{"id":7854,"date":"2024-10-11T15:22:05","date_gmt":"2024-10-11T15:22:05","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/?p=7854"},"modified":"2024-10-11T15:22:07","modified_gmt":"2024-10-11T15:22:07","slug":"carta-enciclica-evangelium-vitae","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/2024\/10\/11\/carta-enciclica-evangelium-vitae\/","title":{"rendered":"CARTA ENC\u00cdCLICA EVANGELIUM VITAE"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CARTA ENC\u00cdCLICA<br><strong><em>EVANGELIUM VITAE<\/em><\/strong><br>DEL SUMO PONT\u00cdFICE<br><strong>JUAN PABLO II<\/strong><br>A LOS OBISPOS<br>A LOS SACERDOTES Y DI\u00c1CONOS<br>A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS<br>A LOS FIELES LAICOS<br>Y A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD<br>SOBRE EL VALOR Y EL CAR\u00c1CTER INVIOLABLE<br>DE LA VIDA HUMANA<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>INTRODUCCI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">1. El Evangelio de la vida est\u00e1 en el centro del mensaje de Jes\u00fas. Acogido con amor cada d\u00eda por la Iglesia, es anunciado con intr\u00e9pida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las \u00e9pocas y culturas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la aurora de la salvaci\u00f3n, el nacimiento de un ni\u00f1o es proclamado como gozosa noticia: \u00ab Os anuncio una gran alegr\u00eda, que lo ser\u00e1 para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Se\u00f1or \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta \u00ab gran alegr\u00eda \u00bb; pero la Navidad pone tambi\u00e9n de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegr\u00eda mesi\u00e1nica constituye as\u00ed el fundamento y realizaci\u00f3n de la alegr\u00eda por cada ni\u00f1o que nace (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>16, 21).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Presentando el n\u00facleo central de su misi\u00f3n redentora, Jes\u00fas dice: \u00ab Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 10). Se refiere a aquella vida \u00ab nueva \u00bb y \u00ab eterna \u00bb, que consiste en la comuni\u00f3n con el Padre, a la que todo hombre est\u00e1 llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Esp\u00edritu Santificador. Pero es precisamente en esa \u00ab vida \u00bb donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Valor incomparable de la persona humana<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">2. El hombre est\u00e1 llamado a una plenitud de vida que va m\u00e1s all\u00e1 de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participaci\u00f3n de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocaci\u00f3n sobrenatural manifiesta la&nbsp;<em>grandeza&nbsp;<\/em>y el&nbsp;<em>valor&nbsp;<\/em>de la vida humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condici\u00f3n b\u00e1sica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzar\u00e1 su plena realizaci\u00f3n en la eternidad (cf.&nbsp;<em>1 Jn&nbsp;<\/em>3, 1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el&nbsp;<em>car\u00e1cter relativo&nbsp;<\/em>de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad \u00ab \u00faltima \u00bb, sino \u00ab pen\u00faltima \u00bb; es&nbsp;<em>realidad sagrada,&nbsp;<\/em>que se nos conf\u00eda para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfecci\u00f3n en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia sabe que este&nbsp;<em>Evangelio de la vida,&nbsp;<\/em>recibido de su Se\u00f1or<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241\">1<\/a><\/sup>, tiene un eco profundo y persuasivo en el coraz\u00f3n de cada persona, creyente e incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la raz\u00f3n y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su coraz\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Rm<\/em>&nbsp;2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su t\u00e9rmino, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad pol\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el Concilio Vaticano II: \u00ab El Hijo de Dios, con su encarnaci\u00f3n, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242\">2<\/a><\/sup>&nbsp;En efecto, en este acontecimiento salv\u00edfico se revela a la humanidad no s\u00f3lo el amor infinito de Dios que \u00ab tanto am\u00f3 al mundo que dio a su Hijo \u00fanico \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 16), sino tambi\u00e9n el&nbsp;<em>valor incomparable de cada persona humana.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redenci\u00f3n, descubre con renovado asombro este valor&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243\">3<\/a><\/sup>&nbsp;y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos este \u00ab evangelio \u00bb, fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegr\u00eda para cada \u00e9poca de la historia.&nbsp;<em>El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un \u00fanico e indivisible Evangelio.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%244\">4<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Nuevas amenazas a la vida humana<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo de Dios hecho carne (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 14), es confiada a la solicitud materna de la Iglesia. Por eso, toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el coraz\u00f3n mismo de la Iglesia, afecta al n\u00facleo de su fe en la encarnaci\u00f3n redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misi\u00f3n de anunciar el&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>por todo el mundo y a cada criatura (cf.<em>&nbsp;Mc&nbsp;<\/em>16, 15).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante multiplicaci\u00f3n y agudizaci\u00f3n de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando \u00e9sta es d\u00e9bil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades end\u00e9micas, la violencia y las guerras, se a\u00f1aden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ya el Concilio Vaticano II, en una p\u00e1gina de dram\u00e1tica actualidad, denunci\u00f3 con fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana. A treinta a\u00f1os de distancia, haciendo m\u00edas las palabras de la asamblea conciliar, una vez m\u00e1s y con id\u00e9ntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera, con la certeza de interpretar el sentimiento aut\u00e9ntico de cada conciencia recta: \u00ab Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier g\u00e9nero, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacci\u00f3n psicol\u00f3gica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostituci\u00f3n, la trata de blancas y de j\u00f3venes; tambi\u00e9n las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilizaci\u00f3n humana, deshonran m\u00e1s a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%245\">5<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir, se va m\u00e1s bien agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso cient\u00edfico y tecnol\u00f3gico surgen nuevas formas de agresi\u00f3n contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situaci\u00f3n cultural, que confiere a los atentados contra la vida un&nbsp;<em>aspecto in\u00e9dito y \u2014podr\u00eda decirse\u2014 a\u00fan m\u00e1s inicuo&nbsp;<\/em>ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opini\u00f3n p\u00fablica justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no s\u00f3lo la impunidad, sino incluso la autorizaci\u00f3n por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y adem\u00e1s con la intervenci\u00f3n gratuita de las estructuras sanitarias.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo de entender la vida y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las legislaciones de muchos pa\u00edses, alej\u00e1ndose tal vez de los mismos principios fundamentales de sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer la plena legitimidad de estas pr\u00e1cticas contra la vida es, al mismo tiempo, un s\u00edntoma preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral. Opciones, antes consideradas un\u00e1nimemente como delictivas y rechazadas por el com\u00fan sentido moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables. La misma medicina, que por su vocaci\u00f3n est\u00e1 ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana, se presta cada vez m\u00e1s en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra la persona, deformando as\u00ed su rostro, contradici\u00e9ndose a s\u00ed misma y degradando la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso los graves problemas demogr\u00e1ficos, sociales y familiares, que pesan sobre numerosos pueblos del mundo y exigen una atenci\u00f3n responsable y activa por parte de las comunidades nacionales y de las internacionales, se encuentran expuestos a soluciones falsas e ilusorias, en contraste con la verdad y el bien de las personas y de las naciones.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El resultado al que se llega es dram\u00e1tico: si es muy grave y preocupante el fen\u00f3meno de la eliminaci\u00f3n de tantas vidas humanas incipientes o pr\u00f3ximas a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez m\u00e1s percibir la distinci\u00f3n entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>En comuni\u00f3n con todos los Obispos del mundo<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">5. El&nbsp;<em>Consistorio extraordinario&nbsp;<\/em>de Cardenales, celebrado en Roma del 4 al 7 de abril de 1991, se dedic\u00f3 al problema de las amenazas a la vida humana en nuestro tiempo. Despu\u00e9s de un amplio y profundo debate sobre el tema y sobre los desaf\u00edos presentados a toda la familia humana y, en particular, a la comunidad cristiana, los Cardenales, con voto un\u00e1nime, me pidieron ratificar, con la autoridad del Sucesor de Pedro, el valor de la vida humana y su car\u00e1cter inviolable, con relaci\u00f3n a las circunstancias actuales y a los atentados que hoy la amenazan.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Acogiendo esta petici\u00f3n, escrib\u00ed en Pentecost\u00e9s de 1991 una<em>&nbsp;carta personal&nbsp;<\/em>a cada Hermano en el Episcopado para que, en el esp\u00edritu de colegialidad episcopal, me ofreciera su colaboraci\u00f3n para redactar un documento al respecto.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%246\">6<\/a><\/sup>&nbsp;Estoy profundamente agradecido a todos los Obispos que contestaron, envi\u00e1ndome valiosas informaciones, sugerencias y propuestas. Ellos testimoniaron as\u00ed su un\u00e1nime y convencida participaci\u00f3n en la misi\u00f3n doctrinal y pastoral de la Iglesia sobre el&nbsp;<em>Evangelio de la vida.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la misma carta, a pocos d\u00edas de la celebraci\u00f3n del centenario de la Enc\u00edclica&nbsp;<em>Rerum novarum,&nbsp;<\/em>llamaba la atenci\u00f3n de todos sobre esta singular analog\u00eda: \u00ab As\u00ed como hace un siglo la clase obrera estaba oprimida en sus derechos fundamentales, y la Iglesia tom\u00f3 su defensa con gran valent\u00eda, proclamando los derechos sacrosantos de la persona del trabajador, as\u00ed ahora, cuando otra categor\u00eda de personas est\u00e1 oprimida en su derecho fundamental a la vida, la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma valent\u00eda, a quien no tiene voz. El suyo es el clamor evang\u00e9lico en defensa de los pobres del mundo y de quienes son amenazados, despreciados y oprimidos en sus derechos humanos \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%247\">7<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hoy una gran multitud de seres humanos d\u00e9biles e indefensos, como son, concretamente, los ni\u00f1os a\u00fan no nacidos, est\u00e1 siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no pod\u00eda callar ante los abusos entonces existentes, menos a\u00fan puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas todav\u00eda, se a\u00f1aden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso m\u00e1s graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara a la organizaci\u00f3n de un nuevo orden mundial.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La presente Enc\u00edclica, fruto de la colaboraci\u00f3n del Episcopado de todos los Pa\u00edses del mundo, quiere ser pues una&nbsp;<em>confirmaci\u00f3n precisa y firme del valor de la vida humana y de su car\u00e1cter inviolable,&nbsp;<\/em>y, al mismo tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios:&nbsp;<em>\u00a1respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana!&nbsp;<\/em>\u00a1S\u00f3lo siguiendo este camino encontrar\u00e1s justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00a1Que estas palabras lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia! \u00a1Que lleguen a todas las personas de buena voluntad, interesadas por el bien de cada hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">6. En comuni\u00f3n profunda con cada uno de los hermanos y hermanas en la fe, y animado por una amistad sincera hacia todos, quiero&nbsp;<em>meditar de nuevo y anunciar el Evangelio de la vida,<\/em>&nbsp;esplendor de la verdad que ilumina las conciencias, luz di\u00e1fana que sana la mirada oscurecida, fuente inagotable de constancia y valor para afrontar los desaf\u00edos siempre nuevos que encontramos en nuestro camino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al recordar la rica experiencia vivida durante el A\u00f1o de la Familia, como completando idealmente la&nbsp;<em>Carta&nbsp;<\/em>dirigida por m\u00ed \u00ab a cada familia de<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">cualquier regi\u00f3n de la tierra \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%248\">8<\/a><\/sup>&nbsp;miro con confianza renovada a todas las comunidades dom\u00e9sticas, y deseo que resurja o se refuerce a cada nivel el compromiso de todos por sostener la familia, para que tambi\u00e9n hoy \u2014aun en medio de numerosas dificultades y de graves amenazas\u2014 ella se mantenga siempre, seg\u00fan el designio de Dios, como \u00ab santuario de la vida \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%249\">9<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A todos los miembros de la Iglesia,&nbsp;<em>pueblo de la vida y para la vida,&nbsp;<\/em>dirijo mi m\u00e1s apremiante invitaci\u00f3n para que, juntos, podamos ofrecer a este mundo nuestro nuevos signos de esperanza, trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana, para la edificaci\u00f3n de una aut\u00e9ntica civilizaci\u00f3n de la verdad y del amor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CAP\u00cdTULO I<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A M\u00cd DESDE EL SUELO<br><br><\/strong>ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00abCa\u00edn se lanz\u00f3 contra su hermano Abel y lo mat\u00f3\u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 8):<em><br>ra\u00edz de la violencia contra la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">7. \u00ab No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucci\u00f3n de los vivientes; \u00e9l todo lo cre\u00f3 para que subsistiera&#8230; Porque&nbsp;<em>Dios cre\u00f3 al hombre para la incorruptibilidad,&nbsp;<\/em>le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo&nbsp;<em>entr\u00f3 la muerte en el mundo,&nbsp;<\/em>y la experimentan los que le pertenecen \u00bb (<em>Sb&nbsp;<\/em>1, 13-14; 2, 23-24).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El&nbsp;<em>Evangelio de la vida,&nbsp;<\/em>proclamado al principio con la creaci\u00f3n del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 7;&nbsp;<em>Sb&nbsp;<\/em>9, 2-3), est\u00e1 como en contradicci\u00f3n con la experiencia lacerante de la&nbsp;<em>muerte que entra en el mundo&nbsp;<\/em>y oscurece el sentido de toda la existencia humana. La muerte entra por la envidia del diablo (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>3, 1.4-5) y por el pecado de los primeros padres (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 17; 3, 17-19). Y entra de un modo violento,&nbsp;<em>a trav\u00e9s de la muerte de Abel causada por su hermano Ca\u00edn:&nbsp;<\/em>\u00ab Cuando estaban en el campo, se lanz\u00f3 Ca\u00edn contra su hermano Abel y lo mat\u00f3 \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 8).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta primera muerte es presentada con una singular elocuencia en una p\u00e1gina emblem\u00e1tica del libro del G\u00e9nesis. Una p\u00e1gina que cada d\u00eda se vuelve a escribir, sin tregua y con degradante repetici\u00f3n, en el libro de la historia de los pueblos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Releamos juntos esta p\u00e1gina b\u00edblica, que, a pesar de su car\u00e1cter arcaico y de su extrema simplicidad, se presenta muy rica de ense\u00f1anzas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>\u00ab Fue Abel pastor de ovejas y Ca\u00edn labrador. Pas\u00f3 alg\u00fan tiempo, y Ca\u00edn hizo al Se\u00f1or una oblaci\u00f3n de los frutos del suelo. Tambi\u00e9n Abel hizo una oblaci\u00f3n de los primog\u00e9nitos de su reba\u00f1o, y de la grasa de los mismos. El Se\u00f1or mir\u00f3 propicio a Abel y su oblaci\u00f3n, mas no mir\u00f3 propicio a Ca\u00edn y su oblaci\u00f3n, por lo cual se irrit\u00f3 Ca\u00edn en gran manera y se abati\u00f3 su rostro. El Se\u00f1or dijo a Ca\u00edn: &#8220;\u00bfPor qu\u00e9 andas irritado, y por qu\u00e9 se ha abatido tu rostro? \u00bfNo es cierto que si obras bien podr\u00e1s alzarlo? Mas, si no obras bien, a la puerta est\u00e1 el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar&#8221;.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Ca\u00edn dijo a su hermano Abel: &#8220;Vamos afuera&#8221;. Y cuando estaban en el campo, se lanz\u00f3 Ca\u00edn contra su hermano Abel y lo mat\u00f3.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El Se\u00f1or dijo a Ca\u00edn: &#8220;\u00bfD\u00f3nde est\u00e1 tu hermano Abel?&#8221;. Contest\u00f3: &#8220;No s\u00e9. \u00bfSoy yo acaso el guarda de mi hermano?&#8221;. Replic\u00f3 el Se\u00f1or: &#8220;\u00bfQu\u00e9 has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a m\u00ed desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abri\u00f3 su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dar\u00e1 m\u00e1s fruto. Vagabundo y errante ser\u00e1s en la tierra&#8221;.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Entonces dijo Ca\u00edn al Se\u00f1or: &#8220;Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matar\u00e1&#8221;.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El Se\u00f1or le respondi\u00f3: &#8220;Al contrario, quienquiera que matare a Ca\u00edn, lo pagar\u00e1 siete veces&#8221;. Y el Se\u00f1or puso una se\u00f1al a Ca\u00edn para que nadie que lo encontrase le atacara. Ca\u00edn sali\u00f3 de la presencia del Se\u00f1or, y se estableci\u00f3 en el pa\u00eds de Nod, al oriente de Ed\u00e9n \u00bb (<\/em>Gn&nbsp;<em>4, 2-16).<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">8. Ca\u00edn se \u00ab irrit\u00f3 en gran manera \u00bb y su rostro se \u00ab abati\u00f3 \u00bb porque el Se\u00f1or \u00ab mir\u00f3 propicio a Abel y su oblaci\u00f3n \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 4). El texto b\u00edblico no dice el motivo por el que Dios prefiri\u00f3 el sacrificio de Abel al de Ca\u00edn; sin embargo, indica con claridad que, aun prefiriendo la oblaci\u00f3n de Abel,&nbsp;<em>no interrumpi\u00f3 su di\u00e1logo con Ca\u00edn.&nbsp;<\/em>Le reprende&nbsp;<em>record\u00e1ndole su libertad frente al mal:&nbsp;<\/em>el hombre no est\u00e1 predestinado al mal. Ciertamente, igual que Ad\u00e1n, es tentado por el poder mal\u00e9fico del pecado que, como bestia feroz, est\u00e1 acechando a la puerta de su coraz\u00f3n, esperando lanzarse sobre la presa. Pero Ca\u00edn es libre frente al pecado. Lo puede y lo debe dominar: \u00ab Como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 7).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Los celos y la ira prevalecen&nbsp;<\/em>sobre la advertencia del Se\u00f1or, y as\u00ed Ca\u00edn se lanza contra su hermano y lo mata. Como leemos en el&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/index_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a>,&nbsp;<\/em>\u00ab la Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Ca\u00edn, revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencia del pecado original. El hombre se convirti\u00f3 en el enemigo de sus semejantes \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24A\">10<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El hermano mata a su hermano.&nbsp;<\/em>Como en el primer fratricidio, en cada homicidio se viola el parentesco \u00ab espiritual \u00bb que agrupa a los hombres en una \u00fanica gran familia&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24B\">11<\/a><\/sup>&nbsp;donde todos participan del mismo bien fundamental: la id\u00e9ntica dignidad personal. Adem\u00e1s, no pocas veces se viola tambi\u00e9n el&nbsp;<em>parentesco \u00ab de carne y sangre \u00bb,&nbsp;<\/em>por ejemplo, cuando las amenazas a la vida se producen en la relaci\u00f3n entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en un contexto familiar o de parentesco m\u00e1s amplio, se favorece o se procura la eutanasia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la ra\u00edz de cada violencia contra el pr\u00f3jimo&nbsp;<em>se cede a la l\u00f3gica del maligno,&nbsp;<\/em>es decir, de aqu\u00e9l que \u00ab era homicida desde el principio \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>8, 44), como nos recuerda el ap\u00f3stol Juan: \u00ab Pues este es el mensaje que hab\u00e9is o\u00eddo desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Ca\u00edn, que, siendo del maligno, mat\u00f3 a su hermano \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>3, 11-12). As\u00ed, esta muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste testimonio de c\u00f3mo el mal avanza con rapidez impresionante: a la rebeli\u00f3n del hombre contra Dios en el para\u00edso terrenal se a\u00f1ade la lucha mortal del hombre contra el hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Despu\u00e9s del delito,&nbsp;<em>Dios interviene para vengar al asesinado.<\/em>&nbsp;Ca\u00edn, frente a Dios, que le pregunta sobre el paradero de Abel, lejos de sentirse avergonzado y excusarse, elude la pregunta con arrogancia: \u00ab No s\u00e9. \u00bfSoy yo acaso el guarda de mi hermano? \u00bb (<em>Gn<\/em>&nbsp;4, 9). \u00ab&nbsp;<em>No s\u00e9&nbsp;<\/em>\u00bb. Con la mentira Ca\u00edn trata de ocultar su delito. As\u00ed ha sucedido con frecuencia y sigue sucediendo cuando las ideolog\u00edas m\u00e1s diversas sirven para justificar y encubrir los atentados m\u00e1s atroces contra la persona. \u00ab \u00bf<em>Soy yo acaso el guarda de mi hermano?&nbsp;<\/em>\u00bb: Ca\u00edn no quiere pensar en su hermano y rechaza asumir aquella responsabilidad que cada hombre tiene en relaci\u00f3n con los dem\u00e1s. Esto hace pensar espont\u00e1neamente en las tendencias actuales de ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos s\u00edntomas son, entre otros, la falta de solidaridad con los miembros m\u00e1s d\u00e9biles de la sociedad \u2014es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y ni\u00f1os\u2014 y la indiferencia que con frecuencia se observa en la relaci\u00f3n entre los pueblos, incluso cuando est\u00e1n en juego valores fundamentales como la supervivencia, la libertad y la paz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">9.&nbsp;<em>Dios no puede dejar impune el delito:&nbsp;<\/em>desde el suelo sobre el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia a Dios (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>37, 26;&nbsp;<em>Is&nbsp;<\/em>26, 21;&nbsp;<em>Ez&nbsp;<\/em>24, 7-8). De este texto la Iglesia ha sacado la denominaci\u00f3n de \u00ab pecados que claman venganza ante la presencia de Dios \u00bb y entre ellos ha incluido, en primer lugar, el homicidio voluntario.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24C\">12<\/a><\/sup>&nbsp;Para los hebreos, como para otros muchos pueblos de la antig\u00fcedad, en la sangre se encuentra la vida, mejor a\u00fan, \u00ab la sangre es la vida \u00bb (<em>Dt&nbsp;<\/em>12, 23) y la vida, especialmente la humana, pertenece s\u00f3lo a Dios: por eso&nbsp;<em>quien atenta contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Ca\u00edn&nbsp;<\/em>es maldecido por Dios y tambi\u00e9n por la tierra, que le negar\u00e1 sus frutos (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 11-12). Y&nbsp;<em>es castigado:&nbsp;<\/em>tendr\u00e1 que habitar en la estepa y en el desierto. La violencia homicida cambia profundamente el ambiente de vida del hombre. La tierra de \u00ab jard\u00edn de Ed\u00e9n \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 15), lugar de abundancia, de serenas relaciones interpersonales y de amistad con Dios, pasa a ser \u00ab pa\u00eds de Nod \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 16), lugar de \u00ab miseria \u00bb, de soledad y de lejan\u00eda de Dios. Ca\u00edn ser\u00e1 \u00ab vagabundo errante por la tierra \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 14): la inseguridad y la falta de estabilidad lo acompa\u00f1ar\u00e1n siempre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga,&nbsp;<em>\u00ab puso una se\u00f1al a Ca\u00edn&nbsp;<\/em>para que nadie que le encontrase le atacara \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 15). Le da, por tanto, una se\u00f1al de reconocimiento, que tiene como objetivo no condenarlo a la execraci\u00f3n de los dem\u00e1s hombres, sino protegerlo y defenderlo frente a quienes querr\u00e1n matarlo para vengar as\u00ed la muerte de Abel.&nbsp;<em>Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal&nbsp;<\/em>y Dios mismo se hace su garante. Es justamente aqu\u00ed donde se manifiesta el&nbsp;<em>misterio parad\u00f3jico de la justicia misericordiosa de Dios,&nbsp;<\/em>como escribi\u00f3 san Ambrosio: \u00ab Porque se hab\u00eda cometido un fratricidio, esto es, el m\u00e1s grande de los cr\u00edmenes, en el momento mismo en que se introdujo el pecado, se debi\u00f3 desplegar la ley de la misericordia divina; ya que, si el castigo hubiera golpeado inmediatamente al culpable, no suceder\u00eda que los hombres, al castigar, usen cierta tolerancia o suavidad, sino que entregar\u00edan inmediatamente al castigo a los culpables. (&#8230;) Dios expuls\u00f3 a Ca\u00edn de su presencia y, renegado por sus padres, lo desterr\u00f3 como al exilio de una habitaci\u00f3n separada, por el hecho de que hab\u00eda pasado de la humana benignidad a la ferocidad bestial. Sin embargo, Dios no quiso castigar al homicida con el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento del pecador y no su muerte \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24D\">13<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab \u00bfQu\u00e9 has hecho? \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 10):&nbsp;<em>eclipse del valor de la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">10. El Se\u00f1or dice a Ca\u00edn: \u00ab \u00bfQu\u00e9 has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a m\u00ed desde el suelo \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 10).&nbsp;<em>La voz de la sangre derramada por los hombres no cesa de clamar,&nbsp;<\/em>de generaci\u00f3n en generaci\u00f3n, adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre nuevos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La pregunta del Se\u00f1or \u00ab \u00bfQu\u00e9 has hecho? \u00bb, que Ca\u00edn no puede esquivar, se dirige tambi\u00e9n al hombre contempor\u00e1neo para que tome conciencia de la amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen marcando la historia de la humanidad; para que busque las m\u00faltiples causas que los generan y alimentan; reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias que derivan de estos mismos atentados para la vida de las personas y de los pueblos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se agravan por la desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas veces, podr\u00edan remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones de violencia, odio, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres a agredirse entre s\u00ed con homicidios, guerras, matanzas y genocidios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00bfC\u00f3mo no pensar tambi\u00e9n en la violencia contra la vida de millones de seres humanos, especialmente ni\u00f1os, forzados a la miseria, a la desnutrici\u00f3n, y al hambre, a causa de una inicua distribuci\u00f3n de las riquezas entre los pueblos y las clases sociales? \u00bfo en la violencia derivada, incluso antes que de las guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos conflictos armados que ensangrientan el mundo? \u00bfo en la siembra de muerte que se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios ecol\u00f3gicos, con la criminal difusi\u00f3n de la droga, o con el fomento de modelos de pr\u00e1ctica de la sexualidad que, adem\u00e1s de ser moralmente inaceptables, son tambi\u00e9n portadores de graves riesgos para la vida? Es imposible enumerar completamente la vasta gama de amenazas contra la vida humana, \u00a1son tantas sus formas, manifiestas o encubiertas, en nuestro tiempo!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">11. Pero nuestra atenci\u00f3n quiere concentrarse, en particular, en&nbsp;<em>otro g\u00e9nero de atentados,&nbsp;<\/em>relativos a la vida naciente y terminal, que presentan&nbsp;<em>caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de gravedad singular,&nbsp;<\/em>por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia colectiva, el car\u00e1cter de \u00ab delito \u00bb y a asumir parad\u00f3jicamente el de \u00ab derecho \u00bb, hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio&nbsp;<em>reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecuci\u00f3n mediante la intervenci\u00f3n gratuita de los mismos agentes sanitarios.&nbsp;<\/em>Estos atentados golpean la vida humana en situaciones de m\u00e1xima precariedad, cuando est\u00e1 privada de toda capacidad de defensa. M\u00e1s grave a\u00fan es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente dentro y por obra de la familia, que constitutivamente est\u00e1 llamada a ser, sin embargo, \u00ab santuario de la vida \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00bfC\u00f3mo se ha podido llegar a una situaci\u00f3n semejante? Se deben tomar en consideraci\u00f3n m\u00faltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la \u00e9tica, haciendo cada vez m\u00e1s dif\u00edcil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes. A esto se a\u00f1aden las m\u00e1s diversas dificultades existenciales y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad compleja, en la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan con frecuencia solas con sus problemas. No faltan adem\u00e1s situaciones de particular pobreza, angustia o exasperaci\u00f3n, en las que la prueba de la supervivencia, el dolor hasta el l\u00edmite de lo soportable, y las violencias sufridas, especialmente aquellas contra la mujer, hacen que las opciones por la defensa y promoci\u00f3n de la vida sean exigentes, a veces incluso hasta el hero\u00edsmo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Todo esto explica, al menos en parte, c\u00f3mo el valor de la vida pueda hoy sufrir una especie de \u00ab eclipse \u00bb, aun cuando la conciencia no deje de se\u00f1alarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo de que se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atenci\u00f3n del hecho de estar en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la actual problem\u00e1tica social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre moral y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto que estamos frente a una realidad m\u00e1s amplia, que se puede considerar como una verdadera y aut\u00e9ntica&nbsp;<em>estructura de pecado,&nbsp;<\/em>caracterizada por la difusi\u00f3n de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera \u00ab cultura de muerte \u00bb. Esta estructura est\u00e1 activamente promovida por fuertes corrientes culturales, econ\u00f3micas y pol\u00edticas, portadoras de una concepci\u00f3n de la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en cierto sentido, de una<em>&nbsp;guerra de los poderosos contra los d\u00e9biles.&nbsp;<\/em>La vida que exigir\u00eda m\u00e1s acogida, amor y cuidado es tenida por in\u00fatil, o considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, m\u00e1s simplemente, con su misma presencia pone en discusi\u00f3n el bienestar y el estilo de vida de los m\u00e1s aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena as\u00ed una especie de&nbsp;<em>\u00ab conjura contra la vida \u00bb,&nbsp;<\/em>que afecta no s\u00f3lo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va m\u00e1s all\u00e1 llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y los Estados.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">13. Para facilitar la difusi\u00f3n del&nbsp;<em>aborto,&nbsp;<\/em>se han invertido y se siguen invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtenci\u00f3n de productos farmac\u00e9uticos, que hacen posible la muerte del feto en el seno materno, sin necesidad de recurrir a la ayuda del m\u00e9dico. La misma investigaci\u00f3n cient\u00edfica sobre este punto parece preocupada casi exclusivamente por obtener productos cada vez m\u00e1s simples y eficaces contra la vida y, al mismo tiempo, capaces de sustraer el aborto a toda forma de control y responsabilidad social.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se afirma con frecuencia que la&nbsp;<em>anticoncepci\u00f3n,&nbsp;<\/em>segura y asequible a todos, es el remedio m\u00e1s eficaz contra el aborto. Se acusa adem\u00e1s a la Iglesia cat\u00f3lica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente ense\u00f1ando la ilicitud moral de la anticoncepci\u00f3n. La objeci\u00f3n, mir\u00e1ndolo bien, se revela en realidad falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran a los anticonceptivos incluso para evitar despu\u00e9s la tentaci\u00f3n del aborto. Pero los contravalores inherentes a la \u00ab mentalidad anticonceptiva \u00bb \u2014bien diversa del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando el significado pleno del acto conyugal\u2014 son tales que hacen precisamente m\u00e1s fuerte esta tentaci\u00f3n, ante la eventual concepci\u00f3n de una vida no deseada. De hecho, la cultura abortista est\u00e1 particularmente desarrollada justo en los ambientes que rechazan la ense\u00f1anza de la Iglesia sobre la anticoncepci\u00f3n. Es cierto que anticoncepci\u00f3n y aborto, desde el punto de vista moral, son&nbsp;<em>males espec\u00edficamente distintos:&nbsp;<\/em>la primera contradice la verdad plena del acto sexual como expresi\u00f3n propia del amor conyugal, el segundo destruye la vida de un ser humano; la anticoncepci\u00f3n se opone a la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la virtud de la justicia y viola directamente el precepto divino \u00ab no matar\u00e1s \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo est\u00e1n \u00edntimamente relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que no faltan casos en los que se llega a la anticoncepci\u00f3n y al mismo aborto bajo la presi\u00f3n de m\u00faltiples dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en much\u00edsimos otros casos estas pr\u00e1cticas tienen sus ra\u00edces en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto ego\u00edsta de libertad que ve en la procreaci\u00f3n un obst\u00e1culo al desarrollo de la propia personalidad. As\u00ed, la vida que podr\u00eda brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo a evitar absolutamente, y el aborto en la \u00fanica respuesta posible frente a una anticoncepci\u00f3n frustrada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lamentablemente la estrecha conexi\u00f3n que, como mentalidad, existe entre la pr\u00e1ctica de la anticoncepci\u00f3n y la del aborto se manifiesta cada vez m\u00e1s y lo demuestra de modo alarmante tambi\u00e9n la preparaci\u00f3n de productos qu\u00edmicos, dispositivos intrauterinos y \u00ab vacunas \u00bb que, distribuidos con la misma facilidad que los anticonceptivos, act\u00faan en realidad como abortivos en las primer\u00edsimas fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">14. Tambi\u00e9n las distintas&nbsp;<em>t\u00e9cnicas de reproducci\u00f3n artificial,<\/em>&nbsp;que parecer\u00edan puestas al servicio de la vida y que son practicadas no pocas veces con esta intenci\u00f3n, en realidad dan pie a nuevos atentados contra la vida. M\u00e1s all\u00e1 del hecho de que son moralmente inaceptables desde el momento en que separan la procreaci\u00f3n del contexto integralmente humano del acto conyugal,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24E\">14<\/a><\/sup>&nbsp;estas t\u00e9cnicas registran altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto a la fecundaci\u00f3n como al desarrollo posterior del embri\u00f3n, expuesto al riesgo de muerte por lo general en brev\u00edsimo tiempo. Adem\u00e1s, se producen con frecuencia embriones en n\u00famero superior al necesario para su implantaci\u00f3n en el seno de la mujer, y estos as\u00ed llamados \u00ab embriones supernumerarios \u00bb son posteriormente suprimidos o utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso cient\u00edfico o m\u00e9dico, reducen en realidad la vida humana a simple \u00ab material biol\u00f3gico \u00bb del que se puede disponer libremente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los&nbsp;<em>diagn\u00f3sticos prenatales,&nbsp;<\/em>que no presentan dificultades morales si se realizan para determinar eventuales cuidados necesarios para el ni\u00f1o a\u00fan no nacido, con mucha frecuencia son ocasi\u00f3n para proponer o practicar el aborto. Es el aborto eugen\u00e9sico, cuya legitimaci\u00f3n en la opini\u00f3n p\u00fablica procede de una mentalidad \u2014equivocadamente considerada acorde con las exigencias de la \u00ab terap\u00e9utica \u00bb\u2014 que acoge la vida s\u00f3lo en determinadas condiciones, rechazando la limitaci\u00f3n, la minusvalidez, la enfermedad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Siguiendo esta misma l\u00f3gica, se ha llegado a negar los cuidados ordinarios m\u00e1s elementales, y hasta la alimentaci\u00f3n, a ni\u00f1os nacidos con graves deficiencias o enfermedades. Adem\u00e1s, el panorama actual resulta a\u00fan m\u00e1s desconcertante debido a las propuestas, hechas en varios lugares, de legitimar, en la misma l\u00ednea del derecho al aborto, incluso el&nbsp;<em>infanticidio,&nbsp;<\/em>retornando as\u00ed a una \u00e9poca de barbarie que se cre\u00eda superada para siempre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">15. Amenazas no menos graves afectan tambi\u00e9n a los&nbsp;<em>enfermos incurables&nbsp;<\/em>y a los&nbsp;<em>terminales,&nbsp;<\/em>en un contexto social y cultural que, haciendo m\u00e1s dif\u00edcil afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la&nbsp;<em>tentaci\u00f3n de resolver el problema del sufrimiento elimin\u00e1ndolo en su ra\u00edz,&nbsp;<\/em>anticipando la muerte al momento considerado como m\u00e1s oportuno.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En una decisi\u00f3n as\u00ed confluyen con frecuencia elementos diversos, lamentablemente convergentes en este terrible final. Puede ser decisivo, en el enfermo, el sentimiento de angustia, exasperaci\u00f3n, e incluso desesperaci\u00f3n, provocado por una experiencia de dolor intenso y prolongado. Esto supone una dura prueba para el equilibrio a veces ya inestable de la vida familiar y personal, de modo que, por una parte, el enfermo \u2014no obstante la ayuda cada vez m\u00e1s eficaz de la asistencia m\u00e9dica y social\u2014, corre el riesgo de sentirse abatido por la propia fragilidad; por otra, en las personas vinculadas afectivamente con el enfermo, puede surgir un sentimiento de comprensible aunque equivocada piedad. Todo esto se ve agravado por un ambiente cultural que no ve en el sufrimiento ning\u00fan significado o valor, es m\u00e1s, lo considera el mal por excelencia, que debe eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente cuando no se tiene una visi\u00f3n religiosa que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Adem\u00e1s, en el conjunto del horizonte cultural no deja de influir tambi\u00e9n una especie de actitud prometeica del hombre que, de este modo, se cree se\u00f1or de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad es derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva de sentido y esperanza. Encontramos una tr\u00e1gica expresi\u00f3n de todo esto en la difusi\u00f3n de la&nbsp;<em>eutanasia,&nbsp;<\/em>encubierta y subrepticia, practicada abiertamente o incluso legalizada. Esta, m\u00e1s que por una presunta piedad ante el dolor del paciente, es justificada a veces por razones utilitarias, de cara a evitar gastos innecesarios demasiado costosos para la sociedad. Se propone as\u00ed la eliminaci\u00f3n de los reci\u00e9n nacidos malformados, de los minusv\u00e1lidos graves, de los impedidos, de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los enfermos terminales. No nos es l\u00edcito callar ante otras formas m\u00e1s enga\u00f1osas, pero no menos graves o reales, de eutanasia. Estas podr\u00edan producirse cuando, por ejemplo, para aumentar la disponibilidad de \u00f3rganos para trasplante, se procede a la extracci\u00f3n de los \u00f3rganos sin respetar los criterios objetivos y adecuados que certifican la muerte del donante.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">16. Otro&nbsp;<em>fen\u00f3meno&nbsp;<\/em>actual, en el que confluyen frecuentemente amenazas y atentados contra la vida, es el&nbsp;<em>demogr\u00e1fico.&nbsp;<\/em>Este presenta modalidades diversas en las diferentes partes del mundo: en los Pa\u00edses ricos y desarrollados se registra una preocupante reducci\u00f3n o ca\u00edda de los nacimientos; los Pa\u00edses pobres, por el contrario, presentan en general una elevada tasa de aumento de la poblaci\u00f3n, dif\u00edcilmente soportable en un contexto de menor desarrollo econ\u00f3mico y social, o incluso de grave subdesarrollo. Ante la superpoblaci\u00f3n de los Pa\u00edses pobres faltan, a nivel internacional, medidas globales \u2014serias pol\u00edticas familiares y sociales, programas de desarrollo cultural y de justa producci\u00f3n y distribuci\u00f3n de los recursos\u2014 mientras se contin\u00faan realizando pol\u00edticas antinatalistas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La anticoncepci\u00f3n, la esterilizaci\u00f3n y el aborto est\u00e1n ciertamente entre las causas que contribuyen a crear situaciones de fuerte descenso de la natalidad. Puede ser f\u00e1cil la tentaci\u00f3n de recurrir tambi\u00e9n a los mismos m\u00e9todos y atentados contra la vida en las situaciones de \u00ab explosi\u00f3n demogr\u00e1fica \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El antiguo Fara\u00f3n, viendo como una pesadilla la presencia y aumento de los hijos de Israel, los someti\u00f3 a toda forma de opresi\u00f3n y orden\u00f3 que fueran asesinados todos los reci\u00e9n nacidos varones de las mujeres hebreas (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>1, 7-22). Del mismo modo se comportan hoy no pocos poderosos de la tierra. Estos consideran tambi\u00e9n como una pesadilla el crecimiento demogr\u00e1fico actual y temen que los pueblos m\u00e1s prol\u00edficos y m\u00e1s pobres representen una amenaza para el bienestar y la tranquilidad de sus Pa\u00edses. Por consiguiente, antes que querer afrontar y resolver estos graves problemas respetando la dignidad de las personas y de las familias, y el derecho inviolable de todo hombre a la vida, prefieren promover e imponer por cualquier medio una masiva planificaci\u00f3n de los nacimientos. Las mismas ayudas econ\u00f3micas, que estar\u00edan dispuestos a dar, se condicionan injustamente a la aceptaci\u00f3n de una pol\u00edtica antinatalista.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">17. La humanidad de hoy nos ofrece un espect\u00e1culo verdaderamente alarmante, si consideramos no s\u00f3lo los diversos \u00e1mbitos en los que se producen los atentados contra la vida, sino tambi\u00e9n su singular proporci\u00f3n num\u00e9rica, junto con el m\u00faltiple y poderoso apoyo que reciben de una vasta opini\u00f3n p\u00fablica, de un frecuente reconocimiento legal y de la implicaci\u00f3n de una parte del personal sanitario.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como afirm\u00e9 con fuerza en Denver, con ocasi\u00f3n de la VIII Jornada Mundial de la Juventud: \u00ab Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata s\u00f3lo de amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los &#8220;Ca\u00ednes&#8221; que asesinan a los &#8220;Abeles&#8221;; no, se trata de&nbsp;<em>amenazas programadas de manera cient\u00edfica y sistem\u00e1tica.