{"id":7815,"date":"2024-10-09T22:06:48","date_gmt":"2024-10-09T22:06:48","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/?p=7815"},"modified":"2024-10-09T22:06:50","modified_gmt":"2024-10-09T22:06:50","slug":"enciclica-slavorum-ap","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/2024\/10\/09\/enciclica-slavorum-ap\/","title":{"rendered":"ENC\u00cdCLICA SLAVORUM AP"},"content":{"rendered":"\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CARTA ENC\u00cdCLICA<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">REDEMPTOR HOMINIS<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">DEL SUMO PONT\u00cdFICE<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">JUAN PABLO II<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A LOS VENERABLES HERMANOS EN EL EPISCOPADO<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A LOS SACERDOTES<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A LAS FAMILIAS RELIGIOSAS<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A LOS HIJOS E HIJAS DE LA IGLESIA<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">AL PRINCIPIO<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">DE SU MINISTERIO PONTIFICAL<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Venerables Hermanos y Hermanas,<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Amad\u00edsimos Hijos e Hijas:<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Salud y Bendici\u00f3n Apost\u00f3lica<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">I. HERENCIA<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">1. A finales del segundo Milenio<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia. A \u00c9l se vuelven mi pensamiento y mi coraz\u00f3n en esta hora solemne que est\u00e1 viviendo la Iglesia y la entera familia humana contempor\u00e1nea. En efecto, este tiempo en el que, despu\u00e9s del amado Predecesor Juan Pablo I, Dios me ha confiado por misterioso designio el servicio universal vinculado con la C\u00e1tedra de San Pedro en Roma, est\u00e1 ya muy cercano al a\u00f1o dos mil. Es dif\u00edcil decir en estos momentos lo que ese a\u00f1o indicar\u00e1 en el cuadrante de la historia humana y c\u00f3mo ser\u00e1 para cada uno de los pueblos, naciones, pa\u00edses y continentes, por m\u00e1s que ya desde ahora se trate de prever algunos acontecimientos. Para la Iglesia, para el Pueblo de Dios que se ha extendido \u2014aunque de manera desigual\u2014 hasta los m\u00e1s lejanos confines de la tierra, aquel a\u00f1o ser\u00e1 el a\u00f1o de un gran Jubileo. Nos estamos acercando ya a tal fecha que \u2014aun respetando todas las correcciones debidas a la exactitud cronol\u00f3gica\u2014 nos har\u00e1 recordar y renovar de manera particular la conciencia de la verdad-clave de la fe, expresada por San Juan al principio de su evangelio: \u00abY el Verbo se hizo carne y habit\u00f3 entre nosotros\u00bb,1 y en otro pasaje: \u00abPorque tanto am\u00f3 Dios al mundo, que le dio su unig\u00e9nito Hijo, para que todo el que crea en \u00c9l no perezca, sino que tenga la vida eterna\u00bb.2<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tambi\u00e9n nosotros estamos, en cierto modo, en el tiempo de un nuevo Adviento, que es tiempo de espera: \u00abMuchas veces y en muchas maneras habl\u00f3 Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; \u00faltimamente, en estos d\u00edas, nos habl\u00f3 por su Hijo&#8230;\u00bb,3 por medio del Hijo-Verbo, que se hizo hombre y naci\u00f3 de la Virgen Mar\u00eda. En este acto redentor, la historia del hombre ha alcanzado su cumbre en el designio de amor de Dios. Dios ha entrado en la historia de la humanidad y en cuanto hombre se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo \u00danico. A trav\u00e9s de la Encarnaci\u00f3n, Dios ha dado a la vida humana la dimensi\u00f3n que quer\u00eda dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva \u2014de modo peculiar a \u00e9l solo, seg\u00fan su eterno amor y su misericordia, con toda la libertad divina\u2014 y a la vez con una magnificencia que, frente al pecado original y a toda la historia de los pecados de la humanidad, frente a los errores del entendimiento, de la voluntad y del coraz\u00f3n humano, nos permite repetir con estupor las palabras de la Sagrada Liturgia: \u00ab\u00a1Feliz la culpa que mereci\u00f3 tal Redentor!\u00bb.4<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">2. Primeras palabras del nuevo Pontificado<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A Cristo Redentor he elevado mis sentimientos y mi pensamiento el d\u00eda 16 de octubre del a\u00f1o pasado, cuando despu\u00e9s de la elecci\u00f3n can\u00f3nica, me fue hecha la pregunta: \u00ab\u00bfAceptas?\u00bb. Respond\u00ed entonces: \u00abEn obediencia de fe a Cristo, mi Se\u00f1or, confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las graves dificultades, acepto\u00bb. Quiero hacer conocer p\u00fablicamente esta mi respuesta a todos sin excepci\u00f3n, para poner as\u00ed de manifiesto que con esa verdad primordial y fundamental de la Encarnaci\u00f3n, ya recordada, est\u00e1 vinculado el ministerio, que con la aceptaci\u00f3n de la elecci\u00f3n a Obispo de Roma y Sucesor del Ap\u00f3stol Pedro, se ha convertido en mi deber espec\u00edfico en su misma C\u00e1tedra.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">He escogido los mismos nombres que hab\u00eda escogido mi amad\u00edsimo Predecesor Juan Pablo I. En efecto, ya el d\u00eda 26 de agosto de 1978, cuando \u00e9l declar\u00f3 al Sacro Colegio que quer\u00eda llamarse Juan Pablo \u2014un binomio de este g\u00e9nero no ten\u00eda precedentes en la historia del Papado\u2014 divis\u00e9 en ello un auspicio elocuente de la gracia para el nuevo pontificado. Dado que aquel pontificado dur\u00f3 apenas 33 d\u00edas, me toca a m\u00ed no s\u00f3lo continuarlo sino tambi\u00e9n, en cierto modo, asumirlo desde su mismo punto de partida. Esto precisamente qued\u00f3 corroborado por mi elecci\u00f3n de aquellos dos nombres. Con esta elecci\u00f3n, siguiendo el ejemplo de mi venerado Predecesor, deseo al igual que \u00e9l expresar mi amor por la singular herencia dejada a la Iglesia por los Pont\u00edfices Juan XXIII y Pablo VI y al mismo tiempo mi personal disponibilidad a desarrollarla con la ayuda de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A trav\u00e9s de estos dos nombres y dos pontificados conecto con toda la tradici\u00f3n de esta Sede Apost\u00f3lica, con todos los Predecesores del siglo XX y de los siglos anteriores, enlazando sucesivamente, a lo largo de las distintas \u00e9pocas hasta las m\u00e1s remotas, con la l\u00ednea de la misi\u00f3n y del ministerio que confiere a la Sede de Pedro un puesto absolutamente singular en la Iglesia. Juan XXIII y Pablo VI constituyen una etapa, a la que deseo referirme directamente como a umbral, a partir del cual quiero, en cierto modo en uni\u00f3n con Juan Pablo I, proseguir hacia el futuro, dej\u00e1ndome guiar por la confianza ilimitada y por la obediencia al Esp\u00edritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia. Dec\u00eda \u00c9l, en efecto, a los Ap\u00f3stoles la v\u00edspera de su Pasi\u00f3n: \u00abOs conviene que yo me vaya. Porque, si no me fuere, el Abogado no vendr\u00e1 a vosotros; pero, si me fuere, os lo enviar\u00e9\u00bb.5 \u00abCuando venga el Abogado que yo os enviar\u00e9 de parte del Padre, el Esp\u00edritu de verdad, que procede del Padre, \u00e9l dar\u00e1 testimonio de m\u00ed, y vosotros dar\u00e9is tambi\u00e9n testimonio, porque desde el principio est\u00e1is conmigo\u00bb.6 \u00abPero cuando viniere aqu\u00e9l, el Esp\u00edritu de verdad, os guiar\u00e1 hacia la verdad completa, porque no hablar\u00e1 de s\u00ed mismo, sino que hablar\u00e1 lo que oyere y os comunicar\u00e1 las cosas venideras\u00bb.7<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">3. Confianza en el Esp\u00edritu de Verdad y de Amor<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con plena confianza en el Esp\u00edritu de Verdad entro pues en la rica herencia de los recientes pontificados. Esta herencia est\u00e1 vigorosamente enraizada en la conciencia de la Iglesia de un modo totalmente nuevo, jam\u00e1s conocido anteriormente, gracias al Concilio Vaticano II, convocado e inaugurado por Juan XXIII y, despu\u00e9s, felizmente concluido y actuado con perseverancia por Pablo VI, cuya actividad he podido observar de cerca. Me maravillaron siempre su profunda prudencia y valent\u00eda, as\u00ed como su constancia y paciencia en el dif\u00edcil per\u00edodo posconciliar de su pontificado. Como timonel de la Iglesia, barca de Pedro, sab\u00eda conservar una tranquilidad y un equilibrio providencial incluso en los momentos m\u00e1s cr\u00edticos, cuando parec\u00eda que ella era sacudida desde dentro, manteniendo una esperanza inconmovible en su compactibilidad. Lo que, efectivamente, el Esp\u00edritu dijo a la Iglesia mediante el Concilio de nuestro tiempo, lo que en esta Iglesia dice a todas las Iglesias8 no puede \u2014a pesar de inquietudes moment\u00e1neas\u2014 servir m\u00e1s que para una mayor cohesi\u00f3n de todo el Pueblo de Dios, consciente de su misi\u00f3n salv\u00edfica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente de esta conciencia contempor\u00e1nea de la Iglesia, Pablo VI hizo el tema primero de su fundamental Enc\u00edclica que comienza con las palabras Ecclesiam suam; a esta Enc\u00edclica s\u00e9ame permitido, ante todo, referirme en este primero y, por as\u00ed decirlo, documento inaugural del actual pontificado. Iluminada y sostenida por el Esp\u00edritu Santo, la Iglesia tiene una conciencia cada vez m\u00e1s profunda, sea respecto de su misterio divino, sea respecto de su misi\u00f3n humana, sea finalmente respecto de sus mismas debilidades humanas: es precisamente esta conciencia la que debe seguir siendo la fuente principal del amor de esta Iglesia, al igual que el amor por su parte contribuye a consolidar y profundizar esa conciencia. Pablo VI nos ha dejado el testimonio de esa profund\u00edsima conciencia de Iglesia. A trav\u00e9s de los m\u00faltiples y frecuentemente dolorosos acontecimientos de su pontificado, nos ha ense\u00f1ado el amor intr\u00e9pido a la Iglesia, la cual, como ense\u00f1a el Concilio, es \u00absacramento, o sea signo e instrumento de la uni\u00f3n \u00edntima con Dios y de la unidad de todo el g\u00e9nero humano\u00bb.9<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">4. En relaci\u00f3n con la primera Enc\u00edclica de Pablo VI<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente por esta raz\u00f3n, la conciencia de la Iglesia debe ir unida con una apertura universal, a fin de que todos puedan encontrar en ella \u00abla insondable riqueza de Cristo\u00bb,10 de que habla el Ap\u00f3stol de las gentes. Tal apertura, org\u00e1nicamente unida con la conciencia de la propia naturaleza, con la certeza de la propia verdad, de la que dijo Cristo: \u00abno es m\u00eda, sino del Padre que me ha enviado\u00bb,11 determina el dinamismo apost\u00f3lico, es decir, misionero de la Iglesia, profesando y proclamando \u00edntegramente toda la verdad transmitida por Cristo. Ella debe conducir, al mismo tiempo, a aquel di\u00e1logo que Pablo VI en la Enc\u00edclica Ecclesiam suam llam\u00f3 \u00abdi\u00e1logo de la salvaci\u00f3n\u00bb, distinguiendo con precisi\u00f3n los diversos \u00e1mbitos dentro de los cuales debe ser llevado a cabo.12 Cuando hoy me refiero a este documento program\u00e1tico del pontificado de Pablo VI, no ceso de dar gracias a Dios, porque este gran Predecesor m\u00edo y al mismo tiempo verdadero padre, no obstante las diversas debilidades internas que han afectado a la Iglesia en el per\u00edodo posconciliar, ha sabido presentar \u00abad extra\u00bb, al exterior, su aut\u00e9ntico rostro. De este modo, tambi\u00e9n una gran parte de la familia humana, en los distintos \u00e1mbitos de su m\u00faltiple existencia, se ha hecho, a mi parecer, m\u00e1s consciente de c\u00f3mo sea verdaderamente necesaria para ella la Iglesia de Cristo, su misi\u00f3n y su servicio. Esta conciencia se ha demostrado a veces m\u00e1s fuerte que las diversas orientaciones cr\u00edticas, que atacaban \u00abab intra\u00bb, desde dentro, a la Iglesia, a sus instituciones y estructuras, a los hombres de la Iglesia y a su actividad. Tal cr\u00edtica creciente ha tenido sin duda causas diversas y estamos seguro, por otra parte, de que no ha estado siempre privado de un sincero amor a la Iglesia. Indudablemente, se ha manifestado en \u00e9l, entre otras cosas, la tendencia a superar el as\u00ed llamado triunfalismo, del que se discut\u00eda frecuentemente en el Concilio. Pero si es justo que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Maestro que era \u00abhumilde de coraz\u00f3n\u00bb,13 est\u00e9 fundada asimismo en la humildad, que tenga el sentido cr\u00edtico respecto a todo lo que constituye su car\u00e1cter y su actividad humana, que sea siempre muy exigente consigo misma, del mismo modo el criticismo debe tener tambi\u00e9n sus justos l\u00edmites. En caso contrario, deja de ser constructivo, no revela la verdad, el amor y la gratitud por la gracia, de la que nos hacemos principal y plenamente part\u00edcipes en la Iglesia y mediante la Iglesia. Adem\u00e1s el esp\u00edritu cr\u00edtico no ser\u00eda expresi\u00f3n de la actitud de servicio, sino m\u00e1s bien de la voluntad de dirigir la opini\u00f3n de los dem\u00e1s seg\u00fan la opini\u00f3n propia, divulgada a veces de manera demasiado desconsiderada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se debe gratitud a Pablo VI porque, respetando toda part\u00edcula de verdad contenida en las diversas opiniones humanas, ha conservado igualmente el equilibrio providencial del timonel de la Barca.14 La Iglesia que \u2014a trav\u00e9s de Juan Pablo I\u2014 me ha sido confiada casi inmediatamente despu\u00e9s de \u00e9l, no est\u00e1 ciertamente exenta de dificultades y de tensiones internas. Pero al mismo tiempo se siente interiormente m\u00e1s inmunizada contra los excesos del autocriticismo: se podr\u00eda decir que es m\u00e1s cr\u00edtica frente a las diversas cr\u00edticas desconsideradas, que es m\u00e1s resistente respecto a las variadas \u00abnovedades\u00bb, m\u00e1s madura en el esp\u00edritu de discernimiento, m\u00e1s id\u00f3nea a extraer de su perenne tesoro \u00abcosas nuevas y cosas viejas\u00bb,15 m\u00e1s centrada en el propio misterio y, gracias a todo esto, m\u00e1s disponible para la misi\u00f3n de la salvaci\u00f3n de todos: \u00abDios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad\u00bb.16<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">5. Colegialidad y apostolado<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta Iglesia est\u00e1 \u2014contra todas las apariencias\u2014 mucho m\u00e1s unida en la comuni\u00f3n de servicio y en la conciencia del apostolado. Tal uni\u00f3n brota de aquel principio de colegialidad, recordado por el Concilio Vaticano II, que Cristo mismo injert\u00f3 en el Colegio apost\u00f3lico de los Doce con Pedro a la cabeza y que renueva continuamente en el Colegio de los Obispos, que crece cada vez m\u00e1s en toda la tierra, permaneciendo unido con el Sucesor de San Pedro y bajo su gu\u00eda. El Concilio no s\u00f3lo ha recordado este principio de colegialidad de los Obispos, sino que lo ha vivificado inmensamente, entre otras cosas propiciando la instituci\u00f3n de un organismo permanente que Pablo VI estableci\u00f3 al crear el S\u00ednodo de los Obispos, cuya actividad no s\u00f3lo ha dado una nueva dimensi\u00f3n a su pontificado, sino que se ha reflejado claramente despu\u00e9s, desde los primeros d\u00edas, en el pontificado de Juan Pablo I y en el de su indigno Sucesor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El principio de colegialidad se ha demostrado particularmente actual en el dif\u00edcil per\u00edodo posconciliar, cuando la postura com\u00fan y un\u00e1nime del Colegio de los Obispos \u2014la cual, sobre todo a trav\u00e9s del S\u00ednodo, ha manifestado su uni\u00f3n con el Sucesor de Pedro\u2014 contribu\u00eda a disipar dudas e indicaba al mismo tiempo los caminos justos para la renovaci\u00f3n de la Iglesia, en su dimensi\u00f3n universal. Del S\u00ednodo ha brotado, entre otras cosas, ese impulso esencial para la evangelizaci\u00f3n que ha encontrado su expresi\u00f3n en la Exhortaci\u00f3n apost\u00f3lica Evangelii nuntiandi,17 acogida con tanta alegr\u00eda como programa de renovaci\u00f3n de car\u00e1cter apost\u00f3lico y tambi\u00e9n pastoral. La misma l\u00ednea se ha seguido en los trabajos de la \u00faltima sesi\u00f3n ordinaria del S\u00ednodo de los Obispos, que tuvo lugar casi un a\u00f1o antes de la desaparici\u00f3n del Pont\u00edfice Pablo VI y que fue dedicada \u2014como es sabido\u2014 a la catequesis. Los resultados de aquellos trabajos requieren a\u00fan una sistematizaci\u00f3n y un enunciado por parte de la Sede Apost\u00f3lica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Dado que estamos tratando del evidente desarrollo de la forma en que se expresa la colegialidad episcopal, hay que recordar al menos el proceso de consolidaci\u00f3n de las Conferencias Episcopales Nacionales en toda la Iglesia y de otras estructuras colegiales de car\u00e1cter internacional o continental. Refiri\u00e9ndonos por otra parte a la tradici\u00f3n secular de la Iglesia, conviene subrayar la actividad de los diversos S\u00ednodos locales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Fue en efecto idea del Concilio, coherentemente ejecutada por Pablo VI, que las estructuras de este tipo, experimentadas desde hace siglos por la Iglesia, as\u00ed como otras formas de colaboraci\u00f3n colegial de los Obispos, por ejemplo, la provincia eclesi\u00e1stica, por no hablar ya de cada una de las di\u00f3cesis, pulsasen con plena conciencia de la propia identidad y a la vez de la propia originalidad, en la unidad universal de la Iglesia. El mismo esp\u00edritu de colaboraci\u00f3n y de corresponsabilidad se est\u00e1 difundiendo tambi\u00e9n entre los sacerdotes, lo cual se confirma por los numerosos Consejos Presbiterales que han surgido despu\u00e9s del Concilio. Este esp\u00edritu se ha extendido asimismo entre los laicos, confirmando no s\u00f3lo las organizaciones de apostolado seglar ya existentes, sino tambi\u00e9n creando otras nuevas con perfil muchas veces distinto y con un dinamismo excepcional. Por otra parte, los laicos, conscientes de su responsabilidad en la Iglesia, se han empe\u00f1ado de buen grado en la colaboraci\u00f3n con los Pastores, con los representantes de los Institutos de vida consagrada en el \u00e1mbito de los S\u00ednodos diocesanos o de los Consejos pastorales en las parroquias y en las di\u00f3cesis.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Me es necesario tener en la mente todo esto al comienzo de mi pontificado, para dar gracias a Dios, para dar nuevos \u00e1nimos a todos los Hermanos y Hermanas y para recordar adem\u00e1s con viva gratitud la obra del Concilio Vaticano II y a mis grandes Predecesores que han puesto en marcha esta nueva \u00abola\u00bb de la vida de la Iglesia, movimiento mucho m\u00e1s potente que los s\u00edntomas de duda, de derrumbamiento y de crisis.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">6. Hacia la uni\u00f3n de los cristianos<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y \u00bfqu\u00e9 decir de todas las iniciativas brotadas de la nueva orientaci\u00f3n ecum\u00e9nica? El inolvidable Papa Juan XXIII, con claridad evang\u00e9lica, plante\u00f3 el problema de la uni\u00f3n de los cristianos como simple consecuencia de la voluntad del mismo Jesucristo, nuestro Maestro, afirmada varias veces y expresada de manera particular en la oraci\u00f3n del Cen\u00e1culo, la v\u00edspera de su muerte: \u00abpara que todos sean uno, como t\u00fa, Padre, est\u00e1s en m\u00ed y yo en ti\u00bb.18 El Concilio Vaticano II respondi\u00f3 a esta exigencia de manera concisa con el Decreto sobre el ecumenismo. El Papa Pablo VI, vali\u00e9ndose de la actividad del Secretariado para la uni\u00f3n de los Cristianos inici\u00f3 los primeros pasos dif\u00edciles por el camino de la consecuci\u00f3n de tal uni\u00f3n. \u00bfHemos ido lejos por este camino? Sin querer dar una respuesta concreta podemos decir que hemos conseguido unos progresos verdaderos e importantes. Una cosa es cierta: hemos trabajado con perseverancia, coherencia y valent\u00eda, y con nosotros se han empe\u00f1ado tambi\u00e9n los representantes de otras Iglesias y de otras Comunidades cristianas, por lo cual les estamos sinceramente reconocidos. Es cierto adem\u00e1s que, en la presente situaci\u00f3n hist\u00f3rica de la cristiandad y del mundo, no se ve otra posibilidad de cumplir la misi\u00f3n universal de la Iglesia, en lo concerniente a los problemas ecum\u00e9nicos, que la de buscar lealmente, con perseverancia, humildad y con valent\u00eda, las v\u00edas de acercamiento y de uni\u00f3n, tal como nos ha dado ejemplo personal el Papa Pablo VI. Debemos por tanto buscar la uni\u00f3n sin desanimarnos frente a las dificultades que pueden presentarse o acumularse a lo largo de este camino; de otra manera no seremos fieles a la palabra de Cristo, no cumpliremos su testamento. \u00bfEs l\u00edcito correr este riesgo?