{"id":7864,"date":"2024-10-11T15:36:12","date_gmt":"2024-10-11T15:36:12","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/?p=7864"},"modified":"2024-10-11T15:36:14","modified_gmt":"2024-10-11T15:36:14","slug":"carta-enciclica-fides-et-ratio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/2024\/10\/11\/carta-enciclica-fides-et-ratio\/","title":{"rendered":"CARTA ENC\u00cdCLICA FIDES ET RATIO"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CARTA ENC\u00cdCLICA<br><strong><em>FIDES ET RATIO<\/em><\/strong><br>DEL SUMO PONT\u00cdFICE<br><strong>JUAN PABLO II<\/strong><br>A LOS OBISPOS<br>DE LA IGLESIA CAT\u00d3LICA<br>SOBRE LAS RELACIONES<br>ENTRE FE Y RAZ\u00d3N<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Venerables Hermanos en el Episcopado,<br>salud y Bendici\u00f3n Apost\u00f3lica<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La fe y la raz\u00f3n (<em>Fides et ratio<\/em>) son como las dos alas con las cuales el esp\u00edritu humano se eleva hacia la contemplaci\u00f3n de la verdad. Dios ha puesto en el coraz\u00f3n del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a \u00c9l para que, conoci\u00e9ndolo y am\u00e1ndolo, pueda alcanzar tambi\u00e9n la plena verdad sobre s\u00ed mismo (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>33, 18;&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3;&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 8; 1&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 2).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>INTRODUCCI\u00d3N<br>\u00ab CON\u00d3CETE A TI MISMO \u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">1. Tanto en Oriente como en Occidente es posible distinguir un camino que, a lo largo de los siglos, ha llevado a la humanidad a encontrarse progresivamente con la verdad y a confrontarse con ella. Es un camino que se ha desarrollado \u2014 no pod\u00eda ser de otro modo \u2014 dentro del horizonte de la autoconciencia personal: el hombre cuanto m\u00e1s conoce la realidad y el mundo y m\u00e1s se conoce a s\u00ed mismo en su unicidad, le resulta m\u00e1s urgente el interrogante sobre el sentido de las cosas y sobre su propia existencia. Todo lo que se presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida. La exhortaci\u00f3n&nbsp;<em>Con\u00f3cete a ti mismo&nbsp;<\/em>estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para testimoniar una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla m\u00ednima por todo hombre deseoso de distinguirse, en medio de toda la creaci\u00f3n, calific\u00e1ndose como \u00ab hombre \u00bb precisamente en cuanto \u00ab conocedor de s\u00ed mismo \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por lo dem\u00e1s, una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad como en distintas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: \u00bf<em>qui\u00e9n soy<\/em>? \u00bf<em>de d\u00f3nde vengo y a d\u00f3nde voy<\/em>? \u00bf<em>por qu\u00e9 existe el mal<\/em>? \u00bf<em>qu\u00e9 hay despu\u00e9s de esta vida<\/em>? Estas mismas preguntas las encontramos en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen tambi\u00e9n en los Veda y en los Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio e Lao-Tze y en la predicaci\u00f3n de los Tirthankara y de Buda; asimismo se encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias de Eur\u00edpides y S\u00f3focles, as\u00ed como en los tratados filos\u00f3ficos de Plat\u00f3n y Arist\u00f3teles. Son preguntas que tienen su origen com\u00fan en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el coraz\u00f3n del hombre: de la respuesta que se d\u00e9 a tales preguntas, en efecto, depende la orientaci\u00f3n que se d\u00e9 a la existencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">2. La Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este camino de b\u00fasqueda. Desde que, en el Misterio Pascual, ha recibido como don la verdad \u00faltima sobre la vida del hombre, se ha hecho peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es \u00ab el camino, la verdad y la vida \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del cual es responsable de un modo muy particular:&nbsp;<em>la diacon\u00eda de la verdad<\/em>.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241\">1<\/a><\/sup>&nbsp;Por una parte, esta misi\u00f3n hace a la comunidad creyente part\u00edcipe del esfuerzo com\u00fan que la humanidad lleva a cabo para alcanzar la verdad;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242\">2<\/a><\/sup>&nbsp;y por otra, la obliga a responsabilizarse del anuncio de las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad alcanzada es s\u00f3lo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestar\u00e1 en la revelaci\u00f3n \u00faltima de Dios: \u00ab Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conocer\u00e9 como soy conocido \u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>13, 12).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">3. El hombre tiene muchos medios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer cada vez m\u00e1s humana la propia existencia. Entre estos destaca la&nbsp;<em>filosof\u00eda<\/em>, que contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta: \u00e9sta, en efecto, se configura como una de las tareas m\u00e1s nobles de la humanidad. El t\u00e9rmino filosof\u00eda seg\u00fan la etimolog\u00eda griega significa \u00ab amor a la sabidur\u00eda \u00bb. De hecho, la filosof\u00eda naci\u00f3 y se desarroll\u00f3 desde el momento en que el hombre empez\u00f3 a interrogarse sobre el por qu\u00e9 de las cosas y su finalidad. De modos y formas diversas, muestra que el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. El interrogarse sobre el por qu\u00e9 de las cosas es inherente a su raz\u00f3n, aunque las respuestas que se han ido dando se enmarcan en un horizonte que pone en evidencia la complementariedad de las diferentes culturas en las que vive el hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La gran incidencia que la filosof\u00eda ha tenido en la formaci\u00f3n y en el desarrollo de las culturas en Occidente no debe hacernos olvidar el influjo que ha ejercido en los modos de concebir la existencia tambi\u00e9n en Oriente. En efecto, cada pueblo, posee una sabidur\u00eda originaria y aut\u00f3ctona que, como aut\u00e9ntica riqueza de las culturas, tiende a expresarse y a madurar incluso en formas puramente filos\u00f3ficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que una forma b\u00e1sica del saber filos\u00f3fico, presente hasta nuestros d\u00edas, es verificable incluso en los postulados en los que se inspiran las diversas legislaciones nacionales e internacionales para regular la vida social.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">4. De todos modos, se ha de destacar que detr\u00e1s de cada t\u00e9rmino se esconden significados diversos. Por tanto, es necesaria una explicitaci\u00f3n preliminar. Movido por el deseo de descubrir la verdad \u00faltima sobre la existencia, el hombre trata de adquirir los conocimientos universales que le permiten comprenderse mejor y progresar en la realizaci\u00f3n de s\u00ed mismo. Los conocimientos fundamentales derivan del&nbsp;<em>asombro&nbsp;<\/em>suscitado en \u00e9l por la contemplaci\u00f3n de la creaci\u00f3n: el ser humano se sorprende al descubrirse inmerso en el mundo, en relaci\u00f3n con sus semejantes con los cuales comparte el destino. De aqu\u00ed arranca el camino que lo llevar\u00e1 al descubrimiento de horizontes de conocimientos siempre nuevos. Sin el asombro el hombre caer\u00eda en la repetitividad y, poco a poco, ser\u00eda incapaz de vivir una existencia verdaderamente personal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La capacidad especulativa, que es propia de la inteligencia humana, lleva a elaborar, a trav\u00e9s de la actividad filos\u00f3fica, una forma de pensamiento riguroso y a construir as\u00ed, con la coherencia l\u00f3gica de las afirmaciones y el car\u00e1cter org\u00e1nico de los contenidos, un saber sistem\u00e1tico. Gracias a este proceso, en diferentes contextos culturales y en diversas \u00e9pocas, se han alcanzado resultados que han llevado a la elaboraci\u00f3n de verdaderos sistemas de pensamiento. Hist\u00f3ricamente esto ha provocado a menudo la tentaci\u00f3n de identificar una sola corriente con todo el pensamiento filos\u00f3fico. Pero es evidente que, en estos casos, entra en juego una cierta \u00ab soberbia filos\u00f3fica \u00bb que pretende erigir la propia perspectiva incompleta en lectura universal. En realidad, todo&nbsp;<em>sistema&nbsp;<\/em>filos\u00f3fico, aun con respeto siempre de su integridad sin instrumentalizaciones, debe reconocer la prioridad del&nbsp;<em>pensar&nbsp;<\/em>filos\u00f3fico, en el cual tiene su origen y al cual debe servir de forma coherente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos del saber, un n\u00facleo de conocimientos filos\u00f3ficos cuya presencia es constante en la historia del pensamiento. Pi\u00e9nsese, por ejemplo, en los principios de no contradicci\u00f3n, de finalidad, de causalidad, como tambi\u00e9n en la concepci\u00f3n de la persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de conocer a Dios, la verdad y el bien; pi\u00e9nsese, adem\u00e1s, en algunas normas morales fundamentales que son com\u00fanmente aceptadas. Estos y otros temas indican que, prescindiendo de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad. Es como si nos encontr\u00e1semos ante una&nbsp;<em>filosof\u00eda impl\u00edcita&nbsp;<\/em>por la cual cada uno cree conocer estos principios, aunque de forma gen\u00e9rica y no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque son compartidos en cierto modo por todos, deber\u00edan ser como un punto de referencia para las diversas escuelas filos\u00f3ficas. Cuando la raz\u00f3n logra intuir y formular los principios primeros y universales del ser y sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden l\u00f3gico y deontol\u00f3gico, entonces puede considerarse una raz\u00f3n recta o, como la llamaban los antiguos,&nbsp;<em>orth\u00f2s logos, recta ratio<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">5. La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la raz\u00f3n por alcanzar los objetivos que hagan cada vez m\u00e1s digna la existencia personal. Ella ve en la filosof\u00eda el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosof\u00eda como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos a\u00fan no la conocen.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Teniendo en cuenta iniciativas an\u00e1logas de mis Predecesores, deseo yo tambi\u00e9n dirigir la mirada hacia esta peculiar actividad de la raz\u00f3n. Me impulsa a ello el hecho de que, sobre todo en nuestro tiempo, la b\u00fasqueda de la verdad \u00faltima parece a menudo oscurecida. Sin duda la filosof\u00eda moderna tiene el gran m\u00e9rito de haber concentrado su atenci\u00f3n en el hombre. A partir de aqu\u00ed, una raz\u00f3n llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de conocer cada vez m\u00e1s y m\u00e1s profundamente. Se han construido sistemas de pensamiento complejos, que han producido sus frutos en los diversos \u00e1mbitos del saber, favoreciendo el desarrollo de la cultura y de la historia. La antropolog\u00eda, la l\u00f3gica, las ciencias naturales, la historia, el lenguaje&#8230;, de alguna manera se ha abarcado todas las ramas del saber. Sin embargo, los resultados positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la raz\u00f3n misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que \u00e9ste est\u00e1 tambi\u00e9n llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su condici\u00f3n de persona acaba por ser valorada con criterios pragm\u00e1ticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento err\u00f3neo de que todo debe ser dominado por la t\u00e9cnica. As\u00ed ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, bajo tanto peso la raz\u00f3n saber se ha doblegado sobre s\u00ed misma haci\u00e9ndose, d\u00eda tras d\u00eda, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser. La filosof\u00eda moderna, dejando de orientar su investigaci\u00f3n sobre el ser, ha concentrado la propia b\u00fasqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus l\u00edmites y condicionamientos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado la investigaci\u00f3n filos\u00f3fica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general. Recientemente han adquirido cierto relieve diversas doctrinas que tienden a infravalorar incluso las verdades que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. La leg\u00edtima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente v\u00e1lidas. Este es uno de los s\u00edntomas m\u00e1s difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual. No se substraen a esta prevenci\u00f3n ni siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas, en efecto, se niega a la verdad su car\u00e1cter exclusivo, partiendo del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en diversas doctrinas, incluso contradictorias entre s\u00ed. En esta perspectiva, todo se reduce a opini\u00f3n. Se tiene la impresi\u00f3n de que se trata de un movimiento ondulante: mientras por una parte la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica ha logrado situarse en el camino que la hace cada vez m\u00e1s cercana a la existencia humana y a su modo de expresarse, por otra tiende a hacer consideraciones existenciales, hermen\u00e9uticas o ling\u00fc\u00edsticas que prescinden de la cuesti\u00f3n radical sobre la verdad de la vida personal, del ser y de Dios. En consecuencia han surgido en el hombre contempor\u00e1neo, y no s\u00f3lo entre algunos fil\u00f3sofos, actitudes de difusa desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento \u00faltimo de la vida humana, personal y social. Ha deca\u00eddo, en definitiva, la esperanza de poder recibir de la filosof\u00eda respuestas definitivas a tales preguntas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">6. La Iglesia, convencida de la competencia que le incumbe por ser depositaria de la Revelaci\u00f3n de Jesucristo, quiere reafirmar la necesidad de reflexionar sobre la verdad. Por este motivo he decidido dirigirme a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, con los cuales comparto la misi\u00f3n de anunciar \u00ab abiertamente la verdad \u00bb (<em>2 Co&nbsp;<\/em>4, 2), como tambi\u00e9n a los te\u00f3logos y fil\u00f3sofos a los que corresponde el deber de investigar sobre los diversos aspectos de la verdad, y asimismo a las personas que la buscan, para exponer algunas reflexiones sobre la v\u00eda que conduce a la verdadera sabidur\u00eda, a fin de que quien sienta el amor por ella pueda emprender el camino adecuado para alcanzarla y encontrar en la misma descanso a su fatiga y gozo espiritual.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Me mueve a esta iniciativa, ante todo, la convicci\u00f3n que expresan las palabras del Concilio Vaticano II, cuando afirma que los Obispos son \u00ab testigos de la verdad divina y cat\u00f3lica \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243\">3<\/a><\/sup>&nbsp;Testimoniar la verdad es, pues, una tarea confiada a nosotros, los Obispos; no podemos renunciar a la misma sin descuidar el ministerio que hemos recibido. Reafirmando la verdad de la fe podemos devolver al hombre contempor\u00e1neo la aut\u00e9ntica confianza en sus capacidades cognoscitivas y ofrecer a la filosof\u00eda un est\u00edmulo para que pueda recuperar y desarrollar su plena dignidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay tambi\u00e9n otro motivo que me induce a desarrollar estas reflexiones. En la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a>&nbsp;<\/em>he llamado la atenci\u00f3n sobre \u00ab algunas verdades fundamentales de la doctrina cat\u00f3lica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%244\">4<\/a><\/sup>&nbsp;Con la presente Enc\u00edclica deseo continuar aquella reflexi\u00f3n centrando la atenci\u00f3n sobre el tema de la&nbsp;<em>verdad&nbsp;<\/em>y de su&nbsp;<em>fundamento&nbsp;<\/em>en relaci\u00f3n con la&nbsp;<em>fe<\/em>. No se puede negar, en efecto, que este per\u00edodo de r\u00e1pidos y complejos cambios expone especialmente a las nuevas generaciones, a las cuales pertenece y de las cuales depende el futuro, a la sensaci\u00f3n de que se ven privadas de aut\u00e9nticos puntos de referencia. La exigencia de una base sobre la cual construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo cuando se est\u00e1 obligado a constatar el car\u00e1cter parcial de propuestas que elevan lo ef\u00edmero al rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia. Sucede de ese modo que muchos llevan una vida casi hasta el l\u00edmite de la ruina, sin saber bien lo que les espera. Esto depende tambi\u00e9n del hecho de que, a veces, quien por vocaci\u00f3n estaba llamado a expresar en formas culturales el resultado de la propia especulaci\u00f3n, ha desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el \u00e9xito inmediato en lugar del esfuerzo de la investigaci\u00f3n paciente sobre lo que merece ser vivido. La filosof\u00eda, que tiene la gran responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la llamada continua a la b\u00fasqueda de lo verdadero, debe recuperar con fuerza su vocaci\u00f3n originaria. Por eso he sentido no s\u00f3lo la exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para que la humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, tome conciencia cada vez m\u00e1s clara de los grandes recursos que le han sido dados y se comprometa con renovado ardor en llevar a cabo el plan de salvaci\u00f3n en el cual est\u00e1 inmersa su historia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO I<br>LA REVELACI\u00d3N DE LA SABIDUR\u00cdA DE DIOS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Jes\u00fas revela al Padre<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">7. En la base de toda la reflexi\u00f3n que la Iglesia lleva a cabo est\u00e1 la conciencia de ser depositaria de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo (cf.&nbsp;<em>2 Co<\/em>&nbsp;4, 1-2). El conocimiento que ella propone al hombre no proviene de su propia especulaci\u00f3n, aunque fuese la m\u00e1s alta, sino del hecho de haber acogido en la fe la palabra de Dios (cf.&nbsp;<em>1 Ts&nbsp;<\/em>2, 13). En el origen de nuestro ser como creyentes hay un encuentro, \u00fanico en su g\u00e9nero, en el que se manifiesta un misterio oculto en los siglos (cf.&nbsp;<em>1 Co&nbsp;<\/em>2, 7;&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>16, 25-26), pero ahora revelado. \u00ab Quiso Dios, con su bondad y sabidur\u00eda, revelarse a s\u00ed mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>1, 9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Esp\u00edritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%245\">5<\/a><\/sup>&nbsp;\u00c9sta es una iniciativa totalmente gratuita, que viene de Dios para alcanzar a la humanidad y salvarla. Dios, como fuente de amor, desea darse a conocer, y el conocimiento que el hombre tiene de \u00c9l culmina cualquier otro conocimiento verdadero sobre el sentido de la propia existencia que su mente es capaz de alcanzar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">8. Tomando casi al pie de la letra las ense\u00f1anzas de la Constituci\u00f3n&nbsp;<em>Dei Filius&nbsp;<\/em>del Concilio Vaticano I y teniendo en cuenta los principios propuestos por el Concilio Tridentino, la Constituci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a>&nbsp;<\/em>del Vaticano II ha continuado el secular camino de la&nbsp;<em>inteligencia de la fe<\/em>, reflexionando sobre la Revelaci\u00f3n a la luz de las ense\u00f1anzas b\u00edblicas y de toda la tradici\u00f3n patr\u00edstica. En el Primer Concilio Vaticano, los Padres hab\u00edan puesto en evidencia el car\u00e1cter sobrenatural de la revelaci\u00f3n de Dios. La cr\u00edtica racionalista, que en aquel per\u00edodo atacaba la fe sobre la base de tesis err\u00f3neas y muy difundidas, consist\u00eda en negar todo conocimiento que no fuese fruto de las capacidades naturales de la raz\u00f3n. Este hecho oblig\u00f3 al Concilio a sostener con fuerza que, adem\u00e1s del conocimiento propio de la raz\u00f3n humana, capaz por su naturaleza de llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que es peculiar de la fe. Este conocimiento expresa una verdad que se basa en el hecho mismo de que Dios se revela, y es una verdad muy cierta porque Dios ni enga\u00f1a ni quiere enga\u00f1ar.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%246\">6<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">9. El Concilio Vaticano I ense\u00f1a, pues, que la verdad alcanzada a trav\u00e9s de la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica y la verdad que proviene de la Revelaci\u00f3n no se confunden, ni una hace superflua la otra: \u00ab Hay un doble orden de conocimiento, distinto no s\u00f3lo por su principio, sino tambi\u00e9n por su objeto; por su principio, primeramente, porque en uno conocemos por raz\u00f3n natural, y en otro por fe divina; por su objeto tambi\u00e9n porque aparte aquellas cosas que la raz\u00f3n natural puede alcanzar, se nos proponen para creer misterios escondidos en Dios de los que, a no haber sido divinamente revelados, no se pudiera tener noticia \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%247\">7<\/a><\/sup>&nbsp;La fe, que se funda en el testimonio de Dios y cuenta con la ayuda sobrenatural de la gracia, pertenece efectivamente a un orden diverso del conocimiento filos\u00f3fico. \u00c9ste, en efecto, se apoya sobre la percepci\u00f3n de los sentidos y la experiencia, y se mueve a la luz de la sola inteligencia. La filosof\u00eda y las ciencias tienen su puesto en el orden de la raz\u00f3n natural, mientras que la fe, iluminada y guiada por el Esp\u00edritu, reconoce en el mensaje de la salvaci\u00f3n la \u00ab plenitud de gracia y de verdad \u00bb (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 14) que Dios ha querido revelar en la historia y de modo definitivo por medio de su Hijo Jesucristo (cf.&nbsp;<em>1 Jn&nbsp;<\/em>5, 9:&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>5, 31-32).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">10. En el Concilio Vaticano II los Padres, dirigiendo su mirada a Jes\u00fas revelador, han ilustrado el car\u00e1cter salv\u00edfico de la revelaci\u00f3n de Dios en la historia y han expresado su naturaleza del modo siguiente: \u00ab En esta revelaci\u00f3n, Dios invisible (cf.&nbsp;<em>Col&nbsp;<\/em>1, 15;&nbsp;<em>1 Tm&nbsp;<\/em>1, 17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf.&nbsp;<em>Ex&nbsp;<\/em>33, 11;&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>15, 14-15), trata con ellos (cf.&nbsp;<em>Ba&nbsp;<\/em>3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compa\u00f1\u00eda. El plan de la revelaci\u00f3n se realiza por obras y palabras intr\u00ednsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvaci\u00f3n manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvaci\u00f3n del hombre que transmite dicha revelaci\u00f3n, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelaci\u00f3n \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%248\">8<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">11. La revelaci\u00f3n de Dios se inserta, pues, en el tiempo y la historia, m\u00e1s a\u00fan, la encarnaci\u00f3n de Jesucristo, tiene lugar en la \u00ab plenitud de los tiempos \u00bb (<em>Ga&nbsp;<\/em>4, 4). A dos mil a\u00f1os de distancia de aquel acontecimiento, siento el deber de reafirmar con fuerza que \u00ab en el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%249\">9<\/a><\/sup>&nbsp;En \u00e9l tiene lugar toda la obra de la creaci\u00f3n y de la salvaci\u00f3n y, sobre todo destaca el hecho de que con la encarnaci\u00f3n del Hijo de Dios vivimos y anticipamos ya desde ahora lo que ser\u00e1 la plenitud del tiempo (cf.&nbsp;<em>Hb&nbsp;<\/em>1, 2).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre s\u00ed mismo y sobre su vida se inserta, pues, en el tiempo y en la historia. Es verdad que ha sido pronunciada de una vez para siempre en el misterio de Jes\u00fas de Nazaret. Lo dice con palabras elocuentes la Constituci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>: \u00ab Dios habl\u00f3 a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. \u00ab Ahora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo \u00bb (<em>Hb&nbsp;<\/em>1, 1-2). Pues envi\u00f3 a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha carne, \u00ab hombre enviado a los hombres \u00bb, habla las palabras de Dios (<em>Jn&nbsp;<\/em>3, 34) y realiza la obra de la salvaci\u00f3n que el Padre le encarg\u00f3 (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>5, 36; 17, 4). Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>14, 9); \u00e9l, con su presencia y manifestaci\u00f3n, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrecci\u00f3n, con el env\u00edo del Esp\u00edritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelaci\u00f3n \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24A\">10<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La historia, pues, es para el Pueblo de Dios un camino que hay que recorrer por entero, de forma que la verdad revelada exprese en plenitud sus contenidos gracias a la acci\u00f3n incesante del Esp\u00edritu Santo (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>16, 13). Lo ense\u00f1a asimismo la Constituci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a>&nbsp;<\/em>cuando afirma que \u00ab la Iglesia camina a trav\u00e9s de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24B\">11<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">12. As\u00ed pues, la historia es el lugar donde podemos constatar la acci\u00f3n de Dios en favor de la humanidad. \u00c9l se nos manifiesta en lo que para nosotros es m\u00e1s familiar y f\u00e1cil de verificar, porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegar\u00edamos a comprendernos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La encarnaci\u00f3n del Hijo de Dios permite ver realizada la s\u00edntesis definitiva que la mente humana, partiendo de s\u00ed misma, ni tan siquiera hubiera podido imaginar: el Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del hombre. La verdad expresada en la revelaci\u00f3n de Cristo no puede encerrarse en un restringido \u00e1mbito territorial y cultural, sino que se abre a todo hombre y mujer que quiera acogerla como palabra definitivamente v\u00e1lida para dar sentido a la existencia. Ahora todos tienen en Cristo acceso al Padre; en efecto, con su muerte y resurrecci\u00f3n, \u00c9l ha dado la vida divina que el primer Ad\u00e1n hab\u00eda rechazado (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>5, 12-15). Con esta Revelaci\u00f3n se ofrece al hombre la verdad \u00faltima sobre su propia vida y sobre el destino de la historia: \u00ab Realmente, el misterio del hombre s\u00f3lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado \u00bb, afirma la Constituci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24C\">12<\/a><\/sup>&nbsp;Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un enigma insoluble. \u00bfD\u00f3nde podr\u00eda el hombre buscar la respuesta a las cuestiones dram\u00e1ticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino no en la luz que brota del misterio de la pasi\u00f3n, muerte y resurrecci\u00f3n de Cristo?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La raz\u00f3n ante el misterio<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">13. De todos modos no hay que olvidar que la Revelaci\u00f3n est\u00e1 llena de misterio. Es verdad que con toda su vida, Jes\u00fas revela el rostro del Padre, ya que ha venido para explicar los secretos de Dios;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24D\">13<\/a><\/sup>&nbsp;sin embargo, el conocimiento que nosotros tenemos de ese rostro se caracteriza por el aspecto fragmentario y por el l\u00edmite de nuestro entendimiento. S\u00f3lo la fe permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensi\u00f3n coherente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio ense\u00f1a que \u00ab cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24E\">14<\/a><\/sup>&nbsp;Con esta afirmaci\u00f3n breve pero densa, se indica una verdad fundamental del cristianismo. Se dice, ante todo, que la fe es la respuesta de obediencia a Dios. Ello conlleva reconocerle en su divinidad, trascendencia y libertad suprema. El Dios, que se da a conocer desde la autoridad de su absoluta trascendencia, lleva consigo la credibilidad de aquello que revela. Desde la fe el hombre da su&nbsp;<em>asentimiento<\/em>&nbsp;a ese testimonio divino. Ello quiere decir que reconoce plena e integralmente la verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante. Esta verdad, ofrecida al hombre y que \u00e9l no puede exigir, se inserta en el horizonte de la comunicaci\u00f3n interpersonal e impulsa a la raz\u00f3n a abrirse a la misma y a acoger su sentido profundo. Por esto el acto con el que uno conf\u00eda en Dios siempre ha sido considerado por la Iglesia como un momento de elecci\u00f3n fundamental, en la cual est\u00e1 implicada toda la persona. Inteligencia y voluntad desarrollan al m\u00e1ximo su naturaleza espiritual para permitir que el sujeto cumpla un acto en el cual la libertad personal se vive de modo pleno.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24F\">15<\/a><\/sup>&nbsp;En la fe, pues, la libertad no s\u00f3lo est\u00e1 presente, sino que es necesaria. M\u00e1s a\u00fan, la fe es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad. Dicho con otras palabras, la libertad no se realiza en las opciones contra Dios. En efecto, \u00bfc\u00f3mo podr\u00eda considerarse un uso aut\u00e9ntico de la libertad la negaci\u00f3n a abrirse hacia lo que permite la realizaci\u00f3n de s\u00ed mismo? La persona al creer lleva a cabo el acto m\u00e1s significativo de la propia existencia; en \u00e9l, en efecto, la libertad alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Para ayudar a la raz\u00f3n, que busca la comprensi\u00f3n del misterio, est\u00e1n tambi\u00e9n los signos contenidos en la Revelaci\u00f3n. Estos sirven para profundizar m\u00e1s la b\u00fasqueda de la verdad y permitir que la mente pueda indagar de forma aut\u00f3noma incluso dentro del misterio. Estos signos si por una parte dan mayor fuerza a la raz\u00f3n, porque le permiten investigar en el misterio con sus propios medios, de los cuales est\u00e1 justamente celosa, por otra parte la empujan a ir m\u00e1s all\u00e1 de su misma realidad de signos, para descubrir el significado ulterior del cual son portadores. En ellos, por lo tanto, est\u00e1 presente una verdad escondida a la que la mente debe dirigirse y de la cual no puede prescindir sin destruir el signo mismo que se le propone.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Podemos fijarnos, en cierto modo, en el horizonte&nbsp;<em>sacramental&nbsp;<\/em>de la Revelaci\u00f3n y, en particular, en el signo eucar\u00edstico donde la unidad inseparable entre la realidad y su significado permite captar la profundidad del misterio. Cristo en la Eucarist\u00eda est\u00e1 verdaderamente presente y vivo, y act\u00faa con su Esp\u00edritu, pero como acertadamente dec\u00eda Santo Tom\u00e1s, \u00ab lo que no comprendes y no ves, lo atestigua una fe viva, fuera de todo el orden de la naturaleza. Lo que aparece es un signo: esconde en el misterio realidades sublimes \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24G\">16<\/a><\/sup>&nbsp;A este respecto escribe el fil\u00f3sofo Pascal: \u00ab Como Jesucristo permaneci\u00f3 desconocido entre los hombres, del mismo modo su verdad permanece, entre las opiniones comunes, sin diferencia exterior. As\u00ed queda la Eucarist\u00eda entre el pan com\u00fan \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24H\">17<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El conocimiento de fe, en definitiva, no anula el misterio; s\u00f3lo lo hace m\u00e1s evidente y lo manifiesta como hecho esencial para la vida del hombre: Cristo, el Se\u00f1or, \u00ab en la misma revelaci\u00f3n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocaci\u00f3n \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24I\">18<\/a><\/sup>&nbsp;que es participar en el misterio de la vida trinitaria de Dios.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24J\">19<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">14. La ense\u00f1anza de los dos Concilios Vaticanos abre tambi\u00e9n un verdadero horizonte de novedad para el saber filos\u00f3fico. La Revelaci\u00f3n introduce en la historia un punto de referencia del cual el hombre no puede prescindir, si quiere llegar a comprender el misterio de su existencia; pero, por otra parte, este conocimiento remite constantemente al misterio de Dios que la mente humana no puede agotar, sino s\u00f3lo recibir y acoger en la fe. En estos dos pasos, la raz\u00f3n posee su propio espacio caracter\u00edstico que le permite indagar y comprender, sin ser limitada por otra cosa que su finitud ante el misterio infinito de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed pues, la Revelaci\u00f3n introduce en nuestra historia una verdad universal y \u00faltima que induce a la mente del hombre a no pararse nunca; m\u00e1s bien la empuja a ampliar continuamente el campo del propio saber hasta que no se d\u00e9 cuenta de que no ha realizado todo lo que pod\u00eda, sin descuidar nada. Nos ayuda en esta tarea una de las inteligencias m\u00e1s fecundas y significativas de la historia de la humanidad, a la cual justamente se refieren tanto la filosof\u00eda como la teolog\u00eda: San Anselmo. En su&nbsp;<em>Proslogion<\/em>, el arzobispo de Canterbury se expresa as\u00ed: \u00ab Dirigiendo frecuentemente y con fuerza mi pensamiento a este problema, a veces me parec\u00eda poder alcanzar lo que buscaba; otras veces, sin embargo, se escapaba completamente de mi pensamiento; hasta que, al final, desconfiando de poderlo encontrar, quise dejar de buscar algo que era imposible encontrar. Pero cuando quise alejar de m\u00ed ese pensamiento porque, ocupando mi mente, no me distrajese de otros problemas de los cuales pudiera sacar alg\u00fan provecho, entonces comenz\u00f3 a presentarse con mayor importunaci\u00f3n [&#8230;]. Pero, pobre de m\u00ed, uno de los pobres hijos de Eva, lejano de Dios, \u00bfqu\u00e9 he empezado a hacer y qu\u00e9 he logrado? \u00bfqu\u00e9 buscaba y qu\u00e9 he logrado? \u00bfa qu\u00e9 aspiraba y por qu\u00e9 suspiro? [&#8230;]. Oh Se\u00f1or, t\u00fa no eres solamente aquel de quien no se puede pensar nada mayor (<em>non solum es quo maius cogitari nequit<\/em>), sino que eres m\u00e1s grande de todo lo que se pueda pensar (<em>quiddam maius quam cogitari possit<\/em>) [&#8230;]. Si tu no fueses as\u00ed, se podr\u00eda pensar alguna cosa m\u00e1s grande que t\u00fa, pero esto no puede ser \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24K\">20<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">15. La verdad de la Revelaci\u00f3n cristiana, que se manifiesta en Jes\u00fas de Nazaret, permite a todos acoger el \u00ab misterio \u00bb de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la autonom\u00eda de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aqu\u00ed la relaci\u00f3n entre libertad y verdad llega al m\u00e1ximo y se comprende en su totalidad la palabra del Se\u00f1or: \u00ab Conocer\u00e9is la verdad y la verdad os har\u00e1 libres \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>8, 32).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Revelaci\u00f3n cristiana es la verdadera estrella que orienta al hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una l\u00f3gica tecnocr\u00e1tica; es la \u00faltima posibilidad que Dios ofrece para encontrar en plenitud el proyecto originario de amor iniciado con la creaci\u00f3n. El hombre deseoso de conocer lo verdadero, si a\u00fan es capaz de mirar m\u00e1s all\u00e1 de s\u00ed mismo y de levantar la mirada por encima de los propios proyectos, recibe la posibilidad de recuperar la relaci\u00f3n aut\u00e9ntica con su vida, siguiendo el camino de la verdad. Las palabras del Deuteronomio se pueden aplicar a esta situaci\u00f3n: \u00ab Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni est\u00e1n fuera de tu alcance. No est\u00e1n en el cielo, para que no hayas de decir: \u00bfQui\u00e9n subir\u00e1 por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en pr\u00e1ctica? Ni est\u00e1n al otro lado del mar, para que no hayas de decir \u00bfQui\u00e9n ir\u00e1 por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en pr\u00e1ctica? Sino que la palabra est\u00e1 bien cerca de ti, est\u00e1 en tu boca y en tu coraz\u00f3n para que la pongas en pr\u00e1ctica \u00bb (30, 11-14). A este texto se refiere la famosa frase del santo fil\u00f3sofo y te\u00f3logo Agust\u00edn: \u00ab Noli foras ire, in te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24L\">21<\/a><\/sup>&nbsp;A la luz de estas consideraciones, se impone una primera conclusi\u00f3n: la verdad que la Revelaci\u00f3n nos hace conocer no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento elaborado por la raz\u00f3n. Por el contrario, \u00e9sta se presenta con la caracter\u00edstica de la gratuidad, genera pensamiento y exige ser acogida como expresi\u00f3n de amor. Esta verdad relevada es anticipaci\u00f3n, en nuestra historia, de la visi\u00f3n \u00faltima y definitiva de Dios que est\u00e1 reservada a los que creen en \u00c9l o lo buscan con coraz\u00f3n sincero. El fin \u00faltimo de la existencia personal, pues, es objeto de estudio tanto de la filosof\u00eda como de la teolog\u00eda. Ambas, aunque con medios y contenidos diversos, miran hacia este \u00ab sendero de la vida \u00bb (<em>Sal&nbsp;<\/em>16 [15], 11), que, como nos dice la fe, tiene su meta \u00faltima en el gozo pleno y duradero de la contemplaci\u00f3n del Dios Uno y Trino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO II<br>CREDO UT INTELLEGAM<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>\u00ab La sabidur\u00eda todo lo sabe y entiende<\/em>&nbsp;\u00bb&nbsp;<\/strong>(<em>Sb&nbsp;<\/em>9, 11)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">16. La Sagrada Escritura nos presenta con sorprendente claridad el v\u00ednculo tan profundo que hay entre el conocimiento de fe y el de la raz\u00f3n. Lo atestiguan sobre todo los&nbsp;<em>Libros sapienciales<\/em>. Lo que llama la atenci\u00f3n en la lectura, hecha sin prejuicios, de estas p\u00e1ginas de la Escritura, es el hecho de que en estos textos se contenga no solamente la fe de Israel, sino tambi\u00e9n la riqueza de civilizaciones y culturas ya desaparecidas. Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia hacen o\u00edr de nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo Oriente reviven en estas p\u00e1ginas ricas de intuiciones muy profundas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No es casual que, en el momento en el que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la verdad: \u00ab Feliz el hombre que se ejercita en la sabidur\u00eda, y que en su inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su coraz\u00f3n, y sus secretos considera. Sale en su busca como el que sigue su rastro, y en sus caminos se pone al acecho. Se asoma a sus ventanas y a sus puertas escucha. Acampa muy cerca de su casa y clava la clavija en sus muros. Monta su tienda junto a ella, y se alberga en su albergue dichoso. Pone sus hijos a su abrigo y bajo sus ramas se cobija. Por ella es protegido del calor y en su gloria se alberga \u00bb (<em>Si&nbsp;<\/em>14, 20-27).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Como se puede ver, para el autor inspirado el deseo de conocer es una caracter\u00edstica com\u00fan a todos los hombres. Gracias a la inteligencia se da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la posibilidad de alcanzar el \u00ab agua profunda \u00bb (cf.&nbsp;<em>Pr&nbsp;<\/em>20, 5). Es verdad que en el antiguo Israel el conocimiento del mundo y de sus fen\u00f3menos no se alcanzaba por el camino de la abstracci\u00f3n, como para el fil\u00f3sofo j\u00f3nico o el sabio egipcio. Menos a\u00fan, el buen israelita conceb\u00eda el conocimiento con los par\u00e1metros propios de la \u00e9poca moderna, orientada principalmente a la divisi\u00f3n del saber. Sin embargo, el mundo b\u00edblico ha hecho desembocar en el gran mar de la teor\u00eda del conocimiento su aportaci\u00f3n original.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00bfCu\u00e1l es \u00e9sta? La peculiaridad que distingue el texto b\u00edblico consiste en la convicci\u00f3n de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la raz\u00f3n y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en \u00e9l, como tambi\u00e9n la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la raz\u00f3n, pero sin que la fe sea extra\u00f1a en este proceso. \u00c9sta no interviene para menospreciar la autonom\u00eda de la raz\u00f3n o para limitar su espacio de acci\u00f3n, sino s\u00f3lo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y act\u00faa en estos acontecimientos. As\u00ed mismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que act\u00faa en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia. Una expresi\u00f3n del libro de los Proverbios es significativa a este respecto: \u00ab El coraz\u00f3n del hombre medita su camino, pero es el Se\u00f1or quien asegura sus pasos \u00bb (16, 9). Es decir, el hombre con la luz de la raz\u00f3n sabe reconocer su camino, pero lo puede recorrer de forma libre, sin obst\u00e1culos y hasta el final, si con \u00e1nimo sincero fija su b\u00fasqueda en el horizonte de la fe. La raz\u00f3n y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a s\u00ed mismo, al mundo y a Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">17. No hay, pues, motivo de competitividad alguna entre la raz\u00f3n y la fe: una est\u00e1 dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realizaci\u00f3n. El libro de los Proverbios nos sigue orientando en esta direcci\u00f3n al exclamar: \u00ab Es gloria de Dios ocultar una cosa, y gloria de los reyes escrutarla \u00bb (25, 2). Dios y el hombre, cada uno en su respectivo mundo, se encuentran as\u00ed en una relaci\u00f3n \u00fanica. En Dios est\u00e1 el origen de cada cosa, en \u00c9l se encuentra la plenitud del misterio, y \u00e9sta es su gloria; al hombre le corresponde la misi\u00f3n de investigar con su raz\u00f3n la verdad, y en esto consiste su grandeza. Una ulterior tesela a este mosaico es puesta por el Salmista cuando ora diciendo: \u00ab Mas para m\u00ed, \u00a1qu\u00e9 arduos son tus pensamientos, oh Dios, qu\u00e9 incontable su suma! \u00a1Son m\u00e1s, si los recuento, que la arena, y al terminar, todav\u00eda estoy contigo! \u00bb (139 [138], 17-18). El deseo de conocer es tan grande y supone tal dinamismo que el coraz\u00f3n del hombre, incluso desde la experiencia de su l\u00edmite insuperable, suspira hacia la infinita riqueza que est\u00e1 m\u00e1s all\u00e1, porque intuye que en ella est\u00e1 guardada la respuesta satisfactoria para cada pregunta a\u00fan no resuelta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">18. Podemos decir, pues, que Israel con su reflexi\u00f3n ha sabido abrir a la raz\u00f3n el camino hacia el misterio. En la revelaci\u00f3n de Dios ha podido sondear en profundidad lo que la raz\u00f3n pretend\u00eda alcanzar sin lograrlo. A partir de esta forma de conocimiento m\u00e1s profunda, el pueblo elegido ha entendido que la raz\u00f3n debe respetar algunas reglas de fondo para expresar mejor su propia naturaleza. Una primera regla consiste en tener en cuenta el hecho de que el conocimiento del hombre es un camino que no tiene descanso; la segunda nace de la conciencia de que dicho camino no se puede recorrer con el orgullo de quien piense que todo es fruto de una conquista personal; una tercera se funda en el \u00ab temor de Dios \u00bb, del cual la raz\u00f3n debe reconocer a la vez su trascendencia soberana y su amor providente en el gobierno del mundo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuando se aleja de estas reglas, el hombre se expone al riesgo del fracaso y acaba por encontrarse en la situaci\u00f3n del \u00ab necio \u00bb. Para la Biblia, en esta necedad hay una amenaza para la vida. En efecto, el necio se enga\u00f1a pensando que conoce muchas cosas, pero en realidad no es capaz de fijar la mirada sobre las esenciales. Ello le impide poner orden en su mente (cf.&nbsp;<em>Pr&nbsp;<\/em>1, 7) y asumir una actitud adecuada para consigo mismo y para con el ambiente que le rodea. Cuando llega a afirmar: \u00ab Dios no existe \u00bb (cf.&nbsp;<em>Sal&nbsp;<\/em>14 [13], 1), muestra con claridad definitiva lo deficiente de su conocimiento y lo lejos que est\u00e1 de la verdad plena sobre las cosas, sobre su origen y su destino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">19. El libro de la Sabidur\u00eda tiene algunos textos importantes que aportan m\u00e1s luz a este tema. En ellos el autor sagrado habla de Dios, que se da a conocer tambi\u00e9n por medio de la naturaleza. Para los antiguos el estudio de las ciencias naturales coincid\u00eda en gran parte con el saber filos\u00f3fico. Despu\u00e9s de haber afirmado que con su inteligencia el hombre est\u00e1 en condiciones \u00ab de conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos [&#8230;], los ciclos del a\u00f1o y la posici\u00f3n de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras \u00bb (<em>Sb&nbsp;<\/em>7, 17.19-20), en una palabra, que es capaz de filosofar, el texto sagrado da un paso m\u00e1s de gran importancia. Recuperando el pensamiento de la filosof\u00eda griega, a la cual parece referirse en este contexto, el autor afirma que, precisamente razonando sobre la naturaleza, se puede llegar hasta el Creador: \u00ab de la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega, por analog\u00eda, a contemplar a su Autor \u00bb (<em>Sb&nbsp;<\/em>13, 5). Se reconoce as\u00ed un primer paso de la Revelaci\u00f3n divina, constituido por el maravilloso \u00ab libro de la naturaleza \u00bb, con cuya lectura, mediante los instrumentos propios de la raz\u00f3n humana, se puede llegar al conocimiento del Creador. Si el hombre con su inteligencia no llega a reconocer a Dios como creador de todo, no se debe tanto a la falta de un medio adecuado, cuanto sobre todo al impedimento puesto por su voluntad libre y su pecado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">20. En esta perspectiva la raz\u00f3n es valorizada, pero no sobrevalorada. En efecto, lo que ella alcanza puede ser verdadero, pero adquiere significado pleno solamente si su contenido se sit\u00faa en un horizonte m\u00e1s amplio, que es el de la fe: \u00ab Del Se\u00f1or dependen los pasos del hombre: \u00bfc\u00f3mo puede el hombre conocer su camino? \u00bb (<em>Pr&nbsp;<\/em>20, 24). Para el Antiguo Testamento, pues, la fe libera la raz\u00f3n en cuanto le permite alcanzar coherentemente su objeto de conocimiento y colocarlo en el orden supremo en el cual todo adquiere sentido. En definitiva, el hombre con la raz\u00f3n alcanza la verdad, porque iluminado por la fe descubre el sentido profundo de cada cosa y, en particular, de la propia existencia. Por tanto, con raz\u00f3n, el autor sagrado fundamenta el verdadero conocimiento precisamente en el temor de Dios: \u00ab El temor del Se\u00f1or es el principio de la sabidur\u00eda \u00bb (<em>Pr&nbsp;<\/em>1, 7; cf.&nbsp;<em>Si&nbsp;<\/em>1, 14).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00ab&nbsp;<strong><em>Adquiere la sabidur\u00eda, adquiere la inteligencia<\/em><\/strong>&nbsp;\u00bb (<em>Pr&nbsp;<\/em>4, 5)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">21. Para el Antiguo Testamento el conocimiento no se fundamenta solamente en una observaci\u00f3n atenta del hombre, del mundo y de la historia, sino que supone tambi\u00e9n una indispensable relaci\u00f3n con la fe y con los contenidos de la Revelaci\u00f3n. En esto consisten los desaf\u00edos que el pueblo elegido ha tenido que afrontar y a los cuales ha dado respuesta. Reflexionando sobre esta condici\u00f3n, el hombre b\u00edblico ha descubierto que no puede comprenderse sino como \u00ab ser en relaci\u00f3n \u00bb: con s\u00ed mismo, con el pueblo, con el mundo y con Dios. Esta apertura al misterio, que le viene de la Revelaci\u00f3n, ha sido al final para \u00e9l la fuente de un verdadero conocimiento, que ha consentido a su raz\u00f3n entrar en el \u00e1mbito de lo infinito, recibiendo as\u00ed posibilidades de compresi\u00f3n hasta entonces insospechadas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Para el autor sagrado el esfuerzo de la b\u00fasqueda no estaba exento de la dificultad que supone enfrentarse con los l\u00edmites de la raz\u00f3n. Ello se advierte, por ejemplo, en las palabras con las que el Libro de los Proverbios denota el cansancio debido a los intentos de comprender los misteriosos designios de Dios (cf. 30, 1.6). Sin embargo, a pesar de la dificultad, el creyente no se rinde. La fuerza para continuar su camino hacia la verdad le viene de la certeza de que Dios lo ha creado como un \u00ab explorador \u00bb (cf.&nbsp;<em>Qo&nbsp;<\/em>1, 13), cuya misi\u00f3n es no dejar nada sin probar a pesar del continuo chantaje de la duda. Apoy\u00e1ndose en Dios, se dirige, siempre y en todas partes, hacia lo que es bello, bueno y verdadero.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">22. San Pablo, en el primer cap\u00edtulo de su Carta a los Romanos nos ayuda a apreciar mejor lo incisiva que es la reflexi\u00f3n de los Libros Sapienciales. Desarrollando una argumentaci\u00f3n filos\u00f3fica con lenguaje popular, el Ap\u00f3stol expresa una profunda verdad: a trav\u00e9s de la creaci\u00f3n los \u00ab ojos de la mente \u00bb pueden llegar a conocer a Dios. En efecto, mediante las criaturas \u00c9l hace que la raz\u00f3n intuya su \u00ab potencia \u00bb y su \u00ab divinidad \u00bb (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>1, 20). As\u00ed pues, se reconoce a la raz\u00f3n del hombre una capacidad que parece superar casi sus mismos l\u00edmites naturales: no s\u00f3lo no est\u00e1 limitada al conocimiento sensorial, desde el momento que puede reflexionar cr\u00edticamente sobre ello, sino que argumentando sobre los datos de los sentidos puede incluso alcanzar la causa que da lugar a toda realidad sensible. Con terminolog\u00eda filos\u00f3fica podr\u00edamos decir que en este importante texto paulino se afirma la capacidad metaf\u00edsica del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Seg\u00fan el Ap\u00f3stol, en el proyecto originario de la creaci\u00f3n, la raz\u00f3n ten\u00eda la capacidad de superar f\u00e1cilmente el dato sensible para alcanzar el origen mismo de todo: el Creador. Debido a la desobediencia con la cual el hombre eligi\u00f3 situarse en plena y absoluta autonom\u00eda respecto a Aquel que lo hab\u00eda creado, qued\u00f3 mermada esta facilidad de acceso a Dios creador.