&nbsp;<\/em>El siglo XX ser\u00e1 considerado una \u00e9poca de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucci\u00f3n permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros han logrado el mayor \u00e9xito posible \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24F\">15<\/a><\/sup>&nbsp;M\u00e1s all\u00e1 de las intenciones, que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos convincentes incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad ante una objetiva<em>&nbsp;\u00ab conjura contra la vida \u00bb,&nbsp;<\/em>que ve implicadas incluso a Instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar aut\u00e9nticas campa\u00f1as de difusi\u00f3n de la anticoncepci\u00f3n, la esterilizaci\u00f3n y el aborto. Finalmente, no se puede negar que los medios de comunicaci\u00f3n social son con frecuencia c\u00f3mplices de esta conjura, creando en la opini\u00f3n p\u00fablica una cultura que presenta el recurso a la anticoncepci\u00f3n, la esterilizaci\u00f3n, el aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso y conquista de libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab \u00bfSoy acaso yo el guarda de mi hermano? \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 9):&nbsp;<em>una idea perversa de libertad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">18. El panorama descrito debe considerarse atendiendo no s\u00f3lo a los fen\u00f3menos de muerte que lo caracterizan, sino tambi\u00e9n a las<em>&nbsp;m\u00faltiples causas&nbsp;<\/em>que lo determinan. La pregunta del Se\u00f1or: \u00ab \u00bfQu\u00e9 has hecho? \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 10) parece como una invitaci\u00f3n a Ca\u00edn para ir m\u00e1s all\u00e1 de la materialidad de su gesto homicida, y comprender toda su gravedad en las&nbsp;<em>motivaciones&nbsp;<\/em>que estaban en su origen y en las&nbsp;<em>consecuencias&nbsp;<\/em>que se derivan.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones dif\u00edciles o incluso dram\u00e1ticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total de perspectivas econ\u00f3micas, depresi\u00f3n y angustia por el futuro. Estas circunstancias pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente culpabilidad de quienes hacen estas opciones en s\u00ed mismas moralmente malas. Sin embargo, hoy el problema va bastante m\u00e1s all\u00e1 del obligado reconocimiento de estas situaciones personales. Est\u00e1 tambi\u00e9n en el plano cultural, social y pol\u00edtico, donde presenta su aspecto m\u00e1s subversivo e inquietante en la tendencia, cada vez m\u00e1s frecuente, a interpretar estos delitos contra la vida como&nbsp;<em>leg\u00edtimas expresiones de la libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo se produce un cambio de tr\u00e1gicas consecuencias en el largo proceso hist\u00f3rico, que despu\u00e9s de descubrir la idea de los \u00ab derechos humanos \u00bb \u2014como derechos inherentes a cada persona y previos a toda Constituci\u00f3n y legislaci\u00f3n de los Estados\u2014 incurre hoy en una&nbsp;<em>sorprendente contradicci\u00f3n:&nbsp;<\/em>justo en una \u00e9poca en la que se proclaman solemnemente los derechos inviolables de la persona y se afirma p\u00fablicamente el valor de la vida, el derecho mismo a la vida queda pr\u00e1cticamente negado y conculcado, en particular en los momentos m\u00e1s emblem\u00e1ticos de la existencia, como son el nacimiento y la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por una parte, las varias declaraciones universales de los derechos del hombre y las m\u00faltiples iniciativas que se inspiran en ellas, afirman a nivel mundial una sensibilidad moral m\u00e1s atenta a reconocer el valor y la dignidad de todo ser humano en cuanto tal, sin distinci\u00f3n de raza, nacionalidad, religi\u00f3n, opini\u00f3n pol\u00edtica o clase social.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por otra parte, a estas nobles declaraciones se contrapone lamentablemente en la realidad su tr\u00e1gica negaci\u00f3n. Esta es a\u00fan m\u00e1s desconcertante y hasta escandalosa, precisamente por producirse en una sociedad que hace de la afirmaci\u00f3n y de la tutela de los derechos humanos su objetivo principal y al mismo tiempo su motivo de orgullo. \u00bfC\u00f3mo poner de acuerdo estas repetidas afirmaciones de principios con la multiplicaci\u00f3n continua y la difundida legitimaci\u00f3n de los atentados contra la vida humana? \u00bfC\u00f3mo conciliar estas declaraciones con el rechazo del m\u00e1s d\u00e9bil, del m\u00e1s necesitado, del anciano y del reci\u00e9n concebido? Estos atentados van en una direcci\u00f3n exactamente contraria a la del respeto a la vida, y representan una&nbsp;<em>amenaza frontal a toda la cultura de los derechos del hombre.&nbsp;<\/em>Es una amenaza capaz, al l\u00edmite, de poner en peligro el significado mismo de la convivencia democr\u00e1tica:&nbsp;<em>nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser sociedades de \u00ab con-vivientes \u00bb a sociedades de excluidos,&nbsp;<\/em>marginados, rechazados y eliminados. Si adem\u00e1s se dirige la mirada al horizonte mundial, \u00bfc\u00f3mo no pensar que la afirmaci\u00f3n misma de los derechos de las personas y de los pueblos se reduce a un ejercicio ret\u00f3rico est\u00e9ril, como sucede en las altas reuniones internacionales, si no se desenmascara el ego\u00edsmo de los Pa\u00edses ricos que cierran el acceso al desarrollo de los Pa\u00edses pobres, o lo condicionan a absurdas prohibiciones de procreaci\u00f3n, oponiendo el desarrollo al hombre? \u00bfNo convendr\u00eda quiz\u00e1 revisar los mismos modelos econ\u00f3micos, adoptados a menudo por los Estados incluso por influencias y condicionamientos de car\u00e1cter internacional, que producen y favorecen situaciones de injusticia y violencia en las que se degrada y vulnera la vida humana de poblaciones enteras?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">19. \u00bfD\u00f3nde est\u00e1n&nbsp;<em>las ra\u00edces de una contradicci\u00f3n tan sorprendente?<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Podemos encontrarlas en valoraciones generales de orden cultural o moral, comenzando por aquella mentalidad que,<em>&nbsp;tergiversando e incluso deformando el concepto de subjetividad,<\/em>&nbsp;s\u00f3lo reconoce como titular de derechos a quien se presenta con plena o, al menos, incipiente autonom\u00eda y sale de situaciones de total dependencia de los dem\u00e1s. Pero, \u00bfc\u00f3mo conciliar esta postura con la&nbsp;<em>exaltaci\u00f3n del hombre como ser \u00ab indisponible \u00bb?<\/em>&nbsp;La teor\u00eda de los derechos humanos se fundamenta precisamente en la consideraci\u00f3n del hecho que el hombre, a diferencia de los animales y de las cosas, no puede ser sometido al dominio de nadie. Tambi\u00e9n se debe se\u00f1alar aquella l\u00f3gica que tiende a<em>&nbsp;identificar la dignidad personal con la capacidad de comunicaci\u00f3n verbal y expl\u00edcita&nbsp;<\/em>y, en todo caso, experimentable. Est\u00e1 claro que, con estos presupuestos, no hay espacio en el mundo para quien, como el que ha de nacer o el moribundo, es un sujeto constitutivamente d\u00e9bil, que parece sometido en todo al cuidado de otras personas, dependiendo radicalmente de ellas, y que s\u00f3lo sabe comunicarse mediante el lenguaje mudo de una profunda simbiosis de afectos. Es, por tanto, la fuerza que se hace criterio de opci\u00f3n y acci\u00f3n en las relaciones interpersonales y en la convivencia social. Pero esto es exactamente lo contrario de cuanto ha querido afirmar hist\u00f3ricamente el Estado de derecho, como comunidad en la que a las \u00ab razones de la fuerza \u00bb sustituye la \u00ab fuerza de la raz\u00f3n \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A otro nivel, el origen de la contradicci\u00f3n entre la solemne afirmaci\u00f3n de los derechos del hombre y su tr\u00e1gica negaci\u00f3n en la pr\u00e1ctica, est\u00e1 en un&nbsp;<em>concepto de libertad&nbsp;<\/em>que exalta de modo absoluto al individuo, y no lo dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio del otro. Si es cierto que, a veces, la eliminaci\u00f3n de la vida naciente o terminal se enmascara tambi\u00e9n bajo una forma malentendida de altruismo y piedad humana, no se puede negar que semejante cultura de muerte, en su conjunto, manifiesta una visi\u00f3n de la libertad muy individualista, que acaba por ser la libertad de los \u00ab m\u00e1s fuertes \u00bb contra los d\u00e9biles destinados a sucumbir.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente en este sentido se puede interpretar la respuesta de Ca\u00edn a la pregunta del Se\u00f1or \u00ab \u00bfD\u00f3nde est\u00e1 tu hermano Abel? \u00bb: \u00ab No s\u00e9. \u00bf<em>Soy yo acaso el guarda de mi hermano? \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 9). S\u00ed, cada hombre es \u00ab guarda de su hermano \u00bb, porque Dios conf\u00eda el hombre al hombre. Y es tambi\u00e9n en vista de este encargo que Dios da a cada hombre la libertad, que posee una&nbsp;<em>esencial dimensi\u00f3n relacional.&nbsp;<\/em>Es un gran don del Creador, puesta al servicio de la persona y de su realizaci\u00f3n mediante el don de s\u00ed misma y la acogida del otro. Sin embargo, cuando la libertad es absolutizada en clave individualista, se vac\u00eda de su contenido original y se contradice en su misma vocaci\u00f3n y dignidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay un aspecto a\u00fan m\u00e1s profundo que acentuar: la libertad reniega de s\u00ed misma, se autodestruye y se dispone a la eliminaci\u00f3n del otro cuando no reconoce ni respeta su&nbsp;<em>v\u00ednculo constitutivo con la verdad.&nbsp;<\/em>Cada vez que la libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradici\u00f3n y autoridad, se cierra a las evidencias primarias de una verdad objetiva y com\u00fan, fundamento de la vida personal y social, la persona acaba por asumir como \u00fanica e indiscutible referencia para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el bien o el mal, sino s\u00f3lo su opini\u00f3n subjetiva y mudable o, incluso, su inter\u00e9s ego\u00edsta y su capricho.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">20. Con esta concepci\u00f3n de la libertad,&nbsp;<em>la convivencia social se deteriora profundamente.&nbsp;<\/em>Si la promoci\u00f3n del propio yo se entiende en t\u00e9rminos de autonom\u00eda absoluta, se llega inevitablemente a la negaci\u00f3n del otro, considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin v\u00ednculos rec\u00edprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los dem\u00e1s, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los intereses an\u00e1logos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el m\u00e1ximo posible de libertad en la sociedad. As\u00ed, desaparece toda referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces&nbsp;<em>todo es pactable, todo es negociable:&nbsp;<\/em>incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es lo que de hecho sucede tambi\u00e9n en el \u00e1mbito m\u00e1s propiamente pol\u00edtico o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en discusi\u00f3n o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una parte \u2014aunque sea mayoritaria\u2014 de la poblaci\u00f3n. Es el resultado nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible: el \u00ab derecho \u00bb deja de ser tal porque no est\u00e1 ya fundamentado s\u00f3lidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino que queda sometido a la voluntad del m\u00e1s fuerte. De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental. El Estado deja de ser la \u00ab casa com\u00fan \u00bb donde todos pueden vivir seg\u00fan los principios de igualdad fundamental, y se transforma en<em>&nbsp;Estado tirano,&nbsp;<\/em>que presume de poder disponer de la vida de los m\u00e1s d\u00e9biles e indefensos, desde el ni\u00f1o a\u00fan no nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad p\u00fablica que no es otra cosa, en realidad, que el inter\u00e9s de algunos. Parece que todo acontece en el m\u00e1s firme respeto de la legalidad, al menos cuando las leyes que permiten el aborto o la eutanasia son votadas seg\u00fan las, as\u00ed llamadas, reglas democr\u00e1ticas. Pero en realidad estamos s\u00f3lo ante una tr\u00e1gica apariencia de legalidad, donde el ideal democr\u00e1tico, que es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la dignidad de toda persona humana,&nbsp;<em>es traicionado en sus mismas bases:&nbsp;<\/em>\u00ab \u00bfC\u00f3mo es posible hablar todav\u00eda de dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar a la m\u00e1s d\u00e9bil e inocente? \u00bfEn nombre de qu\u00e9 justicia se realiza la m\u00e1s injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando a algunas dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad? \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24G\">16<\/a><\/sup>&nbsp;Cuando se verifican estas condiciones, se han introducido ya los dinamismos que llevan a la disoluci\u00f3n de una aut\u00e9ntica convivencia humana y a la disgregaci\u00f3n de la misma realidad establecida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un&nbsp;<em>significado perverso e inicuo:&nbsp;<\/em>el de un&nbsp;<em>poder absoluto sobre los dem\u00e1s y contra los dem\u00e1s.&nbsp;<\/em>Pero \u00e9sta es la muerte de la verdadera libertad: \u00ab En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>8, 34).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab He de esconderme de tu presencia \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 14):&nbsp;<em>eclipse del sentido de Dios y del hombre<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">21. En la b\u00fasqueda de las ra\u00edces m\u00e1s profundas de la lucha entre la \u00ab cultura de la vida \u00bb y la \u00ab cultura de la muerte \u00bb, no basta detenerse en la idea perversa de libertad anteriormente se\u00f1alada. Es necesario llegar al centro del drama vivido por el hombre contempor\u00e1neo:&nbsp;<em>el eclipse del sentido de Dios y del hombre,&nbsp;<\/em>caracter\u00edstico del contexto social y cultural dominado por el secularismo, que con sus tent\u00e1culos penetrantes no deja de poner a prueba, a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se deja contagiar por esta atm\u00f3sfera, entra f\u00e1cilmente en el torbellino de un terrible c\u00edrculo vicioso:&nbsp;<em>perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder tambi\u00e9n el sentido del hombre,&nbsp;<\/em>de su dignidad y de su vida. A su vez, la violaci\u00f3n sistem\u00e1tica de la ley moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva ofuscaci\u00f3n de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Una vez m\u00e1s podemos inspirarnos en el relato del asesinato de Abel por parte de su hermano. Despu\u00e9s de la maldici\u00f3n impuesta por Dios, Ca\u00edn se dirige as\u00ed al Se\u00f1or: \u00ab Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de este suelo y&nbsp;<em>he de esconderme de tu presencia,&nbsp;<\/em>convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matar\u00e1 \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 13-14). Ca\u00edn considera que su pecado no podr\u00e1 ser perdonado por el Se\u00f1or y que su destino inevitable ser\u00e1 tener que \u00ab esconderse de su presencia \u00bb. Si Ca\u00edn confiesa que su culpa es \u00ab demasiado grande \u00bb, es porque sabe que se encuentra ante Dios y su justo juicio. En realidad, s\u00f3lo delante del Se\u00f1or el hombre puede reconocer su pecado y percibir toda su gravedad. Esta es la experiencia de David, que despu\u00e9s de \u00ab haber pecado contra el Se\u00f1or \u00bb, reprendido por el profeta Nat\u00e1n (cf.&nbsp;<em>2 Sam&nbsp;<\/em>11-12), exclama: \u00ab Mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar est\u00e1 ante m\u00ed; contra ti, contra ti s\u00f3lo he pecado, lo malo a tus ojos comet\u00ed \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>51 50, 5-6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">22. Por esto, cuando se pierde el sentido de Dios, tambi\u00e9n el sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente el Concilio Vaticano II: \u00ab La criatura sin el Creador desaparece&#8230; M\u00e1s a\u00fan, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24H\">17<\/a><\/sup>&nbsp;El hombre no puede ya entenderse como \u00ab misteriosamente otro \u00bb respecto a las dem\u00e1s criaturas terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfecci\u00f3n muy elevado. Encerrado en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a \u00ab una cosa \u00bb, y ya no percibe el car\u00e1cter trascendente de su \u00ab existir como hombre \u00bb. No considera ya la vida como un don espl\u00e9ndido de Dios, una realidad \u00ab sagrada \u00bb confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su \u00ab veneraci\u00f3n \u00bb. La vida llega a ser simplemente \u00ab una cosa \u00bb, que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed, ante la vida que nace y la vida que muere, el hombre ya no es capaz de dejarse interrogar sobre el sentido m\u00e1s aut\u00e9ntico de su existencia, asumiendo con verdadera libertad estos momentos cruciales de su propio \u00ab existir \u00bb. Se preocupa s\u00f3lo del \u00ab hacer \u00bb y, recurriendo a cualquier forma de tecnolog\u00eda, se afana por programar, controlar y dominar el nacimiento y la muerte. Estas, de experiencias originarias que requieren ser \u00ab vividas \u00bb, pasan a ser cosas que simplemente se pretenden \u00ab poseer \u00bb o \u00ab rechazar \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por otra parte, una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado, y la misma naturaleza, que ya no es \u00ab mater \u00bb, quede reducida a \u00ab material \u00bb disponible a todas las manipulaciones. A esto parece conducir una cierta racionalidad t\u00e9cnico-cient\u00edfica, dominante en la cultura contempor\u00e1nea, que niega la idea misma de una verdad de la creaci\u00f3n que hay que reconocer o de un designio de Dios sobre la vida que hay que respetar. Esto no es menos verdad, cuando la angustia por los resultados de esta \u00ab libertad sin ley \u00bb lleva a algunos a la postura opuesta de una \u00ab ley sin libertad \u00bb, como sucede, por ejemplo, en ideolog\u00edas que contestan la legitimidad de cualquier intervenci\u00f3n sobre la naturaleza, como en nombre de una \u00ab divinizaci\u00f3n \u00bb suya, que una vez m\u00e1s desconoce su dependencia del designio del Creador.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En realidad, viviendo \u00ab como si Dios no existiera \u00bb, el hombre pierde no s\u00f3lo el misterio de Dios, sino tambi\u00e9n el del mundo y el de su propio ser.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">23. El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al&nbsp;<em>materialismo pr\u00e1ctico,&nbsp;<\/em>en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta tambi\u00e9n aqu\u00ed la perenne validez de lo que escribi\u00f3 el Ap\u00f3stol: \u00ab Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entreg\u00f3 a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene \u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>1, 28). As\u00ed, los valores del&nbsp;<em>ser&nbsp;<\/em>son sustituidos por los del&nbsp;<em>tener.&nbsp;<\/em>El \u00fanico fin que cuenta es la consecuci\u00f3n del propio bienestar material. La llamada \u00ab calidad de vida \u00bb se interpreta principal o exclusivamente como eficiencia econ\u00f3mica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida f\u00edsica, olvidando las dimensiones m\u00e1s profundas \u2014relacionales, espirituales y religiosas\u2014 de la existencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En semejante contexto el&nbsp;<em>sufrimiento,&nbsp;<\/em>elemento inevitable de la existencia humana, aunque tambi\u00e9n factor de posible crecimiento personal, es \u00ab censurado \u00bb, rechazado como in\u00fatil, m\u00e1s a\u00fan, combatido como mal que debe evitarse siempre y de cualquier modo. Cuando no es posible evitarlo y la perspectiva de un bienestar al menos futuro se desvanece, entonces parece que la vida ha perdido ya todo sentido y aumenta en el hombre la tentaci\u00f3n de reivindicar el derecho a su supresi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Siempre en el mismo horizonte cultural, el&nbsp;<em>cuerpo&nbsp;<\/em>ya no se considera como realidad t\u00edpicamente personal, signo y lugar de las relaciones con los dem\u00e1s, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura materialidad: est\u00e1 simplemente compuesto de \u00f3rganos, funciones y energ\u00edas que hay que usar seg\u00fan criterios de mero goce y eficiencia. Por consiguiente, tambi\u00e9n la&nbsp;<em>sexualidad&nbsp;<\/em>se despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor, es decir, del don de s\u00ed mismo y de la acogida del otro seg\u00fan toda la riqueza de la persona, pasa a ser cada vez m\u00e1s ocasi\u00f3n e instrumento de afirmaci\u00f3n del propio yo y de satisfacci\u00f3n ego\u00edsta de los propios deseos e instintos. As\u00ed se deforma y falsifica el contenido originario de la sexualidad humana, y los dos significados, unitivo y procreativo, innatos a la naturaleza misma del acto conyugal, son separados artificialmente. De este modo, se traiciona la uni\u00f3n y la fecundidad se somete al arbitrio del hombre y de la mujer. La<em>&nbsp;procreaci\u00f3n&nbsp;<\/em>se convierte entonces en el \u00ab enemigo \u00bb a evitar en la pr\u00e1ctica de la sexualidad. Cuando se acepta, es s\u00f3lo porque manifiesta el propio deseo, o incluso la propia voluntad, de tener un hijo \u00ab a toda costa \u00bb, y no, en cambio, por expresar la total acogida del otro y, por tanto, la apertura a la riqueza de vida de la que el hijo es portador.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la perspectiva materialista expuesta hasta aqu\u00ed,&nbsp;<em>las relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento.<\/em>&nbsp;Los primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el ni\u00f1o, el enfermo o el que sufre y el anciano. El criterio propio de la dignidad personal \u2014el del respeto, la gratuidad y el servicio\u2014 se sustituye por el criterio de la eficiencia, la funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que \u00ab es \u00bb, sino por lo que \u00ab tiene, hace o produce \u00bb. Es la supremac\u00eda del m\u00e1s fuerte sobre el m\u00e1s d\u00e9bil.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">24.&nbsp;<em>En lo \u00edntimo de la conciencia moral&nbsp;<\/em>se produce el eclipse del sentido de Dios y del hombre, con todas sus m\u00faltiples y funestas consecuencias para la vida. Se pone en duda, sobre todo, la conciencia&nbsp;<em>de cada persona,&nbsp;<\/em>que en su unicidad e irrepetibilidad se encuentra sola ante Dios.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24I\">18<\/a><\/sup>&nbsp;Pero tambi\u00e9n se cuestiona, en cierto sentido, la \u00ab conciencia moral \u00bb&nbsp;<em>de la sociedad.&nbsp;<\/em>Esta es de alg\u00fan modo responsable, no s\u00f3lo porque tolera o favorece comportamientos contrarios a la vida, sino tambi\u00e9n porque alimenta la \u00ab cultura de la muerte \u00bb, llegando a crear y consolidar verdaderas y aut\u00e9nticas \u00ab estructuras de pecado \u00bb contra la vida. La conciencia moral, tanto individual como social, est\u00e1 hoy sometida, a causa tambi\u00e9n del fuerte influjo de muchos medios de comunicaci\u00f3n social, a un&nbsp;<em>peligro grav\u00edsimo y mortal,&nbsp;<\/em>el de la&nbsp;<em>confusi\u00f3n entre el bien y el mal&nbsp;<\/em>en relaci\u00f3n con el mismo derecho fundamental a la vida. Lamentablemente, una gran parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe en la Carta a los Romanos. Est\u00e1 formada \u00ab de hombres que aprisionan la verdad en la injusticia \u00bb (1, 18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder construir la ciudad terrena sin necesidad de El, \u00ab se ofuscaron en sus razonamientos \u00bb de modo que \u00ab su insensato coraz\u00f3n se entenebreci\u00f3 \u00bb (1, 21); \u00ab jact\u00e1ndose de sabios se volvieron est\u00fapidos \u00bb (1, 22), se hicieron autores de obras dignas de muerte y \u00ab no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen \u00bb (1, 32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>6, 22-23), llama \u00ab al mal bien y al bien mal \u00bb (<em>Is&nbsp;<\/em>5, 20), camina ya hacia su degradaci\u00f3n m\u00e1s inquietante y hacia la m\u00e1s tenebrosa ceguera moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por imponer el silencio no logran sofocar la voz del Se\u00f1or que resuena en la conciencia de cada hombre. De este \u00edntimo santuario de la conciencia puede empezar un nuevo camino de amor, de acogida y de servicio a la vida humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Os hab\u00e9is acercado a la sangre de la aspersi\u00f3n \u00bb&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Hb&nbsp;<\/em>12, 22.24):<em><br>signos de esperanza y llamada al compromiso<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">25. \u00ab Se oye la sangre de tu hermano clamar a m\u00ed desde el suelo \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 10). No es s\u00f3lo la sangre de Abel, el primer inocente asesinado, que clama a Dios, fuente y defensor de la vida. Tambi\u00e9n la sangre de todo hombre asesinado despu\u00e9s de Abel es un clamor que se eleva al Se\u00f1or. De una forma absolutamente \u00fanica, clama a Dios&nbsp;<em>la sangre de Cristo,&nbsp;<\/em>de quien Abel en su inocencia es figura prof\u00e9tica, como nos recuerda el autor de la Carta a los Hebreos: \u00ab Vosotros, en cambio, os hab\u00e9is acercado al monte Si\u00f3n, a la ciudad del Dios vivo&#8230; al mediador de una Nueva Alianza, y a la aspersi\u00f3n purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel \u00bb (12, 22.24).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es&nbsp;<em>la sangre de la aspersi\u00f3n.&nbsp;<\/em>De ella hab\u00eda sido s\u00edmbolo y signo anticipador la sangre de los sacrificios de la Antigua Alianza, con los que Dios manifestaba la voluntad de comunicar su vida a los hombres, purific\u00e1ndolos y consagr\u00e1ndolos (cf.&nbsp;<em>Ex<\/em>&nbsp;24, 8;&nbsp;<em>Lv&nbsp;<\/em>17, 11). Ahora, todo esto se cumple y verifica en Cristo: la suya es la sangre de la aspersi\u00f3n que redime, purifica y salva; es la sangre del mediador de la Nueva Alianza \u00ab derramada por muchos para perd\u00f3n de los pecados \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>26, 28). Esta sangre, que brota del costado abierto de Cristo en la cruz (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 34), \u00ab habla mejor que la de Abel \u00bb; en efecto, expresa y exige una \u00ab justicia \u00bb m\u00e1s profunda, pero sobre todo implora misericordia,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24J\">19<\/a><\/sup>&nbsp;se hace ante el Padre intercesora por los hermanos (cf.&nbsp;<em>Hb&nbsp;<\/em>7, 25), es fuente de redenci\u00f3n perfecta y don de vida nueva.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La sangre de Cristo, mientras&nbsp;<em>revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta qu\u00e9 precioso es el hombre a los ojos de Dios y qu\u00e9 inestimable es el valor de su vida.&nbsp;<\/em>Nos lo recuerda el ap\u00f3stol Pedro: \u00ab Sab\u00e9is que hab\u00e9is sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo \u00bb (<em>1 Pe&nbsp;<\/em>1, 18-19). Precisamente contemplando la sangre preciosa de Cristo, signo de su entrega de amor (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 1), el creyente aprende a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo hombre y puede exclamar con nuevo y grato estupor: \u00ab \u00a1Qu\u00e9 valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha &#8220;merecido tener tan gran Redentor&#8221; (Himno&nbsp;<em>Exsultet&nbsp;<\/em>de la Vigilia pascual), si &#8220;Dios ha dado a su Hijo&#8221;, a fin de que \u00e9l, el hombre, &#8220;no muera sino que tenga la vida eterna&#8221; (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 16)! \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24K\">20<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Adem\u00e1s, la sangre de Cristo manifiesta al hombre que su grandeza, y por tanto su vocaci\u00f3n, consiste en el&nbsp;<em>don sincero de s\u00ed mismo.&nbsp;<\/em>Precisamente porque se derrama como don de vida, la sangre de Cristo ya no es signo de muerte, de separaci\u00f3n definitiva de los hermanos, sino instrumento de una comuni\u00f3n que es riqueza de vida para todos. Quien bebe esta sangre en el sacramento de la Eucarist\u00eda y permanece en Jes\u00fas (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 56) queda comprometido en su mismo dinamismo de amor y de entrega de la vida, para llevar a plenitud la vocaci\u00f3n originaria al amor, propia de todo hombre (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 27; 2, 18-24).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres encuentran<em>&nbsp;la fuerza para comprometerse en favor de la vida.&nbsp;<\/em>Esta sangre es justamente&nbsp;<em>el motivo m\u00e1s grande de esperanza, m\u00e1s a\u00fan, es el fundamento de la absoluta certeza de que seg\u00fan el designio divino la vida vencer\u00e1.&nbsp;<\/em>\u00ab No habr\u00e1 ya muerte \u00bb, exclama la voz potente que sale del trono de Dios en la Jerusal\u00e9n celestial (<em>Ap&nbsp;<\/em>21, 4). Y san Pablo nos asegura que la victoria actual sobre el pecado es signo y anticipo de la victoria definitiva sobre la muerte, cuando \u00ab se cumplir\u00e1 la palabra que est\u00e1 escrita: &#8220;La muerte ha sido devorada en la victoria. \u00bfD\u00f3nde est\u00e1, oh muerte, tu victoria? \u00bfD\u00f3nde est\u00e1, oh muerte, tu aguij\u00f3n?&#8221; \u00bb (<em>1 Cor&nbsp;<\/em>15, 54-55).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta victoria en nuestras sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente marcadas por la \u00ab cultura de la muerte \u00bb. Se dar\u00eda, por tanto, una imagen unilateral, que podr\u00eda inducir a un est\u00e9ril des\u00e1nimo, si junto con la denuncia de las amenazas contra la vida no se presentan los&nbsp;<em>signos positivos&nbsp;<\/em>que se dan en la situaci\u00f3n actual de la humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a menudo dificultad para manifestarse y ser reconocidos, tal vez tambi\u00e9n porque no encuentran una adecuada atenci\u00f3n en los medios de comunicaci\u00f3n social. Pero, \u00a1cu\u00e1ntas iniciativas de ayuda y apoyo a las personas m\u00e1s d\u00e9biles e indefensas han surgido y contin\u00faan surgiendo en la comunidad cristiana y en la sociedad civil, a nivel local, nacional e internacional, promovidas por individuos, grupos, movimientos y organizaciones diversas!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Son todav\u00eda muchos los&nbsp;<em>esposos&nbsp;<\/em>que, con generosa responsabilidad, saben acoger a los hijos como \u00ab el don m\u00e1s excelente del matrimonio \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24L\">21<\/a><\/sup>&nbsp;No faltan&nbsp;<em>familias&nbsp;<\/em>que, adem\u00e1s de su servicio cotidiano a la vida, acogen a ni\u00f1os abandonados, a muchachos y j\u00f3venes en dificultad, a personas minusv\u00e1lidas, a ancianos solos. No pocos&nbsp;<em>centros de ayuda a la vida,&nbsp;<\/em>o instituciones an\u00e1logas, est\u00e1n promovidos por personas y grupos que, con admirable dedicaci\u00f3n y sacrificio, ofrecen un apoyo moral y material a madres en dificultad, tentadas de recurrir al aborto. Tambi\u00e9n surgen y se difunden&nbsp;<em>grupos de voluntarios<\/em>&nbsp;dedicados a dar hospitalidad a quienes no tienen familia, se encuentran en condiciones de particular penuria o tienen necesidad de hallar un ambiente educativo que les ayude a superar comportamientos destructivos y a recuperar el sentido de la vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La&nbsp;<em>medicina,&nbsp;<\/em>impulsada con gran dedicaci\u00f3n por investigadores y profesionales, persiste en su empe\u00f1o por encontrar remedios cada vez m\u00e1s eficaces: resultados que hace un tiempo eran del todo impensables y capaces de abrir prometedoras perspectivas se obtienen hoy para la vida naciente, para las personas que sufren y los enfermos en fase aguda o terminal. Distintos entes y organizaciones se movilizan para llevar, incluso a los pa\u00edses m\u00e1s afectados por la miseria y las enfermedades end\u00e9micas, los beneficios de la medicina m\u00e1s avanzada. As\u00ed, asociaciones nacionales e internacionales de m\u00e9dicos se mueven oportunamente para socorrer a las poblaciones probadas por calamidades naturales, epidemias o guerras. Aunque una verdadera justicia internacional en la distribuci\u00f3n de los recursos m\u00e9dicos est\u00e1 a\u00fan lejos de su plena realizaci\u00f3n, \u00bfc\u00f3mo no reconocer en los pasos dados hasta ahora el signo de una creciente solidaridad entre los pueblos, de una apreciable sensibilidad humana y moral y de un mayor respeto por la vida?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">27. Frente a legislaciones que han permitido el aborto y a tentativas, surgidas aqu\u00ed y all\u00e1, de legalizar la eutanasia, han aparecido en todo el mundo&nbsp;<em>movimientos e iniciativas de sensibilizaci\u00f3n social en favor de la vida.&nbsp;<\/em>Cuando, conforme a su aut\u00e9ntica inspiraci\u00f3n, act\u00faan con determinada firmeza pero sin recurrir a la violencia, estos movimientos favorecen una toma de conciencia m\u00e1s difundida y profunda del valor de la vida, solicitando y realizando un compromiso m\u00e1s decisivo por su defensa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00bfC\u00f3mo no recordar, adem\u00e1s,&nbsp;<em>todos estos gestos cotidianos de acogida, sacrificio y cuidado desinteresado&nbsp;<\/em>que un n\u00famero incalculable de personas realiza con amor en las familias, hospitales, orfanatos, residencias de ancianos y en otros centros o comunidades, en defensa de la vida? La Iglesia, dej\u00e1ndose guiar por el ejemplo de Jes\u00fas \u00ab buen samaritano \u00bb (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 29-37) y sostenida por su fuerza, siempre ha estado en la primera l\u00ednea de la caridad: tantos de sus hijos e hijas, especialmente religiosas y religiosos, con formas antiguas y siempre nuevas, han consagrado y contin\u00faan consagrando su vida a Dios ofreci\u00e9ndola por amor al pr\u00f3jimo m\u00e1s d\u00e9bil y necesitado. Estos gestos construyen en lo profundo la \u00ab civilizaci\u00f3n del amor y de la vida \u00bb, sin la cual la existencia de las personas y de la sociedad pierde su significado m\u00e1s aut\u00e9nticamente humano. Aunque nadie los advierta y permanezcan escondidos a la mayor\u00eda, la fe asegura que el Padre, \u00ab que ve en lo secreto \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>6, 4), no s\u00f3lo sabr\u00e1 recompensarlos, sino que ya desde ahora los hace fecundos con frutos duraderos para todos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Entre los signos de esperanza se da tambi\u00e9n el incremento, en muchos estratos de la opini\u00f3n p\u00fablica, de&nbsp;<em>una nueva sensibilidad cada vez m\u00e1s contraria a la guerra&nbsp;<\/em>como instrumento de soluci\u00f3n de los conflictos entre los pueblos, y orientada cada vez m\u00e1s a la b\u00fasqueda de medios eficaces, pero \u00ab no violentos \u00bb, para frenar la agresi\u00f3n armada. Adem\u00e1s, en este mismo horizonte se da la&nbsp;<em>aversi\u00f3n cada vez m\u00e1s difundida en la opini\u00f3n p\u00fablica a la pena de muerte,&nbsp;<\/em>incluso como instrumento de \u00ab leg\u00edtima defensa \u00bb social, al considerar las posibilidades con las que cuenta una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tambi\u00e9n se debe considerar positivamente una mayor atenci\u00f3n a la&nbsp;<em>calidad de vida&nbsp;<\/em>y a la&nbsp;<em>ecolog\u00eda,&nbsp;<\/em>que se registra sobre todo en las sociedades m\u00e1s desarrolladas, en las que las expectativas de las personas no se centran tanto en los problemas de la supervivencia cuanto m\u00e1s bien en la b\u00fasqueda de una mejora global de las condiciones de vida. Particularmente significativo es el despertar de una reflexi\u00f3n \u00e9tica sobre la vida. Con el nacimiento y desarrollo cada vez m\u00e1s extendido de la&nbsp;<em>bio\u00e9tica&nbsp;<\/em>se favorece la reflexi\u00f3n y el di\u00e1logo \u2014entre creyentes y no creyentes, as\u00ed como entre creyentes de diversas religiones\u2014 sobre problemas \u00e9ticos, incluso fundamentales, que afectan a la vida del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos plenamente conscientes de que estamos ante un enorme y dram\u00e1tico choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la \u00ab cultura de la muerte \u00bb y la \u00ab cultura de la vida \u00bb. Estamos no s\u00f3lo \u00ab ante \u00bb, sino necesariamente \u00ab en medio \u00bb de este conflicto: todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de&nbsp;<em>elegir incondicionalmente en favor de la vida.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tambi\u00e9n para nosotros resuena clara y fuerte la invitaci\u00f3n a Mois\u00e9s: \u00ab Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia&#8230;; te pongo delante vida o muerte, bendici\u00f3n o maldici\u00f3n.&nbsp;<em>Escoge la vida, para que vivas, t\u00fa y tu descendencia<\/em>&nbsp;\u00bb (<em>Dt&nbsp;<\/em>30, 15.19). Es una invitaci\u00f3n v\u00e1lida tambi\u00e9n para nosotros, llamados cada d\u00eda a tener que decidir entre la \u00ab cultura de la vida \u00bb y la \u00ab cultura de la muerte \u00bb. Pero la llamada del Deuteronomio es a\u00fan m\u00e1s profunda, porque nos apremia a una opci\u00f3n propiamente religiosa y moral. Se trata de dar a la propia existencia una orientaci\u00f3n fundamental y vivir en fidelidad y coherencia con la Ley del Se\u00f1or: \u00ab Yo te prescribo hoy que&nbsp;<em>ames al Se\u00f1or tu Dios,&nbsp;<\/em>que&nbsp;<em>sigas sus caminos&nbsp;<\/em>y&nbsp;<em>guardes sus mandamientos,&nbsp;<\/em>preceptos y normas&#8230; Escoge la vida, para que vivas, t\u00fa y tu descendencia, amando al Se\u00f1or tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a \u00e9l;&nbsp;<em>pues en eso est\u00e1 tu vida,&nbsp;<\/em>as\u00ed como la prolongaci\u00f3n de tus d\u00edas \u00bb (30, 16.19-20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La opci\u00f3n incondicional en favor de la vida alcanza plenamente su significado religioso y moral cuando nace, viene plasmada y es alimentada por la&nbsp;<em>fe en Cristo.&nbsp;<\/em>Nada ayuda tanto a afrontar positivamente el conflicto entre la muerte y la vida, en el que estamos inmersos, como la fe en el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y ha venido entre los hombres \u00ab para que tengan vida y la tengan en abundancia \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 10): es la&nbsp;<em>fe en el Resucitado, que ha vencido la muerte;&nbsp;<\/em>es la fe en la sangre de Cristo \u00ab que habla mejor que la de Abel \u00bb (<em>Hb&nbsp;<\/em>12, 24).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por tanto, a la luz y con la fuerza de esta fe, y ante los desaf\u00edos de la situaci\u00f3n actual, la Iglesia toma m\u00e1s viva conciencia de la gracia y de la responsabilidad que recibe de su Se\u00f1or para anunciar, celebrar y servir al&nbsp;<em>Evangelio de la vida.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA<br><br><\/strong>MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab La Vida se manifest\u00f3, y nosotros la hemos visto \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 2):&nbsp;<em>la mirada dirigida a Cristo, \u00ab Palabra de vida \u00bb<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en el mundo contempor\u00e1neo, podr\u00edamos sentirnos como abrumados por una sensaci\u00f3n de impotencia insuperable: \u00a1el bien nunca podr\u00e1 tener la fuerza suficiente para vencer el mal!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en \u00e9l cada creyente, est\u00e1 llamado a profesar, con humildad y valent\u00eda, la propia fe en Jesucristo, \u00ab Palabra de vida \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 1). En realidad, el&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>no es una mera reflexi\u00f3n, aunque original y profunda, sobre la vida humana; ni s\u00f3lo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a causar cambios significativos en la sociedad; menos a\u00fan una promesa ilusoria de un futuro mejor. El&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>es una realidad concreta y personal, porque consiste en el anuncio de<em>la persona misma de Jes\u00fas,&nbsp;<\/em>el cual se presenta al ap\u00f3stol Tom\u00e1s, y en \u00e9l a todo hombre, con estas palabras: \u00ab Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 6). Es la misma identidad manifestada a Marta, la hermana de L\u00e1zaro: \u00ab Yo soy la resurrecci\u00f3n y la vida. El que cree en m\u00ed, aunque muera, vivir\u00e1; y todo el que vive y cree en m\u00ed, no morir\u00e1 jam\u00e1s \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>11, 25-26). Jes\u00fas es el Hijo que desde la eternidad recibe la vida del Padre (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>5, 26) y que ha venido a los hombres para hacerles part\u00edcipes de este don: \u00ab Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 10).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed, por la palabra, la acci\u00f3n y la persona misma de Jes\u00fas se da al hombre la posibilidad de \u00ab conocer \u00bb&nbsp;<em>toda la verdad&nbsp;<\/em>sobre el valor de la vida humana. De esa \u00ab fuente \u00bb recibe, en particular, la capacidad de \u00ab obrar \u00bb perfectamente esa verdad (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 21), es decir, asumir y realizar en plenitud la responsabilidad de amar y servir, defender y promover la vida humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se da plenamente aquel&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>que, anticipado ya en la Revelaci\u00f3n del Antiguo Testamento y, m\u00e1s a\u00fan, escrito de alg\u00fan modo en el coraz\u00f3n mismo de cada hombre y mujer, resuena en cada conciencia \u00ab desde el principio \u00bb, o sea, desde la misma creaci\u00f3n, de modo que, a pesar de los condicionamientos negativos del pecado,&nbsp;<em>tambi\u00e9n puede ser conocido por la raz\u00f3n humana en sus aspectos esenciales.&nbsp;<\/em>Como dice el Concilio Vaticano II, Cristo \u00ab con su presencia y manifestaci\u00f3n, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrecci\u00f3n, con el env\u00edo del Esp\u00edritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelaci\u00f3n y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios est\u00e1 con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24M\">22<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">30. Por tanto, con la mirada fija en el Se\u00f1or Jes\u00fas queremos volver a escuchar de El \u00ab las palabras de Dios \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 34) y meditar de nuevo el&nbsp;<em>Evangelio de la vida.&nbsp;<\/em>El sentido m\u00e1s profundo y original de esta meditaci\u00f3n del mensaje revelado sobre la vida humana ha sido expuesto por el ap\u00f3stol Juan, al comienzo de su Primera Carta: \u00ab Lo que exist\u00eda desde el principio, lo que hemos o\u00eddo, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida \u2014pues la Vida se manifest\u00f3, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifest\u00f3\u2014 lo que hemos visto y o\u00eddo, os lo anunciamos, para que tambi\u00e9n vosotros est\u00e9is en comuni\u00f3n con nosotros \u00bb (1, 1-3).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En Jes\u00fas, \u00ab Palabra de vida \u00bb, se anuncia y comunica la vida divina y eterna. Gracias a este anuncio y a este don, la vida f\u00edsica y espiritual del hombre, incluida su etapa terrena, encuentra plenitud de valor y significado: en efecto, la vida divina y eterna es el fin al que est\u00e1 orientado y llamado el hombre que vive en este mundo. El&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>abarca as\u00ed todo lo que la misma experiencia y la raz\u00f3n humana dicen sobre el valor de la vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva a t\u00e9rmino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Mi fortaleza y mi canci\u00f3n es el Se\u00f1or. El es mi salvaci\u00f3n&nbsp;<\/em>\u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>15, 2):&nbsp;<em>la vida es siempre un bien<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">31. En realidad, la plenitud evang\u00e9lica del mensaje sobre la vida fue ya preparada en el Antiguo Testamento. Es sobre todo en las vicisitudes del Exodo, fundamento de la experiencia de fe del Antiguo Testamento, donde Israel descubre el valor de la vida a los ojos de Dios. Cuando parece ya abocado al exterminio, porque la amenaza de muerte se extiende a todos sus reci\u00e9n nacidos varones (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>1, 15-22), el Se\u00f1or se le revela como salvador, capaz de asegurar un futuro a quien est\u00e1 sin esperanza. Nace as\u00ed en Israel una clara conciencia:&nbsp;<em>su vida&nbsp;<\/em>no est\u00e1 a merced de un fara\u00f3n que puede usarla con arbitrio desp\u00f3tico; al contrario, es<em>&nbsp;objeto de un tierno y fuerte amor por parte de Dios.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La liberaci\u00f3n de la esclavitud es el don de una identidad, el reconocimiento de una dignidad indeleble y&nbsp;<em>el inicio de una historia nueva,&nbsp;<\/em>en la que van unidos el descubrimiento de Dios y de s\u00ed mismo. La experiencia del Exodo es original y ejemplar. Israel aprende de ella que, cada vez que es amenazado en su existencia, s\u00f3lo tiene que acudir a Dios con confianza renovada para encontrar en \u00e9l asistencia eficaz: \u00ab Eres mi siervo, Israel. \u00a1Yo te he formado, t\u00fa eres mi siervo, Israel, yo no te olvido! \u00bb (<em>Is&nbsp;<\/em>44, 21).