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay personas que, encontr\u00e1ndose frente a las dificultades o tambi\u00e9n juzgando negativos los resultados de los trabajos iniciales ecum\u00e9nicos, hubieran preferido echarse atr\u00e1s. Algunos incluso expresan la opini\u00f3n de que estos esfuerzos son da\u00f1osos para la causa del evangelio, conducen a una ulterior ruptura de la Iglesia, provocan confusi\u00f3n de ideas en las cuestiones de la fe y de la moral, abocan a un espec\u00edfico indiferentismo. Posiblemente ser\u00e1 bueno que los portavoces de tales opiniones expresen sus temores; no obstante, tambi\u00e9n en este aspecto hay que mantener los justos l\u00edmites. Es obvio que esta nueva etapa de la vida de la Iglesia exige de nosotros una fe particularmente consciente, profunda y responsable. La verdadera actividad ecum\u00e9nica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al di\u00e1logo, b\u00fasqueda com\u00fan de la verdad en el pleno sentido evang\u00e9lico y cristiano; pero de ning\u00fan modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y ense\u00f1ada por la Iglesia. A todos aquellos que por cualquier motivo quisieran disuadir a la Iglesia de la b\u00fasqueda de la unidad universal de los cristianos hay que decirles una vez m\u00e1s: \u00bfNos es l\u00edcito no hacerlo? \u00bfPodemos no tener confianza \u2014no obstante toda la debilidad humana, todas las deficiencias acumuladas a lo largo de los siglos pasados\u2014 en la gracia de nuestro Se\u00f1or, tal cual se ha revelado en los \u00faltimos tiempos a trav\u00e9s de la palabra del Esp\u00edritu Santo, que hemos escuchado durante el Concilio? Obrando as\u00ed, negar\u00edamos la verdad que concierne a nosotros mismos y que el Ap\u00f3stol ha expresado de modo tan elocuente: \u00abMas por gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confiri\u00f3 no result\u00f3 vana\u00bb.19<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Aunque de modo distinto y con las debidas diferencias, hay que aplicar lo que se ha dicho a la actividad que tiende al acercamiento con los representantes de las religiones no cristianas, y que se expresa a trav\u00e9s del di\u00e1logo, los contactos, la oraci\u00f3n comunitaria, la b\u00fasqueda de los tesoros de la espiritualidad humana que \u2014como bien sabemos\u2014 no faltan tampoco a los miembros de estas religiones. \u00bfNo sucede quiz\u00e1 a veces que la creencia firme de los seguidores de las religiones no cristianas, \u2014creencia que es efecto tambi\u00e9n del Esp\u00edritu de verdad, que act\u00faa m\u00e1s all\u00e1 de los confines visibles del Cuerpo M\u00edstico\u2014 haga quedar confundidos a los cristianos, muchas veces tan dispuestos a dudar en las verdades reveladas por Dios y proclamadas por la Iglesia, tan propensos al relajamiento de los principios de la moral y a abrir el camino al permisivismo \u00e9tico? Es cosa noble estar predispuestos a comprender a todo hombre, a analizar todo sistema, a dar raz\u00f3n a todo lo que es justo; esto no significa absolutamente perder la certeza de la propia fe,20 o debilitar los principios de la moral, cuya falta se har\u00e1 sentir bien pronto en la vida de sociedades enteras, determinando entre otras cosas consecuencias deplorables.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">II. EL MISTERIO DE LA REDENCI\u00d3N<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">7. En el Misterio de Cristo<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si las v\u00edas por las que el Concilio de nuestro siglo ha encaminado a la Iglesia \u2014v\u00edas indicadas en su primera Enc\u00edclica por el llorado Papa Pablo VI\u2014 permanecen por largo tiempo las v\u00edas que todos nosotros debemos seguir, a la vez, en esta nueva etapa podemos justamente preguntarnos: \u00bfC\u00f3mo? \u00bfDe qu\u00e9 modo hay que proseguir? \u00bfQu\u00e9 hay que hacer a fin de que este nuevo adviento de la Iglesia, pr\u00f3ximo ya al final del segundo milenio, nos acerque a Aquel que la Sagrada Escritura llama: \u00abPadre sempiterno\u00bb, Pater futuri saeculi?21 Esta es la pregunta fundamental que el nuevo Pont\u00edfice debe plantearse, cuando, en esp\u00edritu de obediencia de fe, acepta la llamada seg\u00fan el mandato de Cristo dirigido m\u00e1s de una vez a Pedro: \u00abApacienta mis corderos\u00bb,22 que quiere decir: S\u00e9 pastor de mi reba\u00f1o; y despu\u00e9s: \u00ab&#8230; una vez convertido, confirma a tus hermanos\u00bb. 23<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es precisamente aqu\u00ed, car\u00edsimos Hermanos, Hijos e Hijas, donde se impone una respuesta fundamental y esencial, es decir, la \u00fanica orientaci\u00f3n del esp\u00edritu, la \u00fanica direcci\u00f3n del entendimiento, de la voluntad y del coraz\u00f3n es para nosotros \u00e9sta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A \u00c9l nosotros queremos mirar, porque s\u00f3lo en \u00c9l, Hijo de Dios, hay salvaci\u00f3n, renovando la afirmaci\u00f3n de Pedro \u00abSe\u00f1or, \u00bfa qui\u00e9n ir\u00edamos? T\u00fa tienes palabras de vida eterna\u00bb.24<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A trav\u00e9s de la conciencia de la Iglesia, tan desarrollada por el Concilio, a todos los niveles de esta conciencia y a trav\u00e9s tambi\u00e9n de todos los campos de la actividad en que la Iglesia se expresa, se encuentra y se confirma, debemos tender constantemente a Aquel \u00abque es la cabeza\u00bb,25 a Aquel \u00abde quien todo procede y para quien somos nosotros\u00bb,26 a Aquel que es al mismo tiempo \u00abel camino, la verdad\u00bb27 y \u00abla resurrecci\u00f3n y la vida\u00bb,28 a Aquel que vi\u00e9ndolo nos muestra al Padre,29 a Aquel que deb\u00eda irse de nosotros30 \u2014se refiere a la muerte en Cruz y despu\u00e9s a la Ascensi\u00f3n al cielo\u2014 para que el Abogado viniese a nosotros y siga viniendo constantemente como Esp\u00edritu de verdad.31 En \u00c9l est\u00e1n escondidos \u00abtodos los tesoros de la sabidur\u00eda y de la ciencia\u00bb,32 y la Iglesia es su Cuerpo.33 La Iglesia es en Cristo como un \u00absacramento, o signo e instrumento de la \u00edntima uni\u00f3n con Dios y de la unidad de todo el g\u00e9nero humano\u00bb34 y de esto es \u00c9l la fuente. \u00a1\u00c9l mismo! \u00a1\u00c9l, el Redentor!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia no cesa de escuchar sus palabras, las vuelve a leer continuamente, reconstruye con la m\u00e1xima devoci\u00f3n todo detalle particular de su vida. Estas palabras son escuchadas tambi\u00e9n por los no cristianos. La vida de Cristo habla al mismo tiempo a tantos hombres que no est\u00e1n a\u00fan en condiciones de repetir con Pedro: \u00abT\u00fa eres el Mes\u00edas, el Hijo de Dios vivo\u00bb.35 \u00c9l, Hijo de Dios vivo, habla a los hombres tambi\u00e9n como Hombre: es su misma vida la que habla, su humanidad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla adem\u00e1s su muerte en Cruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono. La Iglesia no cesa jam\u00e1s de revivir su muerte en Cruz y su Resurrecci\u00f3n, que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En efecto, por mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente la Eucarist\u00eda, encontrando en ella la \u00abfuente de la vida y de la santidad\u00bb,36 el signo eficaz de la gracia y de la reconciliaci\u00f3n con Dios, la prenda de la vida eterna. La Iglesia vive su misterio, lo alcanza sin cansarse nunca y busca continuamente los caminos para acercar este misterio de su Maestro y Se\u00f1or al g\u00e9nero humano: a los pueblos, a las naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular, como si repitiese siempre a ejemplo del Ap\u00f3stol: \u00abque nunca entre vosotros me preci\u00e9 de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y \u00e9ste crucificado\u00bb.37 La Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redenci\u00f3n que ha llegado a ser precisamente el principio fundamental de su vida y de su misi\u00f3n<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">8. Redenci\u00f3n: creaci\u00f3n renovada<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00a1Redentor del mundo! En \u00c9l se ha revelado de un modo nuevo y m\u00e1s admirable la verdad fundamental sobre la creaci\u00f3n que testimonia el Libro del G\u00e9nesis cuando repite varias veces: \u00abY vio Dios ser bueno\u00bb.38 El bien tiene su fuente en la Sabidur\u00eda y en el Amor. En Jesucristo, el mundo visible, creado por Dios para el hombre39 \u2014el mundo que, entrando el pecado est\u00e1 sujeto a la vanidad\u2014 40 adquiere nuevamente el v\u00ednculo original con la misma fuente divina de la Sabidur\u00eda y del Amor. En efecto, \u00abam\u00f3 Dios tanto al mundo, que le dio su unig\u00e9nito Hijo\u00bb.41 As\u00ed como en el hombre-Ad\u00e1n este v\u00ednculo qued\u00f3 roto, as\u00ed en el Hombre-Cristo ha quedado unido de nuevo.42 \u00bf Es posible que no nos convenzan, a nosotros hombres del siglo XX, las palabras del Ap\u00f3stol de las gentes, pronunciadas con arrebatadora elocuencia, acerca de \u00abla creaci\u00f3n entera que hasta ahora gime y siente dolores de parto\u00bb43 y \u00abest\u00e1 esperando la manifestaci\u00f3n de los hijos de Dios\u00bb,44 acerca de la creaci\u00f3n que est\u00e1 sujeta a la vanidad? El inmenso progreso, jam\u00e1s conocido, que se ha verificado particularmente durante este nuestro siglo, en el campo de dominaci\u00f3n del mundo por parte del hombre, \u00bfno revela quiz\u00e1 el mismo, y por lo dem\u00e1s en un grado jam\u00e1s antes alcanzado, esa multiforme sumisi\u00f3n \u00aba la vanidad\u00bb? Baste recordar aqu\u00ed algunos fen\u00f3menos como la amenaza de contaminaci\u00f3n del ambiente natural en los lugares de r\u00e1pida industrializaci\u00f3n, o tambi\u00e9n los conflictos armados que explotan y se repiten continuamente, o las perspectivas de autodestrucci\u00f3n a trav\u00e9s del uso de las armas at\u00f3micas: al hidr\u00f3geno, al neutr\u00f3n y similares, la falta de respeto a la vida de los no-nacidos. El mundo de la nueva \u00e9poca, el mundo de los vuelos c\u00f3smicos, el mundo de las conquistas cient\u00edficas y t\u00e9cnicas, jam\u00e1s logradas anteriormente, \u00bfno es al mismo tiempo que \u00abgime y sufre\u00bb45 y \u00abest\u00e1 esperando la manifestaci\u00f3n de los hijos de Dios\u00bb?46<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio Vaticano II, en su an\u00e1lisis penetrante \u00abdel mundo contempor\u00e1neo\u00bb, llegaba al punto m\u00e1s importante del mundo visible: el hombre bajando \u2014como Cristo\u2014 a lo profundo de las conciencias humanas, tocando el misterio interior del hombre, que en el lenguaje b\u00edblico, y no b\u00edblico tambi\u00e9n, se expresa con la palabra \u00abcoraz\u00f3n\u00bb. Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha penetrado, de modo \u00fanico e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su \u00abcoraz\u00f3n\u00bb. Justamente pues ense\u00f1a el Concilio Vaticano II: \u00abEn realidad el misterio del hombre s\u00f3lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Ad\u00e1n, el primer hombre, era figura del que hab\u00eda de venir (Rom 5, 14), es decir, Cristo nuestro Se\u00f1or. Cristo, el nuevo Ad\u00e1n, en la misma revelaci\u00f3n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocaci\u00f3n\u00bb. Y m\u00e1s adelante: \u00ab\u00c9l, que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es tambi\u00e9n el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Ad\u00e1n la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En \u00e9l la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada tambi\u00e9n en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnaci\u00f3n, se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabaj\u00f3 con manos de hombre, pens\u00f3 con inteligencia de hombre, am\u00f3 con coraz\u00f3n de hombre. Nacido de la Virgen Mar\u00eda, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado\u00bb.47 \u00a1\u00c9l, el Redentor del hombre!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">9. Dimensi\u00f3n divina del misterio de la Redenci\u00f3n<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al reflexionar nuevamente sobre este texto maravilloso del Magisterio conciliar, no olvidamos ni por un momento que Jesucristo, Hijo de Dios vivo, se ha convertido en nuestra reconciliaci\u00f3n ante el Padre.48 Precisamente \u00c9l, solamente \u00c9l ha dado satisfacci\u00f3n al amor eterno del Padre, a la paternidad que desde el principio se manifest\u00f3 en la creaci\u00f3n del mundo, en la donaci\u00f3n al hombre de toda la riqueza de la creaci\u00f3n, en hacerlo \u00abpoco menor que Dios\u00bb,49 en cuanto creado \u00aba imagen y semejanza de Dios\u00bb;50 e igualmente ha dado satisfacci\u00f3n a la paternidad de Dios y al amor, en cierto modo rechazado por el hombre con la ruptura de la primera Alianza51 y de las posteriores que Dios \u00abha ofrecido en diversas ocasiones a los hombres\u00bb.52 La redenci\u00f3n del mundo \u2014ese misterio tremendo del amor, en el que la creaci\u00f3n es renovada53\u2014 es en su ra\u00edz m\u00e1s profunda \u00abla plenitud de la justicia en un Coraz\u00f3n humano: en el Coraz\u00f3n del Hijo Primog\u00e9nito, para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales, precisamente en el Hijo Primog\u00e9nito, han sido predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios54 y llamados a la gracia, llamados al amor. La Cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo \u2014Hombre, Hijo de Mar\u00eda Virgen, hijo putativo de Jos\u00e9 de Nazaret\u2014 \u00abdeja\u00bb este mundo, es al mismo tiempo una nueva manifestaci\u00f3n de la eterna paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en \u00c9l a la humanidad, a todo hombre, d\u00e1ndole el tres veces santo \u00abEsp\u00edritu de verdad\u00bb.55<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con esta revelaci\u00f3n del Padre y con la efusi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, que marcan un sello imborrable en el misterio de la Redenci\u00f3n, se explica el sentido de la cruz y de la muerte de Cristo. El Dios de la creaci\u00f3n se revela como Dios de la redenci\u00f3n, como Dios que es fiel a s\u00ed mismo,56 fiel a su amor al hombre y al mundo, ya revelado el d\u00eda de la creaci\u00f3n. El suyo es amor que no retrocede ante nada de lo que en \u00e9l mismo exige la justicia. Y por esto al Hijo \u00aba quien no conoci\u00f3 el pecado le hizo pecado por nosotros para que en \u00c9l fu\u00e9ramos justicia de Dios\u00bb.57 Si \u00abtrat\u00f3 como pecado\u00bb a Aquel que estaba absolutamente sin pecado alguno, lo hizo para revelar el amor que es siempre m\u00e1s grande que todo lo creado, el amor que es \u00c9l mismo, porque \u00abDios es amor\u00bb.58 Y sobre todo el amor es m\u00e1s grande que el pecado, que la debilidad, que la \u00abvanidad de la creaci\u00f3n\u00bb,59 m\u00e1s fuerte que la muerte; es amor siempre dispuesto a aliviar y a perdonar, siempre dispuesto a ir al encuentro con el hijo pr\u00f3digo,60 siempre a la b\u00fasqueda de la \u00abmanifestaci\u00f3n de los hijos de Dios\u00bb,61 que est\u00e1n llamados a la gloria.62 Esta revelaci\u00f3n del amor es definida tambi\u00e9n misericordia,63 y tal revelaci\u00f3n del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">10. Dimensi\u00f3n humana del misterio de la Redenci\u00f3n<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El hombre no puede vivir sin amor. \u00c9l permanece para s\u00ed mismo un ser incomprensible, su vida est\u00e1 privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en \u00e9l vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es \u2014si se puede expresar as\u00ed\u2014 la dimensi\u00f3n humana del misterio de la Redenci\u00f3n. En esta dimensi\u00f3n el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redenci\u00f3n el hombre es \u00abconfirmado\u00bb y en cierto modo es nuevamente creado. \u00a1\u00c9l es creado de nuevo! \u00abYa no es jud\u00edo ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jes\u00fas\u00bb.64 El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a s\u00ed mismo \u2014no solamente seg\u00fan criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes\u2014 debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo as\u00ed, entrar en \u00c9l con todo su ser, debe \u00abapropiarse\u00bb y asimilar toda la realidad de la Encarnaci\u00f3n y de la Redenci\u00f3n para encontrarse a s\u00ed mismo. Si se act\u00faa en \u00e9l este hondo proceso, entonces \u00e9l da frutos no s\u00f3lo de adoraci\u00f3n a Dios, sino tambi\u00e9n de profunda maravilla de s\u00ed mismo. \u00a1Qu\u00e9 valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha \u00abmerecido tener tan grande Redentor\u00bb,65 si \u00abDios ha dado a su Hijo\u00bb, a fin de que \u00e9l, el hombre, \u00abno muera sino que tenga la vida eterna\u00bb!66<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama tambi\u00e9n cristianismo. Este estupor justifica la misi\u00f3n de la Iglesia en el mundo, incluso, y quiz\u00e1 a\u00fan m\u00e1s, \u00aben el mundo contempor\u00e1neo\u00bb. Este estupor y al mismo tiempo persuasi\u00f3n y certeza que en su ra\u00edz profunda es la certeza de la fe, pero que de modo escondido y misterioso vivifica todo aspecto del humanismo aut\u00e9ntico, est\u00e1 estrechamente vinculado con Cristo. \u00c9l determina tambi\u00e9n su puesto, su \u2014por as\u00ed decirlo\u2014 particular derecho de ciudadan\u00eda en la historia del hombre y de la humanidad. La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redenci\u00f3n llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que hab\u00eda perdido en gran medida a causa del pecado. Por esta raz\u00f3n la Redenci\u00f3n se ha cumplido en el misterio pascual que a trav\u00e9s de la cruz y la muerte conduce a la resurrecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El cometido fundamental de la Iglesia en todas las \u00e9pocas y particularmente en la nuestra es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redenci\u00f3n, que se realiza en Cristo Jes\u00fas. Contempor\u00e1neamente, se toca tambi\u00e9n la m\u00e1s profunda obra del hombre, la esfera \u2014queremos decir\u2014 de los corazones humanos, de las conciencias humanas y de las vicisitudes humanas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">11. El Misterio de Cristo en la base de la misi\u00f3n de la Iglesia y del cristianismo<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio Vaticano II ha llevado a cabo un trabajo inmenso para formar la conciencia plena y universal de la Iglesia, a la que se refer\u00eda el Papa Pablo VI en su primera Enc\u00edclica. Tal conciencia \u2014o m\u00e1s bien, autoconciencia de la Iglesia\u2014 se forma \u00aben el di\u00e1logo\u00bb, el cual, antes de hacerse coloquio, debe dirigir la propia atenci\u00f3n al \u00abotro\u00bb, es decir, a aqu\u00e9l con el cual queremos hablar. El Concilio ecum\u00e9nico ha dado un impulso fundamental para formar la autoconciencia de la Iglesia, d\u00e1ndonos, de manera tan adecuada y competente, la visi\u00f3n del orbe terrestre como de un \u00abmapa\u00bb de varias religiones. Adem\u00e1s, ha demostrado c\u00f3mo a este mapa de las religiones del mundo se sobrepone en estratos \u2014antes nunca conocidos y caracter\u00edsticos de nuestro tiempo\u2014 el fen\u00f3meno del ate\u00edsmo en sus diversas formas, comenzando por el ate\u00edsmo programado, organizado y estructurado en un sistema pol\u00edtico.