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Libro del G\u00e9nesis describe de modo pl\u00e1stico esta condici\u00f3n del hombre cuando narra que Dios lo puso en el jard\u00edn del Ed\u00e9n, en cuyo centro estaba situado el \u00ab \u00e1rbol de la ciencia del bien y del mal \u00bb (2, 17). El s\u00edmbolo es claro: el hombre no era capaz de discernir y decidir por s\u00ed mismo lo que era bueno y lo que era malo, sino que deb\u00eda apelarse a un principio superior. La ceguera del orgullo hizo creer a nuestros primeros padres que eran soberanos y aut\u00f3nomos, y que pod\u00edan prescindir del conocimiento que deriva de Dios. En su desobediencia originaria ellos involucraron a cada hombre y a cada mujer, produciendo en la raz\u00f3n heridas que a partir de entonces obstaculizar\u00edan el camino hacia la plena verdad. La capacidad humana de conocer la verdad qued\u00f3 ofuscada por la aversi\u00f3n hacia Aquel que es fuente y origen de la verdad. El Ap\u00f3stol sigue mostrando c\u00f3mo los pensamientos de los hombres, a causa del pecado, fueron \u00ab vanos \u00bb y los razonamientos distorsionados y orientados hacia lo falso (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>1, 21-22). Los ojos de la mente no eran ya capaces de ver con claridad: progresivamente la raz\u00f3n se ha quedado prisionera de s\u00ed misma. La venida de Cristo ha sido el acontecimiento de salvaci\u00f3n que ha redimido a la raz\u00f3n de su debilidad, libr\u00e1ndola de los cepos en los que ella misma se hab\u00eda encadenado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">23. La relaci\u00f3n del cristiano con la filosof\u00eda, pues, requiere un discernimiento radical. En el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato que sobresale con mucha claridad: la contraposici\u00f3n entre \u00ab la sabidur\u00eda de este mundo \u00bb y la de Dios revelada en Jesucristo. La profundidad de la sabidur\u00eda revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexi\u00f3n, que no son capaces de expresarla de manera adecuada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento hist\u00f3rico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificaci\u00f3n suficiente del sentido de la existencia. El verdadero punto central, que desaf\u00eda toda filosof\u00eda, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura l\u00f3gica humana est\u00e1 destinado al fracaso. \u00ab \u00bfD\u00f3nde est\u00e1 el sabio? \u00bfD\u00f3nde el docto? \u00bfD\u00f3nde el sofista de este mundo? \u00bfAcaso no entonteci\u00f3 Dios la sabidur\u00eda del mundo? \u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>1, 20) se pregunta con \u00e9nfasis el Ap\u00f3stol. Para lo que Dios quiere llevar a cabo ya no es posible la mera sabidur\u00eda del hombre sabio, sino que se requiere dar un paso decisivo para acoger una novedad radical: \u00ab Ha escogido Dios m\u00e1s bien lo necio del mundo para confundir a los sabios [&#8230;]. lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es \u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>1, 27-28). La sabidur\u00eda del hombre reh\u00fasa ver en la propia debilidad el presupuesto de su fuerza; pero san Pablo no duda en afirmar: \u00ab pues, cuando estoy d\u00e9bil, entonces es cuando soy fuerte \u00bb (<em>2 Co&nbsp;<\/em>12, 10). El hombre no logra comprender c\u00f3mo la muerte pueda ser fuente de vida y de amor, pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio de salvaci\u00f3n precisamente lo que la raz\u00f3n considera \u00ab locura \u00bb y \u00ab esc\u00e1ndalo \u00bb. Hablando el lenguaje de los fil\u00f3sofos contempor\u00e1neos suyos, Pablo alcanza el culmen de su ense\u00f1anza y de la paradoja que quiere expresar: \u00ab Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para convertir en nada las cosas que son \u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>1, 28). Para poner de relieve la naturaleza de la gratuidad del amor revelado en la Cruz de Cristo, el Ap\u00f3stol no tiene miedo de usar el lenguaje m\u00e1s radical que los fil\u00f3sofos empleaban en sus reflexiones sobre Dios. La raz\u00f3n no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que \u00e9sta puede dar a la raz\u00f3n la respuesta \u00faltima que busca. No es la sabidur\u00eda de las palabras, sino la Palabra de la Sabidur\u00eda lo que san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La sabidur\u00eda de la Cruz, pues, supera todo l\u00edmite cultural que se le quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora. \u00a1Qu\u00e9 desaf\u00edo m\u00e1s grande se le presenta a nuestra raz\u00f3n y qu\u00e9 provecho obtiene si no se rinde! La filosof\u00eda, que por s\u00ed misma es capaz de reconocer el incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la \u00ab locura \u00bb de la Cruz la aut\u00e9ntica cr\u00edtica de los que creen poseer la verdad, aprision\u00e1ndola entre los recovecos de su sistema. La relaci\u00f3n entre fe y filosof\u00eda encuentra en la predicaci\u00f3n de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el oc\u00e9ano sin l\u00edmites de la verdad. Aqu\u00ed se evidencia la frontera entre la raz\u00f3n y la fe, pero se aclara tambi\u00e9n el espacio en el cual ambas pueden encontrarse.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO III<br>INTELLEGO UT CREDAM<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Caminando en busca de la verdad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">24. Cuenta el evangelista Lucas en los Hechos de los Ap\u00f3stoles que, en sus viajes misioneros, Pablo lleg\u00f3 a Atenas. La ciudad de los fil\u00f3sofos estaba llena de estatuas que representaban diversos \u00eddolos. Le llam\u00f3 la atenci\u00f3n un altar y aprovech\u00f3 enseguida la oportunidad para ofrecer una base com\u00fan sobre la cual iniciar el anuncio del kerigma: \u00ab Atenienses \u2014dijo\u2014, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los m\u00e1s respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado tambi\u00e9n un altar en el que estaba grabada esta inscripci\u00f3n: \u201cAl Dios desconocido\u201d. Pues bien, lo que ador\u00e1is sin conocer, eso os vengo yo a anunciar \u00bb (<em>Hch<\/em>&nbsp;17, 22-23). A partir de este momento, san Pablo habla de Dios como creador, como Aqu\u00e9l que transciende todas las cosas y que ha dado la vida a todo. Continua despu\u00e9s su discurso de este modo: \u00ab El cre\u00f3, de un s\u00f3lo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los l\u00edmites del lugar donde hab\u00edan de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por m\u00e1s que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>17, 26-27).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Ap\u00f3stol pone de relieve una verdad que la Iglesia ha conservado siempre: en lo m\u00e1s profundo del coraz\u00f3n del hombre est\u00e1 el deseo y la nostalgia de Dios. Lo recuerda con \u00e9nfasis tambi\u00e9n la liturgia del Viernes Santo cuando, invitando a orar por los que no creen, nos hace decir: \u00ab Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24M\">22<\/a><\/sup>&nbsp;Existe, pues, un camino que el hombre, si quiere, puede recorrer; inicia con la capacidad de la raz\u00f3n de levantarse m\u00e1s all\u00e1 de lo contingente para ir hacia lo infinito.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De diferentes modos y en diversos tiempos el hombre ha demostrado que sabe expresar este deseo \u00edntimo. La literatura, la m\u00fasica, la pintura, la escultura, la arquitectura y cualquier otro fruto de su inteligencia creadora se convierten en cauces a trav\u00e9s de los cuales puede manifestar su af\u00e1n de b\u00fasqueda. La filosof\u00eda ha asumido de manera peculiar este movimiento y ha expresado, con sus medios y seg\u00fan sus propias modalidades cient\u00edficas, este deseo universal del hombre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">25. \u00ab Todos los hombres desean saber \u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24N\">23<\/a><\/sup>&nbsp;y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso la vida diaria muestra cu\u00e1n interesado est\u00e1 cada uno en descubrir, m\u00e1s all\u00e1 de lo conocido de o\u00eddas, c\u00f3mo est\u00e1n verdaderamente las cosas. El hombre es el \u00fanico ser en toda la creaci\u00f3n visible que no s\u00f3lo es capaz de saber, sino que sabe tambi\u00e9n que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su verdad, se siente satisfecho. Es la lecci\u00f3n de san Agust\u00edn cuando escribe: \u00ab He encontrado muchos que quer\u00edan enga\u00f1ar, pero ninguno que quisiera dejarse enga\u00f1ar \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24O\">24<\/a><\/sup>&nbsp;Con raz\u00f3n se considera que una persona ha alcanzado la edad adulta cuando puede discernir, con los propios medios, entre lo que es verdadero y lo que es falso, form\u00e1ndose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas. Este es el motivo de tantas investigaciones, particularmente en el campo de las ciencias, que han llevado en los \u00faltimos siglos a resultados tan significativos, favoreciendo un aut\u00e9ntico progreso de toda la humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No menos importante que la investigaci\u00f3n en el \u00e1mbito te\u00f3rico es la que se lleva a cabo en el \u00e1mbito pr\u00e1ctico: quiero aludir a la b\u00fasqueda de la verdad en relaci\u00f3n con el bien que hay que realizar. En efecto, con el propio obrar \u00e9tico la persona actuando seg\u00fan su libre y recto querer, toma el camino de la felicidad y tiende a la perfecci\u00f3n. Tambi\u00e9n en este caso se trata de la verdad. He reafirmado esta convicci\u00f3n en la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a><\/em>: \u00ab No existe moral sin libertad [&#8230;]. Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de b\u00fasqueda de la verdad, existe a\u00fan antes la obligaci\u00f3n moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y seguirla una vez conocida \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24P\">25<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es, pues, necesario que los valores elegidos y que se persiguen con la propia vida sean verdaderos, porque solamente los valores verdaderos pueden perfeccionar a la persona realizando su naturaleza. El hombre encuentra esta verdad de los valores no encerr\u00e1ndose en s\u00ed mismo, sino abri\u00e9ndose para acogerla incluso en las dimensiones que lo transcienden. \u00c9sta es una condici\u00f3n necesaria para que cada uno llegue a ser s\u00ed mismo y crezca como persona adulta y madura.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">26. La verdad se presenta inicialmente al hombre como un interrogante: \u00bf<em>tiene sentido la vida<\/em>? \u00bf<em>hacia d\u00f3nde se dirige<\/em>? A primera vista, la existencia personal podr\u00eda presentarse como radicalmente carente de sentido. No es necesario recurrir a los fil\u00f3sofos del absurdo ni a las preguntas provocadoras que se encuentran en el libro de Job para dudar del sentido de la vida. La experiencia diaria del sufrimiento, propio y ajeno, la vista de tantos hechos que a la luz de la raz\u00f3n parecen inexplicables, son suficientes para hacer ineludible una pregunta tan dram\u00e1tica como la pregunta sobre el sentido.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24Q\">26<\/a><\/sup>&nbsp;A esto se debe a\u00f1adir que la primera verdad absolutamente cierta de nuestra existencia, adem\u00e1s del hecho de que existimos, es lo inevitable de nuestra muerte. Frente a este dato desconcertante se impone la b\u00fasqueda de una respuesta exhaustiva. Cada uno quiere \u2014y debe\u2014 conocer la verdad sobre el propio fin. Quiere saber si la muerte ser\u00e1 el t\u00e9rmino definitivo de su existencia o si hay algo que sobrepasa la muerte: si le est\u00e1 permitido esperar en una vida posterior o no. Es significativo que el pensamiento filos\u00f3fico haya recibido una orientaci\u00f3n decisiva de la muerte de S\u00f3crates que lo ha marcado desde hace m\u00e1s de dos milenios. No es en absoluto casual, pues, que los fil\u00f3sofos ante el hecho de la muerte se hayan planteado de nuevo este problema junto con el del sentido de la vida y de la inmortalidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">27. Nadie, ni el fil\u00f3sofo ni el hombre corriente, puede substraerse a estas preguntas. De la respuesta que se d\u00e9 a las mismas depende una etapa decisiva de la investigaci\u00f3n: si es posible o no alcanzar una verdad universal y absoluta. De por s\u00ed, toda verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, se presenta como universal. Lo que es verdad, debe ser verdad para todos y siempre. Adem\u00e1s de esta universalidad, sin embargo, el hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su b\u00fasqueda. Algo que sea \u00faltimo y fundamento de todo lo dem\u00e1s. En otras palabras, busca una explicaci\u00f3n definitiva, un valor supremo, m\u00e1s all\u00e1 del cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias posteriores. Las hip\u00f3tesis pueden ser fascinantes, pero no satisfacen. Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que d\u00e9 una certeza no sometida ya a la duda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los fil\u00f3sofos, a lo largo de los siglos, han tratado de descubrir y expresar esta verdad, dando vida a un sistema o una escuela de pensamiento. M\u00e1s all\u00e1 de los sistemas filos\u00f3ficos, sin embargo, hay otras expresiones en las cuales el hombre busca dar forma a una propia \u00ab filosof\u00eda \u00bb. Se trata de convicciones o experiencias personales, de tradiciones familiares o culturales o de itinerarios existenciales en los cuales se conf\u00eda en la autoridad de un maestro. En cada una de estas manifestaciones lo que permanece es el deseo de alcanzar la certeza de la verdad y de su valor absoluto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Diversas facetas de la verdad en el hombre<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">28. Es necesario reconocer que no siempre la b\u00fasqueda de la verdad se presenta con esa trasparencia ni de manera consecuente. El l\u00edmite originario de la raz\u00f3n y la inconstancia del coraz\u00f3n oscurecen a menudo y desv\u00edan la b\u00fasqueda personal. Otros intereses de diverso orden pueden condicionar la verdad. M\u00e1s a\u00fan, el hombre tambi\u00e9n la evita a veces en cuanto comienza a divisarla, porque teme sus exigencias. Pero, a pesar de esto, incluso cuando la evita, siempre es la verdad la que influencia su existencia; en efecto, \u00e9l nunca podr\u00eda fundar la propia vida sobre la duda, la incertidumbre o la mentira; tal existencia estar\u00eda continuamente amenazada por el miedo y la angustia. Se puede definir, pues, al hombre como&nbsp;<em>aqu\u00e9l que busca la verdad<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">29. No se puede pensar que una b\u00fasqueda tan profundamente enraizada en la naturaleza humana sea del todo in\u00fatil y vana. La capacidad misma de buscar la verdad y de plantear preguntas implica ya una primera respuesta. El hombre no comenzar\u00eda a buscar lo que desconociese del todo o considerase absolutamente inalcanzable. S\u00f3lo la perspectiva de poder alcanzar una respuesta puede inducirlo a dar el primer paso. De hecho esto es lo que sucede normalmente en la investigaci\u00f3n cient\u00edfica. Cuando un cient\u00edfico, siguiendo una intuici\u00f3n suya, se pone a la b\u00fasqueda de la explicaci\u00f3n l\u00f3gica y verificable de un fen\u00f3meno determinado, conf\u00eda desde el principio que encontrar\u00e1 una respuesta, y no se detiene ante los fracasos. No considera in\u00fatil la intuici\u00f3n originaria s\u00f3lo porque no ha alcanzado el objetivo; m\u00e1s bien dir\u00e1 con raz\u00f3n que no ha encontrado a\u00fan la respuesta adecuada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esto mismo es v\u00e1lido tambi\u00e9n para la investigaci\u00f3n de la verdad en el \u00e1mbito de las cuestiones \u00faltimas. La sed de verdad est\u00e1 tan radicada en el coraz\u00f3n del hombre que tener que prescindir de ella comprometer\u00eda la existencia. Es suficiente, en definitiva, observar la vida cotidiana para constatar c\u00f3mo cada uno de nosotros lleva en s\u00ed mismo la urgencia de algunas preguntas esenciales y a la vez abriga en su interior al menos un atisbo de las correspondientes respuestas. Son respuestas de cuya verdad se est\u00e1 convencido, incluso porque se experimenta que, en sustancia, no se diferencian de las respuestas a las que han llegado otros muchos. Es cierto que no toda verdad alcanzada posee el mismo valor. Del conjunto de los resultados logrados, sin embargo, se confirma la capacidad que el ser humano tiene de llegar, en l\u00ednea de m\u00e1xima, a la verdad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">30. En este momento puede ser \u00fatil hacer una r\u00e1pida referencia a estas diversas formas de verdad. Las m\u00e1s numerosas son las que se apoyan sobre evidencias inmediatas o confirmadas experimentalmente. \u00c9ste es el orden de verdad propio de la vida diaria y de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica. En otro nivel se encuentran las verdades de car\u00e1cter filos\u00f3fico, a las que el hombre llega mediante la capacidad especulativa de su intelecto. En fin est\u00e1n las verdades religiosas, que en cierta medida hunden sus ra\u00edces tambi\u00e9n en la filosof\u00eda. \u00c9stas est\u00e1n contenidas en las respuestas que las diversas religiones ofrecen en sus tradiciones a las cuestiones \u00faltimas.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24R\">27<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En cuanto a las verdades filos\u00f3ficas, hay que precisar que no se limitan a las meras doctrinas, algunas veces ef\u00edmeras, de los fil\u00f3sofos de profesi\u00f3n. Cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto modo, fil\u00f3sofo y posee concepciones filos\u00f3ficas propias con las cuales orienta su vida. De un modo u otro, se forma una visi\u00f3n global y una respuesta sobre el sentido de la propia existencia. Con esta luz interpreta sus vicisitudes personales y regula su comportamiento. Es aqu\u00ed donde deber\u00eda plantearse la pregunta sobre la relaci\u00f3n entre las verdades filos\u00f3fico-religiosas y la verdad revelada en Jesucristo. Antes de contestar a esta cuesti\u00f3n es oportuno valorar otro dato m\u00e1s de la filosof\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">31. El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse m\u00e1s tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, est\u00e1 inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no s\u00f3lo el lenguaje y la formaci\u00f3n cultural, sino tambi\u00e9n muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduraci\u00f3n personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad cr\u00edtica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean \u00ab recuperadas \u00bb sobre la base de la experiencia llevada que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente cre\u00eddas son mucho m\u00e1s numerosas que las adquiridas mediante la constataci\u00f3n personal. En efecto, \u00bfqui\u00e9n ser\u00eda capaz de discutir cr\u00edticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? \u00bfqui\u00e9n podr\u00eda controlar por su cuenta el flujo de informaciones que d\u00eda a d\u00eda se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en l\u00ednea de m\u00e1xima como verdaderas? Finalmente, \u00bfqui\u00e9n podr\u00eda reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabidur\u00eda y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues tambi\u00e9n&nbsp;<em>aqu\u00e9l que vive de creencias<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">32. Cada uno, al creer, conf\u00eda en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensi\u00f3n significativa: por una parte el conocimiento a trav\u00e9s de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta m\u00e1s rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relaci\u00f3n interpersonal y pone en juego no s\u00f3lo las posibilidades cognoscitivas, sino tambi\u00e9n la capacidad m\u00e1s radical de confiar en otras personas, entrando as\u00ed en una relaci\u00f3n m\u00e1s estable e \u00edntima con ellas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relaci\u00f3n interpersonal no pertenecen primariamente al orden f\u00e1ctico o filos\u00f3fico. Lo que se pretende, m\u00e1s que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfecci\u00f3n del hombre no est\u00e1 en la mera adquisici\u00f3n del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste tambi\u00e9n en una relaci\u00f3n viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, est\u00e1 en relaci\u00f3n con la verdad: el hombre, creyendo, conf\u00eda en la verdad que el otro le manifiesta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00a1Cu\u00e1ntos ejemplos se podr\u00edan poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo en el testimonio de los m\u00e1rtires. El m\u00e1rtir, en efecto, es el testigo m\u00e1s aut\u00e9ntico de la verdad sobre la existencia. \u00c9l sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podr\u00e1 arrebatarle jam\u00e1s esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo har\u00e1n apartar de la adhesi\u00f3n a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los m\u00e1rtires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros d\u00edas. \u00c9sta es la raz\u00f3n por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, desde el momento en que habla a cada uno de lo que \u00e9l ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el m\u00e1rtir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que tambi\u00e9n quisi\u00e9ramos tener la fuerza de expresar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">33. Se puede ver as\u00ed que los t\u00e9rminos del problema van complet\u00e1ndose progresivamente. El hombre, por su naturaleza, busca la verdad. Esta b\u00fasqueda no est\u00e1 destinada s\u00f3lo a la conquista de verdades parciales, factuales o cient\u00edficas; no busca s\u00f3lo el verdadero bien para cada una de sus decisiones. Su b\u00fasqueda tiende hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida; por eso es una b\u00fasqueda que no puede encontrar soluci\u00f3n si no es en el absoluto.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24S\">28<\/a><\/sup>&nbsp;Gracias a la capacidad del pensamiento, el hombre puede encontrar y reconocer esta verdad. En cuanto vital y esencial para su existencia, esta verdad se logra no s\u00f3lo por v\u00eda racional, sino tambi\u00e9n mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma. La capacidad y la opci\u00f3n de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropol\u00f3gicamente m\u00e1s significativos y expresivos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No se ha de olvidar que tambi\u00e9n la raz\u00f3n necesita ser sostenida en su b\u00fasqueda por un di\u00e1logo confiado y una amistad sincera. El clima de sospecha y de desconfianza, que a veces rodea la investigaci\u00f3n especulativa, olvida la ense\u00f1anza de los fil\u00f3sofos antiguos, quienes consideraban la amistad como uno de los contextos m\u00e1s adecuados para el buen filosofar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De todo lo que he dicho hasta aqu\u00ed resulta que el hombre se encuentra en un camino de b\u00fasqueda, humanamente interminable: b\u00fasqueda de verdad y b\u00fasqueda de una persona de quien fiarse. La fe cristiana le ayuda ofreci\u00e9ndole la posibilidad concreta de ver realizado el objetivo de esta b\u00fasqueda. En efecto, superando el estadio de la simple creencia la fe cristiana coloca al hombre en ese orden de gracia que le permite participar en el misterio de Cristo, en el cual se le ofrece el conocimiento verdadero y coherente de Dios Uno y Trino. As\u00ed, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la llamada \u00faltima dirigida a la humanidad para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">34. Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no est\u00e1 en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. M\u00e1s bien los dos \u00f3rdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la raz\u00f3n humana, expresado en el principio de no contradicci\u00f3n. La Revelaci\u00f3n da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es tambi\u00e9n el Dios de la historia de la salvaci\u00f3n. El mismo e id\u00e9ntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los cient\u00edficos confiados,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24T\">29<\/a><\/sup>&nbsp;es el mismo que se revela como Padre de nuestro Se\u00f1or Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada, tiene su identificaci\u00f3n viva y personal en Cristo, como nos recuerda el Ap\u00f3stol: \u00ab Hab\u00e9is sido ense\u00f1ados conforme a la verdad de Jes\u00fas \u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>4, 21; cf.&nbsp;<em>Col&nbsp;<\/em>1, 15-20). \u00c9l es la&nbsp;<em>Palabra eterna<\/em>, en quien todo ha sido creado, y a la vez es la&nbsp;<em>Palabra encarnada<\/em>, que en toda su persona&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24U\">30<\/a><\/sup>&nbsp;revela al Padre (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 14.18). Lo que la raz\u00f3n humana busca \u00ab sin conocerlo \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>17, 23), puede ser encontrado s\u00f3lo por medio de Cristo: lo que en \u00c9l se revela, en efecto, es la \u00ab plena verdad \u00bb (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 14-16) de todo ser que en \u00c9l y por \u00c9l ha sido creado y despu\u00e9s encuentra en \u00c9l su plenitud (cf.&nbsp;<em>Col&nbsp;<\/em>1, 17).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">35. Sobre la base de estas consideraciones generales, es necesario examinar ahora de modo m\u00e1s directo la relaci\u00f3n entre la verdad revelada y la filosof\u00eda. Esta relaci\u00f3n impone una doble consideraci\u00f3n, en cuanto que la verdad que nos llega por la Revelaci\u00f3n es, al mismo tiempo, una verdad que debe ser comprendida a la luz de la raz\u00f3n. S\u00f3lo en esta doble acepci\u00f3n, en efecto, es posible precisar la justa relaci\u00f3n de la verdad revelada con el saber filos\u00f3fico. Consideramos, por tanto, en primer lugar la relaci\u00f3n entre la fe y la filosof\u00eda en el curso de la historia. Desde aqu\u00ed ser\u00e1 posible indicar algunos principios, que constituyen los puntos de referencia en los que basarse para establecer la correcta relaci\u00f3n entre los dos \u00f3rdenes de conocimiento.