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo, mientras Israel reconoce el valor de su propia existencia como pueblo, avanza tambi\u00e9n en la&nbsp;<em>percepci\u00f3n del sentido y valor de la vida en cuanto tal.&nbsp;<\/em>Es una reflexi\u00f3n que se desarrolla de modo particular en los libros sapienciales, partiendo de la experiencia cotidiana de la&nbsp;<em>precariedad&nbsp;<\/em>de la vida y de la conciencia de las amenazas que la acechan. Ante las contradicciones de la existencia, la fe est\u00e1 llamada a ofrecer una respuesta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba. \u00bfC\u00f3mo no o\u00edr el gemido universal del hombre en la meditaci\u00f3n del libro de Job? El inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: \u00ab \u00bfPara qu\u00e9 dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ans\u00edan la muerte que no llega y excavan en su b\u00fasqueda m\u00e1s que por un tesoro? \u00bb (3, 20-21). Pero tambi\u00e9n en la m\u00e1s densa oscuridad la fe orienta hacia el reconocimiento confiado y adorador del \u00ab misterio \u00bb: \u00ab S\u00e9 que eres todopoderoso: ning\u00fan proyecto te es irrealizable \u00bb (<em>Jb&nbsp;<\/em>42, 2).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Progresivamente la Revelaci\u00f3n lleva a descubrir con mayor claridad el germen de vida inmortal puesto por el Creador en el coraz\u00f3n de los hombres: \u00ab El ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; tambi\u00e9n ha puesto el mundo en sus corazones \u00bb (<em>Ecl<\/em>&nbsp;3, 11). Este&nbsp;<em>germen de totalidad y plenitud&nbsp;<\/em>espera manifestarse en el amor, y realizarse, por don gratuito de Dios, en la participaci\u00f3n en su vida eterna.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab El nombre de Jes\u00fas ha restablecido a este hombre \u00bb&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Hch<\/em>&nbsp;3, 16):&nbsp;<em>en la precariedad de la existencia humana Jes\u00fas lleva a t\u00e9rmino el sentido de la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">32. La experiencia del pueblo de la Alianza se repite en la de todos los \u00ab pobres \u00bb que encuentran a Jes\u00fas de Nazaret. As\u00ed como el Dios \u00ab amante de la vida \u00bb (cf.&nbsp;<em>Sb&nbsp;<\/em>11, 26) hab\u00eda confortado a Israel en medio de los peligros, as\u00ed ahora el Hijo de Dios anuncia, a cuantos se sienten amenazados e impedidos en su existencia, que sus vidas tambi\u00e9n son un bien al cual el amor del Padre da sentido y valor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00ab Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>7, 22). Con estas palabras del profeta Isa\u00edas (35, 5-6; 61, 1), Jes\u00fas presenta el significado de su propia misi\u00f3n. As\u00ed, quienes sufren a causa de una existencia de alg\u00fan modo \u00ab disminuida \u00bb, escuchan de El la&nbsp;<em>buena nueva&nbsp;<\/em>de que Dios se interesa por ellos, y tienen la certeza de que tambi\u00e9n su vida es un don celosamente custodiado en las manos del Padre (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>6, 25-34).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los \u00ab pobres \u00bb son interpelados particularmente por la predicaci\u00f3n y las obras de Jes\u00fas. La multitud de enfermos y marginados, que lo siguen y lo buscan (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>4, 23-25), encuentran en su palabra y en sus gestos la revelaci\u00f3n del gran valor que tiene su vida y del fundamento de sus esperanzas de salvaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lo mismo sucede en la misi\u00f3n de la Iglesia desde sus comienzos. Ella, que anuncia a Jes\u00fas como aqu\u00e9l que \u00ab pas\u00f3 haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con \u00e9l \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>10, 38), es portadora de un mensaje de salvaci\u00f3n que resuena con toda su novedad precisamente en las situaciones de miseria y pobreza de la vida del hombre. As\u00ed hace Pedro en la curaci\u00f3n del tullido, al que pon\u00edan todos los d\u00edas junto a la puerta \u00ab Hermosa \u00bb del templo de Jerusal\u00e9n para pedir limosna: \u00ab No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte a andar \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>3, 6). Por la fe en Jes\u00fas, \u00ab autor de la vida \u00bb (cf.&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>3, 15), la vida que yace abandonada y suplicante vuelve a ser consciente de s\u00ed misma y de su plena dignidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La palabra y las acciones de Jes\u00fas y de su Iglesia no se dirigen s\u00f3lo a quienes padecen enfermedad, sufrimiento o diversas formas de marginaci\u00f3n social, sino que conciernen m\u00e1s profundamente&nbsp;<em>al sentido mismo de la vida de cada hombre en sus dimensiones morales y espirituales.&nbsp;<\/em>S\u00f3lo quien reconoce que su propia vida est\u00e1 marcada por la enfermedad del pecado, puede redescubrir, en el encuentro con Jes\u00fas Salvador, la verdad y autenticidad de su existencia, seg\u00fan sus mismas palabras: \u00ab No necesitan m\u00e9dico los que est\u00e1n sanos, sino los que est\u00e1n mal. No he venido a llamar a conversi\u00f3n a justos, sino a pecadores \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>5, 31-32).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En cambio, quien cree que puede asegurar su vida mediante la acumulaci\u00f3n de bienes materiales, como el rico agricultor de la par\u00e1bola evang\u00e9lica, en realidad se enga\u00f1a. La vida se le est\u00e1 escapando, y muy pronto se ver\u00e1 privado de ella sin haber logrado percibir su verdadero significado: \u00ab \u00a1Necio! Esta misma noche te reclamar\u00e1n el alma; las cosas que preparaste, \u00bfpara qui\u00e9n ser\u00e1n? \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>12, 20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">33. En la vida misma de Jes\u00fas, desde el principio al fin, se da esta singular \u00ab dial\u00e9ctica \u00bb entre la experiencia de la precariedad de la vida humana y la afirmaci\u00f3n de su valor. En efecto, la precariedad marca la vida de Jes\u00fas desde su nacimiento. Ciertamente encuentra&nbsp;<em>acogida&nbsp;<\/em>en los justos, que se unieron al \u00ab s\u00ed \u00bb decidido y gozoso de Mar\u00eda (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>1, 38). Pero tambi\u00e9n siente, en seguida, el&nbsp;<em>rechazo&nbsp;<\/em>de un mundo que se hace hostil y busca al ni\u00f1o \u00ab para matarle \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>2, 13), o que permanece indiferente y distra\u00eddo ante el cumplimiento del misterio de esta vida que entra en el mundo: \u00ab no ten\u00edan sitio en el alojamiento \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>2, 7). Del contraste entre las amenazas y las inseguridades, por una parte, y la fuerza del don de Dios, por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se irradia desde la casa de Nazaret y del pesebre de Bel\u00e9n: esta vida que nace es salvaci\u00f3n para toda la humanidad (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>2, 11).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jes\u00fas asume plenamente las contradicciones y los riesgos de la vida: \u00ab siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza \u00bb (<em>2 Cor&nbsp;<\/em>8, 9). La pobreza de la que habla Pablo no es s\u00f3lo despojarse de privilegios divinos, sino tambi\u00e9n compartir las condiciones m\u00e1s humildes y precarias de la vida humana (cf.&nbsp;<em>Flp&nbsp;<\/em>2, 6-7). Jes\u00fas vive esta pobreza durante toda su vida, hasta el momento culminante de la cruz: \u00ab se humill\u00f3 a s\u00ed mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exalt\u00f3 y le otorg\u00f3 el nombre que est\u00e1 sobre todo nombre \u00bb (<em>Flp&nbsp;<\/em>2, 8-9). Es precisamente&nbsp;<em>en su muerte<\/em>&nbsp;donde&nbsp;<em>Jes\u00fas revela toda la grandeza y el valor de la vida,&nbsp;<\/em>ya que su entrega en la cruz es fuente de vida nueva para todos los hombres (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>12, 32). En este peregrinar en medio de las contradicciones y en la misma p\u00e9rdida de la vida, Jes\u00fas es guiado por la certeza de que est\u00e1 en las manos del Padre. Por eso puede decirle en la cruz: \u00ab Padre, en tus manos pongo mi esp\u00edritu \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>23, 46), esto es, mi vida. \u00a1Qu\u00e9 grande es el valor de la vida humana si el Hijo de Dios la ha asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvaci\u00f3n para toda la humanidad!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Llamados&#8230; a reproducir la imagen de su Hijo \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 28-29):&nbsp;<em>la gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">34. La vida es siempre un bien. Esta es una intuici\u00f3n o, m\u00e1s bien, un dato de experiencia, cuya raz\u00f3n profunda el hombre est\u00e1 llamado a comprender.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>\u00bfPor qu\u00e9 la vida es un bien?&nbsp;<\/em>La pregunta recorre toda la Biblia, y ya desde sus primeras p\u00e1ginas encuentra una respuesta eficaz y admirable. La vida que Dios da al hombre es original y diversa de la de las dem\u00e1s criaturas vivientes, ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 7; 3, 19;<em>&nbsp;Jb&nbsp;<\/em>34, 15;&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>103 102, 14; 104 103, 29), es manifestaci\u00f3n de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria (cf.<em>&nbsp;Gn&nbsp;<\/em>1, 26-27;&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>8, 6). Es lo que quiso acentuar tambi\u00e9n san Ireneo de Lyon con su c\u00e9lebre definici\u00f3n: \u00ab el hombre que vive es la gloria de Dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24N\">23<\/a><\/sup>&nbsp;Al hombre se le ha dado&nbsp;<em>una alt\u00edsima dignidad,&nbsp;<\/em>que tiene sus ra\u00edces en el v\u00ednculo \u00edntimo que lo une a su Creador: en el hombre se refleja la realidad misma de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lo afirma el libro del G\u00e9nesis en el primer relato de la creaci\u00f3n, poniendo al hombre en el v\u00e9rtice de la actividad creadora de Dios, como su culmen, al t\u00e9rmino de un proceso que va desde el caos informe hasta la criatura m\u00e1s perfecta.&nbsp;<em>Toda la creaci\u00f3n est\u00e1 ordenada al hombre y todo se somete a \u00e9l:&nbsp;<\/em>\u00ab Henchid la tierra y sometedla; mandad&#8230; en todo animal que serpea sobre la tierra \u00bb (1, 28), ordena Dios al hombre y a la mujer. Un mensaje semejante aparece tambi\u00e9n en el otro relato de la creaci\u00f3n: \u00ab Tom\u00f3, pues, el Se\u00f1or Dios al hombre y le dej\u00f3 en el jard\u00edn de Ed\u00e9n, para que lo labrase y cuidase \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 15). As\u00ed se reafirma la primac\u00eda del hombre sobre las cosas, las cuales est\u00e1n destinadas a \u00e9l y confiadas a su responsabilidad, mientras que por ning\u00fan motivo el hombre puede ser sometido a sus semejantes y reducido al rango de cosa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el relato b\u00edblico, la distinci\u00f3n entre el hombre y las dem\u00e1s criaturas se manifiesta sobre todo en el hecho de que s\u00f3lo su creaci\u00f3n se presenta como fruto de una especial decisi\u00f3n por parte de Dios, de una deliberaci\u00f3n que establece un&nbsp;<em>v\u00ednculo particular y espec\u00edfico con el Creador:&nbsp;<\/em>\u00ab Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>1, 26).&nbsp;<em>La vida<\/em>&nbsp;que Dios ofrece al hombre&nbsp;<em>es un don con el que Dios comparte algo de s\u00ed mismo con la criatura.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Israel se peguntar\u00e1 durante mucho tiempo sobre el sentido de este v\u00ednculo particular y espec\u00edfico del hombre con Dios. Tambi\u00e9n el libro del Eclesi\u00e1stico reconoce que Dios al crear a los hombres \u00ab los revisti\u00f3 de una fuerza como la suya, y los hizo a su imagen \u00bb (17, 3). Con esto el autor sagrado manifiesta no s\u00f3lo su dominio sobre el mundo, sino tambi\u00e9n&nbsp;<em>las facultades espirituales m\u00e1s caracter\u00edsticas del hombre,&nbsp;<\/em>como la raz\u00f3n, el discernimiento del bien y del mal, la voluntad libre: \u00ab De saber e inteligencia los llen\u00f3, les ense\u00f1\u00f3 el bien y el mal \u00bb (<em>Si&nbsp;<\/em>17, 6).&nbsp;<em>La capacidad de conocer la verdad y la libertad son prerrogativas del hombre&nbsp;<\/em>en cuanto creado a imagen de su Creador, el Dios verdadero y justo (cf.&nbsp;<em>Dt&nbsp;<\/em>32, 4). S\u00f3lo el hombre, entre todas las criaturas visibles, tiene \u00ab capacidad para conocer y amar a su Creador \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24O\">24<\/a><\/sup>&nbsp;La vida que Dios da al hombre es mucho m\u00e1s que un existir en el tiempo. Es tensi\u00f3n hacia una plenitud de vida, es&nbsp;<em>germen de un existencia que supera los mismos l\u00edmites del tiempo:&nbsp;<\/em>\u00ab Porque Dios cre\u00f3 al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza \u00bb (<em>Sb<\/em>&nbsp;2, 23).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">35. El relato yahvista de la creaci\u00f3n expresa tambi\u00e9n la misma convicci\u00f3n. En efecto, esta antigua narraci\u00f3n habla de&nbsp;<em>un soplo divino&nbsp;<\/em>que&nbsp;<em>es infundido en el hombre&nbsp;<\/em>para que tenga vida: \u00ab El Se\u00f1or Dios form\u00f3 al hombre con polvo del suelo, sopl\u00f3 en sus narices un aliento de vida, y result\u00f3 el hombre un ser viviente \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 7).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El origen divino de este esp\u00edritu de vida explica la perenne insatisfacci\u00f3n que acompa\u00f1a al hombre durante su existencia. Creado por Dios, llevando en s\u00ed mismo una huella indeleble de Dios, el hombre tiende naturalmente a El. Al experimentar la aspiraci\u00f3n profunda de su coraz\u00f3n, todo hombre hace suya la verdad expresada por san Agust\u00edn: \u00ab Nos hiciste, Se\u00f1or, para ti y nuestro coraz\u00f3n est\u00e1 inquieto hasta que descanse en ti \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24P\">25<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Qu\u00e9 elocuente es la insatisfacci\u00f3n de la que es v\u00edctima la vida del hombre en el Ed\u00e9n, cuando su \u00fanica referencia es el mundo vegetal y animal (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 20). S\u00f3lo la aparici\u00f3n de la mujer, es decir, de un ser que es hueso de sus huesos y carne de su carne (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 23), y en quien vive igualmente el esp\u00edritu de Dios creador, puede satisfacer la exigencia de di\u00e1logo interpersonal que es vital para la existencia humana. En el otro, hombre o mujer, se refleja Dios mismo, meta definitiva y satisfactoria de toda persona.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00ab \u00bfQu\u00e9 es el hombre para que de \u00e9l te acuerdes, el hijo de Ad\u00e1n para que de \u00e9l te cuides? \u00bb, se pregunta el Salmista (<em>Sal&nbsp;<\/em>8, 5). Ante la inmensidad del universo es muy poca cosa, pero precisamente este contraste descubre su grandeza: \u00ab Apenas inferior a los \u00e1ngeles le hiciste (tambi\u00e9n se podr\u00eda traducir: \u00ab apenas inferior a Dios \u00bb), coron\u00e1ndole de gloria y de esplendor \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>8, 6).&nbsp;<em>La gloria de Dios resplandece en el rostro del hombre.&nbsp;<\/em>En \u00e9l encuentra el Creador su descanso, como comenta asombrado y conmovido san Ambrosio: \u00ab Finaliz\u00f3 el sexto d\u00eda y se concluy\u00f3 la creaci\u00f3n del mundo con la formaci\u00f3n de aquella obra maestra que es el hombre, el cual ejerce su dominio sobre todos los seres vivientes y es como el culmen del universo y la belleza suprema de todo ser creado. Verdaderamente deber\u00edamos mantener un reverente silencio, porque el Se\u00f1or descans\u00f3 de toda obra en el mundo. Descans\u00f3 al final en lo \u00edntimo del hombre, descans\u00f3 en su mente y en su pensamiento; en efecto, hab\u00eda creado al hombre dotado de raz\u00f3n, capaz de imitarle, \u00e9mulo de sus virtudes, anhelante de las gracias celestes. En estas dotes suyas descansa el Dios que dijo: &#8220;\u00bfEn qui\u00e9n encontrar\u00e9 reposo, si no es en el humilde y contrito, que tiembla a mi palabra&#8221; (cf.&nbsp;<em>Is&nbsp;<\/em>66, 1-2). Doy gracias al Se\u00f1or nuestro Dios por haber creado una obra tan maravillosa donde encontrar su descanso \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24Q\">26<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">36. Lamentablemente, el magn\u00edfico proyecto de Dios se oscurece por la irrupci\u00f3n del pecado en la historia. Con el pecado el hombre se rebela contra el Creador, acabando por&nbsp;<em>idolatrar a las criaturas:&nbsp;<\/em>\u00ab Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador \u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>1, 25). De este modo, el ser humano no s\u00f3lo desfigura en s\u00ed mismo la imagen de Dios, sino que est\u00e1 tentado de ofenderla tambi\u00e9n en los dem\u00e1s, sustituyendo las relaciones de comuni\u00f3n por actitudes de desconfianza, indiferencia, enemistad, llegando al odio homicida. Cuando no se reconoce a&nbsp;<em>Dios como Dios,&nbsp;<\/em>se traiciona el sentido profundo del hombre y se perjudica la comuni\u00f3n entre los hombres.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer y se manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne humana: \u00ab El es Imagen de Dios invisible \u00bb (<em>Col&nbsp;<\/em>1, 15), \u00ab resplandor de su gloria e impronta de su sustancia \u00bb (<em>Hb<\/em>&nbsp;1, 3). El es la imagen perfecta del Padre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El proyecto de vida confiado al primer Ad\u00e1n encuentra finalmente su cumplimiento en Cristo. Mientras la desobediencia de Ad\u00e1n deteriora y desfigura el designio de Dios sobre la vida del hombre, introduciendo la muerte en el mundo, la obediencia redentora de Cristo es fuente de gracia que se derrama sobre los hombres abriendo de par en par a todos las puertas del reino de la vida (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>5, 12-21). Afirma el ap\u00f3stol Pablo: \u00ab Fue hecho el primer hombre, Ad\u00e1n, alma viviente; el \u00faltimo Ad\u00e1n, esp\u00edritu que da vida \u00bb (<em>1 Cor&nbsp;<\/em>15, 45).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir a Cristo. En ellos la imagen divina es restaurada, renovada y llevada a perfecci\u00f3n. Este es el designio de Dios sobre los seres humanos: que \u00ab reproduzcan la imagen de su Hijo \u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 29). S\u00f3lo as\u00ed, con el esplendor de esta imagen, el hombre puede ser liberado de la esclavitud de la idolatr\u00eda, puede reconstruir la fraternidad rota y reencontrar su propia identidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Todo el que vive y cree en m\u00ed, no morir\u00e1 jam\u00e1s \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Jn&nbsp;<\/em>11, 26):<em>&nbsp;el don de la vida eterna<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">37. La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre est\u00e1 \u00ab en \u00e9l \u00bb y es \u00ab la luz de los hombres \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;1, 4),&nbsp;<em>consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor:&nbsp;<\/em>\u00ab A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; el cual no naci\u00f3 de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que naci\u00f3 de Dios \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 12-13).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A veces Jes\u00fas llama esta vida, que El ha venido a dar, simplemente as\u00ed: \u00ab la vida \u00bb; y presenta la generaci\u00f3n por parte de Dios como condici\u00f3n necesaria para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre: \u00ab El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 3). El don de esta vida es el objetivo espec\u00edfico de la misi\u00f3n de Jes\u00fas: \u00e9l \u00ab es el que baja del cielo y da la vida al mundo \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 33), de modo que puede afirmar con toda verdad: \u00ab El que me siga&#8230; tendr\u00e1 la luz de la vida \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>8, 12).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Otras veces Jes\u00fas habla de \u00ab vida eterna \u00bb, donde el adjetivo no se refiere s\u00f3lo a una perspectiva supratemporal. \u00ab Eterna \u00bb es la vida que Jes\u00fas promete y da, porque es participaci\u00f3n plena de la vida del \u00ab Eterno \u00bb. Todo el que cree en Jes\u00fas y entra en comuni\u00f3n con El tiene la vida eterna (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 15; 6, 40), ya que escucha de El las \u00fanicas palabras que revelan e infunden plenitud de vida en su existencia; son las \u00ab palabras de vida eterna \u00bb que Pedro reconoce en su confesi\u00f3n de fe: \u00ab Se\u00f1or, \u00bfa qui\u00e9n vamos a ir? T\u00fa tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que t\u00fa eres el Santo de Dios \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 68-69). Jes\u00fas mismo explica despu\u00e9s en qu\u00e9 consiste la vida eterna, dirigi\u00e9ndose al Padre en la gran oraci\u00f3n sacerdotal: \u00ab Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el \u00fanico Dios verdadero, y al que t\u00fa has enviado, Jesucristo \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es acoger el misterio de la comuni\u00f3n de amor del Padre, del Hijo y del Esp\u00edritu Santo en la propia vida, que&nbsp;<em>ya desde ahora&nbsp;<\/em>se abre a la vida eterna por la&nbsp;<em>participaci\u00f3n en la vida divina.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">38. Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la&nbsp;<em>vida de los hijos de Dios.&nbsp;<\/em>Un nuevo estupor y una gratitud sin l\u00edmites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo. El creyente hace suyas las palabras del ap\u00f3stol Juan: \u00ab Mirad qu\u00e9 amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues \u00a1lo somos!&#8230; Queridos, ahora somos hijos de Dios y a\u00fan no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a \u00e9l, porque le veremos tal cual es \u00bb (<em>1 Jn<\/em>&nbsp;3, 1-2).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed&nbsp;<em>alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida.&nbsp;<\/em>Su dignidad no s\u00f3lo est\u00e1 ligada a sus or\u00edgenes, a su procedencia divina, sino tambi\u00e9n a su fin, a su destino de comuni\u00f3n con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltaci\u00f3n del hombre: \u00ab el hombre que vive \u00bb es \u00ab gloria de Dios \u00bb, pero \u00ab la vida del hombre consiste en la visi\u00f3n de Dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24R\">27<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De aqu\u00ed derivan unas consecuencias inmediatas para la vida humana en su misma&nbsp;<em>condici\u00f3n terrena,&nbsp;<\/em>en la que ya ha germinado y est\u00e1 creciendo la vida eterna. Si el hombre ama instintivamente la vida porque es un bien, este amor encuentra ulterior motivaci\u00f3n y fuerza, nueva extensi\u00f3n y profundidad en las dimensiones divinas de este bien. En esta perspectiva, el amor que todo ser humano tiene por la vida no se reduce a la simple b\u00fasqueda de un espacio donde pueda realizarse a s\u00ed mismo y entrar en relaci\u00f3n con los dem\u00e1s, sino que se desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer de la propia existencia el \u00ab lugar \u00bb de la manifestaci\u00f3n de Dios, del encuentro y de la comuni\u00f3n con El. La vida que Jes\u00fas nos da no disminuye nuestra existencia en el tiempo, sino que la asume y conduce a su destino \u00faltimo: \u00ab Yo soy la resurrecci\u00f3n y la vida&#8230;; todo el que vive y cree en m\u00ed, no morir\u00e1 jam\u00e1s \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>11, 25.26).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab A cada uno pedir\u00e9 cuentas de la vida de su hermano \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Gn&nbsp;<\/em>9, 5):&nbsp;<em>veneraci\u00f3n y amor por la vida de todos<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">39. La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participaci\u00f3n de su soplo vital. Por tanto,&nbsp;<em>Dios es el \u00fanico se\u00f1or de esta vida:&nbsp;<\/em>el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo lo afirma a No\u00e9 despu\u00e9s del diluvio: \u00ab Os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamar\u00e9 a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamar\u00e9 el alma humana \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>9, 5). El texto b\u00edblico se preocupa de subrayar c\u00f3mo la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios y en su acci\u00f3n creadora: \u00ab Porque a imagen de Dios hizo El al hombre \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>9, 6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La vida y la muerte del hombre est\u00e1n, pues, en las manos de Dios, en su poder: \u00ab El, que tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre \u00bb, exclama Job (12, 10). \u00ab El Se\u00f1or da muerte y vida, hace bajar al Seol y retornar \u00bb (<em>1 S&nbsp;<\/em>2, 6). S\u00f3lo El puede decir: \u00ab Yo doy la muerte y doy la vida \u00bb (<em>Dt&nbsp;<\/em>32, 39).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante, sino como&nbsp;<em>cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas.&nbsp;<\/em>Si es cierto que la vida del hombre est\u00e1 en las manos de Dios, no lo es menos que sus manos son cari\u00f1osas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su ni\u00f1o: \u00ab Mantengo mi alma en paz y silencio como ni\u00f1o destetado en el regazo de su madre. \u00a1Como ni\u00f1o destetado est\u00e1 mi alma en m\u00ed! \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>131 130, 2; cf.&nbsp;<em>Is&nbsp;<\/em>49, 15; 66, 12-13;&nbsp;<em>Os&nbsp;<\/em>11, 4). As\u00ed Israel ve en las vicisitudes de los pueblos y en la suerte de los individuos no el fruto de una mera casualidad o de un destino ciego, sino el resultado de un designio de amor con el que Dios concentra todas las potencialidades de vida y se opone a las fuerzas de muerte que nacen del pecado: \u00ab No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucci\u00f3n de los vivientes; \u00e9l todo lo cre\u00f3 para que subsistiera \u00bb (<em>Sb&nbsp;<\/em>1, 13-14).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">40. De la sacralidad de la vida deriva su&nbsp;<em>car\u00e1cter inviolable, inscrito desde el principio en el coraz\u00f3n del hombre,&nbsp;<\/em>en su conciencia. La pregunta \u00ab \u00bfQu\u00e9 has hecho? \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 10), con la que Dios se dirige a Ca\u00edn despu\u00e9s de que \u00e9ste hubiera matado a su hermano Abel, presenta la experiencia de cada hombre: en lo profundo de su conciencia siempre es llamado a respetar el car\u00e1cter inviolable de la vida \u2014la suya y la de los dem\u00e1s\u2014, como realidad que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El mandamiento relativo al car\u00e1cter inviolable de la vida humana ocupa&nbsp;<em>el centro de las \u00ab diez palabras \u00bb de la alianza del Sina\u00ed&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>34, 28). Proh\u00edbe, ante todo, el homicidio: \u00ab No matar\u00e1s \u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>20, 13); \u00ab No quites la vida al inocente y justo \u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>23, 7); pero tambi\u00e9n condena \u2014como se explicita en la legislaci\u00f3n posterior de Israel\u2014 cualquier da\u00f1o causado a otro (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>21, 12-27). Ciertamente, se debe reconocer que en el Antiguo Testamento esta sensibilidad por el valor de la vida, aunque ya muy marcada, no alcanza todav\u00eda la delicadeza del Serm\u00f3n de la Monta\u00f1a, como se puede ver en algunos aspectos de la legislaci\u00f3n entonces vigente, que establec\u00eda penas corporales no leves e incluso la pena de muerte. Pero el mensaje global, que corresponde al Nuevo Testamento llevar a perfecci\u00f3n, es una fuerte llamada a respetar el car\u00e1cter inviolable de la vida f\u00edsica y la integridad personal, y tiene su culmen en el mandamiento positivo que obliga a hacerse cargo del pr\u00f3jimo como de s\u00ed mismo: \u00ab Amar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo como a ti mismo \u00bb (<em>Lv&nbsp;<\/em>19, 18).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">41. El mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb, incluido y profundizado en el precepto positivo del amor al pr\u00f3jimo, es&nbsp;<em>confirmado por el Se\u00f1or Jes\u00fas en toda su validez.&nbsp;<\/em>Al joven rico que le pregunta: \u00ab Maestro, \u00bfqu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir vida eterna? \u00bb, responde: \u00ab Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 16.17). Y cita, como primero, el \u00ab no matar\u00e1s \u00bb (v. 18). En el Serm\u00f3n de la Monta\u00f1a, Jes\u00fas exige de los disc\u00edpulos una&nbsp;<em>justicia superior&nbsp;<\/em>a la de los escribas y fariseos tambi\u00e9n en el campo del respeto a la vida: \u00ab Hab\u00e9is o\u00eddo que se dijo a los antepasados: No matar\u00e1s; y aquel que mate ser\u00e1 reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, ser\u00e1 reo ante el tribunal \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 21-22).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jes\u00fas explicita posteriormente con su palabra y sus obras las exigencias positivas del mandamiento sobre el car\u00e1cter inviolable de la vida. Estas estaban ya presentes en el Antiguo Testamento, cuya legislaci\u00f3n se preocupaba de garantizar y salvaguardar a las personas en situaciones de vida d\u00e9bil y amenazada: el extranjero, la viuda, el hu\u00e9rfano, el enfermo, el pobre en general, la vida misma antes del nacimiento (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>21, 22; 22, 20-26). Con Jes\u00fas estas exigencias positivas adquieren vigor e impulso nuevos y se manifiestan en toda su amplitud y profundidad: van desde cuidar la vida del&nbsp;<em>hermano&nbsp;<\/em>(familiar, perteneciente al mismo pueblo, extranjero que vive en la tierra de Israel), a hacerse cargo del<em>&nbsp;forastero,&nbsp;<\/em>hasta amar al&nbsp;<em>enemigo.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No existe el forastero para quien debe&nbsp;<em>hacerse pr\u00f3jimo&nbsp;<\/em>del necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como ense\u00f1a de modo elocuente e incisivo la par\u00e1bola del buen samaritano (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 25-37). Tambi\u00e9n el enemigo deja de serlo para quien est\u00e1 obligado a amarlo (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 38-48;&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>6, 27-35) y \u00ab hacerle el bien \u00bb (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>6, 27.33.35), socorriendo las necesidades de su vida con prontitud y sentido de gratuidad (cf.<em>&nbsp;Lc&nbsp;<\/em>6, 34-35). Culmen de este amor es la oraci\u00f3n por el enemigo, mediante la cual sintonizamos con el amor providente de Dios: \u00ab Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que se\u00e1is hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 44-45; cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>6, 28.35).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo, el mandamiento de Dios para salvaguardar la vida del hombre tiene su aspecto m\u00e1s profundo en la&nbsp;<em>exigencia de veneraci\u00f3n y amor&nbsp;<\/em>hacia cada persona y su vida. Esta es la ense\u00f1anza que el ap\u00f3stol Pablo, haci\u00e9ndose eco de la palabra de Jes\u00fas (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 17-18), dirige a los cristianos de Roma: \u00ab En efecto, lo de: No adulterar\u00e1s, no matar\u00e1s, no robar\u00e1s, no codiciar\u00e1s y todos los dem\u00e1s preceptos, se resumen en esta f\u00f3rmula:&nbsp;<em>Amar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo como a ti mismo.&nbsp;<\/em>La caridad no hace mal al pr\u00f3jimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud \u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>13, 9-10).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Gn&nbsp;<\/em>1, 28):&nbsp;<em>responsabilidades del hombre ante la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">42. Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea que Dios conf\u00eda a cada hombre, llam\u00e1ndolo, como imagen palpitante suya, a participar de la soberan\u00eda que El tiene sobre el mundo: \u00ab Y Dios los bendijo, y les dijo Dios: &#8220;Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra&#8221; \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>1, 28).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El texto b\u00edblico evidencia la amplitud y profundidad de la soberan\u00eda que Dios da al hombre. Se trata, sobre todo, del<em>&nbsp;dominio sobre la tierra y sobre cada ser vivo,&nbsp;<\/em>como recuerda el libro de la Sabidur\u00eda: \u00ab Dios de los Padres, Se\u00f1or de la misericordia&#8230; con tu Sabidur\u00eda formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados, y administrase el mundo con santidad y justicia \u00bb (9, 1.2-3). Tambi\u00e9n el Salmista exalta el dominio del hombre como signo de la gloria y del honor recibidos del Creador: \u00ab Le hiciste se\u00f1or de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies: ovejas y bueyes, todos juntos, y aun las bestias del campo, y las aves del cielo, y los peces del mar, que surcan las sendas de las aguas \u00bb (<em>Sal<\/em>&nbsp;8, 7-9).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jard\u00edn del mundo (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 15), tiene una responsabilidad espec\u00edfica sobre el<em>&nbsp;ambiente de vida,&nbsp;<\/em>o sea, sobre la creaci\u00f3n que Dios puso al servicio de su dignidad personal, de su vida: respecto no s\u00f3lo al presente, sino tambi\u00e9n a las generaciones futuras. Es la<em>&nbsp;cuesti\u00f3n ecol\u00f3gica&nbsp;<\/em>\u2014desde la preservaci\u00f3n del \u00ab habitat \u00bb natural de las diversas especies animales y formas de vida, hasta la \u00ab ecolog\u00eda humana \u00bb propiamente dicha<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24S\">28<\/a><\/sup>\u2014 que encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicaci\u00f3n \u00e9tica para una soluci\u00f3n respetuosa del gran bien de la vida, de toda vida. En realidad, \u00ab el dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de &#8220;usar y abusar&#8221;, o de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitaci\u00f3n impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada simb\u00f3licamente con la prohibici\u00f3n de &#8220;comer del fruto del \u00e1rbol&#8221; (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 16-17), muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no s\u00f3lo biol\u00f3gicas sino tambi\u00e9n morales, cuya transgresi\u00f3n no queda impune \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24T\">29<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">43. Una cierta participaci\u00f3n del hombre en la soberan\u00eda de Dios se manifiesta tambi\u00e9n en la&nbsp;<em>responsabilidad espec\u00edfica&nbsp;<\/em>que le es confiada&nbsp;<em>en relaci\u00f3n con la vida propiamente humana.&nbsp;<\/em>Es una responsabilidad que alcanza su v\u00e9rtice en el don de la vida<em>&nbsp;mediante la procreaci\u00f3n&nbsp;<\/em>por parte del hombre y la mujer en el matrimonio, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: \u00ab El mismo Dios, que dijo \u00ab no es bueno que el hombre est\u00e9 solo \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 18) y que \u00ab hizo desde el principio al hombre, var\u00f3n y mujer \u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 4), queriendo comunicarle cierta participaci\u00f3n especial en su propia obra creadora, bendijo al var\u00f3n y a la mujer diciendo: \u00ab Creced y multiplicaos \u00bb (Gn 1, 28) \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24U\">30<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hablando de una \u00ab cierta participaci\u00f3n especial \u00bb del hombre y de la mujer en la \u00ab obra creadora \u00bb de Dios, el Concilio quiere destacar c\u00f3mo la generaci\u00f3n de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, en cuanto implica a los c\u00f3nyuges que forman \u00ab una sola carne \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>2, 24) y tambi\u00e9n a Dios mismo que se hace presente. Como he escrito en la&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_02021994_families.html\">Carta a las Familias<\/a>,&nbsp;<\/em>\u00ab cuando de la uni\u00f3n conyugal de los dos nace un nuevo hombre, \u00e9ste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo:&nbsp;<em>en la biolog\u00eda de la generaci\u00f3n est\u00e1 inscrita la genealog\u00eda de la persona.&nbsp;<\/em>Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepci\u00f3n y generaci\u00f3n de un nuevo ser humano, no nos referimos s\u00f3lo al aspecto biol\u00f3gico; queremos subrayar m\u00e1s bien que&nbsp;<em>en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo est\u00e1 presente&nbsp;<\/em>de un modo diverso de como lo est\u00e1 en cualquier otra generaci\u00f3n &#8220;sobre la tierra&#8221;. En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella &#8220;imagen y semejanza&#8221;, propia del ser humano, como sucedi\u00f3 en la creaci\u00f3n. La generaci\u00f3n es, por consiguiente, la continuaci\u00f3n de la creaci\u00f3n \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24V\">31<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esto lo ense\u00f1a, con lenguaje inmediato y elocuente, el texto sagrado refiriendo la exclamaci\u00f3n gozosa de la primera mujer, \u00ab la madre de todos los vivientes \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>3, 20). Consciente de la intervenci\u00f3n de Dios, Eva dice: \u00ab He adquirido un var\u00f3n con el favor del Se\u00f1or \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 1). Por tanto, en la procreaci\u00f3n, al comunicar los padres la vida al hijo, se transmite la imagen y la semejanza de Dios mismo, por la creaci\u00f3n del alma inmortal.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24W\">32<\/a><\/sup>&nbsp;En este sentido se expresa el comienzo del \u00ab libro de la genealog\u00eda de Ad\u00e1n \u00bb: \u00ab El d\u00eda en que Dios cre\u00f3 a Ad\u00e1n, le hizo a imagen de Dios. Los cre\u00f3 var\u00f3n y hembra, los bendijo, y los llam\u00f3 &#8220;Hombre&#8221; en el d\u00eda de su creaci\u00f3n. Ten\u00eda Ad\u00e1n ciento treinta a\u00f1os cuando engendr\u00f3 un hijo a su semejanza, seg\u00fan su imagen, a quien puso por nombre Set \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>5, 1-3). Precisamente en esta funci\u00f3n suya como colaboradores de Dios&nbsp;<em>que transmiten su imagen a la nueva criatura,&nbsp;<\/em>est\u00e1 la grandeza de los esposos dispuestos \u00ab a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada d\u00eda m\u00e1s \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24X\">33<\/a><\/sup>&nbsp;En este sentido el obispo Anfiloquio exaltaba el \u00ab matrimonio santo, elegido y elevado por encima de todos los dones terrenos \u00bb como \u00ab generador de la humanidad, art\u00edfice de im\u00e1genes de Dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24Y\">34<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed, el hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados a una obra divina: mediante el acto de la procreaci\u00f3n, se acoge el don de Dios y se abre al futuro una nueva vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, m\u00e1s all\u00e1 de la misi\u00f3n espec\u00edfica de los padres,<em>&nbsp;el deber de acoger y servir la vida incumbe a todos y ha de manifestarse principalmente con la vida que se encuentra en condiciones de mayor debilidad.&nbsp;<\/em>Es el mismo Cristo quien nos lo recuerda, pidiendo ser amado y servido en los hermanos probados por cualquier tipo de sufrimiento: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados&#8230; Todo lo que se hace a uno de ellos se hace a Cristo mismo (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>25, 31-46).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Porque t\u00fa mis v\u00edsceras has formado \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Sal&nbsp;<\/em>139 138, 13):&nbsp;<em>la dignidad del ni\u00f1o a\u00fan no nacido<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">44. La vida humana se encuentra en una situaci\u00f3n muy precaria cuando viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la eternidad. Est\u00e1n muy presentes en la Palabra de Dios \u2014sobre todo en relaci\u00f3n con la existencia marcada por la enfermedad y la vejez\u2014 las exhortaciones al cuidado y al respeto. Si faltan llamadas directas y expl\u00edcitas a salvaguardar la vida humana en sus or\u00edgenes, especialmente la vida a\u00fan no nacida, como tambi\u00e9n la que est\u00e1 cercana a su fin, ello se explica f\u00e1cilmente por el hecho de que la sola posibilidad de ofender, agredir o, incluso, negar la vida en estas condiciones se sale del horizonte religioso y cultural del pueblo de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el Antiguo Testamento la esterilidad es temida como una maldici\u00f3n, mientras que la prole numerosa es considerada como una bendici\u00f3n: \u00ab La herencia del Se\u00f1or son los hijos, recompensa el fruto de las entra\u00f1as \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>127 126, 3; cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>128 127, 3-4). Influye tambi\u00e9n en esta convicci\u00f3n la conciencia que tiene Israel de ser el pueblo de la Alianza, llamado a multiplicarse seg\u00fan la promesa hecha a Abraham: \u00ab Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas&#8230; as\u00ed ser\u00e1 tu descendencia \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>5, 15). Pero es sobre todo palpable la certeza de que la vida transmitida por los padres tiene su origen en Dios, como atestiguan tantas p\u00e1ginas b\u00edblicas que con respeto y amor hablan de la concepci\u00f3n, de la formaci\u00f3n de la vida en el seno materno, del nacimiento y del estrecho v\u00ednculo que hay entre el momento inicial de la existencia y la acci\u00f3n del Dios Creador.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00ab Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conoc\u00eda, y antes que nacieses, te ten\u00eda consagrado \u00bb (<em>Jr&nbsp;<\/em>1, 5):&nbsp;<em>la existencia de cada individuo, desde su origen, est\u00e1 en el designio divino.&nbsp;<\/em>Job, desde lo profundo de su dolor, se detiene a contemplar la obra de Dios en la formaci\u00f3n milagrosa de su cuerpo en el seno materno, encontrando en ello un motivo de confianza y manifestando la certeza de la existencia de un proyecto divino sobre su vida: \u00ab Tus manos me formaron, me plasmaron, \u00a1y luego, en arrebato, me quieres destruir! Recuerda que me hiciste como se amasa el barro, y que al polvo has de devolverme. \u00bfNo me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios. Luego con la vida me agraciaste y tu solicitud cuid\u00f3 mi aliento \u00bb (10, 8-12). Acentos de reverente estupor ante la intervenci\u00f3n de Dios sobre la vida en formaci\u00f3n resuenan tambi\u00e9n en los Salmos.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%24Z\">35<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00bfC\u00f3mo se puede pensar que uno solo de los momentos de este maravilloso proceso de formaci\u00f3n de la vida pueda ser sustra\u00eddo de la sabia y amorosa acci\u00f3n del Creador y dejado a merced del arbitrio del hombre? Ciertamente no lo pens\u00f3 as\u00ed la madre de los siete hermanos, que profes\u00f3 su fe en Dios, principio y garant\u00eda de la vida desde su concepci\u00f3n, y al mismo tiempo fundamento de la esperanza en la nueva vida m\u00e1s all\u00e1 de la muerte: \u00ab Yo no s\u00e9 c\u00f3mo aparecisteis en mis entra\u00f1as, ni fui yo quien os regal\u00f3 el esp\u00edritu y la vida, ni tampoco organic\u00e9 yo los elementos de cada uno. Pues as\u00ed el Creador del mundo, el que model\u00f3 al hombre en su nacimiento y proyect\u00f3 el origen de todas las cosas, os devolver\u00e1 el esp\u00edritu y la vida con misericordia, porque ahora no mir\u00e1is por vosotros mismos a causa de sus leyes \u00bb (<em>2 M&nbsp;<\/em>7, 22-23).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">45. La revelaci\u00f3n del Nuevo Testamento confirma el<em>&nbsp;reconocimiento indiscutible del valor de la vida desde sus comienzos.