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por lo que se refiere a la religi\u00f3n, se trata ante todo de la religi\u00f3n como fen\u00f3meno universal, unido a la historia del hombre desde el principio; seguidamente de las diversas religiones no cristianas y finalmente del mismo cristianismo. El documento conciliar dedicado a las religiones no cristianas est\u00e1 particularmente lleno de profunda estima por los grandes valores espirituales, es m\u00e1s, por la primac\u00eda de lo que es espiritual y que en la vida de la humanidad encuentra su expresi\u00f3n en la religi\u00f3n y despu\u00e9s en la moralidad que refleja en toda la cultura. Justamente los Padres de la Iglesia ve\u00edan en las distintas religiones como otros tantos reflejos de una \u00fanica verdad \u00abcomo g\u00e9rmenes del Verbo\u00bb,67 los cuales testimonian que, aunque por diversos caminos, est\u00e1 dirigida sin embargo en una \u00fanica direcci\u00f3n la m\u00e1s profunda aspiraci\u00f3n del esp\u00edritu humano, tal como se expresa en la b\u00fasqueda de Dios y al mismo tiempo en la b\u00fasqueda, mediante la tensi\u00f3n hacia Dios, de la plena dimensi\u00f3n de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana. El Concilio ha dedicado una atenci\u00f3n especial a la religi\u00f3n jud\u00eda, recordando el gran patrimonio espiritual y com\u00fan a los cristianos y a los jud\u00edos, y ha expresado su estima hacia los creyentes del Islam, cuya fe se refiere tambi\u00e9n a Abrah\u00e1n. Es sabido por otra parte que la religi\u00f3n de Israel tiene un pasado en com\u00fan con la historia del cristianismo: el pasado relativo a la Antigua Alianza.68<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con la apertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos los cristianos han podido alcanzar una conciencia m\u00e1s completa del misterio de Cristo, \u00abmisterio escondido desde los siglos\u00bb69 en Dios, para ser revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente, en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevaci\u00f3n, del valor transcendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es necesario por tanto que todos nosotros, cuantos somos seguidores de Cristo, nos encontremos y nos unamos en torno a \u00c9l mismo. Esta uni\u00f3n, en los diversos sectores de la vida, de la tradici\u00f3n, de las estructuras y disciplinas de cada una de las Iglesias y Comunidades eclesiales, no puede actuarse sin un valioso trabajo que tienda al conocimiento rec\u00edproco y a la remoci\u00f3n de los obst\u00e1culos en el camino de una perfecta unidad. No obstante podemos y debemos, ya desde ahora, alcanzar y manifestar al mundo nuestra unidad: en el anuncio del misterio de Cristo, en la revelaci\u00f3n de la dimensi\u00f3n divina y humana tambi\u00e9n de la Redenci\u00f3n, en la lucha con perseverancia incansable en favor de esta dignidad que todo hombre ha alcanzado y puede alcanzar continuamente en Cristo, que es la dignidad de la gracia de adopci\u00f3n divina y tambi\u00e9n dignidad de la verdad interior de la humanidad, la cual \u2014si ha alcanzado en la conciencia com\u00fan del mundo contempor\u00e1neo un relieve tan fundamental\u2014 sobresale a\u00fan m\u00e1s para nosotros a la luz de la realidad que es \u00e9l: Cristo Jes\u00fas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jesucristo es principio estable y centro permanente de la misi\u00f3n que Dios mismo ha confiado al hombre. En esta misi\u00f3n debemos participar todos, en ella debemos concentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria m\u00e1s que nunca al hombre de nuestro tiempo. Y si tal misi\u00f3n parece encontrar en nuestra \u00e9poca oposiciones m\u00e1s grandes que en cualquier otro tiempo, tal circunstancia demuestra tambi\u00e9n que es en nuestra \u00e9poca a\u00fan m\u00e1s necesaria y \u2014no obstante las oposiciones\u2014 es m\u00e1s esperada que nunca. Aqu\u00ed tocamos indirectamente el misterio de la econom\u00eda divina que ha unido la salvaci\u00f3n y la gracia con la Cruz. No en vano Jesucristo dijo que el \u00abreino de los cielos est\u00e1 en tensi\u00f3n, y los esforzados lo arrebatan\u00bb;70 y adem\u00e1s que \u00ablos hijos de este siglo son m\u00e1s avisados&#8230; que los hijos de la luz\u00bb.71 Aceptamos gustosamente este reproche para ser como aquellos \u00abviolentos de Dios\u00bb que hemos visto tantas veces en la historia de la Iglesia y que descubrimos todav\u00eda hoy para unirnos conscientemente a la gran misi\u00f3n, es decir: revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre a s\u00ed mismo en \u00e9l, ayudar a las generaciones contempor\u00e1neas de nuestros hermanos y hermanas, pueblos, naciones, estados, humanidad, pa\u00edses en v\u00edas de desarrollo y pa\u00edses de la opulencia, a todos en definitiva, a conocer las \u00abinsondables riquezas de Cristo\u00bb,72 porque \u00e9stas son para todo hombre y constituyen el bien de cada uno.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">12. Misi\u00f3n de la Iglesia y libertad del hombre<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En esta uni\u00f3n la misi\u00f3n, de la que decide sobre todo Cristo mismo, todos los cristianos deben descubrir lo que les une, incluso antes de que se realice su plena comuni\u00f3n. Esta es la uni\u00f3n apost\u00f3lica y misionera, misionera y apost\u00f3lica. Gracias a esta uni\u00f3n podemos acercarnos juntos al magn\u00edfico patrimonio del esp\u00edritu humano, que se ha manifestado en todas las religiones, como dice la Declaraci\u00f3n del Concilio Vaticano II Nostra aetate.73 Gracias a ella, nos acercamos igualmente a todas las culturas, a todas las concepciones ideol\u00f3gicas, a todos los hombres de buena voluntad. Nos aproximamos con aquella estima, respeto y discernimiento que, desde los tiempos de los Ap\u00f3stoles, distingu\u00eda la actitud misionera y del misionero. Basta recordar a San Pablo y, por ejemplo, su discurso en el Are\u00f3pago de Atenas.74 La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que \u00aben el hombre hab\u00eda\u00bb,75 por lo que \u00e9l mismo, en lo \u00edntimo de su esp\u00edritu, ha elaborado respecto a los problemas m\u00e1s profundos e importantes; se trata de respeto por todo lo que en \u00e9l ha obrado el Esp\u00edritu, que \u00absopla donde quiere\u00bb.76 La misi\u00f3n no es nunca una destrucci\u00f3n, sino una purificaci\u00f3n y una nueva construcci\u00f3n por m\u00e1s que en la pr\u00e1ctica no siempre haya habido una plena correspondencia con un ideal tan elevado. La conversi\u00f3n que de ella ha de tomar comienzo, sabemos bien que es obra de la gracia, en la que el hombre debe hallarse plenamente a s\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por esto la Iglesia de nuestro tiempo da gran importancia a todo lo que el Concilio Vaticano II ha expuesto en la Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa, tanto en la primera como en la segunda parte del documento.77 Sentimos profundamente el car\u00e1cter comprometedor de la verdad que Dios nos ha revelado. Advertimos en particular el gran sentido de responsabilidad ante esta verdad. La Iglesia, por instituci\u00f3n de Cristo, es su custodia y maestra, estando precisamente dotada de una singular asistencia del Esp\u00edritu Santo para que pueda custodiarla fielmente y ense\u00f1arla en su m\u00e1s exacta integridad.78 Cumpliendo esta misi\u00f3n, miramos a Cristo mismo, que es el primer evangelizador79 y miramos tambi\u00e9n a los Ap\u00f3stoles, M\u00e1rtires y Confesores. La Declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa nos muestra de manera convincente c\u00f3mo Cristo y, despu\u00e9s sus Ap\u00f3stoles, al anunciar la verdad que no proviene de los hombres sino de Dios (\u00abmi doctrina no es m\u00eda, sino del que me ha enviado\u00bb,80 esto es, del Padre), incluso actuando con toda la fuerza del esp\u00edritu, conservan una profunda estima por el hombre, por su entendimiento, su voluntad, su conciencia y su libertad.81 De este modo, la misma dignidad de la persona humana se hace contenido de aquel anuncio, incluso sin palabras, a trav\u00e9s del comportamiento respecto de ella. Tal comportamiento parece corresponder a las necesidades particulares de nuestro tiempo. Dado que no en todo aquello que los diversos sistemas, y tambi\u00e9n los hombres en particular, ven y propagan como libertad est\u00e1 la verdadera libertad del hombre, tanto m\u00e1s la Iglesia, en virtud de su misi\u00f3n divina, se hace custodia de esta libertad que es condici\u00f3n y base de la verdadera dignidad de la persona humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda \u00e9poca, tambi\u00e9n de nuestra \u00e9poca, con las mismas palabras: \u00abConocer\u00e9is la verdad y la verdad os librar\u00e1\u00bb.82 Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relaci\u00f3n honesta con respecto a la verdad, como condici\u00f3n de una aut\u00e9ntica libertad; y la advertencia, adem\u00e1s, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. Tambi\u00e9n hoy, despu\u00e9s de dos mil a\u00f1os, Cristo aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas ra\u00edces, en el alma del hombre, en su coraz\u00f3n, en su conciencia. \u00a1Qu\u00e9 confirmaci\u00f3n tan estupenda de lo que han dado y no cesan de dar aquellos que, gracias a Cristo y en Cristo, han alcanzado la verdadera libertad y la han manifestado hasta en condiciones de constricci\u00f3n exterior!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jesucristo mismo, cuando compareci\u00f3 como prisionero ante el tribunal de Pilatos y fue preguntado por \u00e9l acerca de la acusaci\u00f3n hecha contra \u00e9l por los representantes del Sanedr\u00edn, \u00bfno respondi\u00f3 acaso: \u00abYo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad\u00bb?83 Con estas palabras pronunciadas ante el juez, en el momento decisivo, era como si confirmase, una vez m\u00e1s, la frase ya dicha anteriormente: \u00abConoced la verdad y la verdad os har\u00e1 libres\u00bb. En el curso de tantos siglos y de tantas generaciones, comenzando por los tiempos de los Ap\u00f3stoles, \u00bfno es acaso Jesucristo mismo el que tantas veces ha comparecido junto a hombres juzgados a causa de la verdad y no ha ido quiz\u00e1 a la muerte con hombres condenados a causa de la verdad? \u00bfAcaso cesa el de ser continuamente portavoz y abogado del hombre que vive \u00aben esp\u00edritu y en verdad\u00bb?84 Del mismo modo que no cesa de serlo ante el Padre, as\u00ed lo es tambi\u00e9n con respecto a la historia del hombre. La Iglesia a su vez, no obstante todas las debilidades que forman parte de la historia humana, no cesa de seguir a Aquel que dijo: \u00abya llega la hora y es \u00e9sta, cuando los verdaderos adoradores adorar\u00e1n al Padre en esp\u00edritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es esp\u00edritu, y los que le adoran han de adorarle en esp\u00edritu y en verdad\u00bb.85<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">III. EL HOMBRE REDIMIDO<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y SU SITUACI\u00d3N EN EL MUNDO CONTEMPOR\u00c1NEO<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">13. Cristo se ha unido a todo hombre<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuando, a trav\u00e9s de la experiencia de la familia humana que aumenta continuamente a ritmo acelerado, penetramos en el misterio de Jesucristo, comprendemos con mayor claridad que, en la base de todos estos caminos a lo largo de los cuales en conformidad con las sabias indicaciones del Pont\u00edfice Pablo VI 86 debe proseguir la Iglesia de nuestro tiempo, hay un solo camino: es el camino experimentado desde hace siglos y es al mismo tiempo el camino del futuro. Cristo Se\u00f1or ha indicado estos caminos sobre todo cuando \u2014como ense\u00f1a el Concilio\u2014 \u00abmediante la encarnaci\u00f3n el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre\u00bb.87 La Iglesia divisa por tanto su cometido fundamental en lograr que tal uni\u00f3n pueda actuarse y renovarse continuamente. La Iglesia desea servir a este \u00fanico fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el misterio de la Encarnaci\u00f3n y de la Redenci\u00f3n, con la potencia del amor que irradia de ella. En el trasfondo de procesos siempre crecientes en la historia, que en nuestra \u00e9poca parecen fructificar de manera particular en el \u00e1mbito de varios sistemas, concepciones ideol\u00f3gicas del mundo y reg\u00edmenes, Jesucristo se hace en cierto modo nuevamente presente, a pesar de todas sus aparentes ausencias, a pesar de todas las limitaciones de la presencia o de la actividad institucional de la Iglesia. Jesucristo se hace presente con la potencia de la verdad y del amor, que se han manifestado en \u00c9l como plenitud \u00fanica e irrepetible, por m\u00e1s que su vida en la tierra fuese breve y m\u00e1s breve a\u00fan su actividad p\u00fablica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jesucristo es el camino principal de la Iglesia. \u00c9l mismo es nuestro camino \u00abhacia la casa del Padre\u00bb88 y es tambi\u00e9n el camino hacia cada hombre. En este camino que conduce de Cristo al hombre, en este camino por el que Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no puede ser detenida por nadie. Esta es la exigencia del bien temporal y del bien eterno del hombre. La Iglesia, en consideraci\u00f3n de Cristo y en raz\u00f3n del misterio, que constituye la vida de la Iglesia misma, no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo que lo amenaza. El Concilio Vaticano II, en diversos pasajes de sus documentos, ha expresado esta solicitud fundamental de la Iglesia, a fin de que \u00abla vida en el mundo (sea) m\u00e1s conforme a la eminente dignidad del hombre\u00bb,89 en todos sus aspectos, para hacerla \u00abcada vez m\u00e1s humana\u00bb.90 Esta es la solicitud del mismo Cristo, el buen Pastor de todos los hombres. En nombre de tal solicitud, como leemos en la Constituci\u00f3n pastoral del Concilio, \u00abla Iglesia que por raz\u00f3n de su ministerio y de su competencia, de ninguna manera se confunde con la comunidad pol\u00edtica y no est\u00e1 vinculada a ning\u00fan sistema pol\u00edtico, es al mismo tiempo el signo y la salvaguardia del car\u00e1cter trascendente de la persona humana\u00bb.91<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Aqu\u00ed se trata por tanto del hombre en toda su verdad, en su plena dimensi\u00f3n. No se trata del hombre \u00ababstracto\u00bb sino real, del hombre \u00abconcreto\u00bb, \u00abhist\u00f3rico\u00bb. Se trata de \u00abcada\u00bb hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redenci\u00f3n y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este ministerio. Todo hombre viene al mundo concebido en el seno materno, naciendo de madre y es precisamente por raz\u00f3n del misterio de la Redenci\u00f3n por lo que es confiado a la solicitud de la Iglesia. Tal solicitud afecta al hombre entero y est\u00e1 centrada sobre \u00e9l de manera del todo particular. El objeto de esta premura es el hombre en su \u00fanica e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza con Dios mismo.92 El Concilio indica esto precisamente, cuando, hablando de tal semejanza, recuerda que \u00abel hombre es en la tierra la \u00fanica criatura que Dios ha querido por s\u00ed misma\u00bb.93 El hombre tal como ha sido \u00abquerido\u00bb por Dios, tal como \u00c9l lo ha \u00abelegido\u00bb eternamente, llamado, destinado a la gracia y a la gloria, tal es precisamente \u00abcada\u00bb hombre, el hombre \u00abm\u00e1s concreto\u00bb, el \u00abm\u00e1s real\u00bb; \u00e9ste es el hombre, en toda la plenitud del misterio, del que se ha hecho part\u00edcipe en Jesucristo, misterio del cual se hace part\u00edcipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de la madre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">14. Todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia no puede abandonar al hombre, cuya \u00absuerte\u00bb, es decir, la elecci\u00f3n, la llamada, el nacimiento y la muerte, la salvaci\u00f3n o la perdici\u00f3n, est\u00e1n tan estrecha e indisolublemente unidas a Cristo. Y se trata precisamente de cada hombre de este planeta, en esta tierra que el Creador entreg\u00f3 al primer hombre, diciendo al hombre y a la mujer: \u00abhenchid la tierra; sometedla\u00bb;94 todo hombre, en toda su irrepetible realidad del ser y del obrar, del entendimiento y de la voluntad, de la conciencia y del coraz\u00f3n. El hombre en su realidad singular (porque es \u00abpersona\u00bb), tiene una historia propia de su vida y sobre todo una historia propia de su alma. El hombre que conforme a la apertura interior de su esp\u00edritu y al mismo tiempo a tantas y tan diversas necesidades de su cuerpo, de su existencia temporal, escribe esta historia suya personal por medio de numerosos lazos, contactos, situaciones, estructuras sociales que lo unen a otros hombres; y esto lo hace desde el primer momento de su existencia sobre la tierra, desde el momento de su concepci\u00f3n y de su nacimiento. El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social \u2014en el \u00e1mbito de la propia familia, en el \u00e1mbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el \u00e1mbito de la propia naci\u00f3n, o pueblo (y posiblemente s\u00f3lo a\u00fan del clan o tribu), en el \u00e1mbito de toda la humanidad\u2014 este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misi\u00f3n, \u00e9l es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, v\u00eda que inmutablemente conduce a trav\u00e9s del misterio de la Encarnaci\u00f3n y de la Redenci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A este hombre precisamente en toda la verdad de su vida, en su conciencia, en su continua inclinaci\u00f3n al pecado y a la vez en su continua aspiraci\u00f3n a la verdad, al bien, a la belleza, a la justicia, al amor, a este hombre ten\u00eda ante sus ojos el Concilio Vaticano II cuando, al delinear su situaci\u00f3n en el mundo contempor\u00e1neo, se trasladaba siempre de los elementos externos que componen esta situaci\u00f3n a la verdad inmanente de la humanidad: \u00abSon muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta m\u00faltiples limitaciones; se siente sin embargo ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraido por muchas solicitaciones, tiene que elegir y renunciar. M\u00e1s a\u00fan, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere hacer y deja de hacer lo que quer\u00eda llevar a cabo. Por ello siente en s\u00ed mismo la divisi\u00f3n que tantas y tan graves discordias provocan en la sociedad\u00bb.95<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este hombre es el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen de todos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre \u2014todo hombre sin excepci\u00f3n alguna\u2014 ha sido redimido por Cristo, porque con el hombre \u2014cada hombre sin excepci\u00f3n alguna\u2014 se ha unido Cristo de alg\u00fan modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello, \u00abCristo, muerto y resucitado por todos, da siempre al hombre\u00bb \u2014a todo hombre y a todos los hombres\u2014 \u00ab&#8230; su luz y su fuerza para que pueda responder a su m\u00e1xima vocaci\u00f3n\u00bb.96<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Siendo pues este hombre el camino de la Iglesia, camino de su vida y experiencia cotidianas, de su misi\u00f3n y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo debe ser, de manera siempre nueva, consciente de la \u00absituaci\u00f3n\u00bb de \u00e9l. Es decir, debe ser consciente de sus posibilidades, que toman siempre nueva orientaci\u00f3n y de este modo se manifiestan; la Iglesia, al mismo tiempo, debe ser consciente de las amenazas que se presentan al hombre. Debe ser consciente tambi\u00e9n de todo lo que parece ser contrario al esfuerzo para que \u00abla vida humana sea cada vez m\u00e1s humana\u00bb,97 para que todo lo que compone esta vida responda a la verdadera dignidad del hombre. En una palabra, debe ser consciente de todo lo que es contrario a aquel proceso.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">15. De qu\u00e9 tiene miedo el hombre contempor\u00e1neo<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Conservando pues viva en la memoria la imagen que de modo perspicaz y autorizado ha trazado el Concilio Vaticano II, trataremos una vez m\u00e1s de adaptar este cuadro a los \u00absignos de los tiempos\u00bb, as\u00ed como a las exigencias de la situaci\u00f3n que cambia continuamente y se desenvuelve en determinadas direcciones.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y m\u00e1s a\u00fan por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta m\u00faltiple actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces imprevisible en objeto de \u00abalienaci\u00f3n\u00bb, es decir, son pura y simplemente arrebatados a quien los ha producido; pero, al menos parcialmente, en la l\u00ednea indirecta de sus efectos, esos frutos se vuelven contra el mismo hombre; ellos est\u00e1n dirigidos o pueden ser dirigidos contra \u00e9l. En esto parece consistir el cap\u00edtulo principal del drama de la existencia humana contempor\u00e1nea en su dimensi\u00f3n m\u00e1s amplia y universal. El hombre por tanto vive cada vez m\u00e1s en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra \u00e9l mismo; teme que puedan convertirse en medios e instrumentos de una autodestrucci\u00f3n inimaginable, frente a la cual todos los cataclismos y las cat\u00e1strofes de la historia que conocemos parecen palidecer. Debe nacer pues un interrogante: \u00bfpor qu\u00e9 raz\u00f3n este poder, dado al hombre desde el principio \u2014poder por medio del cual deb\u00eda \u00e9l dominar la tierra98\u2014 se dirige contra s\u00ed mismo, provocando un comprensible estado de inquietud, de miedo consciente o inconsciente, de amenaza que de varios modos se comunica a toda la familia humana contempor\u00e1nea y se manifiesta bajo diversos aspectos?