catholicae<\/em>:&nbsp;<em>DS<\/em>, 902; Conc. Ecum. V de Letr\u00e1n, Bula&nbsp;<em>Apostolici regiminis<\/em>:&nbsp;<em>DS<\/em>, 1440.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2F\">87<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2G\">88<\/a><\/strong>. Cf. Ses. VI, Decreto sobre la justificaci\u00f3n&nbsp;<em>Cum hoc tempore<\/em>, cap. 15:&nbsp;<em>DS<\/em>, 1544. La Exhortaci\u00f3n apost\u00f3lica post-sinodal sobre la reconciliaci\u00f3n y la penitencia en la misi\u00f3n de la Iglesia hoy, cita otros textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, que condenan como pecados mortales algunos comportamientos referidos al cuerpo: cf.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia.html\">Reconciliatio et paenitentia<\/a><\/em>&nbsp;(2 diciembre 1984), 17:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;77 (1985), 218-223.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2H\">89<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 51.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2I\">90<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Instrucci\u00f3n sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreaci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19870222_respect-for-human-life_sp.html\">Donum vitae<\/a><\/em>&nbsp;(22 febrero 1987), Introd. 3:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 74; cf. Pablo VI, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html\">Humanae vitae<\/a><\/em>&nbsp;(25 julio 1968), 10:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;60 (1968), 487-488.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2J\">91<\/a><\/strong>. Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html\">Familiaris consortio<\/a><\/em>&nbsp;(22 noviembre 1981), 11:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;74 (1982), 92.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2K\">92<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>De Trinitate<\/em>, XIV, 15, 21:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;50\/A, 451.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2L\">93<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 94, a. 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2M\">94<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 10; S. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe,&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19751229_persona-humana_sp.html\">Declaraci\u00f3n acerca de ciertas cuestiones de \u00e9tica sexual&nbsp;<em>Persona humana<\/em><\/a>&nbsp;(29 diciembre 1975), 4:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;68 (1976), 80: \u00abCuando la Revelaci\u00f3n divina y, en su orden propio, la sabidur\u00eda filos\u00f3fica, ponen de relieve exigencias aut\u00e9nticas de la humanidad, est\u00e1n manifestando necesariamente, por el mismo hecho, la existencia de leyes inmutables, inscritas en los elementos constitutivos de la naturaleza humana; leyes que se revelen id\u00e9nticas en todos los seres dotados de raz\u00f3n\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2N\">95<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 29.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2O\">96<\/a><\/strong>. Cf. Ibid., 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2P\">97<\/a><\/strong>. Ibid., 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2Q\">98<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 108, a. 1. Santo Tom\u00e1s fundamenta el car\u00e1cter, no meramente formal sino determinado en el contenido, de las normas morales, incluso en el \u00e1mbito de la Ley Nueva, en la asunci\u00f3n de la naturaleza humana por parte del Verbo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2R\">99<\/a><\/strong>. S. Vicente de Lerins,&nbsp;<em>Commonitorium primum<\/em>, c. 23:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;50, 668.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2S\">100<\/a><\/strong>. El desarrollo de la doctrina moral de la Iglesia es semejante al de la doctrina de la fe: cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. sobre la fe cat\u00f3lica&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, cap. 4:&nbsp;<em>DS<\/em>, 3020, y can. 4:&nbsp;<em>DS<\/em>&nbsp;3024. Tambi\u00e9n se aplican a la doctrina moral las palabras pronunciadas por&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/speeches\/1962\/documents\/hf_j-xxiii_spe_19621011_opening-council.html\">Juan XXIII con ocasi\u00f3n de la inauguraci\u00f3n del Concilio Vaticano II<\/a>&nbsp;(11 octubre 1962): \u00abEsta doctrina (la doctrina cristiana en su integridad) es, sin duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe prestarle obediencia, pero hay que investigarla y exponerla seg\u00fan las exigencias de nuestro tiempo. Una cosa, en efecto, es el dep\u00f3sito de la fe o las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta es el modo como se enuncian estas verdades, conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado\u00bb:&nbsp;&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;54 (1962); cf.&nbsp;<em>L&#8217;Osservatore Romano<\/em>, 12 octubre 1962, p. 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2T\">101<\/a><\/strong>. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2U\">102<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2V\">103<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In II Librum Sentent<\/em>., dist. 39, a. 1, q.3, concl.: Ed. Ad Claras Aquas, II, 907 b.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2W\">104<\/a><\/strong>.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/audiences\/1983\/documents\/hf_jp-ii_aud_19830817.html\">Discurso<\/a><\/em>&nbsp;(Audiencia general, 17 agosto 1983), 2:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>, VI, 2 (1983), 256.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2X\">105<\/a><\/strong>. Suprema S. Congregaci\u00f3n del Santo Oficio, Instrucci\u00f3n sobre la \u00ab\u00e9tica de situaci\u00f3n\u00bb C<em>ontra doctrinam<\/em>&nbsp;(2 febrero 1956):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;48 (1956), 144.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2Y\">106<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_18051986_dominum-et-vivificantem.html\">Dominum et vivificantem<\/a><\/em>&nbsp;(18 mayo 1986), 43:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;78 (1986), 859; Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 16; Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-2Z\">107<\/a><\/strong>. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-30\">108<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>De Veritate<\/em>, q. 17, a. 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-31\">109<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-32\">110<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, II-II, q. 45.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-33\">111<\/a><\/strong>. Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-34\">112<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const.dogm. sobre la divina revelaci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, 5; cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. sobre la fe cat\u00f3lica&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, cap. 3:&nbsp;<em>DS<\/em>, 3008.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-35\">113<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const.dogm. sobre la divina revelaci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, 5; cf. S. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe,&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19751229_persona-humana_sp.html\">Declaraci\u00f3n acerca de ciertas cuestiones de \u00e9tica sexual&nbsp;<em>Persona humana<\/em><\/a>&nbsp;(29 diciembre 1975), 10:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;68 (1976), 88-90.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-36\">114<\/a><\/strong>. Cf. Exhort. ap. post-sinodal&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia.html\">Reconciliatio et paenitentia<\/a><\/em>&nbsp;(2 diciembre 1984), 17:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;77 (1985), 218-223.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-37\">115<\/a><\/strong>. Ses. VI, Decreto sobre la justificaci\u00f3n&nbsp;<em>Cum hoc tempore<\/em>, cap. 15:&nbsp;<em>DS<\/em>, 1544; can. 19:&nbsp;<em>DS<\/em>, 1569.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-38\">116<\/a><\/strong>. Exhort. ap. post-sinodal&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia.html\">Reconciliatio et paenitentia<\/a><\/em>&nbsp;(2 diciembre 1984), 17:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;77 (1985), 221.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-39\">117<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid.:l.c.<\/em>,223.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3A\">118<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid.:l.c.<\/em>, 222<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3B\">119<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 17.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3C\">120<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, II-II, q. 1, a. 3: \u00ab<em>Idem sunt actus morales et actus humani<\/em>\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3D\">121<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>De vita Moysis<\/em>, II, 2-3: PG 44, 327-328.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3E\">122<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, II-II, q. 148, a. 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3F\">123<\/a><\/strong>. El Concilio Vaticano II, en la Constituci\u00f3n pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, precisa: \u00abEsto vale no s\u00f3lo para los cristianos, sino tambi\u00e9n para todo los hombres de buena voluntad, en cuyo coraz\u00f3n act\u00faa la gracia de modo visible. Cristo muri\u00f3 por todos, y la vocaci\u00f3n \u00faltima del hombre es realmente una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos mantener que el Esp\u00edritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido s\u00f3lo por Dios, se asocien a este misterio pascual\u00bb:&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a>,<\/em>&nbsp;22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3G\">124<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Tractatus ad Tiberium Diaconum sociosque, II. Responsiones ad Tiberium Diaconum sociosque:<\/em>&nbsp;S. Cirilo de Alejandr\u00eda,&nbsp;<em>In D. Johannis Evangelium<\/em>, vol. III, ed. Philip Edward Pusey, Bruxelles, Culture et Civilisation (1965), 590.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3H\">125<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. de Trento, ses. VI, Decreto sobre la justificaci\u00f3n&nbsp;<em>Cum hoc tempore<\/em>, can. 19:&nbsp;<em>DS<\/em>, 1569. Ver tambi\u00e9n: Clemente XI, Const.&nbsp;<em>Unigenitus Dei Filius<\/em>&nbsp;(8 septiembre 1713) contra los errores de Pascasio Quesnel, nn. 53-56:&nbsp;<em>DS<\/em>, 2453-2456.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3I\">126<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 18, a. 6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3J\">127<\/a><\/strong>.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s1c1a4_sp.html#Resumen\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>&nbsp;n. 1761.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3K\">128<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In duo praecepta caritatis et in decem legis praecepta. De dilectione Dei: Opuscula theologica<\/em>, II, n. 1168, Ed. Taurinens. (1954), 250.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3L\">129<\/a><\/strong>. Cf. S. Alfonso Mar\u00eda de Ligorio,&nbsp;<em>Pratica di amar Ges\u00fa Cristo<\/em>, VII, 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3M\">130<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 100, a.1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3N\">131<\/a><\/strong>. Exhort. ap. post-sinodal&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia.html\">Reconciliatio et paenitentia<\/a><\/em>&nbsp;(2 diciembre 1984), 17:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;77 (1985), 221; cf. pablo VI,&nbsp;<em>Alocuci\u00f3n<\/em>&nbsp;a los miembros de la Congregaci\u00f3n del Sant\u00edsimo Redentor (septiembre 1967):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;59 (1967), 962: \u00abSe debe evitar el inducir a los fieles a que piensen diferentemente, como si despu\u00e9s del Concilio ya estuvieran permitidos algunos comportamientos, que precedentemente la Iglesia hab\u00eda declarado intr\u00ednsecamente malos. \u00bfQui\u00e9n no ve que de ello se derivar\u00eda un deplorable&nbsp;<em>relativismo moral<\/em>, que llevar\u00eda f\u00e1cilmente a discutir todo el patrimonio de la doctrina de la Iglesia?