&nbsp;<\/em>La exaltaci\u00f3n de la fecundidad y la espera diligente de la vida resuenan en las palabras con las que Isabel se alegra por su embarazo: \u00ab El Se\u00f1or&#8230; se dign\u00f3 quitar mi oprobio entre los hombres \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>1, 25). El valor de la persona desde su concepci\u00f3n es celebrado m\u00e1s vivamente a\u00fan en el encuentro entre la Virgen Mar\u00eda e Isabel, y entre los dos ni\u00f1os que llevan en su seno. Son precisamente ellos, los ni\u00f1os, quienes revelan la llegada de la era mesi\u00e1nica: en su encuentro comienza a actuar la fuerza redentora de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres. \u00ab Bien pronto \u2014escribe san Ambrosio\u2014 se manifiestan los beneficios de la llegada de Mar\u00eda y de la presencia del Se\u00f1or&#8230; Isabel fue la primera en o\u00edr la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuch\u00f3 seg\u00fan las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegr\u00f3 a causa del misterio. Isabel sinti\u00f3 la proximidad de Mar\u00eda, Juan la del Se\u00f1or; la mujer oy\u00f3 la salutaci\u00f3n de la mujer, el hijo sinti\u00f3 la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, vivi\u00e9ndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiraci\u00f3n de sus propios hijos. El ni\u00f1o salt\u00f3 de gozo y la madre fue llena del Esp\u00edritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, despu\u00e9s que fue repleto el hijo, qued\u00f3 tambi\u00e9n colmada la madre \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2410\">36<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab \u00a1Tengo fe, a\u00fan cuando digo: &#8220;Muy desdichado soy&#8221;! \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Sal<\/em>&nbsp;116 115, 10):&nbsp;<em>la vida en la vejez y en el sufrimiento<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">46. Tambi\u00e9n en lo relativo a los \u00faltimos momentos de la existencia, ser\u00eda anacr\u00f3nico esperar de la revelaci\u00f3n b\u00edblica una referencia expresa a la problem\u00e1tica actual del respeto de las personas ancianas y enfermas, y una condena expl\u00edcita de los intentos de anticipar violentamente su fin. En efecto, estamos en un contexto cultural y religioso que no est\u00e1 afectado por estas tentaciones, sino que, en lo concerniente al anciano, reconoce en su sabidur\u00eda y experiencia una riqueza insustituible para la familia y la sociedad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>La vejez est\u00e1 marcada por el prestigio y rodeada de veneraci\u00f3n<\/em>&nbsp;(cf.&nbsp;<em>2 M&nbsp;<\/em>6, 23). El justo no pide ser privado de la ancianidad y de su peso, al contrario, reza as\u00ed: \u00ab Pues t\u00fa eres mi esperanza, Se\u00f1or, mi confianza desde mi juventud&#8230; Y ahora que llega la vejez y las canas, \u00a1oh Dios, no me abandones!, para que anuncie yo tu brazo a todas las edades venideras \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>71 70, 5.18). El tiempo mesi\u00e1nico ideal es presentado como aqu\u00e9l en el que \u00ab no habr\u00e1 jam\u00e1s&#8230; viejo que no llene sus d\u00edas \u00bb (<em>Is&nbsp;<\/em>65, 20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, \u00bfc\u00f3mo afrontar en la vejez el declive inevitable de la vida? \u00bf<em>Qu\u00e9 actitud tomar ante la muerte? El creyente sabe que su vida est\u00e1 en las manos de Dios:&nbsp;<\/em>\u00ab Se\u00f1or, en tus manos est\u00e1 mi vida \u00bb (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>16 15, 5), y que de El acepta tambi\u00e9n el morir: \u00ab Esta sentencia viene del Se\u00f1or sobre toda carne, \u00bfpor qu\u00e9 desaprobar el agrado del Alt\u00edsimo? \u00bb (<em>Si&nbsp;<\/em>41, 4). El hombre, que no es due\u00f1o de la vida, tampoco lo es de la muerte; en su vida, como en su muerte, debe confiarse totalmente al \u00ab agrado del Alt\u00edsimo \u00bb, a su designio de amor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Incluso en el momento de la&nbsp;<em>enfermedad,&nbsp;<\/em>el hombre est\u00e1 llamado a vivir con la misma seguridad en el Se\u00f1or y a renovar su confianza fundamental en El, que \u00ab cura todas las enfermedades \u00bb (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>103 102, 3). Cuando parece que toda expectativa de curaci\u00f3n se cierra ante el hombre \u2014hasta moverlo a gritar: \u00ab Mis d\u00edas son como la sombra que declina, y yo me seco como el heno \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>102 101, 12)\u2014, tambi\u00e9n entonces el creyente est\u00e1 animado por la fe inquebrantable en el poder vivificante de Dios. La enfermedad no lo empuja a la desesperaci\u00f3n y a la b\u00fasqueda de la muerte, sino a la invocaci\u00f3n llena de esperanza: \u00ab \u00a1Tengo fe, a\u00fan cuando digo: &#8220;Muy desdichado soy&#8221;! \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>116 115, 10); \u00ab Se\u00f1or, Dios m\u00edo, clam\u00e9 a ti y me sanaste. T\u00fa has sacado, Se\u00f1or, mi alma del Seol, me has recobrado de entre los que bajan a la fosa \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>30 29, 3-4).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">47. La misi\u00f3n de Jes\u00fas, con las numerosas curaciones realizadas, manifiesta&nbsp;<em>c\u00f3mo Dios se preocupa tambi\u00e9n de la vida corporal del hombre.&nbsp;<\/em>\u00ab M\u00e9dico de la carne y del esp\u00edritu \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2411\">37<\/a><\/sup>&nbsp;Jes\u00fas fue enviado por el Padre a anunciar la buena nueva a los pobres y a sanar los corazones quebrantados (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>4, 18;&nbsp;<em>Is&nbsp;<\/em>61, 1). Al enviar despu\u00e9s a sus disc\u00edpulos por el mundo, les conf\u00eda una misi\u00f3n en la que la curaci\u00f3n de los enfermos acompa\u00f1a al anuncio del Evangelio: \u00ab Id proclamando que el Reino de los Cielos est\u00e1 cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>10, 7-8; cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>6, 13; 16, 18).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ciertamente,&nbsp;<em>la vida del cuerpo en su condici\u00f3n terrena no es un valor absoluto&nbsp;<\/em>para el creyente, sino que se le puede pedir que la ofrezca por un bien superior; como dice Jes\u00fas, \u00ab quien quiera salvar su vida, la perder\u00e1; pero quien pierda su vida por m\u00ed y por el Evangelio, la salvar\u00e1 \u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>8, 35). A este prop\u00f3sito, los testimonios del Nuevo Testamento son diversos. Jes\u00fas no vacila en sacrificarse a s\u00ed mismo y, libremente, hace de su vida una ofrenda al Padre (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 17) y a los suyos (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 15). Tambi\u00e9n la muerte de Juan el Bautista, precursor del Salvador, manifiesta que la existencia terrena no es un bien absoluto; es m\u00e1s importante la fidelidad a la palabra del Se\u00f1or, aunque pueda poner en peligro la vida (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>6, 17-29). Y Esteban, mientras era privado de la vida temporal por testimoniar fielmente la resurrecci\u00f3n del Se\u00f1or, sigue las huellas del Maestro y responde a quienes le apedrean con palabras de perd\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>7, 59-60), abriendo el camino a innumerables m\u00e1rtires, venerados por la Iglesia desde su comienzo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, ning\u00fan hombre puede decidir arbitrariamente entre vivir o morir. En efecto, s\u00f3lo es due\u00f1o absoluto de esta decisi\u00f3n el Creador, en quien \u00ab vivimos, nos movemos y existimos \u00bb (<em>Hch<\/em>&nbsp;17, 28).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Todos los que la guardan alcanzar\u00e1n la vida \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Ba&nbsp;<\/em>4, 1):&nbsp;<em>de la Ley del Sina\u00ed al don del Esp\u00edritu<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">48. La vida lleva escrita en s\u00ed misma de un modo indeleble&nbsp;<em>su verdad.&nbsp;<\/em>El hombre, acogiendo el don de Dios, debe comprometerse a&nbsp;<em>mantener la vida en esta verdad,&nbsp;<\/em>que le es esencial. Distanciarse de ella equivale a condenarse a s\u00ed mismo a la falta de sentido y a la infelicidad, con la consecuencia de poder ser tambi\u00e9n una amenaza para la existencia de los dem\u00e1s, una vez rotas las barreras que garantizan el respeto y la defensa de la vida en cada situaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>La verdad de la vida es revelada por el mandamiento de Dios.<\/em>&nbsp;La palabra del Se\u00f1or indica concretamente qu\u00e9 direcci\u00f3n debe seguir la vida para poder respetar su propia verdad y salvaguardar su propia dignidad. No s\u00f3lo el espec\u00edfico mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>20, 13;&nbsp;<em>Dt&nbsp;<\/em>5, 17) asegura la protecci\u00f3n de la vida, sino que&nbsp;<em>toda la Ley del Se\u00f1or&nbsp;<\/em>est\u00e1 al servicio de esta protecci\u00f3n, porque revela aquella verdad en la que la vida encuentra su pleno significado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por tanto, no sorprende que la Alianza de Dios con su pueblo est\u00e9 tan fuertemente ligada a la perspectiva de la vida, incluso en su dimensi\u00f3n corp\u00f3rea. El&nbsp;<em>mandamiento&nbsp;<\/em>se presenta en ella como<em>&nbsp;camino de vida:&nbsp;<\/em>\u00ab Yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos del Se\u00f1or tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas al Se\u00f1or tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivir\u00e1s y te multiplicar\u00e1s; el Se\u00f1or tu Dios te bendecir\u00e1 en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesi\u00f3n \u00bb (<em>Dt&nbsp;<\/em>30, 15-16). Est\u00e1 en juego no s\u00f3lo la tierra de Cana\u00e1n y la existencia del pueblo de Israel, sino el mundo de hoy y del futuro, as\u00ed como la existencia de toda la humanidad. En efecto, es absolutamente imposible que la vida se conserve aut\u00e9ntica y plena alej\u00e1ndose del bien; y, a su vez, el bien est\u00e1 esencialmente vinculado a los mandamientos del Se\u00f1or, es decir, a la \u00ab ley de vida \u00bb (<em>Si&nbsp;<\/em>17, 9). El bien que hay que cumplir no se superpone a la vida como un peso que carga sobre ella, ya que la raz\u00f3n misma de la vida es precisamente el bien, y la vida se realiza s\u00f3lo mediante el cumplimiento del bien.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El conjunto de la Ley&nbsp;<\/em>es, pues, lo que salvaguarda plenamente la vida del hombre. Esto explica lo dif\u00edcil que es mantenerse fiel al \u00ab no matar\u00e1s \u00bb cuando no se observan las otras \u00ab palabras de vida \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>7, 38), relacionadas con este mandamiento. Fuera de este horizonte, el mandamiento acaba por convertirse en una simple obligaci\u00f3n extr\u00ednseca, de la que muy pronto se querr\u00e1n ver l\u00edmites y se buscar\u00e1n atenuaciones o excepciones. S\u00f3lo si nos abrimos a la plenitud de la verdad sobre Dios, el hombre y la historia, la palabra \u00ab no matar\u00e1s \u00bb volver\u00e1 a brillar como un bien para el hombre en todas sus dimensiones y relaciones. En este sentido podemos comprender la plenitud de la verdad contenida en el pasaje del libro del Deuteronomio, citado por Jes\u00fas en su respuesta a la primera tentaci\u00f3n: \u00ab No s\u00f3lo de pan vive el hombre, sino&#8230; de todo lo que sale de la boca del Se\u00f1or \u00bb (8, 3; cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>4, 4).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">S\u00f3lo escuchando la palabra del Se\u00f1or el hombre puede vivir con dignidad y justicia; observando la Ley de Dios el hombre puede dar frutos de vida y felicidad: \u00ab todos los que la guardan alcanzar\u00e1n la vida, mas los que la abandonan morir\u00e1n \u00bb (<em>Ba&nbsp;<\/em>4, 1).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">49. La historia de Israel muestra lo&nbsp;<em>dif\u00edcil que es mantener la fidelidad a la ley de la vida,&nbsp;<\/em>que Dios ha inscrito en el coraz\u00f3n de los hombres y ha entregado en el Sina\u00ed al pueblo de la Alianza. Ante la b\u00fasqueda de proyectos de vida alternativos al plan de Dios, los Profetas reivindican con fuerza que s\u00f3lo el Se\u00f1or es la fuente aut\u00e9ntica de la vida. As\u00ed escribe Jerem\u00edas: \u00ab Doble mal ha hecho mi pueblo: a m\u00ed me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen \u00bb (2, 13). Los Profetas se\u00f1alan con el dedo acusador a quienes desprecian la vida y violan los derechos de las personas: \u00ab Pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los d\u00e9biles \u00bb (<em>Am&nbsp;<\/em>2, 7); \u00ab Han llenado este lugar de sangre de inocentes \u00bb (<em>Jr&nbsp;<\/em>19, 4). Entre ellos el profeta Ezequiel censura varias veces a la ciudad de Jerusal\u00e9n, llam\u00e1ndola \u00ab la ciudad sanguinaria \u00bb (22, 2; 24, 6.9), \u00ab ciudad que derramas sangre en medio de ti \u00bb (22, 3).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero los Profetas, mientras denuncian las ofensas contra la vida, se preocupan sobre todo de suscitar la&nbsp;<em>espera de un nuevo principio de vida,&nbsp;<\/em>capaz de fundar una nueva relaci\u00f3n con Dios y con los hermanos abriendo posibilidades in\u00e9ditas y extraordinarias para comprender y realizar todas las exigencias propias del&nbsp;<em>Evangelio de la vida.&nbsp;<\/em>Esto ser\u00e1 posible \u00fanicamente gracias al don de Dios, que purifica y renueva: \u00ab Os rociar\u00e9 con agua pura y quedar\u00e9is purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificar\u00e9. Y os dar\u00e9 un coraz\u00f3n nuevo, infundir\u00e9 en vosotros un esp\u00edritu nuevo \u00bb (<em>Ez&nbsp;<\/em>36, 25-26; cf.&nbsp;<em>Jr&nbsp;<\/em>31, 31-34). Gracias a este \u00ab coraz\u00f3n nuevo \u00bb se puede comprender y llevar a cabo el sentido m\u00e1s verdadero y profundo de la vida: ser&nbsp;<em>un don que se realiza al darse.&nbsp;<\/em>Este es el mensaje esclarecedor que sobre el valor de la vida nos da la figura del Siervo del Se\u00f1or: \u00ab Si se da a s\u00ed mismo en expiaci\u00f3n, ver\u00e1 descendencia, alargar\u00e1 sus d\u00edas&#8230; Por las fatigas de su alma, ver\u00e1 luz \u00bb (<em>Is&nbsp;<\/em>53, 10.11).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En Jes\u00fas de Nazaret se cumple la Ley y se da un coraz\u00f3n nuevo mediante su Esp\u00edritu. En efecto, Jes\u00fas no reniega de la Ley, sino que la lleva a su cumplimiento (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 17): la Ley y los Profetas se resumen en la regla de oro del amor rec\u00edproco (cf.<em>&nbsp;Mt&nbsp;<\/em>7, 12). En El la Ley se hace definitivamente \u00ab evangelio \u00bb, buena noticia de la soberan\u00eda de Dios sobre el mundo, que reconduce toda la existencia a sus ra\u00edces y a sus perspectivas originarias. Es la&nbsp;<em>Ley Nueva,&nbsp;<\/em>\u00ab la ley del esp\u00edritu que da la vida en Cristo Jes\u00fas \u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 2), cuya expresi\u00f3n fundamental, a semejanza del Se\u00f1or que da la vida por sus amigos (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 13), es&nbsp;<em>el don de s\u00ed mismo en el amor a los hermanos:&nbsp;<\/em>\u00ab Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte al vida, porque amamos a los hermanos \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>3, 14). Es ley de libertad, de alegr\u00eda y de bienaventuranza.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Mirar\u00e1n al que atravesaron \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 37):&nbsp;<em>en el \u00e1rbol de la Cruz se cumple el Evangelio de la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">50. Al final de este cap\u00edtulo, en el que hemos meditado el mensaje cristiano sobre la vida, quisiera detenerme con cada uno de vosotros a&nbsp;<em>contemplar a Aqu\u00e9l que atravesaron&nbsp;<\/em>y que atrae a todos hacia s\u00ed (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 37; 12, 32). Mirando \u00ab el espect\u00e1culo \u00bb de la cruz (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>23, 48) podremos descubrir en este \u00e1rbol glorioso el cumplimiento y la plena revelaci\u00f3n de todo el&nbsp;<em>Evangelio de la vida.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En las primeras horas de la tarde del viernes santo, \u00ab al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra&#8230; El velo del Santuario se rasg\u00f3 por medio \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>23, 44.45). Es s\u00edmbolo de una gran alteraci\u00f3n c\u00f3smica y de una inmensa lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, entre la vida y la muerte. Hoy nosotros nos encontramos tambi\u00e9n en medio de una lucha dram\u00e1tica entre la \u00ab cultura de la muerte \u00bb y la \u00ab cultura de la vida \u00bb. Sin embargo, esta oscuridad no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario, resalta a\u00fan m\u00e1s n\u00edtida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Jes\u00fas es clavado en la cruz y elevado sobre la tierra. Vive el momento de su m\u00e1xima \u00ab impotencia \u00bb, y su vida parece abandonada totalmente al escarnio de sus adversarios y en manos de sus asesinos: es ridiculizado, insultado, ultrajado (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>15, 24-36). Sin embargo, ante todo esto el centuri\u00f3n romano, viendo \u00ab que hab\u00eda expirado de esa manera \u00bb, exclama: \u00ab Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios \u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>15, 39). As\u00ed, en el momento de su debilidad extrema se revela la identidad del Hijo de Dios:<em>&nbsp;\u00a1en la Cruz se manifiesta su gloria!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con su muerte, Jes\u00fas ilumina el sentido de la vida y de la muerte de todo ser humano. Antes de morir, Jes\u00fas ora al Padre implorando el perd\u00f3n para sus perseguidores (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>23, 34) y dice al malhechor que le pide que se acuerde de \u00e9l en su reino: \u00ab Yo te aseguro: hoy estar\u00e1s conmigo en el para\u00edso \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>23, 43). Despu\u00e9s de su muerte \u00ab se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>27, 52). La salvaci\u00f3n realizada por Jes\u00fas es don de vida y de resurrecci\u00f3n. A lo largo de su existencia, Jes\u00fas hab\u00eda dado tambi\u00e9n la salvaci\u00f3n sanando y haciendo el bien a todos (cf.&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>10, 38). Pero los milagros, las curaciones y las mismas resurrecciones eran signo de otra salvaci\u00f3n, consistente en el perd\u00f3n de los pecados, es decir, en liberar al hombre de su enfermedad m\u00e1s profunda, elev\u00e1ndolo a la vida misma de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la Cruz se renueva y realiza en su plena y definitiva perfecci\u00f3n el prodigio de la serpiente levantada por Mois\u00e9s en el desierto (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 14-15;&nbsp;<em>Nm&nbsp;<\/em>21, 8-9). Tambi\u00e9n hoy, dirigiendo la mirada a Aqu\u00e9l que atravesaron, todo hombre amenazado en su existencia encuentra la esperanza segura de liberaci\u00f3n y redenci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">51. Existe todav\u00eda otro hecho concreto que llama mi atenci\u00f3n y me hace meditar con emoci\u00f3n: \u00ab Cuando tom\u00f3 Jes\u00fas el vinagre, dijo: &#8220;Todo est\u00e1 cumplido&#8221;. E inclinando la cabeza entreg\u00f3 el esp\u00edritu \u00bb. (<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 30). Y el soldado romano \u00ab le atraves\u00f3 el costado con una lanza y al instante sali\u00f3 sangre y agua \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 34).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Todo ha alcanzado ya su pleno cumplimiento. La \u00ab entrega del esp\u00edritu \u00bb presenta la muerte de Jes\u00fas semejante a la de cualquier otro ser humano, pero parece aludir tambi\u00e9n al \u00ab don del Esp\u00edritu \u00bb, con el que nos rescata de la muerte y nos abre a una vida nueva.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El hombre participa de la misma vida de Dios. Es la vida que, mediante los sacramentos de la Iglesia \u2014de los que son s\u00edmbolo la sangre y el agua manados del costado de Cristo\u2014, se comunica continuamente a los hijos de Dios, constituidos as\u00ed como pueblo de la nueva alianza.&nbsp;<em>De la Cruz, fuente de vida, nace y se propaga el \u00ab pueblo de la vida \u00bb.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La contemplaci\u00f3n de la Cruz nos lleva, de este modo, a las ra\u00edces m\u00e1s profundas de cuanto ha sucedido. Jes\u00fas, que entrando en el mundo hab\u00eda dicho: \u00ab He aqu\u00ed que vengo, Se\u00f1or, a hacer tu voluntad \u00bb (cf.&nbsp;<em>Hb&nbsp;<\/em>10, 9), se hizo en todo obediente al Padre y, \u00ab habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los am\u00f3 hasta el extremo \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 1), se entreg\u00f3 a s\u00ed mismo por ellos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El, que no hab\u00eda \u00ab venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos \u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>10, 45), alcanza en la Cruz la plenitud del amor. \u00ab Nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus amigos \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 13). Y El muri\u00f3 por nosotros siendo todav\u00eda nosotros pecadores (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>5, 8).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo proclama que&nbsp;<em>la vida encuentra su centro, su sentido y su plenitud cuando se entrega.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este punto la meditaci\u00f3n se hace alabanza y agradecimiento y, al mismo tiempo, nos invita a imitar a Jes\u00fas y a seguir sus huellas (cf.&nbsp;<em>1 P&nbsp;<\/em>2, 21).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tambi\u00e9n nosotros estamos llamados a dar nuestra vida por los hermanos, realizando de este modo en plenitud de verdad el sentido y el destino de nuestra existencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lo podremos hacer porque T\u00fa, Se\u00f1or, nos has dado ejemplo y nos has comunicado la fuerza de tu Esp\u00edritu. Lo podremos hacer si cada d\u00eda, contigo y como T\u00fa, somos obedientes al Padre y cumplimos su voluntad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por ello, conc\u00e9denos escuchar con coraz\u00f3n d\u00f3cil y generoso toda palabra que sale de la boca de Dios. As\u00ed aprenderemos no s\u00f3lo a \u00ab no matar \u00bb la vida del hombre, sino a venerarla, amarla y promoverla.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO III<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>NO MATAR\u00c1S<br><br><\/strong>LA LEY SANTA DE DIOS<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 17):&nbsp;<em>Evangelio y mandamiento<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">52. \u00ab En esto se le acerc\u00f3 uno y le dijo: &#8220;Maestro, \u00bfqu\u00e9 he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?&#8221; \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 16). Jes\u00fas responde: \u00ab Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 17). El Maestro habla de la vida eterna, es decir, de la participaci\u00f3n en la vida misma de Dios. A esta vida se llega por la observancia de los mandamientos del Se\u00f1or, incluido tambi\u00e9n el mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb. Precisamente \u00e9ste es el primer precepto del Dec\u00e1logo que Jes\u00fas recuerda al joven que pregunta qu\u00e9 mandamientos debe observar: \u00ab Jes\u00fas dijo: &#8220;No matar\u00e1s, no cometer\u00e1s adulterio, no robar\u00e1s&#8230;&#8221; \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 18).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El mandamiento de Dios no est\u00e1 nunca separado de su amor;&nbsp;<\/em>es siempre un don para el crecimiento y la alegr\u00eda del hombre. Como tal, constituye un aspecto esencial y un elemento irrenunciable del Evangelio, m\u00e1s a\u00fan, es presentado como \u00ab evangelio \u00bb, esto es, buena y gozosa noticia. Tambi\u00e9n el&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>es un gran don de Dios y, al mismo tiempo, una tarea que compromete al hombre. Suscita asombro y gratitud en la persona libre, y requiere ser aceptado, observado y estimado con gran responsabilidad: al darle la vida, Dios&nbsp;<em>exige&nbsp;<\/em>al hombre que la ame, la respete y la promueva. De este modo,&nbsp;<em>el don se hace mandamiento,&nbsp;<\/em>y&nbsp;<em>el mandamiento mismo es un don.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El hombre, imagen viva de Dios, es querido por su Creador como rey y se\u00f1or. \u00ab Dios cre\u00f3 al hombre \u2014escribe san Gregorio de Nisa\u2014 de modo tal que pudiera desempe\u00f1ar su funci\u00f3n de rey de la tierra&#8230; El hombre fue creado a imagen de Aqu\u00e9l que gobierna el universo. Todo demuestra que, desde el principio, su naturaleza est\u00e1 marcada por la realeza&#8230; Tambi\u00e9n el hombre es rey. Creado para dominar el mundo, recibi\u00f3 la semejanza con el rey universal, es la imagen viva que participa con su dignidad en la perfecci\u00f3n del modelo divino \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2412\">38<\/a><\/sup>&nbsp;Llamado a ser fecundo y a multiplicarse, a someter la tierra y a dominar sobre todos los seres inferiores a \u00e9l (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>1, 28), el hombre es rey y se\u00f1or no s\u00f3lo de las cosas, sino tambi\u00e9n y sobre todo de s\u00ed mismo&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2413\">39<\/a><\/sup>&nbsp;y, en cierto sentido, de la vida que le ha sido dada y que puede transmitir por medio de la generaci\u00f3n, realizada en el amor y respeto del designio divino. Sin embargo, no se trata de un&nbsp;<em>se\u00f1or\u00edo&nbsp;<\/em>absoluto, sino&nbsp;<em>ministerial,&nbsp;<\/em>reflejo real del se\u00f1or\u00edo \u00fanico e infinito de Dios. Por eso, el hombre debe vivirlo con&nbsp;<em>sabidur\u00eda y amor,<\/em>&nbsp;participando de la sabidur\u00eda y del amor inconmensurables de Dios. Esto se lleva a cabo mediante la obediencia a su santa Ley: una obediencia libre y gozosa (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>119 118), que nace y crece siendo conscientes de que los preceptos del Se\u00f1or son un don gratuito confiado al hombre siempre y s\u00f3lo para su bien, para la tutela de su dignidad personal y para la consecuci\u00f3n de su felicidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como sucede con las cosas, y m\u00e1s a\u00fan con la vida, el hombre no es due\u00f1o absoluto y \u00e1rbitro incensurable, sino \u2014y aqu\u00ed radica su grandeza sin par\u2014 que es \u00ab administrador del plan establecido por el Creador \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2414\">40<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La vida se conf\u00eda al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Se\u00f1or (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>25, 14-30;&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>19, 12-27).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Pedir\u00e9 cuentas de la vida del hombre al hombre \u00bb&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>9, 5):&nbsp;<em>la vida humana es sagrada e inviolable<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">53. \u00ab La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta &#8220;la acci\u00f3n creadora de Dios&#8221; y permanece siempre en una especial relaci\u00f3n con el Creador, su \u00fanico fin. S\u00f3lo Dios es Se\u00f1or de la vida desde su comienzo hasta su t\u00e9rmino: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2415\">41<\/a><\/sup>&nbsp;Con estas palabras la Instrucci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19870222_respect-for-human-life_sp.html\">Donum vitae<\/a>&nbsp;<\/em>expone el contenido central de la revelaci\u00f3n de Dios sobre el car\u00e1cter sagrado e inviolable de la vida humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En efecto, la&nbsp;<em>Sagrada Escritura&nbsp;<\/em>impone al hombre el precepto \u00ab no matar\u00e1s \u00bb como mandamiento divino (<em>Ex&nbsp;<\/em>20, 13;&nbsp;<em>Dt&nbsp;<\/em>5, 17). Este precepto \u2014como ya he indicado\u2014 se encuentra en el Dec\u00e1logo, en el n\u00facleo de la Alianza que el Se\u00f1or establece con el pueblo elegido; pero estaba ya incluido en la alianza originaria de Dios con la humanidad despu\u00e9s del castigo purificador del diluvio, provocado por la propagaci\u00f3n del pecado y de la violencia (cf.<em>&nbsp;Gn&nbsp;<\/em>9, 5-6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Dios se proclama Se\u00f1or absoluto de la vida del hombre, creado a su imagen y semejanza (cf.&nbsp;<em>Gn<\/em>&nbsp;1, 26-28). Por tanto, la vida humana tiene un car\u00e1cter sagrado e inviolable, en el que se refleja la inviolabilidad misma del Creador. Precisamente por esto, Dios se hace juez severo de toda violaci\u00f3n del mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb, que est\u00e1 en la base de la convivencia social. Dios es el defensor del inocente (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>4, 9-15;&nbsp;<em>Is&nbsp;<\/em>41, 14;&nbsp;<em>Jr<\/em>&nbsp;50, 34;&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>19 18, 15). Tambi\u00e9n de este modo, Dios demuestra que \u00ab no se recrea en la destrucci\u00f3n de los vivientes \u00bb (<em>Sb&nbsp;<\/em>1, 13). S\u00f3lo Satan\u00e1s puede gozar con ella: por su envidia la muerte entr\u00f3 en el mundo (cf.&nbsp;<em>Sb&nbsp;<\/em>2, 24). Satan\u00e1s, que es \u00ab homicida desde el principio \u00bb, y tambi\u00e9n \u00ab mentiroso y padre de la mentira \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;8, 44), enga\u00f1ando al hombre, lo conduce a los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos de vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">54. Expl\u00edcitamente, el precepto \u00ab no matar\u00e1s \u00bb tiene un fuerte contenido negativo: indica el l\u00edmite que nunca puede ser transgredido. Impl\u00edcitamente, sin embargo, conduce a una actitud positiva de respeto absoluto por la vida, ayudando a promoverla y a progresar por el camino del amor que se da, acoge y sirve. El pueblo de la Alianza, aun con lentitud y contradicciones, fue madurando progresivamente en esta direcci\u00f3n, prepar\u00e1ndose as\u00ed al gran anuncio de Jes\u00fas: el amor al pr\u00f3jimo es un mandamiento semejante al del amor a Dios; \u00ab de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas \u00bb (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>22, 36-40). \u00ab Lo de&#8230; no matar\u00e1s&#8230; y todos los dem\u00e1s preceptos \u2014se\u00f1ala san Pablo\u2014 se resumen en esta f\u00f3rmula: &#8220;Amar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo como a ti mismo&#8221; \u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>13, 9; cf.&nbsp;<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 14). El precepto \u00ab no matar\u00e1s \u00bb, asumido y llevado a plenitud en la Nueva Ley, es condici\u00f3n irrenunciable para poder \u00ab entrar en la vida \u00bb (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>19, 16-19). En esta misma perspectiva, son apremiantes tambi\u00e9n las palabras del ap\u00f3stol Juan: \u00ab Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sab\u00e9is que ning\u00fan asesino tiene vida eterna permanente en \u00e9l \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>3, 15).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Desde sus inicios, la&nbsp;<em>Tradici\u00f3n viva de la Iglesia&nbsp;<\/em>\u2014como atestigua la&nbsp;<em>Didach\u00e9,&nbsp;<\/em>el m\u00e1s antiguo escrito cristiano no b\u00edblico\u2014 repite de forma categ\u00f3rica el mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb: \u00ab Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia que hay entre estos caminos&#8230; Segundo mandamiento de la doctrina: No matar\u00e1s&#8230; no matar\u00e1s al hijo en el seno de su madre, ni quitar\u00e1s la vida al reci\u00e9n nacido&#8230; Mas el camino de la muerte es \u00e9ste:&#8230; que no se compadecen del pobre, no sufren por el atribulado, no conocen a su Criador, matadores de sus hijos, corruptores de la imagen de Dios; los que rechazan al necesitado, oprimen al atribulado, abogados de los ricos, jueces injustos de los pobres, pecadores en todo. \u00a1Ojal\u00e1 os ve\u00e1is libres, hijos, de todos estos pecados! \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2416\">42<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A lo largo del tiempo, la Tradici\u00f3n de la Iglesia siempre ha ense\u00f1ado un\u00e1nimemente el valor absoluto y permanente del mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb. Es sabido que en los primeros siglos el homicidio se consideraba entre los tres pecados m\u00e1s graves \u2014junto con la apostas\u00eda y el adulterio\u2014 y se exig\u00eda una penitencia p\u00fablica particularmente dura y larga antes que al homicida arrepentido se le concediese el perd\u00f3n y la readmisi\u00f3n en la comuni\u00f3n eclesial.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">55. No debe sorprendernos: matar un ser humano, en el que est\u00e1 presente la imagen de Dios, es un pecado particularmente grave.<em>&nbsp;\u00a1S\u00f3lo Dios es due\u00f1o de la vida!&nbsp;<\/em>Desde siempre, sin embargo, ante las m\u00faltiples y a menudo dram\u00e1ticas situaciones que la vida individual y social presenta, la reflexi\u00f3n de los creyentes ha tratado de conocer de forma m\u00e1s completa y profunda lo que proh\u00edbe y prescribe el mandamiento de Dios.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2417\">43<\/a><\/sup>&nbsp;En efecto, hay situaciones en las que aparecen como una verdadera paradoja los valores propuestos por la Ley de Dios. Es el caso, por ejemplo, de la&nbsp;<em>leg\u00edtima defensa,&nbsp;<\/em>en que el derecho a proteger la propia vida y el deber de no da\u00f1ar la del otro resultan, en concreto, dif\u00edcilmente conciliables. Sin duda alguna, el valor intr\u00ednseco de la vida y el deber de amarse a s\u00ed mismo no menos que a los dem\u00e1s son la base de&nbsp;<em>un verdadero derecho a la propia defensa.<\/em>&nbsp;El mismo precepto exigente del amor al pr\u00f3jimo, formulado en el Antiguo Testamento y confirmado por Jes\u00fas, supone el amor por uno mismo como uno de los t\u00e9rminos de la comparaci\u00f3n: \u00ab Amar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo&nbsp;<em>como a ti mismo<\/em>&nbsp;\u00bb (<em>Mc&nbsp;<\/em>12, 31). Por tanto, nadie podr\u00eda renunciar al derecho a defenderse por amar poco la vida o a s\u00ed mismo, sino s\u00f3lo movido por un amor heroico, que profundiza y transforma el amor por uno mismo, seg\u00fan el esp\u00edritu de las bienaventuranzas evang\u00e9licas (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 38-48) en la radicalidad oblativa cuyo ejemplo sublime es el mismo Se\u00f1or Jes\u00fas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por otra parte, \u00ab la leg\u00edtima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien com\u00fan de la familia o de la sociedad \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2418\">44<\/a><\/sup>&nbsp;Por desgracia sucede que la necesidad de evitar que el agresor cause da\u00f1o conlleva a veces su eliminaci\u00f3n. En esta hip\u00f3tesis el resultado mortal se ha de atribuir al mismo agresor que se ha expuesto con su acci\u00f3n, incluso en el caso que no fuese moralmente responsable por falta del uso de raz\u00f3n.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2419\">45<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">56. En este horizonte se sit\u00faa tambi\u00e9n el problema de la&nbsp;<em>pena de muerte,&nbsp;<\/em>respecto a la cual hay, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicaci\u00f3n muy limitada e, incluso, su total abolici\u00f3n. El problema se enmarca en la \u00f3ptica de una justicia penal que sea cada vez m\u00e1s conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en \u00faltimo t\u00e9rmino, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la pena que la sociedad impone \u00ab tiene como primer efecto el de compensar el desorden introducido por la falta \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241A\">46<\/a><\/sup>&nbsp;La autoridad p\u00fablica debe reparar la violaci\u00f3n de los derechos personales y sociales mediante la imposici\u00f3n al reo de una adecuada expiaci\u00f3n del crimen, como condici\u00f3n para ser readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este modo la autoridad alcanza tambi\u00e9n el objetivo de preservar el orden p\u00fablico y la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un est\u00edmulo y una ayuda para corregirse y enmendarse.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241B\">47<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades,&nbsp;<em>la medida y la calidad de la pena&nbsp;<\/em>deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminaci\u00f3n del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organizaci\u00f3n cada vez m\u00e1s adecuada de la instituci\u00f3n penal, estos casos son ya muy raros, por no decir pr\u00e1cticamente inexistentes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De todos modos, permanece v\u00e1lido el principio indicado por el nuevo&nbsp;<em>Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica,&nbsp;<\/em>seg\u00fan el cual \u00ab si los medios incruentos bastan para defender las vidas humanas contra el agresor y para proteger de \u00e9l el orden p\u00fablico y la seguridad de las personas, en tal caso la autoridad se limitar\u00e1 a emplear s\u00f3lo esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien com\u00fan y son m\u00e1s conformes con la dignidad de la persona humana \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241C\">48<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">57. Si se pone tan gran atenci\u00f3n al respeto de toda vida, incluida la del reo y la del agresor injusto, el mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb tiene un valor absoluto cuando se refiere a la<em>&nbsp;persona inocente.&nbsp;<\/em>Tanto m\u00e1s si se trata de un ser humano d\u00e9bil e indefenso, que s\u00f3lo en la fuerza absoluta del mandamiento de Dios encuentra su defensa radical frente al arbitrio y a la prepotencia ajena.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En efecto, el absoluto car\u00e1cter inviolable de la vida humana inocente es una verdad moral expl\u00edcitamente ense\u00f1ada en la Sagrada Escritura, mantenida constantemente en la Tradici\u00f3n de la Iglesia y propuesta de forma un\u00e1nime por su Magisterio. Esta unanimidad es fruto evidente de aquel \u00ab sentido sobrenatural de la fe \u00bb que, suscitado y sostenido por el Esp\u00edritu Santo, preserva de error al pueblo de Dios, cuando \u00ab muestra estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241D\">49<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ante la progresiva p\u00e9rdida de conciencia en los individuos y en la sociedad sobre la absoluta y grave ilicitud moral de la eliminaci\u00f3n directa de toda vida humana inocente, especialmente en su inicio y en su t\u00e9rmino,&nbsp;<em>el Magisterio de la Iglesia&nbsp;<\/em>ha intensificado sus intervenciones en defensa del car\u00e1cter sagrado e inviolable de la vida humana. Al Magisterio pontificio, especialmente insistente, se ha unido siempre el episcopal, por medio de numerosos y amplios documentos doctrinales y pastorales, tanto de Conferencias Episcopales como de Obispos en particular. Tampoco ha faltado, fuerte e incisiva en su brevedad, la intervenci\u00f3n del Concilio Vaticano II.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241E\">50<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comuni\u00f3n con los Obispos de la Iglesia cat\u00f3lica,&nbsp;<em>confirmo que la eliminaci\u00f3n directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral.&nbsp;<\/em>Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la raz\u00f3n, encuentra en el propio coraz\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Rm<\/em>&nbsp;2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradici\u00f3n de la Iglesia y ense\u00f1ada por el Magisterio ordinario y universal.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241F\">51<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La decisi\u00f3n deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser l\u00edcita ni como fin, ni como medio para un fin bueno. En efecto, es una desobediencia grave a la ley moral, m\u00e1s a\u00fan, a Dios mismo, su autor y garante; y contradice las virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad. \u00ab Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embri\u00f3n, ni\u00f1o o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie adem\u00e1s puede pedir este gesto homicida para s\u00ed mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo expl\u00edcita o impl\u00edcitamente. Ninguna autoridad puede leg\u00edtimamente imponerlo ni permitirlo \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241G\">52<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los dem\u00e1s en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda aut\u00e9ntica relaci\u00f3n social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer. Ante la norma moral que proh\u00edbe la eliminaci\u00f3n directa de un ser humano inocente \u00ab&nbsp;<em>no hay privilegios ni excepciones para nadie.&nbsp;<\/em>No hay ninguna diferencia entre ser el due\u00f1o del mundo o el \u00faltimo de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241H\">53<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Mi embri\u00f3n tus ojos lo ve\u00edan \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Sal&nbsp;<\/em>139 138, 16):&nbsp;<em>el delito abominable del aborto<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">58. Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta caracter\u00edsticas que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como \u00ab cr\u00edmenes nefandos \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241I\">54<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hoy, sin embargo, la percepci\u00f3n de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptaci\u00f3n del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es se\u00f1al evidente de una peligros\u00edsima crisis del sentido moral, que es cada vez m\u00e1s incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando est\u00e1 en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situaci\u00f3n tan grave, se requiere m\u00e1s que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de&nbsp;<em>llamar a las cosas por su nombre,&nbsp;<\/em>sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentaci\u00f3n de autoenga\u00f1o. A este prop\u00f3sito resuena categ\u00f3rico el reproche del Profeta: \u00ab \u00a1Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad \u00bb (<em>Is&nbsp;<\/em>5, 20). Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusi\u00f3n de una terminolog\u00eda ambigua, como la de \u00ab interrupci\u00f3n del embarazo \u00bb, que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opini\u00f3n p\u00fablica. Quiz\u00e1s este mismo fen\u00f3meno ling\u00fc\u00edstico sea s\u00edntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es&nbsp;<em>la eliminaci\u00f3n deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepci\u00f3n al nacimiento.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias espec\u00edficas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo m\u00e1s&nbsp;<em>inocente&nbsp;<\/em>en absoluto que se pueda imaginar: \u00a1jam\u00e1s podr\u00e1 ser considerado un agresor, y menos a\u00fan un agresor injusto! Es&nbsp;<em>d\u00e9bil,&nbsp;<\/em>inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella m\u00ednima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del reci\u00e9n nacido. Se halla&nbsp;<em>totalmente confiado&nbsp;<\/em>a la protecci\u00f3n y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminaci\u00f3n, e incluso la procura.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es cierto que en muchas ocasiones la opci\u00f3n del aborto tiene para la madre un car\u00e1cter dram\u00e1tico y doloroso, en cuanto que la decisi\u00f3n de deshacerse del fruto de la concepci\u00f3n no se toma por razones puramente ego\u00edstas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los dem\u00e1s miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para \u00e9l lo mejor ser\u00eda no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dram\u00e1ticas,&nbsp;<em>jam\u00e1s pueden justificar la eliminaci\u00f3n deliberada de un ser humano inocente.