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO IV<br>RELACI\u00d3N ENTRE LA FE Y LA RAZ\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Etapas m\u00e1s significativas en el encuentro entre la fe y la raz\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">36. Seg\u00fan el testimonio de los Hechos de los Ap\u00f3stoles, el anuncio cristiano tuvo que confrontarse desde el inicio con las corrientes filos\u00f3ficas de la \u00e9poca. El mismo libro narra la discusi\u00f3n que san Pablo tuvo en Atenas con \u00ab algunos fil\u00f3sofos epic\u00fareos y estoicos \u00bb (17, 18). El an\u00e1lisis exeg\u00e9tico del discurso en el Are\u00f3pago ha puesto de relieve repetidas alusiones a convicciones populares sobre todo de origen estoico. Ciertamente esto no era casual. Los primeros cristianos para hacerse comprender por los paganos no pod\u00edan referirse s\u00f3lo a \u00ab Mois\u00e9s y los profetas \u00bb; deb\u00edan tambi\u00e9n apoyarse en el conocimiento natural de Dios y en la voz de la conciencia moral de cada hombre (cf.&nbsp;<em>Rm<\/em>&nbsp;1, 19-21; 2, 14-15;&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>14, 16-17). Sin embargo, como este conocimiento natural hab\u00eda degenerado en idolatr\u00eda en la religi\u00f3n pagana (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>1, 21-32), el Ap\u00f3stol considera m\u00e1s oportuno relacionar su argumentaci\u00f3n con el pensamiento de los fil\u00f3sofos, que desde siempre hab\u00edan opuesto a los mitos y a los cultos mist\u00e9ricos conceptos m\u00e1s respetuosos de la trascendencia divina.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En efecto, uno de los mayores esfuerzos realizados por los fil\u00f3sofos del pensamiento cl\u00e1sico fue purificar de formas mitol\u00f3gicas la concepci\u00f3n que los hombres ten\u00edan de Dios. Como sabemos, tambi\u00e9n la religi\u00f3n griega, al igual que gran parte de las religiones c\u00f3smicas, era polite\u00edsta, llegando incluso a divinizar objetos y fen\u00f3menos de la naturaleza. Los intentos del hombre por comprender el origen de los dioses y, en ellos, del universo encontraron su primera expresi\u00f3n en la poes\u00eda. Las teogon\u00edas permanecen hasta hoy como el primer testimonio de esta b\u00fasqueda del hombre. Fue tarea de los padres de la filosof\u00eda mostrar el v\u00ednculo entre la raz\u00f3n y la religi\u00f3n. Dirigiendo la mirada hacia los principios universales, no se contentaron con los mitos antiguos, sino que quisieron dar fundamento racional a su creencia en la divinidad. Se inici\u00f3 as\u00ed un camino que, abandonando las tradiciones antiguas particulares, se abr\u00eda a un proceso m\u00e1s conforme a las exigencias de la raz\u00f3n universal. El objetivo que dicho proceso buscaba era la conciencia cr\u00edtica de aquello en lo que se cre\u00eda. El concepto de la divinidad fue el primero que se benefici\u00f3 de este camino. Las supersticiones fueron reconocidas como tales y la religi\u00f3n se purific\u00f3, al menos en parte, mediante el an\u00e1lisis racional. Sobre esta base los Padres de la Iglesia comenzaron un di\u00e1logo fecundo con los fil\u00f3sofos antiguos, abriendo el camino al anuncio y a la comprensi\u00f3n del Dios de Jesucristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">37. Al referirme a este movimiento de acercamiento de los cristianos a la filosof\u00eda, es obligado recordar tambi\u00e9n la actitud de cautela que suscitaban en ellos otros elementos del mundo cultural pagano, como por ejemplo la gnosis. La filosof\u00eda, en cuanto sabidur\u00eda pr\u00e1ctica y escuela de vida, pod\u00eda ser confundida f\u00e1cilmente con un conocimiento de tipo superior, esot\u00e9rico, reservado a unos pocos perfectos. En este tipo de especulaciones esot\u00e9ricas piensa sin duda san Pablo cuando pone en guardia a los Colosenses: \u00ab Mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosof\u00eda, fundada en tradiciones humanas, seg\u00fan los elementos del mundo y no seg\u00fan Cristo \u00bb (2, 8). Qu\u00e9 actuales son las palabras del Ap\u00f3stol si las referimos a las diversas formas de esoterismo que se difunden hoy incluso entre algunos creyentes, carentes del debido sentido cr\u00edtico. Siguiendo las huellas de san Pablo, otros escritores de los primeros siglos, en particular san Ireneo y Tertuliano, manifiestan a su vez ciertas reservas frente a una visi\u00f3n cultural que pretend\u00eda subordinar la verdad de la Revelaci\u00f3n a las interpretaciones de los fil\u00f3sofos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">38. El encuentro del cristianismo con la filosof\u00eda no fue pues inmediato ni f\u00e1cil. La pr\u00e1ctica de la filosof\u00eda y la asistencia a sus escuelas eran para los primeros cristianos m\u00e1s un inconveniente que una ayuda. Para ellos, la primera y m\u00e1s urgente tarea era el anuncio de Cristo resucitado mediante un encuentro personal capaz de llevar al interlocutor a la conversi\u00f3n del coraz\u00f3n y a la petici\u00f3n del Bautismo. Sin embargo, esto no quiere decir que ignorasen el deber de profundizar la comprensi\u00f3n de la fe y sus motivaciones. Todo lo contrario. Resulta injusta e infundada la cr\u00edtica de Celso, que acusa a los cristianos de ser gente \u00ab iletrada y ruda \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24V\">31<\/a><\/sup>&nbsp;La explicaci\u00f3n de su desinter\u00e9s inicial hay que buscarla en otra parte. En realidad, el encuentro con el Evangelio ofrec\u00eda una respuesta tan satisfactoria a la cuesti\u00f3n, hasta entonces no resulta, sobre el sentido de la vida, que el seguimiento de los fil\u00f3sofos les parec\u00eda como algo lejano y, en ciertos aspectos, superado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esto resulta hoy a\u00fan m\u00e1s claro si se piensa en la aportaci\u00f3n del cristianismo que afirma el derecho universal de acceso a la verdad. Abatidas las barreras raciales, sociales y sexuales, el cristianismo hab\u00eda anunciado desde sus inicios la igualdad de todos los hombres ante Dios. La primera consecuencia de esta concepci\u00f3n se aplicaba al tema de la verdad. Quedaba completamente superado el car\u00e1cter elitista que su b\u00fasqueda ten\u00eda entre los antiguos, ya que siendo el acceso a la verdad un bien que permite llegar a Dios, todos deben poder recorrer este camino. Las v\u00edas para alcanzar la verdad siguen siendo muchas; sin embargo, como la verdad cristiana tiene un valor salv\u00edfico, cualquiera de estas v\u00edas puede seguirse con tal de que conduzca a la meta final, es decir, a la revelaci\u00f3n de Jesucristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filos\u00f3fico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento, fue san Justino, quien, conservando despu\u00e9s de la conversi\u00f3n una gran estima por la filosof\u00eda griega, afirmaba con fuerza y claridad que en el cristianismo hab\u00eda encontrado \u00ab la \u00fanica filosof\u00eda segura y provechosa \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24W\">32<\/a><\/sup>&nbsp;De modo parecido, Clemente de Alejandr\u00eda llamaba al Evangelio \u00ab la verdadera filosof\u00eda \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24X\">33<\/a><\/sup>&nbsp;e interpretaba la filosof\u00eda en analog\u00eda con la ley mosaica como una instrucci\u00f3n proped\u00e9utica a la fe cristiana&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24Y\">34<\/a><\/sup>&nbsp;y una preparaci\u00f3n para el Evangelio.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%24Z\">35<\/a><\/sup>&nbsp;Puesto que \u00ab esta es la sabidur\u00eda que desea la filosof\u00eda; la rectitud del alma, la de la raz\u00f3n y la pureza de la vida. La filosof\u00eda est\u00e1 en una actitud de amor ardoroso a la sabidur\u00eda y no perdona esfuerzo por obtenerla. Entre nosotros se llaman fil\u00f3sofos los que aman la sabidur\u00eda del Creador y Maestro universal, es decir, el conocimiento del Hijo de Dios \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2410\">36<\/a><\/sup>&nbsp;La filosof\u00eda griega, para este autor, no tiene como primer objetivo completar o reforzar la verdad cristiana; su cometido es, m\u00e1s bien, la defensa de la fe: \u00ab La ense\u00f1anza del Salvador es perfecta y nada le falta, por que es fuerza y sabidur\u00eda de Dios; en cambio, la filosof\u00eda griega con su tributo no hace m\u00e1s s\u00f3lida la verdad; pero haciendo impotente el ataque de la sof\u00edstica e impidiendo las emboscadas fraudulentas de la verdad, se dice que es con propiedad empalizada y muro de la vi\u00f1a \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2411\">37<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">39. En la historia de este proceso es posible verificar la recepci\u00f3n cr\u00edtica del pensamiento filos\u00f3fico por parte de los pensadores cristianos. Entre los primeros ejemplos que se pueden encontrar, es ciertamente significativa la figura de Or\u00edgenes. Contra los ataques lanzados por el fil\u00f3sofo Celso, Or\u00edgenes asume la filosof\u00eda plat\u00f3nica para argumentar y responderle. Refiri\u00e9ndose a no pocos elementos del pensamiento plat\u00f3nico, comienza a elaborar una primera forma de teolog\u00eda cristiana. En efecto, tanto el nombre mismo como la idea de teolog\u00eda en cuanto reflexi\u00f3n racional sobre Dios estaban ligados todav\u00eda hasta ese momento a su origen griego. En la filosof\u00eda aristot\u00e9lica, por ejemplo, con este nombre se refer\u00edan a la parte m\u00e1s noble y al verdadero culmen de la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica. Sin embargo, a la luz de la Revelaci\u00f3n cristiana lo que anteriormente designaba una doctrina gen\u00e9rica sobre la divinidad adquiri\u00f3 un significado del todo nuevo, en cuanto defin\u00eda la reflexi\u00f3n que el creyente realizaba para expresar la&nbsp;<em>verdadera doctrina&nbsp;<\/em>sobre Dios. Este nuevo pensamiento cristiano que se estaba desarrollando hac\u00eda uso de la filosof\u00eda, pero al mismo tiempo tend\u00eda a distinguirse claramente de ella. La historia muestra c\u00f3mo hasta el mismo pensamiento plat\u00f3nico asumido en la teolog\u00eda sufri\u00f3 profundas transformaciones, en particular por lo que se refiere a conceptos como la inmortalidad del alma, la divinizaci\u00f3n del hombre y el origen del mal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">40. En esta obra de cristianizaci\u00f3n del pensamiento plat\u00f3nico y neoplat\u00f3nico, merecen una menci\u00f3n particular los Padres Capadocios, Dionisio el Areopagita y, sobre todo, san Agust\u00edn. El gran Doctor occidental hab\u00eda tenido contactos con diversas escuelas filos\u00f3ficas, pero todas le hab\u00edan decepcionado. Cuando se encontr\u00f3 con la verdad de la fe cristiana, tuvo la fuerza de realizar aquella conversi\u00f3n radical a la que los fil\u00f3sofos frecuentados anteriormente no hab\u00edan conseguido encaminarlo. El motivo lo cuenta \u00e9l mismo: \u00ab Sin embargo, desde esta \u00e9poca empec\u00e9 ya a dar preferencia a la doctrina cat\u00f3lica, porque me parec\u00eda que aqu\u00ed se mandaba con m\u00e1s modestia, y de ning\u00fan modo falazmente, creer lo que no se demostraba \u2014fuese porque, aunque existiesen las pruebas, no hab\u00eda sujeto capaz de ellas, fuese porque no existiesen\u2014, que no all\u00ed, en donde se despreciaba la fe y se promet\u00eda con temeraria arrogancia la ciencia y luego se obligaba a creer una infinidad de f\u00e1bulas absurd\u00edsimas que no pod\u00edan demostrar \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2412\">38<\/a><\/sup>&nbsp;A los mismos plat\u00f3nicos, a quienes mencionaba de modo privilegiado, Agust\u00edn reprochaba que, aun habiendo conocido la meta hacia la que tender, hab\u00edan ignorado sin embargo el camino que conduce a ella: el Verbo encarnado.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2413\">39<\/a><\/sup>&nbsp;El Obispo de Hipona consigui\u00f3 hacer la primera gran s\u00edntesis del pensamiento filos\u00f3fico y teol\u00f3gico en la que conflu\u00edan las corrientes del pensamiento griego y latino. En \u00e9l adem\u00e1s la gran unidad del saber, que encontraba su fundamento en el pensamiento b\u00edblico, fue confirmada y sostenida por la profundidad del pensamiento especulativo. La s\u00edntesis llevada a cabo por san Agust\u00edn ser\u00eda durante siglos la forma m\u00e1s elevada de especulaci\u00f3n filos\u00f3fica y teol\u00f3gica que el Occidente haya conocido. Gracias a su historia personal y ayudado por una admirable santidad de vida, fue capaz de introducir en sus obras multitud de datos que, haciendo referencia a la experiencia, anunciaban futuros desarrollos de algunas corrientes filos\u00f3ficas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">41. Varias han sido pues las formas con que los Padres de Oriente y de Occidente han entrado en contacto con las escuelas filos\u00f3ficas. Esto no significa que hayan identificado el contenido de su mensaje con los sistemas a que hac\u00edan referencia. La pregunta de Tertuliano: \u00ab \u00bfQu\u00e9 tienen en com\u00fan Atenas y Jerusal\u00e9n? \u00bfLa Academia y la Iglesia? \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2414\">40<\/a><\/sup>&nbsp;es claro indicio de la conciencia cr\u00edtica con que los pensadores cristianos, desde el principio, afrontaron el problema de la relaci\u00f3n entre la fe y la filosof\u00eda, consider\u00e1ndolo globalmente en sus aspectos positivos y en sus l\u00edmites. No eran pensadores ingenuos. Precisamente porque viv\u00edan con intensidad el contenido de la fe, sab\u00edan llegar a las formas m\u00e1s profundas de la especulaci\u00f3n. Por consiguiente, es injusto y reductivo limitar su obra a la sola transposici\u00f3n de las verdades de la fe en categor\u00edas filos\u00f3ficas. Hicieron mucho m\u00e1s. En efecto, fueron capaces de sacar a la luz plenamente lo que todav\u00eda permanec\u00eda impl\u00edcito y proped\u00e9utico en el pensamiento de los grandes fil\u00f3sofos antiguos.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2415\">41<\/a><\/sup>&nbsp;Estos, como ya he dicho, hab\u00edan mostrado c\u00f3mo la raz\u00f3n, liberada de las ataduras externas, pod\u00eda salir del callej\u00f3n ciego de los mitos, para abrirse de forma m\u00e1s adecuada a la trascendencia. As\u00ed pues, una raz\u00f3n purificada y recta era capaz de llegar a los niveles m\u00e1s altos de la reflexi\u00f3n, dando un fundamento s\u00f3lido a la percepci\u00f3n del ser, de lo trascendente y de lo absoluto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Justamente aqu\u00ed est\u00e1 la novedad alcanzada por los Padres. Ellos acogieron plenamente la raz\u00f3n abierta a lo absoluto y en ella incorporaron la riqueza de la Revelaci\u00f3n. El encuentro no fue s\u00f3lo entre culturas, donde tal vez una es seducida por el atractivo de otra, sino que tuvo lugar en lo profundo de los esp\u00edritus, siendo un encuentro entre la criatura y el Creador. Sobrepasando el fin mismo hacia el que inconscientemente tend\u00eda por su naturaleza, la raz\u00f3n pudo alcanzar el bien sumo y la verdad suprema en la persona del Verbo encarnado. Ante las filosof\u00edas, los Padres no tuvieron miedo, sin embargo, de reconocer tanto los elementos comunes como las diferencias que presentaban con la Revelaci\u00f3n. Ser conscientes de las convergencias no ofuscaba en ellos el reconocimiento de las diferencias.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">42. En la teolog\u00eda escol\u00e1stica el papel de la raz\u00f3n educada filos\u00f3ficamente llega a ser a\u00fan m\u00e1s visible bajo el empuje de la interpretaci\u00f3n anselmiana del&nbsp;<em>intellectus fidei<\/em>. Para el santo Arzobispo de Canterbury la prioridad de la fe no es incompatible con la b\u00fasqueda propia de la raz\u00f3n. En efecto, \u00e9sta no est\u00e1 llamada a expresar un juicio sobre los contenidos de la fe, siendo incapaz de hacerlo por no ser id\u00f3nea para ello. Su tarea, m\u00e1s bien, es saber encontrar un sentido y descubrir las razones que permitan a todos entender los contenidos de la fe. San Anselmo acent\u00faa el hecho de que el intelecto debe ir en b\u00fasqueda de lo que ama: cuanto m\u00e1s ama, m\u00e1s desea conocer. Quien vive para la verdad tiende hacia una forma de conocimiento que se inflama cada vez m\u00e1s de amor por lo que conoce, aun debiendo admitir que no ha hecho todav\u00eda todo lo que desear\u00eda: \u00ab&nbsp;<em>Ad te videndum factus sum; et nondum feci propter quod factus sum<\/em>&nbsp;\u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2416\">42<\/a><\/sup>&nbsp;El deseo de la verdad mueve, pues, a la raz\u00f3n a ir siempre m\u00e1s all\u00e1; queda incluso como abrumada al constatar que su capacidad es siempre mayor que lo que alcanza. En este punto, sin embargo, la raz\u00f3n es capaz de descubrir d\u00f3nde est\u00e1 el final de su camino: \u00ab Yo creo que basta a aquel que somete a un examen reflexivo un principio incomprensible alcanzar por el raciocinio su certidumbre inquebrantable, aunque no pueda por el pensamiento concebir el c\u00f3mo de su existencia [&#8230;]. Ahora bien, \u00bfqu\u00e9 puede haber de m\u00e1s incomprensible, de m\u00e1s inefable que lo que est\u00e1 por encima de todas las cosas? Por lo cual, si todo lo que hemos establecido hasta este momento sobre la esencia suprema est\u00e1 apoyado con razones necesarias, aunque el esp\u00edritu no pueda comprenderlo, hasta el punto de explicarlo f\u00e1cilmente con palabras simples, no por eso, sin embargo, sufre quebranto la s\u00f3lida base de esta certidumbre. En efecto, si una reflexi\u00f3n precedente ha comprendido de modo racional que es incomprensible (<em>rationabiliter comprehendit incomprehensibile esse<\/em>) \u00bb el modo en que la suprema sabidur\u00eda sabe lo que ha hecho [&#8230;], \u00bfqui\u00e9n puede explicar c\u00f3mo se conoce y se llama ella misma, de la cual el hombre no puede saber nada o casi nada \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2417\">43<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se confirma una vez m\u00e1s la armon\u00eda fundamental del conocimiento filos\u00f3fico y el de la fe: la fe requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la raz\u00f3n; la raz\u00f3n, en el culmen de su b\u00fasqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Novedad perenne del pensamiento de santo Tom\u00e1s de Aquino<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">43. Un puesto singular en este largo camino corresponde a santo Tom\u00e1s, no s\u00f3lo por el contenido de su doctrina, sino tambi\u00e9n por la relaci\u00f3n dialogal que supo establecer con el pensamiento \u00e1rabe y hebreo de su tiempo. En una \u00e9poca en la que los pensadores cristianos descubrieron los tesoros de la filosof\u00eda antigua, y m\u00e1s concretamente aristot\u00e9lica, tuvo el gran m\u00e9rito de destacar la armon\u00eda que existe entre la raz\u00f3n y la fe. Argumentaba que la luz de la raz\u00f3n y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre s\u00ed.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2418\">44<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">M\u00e1s radicalmente, Tom\u00e1s reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosof\u00eda, puede contribuir a la comprensi\u00f3n de la revelaci\u00f3n divina. La fe, por tanto, no teme la raz\u00f3n, sino que la busca y conf\u00eda en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2419\">45<\/a><\/sup>&nbsp;as\u00ed la fe supone y perfecciona la raz\u00f3n. Esta \u00faltima, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de los l\u00edmites que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de Dios Uno y Trino. Aun se\u00f1alando con fuerza el car\u00e1cter sobrenatural de la fe, el Doctor Ang\u00e9lico no ha olvidado el valor de su car\u00e1cter racional; sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de alg\u00fan modo \u00ab ejercicio del pensamiento \u00bb; la raz\u00f3n del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opci\u00f3n libre y consciente.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241A\">46<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tom\u00e1s como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teolog\u00eda. En este contexto, deseo recordar lo que escribi\u00f3 mi predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, con ocasi\u00f3n del s\u00e9ptimo centenario de la muerte del Doctor Ang\u00e9lico: \u00ab No cabe duda que santo Tom\u00e1s posey\u00f3 en grado eximio audacia para la b\u00fasqueda de la verdad, libertad de esp\u00edritu para afrontar problemas nuevos y la honradez intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosof\u00eda pagana, sin embargo no rechaza a priori esta filosof\u00eda. Por eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como precursor del nuevo rumbo de la filosof\u00eda y de la cultura universal. El punto capital y como el meollo de la soluci\u00f3n casi prof\u00e9tica a la nueva confrontaci\u00f3n entre la raz\u00f3n y la fe, consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del Evangelio, sustray\u00e9ndose as\u00ed a la tendencia innatural de despreciar el mundo y sus valores, pero sin eludir las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241B\">47<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">44. Una de las grandes intuiciones de santo Tom\u00e1s es la que se refiere al papel que el Esp\u00edritu Santo realiza haciendo madurar en sabidur\u00eda la ciencia humana. Desde las primeras p\u00e1ginas de su&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241C\">48<\/a><\/sup>&nbsp;el Aquinate quiere mostrar la primac\u00eda de aquella sabidur\u00eda que es don del Esp\u00edritu Santo e introduce en el conocimiento de las realidades divinas. Su teolog\u00eda permite comprender la peculiaridad de la sabidur\u00eda en su estrecho v\u00ednculo con la fe y el conocimiento de lo divino. Ella conoce por connaturalidad, presupone la fe y formula su recto juicio a partir de la verdad de la fe misma: \u00ab La sabidur\u00eda, don del Esp\u00edritu Santo, difiere de la que es virtud intelectual adquirida. Pues \u00e9sta se adquiere con esfuerzo humano, y aqu\u00e9lla viene de arriba, como Santiago dice. De la misma manera difiere tambi\u00e9n de la fe, porque la fe asiente a la verdad divina por s\u00ed misma; mas el juicio conforme con la verdad divina pertenece al don de la sabidur\u00eda \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241D\">49<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La prioridad reconocida a esta sabidur\u00eda no hace olvidar, sin embargo, al Doctor Ang\u00e9lico la presencia de otras dos formas de sabidur\u00eda complementarias: la&nbsp;<em>filos\u00f3fica<\/em>, basada en la capacidad del intelecto para indagar la realidad dentro de sus l\u00edmites connaturales, y la&nbsp;<em>teol\u00f3gica<\/em>, fundamentada en la Revelaci\u00f3n y que examina los contenidos de la fe, llegando al misterio mismo de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Convencido profundamente de que \u00ab&nbsp;<em>omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est<\/em>&nbsp;\u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241E\">50<\/a><\/sup>&nbsp;santo Tom\u00e1s am\u00f3 de manera desinteresada la verdad. La busc\u00f3 all\u00ed donde pudiera manifestarse, poniendo de relieve al m\u00e1ximo su universalidad. El Magisterio de la Iglesia ha visto y apreciado en \u00e9l la pasi\u00f3n por la verdad; su pensamiento, al mantenerse siempre en el horizonte de la verdad universal, objetiva y trascendente, alcanz\u00f3 \u00ab cotas que la inteligencia humana jam\u00e1s podr\u00eda haber pensado \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241F\">51<\/a><\/sup>&nbsp;Con raz\u00f3n, pues, se le puede llamar \u00ab ap\u00f3stol de la verdad \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241G\">52<\/a><\/sup>&nbsp;Precisamente porque la buscaba sin reservas, supo reconocer en su realismo la objetividad de la verdad. Su filosof\u00eda es verdaderamente la filosof\u00eda del ser y no del simple parecer.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El drama de la separaci\u00f3n entre fe y raz\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">45. Con la aparici\u00f3n de las primeras universidades, la teolog\u00eda se confrontaba m\u00e1s directamente con otras formas de investigaci\u00f3n y del saber cient\u00edfico. San Alberto Magno y santo Tom\u00e1s, aun manteniendo un v\u00ednculo org\u00e1nico entre la teolog\u00eda y la filosof\u00eda, fueron los primeros que reconocieron la necesaria autonom\u00eda que la filosof\u00eda y las ciencias necesitan para dedicarse eficazmente a sus respectivos campos de investigaci\u00f3n. Sin embargo, a partir de la baja Edad Media la leg\u00edtima distinci\u00f3n entre los dos saberes se transform\u00f3 progresivamente en una nefasta separaci\u00f3n. Debido al excesivo esp\u00edritu racionalista de algunos pensadores, se radicalizaron las posturas, lleg\u00e1ndose de hecho a una filosof\u00eda separada y absolutamente aut\u00f3noma respecto a los contenidos de la fe. Entre las consecuencias de esta separaci\u00f3n est\u00e1 el recelo cada vez mayor hacia la raz\u00f3n misma. Algunos comenzaron a profesar una desconfianza general, esc\u00e9ptica y agn\u00f3stica, bien para reservar mayor espacio a la fe, o bien para desacreditar cualquier referencia racional posible a la misma.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En resumen, lo que el pensamiento patr\u00edstico y medieval hab\u00eda concebido y realizado como unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a las formas m\u00e1s altas de la especulaci\u00f3n, fue destruido de hecho por los sistemas que asumieron la posici\u00f3n de un conocimiento racional separado de la fe o alternativo a ella.