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este estado de amenaza para el hombre, por parte de sus productos, tiene varias direcciones y varios grados de intensidad. Parece que somos cada vez m\u00e1s conscientes del hecho de que la explotaci\u00f3n de la tierra, del planeta sobre el cual vivimos, exige una planificaci\u00f3n racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotaci\u00f3n para fines no solamente industriales, sino tambi\u00e9n militares, el desarrollo de la t\u00e9cnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio universal y aut\u00e9nticamente human\u00edstico, llevan muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. El hombre parece, a veces, no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo. En cambio era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como \u00abdue\u00f1o\u00bb y \u00abcustodio\u00bb inteligente y noble, y no como \u00abexplotador\u00bb y \u00abdestructor\u00bb sin ning\u00fan reparo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El progreso de la t\u00e9cnica y el desarrollo de la civilizaci\u00f3n de nuestro tiempo, que est\u00e1 marcado por el dominio de la t\u00e9cnica, exigen un desarrollo proporcional de la moral y de la \u00e9tica. Mientras tanto, \u00e9ste \u00faltimo parece, por desgracia, haberse quedado atr\u00e1s. Por esto, este progreso, por lo dem\u00e1s tan maravilloso en el que es dif\u00edcil no descubrir tambi\u00e9n aut\u00e9nticos signos de la grandeza del hombre que nos han sido revelados en sus g\u00e9rmenes creativos en las p\u00e1ginas del Libro del G\u00e9nesis, en la descripci\u00f3n de la creaci\u00f3n,99 no puede menos de engendrar m\u00faltiples inquietudes. La primera inquietud se refiere a la cuesti\u00f3n esencial y fundamental: \u00bfeste progreso, cuyo autor y fautor es el hombre, hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, \u00abm\u00e1s humana\u00bb?; \u00bfla hace m\u00e1s \u00abdigna del hombre\u00bb? No puede dudarse de que, bajos muchos aspectos, la haga as\u00ed. No obstante esta pregunta vuelve a plantearse obstinadamente por lo que se refiere a lo verdaderamente esencial: si el hombre, en cuanto hombre, en el contexto de este progreso, se hace de veras mejor, es decir, m\u00e1s maduro espiritualmente, m\u00e1s consciente de la dignidad de su humanidad, m\u00e1s responsable, m\u00e1s abierto a los dem\u00e1s, particularmente a los m\u00e1s necesitados y a los m\u00e1s d\u00e9biles, m\u00e1s disponible a dar y prestar ayuda a todos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta es la pregunta que deben hacerse los cristianos, precisamente porque Jesucristo les ha sensibilizado as\u00ed universalmente en torno al problema del hombre. La misma pregunta deben formularse adem\u00e1s todos los hombres, especialmente los que pertenecen a los ambientes sociales que se dedican activamente al desarrollo y al progreso en nuestros tiempos. Observando estos procesos y tomando parte en ellos, no podemos dejarnos llevar solamente por la euforia ni por un entusiasmo unilateral por nuestras conquistas, sino que todos debemos plantearnos, con absoluta lealtad, objetividad y sentido de responsabilidad moral, los interrogantes esenciales que afectan a la situaci\u00f3n del hombre hoy y en el ma\u00f1ana. Todas las conquistas, hasta ahora logradas y las proyectadas por la t\u00e9cnica para el futuro \u00bfvan de acuerdo con el progreso moral y espiritual del hombre? En este contexto, el hombre en cuanto hombre, \u00bfse desarrolla y progresa, o por el contrario retrocede y se degrada en su humanidad? \u00bfPrevalece entre los hombres, \u00aben el mundo del hombre\u00bb que es en s\u00ed mismo un mundo de bien y de mal moral, el bien sobre el mal? \u00bfCrecen de veras en los hombres, entre los hombres, el amor social, el respeto de los derechos de los dem\u00e1s \u2014para todo hombre, naci\u00f3n o pueblo\u2014, o por el contrario crecen los ego\u00edsmos de varias dimensiones, los nacionalismos exagerados, al puesto del aut\u00e9ntico amor de patria, y tambi\u00e9n la tendencia a dominar a los otros m\u00e1s all\u00e1 de los propios derechos y m\u00e9ritos leg\u00edtimos, y la tendencia a explotar todo el progreso material y t\u00e9cnico-productivo exclusivamente con finalidad de dominar sobre los dem\u00e1s o en favor de tal o cual imperialismo?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">He ah\u00ed los interrogantes esenciales que la Iglesia no puede menos de plantearse, porque de manera m\u00e1s o menos expl\u00edcita se los plantean millones y millones de hombres que viven hoy en el mundo. El tema del desarrollo y del progreso est\u00e1 en boca de todos y aparece en las columnas de peri\u00f3dicos y publicaciones, en casi todas las lenguas del mundo contempor\u00e1neo. No olvidemos sin embargo que este tema no contiene solamente afirmaciones o certezas, sino tambi\u00e9n preguntas e inquietudes angustiosas. Estas \u00faltimas no son menos importantes que las primeras. Responden a la naturaleza del conocimiento humano y m\u00e1s a\u00fan responden a la necesidad fundamental de la solicitud del hombre por el hombre, por la misma humanidad, por el futuro de los hombres sobre la tierra. La Iglesia, que est\u00e1 animada por la fe escatol\u00f3gica, considera esta solicitud por el hombre, por su humanidad, por el futuro de los hombres sobre la tierra y, consiguientemente, tambi\u00e9n por la orientaci\u00f3n de todo el desarrollo y del progreso, como un elemento esencial de su misi\u00f3n, indisolublemente unido con ella. Y encuentra el principio de esta solicitud en Jesucristo mismo, como atestiguan los Evangelios. Y por esta raz\u00f3n desea acrecentarla continuamente en \u00e9l, \u00abredescubriendo\u00bb la situaci\u00f3n del hombre en el mundo contempor\u00e1neo, seg\u00fan los m\u00e1s importantes signos de nuestro tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">16. \u00bfProgreso o amenaza?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Consiguientemente, si nuestro tiempo, el tiempo de nuestra generaci\u00f3n, el tiempo que se est\u00e1 acercando al final del segundo Milenio de nuestra era cristiana, se nos revela como tiempo de gran progreso, aparece tambi\u00e9n como tiempo de m\u00faltiples amenazas para el hombre, de las que la Iglesia debe hablar a todos los hombres de buena voluntad y en torno a las cuales debe mantener siempre un di\u00e1logo con ellos. En efecto, la situaci\u00f3n del hombre en el mundo contempor\u00e1neo parece distante tanto de las exigencias objetivas del orden moral, como de las exigencias de la justicia o a\u00fan m\u00e1s del amor social. No se trata aqu\u00ed m\u00e1s que de aquello que ha encontrado su expresi\u00f3n en el primer mensaje del Creador, dirigido al hombre en el momento en que le daba la tierra para que la \u00absometiese\u00bb.100 Este primer mensaje qued\u00f3 confirmado, en el misterio de la Redenci\u00f3n, por Cristo Se\u00f1or. Esto est\u00e1 expresado por el Concilio Vaticano II en los bell\u00edsimos cap\u00edtulos de sus ense\u00f1anzas sobre la \u00abrealeza\u00bb del hombre, es decir, sobre su vocaci\u00f3n a participar en el ministerio regio \u2014munus regale\u2014 de Cristo mismo.101 El sentido esencial de esta \u00abrealeza\u00bb y de este \u00abdominio\u00bb del hombre sobre el mundo visible, asignado a \u00e9l como cometido por el mismo Creador, consiste en la prioridad de la \u00e9tica sobre la t\u00e9cnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del esp\u00edritu sobre la materia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por esto es necesario seguir atentamente todas las fases del progreso actual: es necesario hacer, por decirlo as\u00ed, la radiograf\u00eda de cada una de las etapas, precisamente desde este punto de vista. Se trata del desarrollo de las personas y no solamente de la multiplicaci\u00f3n de las cosas, de las que los hombres pueden servirse. Se trata \u2014como ha dicho un fil\u00f3sofo contempor\u00e1neo y como ha afirmado el Concilio\u2014 no tanto de \u00abtener m\u00e1s\u00bb cuanto de \u00abser m\u00e1s\u00bb.102 En efecto, existe ya un peligro real y perceptible de que, mientras avanza enormemente el dominio por parte del hombre sobre el mundo de las cosas; de este dominio suyo pierda los hilos esenciales, y de diversos modos su humanidad est\u00e9 sometida a ese mundo, y \u00e9l mismo se haga objeto de m\u00faltiple manipulaci\u00f3n, aunque a veces no directamente perceptible, a trav\u00e9s de toda la organizaci\u00f3n de la vida comunitaria, a trav\u00e9s del sistema de producci\u00f3n, a trav\u00e9s de la presi\u00f3n de los medios de comunicaci\u00f3n social. El hombre no puede renunciar a s\u00ed mismo, ni al puesto que le es propio en el mundo visible, no puede hacerse esclavo de las cosas, de los sistemas econ\u00f3micos, de la producci\u00f3n y de sus propios productos. Una civilizaci\u00f3n con perfil puramente materialista condena al hombre a tal esclavitud, por m\u00e1s que tal vez, indudablemente, esto suceda contra las intenciones y las premisas de sus pioneros. En la ra\u00edz de la actual solicitud por el hombre est\u00e1 sin duda este problema. No se trata aqu\u00ed solamente de dar una respuesta abstracta a la pregunta: qui\u00e9n es el hombre; sino que se trata de todo el dinamismo de la vida y de la civilizaci\u00f3n. Se trata del sentido de las diversas iniciativas de la vida cotidiana y al mismo tiempo de las premisas para numerosos programas de civilizaci\u00f3n, programas pol\u00edticos, econ\u00f3micos, sociales, estatales y otros muchos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si nos atrevemos a definir la situaci\u00f3n del hombre en el mundo contempor\u00e1neo como distante de las exigencias objetivas del orden moral, distante de las exigencias de justicia y, m\u00e1s a\u00fan, del amor social, es porque esto est\u00e1 confirmado por hechos bien conocidos y confrontaciones que m\u00e1s de una vez han hallado eco en las p\u00e1ginas de las formulaciones pontificias, conciliares y sinodales.103 La situaci\u00f3n del hombre en nuestra \u00e9poca no es ciertamente uniforme, sino diferenciada de m\u00faltiples modos. Estas diferencias tienen sus causas hist\u00f3ricas, pero tienen tambi\u00e9n una gran resonancia \u00e9tica propia. En efecto, es bien conocido el cuadro de la civilizaci\u00f3n consum\u00edstica, que consiste en un cierto exceso de bienes necesarios al hombre, a las sociedades enteras \u2014y aqu\u00ed se trata precisamente de las sociedades ricas y muy desarrolladas\u2014 mientras las dem\u00e1s, al menos amplios estratos de las mismas, sufren el hambre, y muchas personas mueren a diario por inedia y desnutrici\u00f3n. Asimismo se da entre algunos un cierto abuso de la libertad, que va unido precisamente a un comportamiento consum\u00edstico no controlado por la moral, lo cual limita contempor\u00e1neamente la libertad de los dem\u00e1s, es decir, de aquellos que sufren deficiencias relevantes y son empujados hacia condiciones de ulterior miseria e indigencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta confrontaci\u00f3n, universalmente conocida, y el contraste al que se han remitido en los documentos de su magisterio los Pont\u00edfices de nuestro siglo, m\u00e1s recientemente Juan XXIII como tambi\u00e9n Pablo VI,104 representan como el gigantesco desarrollo de la par\u00e1bola b\u00edblica del rico epul\u00f3n y del pobre L\u00e1zaro.105<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La amplitud del fen\u00f3meno pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios, productivos y comerciales que, apoyados en diversas presiones pol\u00edticas, rigen la econom\u00eda mundial: ellos se revelan casi incapaces de absorber las injustas situaciones sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los urgentes desaf\u00edos y a las exigencias \u00e9ticas. Sometiendo al hombre a las tensiones creadas por \u00e9l mismo, dilapidando a ritmo acelerado los recursos materiales y energ\u00e9ticos, comprometiendo el ambiente geof\u00edsico, estas estructuras hacen extenderse continuamente las zonas de miseria y con ella la angustia, frustraci\u00f3n y amargura.106<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Nos encontramos ante un grave drama que no puede dejarnos indiferentes: el sujeto que, por un lado, trata de sacar el m\u00e1ximo provecho y el que, por otro lado, sufre los da\u00f1os y las injurias es siempre el hombre. Drama exacerbado a\u00fan m\u00e1s por la proximidad de grupos sociales privilegiados y de los de pa\u00edses ricos que acumulan de manera excesiva los bienes cuya riqueza se convierte de modo abusivo, en causa de diversos males. A\u00f1\u00e1danse la fiebre de la inflaci\u00f3n y la plaga del paro; son otros tantos s\u00edntomas de este desorden moral, que se hace notar en la situaci\u00f3n mundial y que reclama por ello innovaciones audaces y creadoras, de acuerdo con la aut\u00e9ntica dignidad del hombre.107<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La tarea no es imposible. El principio de solidaridad, en sentido amplio, debe inspirar la b\u00fasqueda eficaz de instituciones y de mecanismos adecuados, tanto en el orden de los intercambios, donde hay que dejarse guiar por las leyes de una sana competici\u00f3n, como en el orden de una m\u00e1s amplia y m\u00e1s inmediata repartici\u00f3n de las riquezas y de los controles sobre las mismas, para que los pueblos en v\u00edas de desarrollo econ\u00f3mico puedan no s\u00f3lo colmar sus exigencias esenciales, sino tambi\u00e9n avanzar gradual y eficazmente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No se avanzar\u00e1 en este camino dif\u00edcil de las indispensables transformaciones de las estructuras de la vida econ\u00f3mica, si no se realiza una verdadera conversi\u00f3n de las mentalidades y de los corazones. La tarea requiere el compromiso decidido de hombres y de pueblos libres y solidarios. Demasiado frecuentemente se confunde la libertad con el instinto del inter\u00e9s \u2014individual o colectivo\u2014, o incluso con el instinto de lucha y de dominio, cualesquiera sean los colores ideol\u00f3gicos que revisten. Es obvio que tales instintos existen y operan, pero no habr\u00e1 econom\u00eda humana si no son asumidos, orientados y dominados por las fuerzas m\u00e1s profundas que se encuentran en el hombre y que deciden la verdadera cultura de los pueblos. Precisamente de estas fuentes debe nacer el esfuerzo con el que se expresar\u00e1 la verdadera libertad humana, y que ser\u00e1 capaz de asegurarla tambi\u00e9n en el campo de la econom\u00eda. El desarrollo econ\u00f3mico, con todo lo que forma parte de su adecuado funcionamiento, debe ser constantemente programado y realizado en una perspectiva de desarrollo universal y solidario de los hombres y de los pueblos, como lo recordaba de manera convincente mi predecesor Pablo VI en la Enc\u00edclica Populorum progressio. Sin ello la mera categor\u00eda del \u00abprogreso\u00bb econ\u00f3mico se convierte en una categor\u00eda superior que subordina el conjunto de la existencia humana a sus exigencias parciales, sofoca al hombre, disgrega la sociedad y acaba por ahogarse en sus propias tensiones y en sus mismos excesos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es posible asumir este deber; lo atestiguan hechos ciertos y resultados, que es dif\u00edcil enumerar aqu\u00ed anal\u00edticamente. Una cosa es cierta: en la base de este gigantesco campo hay que establecer, aceptar y profundizar el sentido de la responsabilidad moral, que debe asumir el hombre. Una vez m\u00e1s y siempre, el hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Para nosotros los cristianos esta responsabilidad se hace particularmente evidente, cuando recordamos \u2014y debemos recordarlo siempre\u2014 la escena del juicio final, seg\u00fan las palabras de Cristo transmitidas en el evangelio de San Mateo.108<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta escena escatol\u00f3gica debe ser aplicada siempre a la historia del hombre, debe ser siempre \u00abmedida\u00bb de los actos humanos como un esquema esencial de un examen de conciencia para cada uno y para todos: \u00abtuve hambre, y no me disteis de comer; &#8230; estuve desnudo, y no me vestisteis; &#8230; en la c\u00e1rcel, y no me visitasteis\u00bb.109 Estas palabras adquieren una mayor carga amonestadora, si pensamos que, en vez del pan y de la ayuda cultural a los nuevos estados y naciones que se est\u00e1n despertando a la vida independiente, se les ofrece a veces en abundancia armas modernas y medios de destrucci\u00f3n, puestos al servicio de conflictos armados y de guerras que no son tanto una exigencia de la defensa de sus justos derechos y de su soberan\u00eda sino m\u00e1s bien una forma de \u00abpatrioter\u00eda\u00bb, de imperialismo, de neocolonialismo de distinto tipo. Todos sabemos bien que las zonas de miseria o de hambre que existen en nuestro globo, hubieran podido ser \u00abfertilizadas\u00bb en breve tiempo, si las gigantescas inversiones de armamentos que sirven a la guerra y a la destrucci\u00f3n, hubieran sido cambiadas en inversiones para el alimento que sirvan a la vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es posible que esta consideraci\u00f3n quede parcialmente \u00ababstracta\u00bb, es posible que ofrezca la ocasi\u00f3n a una y otra parte para acusarse rec\u00edprocamente, olvidando cada una las propias culpas. Es posible que provoque tambi\u00e9n nuevas acusaciones contra la Iglesia. Esta, en cambio, no disponiendo de otras armas, sino las del esp\u00edritu, de la palabra y del amor, no puede renunciar a anunciar \u00abla palabra&#8230; a tiempo y a destiempo\u00bb.110 Por esto no cesa de pedir a cada una de las dos partes, y de pedir a todos en nombre de Dios y en nombre del hombre: \u00a1no mat\u00e9is! \u00a1No prepar\u00e9is a los hombres destrucciones y exterminio! \u00a1Pensad en vuestros hermanos que sufren hambre y miseria! \u00a1Respetad la dignidad y la libertad de cada uno!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">17. Derechos del hombre: &#8220;letra&#8221; o &#8220;esp\u00edritu&#8221;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Nuestro siglo ha sido hasta ahora un siglo de grandes calamidades para el hombre, de grandes devastaciones no s\u00f3lo materiales, sino tambi\u00e9n morales, m\u00e1s a\u00fan, quiz\u00e1 sobre todo morales. Ciertamente, no es f\u00e1cil comparar bajo este aspecto, \u00e9pocas y siglos, porque esto depende de los criterios hist\u00f3ricos que cambian. No obstante, sin aplicar estas comparaciones, es necesario constatar que hasta ahora este siglo ha sido un siglo en el que los hombres se han preparado a s\u00ed mismos muchas injusticias y sufrimientos. \u00bfHa sido frenado decididamente este proceso? En todo caso no se puede menos de recordar aqu\u00ed, con estima y profunda esperanza para el futuro, el magn\u00edfico esfuerzo llevado a cabo para dar vida a la Organizaci\u00f3n de las Naciones Unidas, un esfuerzo que tiende a definir y establecer los derechos objetivos e inviolables del hombre, oblig\u00e1ndose rec\u00edprocamente los Estados miembros a una observancia rigurosa de los mismos. Este empe\u00f1o ha sido aceptado y ratificado por casi todos los Estados de nuestro tiempo y esto deber\u00eda constituir una garant\u00eda para que los derechos del hombre lleguen a ser en todo el mundo, principio fundamental del esfuerzo por el bien del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia no tiene necesidad de confirmar cu\u00e1n estrechamente vinculado est\u00e1 este problema con su misi\u00f3n en el mundo contempor\u00e1neo. En efecto, \u00e9l est\u00e1 en las bases mismas de la paz social e internacional, como han declarado al respecto Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y posteriormente Pablo VI en documentos espec\u00edficos. En definitiva, la paz se reduce al respeto de los derechos inviolables del hombre, \u2014\u00abopus iustitiae pax\u00bb\u2014, mientras la guerra nace de la violaci\u00f3n de estos derechos y lleva consigo a\u00fan m\u00e1s graves violaciones de los mismos. Si los derechos humanos son violados en tiempo de paz, esto es particularmente doloroso y, desde el punto de vista del progreso, representa un fen\u00f3meno incomprensible de la lucha contra el hombre, que no puede concordarse de ning\u00fan modo con cualquier programa que se defina \u00abhuman\u00edstico\u00bb. Y \u00bfqu\u00e9 tipo de programa social, econ\u00f3mico, pol\u00edtico, cultural podr\u00eda renunciar a esta definici\u00f3n? Nutrimos la profunda convicci\u00f3n de que no hay en el mundo ning\u00fan programa en el que, incluso sobre la plataforma de ideolog\u00edas opuestas acerca de la concepci\u00f3n del mundo, no se ponga siempre en primer plano al hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ahora bien, si a pesar de tales premisas, los derechos del hombre son violados de distintos modos, si en pr\u00e1ctica somos testigos de los campos de concentraci\u00f3n, de la violencia, de la tortura, del terrorismo o de m\u00faltiples discriminaciones, esto debe ser una consecuencia de otras premisas que minan, o a veces anulan casi toda la eficacia de las premisas human\u00edsticas de aquellos programas y sistemas modernos. Se impone entonces necesariamente el deber de someter los mismos programas a una continua revisi\u00f3n desde el punto de vista de los derechos objetivos e inviolables del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Declaraci\u00f3n de estos derechos, junto con la instituci\u00f3n de la Organizaci\u00f3n de las Naciones Unidas, no ten\u00eda ciertamente s\u00f3lo el fin de separarse de las horribles experiencias de la \u00faltima guerra mundial, sino el de crear una base para una continua revisi\u00f3n de los programas, de los sistemas, de los reg\u00edmenes, y precisamente desde este \u00fanico punto de vista fundamental que es el bien del hombre \u2014digamos de la persona en la comunidad\u2014 y que como factor fundamental del bien com\u00fan debe constituir el criterio esencial de todos los programas, sistemas, reg\u00edmenes. En caso contrario, la vida humana, incluso en tiempo de paz, est\u00e1 condenada a distintos sufrimientos y al mismo tiempo, junto con ellos se desarrollan varias formas de dominio totalitario, neocolonialismo, imperialismo, que amenazan tambi\u00e9n la convivencia entre las naciones. En verdad, es un hecho significativo y confirmado repetidas veces por las experiencias de la historia, c\u00f3mo la violaci\u00f3n de los derechos del hombre va acompa\u00f1ada de la violaci\u00f3n de los derechos de la naci\u00f3n, con la que el hombre est\u00e1 unido por v\u00ednculos org\u00e1nicos como a una familia m\u00e1s grande.