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">59. En la decisi\u00f3n sobre la muerte del ni\u00f1o a\u00fan no nacido, adem\u00e1s de la madre, intervienen con frecuencia otras personas. Ante todo, puede ser culpable el padre del ni\u00f1o, no s\u00f3lo cuando induce expresamente a la mujer al aborto, sino tambi\u00e9n cuando favorece de modo indirecto esta decisi\u00f3n suya al dejarla sola ante los problemas del embarazo:&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241J\">55<\/a><\/sup>&nbsp;de esta forma se hiere mortalmente a la familia y se profana su naturaleza de comunidad de amor y su vocaci\u00f3n de ser \u00ab santuario de la vida \u00bb. No se pueden olvidar las presiones que a veces provienen de un contexto m\u00e1s amplio de familiares y amigos. No raramente la mujer est\u00e1 sometida a presiones tan fuertes que se siente psicol\u00f3gicamente obligada a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la responsabilidad moral afecta particularmente a quienes directa o indirectamente la han forzado a abortar. Tambi\u00e9n son responsables los m\u00e9dicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero la responsabilidad implica tambi\u00e9n a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos. Una responsabilidad general no menos grave afecta tanto a los que han favorecido la difusi\u00f3n de una mentalidad de permisivismo sexual y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron haber asegurado \u2014y no lo han hecho\u2014 pol\u00edticas familiares y sociales v\u00e1lidas en apoyo de las familias, especialmente de las numerosas o con particulares dificultades econ\u00f3micas y educativas. Finalmente, no se puede minimizar el entramado de complicidades que llega a abarcar incluso a instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistem\u00e1ticamente por la legalizaci\u00f3n y la difusi\u00f3n del aborto en el mundo. En este sentido, el aborto va m\u00e1s all\u00e1 de la responsabilidad de las personas concretas y del da\u00f1o que se les provoca, asumiendo una dimensi\u00f3n fuertemente social: es una&nbsp;<em>herida&nbsp;<\/em>grav\u00edsima causada a la sociedad y a su cultura por quienes deber\u00edan ser sus constructores y defensores. Como he escrito en mi&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_02021994_families.html\">Carta a las Familias<\/a>,&nbsp;<\/em>\u00ab nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no s\u00f3lo la de cada individuo, sino tambi\u00e9n la de toda la civilizaci\u00f3n \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241K\">56<\/a><\/sup>&nbsp;Estamos ante lo que puede definirse como&nbsp;<em>una \u00ab estructura de pecado \u00bb contra la vida humana a\u00fan no nacida.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">60. Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepci\u00f3n, al menos hasta un cierto n\u00famero de d\u00edas, no puede ser todav\u00eda considerado una vida humana personal. En realidad, \u00ab desde el momento en que el \u00f3vulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por s\u00ed mismo. Jam\u00e1s llegar\u00e1 a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre&#8230; la gen\u00e9tica moderna otorga una preciosa confirmaci\u00f3n. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que ser\u00e1 ese viviente: una persona, un individuo con sus caracter\u00edsticas ya bien determinadas. Con la fecundaci\u00f3n inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241L\">57<\/a><\/sup>&nbsp;Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observaci\u00f3n de ning\u00fan dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embri\u00f3n humano ofrecen \u00ab una indicaci\u00f3n preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: \u00bfc\u00f3mo un individuo humano podr\u00eda no ser persona humana? \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241M\">58<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por lo dem\u00e1s, est\u00e1 en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligaci\u00f3n moral, bastar\u00eda la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la m\u00e1s rotunda prohibici\u00f3n de cualquier intervenci\u00f3n destinada a eliminar un embri\u00f3n humano. Precisamente por esto, m\u00e1s all\u00e1 de los debates cient\u00edficos y de las mismas afirmaciones filos\u00f3ficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha ense\u00f1ado, y sigue ense\u00f1ando, que al fruto de la generaci\u00f3n humana, desde el primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual: \u00ab&nbsp;<em>El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepci\u00f3n&nbsp;<\/em>y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241N\">59<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">61. Los textos de la&nbsp;<em>Sagrada Escritura,&nbsp;<\/em>que nunca hablan del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y espec\u00edficas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen l\u00f3gicamente que se extienda tambi\u00e9n a este caso el mandamiento divino \u00ab no matar\u00e1s \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, tambi\u00e9n en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todav\u00eda un peque\u00f1o embri\u00f3n informe y que en \u00e9l entrev\u00e9 el adulto de ma\u00f1ana, cuyos d\u00edas est\u00e1n contados y cuya vocaci\u00f3n est\u00e1 ya escrita en el \u00ab libro de la vida \u00bb (cf.&nbsp;<em>Sal<\/em>&nbsp;139 138, 1. 13-16). Incluso cuando est\u00e1 todav\u00eda en el seno materno, \u2014como testimonian numerosos textos b\u00edblicos&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241O\">60<\/a><\/sup>\u2014 el hombre es t\u00e9rmino personal\u00edsimo de la amorosa y paterna providencia divina.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La&nbsp;<em>Tradici\u00f3n cristiana&nbsp;<\/em>\u2014como bien se\u00f1ala la&nbsp;<em>Declaraci\u00f3n&nbsp;<\/em>emitida al respecto por la Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241P\">61<\/a><\/sup>\u2014 es clara y un\u00e1nime, desde los or\u00edgenes hasta nuestros d\u00edas, en considerar el aborto como desorden moral particularmente grave. Desde que entr\u00f3 en contacto con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la pr\u00e1ctica del aborto y del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad, como bien demuestra la ya citada&nbsp;<em>Didach<\/em>\u00e9.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241Q\">62<\/a><\/sup>&nbsp;Entre los escritores eclesi\u00e1sticos del \u00e1rea griega, Aten\u00e1goras recuerda que los cristianos consideran como homicidas a las mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque los ni\u00f1os, aun estando en el seno de la madre, son ya \u00ab objeto, por ende, de la providencia de Dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241R\">63<\/a><\/sup>&nbsp;Entre los latinos, Tertuliano afirma: \u00ab Es un homicidio anticipado impedir el nacimiento; poco importa que se suprima el alma ya nacida o que se la haga desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aqu\u00e9l que lo ser\u00e1 \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241S\">64<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha sido ense\u00f1ada constantemente por los Padres de la Iglesia, por sus Pastores y Doctores. Incluso las discusiones de car\u00e1cter cient\u00edfico y filos\u00f3fico sobre el momento preciso de la infusi\u00f3n del alma espiritual, nunca han provocado la m\u00ednima duda sobre la condena moral del aborto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">62. El&nbsp;<em>Magisterio pontificio&nbsp;<\/em>m\u00e1s reciente ha reafirmado con gran vigor esta doctrina com\u00fan. En particular, P\u00edo XI en la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xi_enc_31121930_casti-connubii.html\">Casti connubii<\/a>&nbsp;<\/em>rechaz\u00f3 las pretendidas justificaciones del aborto;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241T\">65<\/a><\/sup>&nbsp;P\u00edo XII excluy\u00f3 todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir la vida humana a\u00fan no nacida, \u00ab tanto si tal destrucci\u00f3n se entiende como fin o s\u00f3lo como medio para el fin \u00bb;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241U\">66<\/a><\/sup>&nbsp;Juan XXIII reafirm\u00f3 que la vida humana es sagrada, porque \u00ab desde que aflora, ella implica directamente la acci\u00f3n creadora de Dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241V\">67<\/a><\/sup>&nbsp;El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, conden\u00f3 con gran severidad el aborto: \u00ab se ha de proteger la vida con el m\u00e1ximo cuidado desde la concepci\u00f3n; tanto el aborto como el infanticidio son cr\u00edmenes nefandos \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241W\">68<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La&nbsp;<em>disciplina can\u00f3nica de la Iglesia,&nbsp;<\/em>desde los primeros siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa del aborto y esta praxis, con penas m\u00e1s o menos graves, ha sido ratificada en los diversos per\u00edodos hist\u00f3ricos. El&nbsp;<em>C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico&nbsp;<\/em>de 1917 establec\u00eda para el aborto la pena de excomuni\u00f3n.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241X\">69<\/a><\/sup>&nbsp;Tambi\u00e9n la nueva legislaci\u00f3n can\u00f3nica se sit\u00faa en esta direcci\u00f3n cuando sanciona que \u00ab quien procura el aborto, si \u00e9ste se produce, incurre en excomuni\u00f3n&nbsp;<em>latae sententiae<\/em>&nbsp;\u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241Y\">70<\/a><\/sup>&nbsp;es decir, autom\u00e1tica. La excomuni\u00f3n afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena, incluidos tambi\u00e9n aquellos c\u00f3mplices sin cuya cooperaci\u00f3n el delito no se hubiera producido:&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%241Z\">71<\/a><\/sup>&nbsp;con esta reiterada sanci\u00f3n, la Iglesia se\u00f1ala este delito como uno de los m\u00e1s graves y peligrosos, alentando as\u00ed a quien lo comete a buscar sol\u00edcitamente el camino de la conversi\u00f3n. En efecto, en la Iglesia la pena de excomuni\u00f3n tiene como fin hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer, por tanto, una adecuada conversi\u00f3n y penitencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ante semejante unanimidad en la tradici\u00f3n doctrinal y disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta ense\u00f1anza no hab\u00eda cambiado y que era inmutable.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2420\">72<\/a><\/sup>&nbsp;Por tanto, con la autoridad que Cristo confiri\u00f3 a Pedro y a sus Sucesores, en comuni\u00f3n con todos los Obispos \u2014que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado un\u00e1nimemente sobre esta doctrina\u2014,&nbsp;<em>declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave,&nbsp;<\/em>en cuanto eliminaci\u00f3n deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradici\u00f3n de la Iglesia y ense\u00f1ada por el Magisterio ordinario y universal.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2421\">73<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podr\u00e1 jam\u00e1s hacer l\u00edcito un acto que es intr\u00ednsecamente il\u00edcito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el coraz\u00f3n de cada hombre, reconocible por la misma raz\u00f3n, y proclamada por la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">63. La valoraci\u00f3n moral del aborto se debe aplicar tambi\u00e9n a las recientes formas de&nbsp;<em>intervenci\u00f3n sobre los embriones humanos<\/em>&nbsp;que, aun buscando fines en s\u00ed mismos leg\u00edtimos, comportan inevitablemente su destrucci\u00f3n. Es el caso de los&nbsp;<em>experimentos con embriones,&nbsp;<\/em>en creciente expansi\u00f3n en el campo de la investigaci\u00f3n biom\u00e9dica y legalmente admitida por algunos Estados. Si \u00ab son l\u00edcitas las intervenciones sobre el embri\u00f3n humano siempre que respeten la vida y la integridad del embri\u00f3n, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curaci\u00f3n, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2422\">74<\/a><\/sup>&nbsp;se debe afirmar, sin embargo, que el uso de embriones o fetos humanos como objeto de experimentaci\u00f3n constituye un delito en consideraci\u00f3n a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al ni\u00f1o ya nacido y a toda persona.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2423\">75<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La misma condena moral concierne tambi\u00e9n al procedimiento que utiliza los embriones y fetos humanos todav\u00eda vivos \u2014a veces \u00ab producidos \u00bb expresamente para este fin mediante la fecundaci\u00f3n in vitro\u2014 sea como \u00ab material biol\u00f3gico \u00bb para ser utilizado, sea como&nbsp;<em>abastecedores de \u00f3rganos o tejidos para trasplantar&nbsp;<\/em>en el tratamiento de algunas enfermedades. En verdad, la eliminaci\u00f3n de criaturas humanas inocentes, aun cuando beneficie a otras, constituye un acto absolutamente inaceptable.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Una atenci\u00f3n especial merece la valoraci\u00f3n moral de las<em>&nbsp;t\u00e9cnicas de diagn\u00f3stico prenatal,&nbsp;<\/em>que permiten identificar precozmente eventuales anomal\u00edas del ni\u00f1o por nacer. En efecto, por la complejidad de estas t\u00e9cnicas, esta valoraci\u00f3n debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente. Estas t\u00e9cnicas son moralmente l\u00edcitas cuando est\u00e1n exentas de riesgos desproporcionados para el ni\u00f1o o la madre, y est\u00e1n orientadas a posibilitar una terapia precoz o tambi\u00e9n a favorecer una serena y consciente aceptaci\u00f3n del ni\u00f1o por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curaci\u00f3n antes del nacimiento son hoy todav\u00eda escasas, sucede no pocas veces que estas t\u00e9cnicas se ponen al servicio de una mentalidad eugen\u00e9sica, que acepta el aborto selectivo para impedir el nacimiento de ni\u00f1os afectados por varios tipos de anomal\u00edas. Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo s\u00f3lo par\u00e1metros de \u00ab normalidad \u00bb y de bienestar f\u00edsico, abriendo as\u00ed el camino a la legitimaci\u00f3n incluso del infanticidio y de la eutanasia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En realidad, precisamente el valor y la serenidad con que tantos hermanos nuestros, afectados por graves formas de minusvalidez, viven su existencia cuando son aceptados y amados por nosotros, constituyen un testimonio particularmente eficaz de los aut\u00e9nticos valores que caracterizan la vida y que la hacen, incluso en condiciones dif\u00edciles, preciosa para s\u00ed y para los dem\u00e1s. La Iglesia est\u00e1 cercana a aquellos esposos que, con gran ansia y sufrimiento, acogen a sus hijos gravemente afectados de incapacidades, as\u00ed como agradece a todas las familias que, por medio de la adopci\u00f3n, amparan a quienes han sido abandonados por sus padres, debido a formas de minusvalidez o enfermedades.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Yo doy la muerte y doy la vida \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Dt&nbsp;<\/em>32, 39):&nbsp;<em>el drama de la eutanasia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se encuentra ante el misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la medicina y en un contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la experiencia de la muerte se presenta con algunas caracter\u00edsticas nuevas. En efecto, cuando prevalece la tendencia a apreciar la vida s\u00f3lo en la medida en que da placer y bienestar, el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable, de la que es preciso librarse a toda costa. La muerte, considerada \u00ab absurda \u00bb cuando interrumpe por sorpresa una vida todav\u00eda abierta a un futuro rico de posibles experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una \u00ab liberaci\u00f3n reivindicada \u00bb cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior m\u00e1s agudo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Adem\u00e1s, el hombre, rechazando u olvidando su relaci\u00f3n fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de s\u00ed mismo y piensa tener el derecho de pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir sobre la propia vida en plena y total autonom\u00eda. Es particularmente el hombre que vive en pa\u00edses desarrollados quien se comporta as\u00ed: se siente tambi\u00e9n movido a ello por los continuos progresos de la medicina y por sus t\u00e9cnicas cada vez m\u00e1s avanzadas. Mediante sistemas y aparatos extremadamente sofisticados, la ciencia y la pr\u00e1ctica m\u00e9dica son hoy capaces no s\u00f3lo de resolver casos antes sin soluci\u00f3n y de mitigar o eliminar el dolor, sino tambi\u00e9n de sostener y prolongar la vida incluso en situaciones de extrema debilidad, de reanimar artificialmente a personas que perdieron de modo repentino sus funciones biol\u00f3gicas elementales, de intervenir para disponer de \u00f3rganos para trasplantes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En semejante contexto es cada vez m\u00e1s fuerte la tentaci\u00f3n de la&nbsp;<em>eutanasia,&nbsp;<\/em>esto es,&nbsp;<em>adue\u00f1arse de la muerte, procur\u00e1ndola de modo anticipado&nbsp;<\/em>y poniendo as\u00ed fin \u00ab dulcemente \u00bb a la propia vida o a la de otros. En realidad, lo que podr\u00eda parecer l\u00f3gico y humano, al considerarlo en profundidad se presenta&nbsp;<em>absurdo e inhumano.&nbsp;<\/em>Estamos aqu\u00ed ante uno de los s\u00edntomas m\u00e1s alarmantes de la \u00ab cultura de la muerte \u00bb, que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente n\u00famero de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, \u00e9stas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, seg\u00fan los cuales una vida irremediablemente inh\u00e1bil no tiene ya valor alguno.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante todo definirla con claridad. Por&nbsp;<em>eutanasia en sentido verdadero y propio&nbsp;<\/em>se debe entender una acci\u00f3n o una omisi\u00f3n que por su naturaleza y en la intenci\u00f3n causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. \u00ab La eutanasia se sit\u00faa, pues, en el nivel de las intenciones o de los m\u00e9todos usados \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2424\">76<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De ella debe distinguirse la decisi\u00f3n de renunciar al llamado \u00ab&nbsp;<em>ensa\u00f1amiento terap\u00e9utico<\/em>&nbsp;\u00bb, o sea, ciertas intervenciones m\u00e9dicas ya no adecuadas a la situaci\u00f3n real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podr\u00edan esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para \u00e9l o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prev\u00e9 inminente e inevitable, se puede en conciencia \u00ab renunciar a unos tratamientos que procurar\u00edan \u00fanicamente una prolongaci\u00f3n precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2425\">77<\/a><\/sup>&nbsp;Ciertamente existe la obligaci\u00f3n moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligaci\u00f3n se debe valorar seg\u00fan las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terap\u00e9uticos a disposici\u00f3n son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejor\u00eda. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa m\u00e1s bien la aceptaci\u00f3n de la condici\u00f3n humana ante al muerte.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2426\">78<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la medicina moderna van teniendo auge los llamados&nbsp;<em>\u00ab cuidados paliativos<\/em>&nbsp;\u00bb, destinados a hacer m\u00e1s soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompa\u00f1amiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analg\u00e9sicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasi\u00f3n del Se\u00f1or, tal comportamiento \u00ab heroico \u00bb no debe considerarse obligatorio para todos. Ya P\u00edo XII afirm\u00f3 que es l\u00edcito suprimir el dolor por medio de narc\u00f3ticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, \u00ab si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2427\">79<\/a><\/sup>&nbsp;En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analg\u00e9sicos puestos a disposici\u00f3n por la medicina. Sin embargo, \u00ab no es l\u00edcito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo \u00bb:&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2428\">80<\/a><\/sup>&nbsp;acerc\u00e1ndose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2429\">81<\/a><\/sup>&nbsp;y en comuni\u00f3n con los Obispos de la Iglesia cat\u00f3lica,&nbsp;<em>confirmo que la eutanasia es una grave violaci\u00f3n de la Ley de Dios,&nbsp;<\/em>en cuanto eliminaci\u00f3n deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradici\u00f3n de la Iglesia y ense\u00f1ada por el Magisterio ordinario y universal.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242A\">82<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Semejante pr\u00e1ctica conlleva, seg\u00fan las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradici\u00f3n de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisi\u00f3n gravemente mala.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242B\">83<\/a><\/sup>&nbsp;Aunque determinados condicionamientos psicol\u00f3gicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinaci\u00f3n innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el&nbsp;<em>suicidio,&nbsp;<\/em>bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a s\u00ed mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el pr\u00f3jimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242C\">84<\/a><\/sup>&nbsp;En su realidad m\u00e1s profunda, constituye un rechazo de la soberan\u00eda absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada as\u00ed en la oraci\u00f3n del antiguo sabio de Israel: \u00ab T\u00fa tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de all\u00ed subir \u00bb (<em>Sb&nbsp;<\/em>16, 13; cf.&nbsp;<em>Tb&nbsp;<\/em>13, 2).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Compartir la intenci\u00f3n suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado \u00ab suicidio asistido \u00bb significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificaci\u00f3n, ni siquiera cuando es solicitada. \u00ab No es l\u00edcito \u2014escribe con sorprendente actualidad san Agust\u00edn\u2014 matar a otro, aunque \u00e9ste lo pida y lo quiera y no pueda ya vivir&#8230; para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que luchaba con las ligaduras del cuerpo y quer\u00eda desasirse \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242D\">85<\/a><\/sup>&nbsp;La eutanasia, aunque no est\u00e9 motivada por el rechazo ego\u00edsta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una&nbsp;<em>falsa piedad,&nbsp;<\/em>m\u00e1s a\u00fan, como una preocupante \u00ab perversi\u00f3n \u00bb de la misma. En efecto, la verdadera \u00ab compasi\u00f3n \u00bb hace solidarios con el dolor de los dem\u00e1s, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece a\u00fan m\u00e1s perverso si es realizado por quienes \u2014como los familiares\u2014 deber\u00edan asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos \u2014como los m\u00e9dicos\u2014, por su profesi\u00f3n espec\u00edfica, deber\u00edan cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales m\u00e1s penosas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La opci\u00f3n de la eutanasia es m\u00e1s grave cuando se configura como un&nbsp;<em>homicidio&nbsp;<\/em>que otros practican en una persona que no la pidi\u00f3 de ning\u00fan modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega adem\u00e1s al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, m\u00e9dicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre qui\u00e9n debe vivir o morir. As\u00ed, se presenta de nuevo la tentaci\u00f3n del Ed\u00e9n: ser como Dios \u00ab conocedores del bien y del mal \u00bb (<em>Gn&nbsp;<\/em>3, 5). Sin embargo, s\u00f3lo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: \u00ab Yo doy la muerte y doy la vida \u00bb (<em>Dt&nbsp;<\/em>32, 39; cf.&nbsp;<em>2 R&nbsp;<\/em>5, 7;&nbsp;<em>1 S<\/em>&nbsp;2, 6). El ejerce su poder siempre y s\u00f3lo seg\u00fan su designio de sabidur\u00eda y de amor. Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una l\u00f3gica de necedad y de ego\u00edsmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del m\u00e1s d\u00e9bil queda en manos del m\u00e1s fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma ra\u00edz la confianza rec\u00edproca, fundamento de toda relaci\u00f3n aut\u00e9ntica entre las personas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">67. Bien diverso es, en cambio, el&nbsp;<em>camino del amor y de la verdadera piedad,&nbsp;<\/em>al que nos obliga nuestra com\u00fan condici\u00f3n humana y que la fe en Cristo Redentor, muerto y resucitado, ilumina con nuevo sentido. El deseo que brota del coraz\u00f3n del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentaci\u00f3n de caer en la desesperaci\u00f3n y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiraci\u00f3n de compa\u00f1\u00eda, de solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petici\u00f3n de ayuda para seguir esperando, cuando todas las esperanzas humanas se desvanecen. Como recuerda el Concilio Vaticano II, \u00ab ante la muerte, el enigma de la condici\u00f3n humana alcanza su culmen \u00bb para el hombre; y sin embargo \u00ab juzga certeramente por instinto de su coraz\u00f3n cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparici\u00f3n definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en s\u00ed, al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242E\">86<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta repugnancia natural a la muerte es iluminada por la fe cristiana y este germen de esperanza en la inmortalidad alcanza su realizaci\u00f3n por la misma fe, que promete y ofrece la participaci\u00f3n en la victoria de Cristo Resucitado: es la victoria de Aqu\u00e9l que, mediante su muerte redentora, ha liberado al hombre de la muerte, \u00ab salario del pecado \u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>6, 23), y le ha dado el Esp\u00edritu, prenda de resurrecci\u00f3n y de vida (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>8, 11). La certeza de la inmortalidad futura y la&nbsp;<em>esperanza en la resurrecci\u00f3n prometida&nbsp;<\/em>proyectan una nueva luz sobre el misterio del sufrimiento y de la muerte, e infunden en el creyente una fuerza extraordinaria para abandonarse al plan de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El ap\u00f3stol Pablo expres\u00f3 esta novedad como una pertenencia total al Se\u00f1or que abarca cualquier condici\u00f3n humana: \u00ab Ninguno de nosotros vive para s\u00ed mismo; como tampoco muere nadie para s\u00ed mismo. Si vivimos, para el Se\u00f1or vivimos; y si morimos, para el Se\u00f1or morimos. As\u00ed que, ya vivamos ya muramos, del Se\u00f1or somos \u00bb (<em>Rm&nbsp;<\/em>14, 7-8).&nbsp;<em>Morir para el Se\u00f1or&nbsp;<\/em>significa vivir la propia muerte como acto supremo de obediencia al Padre (cf.&nbsp;<em>Flp&nbsp;<\/em>2, 8), aceptando encontrarla en la \u00ab hora \u00bb querida y escogida por El (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 1), que es el \u00fanico que puede decir cu\u00e1ndo el camino terreno se ha concluido.&nbsp;<em>Vivir para el Se\u00f1or&nbsp;<\/em>significa tambi\u00e9n reconocer que el sufrimiento, aun siendo en s\u00ed mismo un mal y una prueba, puede siempre llegar a ser fuente de bien. Llega a serlo si se vive con amor y por amor, participando, por don gratuito de Dios y por libre decisi\u00f3n personal, en el sufrimiento mismo de Cristo crucificado. De este modo, quien vive su sufrimiento en el Se\u00f1or se configura m\u00e1s plenamente a El (cf.&nbsp;<em>Flp&nbsp;<\/em>3, 10;&nbsp;<em>1 P&nbsp;<\/em>2, 21) y se asocia m\u00e1s \u00edntimamente a su obra redentora en favor de la Iglesia y de la humanidad.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242F\">87<\/a><\/sup>&nbsp;Esta es la experiencia del Ap\u00f3stol, que toda persona que sufre est\u00e1 tambi\u00e9n llamada a revivir: \u00ab Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia \u00bb (<em>Col&nbsp;<\/em>1, 24).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Hch&nbsp;<\/em>5, 29):&nbsp;<em>ley civil y ley moral<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">68. Una de las caracter\u00edsticas propias de los atentados actuales contra la vida humana \u2014como ya se ha dicho\u2014 consiste en la tendencia a exigir su&nbsp;<em>legitimaci\u00f3n jur\u00eddica,&nbsp;<\/em>como si fuesen derechos que el Estado, al menos en ciertas condiciones, debe reconocer a los ciudadanos y, por consiguiente, la tendencia a pretender su realizaci\u00f3n con la asistencia segura y gratuita de m\u00e9dicos y agentes sanitarios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No pocas veces se considera que la vida de quien a\u00fan no ha nacido o est\u00e1 gravemente debilitado es un bien s\u00f3lo relativo: seg\u00fan una l\u00f3gica proporcionalista o de puro c\u00e1lculo, deber\u00e1 ser cotejada y sopesada con otros bienes. Y se piensa tambi\u00e9n que solamente quien se encuentra en esa situaci\u00f3n concreta y est\u00e1 personalmente afectado puede hacer una ponderaci\u00f3n justa de los bienes en juego; en consecuencia, s\u00f3lo \u00e9l podr\u00eda juzgar la moralidad de su decisi\u00f3n. El Estado, por tanto, en inter\u00e9s de la convivencia civil y de la armon\u00eda social, deber\u00eda respetar esta decisi\u00f3n, llegando incluso a admitir el aborto y la eutanasia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Otras veces se cree que la ley civil no puede exigir que todos los ciudadanos vivan de acuerdo con un nivel de moralidad m\u00e1s elevado que el que ellos mismos aceptan y comparten. Por esto, la ley deber\u00eda siempre manifestar la opini\u00f3n y la voluntad de la mayor\u00eda de los ciudadanos y reconcerles tambi\u00e9n, al menos en ciertos casos extremos, el derecho al aborto y a la eutanasia. Por otra parte, la prohibici\u00f3n y el castigo del aborto y de la eutanasia en estos casos llevar\u00eda inevitablemente \u2014as\u00ed se dice\u2014 a un aumento de pr\u00e1cticas ilegales, que, sin embargo, no estar\u00edan sujetas al necesario control social y se efectuar\u00edan sin la debida seguridad m\u00e9dica. Se plantea, adem\u00e1s, si sostener una ley no aplicable concretamente no significar\u00eda, al final, minar tambi\u00e9n la autoridad de las dem\u00e1s leyes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Finalmente, las opiniones m\u00e1s radicales llegan a sostener que, en una sociedad moderna y pluralista, se deber\u00eda reconocer a cada persona una plena autonom\u00eda para disponer de su propia vida y de la vida de quien a\u00fan no ha nacido. En efecto, no corresponder\u00eda a la ley elegir entre las diversas opciones morales y, menos a\u00fan, pretender imponer una opci\u00f3n particular en detrimento de las dem\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">69. De todos modos, en la cultura democr\u00e1tica de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opini\u00f3n de que el ordenamiento jur\u00eddico de una sociedad deber\u00eda limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayor\u00eda y, por tanto, basarse s\u00f3lo sobre lo que la mayor\u00eda misma reconoce y vive como moral. Si adem\u00e1s se considera incluso que una verdad com\u00fan y objetiva es inaccesible de hecho, el respeto de la libertad de los ciudadanos \u2014que en un r\u00e9gimen democr\u00e1tico son considerados como los verdaderos soberanos\u2014 exigir\u00eda que, a nivel legislativo, se reconozca la autonom\u00eda de cada conciencia individual y que, por tanto, al establecer las normas que en cada caso son necesarias para la convivencia social, \u00e9stas se adecuen exclusivamente a la voluntad de la mayor\u00eda, cualquiera que sea. De este modo, todo pol\u00edtico, en su actividad, deber\u00eda distinguir netamente entre el \u00e1mbito de la conciencia privada y el del comportamiento p\u00fablico.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por consiguiente, se perciben dos tendencias diametralmente opuestas en apariencia. Por un lado, los individuos reivindican para s\u00ed la autonom\u00eda moral m\u00e1s completa de elecci\u00f3n y piden que el Estado no asuma ni imponga ninguna concepci\u00f3n \u00e9tica, sino que trate de garantizar el espacio m\u00e1s amplio posible para la libertad de cada uno, con el \u00fanico l\u00edmite externo de no restringir el espacio de autonom\u00eda al que los dem\u00e1s ciudadanos tambi\u00e9n tienen derecho. Por otro lado, se considera que, en el ejercicio de las funciones p\u00fablicas y profesionales, el respeto de la libertad de elecci\u00f3n de los dem\u00e1s obliga a cada uno a prescindir de sus propias convicciones para ponerse al servicio de cualquier petici\u00f3n de los ciudadanos, que las leyes reconocen y tutelan, aceptando como \u00fanico criterio moral para el ejercicio de las propias funciones lo establecido por las mismas leyes. De este modo, la responsabilidad de la persona se delega a la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral al menos en el \u00e1mbito de la acci\u00f3n p\u00fablica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">70. La ra\u00edz com\u00fan de todas estas tendencias es el&nbsp;<em>relativismo \u00e9tico&nbsp;<\/em>que caracteriza muchos aspectos de la cultura contempor\u00e1nea. No falta quien considera este relativismo como una condici\u00f3n de la democracia, ya que s\u00f3lo \u00e9l garantizar\u00eda la tolerancia, el respeto rec\u00edproco entre las personas y la adhesi\u00f3n a las decisiones de la mayor\u00eda, mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevar\u00edan al autoritarismo y a la intolerancia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo, es precisamente la problem\u00e1tica del respeto de la vida la que muestra los equ\u00edvocos y contradicciones, con sus terribles resultados pr\u00e1cticos, que se encubren en esta postura.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es cierto que en la historia ha habido casos en los que se han cometido cr\u00edmenes en nombre de la \u00ab verdad \u00bb. Pero cr\u00edmenes no menos graves y radicales negaciones de la libertad se han cometido y se siguen cometiendo tambi\u00e9n en nombre del \u00ab relativismo \u00e9tico \u00bb. Cuando una mayor\u00eda parlamentaria o social decreta la legitimidad de la eliminaci\u00f3n de la vida humana a\u00fan no nacida, inclusive con ciertas condiciones, \u00bfacaso no adopta una decisi\u00f3n \u00ab tir\u00e1nica \u00bb respecto al ser humano m\u00e1s d\u00e9bil e indefenso? La conciencia universal reacciona justamente ante los cr\u00edmenes contra la humanidad, de los que nuestro siglo ha tenido tristes experiencias. \u00bfAcaso estos cr\u00edmenes dejar\u00edan de serlo si, en vez de haber sido cometidos por tiranos sin escr\u00fapulo, hubieran estado legitimados por el consenso popular?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En realidad, la democracia no puede mitificarse convirti\u00e9ndola en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Fundamentalmente, es un \u00ab ordenamiento \u00bb y, como tal, un instrumento y no un fin. Su car\u00e1cter \u00ab moral \u00bb no es autom\u00e1tico, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve. Si hoy se percibe un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo \u00ab signo de los tiempos \u00bb, como tambi\u00e9n el Magisterio de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242G\">88<\/a><\/sup>&nbsp;Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, as\u00ed como considerar el \u00ab bien com\u00fan \u00bb como fin y criterio regulador de la vida pol\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles \u00ab mayor\u00edas \u00bb de opini\u00f3n, sino s\u00f3lo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto \u00ab ley natural \u00bb inscrita en el coraz\u00f3n del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil. Si, por una tr\u00e1gica ofuscaci\u00f3n de la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democr\u00e1tico se tambalear\u00eda en sus fundamentos, reduci\u00e9ndose a un puro mecanismo de regulaci\u00f3n emp\u00edrica de intereses diversos y contrapuestos.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242H\">89<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Alguien podr\u00eda pensar que semejante funci\u00f3n, a falta de algo mejor, es tambi\u00e9n v\u00e1lida para los fines de la paz social. Aun reconociendo un cierto aspecto de verdad en esta valoraci\u00f3n, es dif\u00edcil no ver c\u00f3mo, sin una base moral objetiva, ni siquiera la democracia puede asegurar una paz estable, tanto m\u00e1s que la paz no fundamentada sobre los valores de la dignidad humana y de la solidaridad entre todos los hombres, es a menudo ilusoria. En efecto, en los mismos reg\u00edmenes participativos la regulaci\u00f3n de los intereses se produce con frecuencia en beneficio de los m\u00e1s fuertes, que tienen mayor capacidad para maniobrar no s\u00f3lo las palancas del poder, sino incluso la formaci\u00f3n del consenso. En un situaci\u00f3n as\u00ed, la democracia se convierte f\u00e1cilmente en una palabra vac\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">71. Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ning\u00fan individuo, ninguna mayor\u00eda y ning\u00fan Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben s\u00f3lo reconocer, respetar y promover.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este sentido, es necesario tener en cuenta los&nbsp;<em>elementos fundamentales del conjunto de las relaciones entre ley civil y ley moral,&nbsp;<\/em>tal como son propuestos por la Iglesia, pero que forman parte tambi\u00e9n del patrimonio de las grandes tradiciones jur\u00eddicas de la humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ciertamente,&nbsp;<em>el cometido de la ley civil&nbsp;<\/em>es diverso y de \u00e1mbito m\u00e1s limitado que el de la ley moral. Sin embargo, \u00ab en ning\u00fan \u00e1mbito de la vida la ley civil puede sustituir a la conciencia ni dictar normas que excedan la propia competencia \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242I\">90<\/a><\/sup>&nbsp;que es la de asegurar el bien com\u00fan de las personas, mediante el reconocimiento y la defensa de sus derechos fundamentales, la promoci\u00f3n de la paz y de la moralidad p\u00fablica.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242J\">91<\/a><\/sup>&nbsp;En efecto, la funci\u00f3n de la ley civil consiste en garantizar una ordenada convivencia social en la verdadera justicia, para que todos \u00ab podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad \u00bb (<em>1 Tm&nbsp;<\/em>2, 2). Precisamente por esto, la ley civil debe asegurar a todos los miembros de la sociedad el respeto de algunos derechos fundamentales, que pertenecen originariamente a la persona y que toda ley positiva debe reconocer y garantizar. Entre ellos el primero y fundamental es el derecho inviolable de cada ser humano inocente a la vida. Si la autoridad p\u00fablica puede, a veces, renunciar a reprimir aquello que provocar\u00eda, de estar prohibido, un da\u00f1o m\u00e1s grave,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242K\">92<\/a><\/sup>&nbsp;sin embargo, nunca puede aceptar legitimar, como derecho de los individuos \u2014aunque \u00e9stos fueran la mayor\u00eda de los miembros de la sociedad\u2014, la ofensa infligida a otras personas mediante la negaci\u00f3n de un derecho suyo tan fundamental como el de la vida. La tolerancia legal del aborto o de la eutanasia no puede de ning\u00fan modo invocar el respeto de la conciencia de los dem\u00e1s, precisamente porque la sociedad tiene el derecho y el deber de protegerse de los abusos que se pueden dar en nombre de la conciencia y bajo el pretexto de la libertad.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242L\">93<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A este prop\u00f3sito, Juan XXIII record\u00f3 en la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_j-xxiii_enc_11041963_pacem.html\">Pacem in terris<\/a><\/em>: \u00ab En la \u00e9poca moderna se considera realizado el bien com\u00fan cuando se han salvado los derechos y los deberes de la persona humana. De ah\u00ed que los deberes fundamentales de los poderes p\u00fablicos consisten sobre todo en reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover aquellos derechos, y en contribuir por consiguiente a hacer m\u00e1s f\u00e1cil el cumplimiento de los respectivos deberes. &#8220;Tutelar el intangible campo de los derechos de la persona humana y hacer f\u00e1cil el cumplimiento de sus obligaciones, tal es el deber esencial de los poderes p\u00fablicos&#8221;. Por esta raz\u00f3n, aquellos magistrados que no reconozcan los derechos del hombre o los atropellen, no s\u00f3lo faltan ellos mismos a su deber, sino que carece de obligatoriedad lo que ellos prescriban \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242M\">94<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">72. En continuidad con toda la tradici\u00f3n de la Iglesia se encuentra tambi\u00e9n la doctrina sobre la necesaria&nbsp;<em>conformidad de la ley civil con la ley moral,&nbsp;<\/em>tal y como se recoge, una vez m\u00e1s, en la citada enc\u00edclica de Juan XXIII: \u00ab La autoridad es postulada por el orden moral y deriva de Dios. Por lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes estuvieran en contradicci\u00f3n con aquel orden y, consiguientemente, en contradicci\u00f3n con la voluntad de Dios, no tendr\u00edan fuerza para obligar en conciencia&#8230;; m\u00e1s a\u00fan, en tal caso, la autoridad dejar\u00eda de ser tal y degenerar\u00eda en abuso \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242N\">95<\/a><\/sup>&nbsp;Esta es una clara ense\u00f1anza de santo Tom\u00e1s de Aquino, que entre otras cosas escribe: \u00ab La ley humana es tal en cuanto est\u00e1 conforme con la recta raz\u00f3n y, por tanto, deriva de la ley eterna. En cambio, cuando una ley est\u00e1 en contraste con la raz\u00f3n, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y se convierte m\u00e1s bien en un acto de violencia \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242O\">96<\/a><\/sup>&nbsp;Y a\u00f1ade: \u00ab Toda ley puesta por los hombres tiene raz\u00f3n de ley en cuanto deriva de la ley natural. Por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley natural, entonces no ser\u00e1 ley sino corrupci\u00f3n de la ley \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242P\">97<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La primera y m\u00e1s inmediata aplicaci\u00f3n de esta doctrina hace referencia a la ley humana que niega el derecho fundamental y originario a la vida, derecho propio de todo hombre. As\u00ed, las leyes que, como el aborto y la eutanasia, legitiman la eliminaci\u00f3n directa de seres humanos inocentes est\u00e1n en total e insuperable contradicci\u00f3n con el derecho inviolable a la vida inherente a todos los hombres, y niegan, por tanto, la igualdad de todos ante la ley. Se podr\u00eda objetar que \u00e9ste no es el caso de la eutanasia, cuando es pedida por el sujeto interesado con plena conciencia. Pero un Estado que legitimase una petici\u00f3n de este tipo y autorizase a llevarla a cabo, estar\u00eda legalizando un caso de suicidio-homicidio, contra los principios fundamentales de que no se puede disponer de la vida y de la tutela de toda vida inocente. De este modo se favorece una disminuci\u00f3n del respeto a la vida y se abre camino a comportamientos destructivos de la confianza en las relaciones sociales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no s\u00f3lo al bien del individuo, sino tambi\u00e9n al bien com\u00fan y, por consiguiente, est\u00e1n privadas totalmente de aut\u00e9ntica validez jur\u00eddica. En efecto, la negaci\u00f3n del derecho a la vida, precisamente porque lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su raz\u00f3n de existir, es lo que se contrapone m\u00e1s directa e irreparablemente a la posibilidad de realizar el bien com\u00fan. De esto se sigue que, cuando una ley civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente vinculante.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">73. As\u00ed pues, el aborto y la eutanasia son cr\u00edmenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no s\u00f3lo no crean ninguna obligaci\u00f3n de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una&nbsp;<em>grave y precisa obligaci\u00f3n de oponerse a ellas mediante la objeci\u00f3n de conciencia.&nbsp;<\/em>Desde los or\u00edgenes de la Iglesia, la predicaci\u00f3n apost\u00f3lica inculc\u00f3 a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades p\u00fablicas leg\u00edtimamente constituidas (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>13, 1-7,&nbsp;<em>1 P&nbsp;<\/em>2, 13-14), pero al mismo tiempo ense\u00f1\u00f3 firmemente que \u00ab hay que obedecer a Dios antes que a los hombres \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>5, 29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relaci\u00f3n a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al fara\u00f3n, que hab\u00eda ordenado matar a todo reci\u00e9n nacido var\u00f3n. Ellas \u00ab no hicieron lo que les hab\u00eda mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los ni\u00f1os \u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>1, 17). Pero es necesario se\u00f1alar el motivo profundo de su comportamiento: \u00ab&nbsp;<em>Las parteras tem\u00edan a Dios<\/em>&nbsp;\u00bb (<em>ivi<\/em>). Es precisamente de la obediencia a Dios \u2014a quien s\u00f3lo se debe aquel temor que es reconocimiento de su absoluta soberan\u00eda\u2014 de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien est\u00e1 dispuesto incluso a ir a prisi\u00f3n o a morir a espada, en la certeza de que \u00ab aqu\u00ed se requiere la paciencia y la fe de los santos \u00bb (<em>Ap&nbsp;<\/em>13, 10).