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">46. Las radicalizaciones m\u00e1s influyentes son conocidas y bien visibles, sobre todo en la historia de Occidente. No es exagerado afirmar que buena parte del pensamiento filos\u00f3fico moderno se ha desarrollado alej\u00e1ndose progresivamente de la Revelaci\u00f3n cristiana, hasta llegar a contraposiciones expl\u00edcitas. En el siglo pasado, este movimiento alcanz\u00f3 su culmen. Algunos representantes del idealismo intentaron de diversos modos transformar la fe y sus contenidos, incluso el misterio de la muerte y resurrecci\u00f3n de Jesucristo, en estructuras dial\u00e9cticas concebibles racionalmente. A este pensamiento se opusieron diferentes formas de humanismo ateo, elaboradas filos\u00f3ficamente, que presentaron la fe como nociva y alienante para el desarrollo de la plena racionalidad. No tuvieron reparo en presentarse como nuevas religiones creando la base de proyectos que, en el plano pol\u00edtico y social, desembocaron en sistemas totalitarios traum\u00e1ticos para la humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el \u00e1mbito de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista que, no s\u00f3lo se ha alejado de cualquier referencia a la visi\u00f3n cristiana del mundo, sino que, y principalmente, ha olvidado toda relaci\u00f3n con la visi\u00f3n metaf\u00edsica y moral. Consecuencia de esto es que algunos cient\u00edficos, carentes de toda referencia \u00e9tica, tienen el peligro de no poner ya en el centro de su inter\u00e9s la persona y la globalidad de su vida. M\u00e1s a\u00fan, algunos de ellos, conscientes de las potencialidades inherentes al progreso t\u00e9cnico, parece que ceden, no s\u00f3lo a la l\u00f3gica del mercado, sino tambi\u00e9n a la tentaci\u00f3n de un poder demi\u00fargico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Adem\u00e1s, como consecuencia de la crisis del racionalismo, ha cobrado entidad el&nbsp;<em>nihilismo<\/em>. Como filosof\u00eda de la nada, logra tener cierto atractivo entre nuestros contempor\u00e1neos. Sus seguidores teorizan sobre la investigaci\u00f3n como fin en s\u00ed misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la meta de la verdad. En la interpretaci\u00f3n nihilista la existencia es s\u00f3lo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primac\u00eda lo ef\u00edmero. El nihilismo est\u00e1 en el origen de la difundida mentalidad seg\u00fan la cual no se debe asumir ning\u00fan compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">47. Por otra parte, no debe olvidarse que en la cultura moderna ha cambiado el papel mismo de la filosof\u00eda. De sabidur\u00eda y saber universal, se ha ido reduciendo progresivamente a una de tantas parcelas del saber humano; m\u00e1s a\u00fan, en algunos aspectos se la ha limitado a un papel del todo marginal. Mientras, otras formas de racionalidad se han ido afirmando cada vez con mayor relieve, destacando el car\u00e1cter marginal del saber filos\u00f3fico. Estas formas de racionalidad, en vez de tender a la contemplaci\u00f3n de la verdad y a la b\u00fasqueda del fin \u00faltimo y del sentido de la vida, est\u00e1n orientadas \u2014o, al menos, pueden orientarse\u2014 como \u00ab raz\u00f3n instrumental \u00bb al servicio de fines utilitaristas, de placer o de poder.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Desde mi primera Enc\u00edclica he se\u00f1alado el peligro de absolutizar este camino, al afirmar: \u00ab El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y m\u00e1s a\u00fan por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta m\u00faltiple actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces imprevisible en objeto de \u201calienaci\u00f3n\u201d, es decir, son pura y simplemente arrebatados a quien los ha producido; pero, al menos parcialmente, en la l\u00ednea indirecta de sus efectos, esos frutos se vuelven contra el mismo hombre; ellos est\u00e1n dirigidos o pueden ser dirigidos contra \u00e9l. En esto parece consistir el cap\u00edtulo principal del drama de la existencia humana contempor\u00e1nea en su dimensi\u00f3n m\u00e1s amplia y universal. El hombre por tanto vive cada vez m\u00e1s en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra \u00e9l mismo \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241H\">53<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la l\u00ednea de estas transformaciones culturales, algunos fil\u00f3sofos, abandonando la b\u00fasqueda de la verdad por s\u00ed misma, han adoptado como \u00fanico objetivo el lograr la certeza subjetiva o la utilidad pr\u00e1ctica. De aqu\u00ed se desprende como consecuencia el ofuscamiento de la aut\u00e9ntica dignidad de la raz\u00f3n, que ya no es capaz de conocer lo verdadero y de buscar lo absoluto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">48. En este \u00faltimo per\u00edodo de la historia de la filosof\u00eda se constata, pues, una progresiva separaci\u00f3n entre la fe y la raz\u00f3n filos\u00f3fica. Es cierto que, si se observa atentamente, incluso en la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica de aquellos que han contribuido a aumentar la distancia entre fe y raz\u00f3n aparecen a veces g\u00e9rmenes preciosos de pensamiento que, profundizados y desarrollados con rectitud de mente y coraz\u00f3n, pueden ayudar a descubrir el camino de la verdad. Estos g\u00e9rmenes de pensamiento se encuentran, por ejemplo, en los an\u00e1lisis profundos sobre la percepci\u00f3n y la experiencia, lo imaginario y el inconsciente, la personalidad y la intersubjetividad, la libertad y los valores, el tiempo y la historia; incluso el tema de la muerte puede llegar a ser para todo pensador una seria llamada a buscar dentro de s\u00ed mismo el sentido aut\u00e9ntico de la propia existencia. Sin embargo, esto no quita que la relaci\u00f3n actual entre la fe y la raz\u00f3n exija un atento esfuerzo de discernimiento, ya que tanto la fe como la raz\u00f3n se han empobrecido y debilitado una ante la otra. La raz\u00f3n, privada de la aportaci\u00f3n de la Revelaci\u00f3n, ha recorrido caminos secundarios que tienen el peligro de hacerle perder de vista su meta final. La fe, privada de la raz\u00f3n, ha subrayado el sentimiento y la experiencia, corriendo el riesgo de dejar de ser una propuesta universal. Es ilusorio pensar que la fe, ante una raz\u00f3n d\u00e9bil, tenga mayor incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser reducida a mito o superstici\u00f3n. Del mismo modo, una raz\u00f3n que no tenga ante s\u00ed una fe adulta no se siente motivada a dirigir la mirada hacia la novedad y radicalidad del ser.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No es inoportuna, por tanto, mi llamada fuerte e incisiva para que la fe y la filosof\u00eda recuperen la unidad profunda que les hace capaces de ser coherentes con su naturaleza en el respeto de la rec\u00edproca autonom\u00eda. A la&nbsp;<em>parres\u00eda&nbsp;<\/em>de la fe debe corresponder la audacia de la raz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO V<br>INTERVENCIONES DEL MAGISTERIO<br>EN CUESTIONES FILOS\u00d3FICAS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El discernimiento del Magisterio como diacon\u00eda de la verdad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">49. La Iglesia no propone una filosof\u00eda propia ni canoniza una filosof\u00eda en particular con menoscabo de otras.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241I\">54<\/a><\/sup>&nbsp;El motivo profundo de esta cautela est\u00e1 en el hecho de que la filosof\u00eda, incluso cuando se relaciona con la teolog\u00eda, debe proceder seg\u00fan sus m\u00e9todos y sus reglas; de otro modo, no habr\u00eda garant\u00edas de que permanezca orientada hacia la verdad, tendiendo a ella con un procedimiento racionalmente controlable. De poca ayuda ser\u00eda una filosof\u00eda que no procediese a la luz de la raz\u00f3n seg\u00fan sus propios principios y metodolog\u00edas espec\u00edficas. En el fondo, la ra\u00edz de la autonom\u00eda de la que goza la filosof\u00eda radica en el hecho de que la raz\u00f3n est\u00e1 por naturaleza orientada a la verdad y cuenta en s\u00ed misma con los medios necesarios para alcanzarla. Una filosof\u00eda consciente de este \u00ab estatuto constitutivo \u00bb suyo respeta necesariamente tambi\u00e9n las exigencias y las evidencias propias de la verdad revelada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La historia ha mostrado, sin embargo, las desviaciones y los errores en los que no pocas veces ha incurrido el pensamiento filos\u00f3fico, sobre todo moderno. No es tarea ni competencia del Magisterio intervenir para colmar las lagunas de un razonamiento filos\u00f3fico incompleto. Por el contrario, es un deber suyo reaccionar de forma clara y firme cuando tesis filos\u00f3ficas discutibles amenazan la comprensi\u00f3n correcta del dato revelado y cuando se difunden teor\u00edas falsas y parciales que siembran graves errores, confundiendo la simplicidad y la pureza de la fe del pueblo de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">50. El Magisterio eclesi\u00e1stico puede y debe, por tanto, ejercer con autoridad, a la luz de la fe, su propio discernimiento cr\u00edtico en relaci\u00f3n con las filosof\u00edas y las afirmaciones que se contraponen a la doctrina cristiana.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241J\">55<\/a><\/sup>&nbsp;Corresponde al Magisterio indicar, ante todo, los presupuestos y conclusiones filos\u00f3ficas que fueran incompatibles con la verdad revelada, formulando as\u00ed las exigencias que desde el punto de vista de la fe se imponen a la filosof\u00eda. Adem\u00e1s, en el desarrollo del saber filos\u00f3fico han surgido diversas escuelas de pensamiento. Este pluralismo sit\u00faa tambi\u00e9n al Magisterio ante la responsabilidad de expresar su juicio sobre la compatibilidad o no de las concepciones de fondo sobre las que estas escuelas se basan con las exigencias propias de la palabra de Dios y de la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia tiene el deber de indicar lo que en un sistema filos\u00f3fico puede ser incompatible con su fe. En efecto, muchos contenidos filos\u00f3ficos, como los temas de Dios, del hombre, de su libertad y su obrar \u00e9tico, la emplazan directamente porque afectan a la verdad revelada que ella custodia. Cuando nosotros los Obispos ejercemos este discernimiento tenemos la misi\u00f3n de ser \u00ab testigos de la verdad \u00bb en el cumplimiento de una diacon\u00eda humilde pero tenaz, que todos los fil\u00f3sofos deber\u00edan apreciar, en favor de la&nbsp;<em>recta ratio<\/em>, o sea, de la raz\u00f3n que reflexiona correctamente sobre la verdad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">51. Este discernimiento no debe entenderse en primer t\u00e9rmino de forma negativa, como si la intenci\u00f3n del Magisterio fuera eliminar o reducir cualquier posible mediaci\u00f3n. Al contrario, sus intervenciones se dirigen en primer lugar a estimular, promover y animar el pensamiento filos\u00f3fico. Por otra parte, los fil\u00f3sofos son los primeros que comprenden la exigencia de la autocr\u00edtica, de la correcci\u00f3n de posible errores y de la necesidad de superar los l\u00edmites demasiado estrechos en los que se enmarca su reflexi\u00f3n. Se debe considerar, de modo particular, que la verdad es una, aunque sus expresiones lleven la impronta de la historia y, a\u00fan m\u00e1s, sean obra de una raz\u00f3n humana herida y debilitada por el pecado. De esto resulta que ninguna forma hist\u00f3rica de filosof\u00eda puede leg\u00edtimamente pretender abarcar toda la verdad, ni ser la explicaci\u00f3n plena del ser humano, del mundo y de la relaci\u00f3n del hombre con Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hoy adem\u00e1s, ante la pluralidad de sistemas, m\u00e9todos, conceptos y argumentos filos\u00f3ficos, con frecuencia extremamente particularizados, se impone con mayor urgencia un discernimiento cr\u00edtico a la luz de la fe. Este discernimiento no es f\u00e1cil, porque si ya es dif\u00edcil reconocer las capacidades propias e inalienables de la raz\u00f3n con sus l\u00edmites constitutivos e hist\u00f3ricos, m\u00e1s problem\u00e1tico a\u00fan puede resultar a veces discernir, en las propuestas filos\u00f3ficas concretas, lo que desde el punto de vista de la fe ofrecen como v\u00e1lido y fecundo en comparaci\u00f3n con lo que, en cambio, presentan como err\u00f3neo y peligroso. De todos modos, la Iglesia sabe que \u00ab los tesoros de la sabidur\u00eda y de la ciencia \u00bb est\u00e1n ocultos en Cristo (<em>Col&nbsp;<\/em>2, 3); por esto interviene animando la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica, para que no se cierre el camino que conduce al reconocimiento del misterio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">52. Las intervenciones del Magisterio de la Iglesia para expresar su pensamiento en relaci\u00f3n con determinadas doctrinas filos\u00f3ficas no son s\u00f3lo recientes. Como ejemplo baste recordar, a lo largo de los siglos, los pronunciamientos sobre las teor\u00edas que sosten\u00edan la preexistencia de las almas,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241K\">56<\/a><\/sup>&nbsp;como tambi\u00e9n sobre las diversas formas de idolatr\u00eda y de esoterismo supersticioso contenidas en tesis astrol\u00f3gicas;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241L\">57<\/a><\/sup>&nbsp;sin olvidar los textos m\u00e1s sistem\u00e1ticos contra algunas tesis del averro\u00edsmo latino, incompatibles con la fe cristiana.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241M\">58<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si la palabra del Magisterio se ha hecho o\u00edr m\u00e1s frecuentemente a partir de la mitad del siglo pasado ha sido porque en aquel per\u00edodo muchos cat\u00f3licos sintieron el deber de contraponer una filosof\u00eda propia a las diversas corrientes del pensamiento moderno. Por este motivo, el Magisterio de la Iglesia se vio obligado a vigilar que estas filosof\u00edas no se desviasen, a su vez, hacia formas err\u00f3neas y negativas. Fueron as\u00ed censurados al mismo tiempo, por una parte, el&nbsp;<em>fide\u00edsmo<\/em>&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241N\">59<\/a><\/sup>&nbsp;y el&nbsp;<em>tradicionalismo radical<\/em>,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241O\">60<\/a><\/sup>&nbsp;por su desconfianza en las capacidades naturales de la raz\u00f3n; y por otra, el&nbsp;<em>racionalismo<\/em>&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241P\">61<\/a><\/sup>&nbsp;y el&nbsp;<em>ontologismo<\/em>,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241Q\">62<\/a><\/sup>&nbsp;porque atribu\u00edan a la raz\u00f3n natural lo que es cognoscible s\u00f3lo a la luz de la fe. Los contenidos positivos de este debate se formalizaron en la Constituci\u00f3n dogm\u00e1tica&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, con la que por primera vez un Concilio ecum\u00e9nico, el Vaticano I, interven\u00eda solemnemente sobre las relaciones entre la raz\u00f3n y la fe. La ense\u00f1anza contenida en este texto influy\u00f3 con fuerza y de forma positiva en la investigaci\u00f3n filos\u00f3fica de muchos creyentes y es todav\u00eda hoy un punto de referencia normativo para una correcta y coherente reflexi\u00f3n cristiana en este \u00e1mbito particular.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">53. Las intervenciones del Magisterio se han ocupado no tanto de tesis filos\u00f3ficas concretas, como de la necesidad del conocimiento racional y, por tanto, filos\u00f3fico para la inteligencia de la fe. El Concilio Vaticano I, sintetizando y afirmando de forma solemne las ense\u00f1anzas que de forma ordinaria y constante el Magisterio pontificio hab\u00eda propuesto a los fieles, puso de relieve lo inseparables y al mismo tiempo irreducibles que son el conocimiento natural de Dios y la Revelaci\u00f3n, la raz\u00f3n y la fe. El Concilio part\u00eda de la exigencia fundamental, presupuesta por la Revelaci\u00f3n misma, de la cognoscibilidad natural de la existencia de Dios, principio y fin de todas las cosas,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241R\">63<\/a><\/sup>&nbsp;y conclu\u00eda con la afirmaci\u00f3n solemne ya citada: \u00ab Hay un doble orden de conocimiento, distinto no s\u00f3lo por su principio, sino tambi\u00e9n por su objeto \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241S\">64<\/a><\/sup>&nbsp;Era pues necesario afirmar, contra toda forma de racionalismo, la distinci\u00f3n entre los misterios de la fe y los hallazgos filos\u00f3ficos, as\u00ed como la trascendencia y precedencia de aqu\u00e9llos respecto a \u00e9stos; por otra parte, frente a las tentaciones fide\u00edstas, era preciso recalcar la unidad de la verdad y, por consiguiente tambi\u00e9n, la aportaci\u00f3n positiva que el conocimiento racional puede y debe dar al conocimiento de la fe: \u00ab Pero, aunque la fe est\u00e9 por encima de la raz\u00f3n; sin embargo, ninguna verdadera disensi\u00f3n puede jam\u00e1s darse entre la fe y la raz\u00f3n, como quiera que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la raz\u00f3n, y Dios no puede negarse a s\u00ed mismo ni la verdad contradecir jam\u00e1s a la verdad \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241T\">65<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">54. Tambi\u00e9n en nuestro siglo el Magisterio ha vuelto sobre el tema en varias ocasiones llamando la atenci\u00f3n contra la tentaci\u00f3n racionalista. En este marco se deben situar las intervenciones del Papa san P\u00edo X, que puso de relieve c\u00f3mo en la base del modernismo se hallan aserciones filos\u00f3ficas de orientaci\u00f3n fenom\u00e9nica, agn\u00f3stica e inmanentista.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241U\">66<\/a><\/sup>&nbsp;Tampoco se puede olvidar la importancia que tuvo el rechazo cat\u00f3lico de la filosof\u00eda marxista y del comunismo ateo.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241V\">67<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Posteriormente el Papa P\u00edo XII hizo o\u00edr su voz cuando, en la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a><\/em>, llam\u00f3 la atenci\u00f3n sobre las interpretaciones err\u00f3neas relacionadas con las tesis del evolucionismo, del existencialismo y del historicismo. Precisaba que estas tesis hab\u00edan sido elaboradas y eran propuestas no por te\u00f3logos, sino que ten\u00edan su origen \u00ab fuera del redil de Cristo \u00bb;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241W\">68<\/a><\/sup>&nbsp;as\u00ed mismo, a\u00f1ad\u00eda que estas desviaciones deb\u00edan ser no s\u00f3lo rechazadas, sino adem\u00e1s examinadas cr\u00edticamente: \u00ab Ahora bien, a los te\u00f3logos y fil\u00f3sofos cat\u00f3licos, a quienes incumbe el grave cargo de defender la verdad divina y humana y sembrarla en las almas de los hombres, no les es l\u00edcito ni ignorar ni descuidar esas opiniones que se apartan m\u00e1s o menos del recto camino. M\u00e1s a\u00fan, es menester que las conozcan a fondo, primero porque no se curan bien las enfermedades si no son de antemano debidamente conocidas; luego, porque alguna vez en esos mismos falsos sistemas se esconde algo de verdad; y, finalmente, porque estimulan la mente a investigar y ponderar con m\u00e1s diligencia algunas verdades filos\u00f3ficas y teol\u00f3gicas \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241X\">69<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por \u00faltimo, tambi\u00e9n la Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, en cumplimiento de su espec\u00edfica tarea al servicio del magisterio universal del Romano Pont\u00edfice,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241Y\">70<\/a><\/sup>&nbsp;ha debido intervenir para se\u00f1alar el peligro que comporta asumir acr\u00edticamente, por parte de algunos te\u00f3logos de la liberaci\u00f3n, tesis y metodolog\u00edas derivadas del marxismo.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%241Z\">71<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed pues, en el pasado el Magisterio ha ejercido repetidamente y bajo diversas modalidades el discernimiento en materia filos\u00f3fica. Todo lo que mis Venerados Predecesores han ense\u00f1ado es una preciosa contribuci\u00f3n que no se puede olvidar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">55. Si consideramos nuestra situaci\u00f3n actual, vemos que vuelven los problemas del pasado, pero con nuevas peculiaridades. No se trata ahora s\u00f3lo de cuestiones que interesan a personas o grupos concretos, sino de convicciones tan difundidas en el ambiente que llegan a ser en cierto modo mentalidad com\u00fan. Tal es, por ejemplo, la desconfianza radical en la raz\u00f3n que manifiestan las exposiciones m\u00e1s recientes de muchos estudios filos\u00f3ficos. Al respecto, desde varios sectores se ha hablado del \u00ab final de la metaf\u00edsica \u00bb: se pretende que la filosof\u00eda se contente con objetivos m\u00e1s modestos, como la simple interpretaci\u00f3n del hecho o la mera investigaci\u00f3n sobre determinados campos del saber humano o sobre sus estructuras.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la teolog\u00eda misma vuelven a aparecer las tentaciones del pasado. Por ejemplo, en algunas teolog\u00edas contempor\u00e1neas se abre camino nuevamente un cierto&nbsp;<em>racionalismo<\/em>, sobre todo cuando se toman como norma para la investigaci\u00f3n filos\u00f3fica afirmaciones consideradas filos\u00f3ficamente fundadas. Esto sucede principalmente cuando el te\u00f3logo, por falta de competencia filos\u00f3fica, se deja condicionar de forma acr\u00edtica por afirmaciones que han entrado ya en el lenguaje y en la cultura corriente, pero que no tienen suficiente base racional.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2420\">72<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tampoco faltan rebrotes peligrosos de&nbsp;<em>fide\u00edsmo<\/em>, que no acepta la importancia del conocimiento racional y de la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica para la inteligencia de la fe y, m\u00e1s a\u00fan, para la posibilidad misma de creer en Dios. Una expresi\u00f3n de esta tendencia fide\u00edsta difundida hoy es el \u00ab biblicismo \u00bb, que tiende a hacer de la lectura de la Sagrada Escritura o de su ex\u00e9gesis el \u00fanico punto de referencia para la verdad. Sucede as\u00ed que se identifica la palabra de Dios solamente con la Sagrada Escritura, vaciando as\u00ed de sentido la doctrina de la Iglesia confirmada expresamente por el Concilio Ecum\u00e9nico Vaticano II. La Constituci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, despu\u00e9s de recordar que la palabra de Dios est\u00e1 presente tanto en los textos sagrados como en la Tradici\u00f3n,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2421\">73<\/a><\/sup>&nbsp;afirma claramente: \u00ab La Tradici\u00f3n y la Escritura constituyen el dep\u00f3sito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho dep\u00f3sito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apost\u00f3lica \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2422\">74<\/a><\/sup>&nbsp;La Sagrada Escritura, por tanto, no es solamente punto de referencia para la Iglesia. En efecto, la \u00ab suprema norma de su fe \u00bb&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2423\">75<\/a><\/sup>&nbsp;proviene de la unidad que el Esp\u00edritu ha puesto entre la Sagrada Tradici\u00f3n, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia en una reciprocidad tal que los tres no pueden subsistir de forma independiente.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2424\">76<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No hay que infravalorar, adem\u00e1s, el peligro de la aplicaci\u00f3n de una sola metodolog\u00eda para llegar a la verdad de la Sagrada Escritura, olvidando la necesidad de una ex\u00e9gesis m\u00e1s amplia que permita comprender, junto con toda la Iglesia, el sentido pleno de los textos. Cuantos se dedican al estudio de las Sagradas Escrituras deben tener siempre presente que las diversas metodolog\u00edas hermen\u00e9uticas se apoyan en una determinada concepci\u00f3n filos\u00f3fica. Por ello, es preciso analizarla con discernimiento antes de aplicarla a los textos sagrados.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Otras formas latentes de fide\u00edsmo se pueden reconocer en la escasa consideraci\u00f3n que se da a la teolog\u00eda especulativa, como tambi\u00e9n en el desprecio de la filosof\u00eda cl\u00e1sica, de cuyas nociones han extra\u00eddo sus t\u00e9rminos tanto la inteligencia de la fe como las mismas formulaciones dogm\u00e1ticas. El Papa P\u00edo XII, de venerada memoria, llam\u00f3 la atenci\u00f3n sobre este olvido de la tradici\u00f3n filos\u00f3fica y sobre el abandono de las terminolog\u00edas tradicionales.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2425\">77<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">56. En definitiva, se nota una difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas, sobre todo por parte de quienes consideran que la verdad es el resultado del consenso y no de la adecuaci\u00f3n del intelecto a la realidad objetiva. Ciertamente es comprensible que, en un mundo dividido en muchos campos de especializaci\u00f3n, resulte dif\u00edcil reconocer el sentido total y \u00faltimo de la vida que la filosof\u00eda ha buscado tradicionalmente. No obstante, a la luz de la fe que reconoce en Jesucristo este sentido \u00faltimo, debo animar a los fil\u00f3sofos, cristianos o no, a confiar en la capacidad de la raz\u00f3n humana y a no fijarse metas demasiado modestas en su filosofar. La lecci\u00f3n de la historia del milenio que estamos concluyendo testimonia que \u00e9ste es el camino a seguir: es preciso no perder la pasi\u00f3n por la verdad \u00faltima y el anhelo por su b\u00fasqueda, junto con la audacia de descubrir nuevos rumbos. La fe mueve a la raz\u00f3n a salir de todo aislamiento y a apostar de buen grado por lo que es bello, bueno y verdadero. As\u00ed, la fe se hace abogada convencida y convincente de la raz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El inter\u00e9s de la Iglesia por la filosof\u00eda<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">57. El Magisterio no se ha limitado s\u00f3lo a mostrar los errores y las desviaciones de las doctrinas filos\u00f3ficas. Con la misma atenci\u00f3n ha querido reafirmar los principios fundamentales para una genuina renovaci\u00f3n del pensamiento filos\u00f3fico, indicando tambi\u00e9n las v\u00edas concretas a seguir. En este sentido, el Papa Le\u00f3n XIII con su Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/leo-xiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_04081879_aeterni-patris.html\">\u00c6terni Patris<\/a>&nbsp;<\/em>dio un paso de gran alcance hist\u00f3rico para la vida de la Iglesia. Este texto ha sido hasta hoy el \u00fanico documento pontificio de esa categor\u00eda dedicado \u00edntegramente a la filosof\u00eda. El gran Pont\u00edfice recogi\u00f3 y desarroll\u00f3 las ense\u00f1anzas del Concilio Vaticano I sobre la relaci\u00f3n entre fe y raz\u00f3n, mostrando c\u00f3mo el pensamiento filos\u00f3fico es una aportaci\u00f3n fundamental para la fe y la ciencia teol\u00f3gica.