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ya desde la primera mitad de este siglo, en el per\u00edodo en que se estaban desarrollando varios totalitarismos de Estado, los cuales \u2014como es sabido\u2014 llevaron a la horrible cat\u00e1strofe b\u00e9lica, la Iglesia hab\u00eda delineado claramente su postura frente a estos reg\u00edmenes que en apariencia actuaban por un bien superior, como es el bien del Estado, mientras la historia demostrar\u00eda en cambio que se trataba solamente del bien de un partido, identificado con el estado.111 En realidad aquellos reg\u00edmenes hab\u00edan coartado los derechos de los ciudadanos, neg\u00e1ndoles el reconocimiento debido de los inviolables derechos del hombre que, hacia la mitad de nuestro siglo, han obtenido su formulaci\u00f3n en sede internacional. Al compartir la alegr\u00eda de esta conquista con todos los hombres de buena voluntad, con todos los hombres que aman de veras la justicia y la paz, la Iglesia, consciente de que la sola \u00abletra\u00bb puede matar, mientras solamente \u00abel esp\u00edritu da vida\u00bb,112 debe preguntarse continuamente junto con estos hombres de buena voluntad si la Declaraci\u00f3n de los derechos del hombre y la aceptaci\u00f3n de su \u00abletra\u00bb significan tambi\u00e9n por todas partes la realizaci\u00f3n de su \u00abesp\u00edritu\u00bb. Surgen en efecto temores fundados de que muchas veces estamos a\u00fan lejos de esta realizaci\u00f3n y que tal vez el esp\u00edritu de la vida social y p\u00fablica se halla en una dolorosa oposici\u00f3n con la declarada \u00abletra\u00bb de los derechos del hombre. Este estado de cosas, gravoso para las respectivas sociedades, har\u00eda particularmente responsable, frente a estas sociedades y a la historia del hombre, a aquellos que contribuyen a determinarlo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El sentido esencial del Estado como comunidad pol\u00edtica, consiste en el hecho de que la sociedad y quien la compone el pueblo, es soberano de la propia suerte. Este sentido no llega a realizarse, si en vez del ejercicio del poder mediante la participaci\u00f3n moral de la sociedad o del pueblo, asistimos a la imposici\u00f3n del poder por parte de un determinado grupo a todos los dem\u00e1s miembros de esta sociedad. Estas cosas son esenciales en nuestra \u00e9poca en que ha crecido enormemente la conciencia social de los hombres y con ella la necesidad de una correcta participaci\u00f3n de los ciudadanos en la vida pol\u00edtica de la comunidad, teniendo en cuenta las condiciones de cada pueblo y del vigor necesario de la autoridad p\u00fablica.113 Estos son, pues, problemas de primordial importancia desde el punto de vista del progreso del hombre mismo y del desarrollo global de su humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia ha ense\u00f1ado siempre el deber de actuar por el bien com\u00fan y, al hacer esto, ha educado tambi\u00e9n buenos ciudadanos para cada Estado. Ella, adem\u00e1s, ha ense\u00f1ado siempre que el deber fundamental del poder es la solicitud por el bien com\u00fan de la sociedad; de aqu\u00ed derivan sus derechos fundamentales. Precisamente en nombre de estas premisas concernientes al orden \u00e9tico objetivo, los derechos del poder no pueden ser entendidos de otro modo m\u00e1s que en base al respeto de los derechos objetivos e inviolables del hombre. El bien com\u00fan al que la autoridad sirve en el Estado se realiza plenamente s\u00f3lo cuando todos los ciudadanos est\u00e1n seguros de sus derechos. Sin esto se llega a la destrucci\u00f3n de la sociedad, a la oposici\u00f3n de los ciudadanos a la autoridad, o tambi\u00e9n a una situaci\u00f3n de opresi\u00f3n, de intimidaci\u00f3n, de violencia, de terrorismo, de los que nos han dado bastantes ejemplos los totalitarismos de nuestro siglo. Es as\u00ed como el principio de los derechos del hombre toca profundamente el sector de la justicia social y se convierte en medida para su verificaci\u00f3n fundamental en la vida de los Organismos pol\u00edticos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Entre estos derechos se incluye, y justamente, el derecho a la libertad religiosa junto al derecho de la libertad de conciencia. El Concilio Vaticano II ha considerado particularmente necesaria la elaboraci\u00f3n de una Declaraci\u00f3n m\u00e1s amplia sobre este tema. Es el documento que se titula Dignitatis humanae,114 en el cual se expresa no s\u00f3lo la concepci\u00f3n teol\u00f3gica del problema, sino tambi\u00e9n la concepci\u00f3n desde el punto de vista del derecho natural, es decir, de la postura \u00abpuramente humana\u00bb, sobre la base de las premisas dictadas por la misma experiencia del hombre, por su raz\u00f3n y por el sentido de su dignidad. Ciertamente, la limitaci\u00f3n de la libertad religiosa de las personas o de las comunidades no es s\u00f3lo una experiencia dolorosa, sino que ofende sobre todo a la dignidad misma del hombre, independientemente de la religi\u00f3n profesada o de la concepci\u00f3n que ellas tengan del mundo. La limitaci\u00f3n de la libertad religiosa y su violaci\u00f3n contrastan con la dignidad del hombre y con sus derechos objetivos. El mencionado Documento conciliar dice bastante claramente lo que es tal limitaci\u00f3n y violaci\u00f3n de la libertad religiosa, Indudablemente, nos encontramos en este caso frente a una injusticia radical respecto a lo que es particularmente profundo en el hombre, respecto a lo que es aut\u00e9nticamente humano. De hecho, hasta el mismo fen\u00f3meno de la incredulidad, arreligiosidad y ate\u00edsmo, como fen\u00f3meno humano, se comprende solamente en relaci\u00f3n con el fen\u00f3meno de la religi\u00f3n y de la fe. Es por tanto dif\u00edcil, incluso desde un punto de vista \u00abpuramente humano\u00bb, aceptar una postura seg\u00fan la cual s\u00f3lo el ate\u00edsmo tiene derecho de ciudadan\u00eda en la vida p\u00fablica y social, mientras los hombres creyentes, casi por principio, son apenas tolerados, o tambi\u00e9n tratados como ciudadanos de \u00abcategor\u00eda inferior\u00bb, e incluso \u2014cosa que ya ha ocurrido\u2014 son privados totalmente de los derechos de ciudadan\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay que tratar tambi\u00e9n, aunque sea brevemente, este tema porque entra dentro del complejo de situaciones del hombre en el mundo actual, porque da testimonio de cu\u00e1nto se ha agravado esta situaci\u00f3n debido a prejuicios e injusticias de distinto orden. Prescindiendo de entrar en detalles precisamente en este campo, en el que tendr\u00edamos un especial derecho y deber de hacerlo, es sobre todo porque, juntamente con todos los que sufren los tormentos de la discriminaci\u00f3n y de la persecuci\u00f3n por el nombre de Dios, estamos guiados por la fe en la fuerza redentora de la cruz de Cristo. Sin embargo, en el ejercicio de mi ministerio espec\u00edfico, deseo, en nombre de todos los hombres creyentes del mundo entero, dirigirme a aquellos de quienes, de alg\u00fan modo, depende la organizaci\u00f3n de la vida social y p\u00fablica, pidi\u00e9ndoles ardientemente que respeten los derechos de la religi\u00f3n y de la actividad de la Iglesia. No se trata de pedir ning\u00fan privilegio, sino el respeto de un derecho fundamental. La actuaci\u00f3n de este derecho es una de las verificaciones fundamentales del aut\u00e9ntico progreso del hombre en todo r\u00e9gimen, en toda sociedad sistema o ambiente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">IV. LA MISI\u00d3N DE LA IGLESIA Y LA SUERTE DEL HOMBRE<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">18. La Iglesia sol\u00edcita por la vocaci\u00f3n del hombre en Cristo<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta mirada, necesariamente sumaria, a la situaci\u00f3n del hombre en el mundo contempor\u00e1neo nos hace dirigir a\u00fan m\u00e1s nuestros pensamientos y nuestros corazones a Jesucristo, hacia el misterio de la Redenci\u00f3n, donde el problema del hombre est\u00e1 inscrito con una fuerza especial de verdad y de amor. Si Cristo \u00abse ha unido en cierto modo a todo hombre\u00bb,115 la Iglesia, penetrando en lo \u00edntimo de este misterio, en su lenguaje rico y universal, vive tambi\u00e9n m\u00e1s profundamente la propia naturaleza y misi\u00f3n. No en vano el Ap\u00f3stol habla del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.116 Si este Cuerpo M\u00edstico es Pueblo de Dios \u2014como dir\u00e1 enseguida el Concilio Vaticano II, bas\u00e1ndose en toda la tradici\u00f3n b\u00edblica y patr\u00edstica\u2014 esto significa que todo hombre est\u00e1 penetrado por aquel soplo de vida que proviene de Cristo. De este modo, tambi\u00e9n el fijarse en el hombre, en sus problemas reales, en sus esperanzas y sufrimientos, conquistas y ca\u00eddas, hace que la Iglesia misma como cuerpo, como organismo, como unidad social perciba los mismos impulsos divinos, las luces y las fuerzas del Esp\u00edritu que provienen de Cristo crucificado y resucitado, y es as\u00ed como ella vive su vida. La Iglesia no tiene otra vida fuera de aquella que le da su Esposo y Se\u00f1or. En efecto, precisamente porque Cristo en su misterio de Redenci\u00f3n se ha unido a ella, la Iglesia debe estar fuertemente unida con todo hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta uni\u00f3n de Cristo con el hombre es en s\u00ed misma un misterio, del que nace el \u00abhombre nuevo\u00bb,117 llamado a participar en la vida de Dios, creado nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y verdad.118 La uni\u00f3n de Cristo con el hombre es la fuerza y la fuente de la fuerza, seg\u00fan la incisiva expresi\u00f3n de San Juan en el pr\u00f3logo de su Evangelio: \u00abDios dioles poder de venir a ser hijos\u00bb.119 Esta es la fuerza que transforma interiormente al hombre, como principio de una vida nueva que no se desvanece y no pasa, sino que dura hasta la vida eterna.120 Esta vida prometida y dada a cada hombre por el Padre en Jesucristo, Hijo eterno y unig\u00e9nito, encarnado y nacido \u00abal llegar la plenitud de los tiempos\u00bb121 de la Virgen Mar\u00eda, es el final cumplimiento de la vocaci\u00f3n del hombre. Es de alg\u00fan modo cumplimiento de la \u00absuerte\u00bb que desde la eternidad Dios le ha preparado. Esta \u00absuerte divina\u00bb se hace camino, por encima de todos los enigmas, inc\u00f3gnitas, tortuosidades, curvas de la \u00absuerte humana\u00bb en el mundo temporal. En efecto, si todo esto lleva, aun con toda la riqueza de la vida temporal, por inevitable necesidad a la frontera de la muerte y a la meta de la destrucci\u00f3n del cuerpo humano, Cristo se nos aparece m\u00e1s all\u00e1 de esta meta: \u00abYo soy la resurrecci\u00f3n y la vida; el que cree en m\u00ed &#8230; no morir\u00e1 para siempre\u00bb.122 En Jesucristo crucificado, depositado en el sepulcro y despu\u00e9s resucitado, \u00abbrilla para nosotros la esperanza de la feliz resurrecci\u00f3n &#8230;, la promesa de la futura inmortalidad\u00bb,123 hacia la cual el hombre, a trav\u00e9s de la muerte del cuerpo, va compartiendo con todo lo creado visible esta necesidad a la que est\u00e1 sujeta la materia. Entendemos y tratamos de profundizar cada vez m\u00e1s el lenguaje de esta verdad que el Redentor del hombre ha encerrado en la frase: \u00abEl Esp\u00edritu es el que da vida, la carne no aprovecha para nada\u00bb.124 Estas palabras, no obstante las apariencias, expresan la m\u00e1s alta afirmaci\u00f3n del hombre: la afirmaci\u00f3n del cuerpo, al que vivifica el esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia vive esta realidad, vive de esta verdad sobre el hombre, que le permite atravesar las fronteras de la temporalidad y, al mismo tiempo, pensar con particular amor y solicitud en todo aquello que, en las dimensiones de esta temporalidad, incide sobre la vida del hombre, sobre la vida del esp\u00edritu humano, en el que se manifiesta aquella perenne inquietud de que hablaba San Agust\u00edn: \u00abNos has hecho, Se\u00f1or, para ti e inquieto est\u00e1 nuestro coraz\u00f3n hasta que descanse en ti\u00bb.125 En esta inquietud creadora bate y pulsa lo que es m\u00e1s profundamente humano: la b\u00fasqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de la libertad, la nostalgia de lo bello, la voz de la conciencia. La Iglesia, tratando de mirar al hombre como con \u00ablos ojos de Cristo mismo\u00bb, se hace cada vez m\u00e1s consciente de ser la custodia de un gran tesoro, que no le es l\u00edcito estropear, sino que debe crecer continuamente. En efecto, el Se\u00f1or Jes\u00fas dijo: \u00abEl que no est\u00e1 conmigo, est\u00e1 contra m\u00ed\u00bb.126 El tesoro de la humanidad, enriquecido por el inefable misterio de la filiaci\u00f3n divina,127 de la gracia de \u00abadopci\u00f3n\u00bb128 en el Unig\u00e9nito Hijo de Dios, mediante el cual decimos a Dios \u00ab\u00a1Abb\u00e1!, \u00a1Padre!\u00bb,129 es tambi\u00e9n una fuerza poderosa que unifica a la Iglesia, sobre todo desde dentro, y da sentido a toda su actividad. Por esta fuerza, la Iglesia se une con el Esp\u00edritu de Cristo, con el Esp\u00edritu Santo que el Redentor hab\u00eda prometido, que comunica constantemente y cuya venida, revelada el d\u00eda de Pentecost\u00e9s, perdura siempre. De este modo en los hombres se revelan las fuerzas del Esp\u00edritu,130 los dones del Esp\u00edritu,131 los frutos del Esp\u00edritu Santo.132 La Iglesia de nuestro tiempo parece repetir con fervor cada vez mayor y con santa insistencia: \u00a1Ven, Esp\u00edritu Santo! \u00a1Ven! \u00a1Ven! \u00a1Riega la tierra en sequ\u00eda! \u00a1sana el coraz\u00f3n enfermo! \u00a1Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo! \u00a1Doma el esp\u00edritu ind\u00f3mito, gu\u00eda al que tuerce el sendero!\u00bb.133<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta s\u00faplica al Esp\u00edritu, dirigida precisamente a obtener el Esp\u00edritu, es la respuesta a todos \u00ablos materialismos\u00bb de nuestra \u00e9poca. Son ellos los que hacen nacer tantas formas de insaciabilidad del coraz\u00f3n humano. Esta s\u00faplica se hace sentir en diversas partes y parece que fructifica tambi\u00e9n de modos diversos. \u00bfSe puede decir que en esta s\u00faplica la Iglesia no est\u00e1 sola? S\u00ed, se puede decir porque \u00abla necesidad\u00bb de lo que es espiritual es manifestada tambi\u00e9n por personas que se encuentran fuera de los confines visibles de la Iglesia.134 \u00bfNo lo confirma quiz\u00e1 esto aquella verdad sobre la Iglesia, puesta en evidencia con tanta agudeza por el reciente Concilio en la Constituci\u00f3n dogm\u00e1tica Lumen gentium, all\u00ed donde ense\u00f1a que la Iglesia es \u00absacramento\u00bb o signo e instrumento de la \u00edntima uni\u00f3n con Dios y de la unidad de todo el g\u00e9nero humano?\u00bb.135 Esta invocaci\u00f3n al Esp\u00edritu y por el Esp\u00edritu no es m\u00e1s que un constante introducirse en la plena dimensi\u00f3n del misterio de la Redenci\u00f3n, en que Cristo unido al Padre y con todo hombre nos comunica continuamente el Esp\u00edritu que infunde en nosotros los sentimientos del Hijo y nos orienta al Padre.136 Por esta raz\u00f3n la Iglesia de nuestro tiempo \u2014\u00e9poca particularmente hambrienta de Esp\u00edritu, porque est\u00e1 hambrienta de justicia, de paz, de amor, de bondad, de fortaleza, de responsabilidad, de dignidad humana\u2014 debe concentrarse y reunirse en torno a ese misterio, encontrando en \u00e9l la luz y la fuerza indispensables para la propia misi\u00f3n. Si, en efecto, \u2014como se dijo anteriormente\u2014 el hombre es el camino de vida cotidiana de la Iglesia, es necesario que la misma Iglesia sea siempre consciente de la dignidad de la adopci\u00f3n divina que obtiene el hombre en Cristo, por la gracia del Esp\u00edritu Santo137 y de la destinaci\u00f3n a la gracia y a la gloria.138 Reflexionando siempre de nuevo sobre todo esto, acept\u00e1ndolo con una fe cada vez m\u00e1s consciente y con un amor cada vez m\u00e1s firme, la Iglesia se hace al mismo tiempo m\u00e1s id\u00f3nea al servicio del hombre, al que Cristo Se\u00f1or la llama cuando dice: \u00abEl Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir\u00bb.139 La Iglesia cumple este ministerio suyo, participando en el \u00abtriple oficio\u00bb que es propio de su mismo Maestro y Redentor. Esta doctrina, con su fundamento b\u00edblico, ha sido expuesta con plena claridad, ha sido sacada a la luz de nuevo por el Concilio Vaticano II, con gran ventaja para la vida de la Iglesia. Cuando, efectivamente, nos hacemos conscientes de la participaci\u00f3n en la triple misi\u00f3n de Cristo, en su triple oficio \u2014sacerdotal, prof\u00e9tico y real\u2014, 140 nos hacemos tambi\u00e9n m\u00e1s conscientes de aquello a lo que debe servir toda la Iglesia, como sociedad y comunidad del Pueblo de Dios sobre la tierra, comprendiendo asimismo cu\u00e1l debe ser la participaci\u00f3n de cada uno de nosotros en esta misi\u00f3n y servicio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">19. La Iglesia responsable de la verdad<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed, a la luz de la sagrada doctrina del Concilio Vaticano II, la Iglesia se presenta ante nosotros como sujeto social de la responsabilidad de la verdad divina. Con profunda emoci\u00f3n escuchamos a Cristo mismo cuando dice: \u00abLa palabra que o\u00eds no es m\u00eda, sino del Padre, que me ha enviado\u00bb.141 En esta afirmaci\u00f3n de nuestro Maestro, \u00bfno se advierte quiz\u00e1s la responsabilidad por la verdad revelada, que es \u00abpropiedad\u00bb de Dios mismo, si incluso \u00c9l, \u00abHijo unig\u00e9nito\u00bb que vive \u00aben el seno del Padre\u00bb,142 cuando la transmite como profeta y maestro, siente la necesidad de subrayar que act\u00faa en fidelidad plena a su divina fuente? La misma fidelidad debe ser una cualidad constitutiva de la fe de la Iglesia, ya sea cuando ense\u00f1a, ya sea cuando la profesa. La fe, como virtud sobrenatural espec\u00edfica infundida en el esp\u00edritu humano, nos hace part\u00edcipes del conocimiento de Dios, como respuesta a su Palabra revelada. Por esto se exige de la Iglesia, cuando profesa y ense\u00f1a la fe, est\u00e9 \u00edntimamente unida a la verdad divina 143 y la traduzca en conductas vividas de \u00abrationabile obsequium\u00bb,144 obsequio conforme con la raz\u00f3n. Cristo mismo, para garantizar la fidelidad a la verdad divina, prometi\u00f3 a la Iglesia la asistencia especial del Esp\u00edritu de verdad, dio el don de la infalibilidad 145 a aquellos a quienes ha confiado el mandato de transmitir esta verdad y de ense\u00f1arla 146 \u2014como hab\u00eda definido ya claramente el Concilio Vaticano I 147 y, despu\u00e9s, repiti\u00f3 el Concilio Vaticano II 148\u2014 y dot\u00f3, adem\u00e1s, a todo el Pueblo de Dios de un especial sentido de la fe.149<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por consiguiente, hemos sido hechos part\u00edcipes de esta misi\u00f3n de Cristo, profeta, y en virtud de la misma misi\u00f3n, junto con \u00c9l servimos la verdad divina en la Iglesia. La responsabilidad de esta verdad significa tambi\u00e9n amarla y buscar su comprensi\u00f3n m\u00e1s exacta, para hacerla m\u00e1s cercana a nosotros mismos y a los dem\u00e1s en toda su fuerza salv\u00edfica, en su esplendor, en su profundidad y sencillez juntamente. Este amor y esta aspiraci\u00f3n a comprender la verdad deben ir juntas, como