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el caso pues de una ley intr\u00ednsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es l\u00edcito someterse a ella, \u00ab ni participar en una campa\u00f1a de opini\u00f3n a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242Q\">98<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Un problema concreto de conciencia podr\u00eda darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley m\u00e1s restrictiva, es decir, dirigida a restringir el n\u00famero de abortos autorizados, como alternativa a otra ley m\u00e1s permisiva ya en vigor o en fase de votaci\u00f3n. No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en algunas partes del mundo contin\u00faan las campa\u00f1as para la introducci\u00f3n de leyes a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales, en otras Naciones \u2014particularmente aqu\u00e9llas que han tenido ya la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas\u2014 van apareciendo se\u00f1ales de revisi\u00f3n. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposici\u00f3n personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede l\u00edcitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a&nbsp;<em>limitar los da\u00f1os&nbsp;<\/em>de esa ley y disminuir as\u00ed los efectos negativos en el \u00e1mbito de la cultura y de la moralidad p\u00fablica. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboraci\u00f3n il\u00edcita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento leg\u00edtimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">74. La introducci\u00f3n de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante dif\u00edciles problemas de conciencia en materia de colaboraci\u00f3n, debido a la obligatoria afirmaci\u00f3n del propio derecho a no ser forzados a participar en acciones moralmente malas. A veces las opciones que se imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de posiciones profesionales consolidadas o la renuncia a perspectivas leg\u00edtimas de avance en la carrera. En otros casos, puede suceder que el cumplimiento de algunas acciones en s\u00ed mismas indiferentes, o incluso positivas, previstas en el articulado de legislaciones globalmente injustas, permita la salvaguarda de vidas humanas amenazadas. Por otra parte, sin embargo, se puede temer justamente que la disponibilidad a cumplir tales acciones no s\u00f3lo conlleve esc\u00e1ndalo y favorezca el debilitamiento de la necesaria oposici\u00f3n a los atentados contra la vida, sino que lleve insensiblemente a ir cediendo cada vez m\u00e1s a una l\u00f3gica permisiva.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Para iluminar esta dif\u00edcil cuesti\u00f3n moral es necesario tener en cuenta los principios generales sobre la&nbsp;<em>cooperaci\u00f3n en acciones moralmente malas.&nbsp;<\/em>Los cristianos, como todos los hombres de buena voluntad, est\u00e1n llamados, por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboraci\u00f3n formal a aquellas pr\u00e1cticas que, aun permitidas por la legislaci\u00f3n civil, se oponen a la Ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es l\u00edcito cooperar formalmente en el mal. Esta cooperaci\u00f3n se produce cuando la acci\u00f3n realizada, o por su misma naturaleza o por la configuraci\u00f3n que asume en un contexto concreto, se califica como colaboraci\u00f3n directa en un acto contra la vida humana inocente o como participaci\u00f3n en la intenci\u00f3n inmoral del agente principal. Esta cooperaci\u00f3n nunca puede justificarse invocando el respeto de la libertad de los dem\u00e1s, ni apoyarse en el hecho de que la ley civil la prevea y exija. En efecto, los actos que cada uno realiza personalmente tienen una responsabilidad moral, a la que nadie puede nunca substraerse y sobre la cual cada uno ser\u00e1 juzgado por Dios mismo (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>2, 6; 14, 12).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El rechazo a participar en la ejecuci\u00f3n de una injusticia no s\u00f3lo es un deber moral, sino tambi\u00e9n un derecho humano fundamental. Si no fuera as\u00ed, se obligar\u00eda a la persona humana a realizar una acci\u00f3n intr\u00ednsecamente incompatible con su dignidad y, de este modo, su misma libertad, cuyo sentido y fin aut\u00e9nticos residen en su orientaci\u00f3n a la verdad y al bien, quedar\u00eda radicalmente comprometida. Se trata, por tanto, de un derecho esencial que, como tal, deber\u00eda estar previsto y protegido por la misma ley civil. En este sentido, la posibilidad de rechazar la participaci\u00f3n en la fase consultiva, preparatoria y ejecutiva de semejantes actos contra la vida deber\u00eda asegurarse a los m\u00e9dicos, a los agentes sanitarios y a los responsables de las instituciones hospitalarias, de las cl\u00ednicas y casas de salud. Quien recurre a la objeci\u00f3n de conciencia debe estar a salvo no s\u00f3lo de sanciones penales, sino tambi\u00e9n de cualquier da\u00f1o en el plano legal, disciplinar, econ\u00f3mico y profesional.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Amar\u00e1s a tu pr\u00f3jimo como a ti mismo \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 27):&nbsp;<em>\u00ab promueve \u00bb la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">75. Los mandamientos de Dios nos ense\u00f1an el camino de la vida. Los&nbsp;<em>preceptos morales negativos,&nbsp;<\/em>es decir, los que declaran moralmente inaceptable la elecci\u00f3n de una determinada acci\u00f3n, tienen un valor absoluto para la libertad humana: obligan siempre y en toda circunstancia, sin excepci\u00f3n. Indican que la elecci\u00f3n de determinados comportamientos es radicalmente incompatible con el amor a Dios y la dignidad de la persona, creada a su imagen. Por eso, esta elecci\u00f3n no puede justificarse por la bondad de ninguna intenci\u00f3n o consecuencia, est\u00e1 en contraste insalvable con la comuni\u00f3n entre las personas, contradice la decisi\u00f3n fundamental de orientar la propia vida a Dios.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242R\">99<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ya en este sentido los preceptos morales negativos tienen una important\u00edsima funci\u00f3n positiva: el \u00ab no \u00bb que exigen incondicionalmente marca el l\u00edmite infranqueable m\u00e1s all\u00e1 del cual el hombre libre no puede pasar y, al mismo tiempo, indica el m\u00ednimo que debe respetar y del que debe partir para pronunciar innumerables \u00ab s\u00ed \u00bb, capaces de abarcar progresivamente el<em>&nbsp;horizonte completo del bien&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>5, 48). Los mandamientos, en particular los preceptos morales negativos, son el inicio y la primera etapa necesaria del camino hacia la libertad: \u00ab La primera libertad \u2014escribe san Agust\u00edn\u2014 es no tener delitos&#8230; como homicidio, adulterio, alguna inmundicia de fornicaci\u00f3n, hurto, fraude, sacrilegio y otros parecidos. Cuando el hombre empieza a no tener tales delitos (el cristiano no debe tenerlos), comienza a levantar la cabeza hacia la libertad; pero \u00e9sta es una libertad incoada, no es perfecta \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242S\">100<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">76. El mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb establece, por tanto, el punto de partida de un camino de verdadera libertad, que nos lleva a promover activamente la vida y a desarrollar determinadas actitudes y comportamientos a su servicio. Obrando as\u00ed, ejercitamos nuestra responsabilidad hacia las personas que nos han sido confiadas y manifestamos, con las obras y seg\u00fan la verdad, nuestro reconocimiento a Dios por el gran don de la vida (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>139 138, 13-14).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Creador ha confiado la vida del hombre a su cuidado responsable, no para que disponga de ella de modo arbitrario, sino para que la custodie con sabidur\u00eda y la administre con amorosa fidelidad. El Dios de la Alianza ha confiado la vida de cada hombre a otro hombre hermano suyo, seg\u00fan la ley de la reciprocidad del dar y del recibir, del don de s\u00ed mismo y de la acogida del otro. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, encarn\u00e1ndose y dando su vida por el hombre, ha demostrado a qu\u00e9 altura y profundidad puede llegar esta ley de la reciprocidad. Cristo, con el don de su Esp\u00edritu, da contenidos y significados nuevos a la ley de la reciprocidad, a la entrega del hombre al hombre. El Esp\u00edritu, que es art\u00edfice de comuni\u00f3n en el amor, crea entre los hombres una nueva fraternidad y solidaridad, reflejo verdadero del misterio de rec\u00edproca entrega y acogida propio de la Sant\u00edsima Trinidad. El mismo Esp\u00edritu llega a ser la ley nueva, que da la fuerza a los creyentes y apela a su responsabilidad para vivir con reciprocidad el don de s\u00ed mismos y la acogida del otro, participando del amor mismo de Jesucristo seg\u00fan su medida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">77. En esta ley nueva se inspira y plasma el mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb. Por tanto, para el cristiano implica en definitiva el imperativo de respetar, amar y promover la vida de cada hermano, seg\u00fan las exigencias y las dimensiones del amor de Dios en Jesucristo. \u00ab El dio su vida por nosotros. Tambi\u00e9n nosotros debemos dar la vida por los hermanos \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>3, 16).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El mandamiento \u00ab no matar\u00e1s \u00bb, incluso en sus contenidos m\u00e1s positivos de respeto, amor y promoci\u00f3n de la vida humana, obliga a todo hombre. En efecto, resuena en la conciencia moral de cada uno como un eco permanente de la alianza original de Dios creador con el hombre; puede ser conocido por todos a la luz de la raz\u00f3n y puede ser observado gracias a la acci\u00f3n misteriosa del Esp\u00edritu que, soplando donde quiere (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 8), alcanza y compromete a cada hombre que vive en este mundo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por tanto, lo que todos debemos asegurar a nuestro pr\u00f3jimo es un servicio de amor, para que siempre se defienda y promueva su vida, especialmente cuando es m\u00e1s d\u00e9bil o est\u00e1 amenazada. Es una exigencia no s\u00f3lo personal sino tambi\u00e9n social, que todos debemos cultivar, poniendo el respeto incondicional de la vida humana como fundamento de una sociedad renovada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se nos pide amar y respetar la vida de cada hombre y de cada mujer y trabajar con constancia y valor, para que se instaure finalmente en nuestro tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la vida, fruto de la cultura de la verdad y del amor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO IV<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>A M\u00cd ME LO HICISTEIS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">POR UNA NUEVA CULTURA DE LA VIDA HUMANA<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Vosotros sois el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas \u00bb&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>1 P&nbsp;<\/em>2, 9):&nbsp;<em>el pueblo de la vida y para la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">78. La Iglesia ha recibido el Evangelio como anuncio y fuente de gozo y salvaci\u00f3n. Lo ha recibido como don de Jes\u00fas, enviado del Padre \u00ab para anunciar a los pobres la Buena Nueva \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>4, 18). Lo ha recibido a trav\u00e9s de los Ap\u00f3stoles, enviados por El a todo el mundo (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>16, 15;&nbsp;<em>Mt<\/em>&nbsp;28, 19-20). La Iglesia, nacida de esta acci\u00f3n evangelizadora, siente resonar en s\u00ed misma cada d\u00eda la exclamaci\u00f3n del Ap\u00f3stol: \u00ab \u00a1Ay de m\u00ed si no predicara el Evangelio! \u00bb (<em>1 Cor&nbsp;<\/em>9, 16). En efecto, \u00ab&nbsp;<em>evangelizar&nbsp;<\/em>\u2014como escrib\u00eda Pablo VI\u2014&nbsp;<em>constituye la dicha y vocaci\u00f3n propia de la Iglesia, su identidad m\u00e1s profunda.&nbsp;<\/em>Ella existe para evangelizar \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242T\">101<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La evangelizaci\u00f3n es una acci\u00f3n global y din\u00e1mica, que compromete a la Iglesia a participar en la misi\u00f3n prof\u00e9tica, sacerdotal y real del Se\u00f1or Jes\u00fas. Por tanto, conlleva inseparablemente&nbsp;<em>las dimensiones del anuncio, de la celebraci\u00f3n y del servicio de la caridad.&nbsp;<\/em>Es un&nbsp;<em>acto profundamente eclesial,&nbsp;<\/em>que exige la cooperaci\u00f3n de todos los operarios del Evangelio, cada uno seg\u00fan su propio carisma y ministerio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed sucede tambi\u00e9n cuando se trata de anunciar el&nbsp;<em>Evangelio de la vida,&nbsp;<\/em>parte integrante del Evangelio que es Jesucristo. Nosotros estamos al servicio de este Evangelio, apoyados por la certeza de haberlo recibido como don y de haber sido enviados a proclamarlo a toda la humanidad \u00ab hasta los confines de la tierra \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>1, 8). Mantengamos, por ello, la conciencia humilde y agradecida de ser el&nbsp;<em>pueblo de la vida y para la vida&nbsp;<\/em>y present\u00e9monos de este modo ante todos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">79. Somos el&nbsp;<em>pueblo de la vida&nbsp;<\/em>porque Dios, en su amor gratuito, nos ha dado el&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>y hemos sido transformados y salvados por este mismo Evangelio. Hemos sido redimidos por el \u00ab autor de la vida \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>3, 15) a precio de su preciosa sangre (cf.&nbsp;<em>1 Cor&nbsp;<\/em>6, 20; 7, 23;&nbsp;<em>1 P&nbsp;<\/em>1, 19) y mediante el ba\u00f1o bautismal hemos sido injertados en El (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>6, 4-5;&nbsp;<em>Col<\/em>&nbsp;2, 12), como ramas que reciben savia y fecundidad del \u00e1rbol \u00fanico (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 5). Renovados interiormente por la gracia del Esp\u00edritu, \u00ab que es Se\u00f1or y da la vida \u00bb, hemos llegado a ser un<em>&nbsp;pueblo para la vida<\/em>&nbsp;y estamos llamados a comportarnos como tal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Somos enviados:&nbsp;<\/em>estar al servicio de la vida no es para nosotros una vanagloria, sino un deber, que nace de la conciencia de ser el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas (cf.&nbsp;<em>1 P&nbsp;<\/em>2, 9). En nuestro camino&nbsp;<em>nos gu\u00eda y sostiene la ley del amor:&nbsp;<\/em>el amor cuya fuente y modelo es el Hijo de Dios hecho hombre, que \u00ab muriendo ha dado la vida al mundo \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242U\">102<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Somos enviados como pueblo.&nbsp;<\/em>El compromiso al servicio de la vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad propiamente \u00ab eclesial \u00bb, que exige la acci\u00f3n concertada y generosa de todos los miembros y de todas las estructuras de la comunidad cristiana. Sin embargo, la misi\u00f3n comunitaria no elimina ni disminuye la responsabilidad de&nbsp;<em>cada persona,&nbsp;<\/em>a la cual se dirige el mandato del Se\u00f1or de \u00ab hacerse pr\u00f3jimo \u00bb de cada hombre: \u00ab Vete y haz t\u00fa lo mismo \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 37).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Todos juntos sentimos el deber de&nbsp;<em>anunciar el Evangelio de la vida,&nbsp;<\/em>de&nbsp;<em>celebrarlo&nbsp;<\/em>en la liturgia y en toda la existencia, de<em>&nbsp;servirlo&nbsp;<\/em>con las diversas iniciativas y estructuras de apoyo y promoci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Lo que hemos visto y o\u00eddo, os lo anunciamos \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 3):<em>&nbsp;anunciar el Evangelio de la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">80. \u00ab Lo que exist\u00eda desde el principio, lo que hemos o\u00eddo, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la vida&#8230; os lo anunciamos, para que tambi\u00e9n vosotros est\u00e9is en comuni\u00f3n con nosotros \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 1. 3).&nbsp;<em>Jes\u00fas es el \u00fanico Evangelio:&nbsp;<\/em>no tenemos otra cosa que decir y testimoniar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Precisamente el anuncio de Jes\u00fas es anuncio de la vida.&nbsp;<\/em>En efecto, El es \u00ab la Palabra de vida \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 1). En El \u00ab la vida se manifest\u00f3 \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 2); m\u00e1s a\u00fan, \u00e9l mismo es \u00ab la vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifest\u00f3 \u00bb (<em>ivi<\/em>). Esta misma vida, gracias al don del Esp\u00edritu, ha sido comunicada al hombre. La vida terrena de cada uno, ordenada a la vida en plenitud, a la \u00ab vida eterna \u00bb, adquiere tambi\u00e9n pleno sentido.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Iluminados por este&nbsp;<em>Evangelio de la vida,&nbsp;<\/em>sentimos la necesidad de proclamarlo y testimoniarlo por la&nbsp;<em>novedad sorprendente&nbsp;<\/em>que lo caracteriza. Este Evangelio, al identificarse con el mismo Jes\u00fas, portador de toda novedad&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242V\">103<\/a><\/sup>&nbsp;y vencedor de la \u00ab vejez \u00bb causada por el pecado y que lleva a la muerte,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242W\">104<\/a><\/sup>&nbsp;supera toda expectativa del hombre y descubre la sublime altura a la que, por gracia, es elevada la dignidad de la persona. As\u00ed la contempla san Gregorio de Nisa: \u00ab El hombre que, entre los seres, no cuenta nada, que es polvo, hierba, vanidad, cuando es adoptado por el Dios del universo como hijo, llega a ser familiar de este Ser, cuya excelencia y grandeza nadie puede ver, escuchar y comprender. \u00bfCon qu\u00e9 palabra, pensamiento o impulso del esp\u00edritu se podr\u00e1 exaltar la sobreabundancia de esta gracia? El hombre sobrepasa su naturaleza: de mortal se hace inmortal, de perecedero imperecedero, de ef\u00edmero eterno, de hombre se hace dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242X\">105<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El agradecimiento y la alegr\u00eda por la dignidad inconmensurable del hombre nos mueve a hacer a todos part\u00edcipes de este mensaje: \u00ab Lo que hemos visto y o\u00eddo, os lo anunciamos, para que tambi\u00e9n vosotros est\u00e9is en comuni\u00f3n con nosotros \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 3). Es necesario hacer llegar el&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>al coraz\u00f3n de cada hombre y mujer e introducirlo en lo m\u00e1s rec\u00f3ndito de toda la sociedad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">81. Ante todo se trata de anunciar&nbsp;<em>el n\u00facleo&nbsp;<\/em>de este Evangelio. Es anuncio de un Dios vivo y cercano, que nos llama a una profunda comuni\u00f3n con El y nos abre a la esperanza segura de la vida eterna; es afirmaci\u00f3n del v\u00ednculo indivisible que fluye entre la persona, su vida y su corporeidad; es presentaci\u00f3n de la vida humana como vida de relaci\u00f3n, don de Dios, fruto y signo de su amor; es proclamaci\u00f3n de la extraordinaria relaci\u00f3n de Jes\u00fas con cada hombre, que permite reconocer en cada rostro humano el rostro de Cristo; es manifestaci\u00f3n del \u00ab don sincero de s\u00ed mismo \u00bb como tarea y lugar de realizaci\u00f3n plena de la propia libertad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al mismo tiempo, se trata se se\u00f1alar todas&nbsp;<em>las consecuencias<\/em>&nbsp;de este mismo Evangelio, que se pueden resumir as\u00ed: la vida humana, don precioso de Dios, es sagrada e inviolable, y por esto, en particular, son absolutamente inaceptables el aborto procurado y la eutanasia; la vida del hombre no s\u00f3lo no debe ser suprimida, sino que debe ser protegida con todo cuidado amoroso; la vida encuentra su sentido en el amor recibido y dado, en cuyo horizonte hallan su plena verdad la sexualidad y la procreaci\u00f3n humana; en este amor incluso el sufrimiento y la muerte tienen un sentido y, aun permaneciendo el misterio que los envuelve, pueden llegar a ser acontecimientos de salvaci\u00f3n; el respeto de la vida exige que la ciencia y la t\u00e9cnica est\u00e9n siempre ordenadas al hombre y a su desarrollo integral; toda la sociedad debe respetar, defender y promover la dignidad de cada persona humana, en todo momento y condici\u00f3n de su vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">82. Para ser verdaderamente un pueblo al servicio de la vida debemos, con constancia y valent\u00eda, proponer estos contenidos desde el primer anuncio del Evangelio y, posteriormente,&nbsp;<em>en la catequesis y en las diversas formas de predicaci\u00f3n, en el di\u00e1logo personal y en cada actividad educativa.&nbsp;<\/em>A los educadores, profesores, catequistas y te\u00f3logos corresponde la tarea de poner de relieve las&nbsp;<em>razones antropol\u00f3gicas&nbsp;<\/em>que fundamentan y sostienen el respeto de cada vida humana. De este modo, haciendo resplandecer la novedad original del&nbsp;<em>Evangelio de la vida,<\/em>&nbsp;podremos ayudar a todos a descubrir, tambi\u00e9n a la luz de la raz\u00f3n y de la experiencia, c\u00f3mo el mensaje cristiano ilumina plenamente el hombre y el significado de su ser y de su existencia; hallaremos preciosos puntos de encuentro y de di\u00e1logo incluso con los no creyentes, comprometidos todos juntos en hacer surgir una nueva cultura de la vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En medio de las voces m\u00e1s dispares, cuando muchos rechazan la sana doctrina sobre la vida del hombre, sentimos como dirigida tambi\u00e9n a nosotros la exhortaci\u00f3n de Pablo a Timoteo: \u00ab Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina \u00bb (<em>2 Tm&nbsp;<\/em>4, 2). Esta exhortaci\u00f3n debe encontrar un fuerte eco en el coraz\u00f3n de cuantos, en la Iglesia, participan m\u00e1s directamente, con diverso t\u00edtulo, en su misi\u00f3n de \u00ab maestra \u00bb de la verdad. Que resuene ante todo para nosotros&nbsp;<em>Obispos<\/em>: somos los primeros a quienes se pide ser anunciadores incansables del&nbsp;<em>Evangelio de la vida;&nbsp;<\/em>a nosotros se nos conf\u00eda tambi\u00e9n la misi\u00f3n de vigilar sobre la trasmisi\u00f3n \u00edntegra y fiel de la ense\u00f1anza propuesta en esta Enc\u00edclica y adoptar las medidas m\u00e1s oportunas para que los fieles sean preservados de toda doctrina contraria a la misma. Debemos poner una atenci\u00f3n especial para que en las facultades teol\u00f3gicas, en los seminarios y en las diversas instituciones cat\u00f3licas se difunda, se ilustre y se profundice el conocimiento de la sana doctrina.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242Y\">106<\/a><\/sup>&nbsp;Que la exhortaci\u00f3n de Pablo resuene para todos los&nbsp;<em>te\u00f3logos,&nbsp;<\/em>para los&nbsp;<em>pastores&nbsp;<\/em>y para todos los que desarrollan tareas de&nbsp;<em>ense\u00f1anza, catequesis y formaci\u00f3n de las conciencias:&nbsp;<\/em>conscientes del papel que les pertenece, no asuman nunca la grave responsabilidad de traicionar la verdad y su misma misi\u00f3n exponiendo ideas personales contrarias al&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>como lo propone e interpreta fielmente el Magisterio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al anunciar este Evangelio, no debemos temer la hostilidad y la impopularidad, rechazando todo compromiso y ambig\u00fcedad que nos conformar\u00eda a la mentalidad de este mundo (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>12, 2). Debemos estar&nbsp;<em>en el mundo,&nbsp;<\/em>pero no ser&nbsp;<em>del mundo&nbsp;<\/em>(cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 19; 17, 16), con la fuerza que nos viene de Cristo, que con su muerte y resurrecci\u00f3n ha vencido el mundo (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>16, 33).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Sal<\/em>&nbsp;139 138, 14):&nbsp;<em>celebrar el Evangelio de la vida<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">83. Enviados al mundo como \u00ab pueblo para la vida \u00bb, nuestro anuncio debe ser tambi\u00e9n&nbsp;<em>una celebraci\u00f3n verdadera y genuina del Evangelio de la vida.&nbsp;<\/em>M\u00e1s a\u00fan, esta celebraci\u00f3n, con la fuerza evocadora de sus gestos, s\u00edmbolos y ritos, debe convertirse en lugar precioso y significativo para transmitir la belleza y grandeza de este Evangelio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con este fin, urge ante todo&nbsp;<em>cultivar,&nbsp;<\/em>en nosotros y en los dem\u00e1s,&nbsp;<em>una mirada contemplativa<\/em>.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%242Z\">107<\/a><\/sup>&nbsp;Esta nace de la fe en el Dios de la vida, que ha creado a cada hombre haci\u00e9ndolo como un prodigio (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>139 138, 14). Es la mirada de quien ve la vida en su profundidad, percibiendo sus dimensiones de gratuidad, belleza, invitaci\u00f3n a la libertad y a la responsabilidad. Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un don, descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su imagen viviente (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>1, 27;&nbsp;<em>Sal<\/em>&nbsp;8, 6). Esta mirada no se rinde desconfiada ante quien est\u00e1 enfermo, sufriendo, marginado o a las puertas de la muerte; sino que se deja interpelar por todas estas situaciones para buscar un sentido y, precisamente en estas circunstancias, encuentra en el rostro de cada persona una llamada a la mutua consideraci\u00f3n, al di\u00e1logo y a la solidaridad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es el momento de asumir todos esta mirada, volviendo a ser capaces, con el \u00e1nimo lleno de religiosa admiraci\u00f3n, de&nbsp;<em>venerar y respetar a todo hombre,&nbsp;<\/em>como nos invitaba a hacer Pablo VI en uno de sus primeros mensajes de Navidad.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2430\">108<\/a><\/sup>&nbsp;El pueblo nuevo de los redimidos, animado por esta mirada contemplativa, prorrumpe en&nbsp;<em>himnos de alegr\u00eda, alabanza y agradecimiento por el don inestimable de la vida,&nbsp;<\/em>por el misterio de la llamada de todo hombre a participar en Cristo de la vida de gracia, y a una existencia de comuni\u00f3n sin fin con Dios Creador y Padre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">84.&nbsp;<em>Celebrar el Evangelio de la vida significa celebrar el Dios de la vida, el Dios que da la vida:&nbsp;<\/em>\u00ab Celebremos ahora la Vida eterna, fuente de toda vida. Desde ella y por ella se extiende a todos los seres que de alg\u00fan modo participan de la vida, y de modo conveniente a cada uno de ellos. La Vida divina es por s\u00ed vivificadora y creadora de la vida. Toda vida y toda moci\u00f3n vital proceden de la Vida, que est\u00e1 sobre toda vida y sobre el principio de ella. De esta Vida les viene a las almas el ser inmortales, y gracias a ella vive todo ser viviente, plantas y animales hasta el grado \u00ednfimo de vida. Adem\u00e1s, da a los hombres, a pesar de ser compuestos, una vida similar, en lo posible, a la de los \u00e1ngeles. Por la abundancia de su bondad, a nosotros, que estamos separados, nos atrae y dirige. Y lo que es todav\u00eda m\u00e1s maravilloso: promete que nos trasladar\u00e1 \u00edntegramente, es decir, en alma y cuerpo, a la vida perfecta e inmortal. No basta decir que esta Vida est\u00e1 viviente, que es Principio de vida, Causa y Fundamento \u00fanico de la vida. Conviene, pues, a toda vida el contemplarla y alabarla: es Vida que vivifica toda vida \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2431\">109<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como el Salmista tambi\u00e9n nosotros, en la&nbsp;<em>oraci\u00f3n cotidiana,<\/em>&nbsp;individual y comunitaria, alabamos y bendecimos a Dios nuestro Padre, que nos ha tejido en el seno materno y nos ha visto y amado cuando todav\u00eda \u00e9ramos informes (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>139 138, 13. 15-16), y exclamamos con incontenible alegr\u00eda: \u00ab Yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras. Mi alma conoc\u00edas cabalmente \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>139 138, 14). S\u00ed, \u00ab esta vida mortal, a pesar de sus tribulaciones, de sus oscuros misterios, sus sufrimientos, su fatal caducidad, es un hecho bell\u00edsimo, un prodigio siempre original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser cantado con j\u00fabilo y gloria \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2432\">110<\/a><\/sup>&nbsp;M\u00e1s a\u00fan, el hombre y su vida no se nos presentan s\u00f3lo como uno de los prodigios m\u00e1s grandes de la creaci\u00f3n: Dios ha dado al hombre una dignidad casi divina (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>8, 6-7). En cada ni\u00f1o que nace y en cada hombre que vive y que muere reconocemos la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada hombre, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Estamos llamados a expresar admiraci\u00f3n y gratitud por la vida recibida como don, y a acoger, gustar y comunicar el&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>no s\u00f3lo con la oraci\u00f3n personal y comunitaria, sino sobre todo con las&nbsp;<em>celebraciones del a\u00f1o lit\u00fargico.&nbsp;<\/em>Se deben recordar aqu\u00ed particularmente los&nbsp;<em>Sacramentos,&nbsp;<\/em>signos eficaces de la presencia y de la acci\u00f3n salv\u00edfica del Se\u00f1or Jes\u00fas en la existencia cristiana. Ellos hacen a los hombres part\u00edcipes de la vida divina, asegur\u00e1ndoles la energ\u00eda espiritual necesaria para realizar verdaderamente el significado de vivir, sufrir y morir. Gracias a un nuevo y genuino descubrimiento del significado de los ritos y a su adecuada valoraci\u00f3n, las celebraciones lit\u00fargicas, sobre todo las sacramentales, ser\u00e1n cada vez m\u00e1s capaces de expresar la verdad plena sobre el nacimiento, la vida, el sufrimiento y la muerte, ayudando a vivir estas realidades como participaci\u00f3n en el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">85. En la celebraci\u00f3n del&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>es preciso saber&nbsp;<em>apreciar y valorar tambi\u00e9n los gestos y los s\u00edmbolos, de los que son ricas las diversas tradiciones y costumbres culturales y populares.&nbsp;<\/em>Son momentos y formas de encuentro con las que, en los diversos Pa\u00edses y culturas, se manifiestan el gozo por una vida que nace, el respeto y la defensa de toda existencia humana, el cuidado del que sufre o est\u00e1 necesitado, la cercan\u00eda al anciano o al moribundo, la participaci\u00f3n del dolor de quien est\u00e1 de luto, la esperanza y el deseo de inmortalidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En esta perspectiva, acogiendo tambi\u00e9n la sugerencia de los Cardenales en el Consistorio de 1991, propongo que se celebre cada a\u00f1o en las distintas Naciones una&nbsp;<em>Jornada por la Vida,&nbsp;<\/em>como ya tiene lugar por iniciativa de algunas Conferencias Episcopales. Es necesario que esta Jornada se prepare y se celebre con la participaci\u00f3n activa de todos los miembros de la Iglesia local. Su fin fundamental es suscitar en las conciencias, en las familias, en la Iglesia y en la sociedad civil, el reconocimiento del sentido y del valor de la vida humana en todos sus momentos y condiciones, centrando particularmente la atenci\u00f3n sobre la gravedad del aborto y de la eutanasia, sin olvidar tampoco los dem\u00e1s momentos y aspectos de la vida, que merecen ser objeto de atenta consideraci\u00f3n, seg\u00fan sugiera la evoluci\u00f3n de la situaci\u00f3n hist\u00f3rica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">86. Respecto al culto espiritual agradable a Dios (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>12, 1), la celebraci\u00f3n del&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>debe realizarse sobre todo en la&nbsp;<em>existencia cotidiana,&nbsp;<\/em>vivida en el amor por los dem\u00e1s y en la entrega de uno mismo. As\u00ed, toda nuestra existencia se har\u00e1 acogida aut\u00e9ntica y responsable del don de la vida y alabanza sincera y reconocida a Dios que nos ha hecho este don. Es lo que ya sucede en tant\u00edsimos gestos de entrega, con frecuencia humilde y escondida, realizados por hombres y mujeres, ni\u00f1os y adultos, j\u00f3venes y ancianos, sanos y enfermos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este contexto, rico en humanidad y amor, es donde surgen tambi\u00e9n los&nbsp;<em>gestos heroicos.&nbsp;<\/em>Estos son&nbsp;<em>la celebraci\u00f3n m\u00e1s solemne del Evangelio de la vida,&nbsp;<\/em>porque lo proclaman&nbsp;<em>con la entrega total de s\u00ed mismos;&nbsp;<\/em>son la elocuente manifestaci\u00f3n del grado m\u00e1s elevado del amor, que es dar la vida por la persona amada (cf.<em>&nbsp;Jn&nbsp;<\/em>15, 13); son la participaci\u00f3n en el misterio de la Cruz, en la que Jes\u00fas revela cu\u00e1nto vale para El la vida de cada hombre y c\u00f3mo \u00e9sta se realiza plenamente en la entrega sincera de s\u00ed mismo. M\u00e1s all\u00e1 de casos clamorosos, est\u00e1 el hero\u00edsmo cotidiano, hecho de peque\u00f1os o grandes gestos de solidaridad que alimentan una aut\u00e9ntica cultura de la vida. Entre ellos merece especial reconocimiento la donaci\u00f3n de \u00f3rganos, realizada seg\u00fan criterios \u00e9ticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de curaci\u00f3n e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A este hero\u00edsmo cotidiano pertenece el testimonio silencioso, pero a la vez fecundo y elocuente, de \u00ab todas las madres valientes, que se dedican sin reservas a su familia, que sufren al dar a luz a sus hijos, y luego est\u00e1n dispuestas a soportar cualquier esfuerzo, a afrontar cualquier sacrificio, para transmitirles lo mejor de s\u00ed mismas \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2433\">111<\/a><\/sup>&nbsp;Al desarrollar su misi\u00f3n \u00ab no siempre estas madres heroicas encuentran apoyo en su ambiente. Es m\u00e1s, los modelos de civilizaci\u00f3n, a menudo promovidos y propagados por los medios de comunicaci\u00f3n, no favorecen la maternidad. En nombre del progreso y la modernidad, se presentan como superados ya los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se han distinguido y siguen distingui\u00e9ndose innumerables esposas y madres cristianas&#8230; Os damos las gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible. Os damos las gracias por la intr\u00e9pida confianza en Dios y en su amor. Os damos las gracias por el sacrificio de vuestra vida&#8230; Cristo, en el misterio pascual, os devuelve el don que le hab\u00e9is hecho, pues tiene el poder de devolveros la vida que le hab\u00e9is dado como ofrenda \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2434\">112<\/a><\/sup>&nbsp;<em>\u00ab \u00bfDe qu\u00e9 sirve, hermanos m\u00edos, que alguien diga: &#8220;Tengo fe&#8221;, si no tiene obras? \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>St&nbsp;<\/em>2, 14):&nbsp;<em>servir el Evangelio de la vida<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">87. En virtud de la participaci\u00f3n en la misi\u00f3n real de Cristo, el apoyo y la promoci\u00f3n de la vida humana deben realizarse mediante el&nbsp;<em>servicio de la caridad,&nbsp;<\/em>que se manifiesta en el testimonio personal, en las diversas formas de voluntariado, en la animaci\u00f3n social y en el compromiso pol\u00edtico. Esta es&nbsp;<em>una exigencia particularmente apremiante en el momento actual,&nbsp;<\/em>en que la \u00ab cultura de la muerte \u00bb se contrapone tan fuertemente a la \u00ab cultura de la vida \u00bb y con frecuencia parece que la supera. Sin embargo, es ante todo una exigencia que nace de la \u00ab fe que act\u00faa por la caridad \u00bb (<em>Gal&nbsp;<\/em>5, 6), como nos exhorta la Carta de Santiago: \u00ab \u00bfDe qu\u00e9 sirve, hermanos m\u00edos, que alguien diga: &#8220;Tengo fe&#8221;, si no tiene obras? \u00bfAcaso podr\u00e1 salvarle la fe? Si un hermano o una hermana est\u00e1n desnudos y carecen del sustento diario, y algunos de vosotros les dice: &#8220;Idos en paz, calentaos y hartaos&#8221;, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, \u00bfde qu\u00e9 sirve? As\u00ed tambi\u00e9n la fe, si no tiene obras, est\u00e1 realmente muerta \u00bb (2, 14-17).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el servicio de la caridad, hay&nbsp;<em>una actitud que debe animarnos y distinguirnos:&nbsp;<\/em>hemos de hacernos cargo del otro como persona confiada por Dios a nuestra responsabilidad. Como disc\u00edpulos de Jes\u00fas, estamos llamados a hacernos pr\u00f3jimos de cada hombre (cf.&nbsp;<em>Lc&nbsp;<\/em>10, 29-37), teniendo una preferencia especial por quien es m\u00e1s pobre, est\u00e1 s\u00f3lo y necesitado. Precisamente mediante la ayuda al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado \u2014como tambi\u00e9n al ni\u00f1o a\u00fan no nacido, al anciano que sufre o cercano a la muerte\u2014 tenemos la posibilidad de servir a Jes\u00fas, como El mismo dijo: \u00ab Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos m\u00edos m\u00e1s peque\u00f1os, a m\u00ed me lo hicisteis \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>25, 40). Por eso, nos sentimos interpelados y juzgados por las palabras siempre actuales de san Juan Cris\u00f3stomo: \u00ab \u00bfQuer\u00e9is de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consint\u00e1is que est\u00e9 desnudo. No le honr\u00e9is aqu\u00ed en el templo con vestidos de seda y fuera le dej\u00e9is perecer de fr\u00edo y desnudez \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2435\">113<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El servicio de la caridad a la vida debe ser profundamente unitario:&nbsp;<\/em>no se pueden tolerar unilateralismos y discriminaciones, porque la vida humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones. Es un bien indivisible. Por tanto, se trata de&nbsp;<em>\u00ab hacerse cargo \u00bb de toda la vida y de la vida de todos.&nbsp;<\/em>M\u00e1s a\u00fan, se trata de llegar a las ra\u00edces mismas de la vida y del amor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Partiendo precisamente de un amor profundo por cada hombre y mujer, se ha desarrollado a lo largo de los siglos una<em>&nbsp;extraordinaria historia de caridad,&nbsp;<\/em>que ha introducido en la vida eclesial y civil numerosas estructuras de servicio a la vida, que suscitan la admiraci\u00f3n de todo observador sin prejuicios. Es una historia que cada comunidad cristiana, con nuevo sentido de responsabilidad, debe continuar escribiendo a trav\u00e9s de una acci\u00f3n pastoral y social m\u00faltiple. En este sentido, se deben poner en pr\u00e1ctica formas discretas y eficaces de&nbsp;<em>acompa\u00f1amiento de la vida naciente,&nbsp;<\/em>con una especial cercan\u00eda a aquellas madres que, incluso sin el apoyo del padre, no tienen miedo de traer al mundo su hijo y educarlo. Una atenci\u00f3n an\u00e1loga debe prestarse a la vida que se encuentra en la marginaci\u00f3n o en el sufrimiento, especialmente en sus fases finales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">88. Todo esto supone una paciente y valiente&nbsp;<em>obra educativa<\/em>&nbsp;que apremie a todos y cada uno a hacerse cargo del peso de los dem\u00e1s (cf.&nbsp;<em>Gal&nbsp;<\/em>6, 2); exige una continua promoci\u00f3n de&nbsp;<em>vocaciones al servicio,&nbsp;<\/em>particularmente entre los j\u00f3venes; implica la realizaci\u00f3n de&nbsp;<em>proyectos e iniciativas&nbsp;<\/em>concretas, estables e inspiradas en el Evangelio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">M\u00faltiples son los&nbsp;<em>medios para valorar&nbsp;<\/em>con competencia y serio prop\u00f3sito. Respecto a los inicios de la vida,&nbsp;<em>los centros de m\u00e9todos naturales de regulaci\u00f3n de la fertilidad&nbsp;<\/em>han de ser promovidos como una valiosa ayuda para la paternidad y maternidad responsables, en la que cada persona, comenzando por el hijo, es reconocida y respetada por s\u00ed misma, y cada decisi\u00f3n es animada y guiada por el criterio de la entrega sincera de s\u00ed. Tambi\u00e9n los<em>&nbsp;consultorios matrimoniales y familiares,&nbsp;<\/em>mediante su acci\u00f3n espec\u00edfica de consulta y prevenci\u00f3n, desarrollada a la luz de una antropolog\u00eda coherente con la visi\u00f3n cristiana de la persona, de la pareja y de la sexualidad, constituyen un servicio precioso para profundizar en el sentido del amor y de la vida y para sostener y acompa\u00f1ar cada familia en su misi\u00f3n como \u00ab santuario de la vida \u00bb. Al servicio de la vida naciente est\u00e1n tambi\u00e9n&nbsp;<em>los centros de ayuda a la vida y las casas o centros de acogida de la vida.&nbsp;<\/em>Gracias a su labor muchas madres solteras y parejas en dificultad hallan razones y convicciones, y encuentran asistencia y apoyo para superar las molestias y miedos de acoger una vida naciente o reci\u00e9n dada a luz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ante condiciones de dificultad, extrav\u00edo, enfermedad y marginaci\u00f3n en la vida, otros medios \u2014como las&nbsp;<em>comunidades de recuperaci\u00f3n de drogadictos, las residencias para menores o enfermos mentales, los centros de atenci\u00f3n y acogida para enfermos de SIDA, y las cooperativas de solidaridad sobre todo para incapacitados\u2014&nbsp;<\/em>son expresiones elocuentes de lo que la caridad sabe inventar para dar a cada uno razones nuevas de esperanza y posibilidades concretas de vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuando la existencia terrena llega a su fin, de nuevo la caridad encuentra los medios m\u00e1s oportunos para que los&nbsp;<em>ancianos,<\/em>&nbsp;especialmente si no son autosuficientes, y los llamados&nbsp;<em>enfermos terminales&nbsp;<\/em>puedan gozar de una asistencia verdaderamente humana y recibir cuidados adecuados a sus exigencias, en particular a su angustia y soledad. En estos casos es insustituible el papel de las familias; pero pueden encontrar gran ayuda en las estructuras sociales de asistencia y, si es necesario, recurriendo a los&nbsp;<em>cuidados paliativos,&nbsp;<\/em>utilizando los adecuados servicios sanitarios y sociales, presentes tanto en los centros de hospitalizaci\u00f3n y tratamiento p\u00fablicos como a domicilio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En particular, se debe revisar la funci\u00f3n de los&nbsp;<em>hospitales,<\/em>&nbsp;de las&nbsp;<em>cl\u00ednicas&nbsp;<\/em>y de las&nbsp;<em>casas de salud:&nbsp;<\/em>su verdadera identidad no es s\u00f3lo la de estructuras en las que se atiende a los enfermos y moribundos, sino ante todo la de ambientes en los que el sufrimiento, el dolor y la muerte son considerados e interpretados en su significado humano y espec\u00edficamente cristiano. De modo especial esta identidad debe ser clara y eficaz en los&nbsp;<em>institutos regidos por religiosos o relacionados de alguna manera con la Iglesia.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">89. Estas estructuras y centros de servicio a la vida, y todas las dem\u00e1s iniciativas de apoyo y solidaridad que las circunstancias puedan aconsejar seg\u00fan los casos, tienen necesidad de ser animadas por&nbsp;<em>personas generosamente disponibles y profundamente conscientes&nbsp;<\/em>de lo fundamental que es el&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>para el bien del individuo y de la sociedad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Es peculiar la responsabilidad confiada a todo el personal sanitario: m\u00e9dicos, farmac\u00e9uticos, enfermeros, capellanes, religiosos y religiosas, personal administrativo y voluntarios.