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2426\">78<\/a><\/sup>&nbsp;M\u00e1s de un siglo despu\u00e9s, muchas indicaciones de aquel texto no han perdido nada de su inter\u00e9s tanto desde el punto de vista pr\u00e1ctico como pedag\u00f3gico; sobre todo, lo relativo al valor incomparable de la filosof\u00eda de santo Tom\u00e1s. El proponer de nuevo el pensamiento del Doctor Ang\u00e9lico era para el Papa Le\u00f3n XIII el mejor camino para recuperar un uso de la filosof\u00eda conforme a las exigencias de la fe. Afirmaba que santo Tom\u00e1s, \u00ab distinguiendo muy bien la raz\u00f3n de la fe, como es justo, pero asoci\u00e1ndolas amigablemente, conserv\u00f3 los derechos de una y otra, y provey\u00f3 a su dignidad \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2427\">79<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">58. Son conocidas las numerosas y oportunas consecuencias de aquella propuesta pontificia. Los estudios sobre el pensamiento de santo Tom\u00e1s y de otros autores escol\u00e1sticos recibieron nuevo impulso. Se dio un vigoroso empuje a los estudios hist\u00f3ricos, con el consiguiente descubrimiento de las riquezas del pensamiento medieval, muy desconocidas hasta aquel momento, y se formaron nuevas escuelas tomistas. Con la aplicaci\u00f3n de la metodolog\u00eda hist\u00f3rica, el conocimiento de la obra de santo Tom\u00e1s experiment\u00f3 grandes avances y fueron numerosos los estudiosos que con audacia llevaron la tradici\u00f3n tomista a la discusi\u00f3n de los problemas filos\u00f3ficos y teol\u00f3gicos de aquel momento. Los te\u00f3logos cat\u00f3licos m\u00e1s influyentes de este siglo, a cuya reflexi\u00f3n e investigaci\u00f3n debe mucho el Concilio Vaticano II, son hijos de esta renovaci\u00f3n de la filosof\u00eda tomista. La Iglesia ha podido as\u00ed disponer, a lo largo del siglo XX, de un n\u00famero notable de pensadores formados en la escuela del Doctor Ang\u00e9lico.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">59. La renovaci\u00f3n tomista y neotomista no ha sido el \u00fanico signo de restablecimiento del pensamiento filos\u00f3fico en la cultura de inspiraci\u00f3n cristiana. Ya antes, y paralelamente a la propuesta de Le\u00f3n XIII, hab\u00edan surgido no pocos fil\u00f3sofos cat\u00f3licos que elaboraron obras filos\u00f3ficas de gran influjo y de valor perdurable, enlazando con corrientes de pensamiento m\u00e1s recientes, de acuerdo con una metodolog\u00eda propia. Hubo quienes lograron s\u00edntesis de tan alto nivel que no tienen nada que envidiar a los grandes sistemas del idealismo; quienes, adem\u00e1s, pusieron las bases epistemol\u00f3gicas para una nueva reflexi\u00f3n sobre la fe a la luz de una renovada comprensi\u00f3n de la conciencia moral; quienes, adem\u00e1s, crearon una filosof\u00eda que, partiendo del an\u00e1lisis de la inmanencia, abr\u00eda el camino hacia la trascendencia; y quienes, por \u00faltimo, intentaron conjugar las exigencias de la fe en el horizonte de la metodolog\u00eda fenomenol\u00f3gica. En definitiva, desde diversas perspectivas se han seguido elaborando formas de especulaci\u00f3n filos\u00f3fica que han buscado mantener viva la gran tradici\u00f3n del pensamiento cristiano en la unidad de la fe y la raz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">60. El Concilio Ecum\u00e9nico Vaticano II, por su parte, presenta una ense\u00f1anza muy rica y fecunda en relaci\u00f3n con la filosof\u00eda. No puedo olvidar, sobre todo en el contexto de esta Enc\u00edclica, que un cap\u00edtulo de la Constituci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a>&nbsp;<\/em>es casi un compendio de antropolog\u00eda b\u00edblica, fuente de inspiraci\u00f3n tambi\u00e9n para la filosof\u00eda. En aquellas p\u00e1ginas se trata del valor de la persona humana creada a imagen de Dios, se fundamenta su dignidad y superioridad sobre el resto de la creaci\u00f3n y se muestra la capacidad trascendente de su raz\u00f3n.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2428\">80<\/a><\/sup>&nbsp;Tambi\u00e9n el problema del ate\u00edsmo es considerado en la&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, exponiendo bien los errores de esta visi\u00f3n filos\u00f3fica, sobre todo en relaci\u00f3n con la dignidad inalienable de la persona y de su libertad.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2429\">81<\/a><\/sup>&nbsp;Ciertamente tiene tambi\u00e9n un profundo significado filos\u00f3fico la expresi\u00f3n culminante de aquellas p\u00e1ginas, que he citado en mi primera Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a>&nbsp;<\/em>y que representa uno de los puntos de referencia constante de mi ense\u00f1anza: \u00ab Realmente, el misterio del hombre s\u00f3lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Ad\u00e1n, el primer hombre, era figura del que hab\u00eda de venir, es decir, de Cristo, el Se\u00f1or. Cristo, el nuevo Ad\u00e1n, en la misma revelaci\u00f3n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocaci\u00f3n \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242A\">82<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio se ha ocupado tambi\u00e9n del estudio de la filosof\u00eda, al que deben dedicarse los candidatos al sacerdocio; se trata de recomendaciones extensibles m\u00e1s en general a la ense\u00f1anza cristiana en su conjunto. Afirma el Concilio: \u00ab Las asignaturas filos\u00f3ficas deben ser ense\u00f1adas de tal manera que los alumnos lleguen, ante todo, a adquirir un conocimiento fundado y coherente del hombre, del mundo y de Dios, basados en el patrimonio filos\u00f3fico v\u00e1lido para siempre, teniendo en cuenta tambi\u00e9n las investigaciones filos\u00f3ficas de cada tiempo \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242B\">83<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Estas directrices han sido confirmadas y especificadas en otros documentos magisteriales con el fin de garantizar una s\u00f3lida formaci\u00f3n filos\u00f3fica, sobre todo para quienes se preparan a los estudios teol\u00f3gicos. Por mi parte, en varias ocasiones he se\u00f1alado la importancia de esta formaci\u00f3n filos\u00f3fica para los que deber\u00e1n un d\u00eda, en la vida pastoral, enfrentarse a las exigencias del mundo contempor\u00e1neo y examinar las causas de ciertos comportamientos para darles una respuesta adecuada.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242C\">84<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">61. Si en diversas circunstancias ha sido necesario intervenir sobre este tema, reiterando el valor de las intuiciones del Doctor Ang\u00e9lico e insistiendo en el conocimiento de su pensamiento, se ha debido a que las directrices del Magisterio no han sido observadas siempre con la deseable disponibilidad. En muchas escuelas cat\u00f3licas, en los a\u00f1os que siguieron al Concilio Vaticano II, se pudo observar al respecto una cierta decadencia debido a una menor estima, no s\u00f3lo de la filosof\u00eda escol\u00e1stica, sino m\u00e1s en general del mismo estudio de la filosof\u00eda. Con sorpresa y pena debo constatar que no pocos te\u00f3logos comparten este desinter\u00e9s por el estudio de la filosof\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Varios son los motivos de esta poca estima. En primer lugar, debe tenerse en cuenta la desconfianza en la raz\u00f3n que manifiesta gran parte de la filosof\u00eda contempor\u00e1nea, abandonando ampliamente la b\u00fasqueda metaf\u00edsica sobre las preguntas \u00faltimas del hombre, para concentrar su atenci\u00f3n en los problemas particulares y regionales, a veces incluso puramente formales. Se debe a\u00f1adir adem\u00e1s el equ\u00edvoco que se ha creado sobre todo en relaci\u00f3n con las \u00ab ciencias humanas \u00bb. El Concilio Vaticano II ha remarcado varias veces el valor positivo de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica para un conocimiento m\u00e1s profundo del misterio del hombre.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242D\">85<\/a><\/sup>&nbsp;La invitaci\u00f3n a los te\u00f3logos para que conozcan estas ciencias y, si es menester, las apliquen correctamente en su investigaci\u00f3n no debe, sin embargo, ser interpretada como una autorizaci\u00f3n impl\u00edcita a marginar la filosof\u00eda o a sustituirla en la formaci\u00f3n pastoral y en la&nbsp;<em>praeparatio fidei<\/em>. No se puede olvidar, por \u00faltimo, el renovado inter\u00e9s por la inculturaci\u00f3n de la fe. De modo particular, la vida de las Iglesias j\u00f3venes ha permitido descubrir, junto a elevadas formas de pensamiento, la presencia de m\u00faltiples expresiones de sabidur\u00eda popular. Esto es un patrimonio real de cultura y de tradiciones. Sin embargo, el estudio de las usanzas tradicionales debe ir de acuerdo con la investigaci\u00f3n filos\u00f3fica. \u00c9sta permitir\u00e1 sacar a luz los aspectos positivos de la sabidur\u00eda popular, creando su necesaria relaci\u00f3n con el anuncio del Evangelio.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242E\">86<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">62. Deseo reafirmar decididamente que el estudio de la filosof\u00eda tiene un car\u00e1cter fundamental e imprescindible en la estructura de los estudios teol\u00f3gicos y en la formaci\u00f3n de los candidatos al sacerdocio. No es casual que el&nbsp;<em>curriculum&nbsp;<\/em>de los estudios teol\u00f3gicos vaya precedido por un per\u00edodo de tiempo en el cual est\u00e1 previsto una especial dedicaci\u00f3n al estudio de la filosof\u00eda. Esta opci\u00f3n, confirmada por el Concilio Laterano V,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242F\">87<\/a><\/sup>&nbsp;tiene sus ra\u00edces en la experiencia madurada durante la Edad Media, cuando se puso en evidencia la importancia de una armon\u00eda constructiva entre el saber filos\u00f3fico y el teol\u00f3gico. Esta ordenaci\u00f3n de los estudios ha influido, facilitado y promovido, incluso de forma indirecta, una buena parte del desarrollo de la filosof\u00eda moderna. Un ejemplo significativo es la influencia ejercida por las&nbsp;<em>Disputationes metaphysicae&nbsp;<\/em>de Francisco Su\u00e1rez, que tuvieron eco hasta en las universidades luteranas alemanas. Por el contrario, la desaparici\u00f3n de esta metodolog\u00eda caus\u00f3 graves carencias tanto en la formaci\u00f3n sacerdotal como en la investigaci\u00f3n teol\u00f3gica. T\u00e9ngase en cuenta, por ejemplo, en la falta de inter\u00e9s por el pensamiento y la cultura moderna, que ha llevado al rechazo de cualquier forma de di\u00e1logo o a la acogida indiscriminada de cualquier filosof\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Espero firmemente que estas dificultades se superen con una inteligente formaci\u00f3n filos\u00f3fica y teol\u00f3gica, que nunca debe faltar en la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">63. Apoyado en las razones se\u00f1aladas, me ha parecido urgente poner de relieve con esta Enc\u00edclica el gran inter\u00e9s que la Iglesia tiene por la filosof\u00eda; m\u00e1s a\u00fan, el v\u00ednculo \u00edntimo que une el trabajo teol\u00f3gico con la b\u00fasqueda filos\u00f3fica de la verdad. De aqu\u00ed deriva el deber que tiene el Magisterio de discernir y estimular un pensamiento filos\u00f3fico que no sea discordante con la fe. Mi objetivo es proponer algunos principios y puntos de referencia que considero necesarios para instaurar una relaci\u00f3n armoniosa y eficaz entre la teolog\u00eda y la filosof\u00eda. A su luz ser\u00e1 posible discernir con mayor claridad la relaci\u00f3n que la teolog\u00eda debe establecer con los diversos sistemas y afirmaciones filos\u00f3ficas, que presenta el mundo actual.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO VI<br>INTERACCI\u00d3N ENTRE TEOLOG\u00cdA Y FILOSOF\u00cdA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La ciencia de la fe y las exigencias de la raz\u00f3n filos\u00f3fica<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">64. La palabra de Dios se dirige a cada hombre, en todos los tiempos y lugares de la tierra; y el hombre es naturalmente fil\u00f3sofo. Por su parte, la teolog\u00eda, en cuanto elaboraci\u00f3n refleja y cient\u00edfica de la inteligencia de esta palabra a la luz de la fe, no puede prescindir de relacionarse con las filosof\u00edas elaboradas de hecho a lo largo de la historia, tanto para algunos de sus procedimientos como tambi\u00e9n para lograr sus tareas espec\u00edficas. Sin querer indicar a los te\u00f3logos metodolog\u00edas particulares, cosa que no ata\u00f1e al Magisterio, deseo m\u00e1s bien recordar algunos cometidos propios de la teolog\u00eda, en las que el recurso al pensamiento filos\u00f3fico se impone por la naturaleza misma de la Palabra revelada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">65. La teolog\u00eda se organiza como ciencia de la fe a la luz de un doble principio metodol\u00f3gico: el&nbsp;<em>auditus fidei<\/em>&nbsp;y el&nbsp;<em>intellectus fidei<\/em>. Con el primero, asume los contenidos de la Revelaci\u00f3n tal y como han sido explicitados progresivamente en la Sagrada Tradici\u00f3n, la Sagrada Escritura y el Magisterio vivo de la Iglesia.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242G\">88<\/a><\/sup>&nbsp;Con el segundo, la teolog\u00eda quiere responder a las exigencias propias del pensamiento mediante la reflexi\u00f3n especulativa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En cuanto a la preparaci\u00f3n de un correcto&nbsp;<em>auditus fidei<\/em>, la filosof\u00eda ofrece a la teolog\u00eda su peculiar aportaci\u00f3n al tratar sobre la estructura del conocimiento y de la comunicaci\u00f3n personal y, en particular, sobre las diversas formas y funciones del lenguaje. Igualmente es importante la aportaci\u00f3n de la filosof\u00eda para una comprensi\u00f3n m\u00e1s coherente de la Tradici\u00f3n eclesial, de los pronunciamientos del Magisterio y de las sentencias de los grandes maestros de la teolog\u00eda. En efecto, estos se expresan con frecuencia usando conceptos y formas de pensamiento tomados de una determinada tradici\u00f3n filos\u00f3fica. En este caso, el te\u00f3logo debe no s\u00f3lo exponer los conceptos y t\u00e9rminos con los que la Iglesia reflexiona y elabora su ense\u00f1anza, sino tambi\u00e9n conocer a fondo los sistemas filos\u00f3ficos que han influido eventualmente tanto en las nociones como en la terminolog\u00eda, para llegar as\u00ed a interpretaciones correctas y coherentes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">66. En relaci\u00f3n con el&nbsp;<em>intellectus fidei<\/em>, se debe considerar ante todo que la Verdad divina, \u00ab como se nos propone en las Escrituras interpretadas seg\u00fan la sana doctrina de la Iglesia \u00bb,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242H\">89<\/a><\/sup>&nbsp;goza de una inteligibilidad propia con tanta coherencia l\u00f3gica que se propone como un saber aut\u00e9ntico. El&nbsp;<em>intellectus fidei&nbsp;<\/em>explicita esta verdad, no s\u00f3lo asumiendo las estructuras l\u00f3gicas y conceptuales de las proposiciones en las que se articula la ense\u00f1anza de la Iglesia, sino tambi\u00e9n, y primariamente, mostrando el significado de salvaci\u00f3n que estas proposiciones contienen para el individuo y la humanidad. Gracias al conjunto de estas proposiciones el creyente llega a conocer la historia de la salvaci\u00f3n, que culmina en la persona de Jesucristo y en su misterio pascual. En este misterio participa con su asentimiento de fe.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por su parte, la&nbsp;<em>teolog\u00eda dogm\u00e1tica&nbsp;<\/em>debe ser capaz de articular el sentido universal del misterio de Dios Uno y Trino y de la econom\u00eda de la salvaci\u00f3n tanto de forma narrativa, como sobre todo de forma argumentativa. Esto es, debe hacerlo mediante expresiones conceptuales, formuladas de modo cr\u00edtico y comunicables universalmente. En efecto, sin la aportaci\u00f3n de la filosof\u00eda no se podr\u00edan ilustrar contenidos teol\u00f3gicos como, por ejemplo, el lenguaje sobre Dios, las relaciones personales dentro de la Trinidad, la acci\u00f3n creadora de Dios en el mundo, la relaci\u00f3n entre Dios y el hombre, y la identidad de Cristo que es verdadero Dios y verdadero hombre. Las mismas consideraciones valen para diversos temas de la teolog\u00eda moral, donde es inmediato el recurso a conceptos como ley moral, conciencia, libertad, responsabilidad personal, culpa, etc., que son definidos por la \u00e9tica filos\u00f3fica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es necesario, por tanto, que la raz\u00f3n del creyente tenga un conocimiento natural, verdadero y coherente de las cosas creadas, del mundo y del hombre, que son tambi\u00e9n objeto de la revelaci\u00f3n divina; m\u00e1s todav\u00eda, debe ser capaz de articular dicho conocimiento de forma conceptual y argumentativa. La teolog\u00eda dogm\u00e1tica especulativa, por tanto, presupone e implica una filosof\u00eda del hombre, del mundo y, m\u00e1s radicalmente, del ser, fundada sobre la verdad objetiva.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">67. La&nbsp;<em>teolog\u00eda fundamental<\/em>, por su car\u00e1cter propio de disciplina que tiene la misi\u00f3n de dar raz\u00f3n de la fe (cf.&nbsp;<em>1 Pe&nbsp;<\/em>3, 15), debe encargarse de justificar y explicitar la relaci\u00f3n entre la fe y la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica. Ya el Concilio Vaticano I, recordando la ense\u00f1anza paulina (cf.&nbsp;<em>Rm&nbsp;<\/em>1, 19-20), hab\u00eda llamado la atenci\u00f3n sobre el hecho de que existen verdades cognoscibles naturalmente y, por consiguiente, filos\u00f3ficamente. Su conocimiento constituye un presupuesto necesario para acoger la revelaci\u00f3n de Dios. Al estudiar la Revelaci\u00f3n y su credibilidad, junto con el correspondiente acto de fe, la teolog\u00eda fundamental debe mostrar c\u00f3mo, a la luz de lo conocido por la fe, emergen algunas verdades que la raz\u00f3n ya posee en su camino aut\u00f3nomo de b\u00fasqueda. La Revelaci\u00f3n les da pleno sentido, orient\u00e1ndolas hacia la riqueza del misterio revelado, en el cual encuentran su fin \u00faltimo. Pi\u00e9nsese, por ejemplo, en el conocimiento natural de Dios, en la posibilidad de discernir la revelaci\u00f3n divina de otros fen\u00f3menos, en el reconocimiento de su credibilidad, en la aptitud del lenguaje humano para hablar de forma significativa y verdadera incluso de lo que supera toda experiencia humana. La raz\u00f3n es llevada por todas estas verdades a reconocer la existencia de una v\u00eda realmente proped\u00e9utica a la fe, que puede desembocar en la acogida de la Revelaci\u00f3n, sin menoscabar en nada sus propios principios y su autonom\u00eda.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242I\">90<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Del mismo modo, la teolog\u00eda fundamental debe mostrar la \u00edntima compatibilidad entre la fe y su exigencia fundamental de ser explicitada mediante una raz\u00f3n capaz de dar su asentimiento en plena libertad. As\u00ed, la fe sabr\u00e1 mostrar \u00ab plenamente el camino a una raz\u00f3n que busca sinceramente la verdad. De este modo, la fe, don de Dios, a pesar de no fundarse en la raz\u00f3n, ciertamente no puede prescindir de ella; al mismo tiempo, la raz\u00f3n necesita fortalecerse mediante la fe, para descubrir los horizontes a los que no podr\u00eda llegar por s\u00ed misma \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242J\">91<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">68. La&nbsp;<em>teolog\u00eda moral&nbsp;<\/em>necesita a\u00fan m\u00e1s la aportaci\u00f3n filos\u00f3fica. En efecto, en la Nueva Alianza la vida humana est\u00e1 mucho menos reglamentada por prescripciones que en la Antigua. La vida en el Esp\u00edritu lleva a los creyentes a una libertad y responsabilidad que van m\u00e1s all\u00e1 de la Ley misma. El Evangelio y los escritos apost\u00f3licos proponen tanto principios generales de conducta cristiana como ense\u00f1anzas y preceptos concretos. Para aplicarlos a las circunstancias particulares de la vida individual y social, el cristiano debe ser capaz de emplear a fondo su conciencia y la fuerza de su razonamiento. Con otras palabras, esto significa que la teolog\u00eda moral debe acudir a una visi\u00f3n filos\u00f3fica correcta tanto de la naturaleza humana y de la sociedad como de los principios generales de una decisi\u00f3n \u00e9tica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">69. Se puede tal vez objetar que en la situaci\u00f3n actual el te\u00f3logo deber\u00eda acudir, m\u00e1s que a la filosof\u00eda, a la ayuda de otras formas del saber humano, como la historia y sobre todo las ciencias, cuyos recientes y extraordinarios progresos son admirados por todos. Algunos sostienen, en sinton\u00eda con la difundida sensibilidad sobre la relaci\u00f3n entre fe y culturas, que la teolog\u00eda deber\u00eda dirigirse preferentemente a las sabidur\u00edas tradicionales, m\u00e1s que a una filosof\u00eda de origen griego y de car\u00e1cter euroc\u00e9ntrico. Otros, partiendo de una concepci\u00f3n err\u00f3nea del pluralismo de las culturas, niegan simplemente el valor universal del patrimonio filos\u00f3fico asumido por la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Estas observaciones, presentes ya en las ense\u00f1anzas conciliares,<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242K\">92<\/a><\/sup>&nbsp;tienen una parte de verdad. La referencia a las ciencias, \u00fatil en muchos casos porque permite un conocimiento m\u00e1s completo del objeto de estudio, no debe sin embargo hacer olvidar la necesaria mediaci\u00f3n de una reflexi\u00f3n t\u00edpicamente filos\u00f3fica, cr\u00edtica y dirigida a lo universal, exigida adem\u00e1s por un intercambio fecundo entre las culturas. Debo subrayar que no hay que limitarse al caso individual y concreto, olvidando la tarea primaria de manifestar el car\u00e1cter universal del contenido de fe. Adem\u00e1s, no hay que olvidar que la aportaci\u00f3n peculiar del pensamiento filos\u00f3fico permite discernir, tanto en las diversas concepciones de la vida como en las culturas, \u00ab no lo que piensan los hombres, sino cu\u00e1l es la verdad objetiva \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242L\">93<\/a><\/sup>&nbsp;S\u00f3lo la verdad, y no las diferentes opiniones humanas, puede servir de ayuda a la teolog\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">70. El tema de la relaci\u00f3n con las culturas merece una reflexi\u00f3n espec\u00edfica, aunque no pueda ser exhaustiva, debido a sus implicaciones en el campo filos\u00f3fico y teol\u00f3gico. El proceso de encuentro y confrontaci\u00f3n con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicaci\u00f3n del Evangelio. El mandato de Cristo a los disc\u00edpulos de ir a todas partes \u00ab hasta los confines de la tierra \u00bb (<em>Hch<\/em>, 1, 8) para transmitir la verdad por \u00c9l revelada, permiti\u00f3 a la comunidad cristiana verificar bien pronto la universalidad del anuncio y los obst\u00e1culos derivados de la diversidad de las culturas. Un pasaje de la Carta de san Pablo a los cristianos de \u00c9feso ofrece una valiosa ayuda para comprender c\u00f3mo la comunidad primitiva afront\u00f3 este problema. Escribe el Ap\u00f3stol: \u00ab Mas ahora, en Cristo Jes\u00fas, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, hab\u00e9is llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque \u00e9l es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba \u00bb (2, 13-14).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A la luz de este texto nuestra reflexi\u00f3n considera tambi\u00e9n la transformaci\u00f3n que se dio en los Gentiles cuando llegaron a la fe. Ante la riqueza de la salvaci\u00f3n realizada por Cristo, caen las barreras que separan las diversas culturas. La promesa de Dios en Cristo llega a ser, ahora, una oferta universal, no ya limitada a un pueblo concreto, con su lengua y costumbres, sino extendida a todos como un patrimonio del que cada uno puede libremente participar. Desde lugares y tradiciones diferentes todos est\u00e1n llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios. Cristo permite a los dos pueblos llegar a ser \u00ab uno \u00bb. Aquellos que eran \u00ab los alejados \u00bb se hicieron \u00ab los cercanos \u00bb gracias a la novedad realizada por el misterio pascual. Jes\u00fas derriba los muros de la divisi\u00f3n y realiza la unificaci\u00f3n de forma original y suprema mediante la participaci\u00f3n en su misterio. Esta unidad es tan profunda que la Iglesia puede decir con san Pablo: \u00ab Ya no sois extra\u00f1os ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios \u00bb (<em>Ef&nbsp;<\/em>2, 19).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En una expresi\u00f3n tan simple est\u00e1 descrita una gran verdad: el encuentro de la fe con las diversas culturas de hecho ha dado vida a una realidad nueva. Las culturas, cuando est\u00e1n profundamente enraizadas en lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura t\u00edpica del hombre a lo universal y a la trascendencia. Por ello, ofrecen modos diversos de acercamiento a la verdad, que son de indudable utilidad para el hombre al que sugieren valores capaces de hacer cada vez m\u00e1s humana su existencia.