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3O\">132<\/a><\/strong>. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 27.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3P\">133<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html\">Humanae vitae<\/a><\/em>&nbsp;(25 julio 1968), 14: AAS 60 (1968), 490-491.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3Q\">134<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Contra mendacium<\/em>, VII, 18:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;40, 528; cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Quaestiones quodlibetales<\/em>, IX, q. 7, a. 2;&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s1c1a4_sp.html#I.%20Las%20fuentes%20de%20la%20moralidad\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, nn. 1753-1755.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3R\">135<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3S\">136<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Discurso<\/em>&nbsp;a los participantes en el Congreso internacional de teolog\u00eda moral (10 abril 1986), 1:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;IX, 1 (1986), 970.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3T\">137<\/a><\/strong>. Ibid., 2:&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 970-971.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3U\">138<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3V\">139<\/a><\/strong>. Cf. carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>&nbsp;(4 marzo 1979), 12:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;71 (1979), 280-281.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3W\">140<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Enarratio in Psalmum XCIX<\/em>, 7:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;39, 1397.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3X\">141<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, 36; cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>&nbsp;(4 marzo 1979), 21:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;71 (1979), 316-317.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3Y\">142<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Missale Romanum, In Passione S. Ioannis Baptistae, Oraci\u00f3n Colecta<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-3Z\">143<\/a><\/strong>. S. Beda el Venerable,&nbsp;<em>Homeliarum Evangelii Libri<\/em>, II, 23: CCL 122, 556-557.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-40\">144<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 27.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-41\">145<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ad Romanos<\/em>, VI, 2-3:&nbsp;<em>Patres Apostolici<\/em>, ed. F.X. Funk, I, 260-261.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-42\">146<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Moralia in Job<\/em>, VII, 21, 24:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;75, 778.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-43\">147<\/a><\/strong>. \u00abSummum crede nefas animam praeferre pudori\/ et propter vitam vivendi perdere causas\u00bb:&nbsp;<em>Satirae<\/em>, VIII, 83-84.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-44\">148<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Apologia<\/em>&nbsp;II, 8:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;6, 457-458.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-45\">149<\/a><\/strong>. Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html\">Familiaris consortio<\/a><\/em>&nbsp;(22 noviembre 1981), 33:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;74 (1982), 120.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-46\">150<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>ibid<\/em>., 34: l.c., 123-125.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-47\">151<\/a><\/strong>. Exhortaci\u00f3n ap. post-sinodal&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia.html\">Reconciliatio et paenitentia<\/a><\/em>&nbsp;(2 diciembre 1984), 34:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;77 (1985), 272.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-48\">152<\/a><\/strong>. Cart. enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html\">Humanae vitae<\/a><\/em>&nbsp;(25 julio 1968), 29:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;60 (1968), 501.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-49\">153<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 25.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4A\">154<\/a><\/strong>. Cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 24:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;83 (1991), 821-822.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4B\">155<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., 44:<em>&nbsp;l.c.<\/em>, 848-849; cf. Le\u00f3n XIII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/leo-xiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_20061888_libertas.html\">Libertas Praestantissimum<\/a><\/em>&nbsp;(20 junio 1888):&nbsp;<em>Leonis XIII P.M. Acta<\/em>, VIII Romae 1889, 224-226.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4C\">156<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html\">Sollicitudo rei socialis<\/a><\/em>&nbsp;(30 diciembre 1987), 41:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 571.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4D\">157<\/a><\/strong>.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a7_sp.html#II%20El%20respeto%20de%20las%20personas%20y%20sus%20bienes\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>&nbsp;n. 2407.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4E\">158<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>ibid<\/em>., nn. 2408-2413.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4F\">159<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., n. 2414.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4G\">160<\/a><\/strong>. Cf. Exhort. ap. post-sinodal&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_30121988_christifideles-laici.html\">Christifideles laici<\/a><\/em>&nbsp;(30 diciembre 1988), 42:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;81 (1989), 472-476.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4H\">161<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 46:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;83 (1991), 850.