<\/em>&nbsp;Su profesi\u00f3n les exige ser custodios y servidores de la vida humana. En el contexto cultural y social actual, en que la ciencia y la medicina corren el riesgo de perder su dimensi\u00f3n \u00e9tica original, ellos pueden estar a veces fuertemente tentados de convertirse en manipuladores de la vida o incluso en agentes de muerte. Ante esta tentaci\u00f3n, su responsabilidad ha crecido hoy enormemente y encuentra su inspiraci\u00f3n m\u00e1s profunda y su apoyo m\u00e1s fuerte precisamente en la intr\u00ednseca e imprescindible dimensi\u00f3n \u00e9tica de la profesi\u00f3n sanitaria, como ya reconoc\u00eda el antiguo y siempre actual&nbsp;<em>juramento de Hip\u00f3crates,&nbsp;<\/em>seg\u00fan el cual se exige a cada m\u00e9dico el compromiso de respetar absolutamente la vida humana y su car\u00e1cter sagrado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El respeto absoluto de toda vida humana inocente exige tambi\u00e9n<em>ejercer la objeci\u00f3n de conciencia&nbsp;<\/em>ante el aborto procurado y la eutanasia. El \u00ab hacer morir \u00bb nunca puede considerarse un tratamiento m\u00e9dico, ni siquiera cuando la intenci\u00f3n fuera s\u00f3lo la de secundar una petici\u00f3n del paciente: es m\u00e1s bien la negaci\u00f3n de la profesi\u00f3n sanitaria que debe ser un apasionado y tenaz \u00ab s\u00ed \u00bb a la vida. Tambi\u00e9n la investigaci\u00f3n biom\u00e9dica, campo fascinante y prometedor de nuevos y grandes beneficios para la humanidad, debe rechazar siempre los experimentos, descubrimientos o aplicaciones que, al ignorar la dignidad inviolable del ser humano, dejan de estar al servicio de los hombres y se transforman en realidades que, aparentando socorrerlos, los oprimen.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">90. Un papel espec\u00edfico est\u00e1n llamadas a desempe\u00f1ar las<em>&nbsp;personas comprometidas en el voluntariado:&nbsp;<\/em>ofrecen una aportaci\u00f3n preciosa al servicio de la vida, cuando saben conjugar la capacidad profesional con el amor generoso y gratuito. El<em>&nbsp;Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>las mueve a elevar los sentimientos de simple filantrop\u00eda a la altura de la caridad de Cristo; a reconquistar cada d\u00eda, entre fatigas y cansancios, la conciencia de la dignidad de cada hombre; a salir al encuentro de las necesidades de las personas iniciando \u2014si es preciso\u2014 nuevos caminos all\u00ed donde m\u00e1s urgentes son las necesidades y m\u00e1s escasas las atenciones y el apoyo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El realismo tenaz de la caridad exige que al&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>se le sirva tambi\u00e9n mediante&nbsp;<em>formas de animaci\u00f3n social y de compromiso pol\u00edtico,&nbsp;<\/em>defendiendo y proponiendo el valor de la vida en nuestras sociedades cada vez m\u00e1s complejas y pluralistas.<em>&nbsp;Los individuos, las familias, los grupos y las asociaciones<\/em>&nbsp;tienen una responsabilidad, aunque a t\u00edtulo y en modos diversos, en la animaci\u00f3n social y en la elaboraci\u00f3n de proyectos culturales, econ\u00f3micos, pol\u00edticos y legislativos que, respetando a todos y seg\u00fan la l\u00f3gica de la convivencia democr\u00e1tica, contribuyan a edificar una sociedad en la que se reconozca y tutele la dignidad de cada persona, y se defienda y promueva la vida de todos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta tarea corresponde en particular a los&nbsp;<em>responsables de la vida p\u00fablica.&nbsp;<\/em>Llamados a servir al hombre y al bien com\u00fan, tienen el deber de tomar decisiones valientes en favor de la vida, especialmente en el campo de las&nbsp;<em>disposiciones legislativas.&nbsp;<\/em>En un r\u00e9gimen democr\u00e1tico, donde las leyes y decisiones se adoptan sobre la base del consenso de muchos, puede atenuarse el sentido de la responsabilidad personal en la conciencia de los individuos investidos de autoridad. Pero nadie puede abdicar jam\u00e1s de esta responsabilidad, sobre todo cuando se tiene un mandato legislativo o ejecutivo, que llama a responder ante Dios, ante la propia conciencia y ante la sociedad entera de decisiones eventualmente contrarias al verdadero bien com\u00fan. Si las leyes no son el \u00fanico instrumento para defender la vida humana, sin embargo desempe\u00f1an un papel muy importante y a veces determinante en la promoci\u00f3n de una mentalidad y de unas costumbres. Repito una vez m\u00e1s que una norma que viola el derecho natural a la vida de un inocente es injusta y, como tal, no puede tener valor de ley. Por eso renuevo con fuerza mi llamada a todos los pol\u00edticos para que no promulguen leyes que, ignorando la dignidad de la persona, minen las ra\u00edces de la misma convivencia ciudadana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia sabe que, en el contexto de las democracias pluralistas, es dif\u00edcil realizar una eficaz defensa legal de la vida por la presencia de fuertes corrientes culturales de diversa orientaci\u00f3n. Sin embargo, movida por la certeza de que la verdad moral encuentra un eco en la intimidad de cada conciencia, anima a los pol\u00edticos, comenzando por los cristianos, a no resignarse y a adoptar aquellas decisiones que, teniendo en cuenta las posibilidades concretas, lleven a restablecer un orden justo en la afirmaci\u00f3n y promoci\u00f3n del valor de la vida. En esta perspectiva, es necesario poner de relieve que no basta con eliminar las leyes inicuas. Hay que eliminar las causas que favorecen los atentados contra la vida, asegurando sobre todo el apoyo debido a la familia y a la maternidad:&nbsp;<em>la pol\u00edtica familiar<\/em>&nbsp;debe ser&nbsp;<em>eje y motor de todas las pol\u00edticas sociales.&nbsp;<\/em>Por tanto, es necesario promover iniciativas sociales y legislativas capaces de garantizar condiciones de aut\u00e9ntica libertad en la decisi\u00f3n sobre la paternidad y la maternidad; adem\u00e1s, es necesario replantear las pol\u00edticas laborales, urban\u00edsticas, de vivienda y de servicios para que se puedan conciliar entre s\u00ed los horarios de trabajo y los de la familia, y sea efectivamente posible la atenci\u00f3n a los ni\u00f1os y a los ancianos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">91.&nbsp;<em>La problem\u00e1tica demogr\u00e1fica&nbsp;<\/em>constituye hoy un cap\u00edtulo importante de la pol\u00edtica sobre la vida. Las autoridades p\u00fablicas tienen ciertamente la responsabilidad de \u00ab intervenir para orientar la demograf\u00eda de la poblaci\u00f3n \u00bb;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2436\">114<\/a><\/sup>&nbsp;pero estas iniciativas deben siempre presuponer y respetar la responsabilidad primaria e inalienable de los esposos y de las familias, y no pueden recurrir a m\u00e9todos no respetuosos de la persona y de sus derechos fundamentales, comenzando por el derecho a la vida de todo ser humano inocente. Por tanto, es moralmente inaceptable que, para regular la natalidad, se favorezca o se imponga el uso de medios como la anticoncepci\u00f3n, la esterilizaci\u00f3n y el aborto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los caminos para resolver el problema demogr\u00e1fico son otros: los Gobiernos y las distintas instituciones internacionales deben mirar ante todo a la creaci\u00f3n de las condiciones econ\u00f3micas, sociales, m\u00e9dico-sanitarias y culturales que permitan a los esposos tomar sus opciones procreativas con plena libertad y con verdadera responsabilidad; deben adem\u00e1s esforzarse en \u00ab aumentar los medios y distribuir con mayor justicia la riqueza para que todos puedan participar equitativamente de los bienes de la creaci\u00f3n. Hay que buscar soluciones a nivel mundial, instaurando una verdadera&nbsp;<em>econom\u00eda de comuni\u00f3n y de participaci\u00f3n de bienes,<\/em>&nbsp;tanto en el orden internacional como nacional \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2437\">115<\/a><\/sup>&nbsp;Este es el \u00fanico camino que respeta la dignidad de las personas y de las familias, adem\u00e1s de ser el aut\u00e9ntico patrimonio cultural de los pueblos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El servicio al&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>es, pues, vasto y complejo. Se nos presenta cada vez m\u00e1s como un \u00e1mbito privilegiado y favorable para una colaboraci\u00f3n activa con los hermanos de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, en la l\u00ednea de aquel<em>&nbsp;ecumenismo de las obras&nbsp;<\/em>que el Concilio Vaticano II autorizadamente impuls\u00f3.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2438\">116<\/a><\/sup>&nbsp;Adem\u00e1s, se presenta como espacio providencial para el di\u00e1logo y la colaboraci\u00f3n con los fieles de otras religiones y con todos los hombres de buena voluntad:&nbsp;<em>la defensa y la promoci\u00f3n de la vida no son monopolio de nadie, sino deber y responsabilidad de todos.&nbsp;<\/em>El desaf\u00edo que tenemos ante nosotros, a las puertas del tercer milenio, es arduo. S\u00f3lo la cooperaci\u00f3n concorde de cuantos creen en el valor de la vida podr\u00e1 evitar una derrota de la civilizaci\u00f3n de consecuencias imprevisibles.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab La herencia del Se\u00f1or son los hijos, recompensa el fruto de las entra\u00f1as \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Sal&nbsp;<\/em>127 126, 3):&nbsp;<em>la familia \u00ab santuario de la vida \u00bb<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">92. Dentro del \u00ab pueblo de la vida y para la vida \u00bb,&nbsp;<em>es decisiva la responsabilidad de la familia:&nbsp;<\/em>es una responsabilidad que brota de su propia naturaleza \u2014la de ser comunidad de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio\u2014 y de su misi\u00f3n de \u00ab custodiar, revelar y comunicar el amor \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%2439\">117<\/a><\/sup>&nbsp;Se trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como int\u00e9rpretes en la transmisi\u00f3n de la vida y en su educaci\u00f3n seg\u00fan el designio del Padre son los padres.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243A\">118<\/a><\/sup>&nbsp;Es, pues, el amor que se hace gratuidad, acogida, entrega: en la familia cada uno es reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno m\u00e1s necesitado, la atenci\u00f3n hacia \u00e9l es m\u00e1s intensa y viva.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La familia est\u00e1 llamada a esto a lo largo de la vida de sus miembros, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente \u00ab el&nbsp;<em>santuario de la vida&#8230;,&nbsp;<\/em>el \u00e1mbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los m\u00faltiples ataques a que est\u00e1 expuesta, y puede desarrollarse seg\u00fan las exigencias de un aut\u00e9ntico crecimiento humano \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243B\">119<\/a><\/sup>&nbsp;Por esto, el papel de la familia en la edificaci\u00f3n de la cultura de la vida es&nbsp;<em>determinante e insustituible<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como&nbsp;<em>iglesia dom\u00e9stica,&nbsp;<\/em>la familia est\u00e1 llamada a anunciar, celebrar y servir el&nbsp;<em>Evangelio de la vida.&nbsp;<\/em>Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez m\u00e1s&nbsp;<em>conscientes del significado de la procreaci\u00f3n,&nbsp;<\/em>como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que&nbsp;<em>la vida humana es un don recibido para ser a su vez dado.&nbsp;<\/em>En la procreaci\u00f3n de una nueva vida los padres descubren que el hijo, \u00ab si es fruto de su rec\u00edproca donaci\u00f3n de amor, es a su vez un don para ambos: un don que brota del don \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243C\">120<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es principalmente mediante&nbsp;<em>la educaci\u00f3n de los hijos&nbsp;<\/em>como la familia cumple su misi\u00f3n de anunciar el&nbsp;<em>Evangelio de la vida.&nbsp;<\/em>Con la palabra y el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas, y mediante gestos y expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la aut\u00e9ntica libertad, que se realiza en la entrega sincera de s\u00ed, y cultivan en ellos el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el di\u00e1logo, el servicio generoso, la solidaridad y los dem\u00e1s valores que ayudan a vivir la vida como un don. La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de los hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocaci\u00f3n recibida de Dios. Pertenece a la misi\u00f3n educativa de los padres ense\u00f1ar y testimoniar a los hijos el sentido verdadero del sufrimiento y de la muerte. Lo podr\u00e1n hacer si saben estar atentos a cada sufrimiento que encuentren a su alrededor y, principalmente, si saben desarrollar actitudes de cercan\u00eda, asistencia y participaci\u00f3n hacia los enfermos y ancianos dentro del \u00e1mbito familiar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">93. Adem\u00e1s, la familia&nbsp;<em>celebra el Evangelio de la vida con la oraci\u00f3n cotidiana,&nbsp;<\/em>individual y familiar: con ella alaba y da gracias al Se\u00f1or por el don de la vida e implora luz y fuerza para afrontar los momentos de dificultad y de sufrimiento, sin perder nunca la esperanza. Pero la celebraci\u00f3n que da significado a cualquier otra forma de oraci\u00f3n y de culto es la que se expresa en la&nbsp;<em>vida cotidiana de la familia,&nbsp;<\/em>si es una vida hecha de amor y entrega.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De este modo la celebraci\u00f3n se transforma en un&nbsp;<em>servicio al Evangelio de la vida,&nbsp;<\/em>que se expresa por medio de la&nbsp;<em>solidaridad,<\/em>&nbsp;experimentada dentro y alrededor de la familia como atenci\u00f3n sol\u00edcita, vigilante y cordial en las peque\u00f1as y humildes cosas de cada d\u00eda. Una expresi\u00f3n particularmente significativa de solidaridad entre las familias es la disponibilidad a la&nbsp;<em>adopci\u00f3n<\/em>&nbsp;o a la&nbsp;<em>acogida temporal&nbsp;<\/em>de ni\u00f1os abandonados por sus padres o en situaciones de grave dificultad. El verdadero amor paterno y materno va m\u00e1s all\u00e1 de los v\u00ednculos de carne y sangre acogiendo incluso a ni\u00f1os de otras familias, ofreci\u00e9ndoles todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo. Entre las formas de adopci\u00f3n, merece ser considerada tambi\u00e9n la&nbsp;<em>adopci\u00f3n a distancia,<\/em>&nbsp;preferible en los casos en los que el abandono tiene como \u00fanico motivo las condiciones de grave pobreza de una familia. En efecto, con esta forma de adopci\u00f3n se ofrecen a los padres las ayudas necesarias para mantener y educar a los propios hijos, sin tener que desarraigarlos de su ambiente natural.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La solidaridad, entendida como \u00ab determinaci\u00f3n firme y perseverante de empe\u00f1arse por el bien com\u00fan \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243D\">121<\/a><\/sup>&nbsp;requiere tambi\u00e9n ser llevada a cabo mediante formas de&nbsp;<em>participaci\u00f3n social y pol\u00edtica.&nbsp;<\/em>En consecuencia, servir el&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>supone que las familias, participando especialmente en asociaciones familiares, trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ning\u00fan modo el derecho a la vida, desde la concepci\u00f3n hasta la muerte natural, sino que la defiendan y promuevan.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">94. Una atenci\u00f3n particular debe prestarse a los&nbsp;<em>ancianos.<\/em>&nbsp;Mientras en algunas culturas las personas de edad m\u00e1s avanzada permanecen dentro de la familia con un papel activo importante, por el contrario, en otras culturas el viejo es considerado como un peso in\u00fatil y es abandonado a su propia suerte. En semejante situaci\u00f3n puede surgir con mayor facilidad la tentaci\u00f3n de recurrir a la eutanasia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La marginaci\u00f3n o incluso el rechazo de los ancianos son intolerables. Su presencia en la familia o al menos la cercan\u00eda de la misma a ellos, cuando no sea posible por la estrechez de la vivienda u otros motivos, son de importancia fundamental para crear un clima de intercambio rec\u00edproco y de comunicaci\u00f3n enriquecedora entre las distintas generaciones. Por ello, es importante que se conserve, o se restablezca donde se ha perdido, una especie de \u00ab pacto \u00bb entre las generaciones, de modo que los padres ancianos, llegados al t\u00e9rmino de su camino, puedan encontrar en sus hijos la acogida y la solidaridad que ellos les dieron cuando nacieron: lo exige la obediencia al mandamiento divino de honrar al padre y a la madre (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>20, 12;&nbsp;<em>Lv&nbsp;<\/em>19, 3). Pero hay algo m\u00e1s. El anciano no se debe considerar s\u00f3lo como objeto de atenci\u00f3n, cercan\u00eda y servicio. Tambi\u00e9n \u00e9l tiene que ofrecer una valiosa aportaci\u00f3n al&nbsp;<em>Evangelio de la vida.&nbsp;<\/em>Gracias al rico patrimonio de experiencias adquirido a lo largo de los a\u00f1os, puede y debe ser&nbsp;<em>transmisor de sabidur\u00eda, testigo de esperanza y de caridad.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si es cierto que \u00ab el futuro de la humanidad se fragua en la familia \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243E\">122<\/a><\/sup>&nbsp;se debe reconocer que las actuales condiciones sociales, econ\u00f3micas y culturales hacen con frecuencia m\u00e1s ardua y dif\u00edcil la misi\u00f3n de la familia al servicio de la vida. Para que pueda realizar su vocaci\u00f3n de \u00ab santuario de la vida \u00bb, como c\u00e9lula de una sociedad que ama y acoge la vida, es necesario y urgente que&nbsp;<em>la familia misma sea ayudada y apoyada.&nbsp;<\/em>Las sociedades y los Estados deben asegurarle todo el apoyo, incluso econ\u00f3mico, que es necesario para que las familias puedan responder de un modo m\u00e1s humano a sus propios problemas. Por su parte, la Iglesia debe promover incansablemente una pastoral familiar que ayude a cada familia a redescubrir y vivir con alegr\u00eda y valor su misi\u00f3n en relaci\u00f3n con el&nbsp;<em>Evangelio de la vida.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Vivid como hijos de la luz \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Ef&nbsp;<\/em>5, 8):&nbsp;<em>para realizar un cambio cultural<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">95. \u00ab Vivid como hijos de la luz&#8230; Examinad qu\u00e9 es lo que agrada al Se\u00f1or, y no particip\u00e9is en las obras infructuosas de las tinieblas \u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>5, 8.10-11). En el contexto social actual, marcado por una lucha dram\u00e1tica entre la \u00ab cultura de la vida \u00bb y la \u00ab cultura de la muerte \u00bb, debe&nbsp;<em>madurar un fuerte sentido cr\u00edtico,&nbsp;<\/em>capaz de discernir los verdaderos valores y las aut\u00e9nticas exigencias.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es urgente una&nbsp;<em>movilizaci\u00f3n general de las conciencias&nbsp;<\/em>y un<em>com\u00fan esfuerzo \u00e9tico,&nbsp;<\/em>para poner en pr\u00e1ctica una&nbsp;<em>gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida:&nbsp;<\/em>nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicci\u00f3n m\u00e1s firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos. La urgencia de este cambio cultural est\u00e1 relacionada con la situaci\u00f3n hist\u00f3rica que estamos atravesando, pero tiene su ra\u00edz en la misma misi\u00f3n evangelizadora, propia de la Iglesia. En efecto, el Evangelio pretende \u00ab transformar desde dentro, renovar la misma humanidad \u00bb;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243F\">123<\/a><\/sup>&nbsp;es como la levadura que fermenta toda la masa (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>13, 33) y, como tal, est\u00e1 destinado a impregnar todas las culturas y a animarlas desde dentro,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243G\">124<\/a><\/sup>&nbsp;para que expresen la verdad plena sobre el hombre y sobre su vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se debe comenzar por la&nbsp;<em>renovaci\u00f3n de la cultura de la vida dentro de las mismas comunidades cristianas.&nbsp;<\/em>Muy a menudo los creyentes, incluso quienes participan activamente en la vida eclesial, caen en una especie de separaci\u00f3n entre la fe cristiana y sus exigencias \u00e9ticas con respecto a la vida, llegando as\u00ed al subjetivismo moral y a ciertos comportamientos inaceptables. Ante esto debemos preguntarnos, con gran lucidez y valent\u00eda, qu\u00e9 cultura de la vida se difunde hoy entre los cristianos, las familias, los grupos y las comunidades de nuestras Di\u00f3cesis. Con la misma claridad y decisi\u00f3n, debemos determinar qu\u00e9 pasos hemos de dar para servir a la vida seg\u00fan la plenitud de su verdad. Al mismo tiempo, debemos promover un di\u00e1logo serio y profundo con todos, incluidos los no creyentes, sobre los problemas fundamentales de la vida humana, tanto en los lugares de elaboraci\u00f3n del pensamiento, como en los diversos \u00e1mbitos profesionales y all\u00ed donde se desenvuelve cotidianamente la existencia de cada uno.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">96. El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural consiste en la&nbsp;<em>formaci\u00f3n de la conciencia moral&nbsp;<\/em>sobre el valor inconmensurable e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia&nbsp;<em>redescubrir el nexo inseparable entre vida y libertad.&nbsp;<\/em>Son bienes inseparables: donde se viola uno, el otro acaba tambi\u00e9n por ser violado. No hay libertad verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la libertad. Ambas realidades guardan adem\u00e1s una relaci\u00f3n innata y peculiar, que las vincula indisolublemente: la vocaci\u00f3n al amor. Este amor, como don sincero de s\u00ed,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243H\">125<\/a><\/sup>&nbsp;es el sentido m\u00e1s verdadero de la vida y de la libertad de la persona.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No menos decisivo en la formaci\u00f3n de la conciencia es el<em>descubrimiento del v\u00ednculo constitutivo entre la libertad y la verdad.&nbsp;<\/em>Como he repetido otras veces, separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible fundamentar los derechos de la persona sobre una s\u00f3lida base racional y pone las premisas para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los individuos y el totalitarismo del poder p\u00fablico causante de la muerte.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243I\">126<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia original de su condici\u00f3n de criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como don y tarea. S\u00f3lo admitiendo esta dependencia innata en su ser, el hombre puede desarrollar plenamente su libertad y su vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad la vida y libertad de las dem\u00e1s personas. Aqu\u00ed se manifiesta ante todo que \u00ab el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio m\u00e1s grande: el misterio de Dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243J\">127<\/a><\/sup>&nbsp;Cuando se niega a Dios y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos, se acaba f\u00e1cilmente por negar o comprometer tambi\u00e9n la dignidad de la persona humana y el car\u00e1cter inviolable de su vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">97. A la formaci\u00f3n de la conciencia est\u00e1 vinculada estrechamente la&nbsp;<em>labor educativa,&nbsp;<\/em>que ayuda al hombre a ser cada vez m\u00e1s hombre, lo introduce siempre m\u00e1s profundamente en la verdad, lo orienta hacia un respeto creciente por la vida, lo forma en las justas relaciones entre las personas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En particular, es necesario educar en el valor de la vida<em>&nbsp;comenzando por sus mismas ra\u00edces.&nbsp;<\/em>Es una ilusi\u00f3n pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los j\u00f3venes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia seg\u00fan su verdadero significado y en su \u00edntima correlaci\u00f3n. La sexualidad, riqueza de toda la persona, \u00ab manifiesta su significado \u00edntimo al llevar a la persona hacia el don de s\u00ed misma en el amor \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243K\">128<\/a><\/sup>&nbsp;La banalizaci\u00f3n de la sexualidad es uno de los factores principales que est\u00e1n en la ra\u00edz del desprecio por la vida naciente: s\u00f3lo un amor verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer sobre todo a los adolescentes y a los j\u00f3venes la aut\u00e9ntica&nbsp;<em>educaci\u00f3n de la sexualidad y del amor,&nbsp;<\/em>una educaci\u00f3n que implica la&nbsp;<em>formaci\u00f3n de la castidad,&nbsp;<\/em>como virtud que favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado \u00ab esponsal \u00bb del cuerpo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La labor de educaci\u00f3n para la vida requiere la&nbsp;<em>formaci\u00f3n de los esposos para la procreaci\u00f3n responsable.&nbsp;<\/em>Esta exige, en su verdadero significado, que los esposos sean d\u00f3ciles a la llamada del Se\u00f1or y act\u00faen como fieles int\u00e9rpretes de su designio: esto se realiza abriendo generosamente la familia a nuevas vidas y, en todo caso, permaneciendo en actitud de apertura y servicio a la vida incluso cuando, por motivos serios y respetando la ley moral, los esposos optan por evitar temporalmente o a tiempo indeterminado un nuevo nacimiento. La ley moral les obliga de todos modos a encauzar las tendencias del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biol\u00f3gicas inscritas en sus personas. Precisamente este respeto legitima, al servicio de la responsabilidad en la procreaci\u00f3n, el&nbsp;<em>recurso a los m\u00e9todos naturales de regulaci\u00f3n de la fertilidad:&nbsp;<\/em>\u00e9stos han sido precisados cada vez mejor desde el punto de vista cient\u00edfico y ofrecen posibilidades concretas para adoptar decisiones en armon\u00eda con los valores morales. Una consideraci\u00f3n honesta de los resultados alcanzados deber\u00eda eliminar prejuicios todav\u00eda muy difundidos y convencer a los esposos, y tambi\u00e9n a los agentes sanitarios y sociales, de la importancia de una adecuada formaci\u00f3n al respecto. La Iglesia est\u00e1 agradecida a quienes con sacrificio personal y dedicaci\u00f3n con frecuencia ignorada trabajan en la investigaci\u00f3n y difusi\u00f3n de estos m\u00e9todos, promoviendo al mismo tiempo una educaci\u00f3n en los valores morales que su uso supone.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>La labor educativa debe tener en cuenta tambi\u00e9n el sufrimiento y la muerte.&nbsp;<\/em>En realidad forman parte de la experiencia humana, y es vano, adem\u00e1s de equivocado, tratar de ocultarlos o descartarlos. Al contrario, se debe ayudar a cada uno a comprender, en la realidad concreta y dif\u00edcil, su misterio profundo. El dolor y el sufrimiento tienen tambi\u00e9n un sentido y un valor, cuando se viven en estrecha relaci\u00f3n con el amor recibido y entregado. En este sentido he querido que se celebre cada a\u00f1o la&nbsp;<em>Jornada Mundial del Enfermo,&nbsp;<\/em>destacando \u00ab el car\u00e1cter salv\u00edfico del ofrecimiento del sacrificio que, vivido en comuni\u00f3n con Cristo, pertenece a la esencia misma de la redenci\u00f3n \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243L\">129<\/a><\/sup>&nbsp;Por otra parte, incluso la muerte es algo m\u00e1s que una aventura sin esperanza: es la puerta de la existencia que se proyecta hacia la eternidad y, para quienes la viven en Cristo, es experiencia de participaci\u00f3n en su misterio de muerte y resurrecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">98. En s\u00edntesis, podemos decir que el cambio cultural deseado aqu\u00ed exige a todos el valor de&nbsp;<em>asumir un nuevo estilo de vida&nbsp;<\/em>que se manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas \u2014a nivel personal, familiar, social e internacional\u2014 la justa escala de valores:&nbsp;<em>la primac\u00eda del ser sobre el tener<\/em>,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243M\">130<\/a><\/sup>&nbsp;<em>de la persona sobre las cosas.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243N\">131<\/a><\/sup>&nbsp;Este nuevo estilo de vida implica tambi\u00e9n pasar&nbsp;<em>de la indiferencia al inter\u00e9s por el otro&nbsp;<\/em>y&nbsp;<em>del rechazo a su acogida:&nbsp;<\/em>los dem\u00e1s no son contrincantes de quienes hay que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que amarlos por s\u00ed mismos; nos enriquecen con su misma presencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la movilizaci\u00f3n por una nueva cultura de la vida nadie se debe sentir excluido:&nbsp;<em>todos tienen un papel importante que desempe\u00f1ar.&nbsp;<\/em>La misi\u00f3n de los&nbsp;<em>profesores&nbsp;<\/em>y de los&nbsp;<em>educadores&nbsp;<\/em>es, junto con la de las familias, particularmente importante. De ellos depender\u00e1 mucho que los j\u00f3venes, formados en una aut\u00e9ntica libertad, sepan custodiar interiormente y difundir a su alrededor ideales verdaderos de vida, y que sepan crecer en el respeto y servicio a cada persona, en la familia y en la sociedad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tambi\u00e9n&nbsp;<em>los intelectuales&nbsp;<\/em>pueden hacer mucho en la construcci\u00f3n de una nueva cultura de la vida humana. Una tarea particular corresponde a los intelectuales&nbsp;<em>cat\u00f3licos,&nbsp;<\/em>llamados a estar presentes activamente en los c\u00edrculos privilegiados de elaboraci\u00f3n cultural, en el mundo de la escuela y de la universidad, en los ambientes de investigaci\u00f3n cient\u00edfica y t\u00e9cnica, en los puntos de creaci\u00f3n art\u00edstica y de la reflexi\u00f3n human\u00edstica. Alimentando su ingenio y su acci\u00f3n en las claras fuentes del Evangelio, deben entregarse al servicio de una nueva cultura de la vida con aportaciones serias, documentadas, capaces de ganarse por su valor el respeto e inter\u00e9s de todos. Precisamente en esta perspectiva he instituido la&nbsp;<em>Pontificia Academia para la Vida&nbsp;<\/em>con el fin de \u00ab estudiar, informar y formar en lo que ata\u00f1e a las principales cuestiones de biomedicina y derecho, relativas a la promoci\u00f3n y a la defensa de la vida, sobre todo en las que guardan mayor relaci\u00f3n con la moral cristiana y las directrices del Magisterio de la Iglesia \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243O\">132<\/a><\/sup>&nbsp;Una aportaci\u00f3n espec\u00edfica deben dar tambi\u00e9n las&nbsp;<em>Universidades,<\/em>&nbsp;particularmente las&nbsp;<em>cat\u00f3licas,&nbsp;<\/em>y los&nbsp;<em>Centros, Institutos y Comit\u00e9s de bio\u00e9tica<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Grande y grave es la&nbsp;<em>responsabilidad de los responsables de los medios de comunicaci\u00f3n social<\/em>, llamados a trabajar para que la transmisi\u00f3n eficaz de los mensajes contribuya a la cultura de la vida. Deben, por tanto, presentar ejemplos de vida elevados y nobles, dando espacio a testimonios positivos y a veces heroicos de amor al hombre; proponiendo con gran respeto los valores de la sexualidad y del amor, sin enmascarar lo que deshonra y envilece la dignidad del hombre. En la lectura de la realidad, deben negarse a poner de relieve lo que pueda insinuar o acrecentar sentimientos o actitudes de indiferencia, desprecio o rechazo ante la vida. En la escrupulosa fidelidad a la verdad de los hechos, est\u00e1n llamados a conjugar al mismo tiempo la libertad de informaci\u00f3n, el respeto a cada persona y un sentido profundo de humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">99. En el cambio cultural en favor de la vida&nbsp;<em>las mujeres<\/em>&nbsp;tienen un campo de pensamiento y de acci\u00f3n singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un \u00ab nuevo feminismo \u00bb que, sin caer en la tentaci\u00f3n de seguir modelos \u00ab machistas \u00bb, sepa reconocer y expresar el verdadero esp\u00edritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superaci\u00f3n de toda forma de discriminaci\u00f3n, de violencia y de explotaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Recordando las palabras del mensaje conclusivo del Concilio Vaticano II, dirijo tambi\u00e9n yo a las mujeres una llamada apremiante: \u00ab&nbsp;<em>Reconciliad a los hombres con la vida&nbsp;<\/em>\u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243P\">133<\/a><\/sup>&nbsp;Vosotras est\u00e1is llamadas a&nbsp;<em>testimoniar el significado del amor aut\u00e9ntico,&nbsp;<\/em>de aquel don de uno mismo y de la acogida del otro que se realizan de modo espec\u00edfico en la relaci\u00f3n conyugal, pero que deben ser el alma de cualquier relaci\u00f3n interpersonal. La experiencia de la maternidad favorece en vosotras una aguda sensibilidad hacia las dem\u00e1s personas y, al mismo tiempo, os confiere una misi\u00f3n particular: \u00ab La maternidad conlleva una comuni\u00f3n especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer&#8230; Este modo \u00fanico de contacto con el nuevo hombre que se est\u00e1 formando crea a su vez una actitud hacia el hombre \u2014no s\u00f3lo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general\u2014, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243Q\">134<\/a><\/sup>&nbsp;En efecto, la madre acoge y lleva consigo a otro ser, le permite crecer en su seno, le ofrece el espacio necesario, respet\u00e1ndolo en su alteridad. As\u00ed, la mujer percibe y ense\u00f1a que las relaciones humanas son aut\u00e9nticas si se abren a la acogida de la otra persona, reconocida y amada por la dignidad que tiene por el hecho de ser persona y no de otros factores, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la salud. Esta es la aportaci\u00f3n fundamental que la Iglesia y la humanidad esperan de las mujeres. Y es la premisa insustituible para un aut\u00e9ntico cambio cultural.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Una reflexi\u00f3n especial quisiera tener para vosotras,&nbsp;<em>mujeres que hab\u00e9is recurrido al aborto.&nbsp;<\/em>La Iglesia sabe cu\u00e1ntos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisi\u00f3n, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisi\u00f3n dolorosa e incluso dram\u00e1tica. Probablemente la herida a\u00fan no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dej\u00e9is vencer por el des\u00e1nimo y no abandon\u00e9is la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si a\u00fan no lo hab\u00e9is hecho, abr\u00edos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perd\u00f3n y su paz en el sacramento de la Reconciliaci\u00f3n. Pod\u00e9is confiar con esperanza a vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia. Ayudadas por el consejo y la cercan\u00eda de personas amigas y competentes, podr\u00e9is estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores m\u00e1s elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atenci\u00f3n hacia quien est\u00e1 m\u00e1s necesitado de cercan\u00eda, ser\u00e9is art\u00edfices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">100. En este gran esfuerzo por una nueva cultura de la vida estamos&nbsp;<em>sostenidos y animados por la confianza&nbsp;<\/em>de quien sabe que el&nbsp;<em>Evangelio de la vida,&nbsp;<\/em>como el Reino de Dios, crece y produce frutos abundantes (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>4, 26-29). Es ciertamente enorme la desproporci\u00f3n que existe entre los medios, numerosos y potentes, con que cuentan quienes trabajan al servicio de la \u00ab cultura de la muerte \u00bb y los de que disponen los promotores de una \u00ab cultura de la vida y del amor \u00bb. Pero nosotros sabemos que podemos confiar en la ayuda de Dios, para quien nada es imposible (cf.<em>&nbsp;Mt&nbsp;<\/em>19, 26).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con esta profunda certeza, y movido por la firme solicitud por cada hombre y mujer, repito hoy a todos cuanto he dicho a las familias comprometidas en sus dif\u00edciles tareas en medio de las insidias que las amenazan:&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243R\">135<\/a><\/sup>&nbsp;e<em>s urgente una gran oraci\u00f3n por la vida,&nbsp;<\/em>que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociaci\u00f3n, desde cada familia y desde el coraz\u00f3n de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la oraci\u00f3n habitual, se eleve una s\u00faplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida. Jes\u00fas mismo nos ha mostrado con su ejemplo que la oraci\u00f3n y el ayuno son las armas principales y m\u00e1s eficaces contra las fuerzas del mal (cf.<em>&nbsp;Mt&nbsp;<\/em>4, 1-11) y ha ense\u00f1ado a sus disc\u00edpulos que algunos demonios s\u00f3lo se expulsan de este modo (cf.&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>9, 29). Por tanto, tengamos la humildad y la valent\u00eda de&nbsp;<em>orar y ayunar&nbsp;<\/em>para conseguir que la fuerza que viene de lo alto haga caer los muros del enga\u00f1o y de la mentira, que esconden a los ojos de tantos hermanos y hermanas nuestros la naturaleza perversa de comportamientos y de leyes hostiles a la vida, y abra sus corazones a prop\u00f3sitos e intenciones inspirados en la civilizaci\u00f3n de la vida y del amor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 4):&nbsp;<em>el Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">101. \u00ab Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 4). La revelaci\u00f3n del&nbsp;<em>Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>se nos da como un bien que hay que comunicar a todos: para que todos los hombres est\u00e9n en comuni\u00f3n con nosotros y con la Trinidad (cf.&nbsp;<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 3). No podremos tener alegr\u00eda plena si no comunicamos este Evangelio a los dem\u00e1s, si s\u00f3lo lo guardamos para nosotros mismos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El Evangelio de la vida&nbsp;<\/em>no es exclusivamente para los creyentes:&nbsp;<em>es para todos.&nbsp;<\/em>El tema de la vida y de su defensa y promoci\u00f3n no es prerrogativa \u00fanica de los cristianos. Aunque de la fe recibe luz y fuerza extraordinarias, pertenece a toda conciencia humana que aspira a la verdad y est\u00e1 atenta y preocupada por la suerte de la humanidad. En la vida hay seguramente un valor sagrado y religioso, pero de ning\u00fan modo interpela s\u00f3lo a los creyentes: en efecto, se trata de un valor que cada ser humano puede comprender tambi\u00e9n a la luz de la raz\u00f3n y que, por tanto, afecta necesariamente a todos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por esto, nuestra acci\u00f3n de \u00ab pueblo de la vida y para la vida \u00bb debe ser interpretada de modo justo y acogida con simpat\u00eda. Cuando la Iglesia declara que el respeto incondicional del derecho a la vida de toda persona inocente \u2014desde la concepci\u00f3n a su muerte natural\u2014 es uno de los pilares sobre los que se basa toda sociedad civil, \u00ab quiere simplemente&nbsp;<em>promover un Estado humano.&nbsp;<\/em>Un Estado que reconozca, como su deber primario, la defensa de los derechos fundamentales de la persona humana, especialmente de la m\u00e1s d\u00e9bil \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243S\">136<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres.<\/em>&nbsp;Trabajar en favor de la vida es contribuir a la&nbsp;<em>renovaci\u00f3n de la sociedad&nbsp;<\/em>mediante la edificaci\u00f3n del bien com\u00fan. En efecto, no es posible construir el bien com\u00fan sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los dem\u00e1s derechos inalienables del ser humano. Ni puede tener bases s\u00f3lidas una sociedad que \u2014mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz\u2014 se contradice radicalmente aceptando o tolerando las formas m\u00e1s diversas de desprecio y violaci\u00f3n de la vida humana sobre todo si es d\u00e9bil y marginada. S\u00f3lo el respeto de la vida puede fundamentar y garantizar los bienes m\u00e1s preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En efecto, no puede haber&nbsp;<em>verdadera democracia,&nbsp;<\/em>si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No puede haber siquiera&nbsp;<em>verdadera paz,&nbsp;<\/em>si no&nbsp;<em>se defiende y promueve la vida,&nbsp;<\/em>como recordaba Pablo VI: \u00ab Todo delito contra la vida es un atentado contra la paz, especialmente si hace mella en la conducta del pueblo&#8230;, por el contrario, donde los derechos del hombre son profesados realmente y reconocidos y defendidos p\u00fablicamente, la paz se convierte en la atm\u00f3sfera alegre y operante de la convivencia social \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243T\">137<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El \u00ab pueblo de la vida \u00bb se alegra de poder compartir con otros muchos su tarea, de modo que sea cada vez m\u00e1s numeroso el \u00ab pueblo para la vida \u00bb y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien de la ciudad de los hombres.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CONCLUSI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">102. Al final de esta Enc\u00edclica, la mirada vuelve espont\u00e1neamente al Se\u00f1or Jes\u00fas, \u00ab el Ni\u00f1o nacido para nosotros \u00bb (cf.&nbsp;<em>Is&nbsp;<\/em>9, 5), para contemplar en El \u00ab la Vida \u00bb que \u00ab se manifest\u00f3 \u00bb (<em>1 Jn&nbsp;<\/em>1, 2). En el misterio de este nacimiento se realiza el encuentro de Dios con el hombre y comienza el camino del Hijo de Dios sobre la tierra, camino que culminar\u00e1 con la entrega de su vida en la Cruz: con su muerte vencer\u00e1 la muerte y ser\u00e1 para la humanidad entera principio de vida nueva.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Quien acogi\u00f3 \u00ab la Vida \u00bb en nombre de todos y para bien de todos fue Mar\u00eda, la Virgen Madre, la cual tiene por tanto una relaci\u00f3n personal estrech\u00edsima con el&nbsp;<em>Evangelio de la vida.&nbsp;<\/em>El consentimiento de Mar\u00eda en la Anunciaci\u00f3n y su maternidad son el origen mismo del misterio de la vida que Cristo vino a dar a los hombres (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 10). A trav\u00e9s de su acogida y cuidado sol\u00edcito de la vida del Verbo hecho carne, la vida del hombre ha sido liberada de la condena de la muerte definitiva y eterna.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por esto Mar\u00eda, \u00ab como la Iglesia de la que es figura, es madre de todos los que renacen a la vida. Es, en efecto, madre de aquella Vida por la que todos viven, pues, al dar a luz esta Vida, regener\u00f3, en cierto modo, a todos los que deb\u00edan vivir por ella \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243U\">138<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al contemplar la maternidad de Mar\u00eda, la Iglesia descubre el sentido de su propia maternidad y el modo con que est\u00e1 llamada a manifestarla. Al mismo tiempo, la experiencia maternal de la Iglesia muestra la perspectiva m\u00e1s profunda para comprender la experiencia de Mar\u00eda como&nbsp;<em>modelo incomparable de acogida y cuidado de la vida.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab Una gran se\u00f1al apareci\u00f3 en el cielo: una Mujer vestida del sol \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Ap&nbsp;<\/em>12, 1):&nbsp;<em>la maternidad de Mar\u00eda y de la Iglesia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">103. La relaci\u00f3n rec\u00edproca entre el misterio de la Iglesia y Mar\u00eda se manifiesta con claridad en la \u00ab gran se\u00f1al \u00bb descrita en el Apocalipsis: \u00ab Una gran se\u00f1al apareci\u00f3 en el cielo: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza \u00bb (12, 1). En esta se\u00f1al la Iglesia ve una imagen de su propio misterio: inmersa en la historia, es consciente de que la transciende, ya que es en la tierra el \u00ab germen y el comienzo \u00bb del Reino de Dios.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243V\">139<\/a><\/sup>&nbsp;La Iglesia ve este misterio realizado de modo pleno y ejemplar en Mar\u00eda. Ella es la mujer gloriosa, en la que el designio de Dios se pudo llevar a cabo con total perfecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La \u00ab Mujer vestida del sol \u00bb \u2014pone de relieve el Libro del Apocalipsis\u2014 \u00ab est\u00e1 encinta \u00bb (12, 2). La Iglesia es plenamente consciente de llevar consigo al Salvador del mundo, Cristo el Se\u00f1or, y de estar llamada a darlo al mundo, regenerando a los hombres a la vida misma de Dios. Pero no puede olvidar que esta misi\u00f3n ha sido posible gracias a la maternidad de Mar\u00eda, que concibi\u00f3 y dio a luz al que es \u00ab Dios de Dios \u00bb, \u00ab Dios verdadero de Dios verdadero \u00bb. Mar\u00eda es verdaderamente Madre de Dios, la<em>&nbsp;Theotokos<\/em>, en cuya maternidad viene exaltada al m\u00e1ximo la vocaci\u00f3n a la maternidad inscrita por Dios en cada mujer. As\u00ed Mar\u00eda se pone como modelo para la Iglesia, llamada a ser la \u00ab nueva Eva \u00bb, madre de los creyentes, madre de los \u00ab vivientes \u00bb (cf.&nbsp;<em>Gn&nbsp;<\/em>3, 20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La maternidad espiritual de la Iglesia s\u00f3lo se realiza \u2014tambi\u00e9n de esto la Iglesia es consciente\u2014 en medio de \u00ab los dolores y del tormento de dar a luz \u00bb (<em>Ap&nbsp;<\/em>12, 2), es decir, en la perenne tensi\u00f3n con las fuerzas del mal, que contin\u00faan atravesando el mundo y marcando el coraz\u00f3n de los hombres, haciendo resistencia a Cristo: \u00ab En El estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 4-5).