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242M\">94<\/a><\/sup>&nbsp;Como adem\u00e1s las culturas evocan los valores de las tradiciones antiguas, llevan consigo \u2014aunque de manera impl\u00edcita, pero no por ello menos real\u2014 la referencia a la manifestaci\u00f3n de Dios en la naturaleza, como se ha visto precedentemente hablando de los textos sapienciales y de las ense\u00f1anzas de san Pablo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">71. Las culturas, estando en estrecha relaci\u00f3n con los hombres y con su historia, comparten el dinamismo propio del tiempo humano. Se aprecian en consecuencia transformaciones y progresos debidos a los encuentros entre los hombres y a los intercambios rec\u00edprocos de sus modelos de vida. Las culturas se alimentan de la comunicaci\u00f3n de valores, y su vitalidad y subsistencia proceden de su capacidad de permanecer abiertas a la acogida de lo nuevo. \u00bfCu\u00e1l es la explicaci\u00f3n de este dinamismo? Cada hombre est\u00e1 inmerso en una cultura, de ella depende y sobre ella influye. \u00c9l es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece. En cada expresi\u00f3n de su vida, lleva consigo algo que lo diferencia del resto de la creaci\u00f3n: su constante apertura al misterio y su inagotable deseo de conocer. En consecuencia, toda cultura lleva impresa y deja entrever la tensi\u00f3n hacia una plenitud. Se puede decir, pues, que la cultura tiene en s\u00ed misma la posibilidad de acoger la revelaci\u00f3n divina.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La forma en la que los cristianos viven la fe est\u00e1 tambi\u00e9n impregnada por la cultura del ambiente circundante y contribuye, a su vez, a modelar progresivamente sus caracter\u00edsticas. Los cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios, revelada por \u00c9l en la historia y en la cultura de un pueblo. A lo largo de los siglos se sigue produciendo el acontecimiento del que fueron testigos los peregrinos presentes en Jerusal\u00e9n el d\u00eda de Pentecost\u00e9s. Escuchando a los Ap\u00f3stoles se preguntaban: \u00ab \u00bfEs que no son galileos todos estos que est\u00e1n hablando? Pues \u00bfc\u00f3mo cada uno de nosotros les o\u00edmos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, jud\u00edos y pros\u00e9litos, cretenses y \u00e1rabes, todos les o\u00edmos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>2, 7-11). El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesi\u00f3n de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia. Ello no crea divisi\u00f3n alguna, porque el pueblo de los bautizados se distingue por una universalidad que sabe acoger cada cultura, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de impl\u00edcito hacia su plena explicitaci\u00f3n en la verdad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De esto deriva que una cultura nunca puede ser criterio de juicio y menos a\u00fan criterio \u00faltimo de verdad en relaci\u00f3n con la revelaci\u00f3n de Dios. El Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece oblig\u00e1ndola a asumir formas extr\u00ednsecas no conformes a la misma. Al contrario, el anuncio que el creyente lleva al mundo y a las culturas es una forma real de liberaci\u00f3n de los des\u00f3rdenes introducidos por el pecado y, al mismo tiempo, una llamada a la verdad plena. En este encuentro, las culturas no s\u00f3lo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evang\u00e9lica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">72. El hecho de que la misi\u00f3n evangelizadora haya encontrado en su camino primero a la filosof\u00eda griega, no significa en modo alguno que excluya otras aportaciones. Hoy, a medida que el Evangelio entra en contacto con \u00e1reas culturales que han permanecido hasta ahora fuera del \u00e1mbito de irradiaci\u00f3n del cristianismo, se abren nuevos cometidos a la inculturaci\u00f3n. Se presentan a nuestra generaci\u00f3n problemas an\u00e1logos a los que la Iglesia tuvo que afrontar en los primeros siglos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mi pensamiento se dirige espont\u00e1neamente a las tierras del Oriente, ricas de tradiciones religiosas y filos\u00f3ficas muy antiguas. Entre ellas, la India ocupa un lugar particular. Un gran movimiento espiritual lleva el pensamiento indio a la b\u00fasqueda de una experiencia que, liberando el esp\u00edritu de los condicionamientos del tiempo y del espacio, tenga valor absoluto. En el dinamismo de esta b\u00fasqueda de liberaci\u00f3n se sit\u00faan grandes sistemas metaf\u00edsicos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Corresponde a los cristianos de hoy, sobre todo a los de la India, sacar de este rico patrimonio los elementos compatibles con su fe de modo que enriquezcan el pensamiento cristiano. Para esta obra de discernimiento, que encuentra su inspiraci\u00f3n en la Declaraci\u00f3n conciliar&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html\">Nostra aetate<\/a><\/em>, tendr\u00e1n en cuenta varios criterios. El primero es el de la universalidad del esp\u00edritu humano, cuyas exigencias fundamentales son id\u00e9nticas en las culturas m\u00e1s diversas. El segundo, derivado del primero, consiste en que cuando la Iglesia entra en contacto con grandes culturas a las que anteriormente no hab\u00eda llegado, no puede olvidar lo que ha adquirido en la inculturaci\u00f3n en el pensamiento grecolatino. Rechazar esta herencia ser\u00eda ir en contra del designio providencial de Dios, que conduce su Iglesia por los caminos del tiempo y de la historia. Este criterio, adem\u00e1s, vale para la Iglesia de cada \u00e9poca, tambi\u00e9n para la del ma\u00f1ana, que se sentir\u00e1 enriquecida por los logros alcanzados en el actual contacto con las culturas orientales y encontrar\u00e1 en este patrimonio nuevas indicaciones para entrar en di\u00e1logo fructuoso con las culturas que la humanidad har\u00e1 florecer en su camino hacia el futuro. En tercer lugar, hay que evitar confundir la leg\u00edtima reivindicaci\u00f3n de lo espec\u00edfico y original del pensamiento indio con la idea de que una tradici\u00f3n cultural deba encerrarse en su diferencia y afirmarse en su oposici\u00f3n a otras tradiciones, lo cual es contrario a la naturaleza misma del esp\u00edritu humano.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lo que se ha dicho aqu\u00ed de la India vale tambi\u00e9n para el patrimonio de las grandes culturas de la China, el Jap\u00f3n y de los dem\u00e1s pa\u00edses de Asia, as\u00ed como para las riquezas de las culturas tradicionales de \u00c1frica, transmitidas sobre todo por v\u00eda oral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">73. A la luz de estas consideraciones, la relaci\u00f3n que ha de instaurarse oportunamente entre la teolog\u00eda y la filosof\u00eda debe estar marcada por la circularidad. Para la teolog\u00eda, el punto de partida y la fuente original debe ser siempre la palabra de Dios revelada en la historia, mientras que el objetivo final no puede ser otro que la inteligencia de \u00e9sta, profundizada progresivamente a trav\u00e9s de las generaciones. Por otra parte, ya que la palabra de Dios es Verdad (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>17, 17), favorecer\u00e1 su mejor comprensi\u00f3n la b\u00fasqueda humana de la verdad, o sea el filosofar, desarrollado en el respeto de sus propias leyes. No se trata simplemente de utilizar, en la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica, uno u otro concepto o aspecto de un sistema filos\u00f3fico, sino que es decisivo que la raz\u00f3n del creyente emplee sus capacidades de reflexi\u00f3n en la b\u00fasqueda de la verdad dentro de un proceso en el que, partiendo de la palabra de Dios, se esfuerza por alcanzar su mejor comprensi\u00f3n. Es claro adem\u00e1s que, movi\u00e9ndose entre estos dos polos \u2014la palabra de Dios y su mejor conocimiento\u2014, la raz\u00f3n est\u00e1 como alertada, y en cierto modo guiada, para evitar caminos que la podr\u00edan conducir fuera de la Verdad revelada y, en definitiva, fuera de la verdad pura y simple; m\u00e1s a\u00fan, es animada a explorar v\u00edas que por s\u00ed sola no habr\u00eda siquiera sospechado poder recorrer. De esta relaci\u00f3n de circularidad con la palabra de Dios la filosof\u00eda sale enriquecida, porque la raz\u00f3n descubre nuevos e inesperados horizontes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">74. La fecundidad de semejante relaci\u00f3n se confirma con las vicisitudes personales de grandes te\u00f3logos cristianos que destacaron tambi\u00e9n como grandes fil\u00f3sofos, dejando escritos de tan alto valor especulativo que justifica ponerlos junto a los maestros de la filosof\u00eda antigua. Esto vale tanto para los Padres de la Iglesia, entre los que es preciso citar al menos los nombres de san Gregorio Nacianceno y san Agust\u00edn, como para los Doctores medievales, entre los cuales destaca la gran tr\u00edada de san Anselmo, san Buenaventura y santo Tom\u00e1s de Aquino. La fecunda relaci\u00f3n entre filosof\u00eda y palabra de Dios se manifiesta tambi\u00e9n en la decidida b\u00fasqueda realizada por pensadores m\u00e1s recientes, entre los cuales deseo mencionar, por lo que se refiere al \u00e1mbito occidental, a personalidades como John Henry Newman, Antonio Rosmini, Jacques Maritain, \u00c9tienne Gilson, Edith Stein y, por lo que ata\u00f1e al oriental, a estudiosos de la categor\u00eda de Vladimir S. Soloviov, Pavel A. Florenskij, Petr J. Caadaev, Vladimir N. Losskij. Obviamente, al referirnos a estos autores, junto a los cuales podr\u00edan citarse otros nombres, no trato de avalar ning\u00fan aspecto de su pensamiento, sino s\u00f3lo proponer ejemplos significativos de un camino de b\u00fasqueda filos\u00f3fica que ha obtenido considerables beneficios de la confrontaci\u00f3n con los datos de la fe. Una cosa es cierta: prestar atenci\u00f3n al itinerario espiritual de estos maestros ayudar\u00e1, sin duda alguna, al progreso en la b\u00fasqueda de la verdad y en la aplicaci\u00f3n de los resultados alcanzados al servicio del hombre. Es de esperar que esta gran tradici\u00f3n filos\u00f3fico-teol\u00f3gica encuentre hoy y en el futuro continuadores y cultivadores para el bien de la Iglesia y de la humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Diferentes estados de la filosof\u00eda<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">75. Como se desprende de la historia de las relaciones entre fe y filosof\u00eda, se\u00f1alada antes brevemente, se pueden distinguir diversas posiciones de la filosof\u00eda respecto a la fe cristiana. Una primera es la de la&nbsp;<em>filosof\u00eda totalmente independiente de la revelaci\u00f3n evang\u00e9lica<\/em>. Es la posici\u00f3n de la filosof\u00eda tal como se ha desarrollado hist\u00f3ricamente en las \u00e9pocas precedentes al nacimiento del Redentor y, despu\u00e9s en las regiones donde a\u00fan no se conoce el Evangelio. En esta situaci\u00f3n, la filosof\u00eda manifiesta su leg\u00edtima aspiraci\u00f3n a ser un proyecto&nbsp;<em>aut\u00f3nomo<\/em>, que procede de acuerdo con sus propias leyes, sirvi\u00e9ndose de la sola fuerza de la raz\u00f3n. Siendo consciente de los graves l\u00edmites debidos a la debilidad cong\u00e9nita de la raz\u00f3n humana, esta aspiraci\u00f3n ha de ser sostenida y reforzada. En efecto, el empe\u00f1o filos\u00f3fico, como b\u00fasqueda de la verdad en el \u00e1mbito natural, permanece al menos impl\u00edcitamente abierto a lo sobrenatural.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">M\u00e1s a\u00fan, incluso cuando la misma reflexi\u00f3n teol\u00f3gica se sirve de conceptos y argumentos filos\u00f3ficos, debe respetarse la exigencia de la correcta autonom\u00eda del pensamiento. En efecto, la argumentaci\u00f3n elaborada siguiendo rigurosos criterios racionales es garant\u00eda para lograr resultados universalmente v\u00e1lidos. Se confirma tambi\u00e9n aqu\u00ed el principio seg\u00fan el cual la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona: el asentimiento de fe, que compromete el intelecto y la voluntad, no destruye sino que perfecciona el libre arbitrio de cada creyente que acoge el dato revelado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La teor\u00eda de la llamada filosof\u00eda \u00ab separada \u00bb, seguida por numerosos fil\u00f3sofos modernos, est\u00e1 muy lejos de esta correcta exigencia. M\u00e1s que afirmar la justa autonom\u00eda del filosofar, dicha filosof\u00eda reivindica una autosuficiencia del pensamiento que se demuestra claramente ileg\u00edtima. En efecto, rechazar las aportaciones de verdad que derivan de la revelaci\u00f3n divina significa cerrar el paso a un conocimiento m\u00e1s profundo de la verdad, da\u00f1ando la misma filosof\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">76. Una segunda posici\u00f3n de la filosof\u00eda es la que muchos designan con la expresi\u00f3n filosof\u00eda cristiana. La denominaci\u00f3n es en s\u00ed misma leg\u00edtima, pero no debe ser mal interpretada: con ella no se pretende aludir a una filosof\u00eda oficial de la Iglesia, puesto que la fe como tal no es una filosof\u00eda. Con este apelativo se quiere indicar m\u00e1s bien un modo de filosofar cristiano, una especulaci\u00f3n filos\u00f3fica concebida en uni\u00f3n vital con la fe. No se hace referencia simplemente, pues, a una filosof\u00eda hecha por fil\u00f3sofos cristianos, que en su investigaci\u00f3n no han querido contradecir su fe. Hablando de filosof\u00eda cristiana se pretende abarcar todos los progresos importantes del pensamiento filos\u00f3fico que no se hubieran realizado sin la aportaci\u00f3n, directa o indirecta, de la fe cristiana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Dos son, por tanto, los aspectos de la filosof\u00eda cristiana: uno subjetivo, que consiste en la purificaci\u00f3n de la raz\u00f3n por parte de la fe. Como virtud teologal, la fe libera la raz\u00f3n de la presunci\u00f3n, tentaci\u00f3n t\u00edpica a la que los fil\u00f3sofos est\u00e1n f\u00e1cilmente sometidos. Ya san Pablo y los Padres de la Iglesia y, m\u00e1s cercanos a nuestros d\u00edas, fil\u00f3sofos como Pascal y Kierkegaard la han estigmatizado. Con la humildad, el fil\u00f3sofo adquiere tambi\u00e9n el valor de afrontar algunas cuestiones que dif\u00edcilmente podr\u00eda resolver sin considerar los datos recibidos de la Revelaci\u00f3n. Pi\u00e9nsese, por ejemplo, en los problemas del mal y del sufrimiento, en la identidad personal de Dios y en la pregunta sobre el sentido de la vida o, m\u00e1s directamente, en la pregunta metaf\u00edsica radical: \u00ab \u00bfPor qu\u00e9 existe algo? \u00bb<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Adem\u00e1s est\u00e1 el aspecto objetivo, que afecta a los contenidos. La Revelaci\u00f3n propone claramente algunas verdades que, aun no siendo por naturaleza inaccesibles a la raz\u00f3n, tal vez no hubieran sido nunca descubiertas por ella, si se la hubiera dejado sola. En este horizonte se sit\u00faan cuestiones como el concepto de un Dios personal, libre y creador, que tanta importancia ha tenido para el desarrollo del pensamiento filos\u00f3fico y, en particular, para la filosof\u00eda del ser. A este \u00e1mbito pertenece tambi\u00e9n la realidad del pecado, tal y como aparece a la luz de la fe, la cual ayuda a plantear filos\u00f3ficamente de modo adecuado el problema del mal. Incluso la concepci\u00f3n de la persona como ser espiritual es una originalidad peculiar de la fe. El anuncio cristiano de la dignidad, de la igualdad y de la libertad de los hombres ha influido ciertamente en la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica que los modernos han llevado a cabo. Se puede mencionar, como m\u00e1s cercano a nosotros, el descubrimiento de la importancia que tiene tambi\u00e9n para la filosof\u00eda el hecho hist\u00f3rico, centro de la Revelaci\u00f3n cristiana. No es casualidad que el hecho hist\u00f3rico haya llegado a ser eje de una filosof\u00eda de la historia, que se presenta como un nuevo cap\u00edtulo de la b\u00fasqueda humana de la verdad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Entre los elementos objetivos de la filosof\u00eda cristiana est\u00e1 tambi\u00e9n la necesidad de explorar el car\u00e1cter racional de algunas verdades expresadas por la Sagrada Escritura, como la posibilidad de una vocaci\u00f3n sobrenatural del hombre e incluso el mismo pecado original. Son tareas que llevan a la raz\u00f3n a reconocer que lo verdadero racional supera los estrechos confines dentro de los que ella tender\u00eda a encerrarse. Estos temas ampl\u00edan de hecho el \u00e1mbito de lo racional.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al especular sobre estos contenidos, los fil\u00f3sofos no se ha convertido en te\u00f3logos, ya que no han buscado comprender e ilustrar la verdad de la fe a partir de la Revelaci\u00f3n. Han trabajado en su propio campo y con su propia metodolog\u00eda puramente racional, pero ampliando su investigaci\u00f3n a nuevos \u00e1mbitos de la verdad. Se puede afirmar que, sin este influjo estimulante de la Palabra de Dios, buena parte de la filosof\u00eda moderna y contempor\u00e1nea no existir\u00eda. Este dato conserva toda su importancia, incluso ante la constataci\u00f3n decepcionante del abandono de la ortodoxia cristiana por parte de no pocos pensadores de estos \u00faltimos siglos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">77. Otra posici\u00f3n significativa de la filosof\u00eda se da cuando&nbsp;<em>la teolog\u00eda misma recurre a la filosof\u00eda<\/em>. En realidad, la teolog\u00eda ha tenido siempre y contin\u00faa teniendo necesidad de la aportaci\u00f3n filos\u00f3fica. Siendo obra de la raz\u00f3n cr\u00edtica a la luz de la fe, el trabajo teol\u00f3gico presupone y exige en toda su investigaci\u00f3n una raz\u00f3n educada y formada conceptual y argumentativamente. Adem\u00e1s, la teolog\u00eda necesita de la filosof\u00eda como interlocutora para verificar la inteligibilidad y la verdad universal de sus aserciones. No es casual que los Padres de la Iglesia y los te\u00f3logos medievales adoptaron filosof\u00edas no cristianas para dicha funci\u00f3n. Este hecho hist\u00f3rico indica el valor de la&nbsp;<em>autonom\u00eda&nbsp;<\/em>que la filosof\u00eda conserva tambi\u00e9n en este tercer estado, pero al mismo tiempo muestra las transformaciones necesarias y profundas que debe afrontar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente por ser una aportaci\u00f3n indispensable y noble, la filosof\u00eda ya desde la edad patr\u00edstica, fue llamada&nbsp;<em>ancilla theologiae<\/em>. El t\u00edtulo no fue aplicado para indicar una sumisi\u00f3n servil o un papel puramente funcional de la filosof\u00eda en relaci\u00f3n con la teolog\u00eda. Se utiliz\u00f3 m\u00e1s bien en el sentido con que Arist\u00f3teles llamaba a las ciencias experimentales como \u00ab siervas \u00bb de la \u00ab filosof\u00eda primera \u00bb. La expresi\u00f3n, hoy dif\u00edcilmente utilizable debido a los principios de autonom\u00eda mencionados, ha servido a lo largo de la historia para indicar la necesidad de la relaci\u00f3n entre las dos ciencias y la imposibilidad de su separaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si el te\u00f3logo rechazase la ayuda de la filosof\u00eda, correr\u00eda el riesgo de hacer filosof\u00eda sin darse cuenta y de encerrarse en estructuras de pensamiento poco adecuadas para la inteligencia de la fe. Por su parte, si el fil\u00f3sofo excluyese todo contacto con la teolog\u00eda, deber\u00eda llegar por su propia cuenta a los contenidos de la fe cristiana, como ha ocurrido con algunos fil\u00f3sofos modernos. Tanto en un caso como en otro, se perfila el peligro de la destrucci\u00f3n de los principios basilares de autonom\u00eda que toda ciencia quiere justamente que sean garantizados.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La posici\u00f3n de la filosof\u00eda aqu\u00ed considerada, por las implicaciones que comporta para la comprensi\u00f3n de la Revelaci\u00f3n, est\u00e1 junto con la teolog\u00eda m\u00e1s directamente bajo la autoridad del Magisterio y de su discernimiento, como he expuesto anteriormente. En efecto, de las verdades de fe derivan determinadas exigencias que la filosof\u00eda debe respetar desde el momento en que entra en relaci\u00f3n con la teolog\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">78. A la luz de estas reflexiones, se comprende bien por qu\u00e9 el Magisterio ha elogiado repetidamente los m\u00e9ritos del pensamiento de santo Tom\u00e1s y lo ha puesto como gu\u00eda y modelo de los estudios teol\u00f3gicos. Lo que interesaba no era tomar posiciones sobre cuestiones propiamente filos\u00f3ficas, ni imponer la adhesi\u00f3n a tesis particulares. La intenci\u00f3n del Magisterio era, y contin\u00faa siendo, la de mostrar c\u00f3mo santo Tom\u00e1s es un aut\u00e9ntico modelo para cuantos buscan la verdad. En efecto, en su reflexi\u00f3n la exigencia de la raz\u00f3n y la fuerza de la fe han encontrado la s\u00edntesis m\u00e1s alta que el pensamiento haya alcanzado jam\u00e1s, ya que supo defender la radical novedad aportada por la Revelaci\u00f3n sin menospreciar nunca el camino propio de la raz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">79. Al explicitar ahora los contenidos del Magisterio precedente, quiero se\u00f1alar en esta \u00faltima parte algunas condiciones que la teolog\u00eda \u2014y a\u00fan antes la palabra de Dios\u2014 pone hoy al pensamiento filos\u00f3fico y a las filosof\u00edas actuales. Como ya he indicado, el fil\u00f3sofo debe proceder seg\u00fan sus propias reglas y ha de basarse en sus propios principios; la verdad, sin embargo, no es m\u00e1s que una sola. La Revelaci\u00f3n, con sus contenidos, nunca puede menospreciar a la raz\u00f3n en sus descubrimientos y en su leg\u00edtima autonom\u00eda; por su parte, sin embargo, la raz\u00f3n no debe jam\u00e1s perder su capacidad de interrogarse y de interrogar, siendo consciente de que no puede erigirse en valor absoluto y exclusivo. La verdad revelada, al ofrecer plena luz sobre el ser a partir del esplendor que proviene del mismo Ser subsistente, iluminar\u00e1 el camino de la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica. En definitiva, la Revelaci\u00f3n cristiana llega a ser el verdadero punto de referencia y de confrontaci\u00f3n entre el pensamiento filos\u00f3fico y el teol\u00f3gico en su rec\u00edproca relaci\u00f3n. Es deseable pues que los te\u00f3logos y los fil\u00f3sofos se dejen guiar por la \u00fanica autoridad de la verdad, de modo que se elabore una filosof\u00eda en consonancia con la Palabra de Dios. Esta filosof\u00eda ha de ser el punto de encuentro entre las culturas y la fe cristiana, el lugar de entendimiento entre creyentes y no creyentes. Ha de servir de ayuda para que los creyentes se convenzan firmemente de que la profundidad y autenticidad de la fe se favorece cuando est\u00e1 unida al pensamiento y no renuncia a \u00e9l. Una vez m\u00e1s, la ense\u00f1anza de los Padres de la Iglesia nos afianza en esta convicci\u00f3n: \u00ab El mismo acto de fe no es otra cosa que el pensar con el asentimiento de la voluntad [&#8230;] Todo el que cree, piensa; piensa creyendo y cree pensando [&#8230;] Porque la fe, si lo que se cree no se piensa, es nula \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242N\">95<\/a><\/sup>&nbsp;Adem\u00e1s: \u00ab Sin asentimiento no hay fe, porque sin asentimiento no se puede creer nada \u00bb.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242O\">96<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CAP\u00cdTULO VII<br>EXIGENCIAS Y COMETIDOS ACTUALES<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Exigencias irrenunciables de la palabra de Dios<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">80. La Sagrada Escritura contiene, de manera expl\u00edcita o impl\u00edcita, una serie de elementos que permiten obtener una visi\u00f3n del hombre y del mundo de gran valor filos\u00f3fico. Los cristianos han tomado conciencia progresivamente de la riqueza contenida en aquellas p\u00e1ginas sagradas. De ellas se deduce que la realidad que experimentamos no es el absoluto; no es increada ni se ha autoengendrado. S\u00f3lo Dios es el Absoluto. De las p\u00e1ginas de la Biblia se desprende, adem\u00e1s, una visi\u00f3n del hombre como&nbsp;<em>imago Dei<\/em>, que contiene indicaciones precisas sobre su ser, su libertad y la inmortalidad de su esp\u00edritu. Puesto que el mundo creado no es autosuficiente, toda ilusi\u00f3n de autonom\u00eda que ignore la dependencia esencial de Dios de toda criatura \u2014incluido el hombre\u2014 lleva a situaciones dram\u00e1ticas que destruyen la b\u00fasqueda racional de la armon\u00eda y del sentido de la existencia humana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Incluso el problema del mal moral \u2014la forma m\u00e1s tr\u00e1gica de mal\u2014 es afrontado en la Biblia, la cual nos ense\u00f1a que \u00e9ste no se puede reducir a una cierta deficiencia debida a la materia, sino que es una herida causada por una manifestaci\u00f3n desordenada de la libertad humana. En fin, la palabra de Dios plantea el problema del sentido de la existencia y ofrece su respuesta orientando al hombre hacia Jesucristo, el Verbo de Dios, que realiza en plenitud la existencia humana. De la lectura del texto sagrado se podr\u00edan explicitar tambi\u00e9n otros aspectos; de todos modos, lo que sobresale es el rechazo de toda forma de relativismo, de materialismo y de pante\u00edsmo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La convicci\u00f3n fundamental de esta \u00ab filosof\u00eda \u00bb contenida en la Biblia es que la vida humana y el mundo tienen un sentido y est\u00e1n orientados hacia su cumplimiento, que se realiza en Jesucristo. El misterio de la Encarnaci\u00f3n ser\u00e1 siempre el punto de referencia para comprender el enigma de la existencia humana, del mundo creado y de Dios mismo. En este misterio los retos para la filosof\u00eda son radicales, porque la raz\u00f3n est\u00e1 llamada a asumir una l\u00f3gica que derriba los muros dentro de los cuales corre el riesgo de quedar encerrada. Sin embargo, s\u00f3lo aqu\u00ed alcanza su culmen el sentido de la existencia. En efecto, se hace inteligible la esencia \u00edntima de Dios y del hombre. En el misterio del Verbo encarnado se salvaguardan la naturaleza divina y la naturaleza humana, con su respectiva autonom\u00eda, y a la vez se manifiesta el v\u00ednculo \u00fanico que las pone en rec\u00edproca relaci\u00f3n sin confusi\u00f3n.