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4I\">162<\/a><\/strong>. Ses. VI. Decreto sobre la justificaci\u00f3n&nbsp;<em>Cum hoc tempore<\/em>, cap. 11:&nbsp;<em>DS<\/em>, 1536; cf. can. 18:&nbsp;<em>DS<\/em>&nbsp;1568. El conocido texto de san Agust\u00edn, citado por el Concilio, est\u00e1 tomado del&nbsp;<em>De natura et gratia<\/em>, 43, 50 (<em>CSEL<\/em>&nbsp;60, 270).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4J\">163<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Oratio<\/em>&nbsp;I:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;97, 805-806.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4K\">164<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Discurso<\/em>&nbsp;a los participantes en un curso sobre la procreaci\u00f3n responsable (1 marzo 1984), 4:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;VII, 1 (1984), 583.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4L\">165<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>De interpellatione David<\/em>, IV, 6, 22:&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;32\/2, 283-284.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4M\">166<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1983\/march\/documents\/hf_jp-ii_spe_19830309_assemblea-celam.html\"><em>Discurso<\/em>&nbsp;a los Obispos del Celam<\/a>&nbsp;(9 marzo 1983), III:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>, VI, 1 (1983), 698.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4N\">167<\/a><\/strong>. Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html\">Evangelii nuntiandi<\/a><\/em>&nbsp;(8 diciembre 1975), 75:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;68 (1976), 64.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4O\">168<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>De Trinitate<\/em>, XXIX, 9-10:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;4, 70.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4P\">169<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4Q\">170<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe,&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html\">Instrucci\u00f3n sobre la vocaci\u00f3n eclesial del te\u00f3logo&nbsp;<em>Donum veritatis<\/em><\/a>&nbsp;(24 mayo 1990), 6:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;82 (1990), 1552.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4R\">171<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1979\/december\/documents\/hf_jp-ii_spe_19791215_universita-gregoriana.html\"><em>Alocuci\u00f3n<\/em>&nbsp;a los profesores y estudiantes de la Pontificia Universidad Gregoriana<\/a>&nbsp;(15 diciembre 1979), 6:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;II, 2 (1979), 1424.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4S\">172<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe,&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html\">Instrucci\u00f3n sobre la vocaci\u00f3n eclesial del te\u00f3logo&nbsp;<em>Donum veritatis<\/em><\/a>&nbsp;(24 mayo 1990), 16:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;82 (1990), 1557.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4T\">173<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>C. I. C.<\/em>, can. 252 \u00a71; 659 \u00a73.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4U\">174<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. sobre la fe cat\u00f3lica&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, cap. 4.&nbsp;<em>DS<\/em>, 3016.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4V\">175<\/a><\/strong>. Cf. pablo VI, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html\">Humanae vitae<\/a><\/em>&nbsp;(25 julio 1968), 28:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;60 (1968), 501.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4W\">176<\/a><\/strong>. S. Congregaci\u00f3n para la Educaci\u00f3n Cat\u00f3lica,&nbsp;<em>La formaci\u00f3n religiosa de los futuros sacerdotes<\/em>&nbsp;(22 febrero 1976), n. 100. V\u00e9anse los nn. 95-101, que presentan las perspectivas y las condiciones para un fecundo trabajo de renovaci\u00f3n teol\u00f3gico-moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4X\">177<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe,&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html\">Instrucci\u00f3n sobre la vocaci\u00f3n eclesial del te\u00f3logo&nbsp;<em>Donum veritatis<\/em><\/a>&nbsp;(24 mayo 1990), 11:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;82 (1990), 1554; cf. en particular los nn. 32-39 dedicados al problema del disenso ibid., l.c., 1562-1568.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4Y\">178<\/a><\/strong>. Const. dogm. sobre la Iglesia&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, 25.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4Z\">179<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>C. I. C.<\/em>, can. 803 \u00a73.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-50\">180<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>C. I. C.<\/em>, can. 808.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-51\">181<\/a><\/strong>. \u00abO inaestimabilis dilectio caritatis: ut servum redimeres, Filium traddisti\u00bb:&nbsp;<em>Missale Romanum, In Resurrectione Domini, Praeconium paschale<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-52\">182<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In Iohannis Evangelium Tractatus<\/em>, 26, 13:&nbsp;<em>CCL<\/em>, 36, 266.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-53\">183<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>De Virginibus<\/em>, lib. II, cap. II, 15:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;16, 222.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-54\">184<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., lib. II, cap. II, 7:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;16, 220.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VERITATIS SPLENDOR CARTA ENC\u00cdCLICA VERITATIS SPLENDOR DEL SUMO PONT\u00cdFICE JUAN PABLO II A TODOS LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CAT\u00d3LICA SOBRE ALGUNAS CUESTIONES FUNDAMENTALES DE LA ENSE\u00d1ANZA MORAL DE LA IGLESIA Venerables hermanos en el episcopado,salud y bendici\u00f3n apost\u00f3lica. 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