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como la Iglesia, tambi\u00e9n Mar\u00eda tuvo que vivir su maternidad bajo el signo del sufrimiento: \u00ab Este est\u00e1 puesto&#8230; para ser se\u00f1al de contradicci\u00f3n \u2014\u00a1y a ti misma una espada te atravesar\u00e1 el alma!\u2014 a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>2, 34-35). En las palabras que, al inicio de la vida terrena del Salvador, Sime\u00f3n dirige a Mar\u00eda est\u00e1 sint\u00e9ticamente representado el rechazo hacia Jes\u00fas, y con El hacia Mar\u00eda, que alcanzar\u00e1 su culmen en el Calvario. \u00ab Junto a la cruz de Jes\u00fas \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 25), Mar\u00eda participa de la entrega que el Hijo hace de s\u00ed mismo: ofrece a Jes\u00fas, lo da, lo engendra definitivamente para nosotros. El \u00ab s\u00ed \u00bb de la Anunciaci\u00f3n madura plenamente en la Cruz, cuando llega para Mar\u00eda el tiempo de acoger y engendrar como hijo a cada hombre que se hace disc\u00edpulo, derramando sobre \u00e9l el amor redentor del Hijo: \u00ab Jes\u00fas, viendo a su madre y junto a ella al disc\u00edpulo a quien amaba, dice a su madre: &#8220;Mujer, ah\u00ed tienes a tu hijo&#8221; \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 26).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab El Drag\u00f3n se detuvo delante de la Mujer&#8230; para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Ap&nbsp;<\/em>12, 4):&nbsp;<em>la vida amenazada por las fuerzas del mal<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">104. En el Libro del Apocalipsis la \u00ab gran se\u00f1al \u00bb de la \u00ab Mujer \u00bb (12, 1) es acompa\u00f1ada por \u00ab otra se\u00f1al en el cielo \u00bb : se trata de \u00ab un gran Drag\u00f3n rojo \u00bb (12, 3), que simboliza a Satan\u00e1s, potencia personal mal\u00e9fica, y al mismo tiempo a todas las fuerzas del mal que intervienen en la historia y dificultan la misi\u00f3n de la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tambi\u00e9n en esto Mar\u00eda ilumina a la Comunidad de los creyentes. En efecto, la hostilidad de las fuerzas del mal es una oposici\u00f3n encubierta que, antes de afectar a los disc\u00edpulos de Jes\u00fas, va contra su Madre. Para salvar la vida del Hijo de cuantos lo temen como una amenaza peligrosa, Mar\u00eda debe huir con Jos\u00e9 y el Ni\u00f1o a Egipto (cf.&nbsp;<em>Mt&nbsp;<\/em>2, 13-15).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mar\u00eda ayuda as\u00ed a la Iglesia a&nbsp;<em>tomar conciencia de que la vida est\u00e1 siempre en el centro de una gran lucha&nbsp;<\/em>entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. El Drag\u00f3n quiere devorar al ni\u00f1o reci\u00e9n nacido (cf.&nbsp;<em>Ap&nbsp;<\/em>12, 4), figura de Cristo, al que Mar\u00eda engendra en la \u00ab plenitud de los tiempos \u00bb (<em>Gal&nbsp;<\/em>4, 4) y que la Iglesia debe presentar continuamente a los hombres de las diversas \u00e9pocas de la historia. Pero en cierto modo es tambi\u00e9n figura de cada hombre, de cada ni\u00f1o, especialmente de cada criatura d\u00e9bil y amenazada, porque \u2014como recuerda el Concilio\u2014 \u00ab el Hijo de Dios, con su encarnaci\u00f3n, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243W\">140<\/a><\/sup>&nbsp;Precisamente en la \u00ab carne \u00bb de cada hombre, Cristo contin\u00faa revel\u00e1ndose y entrando en comuni\u00f3n con nosotros, de modo que el&nbsp;<em>rechazo de la vida del hombre,&nbsp;<\/em>en sus diversas formas, es&nbsp;<em>realmente rechazo de Cristo.&nbsp;<\/em>Esta es la verdad fascinante, y al mismo tiempo exigente, que Cristo nos descubre y que su Iglesia contin\u00faa presentando incansablemente: \u00ab El que reciba a un ni\u00f1o como \u00e9ste en mi nombre, a m\u00ed me recibe \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>18, 5); \u00ab En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos m\u00edos m\u00e1s peque\u00f1os, a m\u00ed me lo hicisteis \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>25, 40).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab No habr\u00e1 ya muerte \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Ap&nbsp;<\/em>21, 4):&nbsp;<em>esplendor de la resurrecci\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">105. La anunciaci\u00f3n del \u00e1ngel a Mar\u00eda se encuentra entre estas confortadoras palabras: \u00ab No temas, Mar\u00eda \u00bb y \u00ab Ninguna cosa es imposible para Dios \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>1, 30.37). En verdad, toda la existencia de la Virgen Madre est\u00e1 marcada por la certeza de que Dios est\u00e1 a su lado y la acompa\u00f1a con su providencia ben\u00e9vola. Esta es tambi\u00e9n la existencia de la Iglesia, que encuentra \u00ab un lugar \u00bb (<em>Ap&nbsp;<\/em>12, 6) en el desierto, lugar de la prueba, pero tambi\u00e9n de la manifestaci\u00f3n del amor de Dios hacia su pueblo (cf.<em>&nbsp;Os&nbsp;<\/em>2, 16). Mar\u00eda es la palabra viva de consuelo para la Iglesia en su lucha contra la muerte. Mostr\u00e1ndonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en El: \u00ab Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243X\">141<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>El Cordero inmolado&nbsp;<\/em>vive con las se\u00f1ales de la pasi\u00f3n en el esplendor de la resurrecci\u00f3n. S\u00f3lo El domina todos los acontecimientos de la historia: desata sus \u00ab sellos \u00bb (cf.&nbsp;<em>Ap&nbsp;<\/em>5, 1-10) y afirma, en el tiempo y m\u00e1s all\u00e1 del tiempo,&nbsp;<em>el poder de la vida sobre la muerte.&nbsp;<\/em>En la \u00ab nueva Jerusal\u00e9n \u00bb, es decir, en el mundo nuevo, hacia el que tiende la historia de los hombres, \u00ab&nbsp;<em>no habr\u00e1 ya muerte,&nbsp;<\/em>ni habr\u00e1 llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado \u00bb (<em>Ap&nbsp;<\/em>21, 4).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y mientras, como pueblo peregrino, pueblo de la vida y para la vida, caminamos confiados hacia \u00ab un cielo nuevo y una tierra nueva \u00bb (<em>Ap&nbsp;<\/em>21, 1), dirigimos la mirada a aqu\u00e9lla que es para nosotros \u00ab se\u00f1al de esperanza cierta y de consuelo \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#%243Y\">142<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>O<\/em><\/strong>h&nbsp;<a>Mar\u00eda<\/a>,<br>aurora del mundo nuevo,<br>Madre de los vivientes,<br>a Ti confiamos&nbsp;<em>la causa de la vida<\/em>:<br>mira, Madre, el n\u00famero inmenso<br>de ni\u00f1os a quienes se impide nacer,<br>de pobres a quienes se hace dif\u00edcil vivir,<br>de hombres y mujeres v\u00edctimas<br>de violencia inhumana,<br>de ancianos y enfermos muertos<br>a causa de la indiferencia<br>o de una presunta piedad.<br>Haz que quienes creen en tu Hijo<br>sepan anunciar con firmeza y amor<br>a los hombres de nuestro tiempo<br>el&nbsp;<em>Evangelio de la vida<\/em>.<br>Alc\u00e1nzales la gracia de&nbsp;<em>acogerlo<br><\/em>como don siempre nuevo,<br>la alegr\u00eda de&nbsp;<em>celebrarlo&nbsp;<\/em>con gratitud<br>durante toda su existencia<br>y la valent\u00eda de&nbsp;<em>testimoniarlo<br><\/em>con sol\u00edcita constancia, para construir,<br>junto con todos los hombres de buena voluntad,<br>la civilizaci\u00f3n de la verdad y del amor,<br>para alabanza y gloria de Dios Creador<br>y amante de la vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciaci\u00f3n del Se\u00f1or, del a\u00f1o 1995, decimos\u00e9ptimo de mi Pontificado.&nbsp;<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>IOANNES PAULUS PP. II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1\">1<\/a><\/strong>. En realidad, la expresi\u00f3n \u00ab Evangelio de la vida \u00bb no se encuentra como tal en la Sagrada Escritura. Sin embargo, expresa bien un aspecto esencial del mensaje b\u00edblico.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2\">2<\/a><\/strong>. Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3\">3<\/a><\/strong>. Cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>&nbsp;(4 marzo 1979), 10:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;71 ( 1979), 275.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-4\">4<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Ibid<\/em>, 14:<em>&nbsp;l.c<\/em>., 285.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-5\">5<\/a><\/strong>. Const. past,&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 27.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-6\">6<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/1991\/documents\/hf_jp-ii_let_19910519_vangelo-vita.html\">Carta a todos los Obispos de la Iglesia sobre la intangibilidad de la vida humana inocente<\/a><\/em>&nbsp;(19 mayo 1991):&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;XIV, 1 (1991), 1293-1296.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-7\">7<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid., l.c.<\/em>, 1294.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-8\">8<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_02021994_families.html\">Carta a las Familias&nbsp;<em>Gratissimam sane<\/em><\/a>&nbsp;(2 febrero 1994), 4:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;86 ( 1994), 871.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-9\">9<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 39:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;83 (1991), 842.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-A\">10<\/a><\/strong>. N.&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a5_sp.html#I%20El%20respeto%20de%20la%20vida%20humana\">2259<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-B\">11<\/a><\/strong>. Cf. S. Ambrosio,&nbsp;<em>De Noe<\/em>, 26, 94-96:&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;32, 480-481.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-C\">12<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/index_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>,&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s1c1a8_sp.html#V%20La%20proliferaci%C3%B3n%20del%20pecado\">1867<\/a>&nbsp;y&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a5_sp.html#I%20El%20respeto%20de%20la%20vida%20humana\">2268<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-D\">13<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>De Cain et Abel<\/em>, II, 10, 38:&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;32, 408.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-E\">14<\/a><\/strong>. Cf. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19870222_respect-for-human-life_sp.html\">Donum vitae<\/a><\/em>, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreaci\u00f3n:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 70-102.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-F\">15<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1993\/august\/documents\/hf_jp-ii_spe_19930814_vigil-denver-gmg.html\">Discurso durante la Vigilia de oraci\u00f3n en la VIII Jornada Mundial de la Juventud<\/a>&nbsp;(14 agosto 1993), II, 3:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;86 (1994), 419.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-G\">16<\/a><\/strong>. Discurso a los participantes en el Convenio de estudio sobre \u00abEl derecho a la vida y Europa\u00bb (18 diciembre 1987):&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;X, 3 (1987), 1446-1447.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-H\">17<\/a><\/strong>. Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 36.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-I\">18<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>ibid<\/em>., 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-J\">19<\/a><\/strong>. Cf. S. Gregorio Magno,&nbsp;<em>Moralia in Job<\/em>, 13, 23: CCL 143 A, 683.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-K\">20<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>&nbsp;(4 marzo 1979), 10:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;71 ( 1979), 274.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-L\">21<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 50.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-M\">22<\/a><\/strong>. Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-N\">23<\/a><\/strong>. \u00ab Gloria Dei vivens homo \u00bb:&nbsp;<em>Contra las herej\u00edas<\/em>, IV, 20, 7:&nbsp;<em>SCh<\/em>&nbsp;100\/2, 648-649.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-O\">24<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-P\">25<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Confesiones<\/em>, I, 1:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;27, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-Q\">26<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Exameron<\/em>, VI, 75-76:&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;32, 260-261.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-R\">27<\/a><\/strong>.&nbsp;\u00ab Vita autem hominis visio Dei \u00bb:&nbsp;<em>Contra las herej\u00edas<\/em>, IV, 20, 7.&nbsp;<em>SCh<\/em>&nbsp;100\/2, 648-649.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-S\">28<\/a><\/strong>. Cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 38;&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;( 1991), 840-841.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-T\">29<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html\">Sollicitudo rei socialis<\/a><\/em>&nbsp;(30 diciembre 1987), 34:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 ( 1988), 560.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-U\">30<\/a><\/strong>. Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 50.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-V\">31<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_02021994_families.html\">Carta a las Familias&nbsp;<em>Gratissimam sane<\/em><\/a>&nbsp;(2 febrero 1994), 9:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;86 ( 1994), 878; cf. P\u00edo XII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a><\/em>&nbsp;(12 agosto 1950):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;42 (1950), 574.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-W\">32<\/a><\/strong>. \u00ab Animas enim a Deo immediate creari catholica fides nos retinere iubet \u00bb: P\u00edo XII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a><\/em>&nbsp;(12 agosto 1950):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;42 ( 1950), 575.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-X\">33<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 50; cf. Exhort, ap,&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html\">Familiaris consortio<\/a><\/em>&nbsp;(22 noviembre 1981 ), 28:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;74 (1982), 114.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-Y\">34<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Homil\u00edas<\/em>, II, 1;&nbsp;<em>CCSG<\/em>&nbsp;3, 39.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-Z\">35<\/a><\/strong>. V\u00e9anse, por ejemplo, los Salmos 22\/21, 10-11; 71\/70, 6; 139\/138, 13-14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-10\">36<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Expositio Evangelii secundum Lucam<\/em>, II, 22-23:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;14, 40-41.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-11\">37<\/a><\/strong>. S. Ignacio de Antioqu\u00eda,&nbsp;<em>Carta a los Efesios<\/em>, 7, 2;&nbsp;<em>Patres Apostolici<\/em>, ed. F.X. Funk, II, 82.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-12\">38<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>La creaci\u00f3n del hombre<\/em>, 4:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;44, 136.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-13\">39<\/a><\/strong>. Cf. S. Juan Damasceno,&nbsp;<em>La fe recta<\/em>, 2, 12:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;94, 920.922, citado en S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, Prol.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-14\">40<\/a><\/strong>. Pablo VI, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html\">Humanae vitae<\/a><\/em>&nbsp;(25 julio 1968), 13:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;60 ( 1968), 489.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-15\">41<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19870222_respect-for-human-life_sp.html\">Donum vitae<\/a><\/em>, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreaci\u00f3n (22 febrero 1987), Introd., 5:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 76-77; cf.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a5_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, 2258.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-16\">42<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Didach\u00e9<\/em>, I, 1; II, 1-2; V, 1 y 3:&nbsp;<em>Patres Apostolici<\/em>, ed. F.X. Funk, I, 2-3, 6-9, 14-17; cf.&nbsp;<em>Carta del Pseudo-Bernab\u00e9<\/em>, XIX, 5:&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 90-93.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-17\">43<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a5_sp.html#I%20El%20respeto%20de%20la%20vida%20humana\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, 2263-2269; cf,&nbsp;<em>Catecismo del Concilio de Trento<\/em>&nbsp;III, 327-332.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-18\">44<\/a><\/strong>.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a5_sp.html#I%20El%20respeto%20de%20la%20vida%20humana\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, 2265.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-19\">45<\/a><\/strong>. Cf. S. &#8216;I&#8217;om\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, II-II, q. 6-1, a. 7; S. Alfonso de Ligorio,&nbsp;<em>Theologia moralis<\/em>, I. III, tr. 4, C. 1 dub. 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1A\">46<\/a><\/strong>.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a5_sp.html#I%20El%20respeto%20de%20la%20vida%20humana\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, 2266.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1B\">47<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Ibid.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1C\">48<\/a><\/strong>. N. 2267.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1D\">49<\/a><\/strong>. Conc, Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1E\">50<\/a><\/strong>. Cf. Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 27.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1F\">51<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 25.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1G\">52<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Decl.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19800505_euthanasia_sp.html\">Iura et bona<\/a><\/em>, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;72 ( 1980), 546.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1H\">53<\/a><\/strong>. Carta enc,&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a><\/em>&nbsp;(6 agosto 1993), 96:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;85 ( 1993 ), 1209.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1I\">54<\/a><\/strong>. Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51: \u00ab Abortus necnon infanticidium nefanda sunt crimina \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1J\">55<\/a><\/strong>. Cf. Carta ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/1988\/documents\/hf_jp-ii_apl_19880815_mulieris-dignitatem.html\">Mulieris dignitatem<\/a><\/em>&nbsp;(15 agosto 1988),14:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 1686.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1K\">56<\/a><\/strong>. N. 21:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;86 (1994), 920.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1L\">57<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe,&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19741118_declaration-abortion_sp.html\">Declaraci\u00f3n sobre el aborto procurado<\/a><\/em>&nbsp;(18 noviembre 1974), 12-13:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;66 (1974), 738.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1M\">58<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19870222_respect-for-human-life_sp.html\">Donum vitae<\/a><\/em>, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreaci\u00f3n (22 febrero 1987), I, 1:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 78-79.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1N\">59<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid.<\/em>,&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 79.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1O\">60<\/a><\/strong>. As\u00ed el profeta Jerem\u00edas: \u00ab Me fue dirigida la palabra del Se\u00f1or en estos t\u00e9rminos: &#8220;Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conoc\u00eda, y antes que nacieses, te ten\u00eda consagrado: yo profeta de las naciones te constitu\u00ed&#8221; \u00bb (1, 4-5). El Salmista, por su parte, se dirige de este modo al Se\u00f1or: \u00ab En ti tengo mi apoyo desde el seno, t\u00fa mi porci\u00f3n desde las entra\u00f1as de mi madre \u00bb (<em>Sal<\/em>&nbsp;71\/70, 6; cf.&nbsp;<em>Is<\/em>&nbsp;46, 3;&nbsp;<em>Jb<\/em>&nbsp;10, 8-12;&nbsp;<em>Sal<\/em>&nbsp;22\/21, 10-11). Tambi\u00e9n el evangelista Lucas -en el magn\u00edfico episodio del encuentro de las dos madres, Isabel y Mar\u00eda, y de los hijos, Juan el Bautista y Jes\u00fas, ocultos todav\u00eda en el seno materno (cf. 1, 39-45)- se\u00f1ala c\u00f3mo el ni\u00f1o advierte la venida del Ni\u00f1o y exulta de alegr\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1P\">61<\/a><\/strong>. cf.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19741118_declaration-abortion_sp.html\">Declaraci\u00f3n sobre el aborto procurado<\/a><\/em>&nbsp;(18 noviembre 1974).&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;66 (1974), 740-747.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1Q\">62<\/a><\/strong>. \u00ab No matar\u00e1s al hijo en el seno de su madre, ni quitar\u00e1s la vida al reci\u00e9n nacido \u00bb: V, 2,&nbsp;<em>Patres Apostolici<\/em>, ed. F.X. Funk, I, 17.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1R\">63<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Legaci\u00f3n en favor de los cristianos,<\/em>&nbsp;35:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;6, 969.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1S\">64<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Apologeticum<\/em>, IX, 8;&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;69, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1T\">65<\/a><\/strong>. Cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xi_enc_31121930_casti-connubii.html\">Casti connubii<\/a><\/em>&nbsp;(31 diciembre 1930), II:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;22 (1930), 562-592.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1U\">66<\/a><\/strong>. Discurso a la Uni\u00f3n m\u00e9dico-biol\u00f3gica \u00abS. Lucas\u00bb (12 noviembre 1944):&nbsp;<em>Discorsi e radiomessaggi,<\/em>&nbsp;VI, (1944-1945),191; cf,&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1951\/documents\/hf_p-xii_spe_19511029_ostetriche.html\">Discurso a la Uni\u00f3n Cat\u00f3lica Italiana de Comadronas<\/a>&nbsp;(29 octubre 1951), 2:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;43 (1951), 838.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1V\">67<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_j-xxiii_enc_15051961_mater.html\">Mater et Magistra<\/a><\/em>&nbsp;(15 mayo 1961), 3:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;53 ( 1961 ), 447.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1W\">68<\/a><\/strong>. Const. past.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1X\">69<\/a><\/strong>. Cf. Can. 2350, \u00a7 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1Y\">70<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico<\/em>, can. 1398; cf.&nbsp;<em>C\u00f3digo de los C\u00e1nones de las Iglesias Orientales<\/em>, can. 1450 ~ 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-1Z\">71<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., can.1329;&nbsp;<em>C\u00f3digo de los C\u00e1nones de las Iglesias Orientales,<\/em>&nbsp;can. 1417.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-20\">72<\/a><\/strong>. Cf. Discurso al Congreso de la Asociaci\u00f3n de Juristas Cat\u00f3licos Italianos (9 diciembre 1972):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;64 (1972), 777; Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html\">Humanae vitae<\/a><\/em>&nbsp;(25 julio 1968), 14:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;60 ( 1968), 490.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-21\">73<\/a><\/strong>. Cf. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 25.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-22\">74<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19870222_respect-for-human-life_sp.html\">Donum vitae<\/a><\/em>, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreaci\u00f3n (22 febrero 1987), I, 3:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 80.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-23\">75<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/pontifical_councils\/family\/documents\/rc_pc_family_doc_19831022_family-rights_sp.html\">Carta de los derechos de la familia<\/a><\/em>&nbsp;(22 octubre 1983), art. 4b, Tipograf\u00eda Pol\u00edglota Vaticana, 1983,<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-24\">76<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Decl.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19800505_euthanasia_sp.html\">Iura et bona<\/a>,<\/em>&nbsp;sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;72 (1980), 546.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-25\">77<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., IV,&nbsp;<em>l.c<\/em>., 551.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-26\">78<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Ibid<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-27\">79<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1957\/documents\/hf_p-xii_spe_19570224_anestesiologia.html\"><em>Discurso<\/em>&nbsp;a un grupo internacional de m\u00e9dicos<\/a>&nbsp;(24 febrero 1957), III;&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;49 (1957), 147; Cf.. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Decl.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19800505_euthanasia_sp.html\">Iura et bona<\/a><\/em>, sobre la eutanasia, III:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;72 (1980), 547-548.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-28\">80<\/a><\/strong>. P\u00edo XII,&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1957\/documents\/hf_p-xii_spe_19570224_anestesiologia.html\"><em>Discurso<\/em>&nbsp;a un grupo internacional de m\u00e9dicos<\/a>&nbsp;(24 febrero 1957), III:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;49 (1957), 145.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-29\">81<\/a><\/strong>. Cf. P\u00edo XII,&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1957\/documents\/hf_p-xii_spe_19570224_anestesiologia.html\"><em>Discurso<\/em>&nbsp;a un grupo internacional de m\u00e9dicos<\/a>&nbsp;(24 febrero 1957):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;49 (1957), 129-147; Congregaci\u00f3n del San Oficio,&nbsp;<em>Decretum de directa insontium occisione<\/em>&nbsp;(2 diciembre 1940):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;32 ( 1940), 553-554; Pablo VI, Mensaje a la televisi\u00f3n francesa: \u00ab Toda vida es sagrada \u00bb (27 enero 1971):&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;IX 1971 ), 57-58; Discurso al International College of Surgeons (1 junio 1972):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;64 (1972), 432-436; Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 27.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2A\">82<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 25.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2B\">83<\/a><\/strong>. Cf. S. Agust\u00edn,&nbsp;<em>De Civitate Dei<\/em>&nbsp;I, 20:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;47, 22; S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, II-II, q. 6, a. 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2C\">84<\/a><\/strong>. Cf. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Decl.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19800505_euthanasia_sp.html\">Iura et bona<\/a><\/em>, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), I:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;72 (1980), 545;&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a5_sp.html#II%20El%20respeto%20de%20la%20dignidad%20de%20las%20personas\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, 2281-2283.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2D\">85<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Epistula<\/em>&nbsp;204, 5:&nbsp;<em>CSEL<\/em>&nbsp;57, 320.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2E\">86<\/a><\/strong>. Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 18.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2F\">87<\/a><\/strong>. Cf. Carta ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/1984\/documents\/hf_jp-ii_apl_11021984_salvifici-doloris.html\">Salvifici doloris<\/a><\/em>&nbsp;(11 febrero 1984), 14-24:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;76 ( 1984 ), 214-234.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2G\">88<\/a><\/strong>. Cf, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 46:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;83 (1991), 850; P\u00edo XII,&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1944\/documents\/hf_p-xii_spe_19441224_natale.html\">Radiomensaje de Navidad<\/a>&nbsp;(24 diciembre 1944):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;37 (1945), 10-20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2H\">89<\/a><\/strong>. Cf. Carta enc,&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a><\/em>&nbsp;(6 agosto 1993), 97 y 99:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;85 ( 1993 ), 1209-1211.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2I\">90<\/a><\/strong>. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19870222_respect-for-human-life_sp.html\">Donum vitae<\/a><\/em>, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreaci\u00f3n (22 febrero 1987), III;&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 98.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2J\">91<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, sobre la libertad religiosa, 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2K\">92<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 96, a. 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2L\">93<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, sobre la libertad religiosa, 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2M\">94<\/a><\/strong>&nbsp;Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_j-xxiii_enc_11041963_pacem.html\">Pacem in terris<\/a><\/em>&nbsp;(11 abril 1963 ), II:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;55 ( 1963 ), 273-274; la cita interna est\u00e1 tomada del&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1941\/documents\/hf_p-xii_spe_19410601_radiomessage-pentecost.html\">Radiomensaje de Pentecost\u00e9s 1941<\/a>&nbsp;(1 junio 1941 ) de P\u00edo XII:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;33 ( 1941 ), 200. Sobre este tema la Enc\u00edclica hace referencia en nota a: P\u00edo XI, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xi_enc_14031937_mit-brennender-sorge.html\">Mit brennender Sorge<\/a><\/em>&nbsp;(14 marzo 1937):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;29 (1937), 159; Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xi_enc_19370319_divini-redemptoris.html\">Divini Redemptoris<\/a><\/em>&nbsp;(19 marzo 1937), III:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;29 (1937), 79; P\u00edo XII,&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/speeches\/1942\/documents\/hf_p-xii_spe_19421224_radiomessage-christmas.html\">Radiomensaje de Navidad<\/a>&nbsp;(24 diciembre 1942):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;35 (1943), 9-24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2N\">95<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_j-xxiii_enc_11041963_pacem.html\">Pacem in terris<\/a><\/em>&nbsp;(11 abril 1963),&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 271.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2O\">96<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I-II, q. 93, a. 3, ad 2um.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2P\">97<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., I-II, q. 95, a. 2. El Aquinate cita a S.. Agust\u00edn: \u00abNon videtur esse lex, quae insta non fuerit\u00bb,&nbsp;<em>De libero arbitrio<\/em>, I, 5, 11:&nbsp;<em>PL<\/em>&nbsp;32, 1227.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2Q\">98<\/a><\/strong>.&nbsp; Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe,&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19741118_declaration-abortion_sp.html\">Declaraci\u00f3n sobre el aborto procurado<\/a><\/em>&nbsp;(18 noviembre 1974), 22:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;66 (1974), 744.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2R\">99<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s1c1a4_sp.html#I.%20Las%20fuentes%20de%20la%20moralidad\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a>,<\/em>1753-1755; Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a><\/em>&nbsp;(6 agosto 1993), 81-82;&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;85 (1993), 1198-1199.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2S\">100<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>In Iohannis Evangelium Tractatus<\/em>, 41,10:&nbsp;<em>CCL<\/em>&nbsp;36, 363; cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a><\/em>&nbsp;(6 agosto 1993), 13:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;85 (1993), 1144.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2T\">101<\/a><\/strong>. Exhort, ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html\">Evangelii nuntiandi<\/a><\/em>&nbsp;(8 diciembre 1975),14:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;68 (1976), 13,<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2U\">102<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Misal romano<\/em>, Oraci\u00f3n del celebrante antes de la comuni\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2V\">103<\/a><\/strong>. Cf. S. Ireneo: \u00ab Omnem novitatem attulit, semetipsum afferens, qui fuerat annuntiatus \u00bb,&nbsp;<em>Contra las herej\u00edas<\/em>, IV, 34, 1:&nbsp;<em>SCh<\/em>&nbsp;100\/2, 846-847.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2W\">104<\/a><\/strong>. Cf. S. Tom\u00e1s de Aquino \u00ab Peccator inveterascit, recedens a novitate Christi \u00bb,&nbsp;<em>In Psalmos Davidis lectura,<\/em>&nbsp;6, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2X\">105<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Sobre las bienaventuranzas,<\/em>&nbsp;Serm\u00f3n VII:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;44, 1280.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2Y\">106<\/a><\/strong>. Cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a><\/em>&nbsp;(6 agosto 1993), 116:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;85 ( 1993 ), 1224.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-2Z\">107<\/a><\/strong>. Cf. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 37:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;83 ( 1991 ), 840.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-30\">108<\/a><\/strong>. Cf. Mensaje con ocasi\u00f3n de la Navidad de 1967:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;60 ( 1968), 40.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-31\">109<\/a><\/strong>. Pseudo-Dionisio Areopagita,&nbsp;<em>Sobre los nombres divinos,<\/em>&nbsp;6, 1-3:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;3, 856-857.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-32\">110<\/a><\/strong>. Pablo VI,&nbsp;<em>Pensamiento sobre la muerte<\/em>, Instituto Pablo VI, Brescia 1988, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-33\">111<\/a><\/strong>. Homil\u00eda para la beatificaci\u00f3n de Isidoro Bakanja, Elisabetta Canori Mora y Gianna Beretta Molla (24 abril 1994):&nbsp;<em>L&#8217;Osservatore Romano<\/em>, ed. semanal en lengua espa\u00f1ola, 29 abril 1994, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-34\">112<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Ibid<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-35\">113<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Homil\u00edas sobre Mateo,<\/em>&nbsp;L, 3:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;58, 508.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-36\">114<\/a><\/strong>.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p3s2c2a6_sp.html#III%20El%20amor%20de%20los%20esposos\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a>,<\/em>&nbsp;2372.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-37\">115<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1992\/october\/documents\/hf_jp-ii_spe_19921012_iv-conferencia-latinoamerica.html\">Discurso a la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo<\/a>&nbsp;(12 octubre 1992), 15:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;85 (1993), 819.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-38\">116<\/a><\/strong>. Cf. Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html\">Unitatis redintegratio<\/a><\/em>, sobre el ecumenismo, l2; Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a>,<\/em>&nbsp;sobre la Iglesia en el mundo actual, 90.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-39\">117<\/a><\/strong>. Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html\">Familiaris consortio<\/a><\/em>&nbsp;(22 noviembre 1981), 17:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;74 (1982), 100.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3A\">118<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 50.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3B\">119<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 39:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;83 (1991), 842.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3C\">120<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1989\/october\/documents\/hf_jp-ii_spe_19891017_simposio-vescovi.html\">Discurso a los participantes en el VII Simposio de Obispos europeos sobre el tema \u00abLas actitudes contempor\u00e1neas ante el nacimiento y la muerte: un desaf\u00edo para la evangelizaci\u00f3n\u00bb<\/a>&nbsp;(17 octubre 1989), 5:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;XII, 2 (1989), 945. La tradici\u00f3n b\u00edblica presenta a los hijos precisamente como un don de Dios (cf.&nbsp;<em>Sal<\/em>&nbsp;127\/126, 3); y como un signo de su bendici\u00f3n al hombre que camina por los caminos del Se\u00f1or (cf.&nbsp;<em>Sal<\/em>&nbsp;128\/127, 3-4).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3D\">121<\/a><\/strong>. Cart enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html\">Sollicitudo rei socialis<\/a><\/em>&nbsp;(30 diciembre 1987), 38:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 565-566.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3E\">122<\/a><\/strong>.&nbsp; Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html\">Familiaris consortio<\/a><\/em>&nbsp;(22 noviembre 1981), 86:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;74 (1982), 188.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3F\">123<\/a><\/strong>. Pablo VI, Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html\">Evangelii nuntiandi<\/a><\/em>&nbsp;(8 diciembre 1975), 18:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;68 (1976), 17.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3G\">124<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<em>Ibid<\/em>., 20,&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 18.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3H\">125<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 24.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3I\">126<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp; Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 17:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;83 (1991), 814; Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a><\/em>&nbsp;(6 agosto 1993), 95-101:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;85 (1993), 1208-1213.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3J\">127<\/a><\/strong>. Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html\">Centesimus annus<\/a><\/em>&nbsp;(1 mayo 1991), 24:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;83 (1991), 822.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3K\">128<\/a><\/strong>. Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html\">Familiaris consortio<\/a><\/em>&nbsp;(22 noviembre 1981), 37:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;74 (1982), 128.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3L\">129<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_13051992_world-day-sick.html\">Carta con que se instituye la Jornada Mundial del Enfermo<\/a>&nbsp;(13 mayo 1992), 2:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;XV, 1 (1992), 1440.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3M\">130<\/a><\/strong>. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 35; Pablo VI, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html\">Populorum progressio<\/a><\/em>&nbsp;(26 marzo 1967), 15:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;59 (1967), 265.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3N\">131<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_02021994_families.html\">Carta a las Familias&nbsp;<em>Gratissimam sane<\/em><\/a>&nbsp;(2 febrero 1994), 13:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;86 (1994), 892.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3O\">132<\/a><\/strong>. Motu proprio&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/motu_proprio\/documents\/hf_jp-ii_motu-proprio_19940211_vitae-mysterium.html\">Vitae mysterium<\/a><\/em>&nbsp;(11 febrero 1994), 4:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;86 (1994), 386-387.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3P\">133<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Mensajes del Concilio a la humanidad<\/em>&nbsp;(8 diciembre 1965):&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/speeches\/1965\/documents\/hf_p-vi_spe_19651208_epilogo-concilio-donne.html\">A las mujeres<\/a><\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3Q\">134<\/a><\/strong>. Carta ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/1988\/documents\/hf_jp-ii_apl_19880815_mulieris-dignitatem.html\">Mulieris dignitatem<\/a><\/em>&nbsp;(15 agosto 1988), 18:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;80 (1988), 1696.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3R\">135<\/a><\/strong>. Cf.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_02021994_families.html\">Carta a las Familias&nbsp;<em>Gratissimam sane<\/em><\/a>&nbsp;(2 febrero 1994), 5:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;86 (1994), 872<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3S\">136<\/a><\/strong>. Discurso a los participantes en la reuni\u00f3n de estudio sobre el tema \u00abEl derecho a la vida y Europa\u00bb (18 diciembre 1987):&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>&nbsp;X, 3 (1987), 1446.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3T\">137<\/a><\/strong>.&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/messages\/peace\/documents\/hf_p-vi_mes_19761208_x-world-day-for-peace.html\">Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1977<\/a>:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;68 (1976), 711-712.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3U\">138<\/a><\/strong>. Bto. Guerrico D&#8217;Igny,<em>&nbsp;In Assumptione B. Mariae,<\/em>&nbsp;sermo I, 2:&nbsp;<em>PL<\/em>, 185, 188.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3V\">139<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3W\">140<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3X\">141<\/a><\/strong>.&nbsp;<em>Misal romano, Secuencia<\/em>&nbsp;del domingo de Pascua de Resurrecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html#-3Y\">142<\/a><\/strong>. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 68.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Copyright \u00a9 Dicastero per la Comunicazione &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CARTA ENC\u00cdCLICAEVANGELIUM VITAEDEL SUMO PONT\u00cdFICEJUAN PABLO IIA LOS OBISPOSA LOS SACERDOTES Y DI\u00c1CONOSA LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSASA LOS FIELES LAICOSY A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTADSOBRE EL VALOR Y EL CAR\u00c1CTER INVIOLABLEDE LA VIDA HUMANA INTRODUCCI\u00d3N 1. El Evangelio de la vida est\u00e1 en el centro del mensaje de Jes\u00fas. 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