demuestran las vidas de los Santos de la Iglesia. Ellos estaban iluminados por la aut\u00e9ntica luz que aclara la verdad divina, porque se aproximaban a esta verdad con veneraci\u00f3n y amor: amor sobre todo a Cristo, Verbo viviente de la verdad divina y, luego, amor a su expresi\u00f3n humana en el Evangelio, en la tradici\u00f3n y en la teolog\u00eda. Tambi\u00e9n hoy son necesarias, ante todo, esta comprensi\u00f3n y esta interpretaci\u00f3n de la Palabra divina; es necesaria esta teolog\u00eda. La teolog\u00eda tuvo siempre y contin\u00faa teniendo una gran importancia, para que la Iglesia, Pueblo de Dios, pueda de manera creativa y fecunda participar en la misi\u00f3n prof\u00e9tica de Cristo. Por esto, los te\u00f3logos, como servidores de la verdad divina, dedican sus estudios y trabajos a una comprensi\u00f3n siempre m\u00e1s penetrante de la misma, no pueden nunca perder de vista el significado de su servicio en la Iglesia, incluido en el concepto del \u00abintellectus fidei\u00bb. Este concepto funciona, por as\u00ed decirlo, con ritmo bilateral, seg\u00fan la expresi\u00f3n de S. Agust\u00edn: \u00abintellege, ut credas; crede, ut intellegas\u00bb,150 y funciona de manera correcta cuando ellos buscan servir al Magisterio, confiado en la Iglesia a los Obispos, unidos con el v\u00ednculo de la comuni\u00f3n jer\u00e1rquica con el Sucesor de Pedro, y cuando ponen al servicio su solicitud en la ense\u00f1anza y en la pastoral, como tambi\u00e9n cuando se ponen al servicio de los compromisos apost\u00f3licos de todo el Pueblo de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como en las \u00e9pocas anteriores, as\u00ed tambi\u00e9n hoy \u2014y quiz\u00e1s todav\u00eda m\u00e1s\u2014 los te\u00f3logos y todos los hombres de ciencia en la Iglesia est\u00e1n llamados a unir la fe con la ciencia y la sabidur\u00eda, para contribuir a su rec\u00edproca compenetraci\u00f3n, como leemos en la oraci\u00f3n lit\u00fargica en la fiesta de San Alberto, doctor de la Iglesia. Este compromiso hoy se ha ampliado enormemente por el progreso de la ciencia humana, de sus m\u00e9todos y de sus conquistas en el conocimiento del mundo y del hombre. Esto se refiere tanto a las ciencias exactas, como a las ciencias humanas, as\u00ed como tambi\u00e9n a la filosof\u00eda, cuya estrecha trabaz\u00f3n con la teolog\u00eda ha sido recordada por el Concilio Vaticano II.151<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este campo del conocimiento humano, que continuamente se ampl\u00eda y al mismo tiempo se diferencia, tambi\u00e9n la fe debe profundizarse constantemente, manifestando la dimensi\u00f3n del misterio revelado y tendiendo a la comprensi\u00f3n de la verdad, que tiene en Dios la \u00fanica fuente suprema. Si es l\u00edcito \u2014y es necesario incluso desearlo\u2014 que el enorme trabajo por desarrollar en este sentido tome en consideraci\u00f3n un cierto pluralismo de m\u00e9todos, sin embargo dicho trabajo no puede alejarse de la unidad fundamental en la ense\u00f1anza de la Fe y de la Moral, como fin que le es propio. Es, por tanto, indispensable una estrecha colaboraci\u00f3n de la teolog\u00eda con el Magisterio. Cada te\u00f3logo debe ser particularmente consciente de lo que Cristo mismo expres\u00f3, cuando dijo: \u00abLa palabra que o\u00eds no es m\u00eda, sino del Padre, que me ha enviado\u00bb.152 Nadie, pues, puede hacer de la teolog\u00eda una especie de colecci\u00f3n de los propios conceptos personales; sino que cada uno debe ser consciente de permanecer en estrecha uni\u00f3n con esta misi\u00f3n de ense\u00f1ar la verdad, de la que es responsable la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La participaci\u00f3n en la misi\u00f3n prof\u00e9tica de Cristo mismo forja la vida de toda la Iglesia, en su dimensi\u00f3n fundamental. Una participaci\u00f3n particular en esta misi\u00f3n compete a los Pastores de la Iglesia, los cuales ense\u00f1an y, sin interrupci\u00f3n y de diversos modos, anuncian y transmiten la doctrina de la fe y de la moral cristiana. Esta ense\u00f1anza, tanto bajo el aspecto misionero como bajo el ordinario, contribuye a reunir al Pueblo de Dios en torno a Cristo, prepara a la participaci\u00f3n en la Eucarist\u00eda, indica los caminos de la vida sacramental. El S\u00ednodo de los Obispos, en 1977, dedic\u00f3 una atenci\u00f3n especial a la catequesis en el mundo contempor\u00e1neo, y el fruto maduro de sus deliberaciones, experiencias y sugerencias encontrar\u00e1, dentro de poco, su concreci\u00f3n \u2014seg\u00fan la propuesta de los participantes en el S\u00ednodo\u2014 en un expreso Documento pontificio. La catequesis constituye, ciertamente, una forma perenne y al mismo tiempo fundamental de la actividad de la Iglesia, en la que se manifiesta su carisma prof\u00e9tico: testimonio y ense\u00f1anza van unidos. Y aunque aqu\u00ed se habla en primer lugar de los Sacerdotes, no es posible no recordar tambi\u00e9n el gran n\u00famero de Religiosos y Religiosas, que se dedican a la actividad catequ\u00edstica por amor al divino Maestro. Ser\u00eda, en fin, dif\u00edcil no mencionar a tantos laicos, que en esta actividad encuentran la expresi\u00f3n de su fe y de la responsabilidad apost\u00f3lica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Adem\u00e1s, es cada vez m\u00e1s necesario procurar que las distintas formas de catequesis y sus diversos campos \u2014empezando por la forma fundamental, que es la catequesis \u00abfamiliar\u00bb, es decir, la catequesis de los padres a sus propios hijos\u2014 atestig\u00fcen la participaci\u00f3n universal de todo el Pueblo de Dios en el oficio prof\u00e9tico de Cristo mismo. Conviene que, unida a este hecho, la responsabilidad de la Iglesia por la verdad divina sea cada vez m\u00e1s, y de distintos modos, compartida por todos. \u00bfY qu\u00e9 decir aqu\u00ed de los especialistas en las distintas materias, de los representantes de las ciencias naturales, de las letras, de los m\u00e9dicos, de los juristas, de los hombres del arte y de la t\u00e9cnica, de los profesores de los distintos grados y especializaciones? Todos ellos \u2014como miembros del Pueblo de Dios\u2014 tienen su propia parte en la misi\u00f3n prof\u00e9tica de Cristo, en su servicio a la verdad divina, incluso mediante la actitud honesta respecto a la verdad, en cualquier campo que \u00e9sta pertenezca, mientras educan a los otros en la verdad y los ense\u00f1an a madurar en el amor y la justicia. As\u00ed, pues, el sentido de responsabilidad por la verdad es uno de los puntos fundamentales de encuentro de la Iglesia con cada hombre, y es igualmente una de las exigencias fundamentales, que determinan la vocaci\u00f3n del hombre en la comunidad de la Iglesia. La Iglesia de nuestros tiempos, guiada por el sentido de responsabilidad por la verdad, debe perseverar en la fidelidad a su propia naturaleza, a la cual toca la misi\u00f3n prof\u00e9tica que procede de Cristo mismo: \u00abComo me envi\u00f3 mi Padre, as\u00ed os env\u00edo yo &#8230; Recibid el Esp\u00edritu Santo\u00bb.153<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">20. Eucarist\u00eda y penitencia<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el misterio de la Redenci\u00f3n, es decir, de la acci\u00f3n salv\u00edfica realizada por Jesucristo, la Iglesia participa en el Evangelio de su Maestro no s\u00f3lo mediante la fidelidad a la Palabra y por medio del servicio a la verdad, sino igualmente mediante la sumisi\u00f3n, llena de esperanza y de amor, participa en la fuerza de la acci\u00f3n redentora, que \u00c9l hab\u00eda expresado y concretado en forma sacramental, sobre todo en la Eucarist\u00eda.154 Este es el centro y el v\u00e9rtice de toda la vida sacramental, por medio de la cual cada cristiano recibe la fuerza salv\u00edfica de la Redenci\u00f3n, empezando por el misterio del Bautismo, en el que somos sumergidos en la muerte de Cristo, para ser part\u00edcipes de su Resurrecci\u00f3n155 como ense\u00f1a el Ap\u00f3stol. A la luz de esta doctrina, resulta a\u00fan m\u00e1s clara la raz\u00f3n por la que toda la vida sacramental de la Iglesia y de cada cristiano alcanza su v\u00e9rtice y su plenitud precisamente en la Eucarist\u00eda. En efecto, en este Sacramento se renueva continuamente, por voluntad de Cristo, el misterio del sacrificio, que \u00c9l hizo de s\u00ed mismo al Padre sobre el altar de la Cruz: sacrificio que el Padre acept\u00f3, cambiando esta entrega total de su Hijo que se hizo \u00abobediente hasta la muerte\u00bb156 con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrecci\u00f3n, porque el Padre es el primer origen y el dador de la vida desde el principio. Aquella vida nueva, que implica la glorificaci\u00f3n corporal de Cristo crucificado, se ha hecho signo eficaz del nuevo don concedido a la humanidad, don que es el Esp\u00edritu Santo, mediante el cual la vida divina, que el Padre tiene en s\u00ed y que da a su Hijo,157 es comunicada a todos los hombres que est\u00e1n unidos a Cristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Eucarist\u00eda es el Sacramento m\u00e1s perfecto de esta uni\u00f3n. Celebrando y al mismo tiempo participando en la Eucarist\u00eda, nosotros nos unimos a Cristo terrestre y celestial que intercede por nosotros al Padre,158 pero nos unimos siempre por medio del acto redentor de su sacrificio, por medio del cual \u00c9l nos ha redimido, de tal forma que hemos sido \u00abcomprados a precio\u00bb.159 El precio \u00abde nuestra redenci\u00f3n demuestra, igualmente, el valor que Dios mismo atribuye al hombre, demuestra nuestra dignidad en Cristo. Llegando a ser, en efecto, \u00abhijos de Dios\u00bb,160 hijos de adopci\u00f3n,161 a su semejanza llegamos a ser al mismo tiempo \u00abreino y sacerdotes\u00bb, obtenemos \u00abel sacerdocio regio\u00bb,162 es decir, participamos en la \u00fanica e irreversible devoluci\u00f3n del hombre y del mundo al Padre, que \u00c9l, Hijo eterno163 y al mismo tiempo verdadero Hombre, hizo de una vez para siempre. La Eucarist\u00eda es el Sacramento en que se expresa m\u00e1s cabalmente nuestro nuevo ser, en el que Cristo mismo, incesantemente y siempre de una manera nueva, \u00abcertifica\u00bb en el Esp\u00edritu Santo a nuestro esp\u00edritu164 que cada uno de nosotros, como part\u00edcipe del misterio de la Redenci\u00f3n, tiene acceso a los frutos de la filial reconciliaci\u00f3n con Dios,165 que \u00c9l mismo hab\u00eda realizado y siempre realiza entre nosotros mediante el ministerio de la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es verdad esencial, no s\u00f3lo doctrinal sino tambi\u00e9n existencial, que la Eucarist\u00eda construye la Iglesia,166 y la construye como aut\u00e9ntica comunidad del Pueblo de Dios, como asamblea de los fieles, marcada por el mismo car\u00e1cter de unidad, del cual participaron los Ap\u00f3stoles y los primeros disc\u00edpulos del Se\u00f1or. La Eucarist\u00eda la construye y la regenera a base del sacrificio de Cristo mismo, porque conmemora su muerte en la cruz,167 con cuyo precio hemos sido redimidos por \u00c9l. Por esto, en la Eucarist\u00eda tocamos en cierta manera el misterio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Se\u00f1or, como atestiguan las mismas palabras en el momento de la instituci\u00f3n, las cuales, en virtud de \u00e9sta, han llegado a ser las palabras de la celebraci\u00f3n perenne de la Eucarist\u00eda por parte de los llamados a este ministerio en la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia vive de la Eucarist\u00eda, vive de la plenitud de este Sacramento, cuyo maravilloso contenido y significado han encontrado a menudo su expresi\u00f3n en el Magisterio de la Iglesia, desde los tiempos m\u00e1s remotos hasta nuestros d\u00edas.168<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, podemos decir con certeza que esta ense\u00f1anza \u2014sostenida por la agudeza de los te\u00f3logos, por los hombres de fe profunda y de oraci\u00f3n, por los ascetas y m\u00edsticos, en toda su fidelidad al misterio eucar\u00edstico\u2014 queda casi sobre el umbral, siendo incapaz de alcanzar y de traducir en palabras lo que es la Eucarist\u00eda en toda su plenitud, lo que expresa y lo que en ella se realiza. En efecto, ella es el Sacramento inefable. El empe\u00f1o esencial y, sobre todo, la gracia visible y fuente de la fuerza sobrenatural de la Iglesia como Pueblo de Dios, es el perseverar y el avanzar constantemente en la vida eucar\u00edstica, en la piedad eucar\u00edstica, el desarrollo espiritual en el clima de la Eucarist\u00eda. Con mayor raz\u00f3n, pues, no es l\u00edcito ni en el pensamiento ni en la vida ni en la acci\u00f3n, quitar a este Sacramento, verdaderamente sant\u00edsimo, su dimensi\u00f3n plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comuni\u00f3n, Sacramento-Presencia. Y aunque es verdad que la Eucarist\u00eda fue siempre y debe ser ahora la m\u00e1s profunda revelaci\u00f3n y celebraci\u00f3n de la fraternidad humana de los disc\u00edpulos y confesores de Cristo, no puede ser tratada s\u00f3lo como una \u00abocasi\u00f3n\u00bb para manifestar esta fraternidad. Al celebrar el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Se\u00f1or, es necesario respetar la plena dimensi\u00f3n del misterio divino, el sentido pleno de este signo sacramental en el cual Cristo, realmente presente es recibido, el alma es llenada de gracias y es dada la prenda de la futura gloria.169 De aqu\u00ed deriva el deber de una rigurosa observancia de las normas lit\u00fargicas y de todo lo que atestigua el culto comunitario tributado a Dios mismo, tanto m\u00e1s porque, en este signo sacramental, \u00c9l se entrega a nosotros con confianza ilimitada, como si no tomase en consideraci\u00f3n nuestra debilidad humana, nuestra indignidad, los h\u00e1bitos, las rutinas o, incluso, la posibilidad de ultraje. Todos en la Iglesia, pero sobre todo los Obispos y los Sacerdotes, deben vigilar para que este Sacramento de amor sea el centro de la vida del Pueblo de Dios, para que, a trav\u00e9s de todas las manifestaciones del culto debido, se procure devolver a Cristo \u00abamor por amor\u00bb, para que \u00c9l llegue a ser verdaderamente \u00abvida de nuestras almas\u00bb.170 Ni, por otra parte, podremos olvidar jam\u00e1s las siguientes palabras de San Pablo: \u00abExam\u00ednese, pues, el hombre a s\u00ed mismo, y entonces coma del pan y beba del c\u00e1liz\u00bb.171<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta invitaci\u00f3n del Ap\u00f3stol indica, al menos indirectamente, la estrecha uni\u00f3n entre la Eucarist\u00eda y la Penitencia. En efecto, si la primera palabra de la ense\u00f1anza de Cristo, la primera frase del Evangelio-Buena Nueva, era \u00abarrepent\u00edos y creed en el Evangelio\u00bb(metanoe\u00eete),172 el Sacramento de la Pasi\u00f3n, de la Cruz y Resurrecci\u00f3n parece reforzar y consolidar de manera especial esta invitaci\u00f3n en nuestras almas. La Eucarist\u00eda y la Penitencia toman as\u00ed, en cierto modo, una dimensi\u00f3n doble, y al mismo tiempo \u00edntimamente relacionada, de la aut\u00e9ntica vida seg\u00fan el esp\u00edritu del Evangelio, vida verdaderamente cristiana. Cristo, que invita al banquete eucar\u00edstico, es siempre el mismo Cristo que exhorta a la penitencia, que repite el \u00abarrepent\u00edos\u00bb.173 Sin este constante y siempre renovado esfuerzo por la conversi\u00f3n, la participaci\u00f3n en la Eucarist\u00eda estar\u00eda privada de su plena eficacia redentora, disminuir\u00eda o, de todos modos, estar\u00eda debilitada en ella la disponibilidad especial para ofrecer a Dios el sacrificio espiritual,174 en el que se expresa de manera esencial y universal nuestra participaci\u00f3n en el sacerdocio de Cristo. En Cristo, en efecto, el sacerdocio est\u00e1 unido con el sacrificio propio, con su entrega al Padre; y tal entrega, precisamente porque es ilimitada, hace nacer en nosotros \u2014hombres sujetos a m\u00faltiples limitaciones\u2014 la necesidad de dirigirnos hacia Dios de forma siempre m\u00e1s madura y con una constante conversi\u00f3n, siempre m\u00e1s profunda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En los \u00faltimos a\u00f1os se ha hecho mucho para poner en evidencia \u2014en conformidad, por otra parte, con la antigua tradici\u00f3n de la Iglesia\u2014 el aspecto comunitario de la penitencia y, sobre todo, del sacramento de la Penitencia en la pr\u00e1ctica de la Iglesia. Estas iniciativas son \u00fatiles y servir\u00e1n ciertamente para enriquecer la praxis penitencial de la Iglesia contempor\u00e1nea. No podemos, sin embargo, olvidar que la conversi\u00f3n es un acto interior de una especial profundidad, en el que el hombre no puede ser sustituido por los otros, no puede hacerse \u00abreemplazar\u00bb por la comunidad. Aunque la comunidad fraterna de los fieles, que participan en la celebraci\u00f3n penitencial, ayude mucho al acto de la conversi\u00f3n personal, sin embargo, en definitiva, es necesario que en este acto se pronuncie el individuo mismo, con toda la profundidad de su conciencia, con todo el sentido de su culpabilidad y de su confianza en Dios, poni\u00e9ndose ante \u00c9l, como el salmista, para confesar: \u00abcontra ti solo he pecado\u00bb.175 La Iglesia, pues, observando fielmente la praxis plurisecular del Sacramento de la Penitencia \u2014la pr\u00e1ctica de la confesi\u00f3n individual, unida al acto personal de dolor y al prop\u00f3sito de la enmienda y satisfacci\u00f3n\u2014 defiende el derecho particular del alma. Es el derecho a un encuentro del hombre m\u00e1s personal con Cristo crucificado que perdona, con Cristo que dice, por medio del ministro del sacramento de la Reconciliaci\u00f3n: \u00abtus pecados te son perdonados\u00bb;176 \u00abvete y no peques m\u00e1s\u00bb.177 Como es evidente, \u00e9ste es al mismo tiempo el derecho de Cristo mismo hacia cada hombre redimido por \u00c9l. Es el derecho a encontrarse con cada uno de nosotros en aquel momento-clave de la vida del alma, que es el momento de la conversi\u00f3n y del perd\u00f3n. La Iglesia, custodiando el sacramento de la Penitencia, afirma expresamente su fe en el misterio de la Redenci\u00f3n, como realidad viva y vivificante, que corresponde a la verdad interior del hombre, corresponde a la culpabilidad humana y tambi\u00e9n a los deseos de la conciencia humana. \u00abBienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos ser\u00e1n hartos\u00bb.178 El sacramento de la Penitencia es el medio para saciar al hombre con la justicia que proviene del mismo Redentor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la Iglesia, que especialmente en nuestro tiempo se re\u00fane en torno a la Eucarist\u00eda, y desea que la aut\u00e9ntica comuni\u00f3n eucar\u00edstica sea signo de la unidad de todos los cristianos \u2014unidad que est\u00e1 madurando gradualmente\u2014 debe ser viva la necesidad de la penitencia, tanto en su aspecto sacramental,179 como en lo referente a la penitencia como virtud. Este segundo aspecto fue expresado por Pablo VI en la Constituci\u00f3n Apost\u00f3lica Paenitemini.180 Una de las tareas de la Iglesia es poner en pr\u00e1ctica la ense\u00f1anza all\u00ed contenida. Se trata de un tema que deber\u00e1 ciertamente ser profundizado por nosotros en la reflexi\u00f3n com\u00fan, y hecho objeto de muchas decisiones posteriores, en esp\u00edritu de colegialidad pastoral, respetando las diversas tradiciones a este prop\u00f3sito y las diversas circunstancias de la vida de los hombres de nuestro tiempo. Sin embargo, es cierto que la Iglesia del nuevo Adviento, la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Se\u00f1or, debe ser la Iglesia de la Eucarist\u00eda y de la Penitencia. S\u00f3lo bajo ese aspecto espiritual de su vitalidad y de su actividad, es esta la Iglesia de la misi\u00f3n divina, la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha revelado el Concilio Vaticano II.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">21. Vocaci\u00f3n cristiana: servir y reinar<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio Vaticano II, construyendo desde la misma base la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios \u2014a trav\u00e9s de la indicaci\u00f3n de la triple misi\u00f3n del mismo Cristo, participando en ella, nosotros formamos verdaderamente parte del pueblo de Dios\u2014 ha puesto de relieve tambi\u00e9n esta caracter\u00edstica de la vocaci\u00f3n cristiana, que puede definirse \u00abreal\u00bb. Para presentar toda la riqueza de la doctrina conciliar, har\u00eda falta citar numerosos cap\u00edtulos y p\u00e1rrafos de la Constituci\u00f3n Lumen gentium y otros documentos conciliares. En medio de tanta riqueza, parece que emerge un elemento: la participaci\u00f3n en la misi\u00f3n real de Cristo, o sea el hecho de re-descubrir en s\u00ed y en los dem\u00e1s la particular dignidad de nuestra vocaci\u00f3n, que puede definirse como \u00abrealeza\u00bb. Esta dignidad se expresa en la disponibilidad a servir, seg\u00fan el ejemplo de Cristo, que \u00abno ha venido para ser servido, sino para servir\u00bb.181 Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente \u00abreinar\u00bb s\u00f3lo \u00absirviendo\u00bb, a la vez el \u00abservir\u00bb exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el \u00abreinar\u00bb. Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio. Nuestra participaci\u00f3n en la misi\u00f3n real de Cristo \u2014concretamente en su \u00abfunci\u00f3n real\u00bb (munus\u2014 est\u00e1 \u00edntimamente unida a todo el campo de la moral cristiana y a la vez humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio Vaticano II, presentando el cuadro completo del Pueblo de Dios, recordando qu\u00e9 puesto ocupan en \u00e9l no s\u00f3lo los sacerdotes, sino tambi\u00e9n los seglares, no s\u00f3lo los representantes de la Jerarqu\u00eda, sino adem\u00e1s los de los Institutos de vida consagrada, no ha sacado esta imagen \u00fanicamente de una premisa sociol\u00f3gica. La Iglesia, como sociedad humana, puede sin duda ser tambi\u00e9n examinada seg\u00fan las categor\u00edas de las que se sirven las ciencias en sus relaciones hacia cualquier tipo de sociedad. Pero estas categor\u00edas son insuficientes. Para la entera comunidad del Pueblo de Dios y para cada uno de sus miembros, no se trata s\u00f3lo de una espec\u00edfica \u00abpertenencia social\u00bb, sino que es m\u00e1s bien esencial, para cada uno y para todos, una concreta \u00abvocaci\u00f3n\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En efecto, la Iglesia como Pueblo de Dios \u2014seg\u00fan la ense\u00f1anza antes citada de San Pablo y recordada admirablemente por P\u00edo XII\u2014 es tambi\u00e9n \u00abCuerpo M\u00edstico de Cristo\u00bb.182 La pertenencia al mismo proviene de una llamada particular, unida a la acci\u00f3n salv\u00edfica de la gracia. Si, por consiguiente, queremos tener presente esta comunidad del Pueblo de Dios, tan amplia y tan diversa, debemos sobre todo ver a Cristo, que dice en cierto modo a cada miembro de esta comunidad: \u00abS\u00edgueme\u00bb.183 Esta es la comunidad de los disc\u00edpulos; cada uno de ellos, de forma diversa, a veces muy consciente y coherente, a veces con poca responsabilidad y mucha incoherencia, sigue a Cristo. En esto se manifiesta tambi\u00e9n la faceta profundamente \u00abpersonal\u00bb y la dimensi\u00f3n de esta sociedad, la cual \u2014a pesar de todas las deficiencias de la vida comunitaria, en el sentido humano de la palabra\u2014 es una comunidad por el mero hecho de que todos la constituyen con Cristo mismo, entre otras razones por que llevan en sus almas el signo indeleble del ser cristiano.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio Vaticano II ha dedicado una especial atenci\u00f3n a demostrar de qu\u00e9 modo esta comunidad \u00abontol\u00f3gica\u00bb de los disc\u00edpulos y de los confesores debe llegar a ser cada vez m\u00e1s, incluso \u00abhumanamente\u00bb, una comunidad consciente de la propia vida y actividad. Las iniciativas del Concilio en este campo han encontrado su continuidad en las numerosas y ulteriores iniciativas de car\u00e1cter sinodal, apost\u00f3lico y organizativo. Debemos, sin embargo, ser siempre conscientes de que cada iniciativa en tanto sirve a la verdadera renovaci\u00f3n de la Iglesia, y en tanto contribuye a aportar la aut\u00e9ntica luz que es Cristo,184 en cuanto se basa en el adecuado conocimiento de la vocaci\u00f3n y de la responsabilidad por esta gracia singular, \u00fanica e irrepetible, mediante la cual todo cristiano en la comunidad del Pueblo de Dios construye el Cuerpo de Cristo. Este principio, regla-clave de toda la praxis cristiana \u2014praxis apost\u00f3lica y pastoral, praxis de la vida interior y de la social\u2014 debe aplicarse de modo justo a todos los hombres y a cada uno de los mismos. Tambi\u00e9n el Papa, como cada Obispo, debe aplicarla en su vida. Los sacerdotes, los religiosos y religiosas deben ser fieles a este principio. En base al mismo, tienen que construir sus vidas los esposos, los padres, las mujeres y los hombres de condici\u00f3n y profesi\u00f3n diversas, comenzando por los que ocupan en la sociedad los puestos m\u00e1s altos y finalizando por los que desempe\u00f1an las tareas m\u00e1s humildes. Este es precisamente el principio de aquel \u00abservicio real\u00bb, que nos impone a cada uno, seg\u00fan el ejemplo de Cristo, el deber de exigirnos exactamente aquello a lo que hemos sido llamados, a lo que \u2014para responder a la vocaci\u00f3n\u2014 nos hemos comprometido personalmente, con la gracia de Dios. Tal fidelidad a la vocaci\u00f3n recibida de Dios, a trav\u00e9s de Cristo, lleva consigo aquella solidaria responsabilidad por la Iglesia en la que el Concilio Vaticano II quiere educar a todos los cristianos. En la Iglesia, en efecto, como en la comunidad del Pueblo de Dios, guiada por la actuaci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, cada uno tiene \u00abel propio don\u00bb, como ense\u00f1a San Pablo.185 Este \u00abdon\u00bb, a pesar de ser una vocaci\u00f3n personal y una forma de participaci\u00f3n en la tarea salv\u00edfica de la Iglesia, sirve a la vez a los dem\u00e1s, construye la Iglesia y las comunidades fraternas en las varias esferas de la existencia humana sobre la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La fidelidad a la vocaci\u00f3n, o sea la perseverante disponibilidad al \u00abservicio real\u00bb, tiene un significado particular en esta m\u00faltiple construcci\u00f3n, sobre todo en lo concerniente a las tareas m\u00e1s comprometidas, que tienen una mayor influencia en la vida de nuestro pr\u00f3jimo y de la sociedad entera. En la fidelidad a la propia vocaci\u00f3n deben distinguirse los esposos, como exige la naturaleza indisoluble de la instituci\u00f3n sacramental del matrimonio. En una l\u00ednea de similar fidelidad a su propia vocaci\u00f3n deben distinguirse los sacerdotes, dado el car\u00e1cter indeleble que el sacramento del Orden imprime en sus almas. Recibiendo este sacramento, nosotros en la Iglesia Latina nos comprometemos consciente y libremente a vivir el celibato, y por lo tanto cada uno de nosotros debe hacer todo lo posible, con la gracia de Dios, para ser agradecido a este don y fiel al v\u00ednculo aceptado para siempre. Esto, al igual que los esposos, que deben con todas sus fuerzas tratar de perseverar en la uni\u00f3n matrimonial, construyendo con el testimonio del amor la comunidad familiar y educando nuevas generaciones de hombres, capaces de consagrar tambi\u00e9n ellos toda su vida a la propia vocaci\u00f3n, o sea, a aquel \u00abservicio real\u00bb, cuyo ejemplo m\u00e1s hermoso nos lo ha ofrecido Jesucristo. Su Iglesia, que todos nosotros formamos, es \u00abpara los hombres\u00bb en el sentido que, bas\u00e1ndonos en el ejemplo de Cristo186 y colaborando con la gracia que \u00c9l nos ha alcanzado, podamos conseguir aquel \u00abreinar\u00bb, o sea, realizar una humanidad madura en cada uno de nosotros. Humanidad madura significa pleno uso del don de la libertad, que hemos obtenido del Creador, en el momento en que \u00c9l ha llamado a la existencia al hombre hecho a su imagen y semejanza. Este don encuentra su plena realizaci\u00f3n en la donaci\u00f3n sin reservas de toda la persona humana concreta, en esp\u00edritu de amor nupcial a Cristo y, a trav\u00e9s de Cristo, a todos aquellos a los que \u00c9l env\u00eda, hombres o mujeres, que se han consagrado totalmente a \u00c9l seg\u00fan los consejos evang\u00e9licos. He aqu\u00ed el ideal de la vida religiosa, aceptado por las \u00d3rdenes y Congregaciones, tanto antiguas como recientes, y por los Institutos de vida consagrada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En nuestro tiempo se considera a veces err\u00f3neamente que la libertad es fin en s\u00ed misma, que todo hombre es libre cuando usa de ella como quiere, que a esto hay que tender en la vida de los individuos y de las sociedades. La libertad en cambio es un don grande s\u00f3lo cuando sabemos usarla responsablemente para todo lo que es el verdadero bien. Cristo nos ense\u00f1a que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donaci\u00f3n y en el servicio. Para tal \u00ablibertad nos ha liberado Cristo\u00bb187 y nos libera siempre. La Iglesia saca de aqu\u00ed la inspiraci\u00f3n constante, la invitaci\u00f3n y el impulso para su misi\u00f3n y para su servicio a todos los hombres. La Iglesia sirve de veras a la humanidad, cuando tutela esta verdad con atenci\u00f3n incansable, con amor ferviente, con empe\u00f1o maduro y cuando en toda la propia comunidad, mediante la fidelidad de cada uno de los cristianos a la vocaci\u00f3n, la transmite y la hace concreta en la vida humana. De este modo se confirma aquello, a lo que ya hicimos referencia anteriormente, es decir, que el hombre es y se hace siempre la \u00abv\u00eda\u00bb de la vida cotidiana de la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">22. La Madre de nuestra confianza<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por tanto, cuando al comienzo de mi pontificado quiero dirigir al Redentor del hombre mi pensamiento y mi coraz\u00f3n, deseo con ello entrar y penetrar en el ritmo m\u00e1s profundo de la vida de la Iglesia. En efecto, si ella vive su propia vida, es porque la toma de Cristo, el cual quiere siempre una sola cosa, es decir, que tengamos vida y la tengamos abundante.188 Esta plenitud de vida que est\u00e1 en \u00c9l, lo es contempor\u00e1neamente para el hombre. Por esto, la Iglesia, uni\u00e9ndose a toda la riqueza del misterio de la Redenci\u00f3n, se hace Iglesia de los hombres vivientes, porque son vivificados desde dentro por obra del \u00abEsp\u00edritu de verdad\u00bb,189 y visitados por el amor que el Esp\u00edritu Santo infunde en sus corazones.190 La finalidad de cualquier servicio en la Iglesia, bien sea apost\u00f3lico, pastoral, sacerdotal o episcopal, es la de mantener este v\u00ednculo din\u00e1mico del misterio de la Redenci\u00f3n con todo hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si somos conscientes de esta incumbencia, entonces nos parece comprender mejor lo que significa decir que la Iglesia es madre191 y m\u00e1s a\u00fan lo que significa que la Iglesia, siempre y en especial en nuestros tiempos, tiene necesidad de una Madre. Debemos una gratitud particular a los Padres del Concilio Vaticano II, que han expresado esta verdad en la Constituci\u00f3n Lumen gentium con la rica doctrina mariol\u00f3gica contenida en ella.192 Dado que Pablo VI, inspirado por esta doctrina, proclam\u00f3 a la Madre de Cristo \u00abMadre de la Iglesia\u00bb193 y dado que tal denominaci\u00f3n ha encontrado una gran resonancia, sea permitido tambi\u00e9n a su indigno Sucesor dirigirse a Mar\u00eda, como Madre de la Iglesia, al final de las presentes consideraciones, que era oportuno exponer al comienzo de su ministerio pontifical. Mar\u00eda es Madre de la Iglesia, porque en virtud de la inefable elecci\u00f3n del mismo Padre Eterno194 y bajo la acci\u00f3n particular del Esp\u00edritu de Amor,195 ella ha dado la vida humana al Hijo de Dios, \u00abpor el cual y en el cual son todas las cosas\u00bb196 y del cual todo el Pueblo de Dios recibe la gracia y la dignidad de la elecci\u00f3n. Su propio Hijo quiso expl\u00edcitamente extender la maternidad de su Madre \u2014y extenderla de manera f\u00e1cilmente accesible a todas las almas y corazones\u2014 confiando a ella desde lo alto de la Cruz a su disc\u00edpulo predilecto como hijo.197 El Esp\u00edritu Santo le sugiri\u00f3 que se quedase tambi\u00e9n ella, despu\u00e9s de la Ascensi\u00f3n de Nuestro Se\u00f1or, en el Cen\u00e1culo, recogida en oraci\u00f3n y en espera junto con los Ap\u00f3stoles hasta el d\u00eda de Pentecost\u00e9s, en que deb\u00eda casi visiblemente nacer la Iglesia, saliendo de la oscuridad.198 Posteriormente todas las generaciones de disc\u00edpulos y de cuantos confiesan y aman a Cristo \u2014al igual que el ap\u00f3stol Juan\u2014 acogieron espiritualmente en su casa 199 a esta Madre, que as\u00ed, desde los mismos comienzos, es decir, desde el momento de la Anunciaci\u00f3n, qued\u00f3 inserida en la historia de la salvaci\u00f3n y en la misi\u00f3n de la Iglesia. As\u00ed pues todos nosotros que formamos la generaci\u00f3n contempor\u00e1nea de los disc\u00edpulos de Cristo, deseamos unirnos a ella de manera particular. Lo hacemos con toda adhesi\u00f3n a la tradici\u00f3n antigua y, al mismo tiempo, con pleno respeto y amor para con todos los miembros de todas las Comunidades cristianas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lo hacemos impulsados por la profunda necesidad de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, si en esta dif\u00edcil y responsable fase de la historia de la Iglesia y de la humanidad advertimos una especial necesidad de dirigirnos a Cristo, que es Se\u00f1or de su Iglesia y Se\u00f1or de la historia del hombre en virtud del misterio de la Redenci\u00f3n, creemos que ning\u00fan otro sabr\u00e1 introducirnos como Mar\u00eda en la dimensi\u00f3n divina y humana de este misterio. Nadie como Mar\u00eda ha sido introducido en \u00e9l por Dios mismo. En esto consiste el car\u00e1cter excepcional de la gracia de la Maternidad divina. No s\u00f3lo es \u00fanica e irrepetible la dignidad de esta Maternidad en la historia del g\u00e9nero humano, sino tambi\u00e9n \u00fanica por su profundidad y por su radio de acci\u00f3n es la participaci\u00f3n de Mar\u00eda, imagen de la misma Maternidad, en el designio divino de la salvaci\u00f3n del hombre, a trav\u00e9s del misterio de la Redenci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este misterio se ha formado, podemos decirlo, bajo el coraz\u00f3n de la Virgen de Nazaret, cuando pronunci\u00f3 su \u00abfiat\u00bb. Desde aquel momento este coraz\u00f3n virginal y materno al mismo tiempo, bajo la acci\u00f3n particular del Esp\u00edritu Santo, sigue siempre la obra de su Hijo y va hacia todos aquellos que Cristo ha abrazado y abraza continuamente en su amor inextinguible. Y por ello, este coraz\u00f3n debe ser tambi\u00e9n maternalmente inagotable. La caracter\u00edstica de este amor materno que la Madre de Dios infunde en el misterio de la Redenci\u00f3n y en la vida de la Iglesia, encuentra su expresi\u00f3n en su singular proximidad al hombre y a todas sus vicisitudes. En esto consiste el misterio de la Madre. La Iglesia, que la mira con amor y esperanza particular\u00edsima, desea apropiarse de este misterio de manera cada vez m\u00e1s profunda. En efecto, tambi\u00e9n en esto la Iglesia reconoce la v\u00eda de su vida cotidiana, que es todo hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El eterno amor del Padre, manifestado en la historia de la humanidad mediante el Hijo que el Padre dio \u00abpara que quien cree en \u00e9l no muera, sino que tenga la vida eterna\u00bb,200 este amor se acerca a cada uno de nosotros por medio de esta Madre y adquiere de tal modo signos m\u00e1s comprensibles y accesibles a cada hombre. Consiguientemente, Mar\u00eda debe encontrarse en todas las v\u00edas de la vida cotidiana de la Iglesia. Mediante su presencia materna la Iglesia se cerciora de que vive verdaderamente la vida de su Maestro y Se\u00f1or, que vive el misterio de la Redenci\u00f3n en toda su profundidad y plenitud vivificante. De igual manera la misma Iglesia, que tiene sus ra\u00edces en numerosos y variados campos de la vida de toda la humanidad contempor\u00e1nea, adquiere tambi\u00e9n la certeza y, se puede decir, la experiencia de estar cercana al hombre, a todo hombre, de ser \u00absu\u00bb Iglesia: Iglesia del Pueblo de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Frente a tales cometidos, que surgen a lo largo de las v\u00edas de la Iglesia, a lo largo de la v\u00edas que el Papa Pablo VI nos ha indicado claramente en la primera Enc\u00edclica de su pontificado, nosotros, conscientes de la absoluta necesidad de todas estas v\u00edas, y al mismo tiempo de las dificultades que se acumulan sobre ellas, sentimos tanto m\u00e1s la necesidad de una profunda vinculaci\u00f3n con Cristo. Resuenan como un eco sonoro las palabras dichas por \u00c9l: \u00absin m\u00ed nada pod\u00e9is hacer\u00bb.201 No s\u00f3lo sentimos la necesidad, sino tambi\u00e9n un imperativo categ\u00f3rico por una grande, intensa, creciente oraci\u00f3n de toda la Iglesia. Solamente la oraci\u00f3n puede lograr que todos estos grandes cometidos y dificultades que se suceden no se conviertan en fuente de crisis, sino en ocasi\u00f3n y como fundamento de conquistas cada vez m\u00e1s maduras en el camino del Pueblo de Dios hacia la Tierra Prometida, en esta etapa de la historia que se est\u00e1 acercando al final del segundo Milenio. Por tanto, al terminar esta meditaci\u00f3n con una calurosa y humilde invitaci\u00f3n a la oraci\u00f3n, deseo que se persevere en ella unidos con Mar\u00eda, Madre de Jes\u00fas,202 al igual que perseveraban los Ap\u00f3stoles y los discipulos del Se\u00f1or, despu\u00e9s de la Ascensi\u00f3n, en el Cen\u00e1culo de Jerusal\u00e9n.203 Suplico sobre todo a Maria, la celestial Madre de la Iglesia, que se digne, en esta oraci\u00f3n del nuevo Adviento de la humanidad, perseverar con nosotros que formamos la Iglesia, es decir, el Cuerpo M\u00edstico de su Hijo unig\u00e9nito. Espero que, gracias a esta oraci\u00f3n, podamos recibir el Esp\u00edritu Santo que desciende sobre nosotros 204 y convertirnos de este modo en testigos de Cristo \u00abhasta los \u00faltimos confines de la tierra\u00bb,205 como aquellos que salieron del Cen\u00e1culo de Jerusal\u00e9n el d\u00eda de Pentecost\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con la Bendici\u00f3n Apost\u00f3lica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Dado en Roma, junto a San Pedro, el d\u00eda 4 de marzo, primer domingo de cuaresma del a\u00f1o 1979, primero de mi Pontificado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">IOANNES PAULUS PP. II<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">1. Jn 1, 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">2. Jn 3, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">3. Heb 1, 1s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">4. Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">5. Jn 16, 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">6. Jn 15, 26s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">7. Jn 16, 13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">8. Cfr. Ap 2, 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">9. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1: AAS 57 (1965) 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">10. Ef 3, 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">11. Jn 14, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">12. Pablo VI, Enc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964) 650 ss.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">13. Mt 11, 29.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">14. Hay que se\u00f1alar aqu\u00ed los documentos m\u00e1s salientes del pontificado de Pablo VI, alguno de los cuales fue recordado por \u00e9l mismo en la homil\u00eda pronunciada durante la Misa de la Solemnidad de los Ap\u00f3stoles San Pedro y San Pablo, el a\u00f1o 1978: Enc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964) 609-659; Exhort. apost. Investigabiles divitias Christi: AAS 57 (1965) 298-301; Enc. Mysterium Fidei: AAS 57 (1965) 753-774; Enc. Sacerdotalis caelibatus: AAS 59 (1967) 657-697; Sollemnis professio Fidei: AAS 60 (1968) 433-445; Exhort. apost. Quinque iam anni: AAS 63 (1971) 97-106; Exhort. apost. Evangelica testificatio: AAS 63 (1971) 497-535; Exhort. apost. Paterna cum benevolentia: AAS 67 (1975) 5-23; Exhort. apost. Gaudete in Domino: AAS 67 (1975) 289-322; Exhort. apost. Evangelii nuntiandi: AAS 68 (1976) 5-76.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">15. Mt 13, 52.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">16. 1 Tim 2, 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">17. Cfr. Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi: AAS 58 (1976) 5-76.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">18. Jn 17, 21; cfr. ibid. 11, 22-23; 10, 16; Lc 9, 49-50.54.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">19. 1 Cor 15, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">20. Cfr. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, can. III De fide, n. 6: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Ed. Istituto per le Scienze religiose, Bologna 1973\u00b3, p. 811.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">21. Is 9, 6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">22. Jn 21, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">23. Lc 22, 32.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">24. Jn 6, 68; cfr. Heb 4, 8-12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">25. Cfr. Ef 1, 10.22; 4, 25; Col 1, 18.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">26. 1 Cor 8, 6; Cfr. Col 1, 17.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">27. Jn. 14:6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">28. Jn 11:25.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">29. Cfr. Jn 14, 9.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">30. Cfr. Jn 16, 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">31. Cfr. Jn 16, 7.13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">32. Col 2, 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">33. Cfr. Rom 12, 5; 1 Cor 6, 15; 10, 17; 12, 12.27; Ef 1, 23; 2, 16; 4, 4; Col 1, 24; 3, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">34. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1: AAS 57 (1965) 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">35. Mt 16, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">36. Cfr. Letan\u00edas del Sagrado Coraz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">37. 1 Cor 2, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">38. Cfr. G\u00e9n 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">39. Cfr. G\u00e9n 1, 26-30.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">40. Rom 8, 20; cfr. ibid. 8, 19-22; Conc Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 2; 13: AAS 58 (1966) 1026; 1034 s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">41. Jn 3, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">42. Cfr. Rom 5, 12-21.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">43. Rom 8, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">44. Rom 8, 19-20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">45. Rom 8, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">46. Rom 8, 19.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">47. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1042s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">48. Cfr. Rom 5, 11; Col 1, 20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">49. Sal 8, 6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">50. Cfr. G\u00e9n 1, 26.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">51. Cfr. G\u00e9n 3, 6-13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">52. Cfr. IV Plegaria Eucar\u00edstica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">53. Cfr. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 37: AAS 58 (1966) 1054s; Const. dogm. Lumen gentium, 48: AAS 57 (1965) 53s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">54. Cf. Rom 8, 29s; Ef 1,8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">55. Cf. Jn 16, 13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">56. Cf. 1 Tes 5, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">57. 2 Cor 5, 21; cf. G\u00e1l 3, 13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">58. 1 Jn 4, 8.16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">59. Cf. Rom 8, 20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">60. Cf. Lc 15, 11-32.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">61. Rom 8, 19.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">62. Cf. Rom 8, 18.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">63. Cf. Santo Tom\u00e1s, Summa Theol. III, q. 46, a. l ad 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">64. G\u00e1l 3,28.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">65. Misal Romano, himno Exultet de la Vigilia pascual.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">66. Cf. Jn 3, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">67. Cf. S. Justino, I Apologia, 46, 1-4; II Apologia, 7 (8), 1-4; 10, 1-3; 13, 3-4; Florilegium Patristicum II, Bonn 1911\u00b2, p. 81, 125, 129, 133; Clemente Alejandrino, Stromata I, 19, 91.94: S. C. 30, p. 117s,.; 119 s.; Conc. Vat. II, Decr. Ad gentes, 11: AAS 58 (1966) 960; Const. dogm. Lumen gentium, 17: AAS 57 (1965) 21.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">68. Cf. Conc. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 3-4: AAS 58 (1966) 741-743.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">69. Col 1,26.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">70. Mt 11, 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">71. Lc 16, 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">72. Ef 3, 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">73. Cf. Conc. Vat. II, Decl. Nostra aetate, l s: AAS 58 (1966) 740s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">74. Heb 17, 22-31.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">75. Jn 2, 25.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">76. Jn 3, 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">77. Cf. AAS 58 (1966) 929-946.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">78. Cf. Jn 14, 26.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">79. Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 6: AAS 68 (1976) 9.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">80. Jn 7, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">81. Cf. AAS 58 (1966) 936 ss.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">82. Jn 8, 32.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">83. Jn 18, 37.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">84. Cf. Jn 4, 23.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">85. Jn 4, 23s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">86. Cf. Pablo VI, Enc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964) 609-659.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">87. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1042.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">88. Cf. Jn 14, 1 ss.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">89. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 91: AAS 58 (1966) 1113.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">90. Ibid., 38: l.c., p.1056.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">91. Ibid., 76: l.c., p.1099.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">92. Cf. G\u00e9n 1,27.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">93. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 24: AAS 58 (1966) 1045.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">94. G\u00e9n 1, 28.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">95. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 10: AAS 58 (1966) 1032.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">96. Ibid., 10: l.c., p.1033.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">97. Ibid., 38: l.c., p.1056; Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 21: AAS 59 (1967) 267 s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">98. Cf. G\u00e9n 1, 28.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">99. Cf. G\u00e9n 1-2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">100. G\u00e9n 1, 28; Conc. Vat. II, Decr. Inter mirifica, 6: AAS 56 (1964) 147; Const. past. Gaudium et spes, 74, 78: AAS 58 (1966) 1095s; 1101 s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">101. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 10; 36: AAS 57 (1965) 14-15; 41-42.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">102. Cf. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 35: AAS (1966) 1053; Pablo VI, Discurso al Cuerpo diplom\u00e1tico, 7 enero 1965: AAS 57 (1965) 232; Enc. Populorum progressio, 14: AAS 59 (1967) 264.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">103. Cf. P\u00edo XII, Radiomensaje para el 50 aniversario de la Enc\u00edcl. \u00abRerum novarum\u00bb de Leon XIII (1 de junio de 1941): AAS 33 (1941 ) 195-205; Radiomensaje de Navidad (24 de diciembre de 1941): AAS 34 (1942) 10-21; Radiomensaje de Navidad (24 de diciembre de 1942): AAS 35 (1943) 9-24; Radiomensaje de Navidad (24 de diciembre de 1943): AAS 36 (1944) 1124; Radiomensaje de Navidad (24 de diciembre de 1944): AAS 37 (1945) 10-23; Discurso a los Cardenales (24 de diciembre de 1946): AAS 39 (1947) 7-17; Radiomensaje de Navidad (24 de diciembre de 1947): AAS 40 (1948) 8-16; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra: AAS 53 (1961 ) 401-464; Enc. Pacem in terris: AAS 55 (1963) 257-304; Pablo VI, Enc. Ecclesiam suam: AAS 56 (1964) 609-659; Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (4 de octubre de 1965): AAS 57 (1965) 877-885; Populorum progressio: AAS 59 (1967) 257-299; Discurso a los Campesinos colombianos (23 de agosto de 1968): AAS 60 (1968) 619-623; Discurso a la Asamblea General del Episcopado Latino-Americano (24 de agosto de 1968): AAS 60 (1968) 639-649; Discurso a la Conferencia de la FAO (16 de noviembre de 1970): AAS 62 (1970) 830-838; Carta apost. Octogesima adveniens: AAS 63 (1971) 401-441; Discurso a los Cardenales (23 de junio de 1972): AAS 64 (1972) 496-505; Juan Pablo II, Discurso a la III Conferencia General del Episcopado Latino-Americano (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979) 187ss; Discurso a los indios de Cuilap\u00e1n (29 de enero de 1979): l.c., p.207ss; Discurso a los obreros de Guadalajara (30 de enero de 1979): l.c., p.221ss; Discurso a los obreros de Monterrey (31 de enero de 1979): l.c., p.240ss; Conc. VatT. II, Decl. Dignitatis humanae: AAS 58 (1966) 929-941; Const. past. Gaudium et spes: AAS 58 (1966) 1025-1115: Documenta Synodi Episcoporum, De iustitia in mundo: AAS 63 (1971 ) 923-941.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">104. Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra: AAS 53 (1961 ) 418ss; Enc. Pacem in terris: AAS 55 (1963) 289ss; Pablo VI, Enc. Populorum progressio: AAS 59 (1967) 257-299.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">105. Cf. Lc 16,19-31.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">106. Cf. Juan Pablo II, Homil\u00eda en Santo Domingo, 3: AAS 71 (1979) 157ss; Discurso a los indios y a los campesinos de Oaxaca, 2: l.c., p.207ss; Discurso a los obreros de Monterrey, 4: l.c., p. 242.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">107. Cf. Pablo VI, Carta apost. Octogesima adveniens, 42: AAS 63 (1971 ) 431.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">108. Cf. Mt 25,31-46.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">109. Mt 25,42.43.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">110. 2 Tim 4,2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">111. P\u00edo XI, Enc. Quadragesimo anno: AAS 23 (1931 ) 213; Enc. Non abbiamo bisogno: AAS 23 (1931) 285-312; Enc. Divini Redemptoris: AAS 29 (1937) 65-106; Enc. Mit brennender Sorge: AAS 29 (1937) 145-167; P\u00edo XII, Enc. Summi Pontificatus: AAS 31 (1934) 413-453.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">112. Cf. 2 Cor 3, 6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">113. Cf. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 31: AAS 58 (1966) 1050.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">114. Cf. AAS 58 (1966) 929-946.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">115. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22: AAS 58 (1966) 1042.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">116. Cf. 1 Cor 6, 15; 11, 3; 12, 12s; Ef 1, 22s; 2, 15s; 4, 4s; 5, 30; Col 1, 18; 3, 15; Rom 12, 4s; G\u00e1l 3, 28.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">117. 2 Pe 1, 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">118. Cf. Ef&nbsp; 2, 10; Jn 1,14. 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">119. Jn 1, 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">120. Cf. Jn 4, 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">121. Cf. G\u00e1l 4.4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">122. Jn 11, 25s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">123. Misal Romano, Prefacio de difuntos I.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">124. Jn 6, 63.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">125. Confesiones, I, 1: CSL 33, p. 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">126. Mt 12, 30.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">127. Cf. Jn 1, 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">128. G\u00e1l 4, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">129. G\u00e1l 4, 6; Rom 8, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">130.Cf. Rom 15,13; 1 Cor 1,24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">131. Cf. Is 11, 21; He 2, 38.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">132. Cf. G\u00e1l 5, 22s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">133. Misal Romano, secuencia de la Misa de Pentecost\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">134. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 16: AAS 57 (1965) 20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">135. Ibid., 1: l.c., p.5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">136. Cf. Rom 8, 15; G\u00e1l 4,6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">137. Cf. Rom 8, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">138. Cf. Rom 8, 30.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">139. Mt 20, 28.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">140. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 31-36: AAS 57 (1965) 37-42.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">141. Jn 14, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">142. Jn 1, 18.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">143. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 5, 10, 21: AAS 58 (1966) 819; 822; 827s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">144. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, 3; Denz-Sch\u00f6nm., 3009.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">145. Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus: l.c.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">146. Cf. Mt 28, 19.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">147. Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus: l.c.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">148. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 18-27: AAS 57 (1965) 21-33.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">149. Ibid., 12, 35: l.c., p.16-17; 40-41.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">150. Cf. S. Agust\u00edn, Sermo 43, 7-9: PL 38,257s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">151.Cf. Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 44.57.59.62: AAS 58 (1966) 1064s; 1077ss; 1079s; 1082ss; Decr. Optatam totius, 15: AAS 58 (1966) 722.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">152. Jn 14, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">153. Jn 20, 21s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">154. Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 10: AAS 56 (1964) 102.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">155. Cf. Rom 6, 3ss.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">156. Fil 2, 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">157. Cf. Jn 5, 26; 1 Jn 5, 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">158. Heb 9, 24; 1 Jn 2,1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">159. 1 Cor 6, 20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">160. Jn 1, 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">161. Cf. Rom 8, 23; 1 Pe 2, 9.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">162. 1 Pe 5, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">163. Cf. Jn 1, 1-4.18; Mt 3, 17; 11, 27; 17, 5; Mc 1, 11; Lc 1, 32.35; 3, 22; Rom 1, 4; 2 Cor 1, 19; 1 Jn 5, 5.20; 2 Pe 1, 17; Heb 1, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">164. Cf. 1 Jn 5, 5-11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">165. Cf. Rom 5, l0s; 2 Cor 5, 18s; Col 1, 20-22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">166. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 11: AAS 57 (1965) 15s; Pablo VI, Discurso del 15 de septiembre de 1965: Ensenanzas de Pablo VI, III (1965) 1036.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">167. Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 47: AAS 56 (1964) 113.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">168. Cf. Pablo VI, Enc. Mysterium Fidei: AAS 57 (1965) 533-574.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">169. Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 47: AAS 56 (1964) 113.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">170. Cf. Jn 6, 52.58; 14, 6; G\u00e1l 2,20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">171. 1 Cor 11, 28.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">172. Mc 1, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">173. Ibid.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">174. Cf. 1 Pe 2, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">175. Psal 50 (51), 6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">176. Mc 2, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">177. Jn 8, 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">178. Mt 5,6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">179. Cf. S. Congr. para la Doctrina de la Fe, Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem generali modo impertiendam: AAS 64 (1972) 510-514; Pablo VI, Discurso a un grupo de Obispos de Estados Unidos de Am\u00e9rica, en su visita \u00abad liminam\u00bb (20 de abril de 1978): AAS 70 (1978) 328-332; Juan Pablo II, Discurso a un grupo de Obispos de Canad\u00e1 durante su visita \u00abad liminam\u00bb (17 de noviembre de 1978): AAS 71 (1979) 32-36.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">180. Cf. AAS 58 (1966) 177-198.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">181. Mt 20, 28.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">182. P\u00edo XII, Enc. Mystici Corporis: AAS 35 (1943) 193-248.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">183. Jn 1, 43.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">184. Cfr. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1: AAS 57 (1965) 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">185. 1 Cor 7, 7; cfr. 12, 7. 27; Rom 12, 6; Ef&nbsp; 4, 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">186. Cfr. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 36: AAS 57 (1965) 41 s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">187. G\u00e1l 5, 1; cfr. ibid 13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">188. Cfr. Jn 10, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">189. Jn 16, 13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">190. Cfr. Rom 5, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">191. Cfr Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 63-64: AAS 57 (1965) 64.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">192. Cfr. cap. VIII, 52-69: AAS 57 (1965) 58-67.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">193. Pablo VI, Discurso de Clausura de la III Sesi\u00f3n del Concilio Ecum\u00e9nico Vaticano II, 21 de noviembre de 1964: AAS 56 (1964) 1015.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">194. Cfr. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 56: AAS 57 (1965) 60.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">195. Ibid.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">196. He 2, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">197. Cfr. Jn 19, 26.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">198. Cfr. He 1, 14; 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">199. Cfr. Jn 19, 27.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">200. Jn 3, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">201. Jn 15, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">202. Cfr. He 1, 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">203. Cfr. He 1, 13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">204. Cfr. He 1, 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">205. Ibid.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Copyright \u00a9 Dicastero per la Comunicazione &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CARTA ENC\u00cdCLICA REDEMPTOR HOMINIS DEL SUMO PONT\u00cdFICE JUAN PABLO II A LOS VENERABLES HERMANOS EN EL EPISCOPADO A LOS SACERDOTES A LAS FAMILIAS RELIGIOSAS A LOS HIJOS E HIJAS DE LA IGLESIA Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD AL PRINCIPIO DE SU MINISTERIO PONTIFICAL Venerables Hermanos y Hermanas, Amad\u00edsimos Hijos e Hijas: Salud [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":7819,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[151],"tags":[],"class_list":["post-7815","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-vina-educacion-para-la-fe-farito-de-luz"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7815","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7815"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7815\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":7820,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7815\/revisions\/7820"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/7819"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7815"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7815"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7815"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}