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242P\">97<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">81. Se ha de tener presente que uno de los elementos m\u00e1s importantes de nuestra condici\u00f3n actual es la \u00ab crisis del sentido \u00bb. Los puntos de vista, a menudo de car\u00e1cter cient\u00edfico, sobre la vida y sobre el mundo se han multiplicado de tal forma que podemos constatar como se produce el fen\u00f3meno de la fragmentariedad del saber. Precisamente esto hace dif\u00edcil y a menudo vana la b\u00fasqueda de un sentido. Y, lo que es a\u00fan m\u00e1s dram\u00e1tico, en medio de esta bara\u00fanda de datos y de hechos entre los que se vive y que parecen formar la trama misma de la existencia, muchos se preguntan si todav\u00eda tiene sentido plantearse la cuesti\u00f3n del sentido. La pluralidad de las teor\u00edas que se disputan la respuesta, o los diversos modos de ver y de interpretar el mundo y la vida del hombre, no hacen m\u00e1s que agudizar esta duda radical, que f\u00e1cilmente desemboca en un estado de escepticismo y de indiferencia o en las diversas manifestaciones del nihilismo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La consecuencia de esto es que a menudo el esp\u00edritu humano est\u00e1 sujeto a una forma de pensamiento ambiguo, que lo lleva a encerrarse todav\u00eda m\u00e1s en s\u00ed mismo, dentro de los l\u00edmites de su propia inmanencia, sin ninguna referencia a lo trascendente. Una filosof\u00eda carente de la cuesti\u00f3n sobre el sentido de la existencia incurrir\u00eda en el grave peligro de degradar la raz\u00f3n a funciones meramente instrumentales, sin ninguna aut\u00e9ntica pasi\u00f3n por la b\u00fasqueda de la verdad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Para estar en consonancia con la palabra de Dios es necesario, ante todo, que la filosof\u00eda encuentre de nuevo su&nbsp;<em>dimensi\u00f3n sapiencial&nbsp;<\/em>de b\u00fasqueda del sentido \u00faltimo y global de la vida. Esta primera exigencia, pens\u00e1ndolo bien, es para la filosof\u00eda un est\u00edmulo util\u00edsimo para adecuarse a su misma naturaleza. En efecto, haci\u00e9ndolo as\u00ed, la filosof\u00eda no s\u00f3lo ser\u00e1 la instancia cr\u00edtica decisiva que se\u00f1ala a las diversas ramas del saber cient\u00edfico su fundamento y su l\u00edmite, sino que se pondr\u00e1 tambi\u00e9n como \u00faltima instancia de unificaci\u00f3n del saber y del obrar humano, impuls\u00e1ndolos a avanzar hacia un objetivo y un sentido definitivos. Esta dimensi\u00f3n sapiencial se hace hoy m\u00e1s indispensable en la medida en que el crecimiento inmenso del poder t\u00e9cnico de la humanidad requiere una conciencia renovada y aguda de los valores \u00faltimos. Si a estos medios t\u00e9cnicos les faltara la ordenaci\u00f3n hacia un fin no meramente utilitarista, pronto podr\u00edan revelarse inhumanos, e incluso transformarse en potenciales destructores del g\u00e9nero humano.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242Q\">98<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La palabra de Dios revela el fin \u00faltimo del hombre y da un sentido global a su obrar en el mundo. Por esto invita a la filosof\u00eda a esforzarse en buscar el fundamento natural de este sentido, que es la religiosidad constitutiva de toda persona. Una filosof\u00eda que quisiera negar la posibilidad de un sentido \u00faltimo y global ser\u00eda no s\u00f3lo inadecuada, sino err\u00f3nea.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">82. Por otro lado, esta funci\u00f3n sapiencial no podr\u00eda ser desarrollada por una filosof\u00eda que no fuese un saber aut\u00e9ntico y verdadero, es decir, que ata\u00f1e no s\u00f3lo a aspectos particulares y relativos de lo real \u2014sean \u00e9stos funcionales, formales o \u00fatiles\u2014, sino a su verdad total y definitiva, o sea, al ser mismo del objeto de conocimiento. \u00c9sta es, pues, una segunda exigencia: verificar la capacidad del hombre de&nbsp;<em>llegar al conocimiento de la verdad<\/em>; un conocimiento, adem\u00e1s, que alcance la verdad objetiva, mediante aquella&nbsp;<em>adaequatio rei et intellectus&nbsp;<\/em>a la que se refieren los Doctores de la Escol\u00e1stica.<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242R\">99<\/a><\/sup>&nbsp;Esta exigencia, propia de la fe, ha sido reafirmada por el Concilio Vaticano II: \u00ab La inteligencia no se limita s\u00f3lo a los fen\u00f3menos, sino que es capaz de alcanzar con verdadera certeza la realidad inteligible, aunque a consecuencia del pecado se encuentre parcialmente oscurecida y debilitada \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242S\">100<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Una filosof\u00eda radicalmente fenom\u00e9nica o relativista ser\u00eda inadecuada para ayudar a profundizar en la riqueza de la palabra de Dios. En efecto, la Sagrada Escritura presupone siempre que el hombre, aunque culpable de doblez y de enga\u00f1o, es capaz de conocer y de comprender la verdad l\u00edmpida y pura. En los Libros sagrados, concretamente en el Nuevo Testamento, hay textos y afirmaciones de alcance propiamente ontol\u00f3gico. En efecto, los autores inspirados han querido formular verdaderas afirmaciones que expresan la realidad objetiva. No se puede decir que la tradici\u00f3n cat\u00f3lica haya cometido un error al interpretar algunos textos de san Juan y de san Pablo como afirmaciones sobre el ser de Cristo. La teolog\u00eda, cuando se dedica a comprender y explicar estas afirmaciones, necesita la aportaci\u00f3n de una filosof\u00eda que no renuncie a la posibilidad de un conocimiento objetivamente verdadero, aunque siempre perfectible. Lo dicho es v\u00e1lido tambi\u00e9n para los juicios de la conciencia moral, que la Sagrada Escritura supone que pueden ser objetivamente verdaderos.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242T\">101<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">83. Las dos exigencias mencionadas conllevan una tercera: es necesaria una filosof\u00eda de alcance&nbsp;<em>aut\u00e9nticamente metaf\u00edsico<\/em>, capaz de trascender los datos emp\u00edricos para llegar, en su b\u00fasqueda de la verdad, a algo absoluto, \u00faltimo y fundamental. Esta es una exigencia impl\u00edcita tanto en el conocimiento de tipo sapiencial como en el de tipo anal\u00edtico; concretamente, es una exigencia propia del conocimiento del bien moral cuyo fundamento \u00faltimo es el sumo Bien, Dios mismo. No quiero hablar aqu\u00ed de la metaf\u00edsica como si fuera una escuela espec\u00edfica o una corriente hist\u00f3rica particular. S\u00f3lo deseo afirmar que la realidad y la verdad transcienden lo f\u00e1ctico y lo emp\u00edrico, y reivindicar la capacidad que el hombre tiene de conocer esta dimensi\u00f3n trascendente y metaf\u00edsica de manera verdadera y cierta, aunque imperfecta y anal\u00f3gica. En este sentido, la metaf\u00edsica no se ha de considerar como alternativa a la antropolog\u00eda, ya que la metaf\u00edsica permite precisamente dar un fundamento al concepto de dignidad de la persona por su condici\u00f3n espiritual. La persona, en particular, es el \u00e1mbito privilegiado para el encuentro con el ser y, por tanto, con la reflexi\u00f3n metaf\u00edsica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Dondequiera que el hombre descubra una referencia a lo absoluto y a lo trascendente, se le abre un resquicio de la dimensi\u00f3n metaf\u00edsica de la realidad: en la verdad, en la belleza, en los valores morales, en las dem\u00e1s personas, en el ser mismo y en Dios. Un gran reto que tenemos al final de este milenio es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del&nbsp;<em>fen\u00f3meno&nbsp;<\/em>al&nbsp;<em>fundamento<\/em>. No es posible detenerse en la sola experiencia; incluso cuando \u00e9sta expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su espiritualidad, es necesario que la reflexi\u00f3n especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya. Por lo cual, un pensamiento filos\u00f3fico que rechazase cualquier apertura metaf\u00edsica ser\u00eda radicalmente inadecuado para desempe\u00f1ar un papel de mediaci\u00f3n en la comprensi\u00f3n de la Revelaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La palabra de Dios se refiere continuamente a lo que supera la experiencia e incluso el pensamiento del hombre; pero este \u00ab misterio \u00bb no podr\u00eda ser revelado, ni la teolog\u00eda podr\u00eda hacerlo inteligible de modo alguno,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242U\">102<\/a><\/sup>&nbsp;si el conocimiento humano estuviera rigurosamente limitado al mundo de la experiencia sensible. Por lo cual, la metaf\u00edsica es una mediaci\u00f3n privilegiada en la b\u00fasqueda teol\u00f3gica. Una teolog\u00eda sin un horizonte metaf\u00edsico no conseguir\u00eda ir m\u00e1s all\u00e1 del an\u00e1lisis de la experiencia religiosa y no permitir\u00eda al&nbsp;<em>intellectus fidei&nbsp;<\/em>expresar con coherencia el valor universal y trascendente de la verdad revelada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si insisto tanto en el elemento metaf\u00edsico es porque estoy convencido de que es el camino obligado para superar la situaci\u00f3n de crisis que afecta hoy a grandes sectores de la filosof\u00eda y para corregir as\u00ed algunos comportamientos err\u00f3neos difundidos en nuestra sociedad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">84. La importancia de la instancia metaf\u00edsica se hace a\u00fan m\u00e1s evidente si se considera el desarrollo que hoy tienen las ciencias hermen\u00e9uticas y los diversos an\u00e1lisis del lenguaje. Los resultados a los que llegan estos estudios pueden ser muy \u00fatiles para la comprensi\u00f3n de la fe, ya que ponen de manifiesto la estructura de nuestro modo de pensar y de hablar y el sentido contenido en el lenguaje. Sin embargo, hay estudiosos de estas ciencias que en sus investigaciones tienden a detenerse en el modo c\u00f3mo se comprende y se expresa la realidad, sin verificar las posibilidades que tiene la raz\u00f3n para descubrir su esencia. \u00bfC\u00f3mo no descubrir en dicha actitud una prueba de la crisis de confianza, que atraviesa nuestro tiempo, sobre la capacidad de la raz\u00f3n? Adem\u00e1s, cuando en algunas afirmaciones aprior\u00edsticas estas tesis tienden a ofuscar los contenidos de la fe o negar su validez universal, no s\u00f3lo humillan la raz\u00f3n, sino que se descalifican a s\u00ed mismas. En efecto, la fe presupone con claridad que el lenguaje humano es capaz de expresar de manera universal \u2014aunque en t\u00e9rminos anal\u00f3gicos, pero no por ello menos significativos\u2014 la realidad divina y trascendente.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242V\">103<\/a><\/sup>&nbsp;Si no fuera as\u00ed, la palabra de Dios, que es siempre palabra divina en lenguaje humano, no ser\u00eda capaz de expresar nada sobre Dios. La interpretaci\u00f3n de esta Palabra no puede llevarnos de interpretaci\u00f3n en interpretaci\u00f3n, sin llegar nunca a descubrir una afirmaci\u00f3n simplemente verdadera; de otro modo no habr\u00eda revelaci\u00f3n de Dios, sino solamente la expresi\u00f3n de conceptos humanos sobre \u00c9l y sobre lo que presumiblemente piensa de nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">85. S\u00e9 bien que estas exigencias, puestas a la filosof\u00eda por la palabra de Dios, pueden parecer arduas a muchos que afrontan la situaci\u00f3n actual de la investigaci\u00f3n filos\u00f3fica. Precisamente por esto, asumiendo lo que los Sumos Pont\u00edfices desde alg\u00fan tiempo no dejan de ense\u00f1ar y el mismo Concilio Ecum\u00e9nico Vaticano II ha afirmado, deseo expresar firmemente la convicci\u00f3n de que el hombre es capaz de llegar a una visi\u00f3n unitaria y org\u00e1nica del saber. \u00c9ste es uno de los cometidos que el pensamiento cristiano deber\u00e1 afrontar a lo largo del pr\u00f3ximo milenio de la era cristiana. El aspecto sectorial del saber, en la medida en que comporta un acercamiento parcial a la verdad con la consiguiente fragmentaci\u00f3n del sentido, impide la unidad interior del hombre contempor\u00e1neo. \u00bfC\u00f3mo podr\u00eda no preocuparse la Iglesia? Este cometido sapiencial llega a sus Pastores directamente desde el Evangelio y ellos no pueden eludir el deber de llevarlo a cabo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Considero que quienes tratan hoy de responder como fil\u00f3sofos a las exigencias que la palabra de Dios plantea al pensamiento humano, deber\u00edan elaborar su razonamiento bas\u00e1ndose en estos postulados y en coherente continuidad con la gran tradici\u00f3n que, empezando por los antiguos, pasa por los Padres de la Iglesia y los maestros de la escol\u00e1stica, y llega hasta los descubrimientos fundamentales del pensamiento moderno y contempor\u00e1neo. Si el fil\u00f3sofo sabe aprender de esta tradici\u00f3n e inspirarse en ella, no dejar\u00e1 de mostrarse fiel a la exigencia de autonom\u00eda del pensamiento filos\u00f3fico.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este sentido, es muy significativo que, en el contexto actual, algunos fil\u00f3sofos sean promotores del descubrimiento del papel determinante de la tradici\u00f3n para una forma correcta de conocimiento. En efecto, la referencia a la tradici\u00f3n no es un mero recuerdo del pasado, sino que m\u00e1s bien constituye el reconocimiento de un patrimonio cultural de toda la humanidad. Es m\u00e1s, se podr\u00eda decir que nosotros pertenecemos a la tradici\u00f3n y no podemos disponer de ella como queramos. Precisamente el tener las ra\u00edces en la tradici\u00f3n es lo que nos permite hoy poder expresar un pensamiento original, nuevo y proyectado hacia el futuro. Esta misma referencia es v\u00e1lida tambi\u00e9n sobre todo para la teolog\u00eda. No s\u00f3lo porque tiene la Tradici\u00f3n viva de la Iglesia como fuente originaria,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242W\">104<\/a><\/sup>&nbsp;sino tambi\u00e9n porque, gracias a esto, debe ser capaz de recuperar tanto la profunda tradici\u00f3n teol\u00f3gica que ha marcado las \u00e9pocas anteriores, como la perenne tradici\u00f3n de aquella filosof\u00eda que ha sabido superar por su verdadera sabidur\u00eda los l\u00edmites del espacio y del tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">86. La insistencia en la necesidad de una estrecha relaci\u00f3n de continuidad de la reflexi\u00f3n filos\u00f3fica contempor\u00e1nea con la elaborada en la tradici\u00f3n cristiana intenta prevenir el peligro que se esconde en algunas corrientes de pensamiento, hoy tan difundidas. Considero oportuno detenerme en ellas, aunque brevemente, para poner de relieve sus errores y los consiguientes riesgos para la actividad filos\u00f3fica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La primera es el&nbsp;<em>eclecticismo<\/em>, t\u00e9rmino que designa la actitud de quien, en la investigaci\u00f3n, en la ense\u00f1anza y en la argumentaci\u00f3n, incluso teol\u00f3gica, suele adoptar ideas derivadas de diferentes filosof\u00edas, sin fijarse en su coherencia o conexi\u00f3n sistem\u00e1tica ni en su contexto hist\u00f3rico. De este modo, no es capaz de discernir la parte de verdad de un pensamiento de lo que pueda tener de err\u00f3neo o inadecuado. Una forma extrema de eclecticismo se percibe tambi\u00e9n en el abuso ret\u00f3rico de los t\u00e9rminos filos\u00f3ficos al que se abandona a veces alg\u00fan te\u00f3logo. Esta instrumentalizaci\u00f3n no ayuda a la b\u00fasqueda de la verdad y no educa la raz\u00f3n \u2014tanto teol\u00f3gica como filos\u00f3fica\u2014 para argumentar de manera seria y cient\u00edfica. El estudio riguroso y profundo de las doctrinas filos\u00f3ficas, de su lenguaje peculiar y del contexto en que han surgido, ayuda a superar los riesgos del eclecticismo y permite su adecuada integraci\u00f3n en la argumentaci\u00f3n teol\u00f3gica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">87. El eclecticismo es un error de m\u00e9todo, pero podr\u00eda ocultar tambi\u00e9n las tesis propias del&nbsp;<em>historicismo<\/em>. Para comprender de manera correcta una doctrina del pasado, es necesario considerarla en su contexto hist\u00f3rico y cultural. En cambio, la tesis fundamental del historicismo consiste en establecer la verdad de una filosof\u00eda sobre la base de su adecuaci\u00f3n a un determinado per\u00edodo y a un determinado objetivo hist\u00f3rico. De este modo, al menos impl\u00edcitamente, se niega la validez perenne de la verdad. Lo que era verdad en una \u00e9poca, sostiene el historicista, puede no serlo ya en otra. En fin, la historia del pensamiento es para \u00e9l poco m\u00e1s que una pieza arqueol\u00f3gica a la que se recurre para poner de relieve posiciones del pasado en gran parte ya superadas y carentes de significado para el presente. Por el contrario, se debe considerar adem\u00e1s que, aunque la formulaci\u00f3n est\u00e9 en cierto modo vinculada al tiempo y a la cultura, la verdad o el error expresados en ellas se pueden reconocer y valorar como tales en todo caso, no obstante la distancia espacio-temporal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica, el historicismo tiende a presentarse muchas veces bajo una forma de \u00ab modernismo \u00bb. Con la justa preocupaci\u00f3n de actualizar la tem\u00e1tica teol\u00f3gica y hacerla asequible a los contempor\u00e1neos, se recurre s\u00f3lo a las afirmaciones y jerga filos\u00f3fica m\u00e1s recientes, descuidando las observaciones cr\u00edticas que se deber\u00edan hacer eventualmente a la luz de la tradici\u00f3n. Esta forma de modernismo, por el hecho de sustituir la actualidad por la verdad, se muestra incapaz de satisfacer las exigencias de verdad a la que la teolog\u00eda debe dar respuesta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">88. Otro peligro considerable es el&nbsp;<em>cientificismo<\/em>. Esta corriente filos\u00f3fica no admite como v\u00e1lidas otras formas de conocimiento que no sean las propias de las ciencias positivas, relegando al \u00e1mbito de la mera imaginaci\u00f3n tanto el conocimiento religioso y teol\u00f3gico, como el saber \u00e9tico y est\u00e9tico. En el pasado, esta misma idea se expresaba en el positivismo y en el neopositivismo, que consideraban sin sentido las afirmaciones de car\u00e1cter metaf\u00edsico. La cr\u00edtica epistemol\u00f3gica ha desacreditado esta postura, que, no obstante, vuelve a surgir bajo la nueva forma del cientificismo. En esta perspectiva, los valores quedan relegados a meros productos de la emotividad y la noci\u00f3n de ser es marginada para dar lugar a lo puro y simplemente f\u00e1ctico. La ciencia se prepara a dominar todos los aspectos de la existencia humana a trav\u00e9s del progreso tecnol\u00f3gico. Los \u00e9xitos innegables de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica y de la tecnolog\u00eda contempor\u00e1nea han contribuido a difundir la mentalidad cientificista, que parece no encontrar l\u00edmites, teniendo en cuenta como ha penetrado en las diversas culturas y como ha aportado en ellas cambios radicales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se debe constatar lamentablemente que lo relativo a la cuesti\u00f3n sobre el sentido de la vida es considerado por el cientificismo como algo que pertenece al campo de lo irracional o de lo imaginario. No menos desalentador es el modo en que esta corriente de pensamiento trata otros grandes problemas de la filosof\u00eda que, o son ignorados o se afrontan con an\u00e1lisis basados en analog\u00edas superficiales, sin fundamento racional. Esto lleva al empobrecimiento de la reflexi\u00f3n humana, que se ve privada de los problemas de fondo que el&nbsp;<em>animal rationale&nbsp;<\/em>se ha planteado constantemente, desde el inicio de su existencia terrena. En esta perspectiva, al marginar la cr\u00edtica proveniente de la valoraci\u00f3n \u00e9tica, la mentalidad cientificista ha conseguido que muchos acepten la idea seg\u00fan la cual lo que es t\u00e9cnicamente realizable llega a ser por ello moralmente admisible.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">89. No menores peligros conlleva el&nbsp;<em>pragmatismo<\/em>, actitud mental propia de quien, al hacer sus opciones, excluye el recurso a reflexiones teor\u00e9ticas o a valoraciones basadas en principios \u00e9ticos. Las consecuencias derivadas de esta corriente de pensamiento son notables. En particular, se ha ido afirmando un concepto de democracia que no contempla la referencia a fundamentos de orden axiol\u00f3gico y por tanto inmutables. La admisibilidad o no de un determinado comportamiento se decide con el voto de la mayor\u00eda parlamentaria.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242X\">105<\/a><\/sup>&nbsp;Las consecuencias de semejante planteamiento son evidentes: las grandes decisiones morales del hombre se subordinan, de hecho, a las deliberaciones tomadas cada vez por los \u00f3rganos institucionales. M\u00e1s a\u00fan, la misma antropolog\u00eda est\u00e1 fuertemente condicionada por una visi\u00f3n unidimensional del ser humano, ajena a los grandes dilemas \u00e9ticos y a los an\u00e1lisis existenciales sobre el sentido del sufrimiento y del sacrificio, de la vida y de la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">90. Las tesis examinadas hasta aqu\u00ed llevan, a su vez, a una concepci\u00f3n m\u00e1s general, que actualmente parece constituir el horizonte com\u00fan para muchas filosof\u00edas que se han alejado del sentido del ser. Me estoy refiriendo a la postura nihilista, que rechaza todo fundamento a la vez que niega toda verdad objetiva. El&nbsp;<em>nihilismo<\/em>, aun antes de estar en contraste con las exigencias y los contenidos de la palabra de Dios, niega la humanidad del hombre y su misma identidad. En efecto, se ha de tener en cuenta que la negaci\u00f3n del ser comporta inevitablemente la p\u00e9rdida de contacto con la verdad objetiva y, por consiguiente, con el fundamento de la dignidad humana. De este modo se hace posible borrar del rostro del hombre los rasgos que manifiestan su semejanza con Dios, para llevarlo progresivamente o a una destructiva voluntad de poder o a la desesperaci\u00f3n de la soledad. Una vez que se ha quitado la verdad al hombre, es pura ilusi\u00f3n pretender hacerlo libre. En efecto, verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242Y\">106<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">91. Al comentar las corrientes de pensamiento apenas mencionadas no ha sido mi intenci\u00f3n presentar un cuadro completo de la situaci\u00f3n actual de la filosof\u00eda, que, por otra parte, ser\u00eda dif\u00edcil de englobar en una visi\u00f3n unitaria. Quiero subrayar, de hecho, que la herencia del saber y de la sabidur\u00eda se ha enriquecido en diversos campos. Basta citar la l\u00f3gica, la filosof\u00eda del lenguaje, la epistemolog\u00eda, la filosof\u00eda de la naturaleza, la antropolog\u00eda, el an\u00e1lisis profundo de las v\u00edas afectivas del conocimiento, el acercamiento existencial al an\u00e1lisis de la libertad. Por otra parte, la afirmaci\u00f3n del principio de inmanencia, que es el centro de la postura racionalista, suscit\u00f3, a partir del siglo pasado, reacciones que han llevado a un planteamiento radical de los postulados considerados indiscutibles. Nacieron as\u00ed corrientes irracionalistas, mientras la cr\u00edtica pon\u00eda de manifiesto la inutilidad de la exigencia de autofundaci\u00f3n absoluta de la raz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Nuestra \u00e9poca ha sido calificada por ciertos pensadores como la \u00e9poca de la \u00ab postmodernidad \u00bb. Este t\u00e9rmino, utilizado frecuentemente en contextos muy diferentes unos de otros, designa la aparici\u00f3n de un conjunto de factores nuevos, que por su difusi\u00f3n y eficacia han sido capaces de determinar cambios significativos y duraderos. As\u00ed, el t\u00e9rmino se ha empleado primero a prop\u00f3sito de fen\u00f3menos de orden est\u00e9tico, social y tecnol\u00f3gico. Sucesivamente ha pasado al \u00e1mbito filos\u00f3fico, quedando caracterizado no obstante por una cierta ambig\u00fcedad, tanto porque el juicio sobre lo que se llama \u00ab postmoderno \u00bb es unas veces positivo y otras negativo, como porque falta consenso sobre el delicado problema de la delimitaci\u00f3n de las diferentes \u00e9pocas hist\u00f3ricas. Sin embargo, no hay duda de que las corrientes de pensamiento relacionadas con la postmodernidad merecen una adecuada atenci\u00f3n. En efecto, seg\u00fan algunas de ellas el tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente; el hombre deber\u00eda ya aprender a vivir en una perspectiva de carencia total de sentido, caracterizada por lo provisional y fugaz. Muchos autores, en su cr\u00edtica demoledora de toda certeza e ignorando las distinciones necesarias, contestan incluso la certeza de la fe.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este nihilismo encuentra una cierta confirmaci\u00f3n en la terrible experiencia del mal que ha marcado nuestra \u00e9poca. Ante esta experiencia dram\u00e1tica, el optimismo racionalista que ve\u00eda en la historia el avance victorioso de la raz\u00f3n, fuente de felicidad y de libertad, no ha podido mantenerse en pie, hasta el punto de que una de las mayores amenazas en este fin de siglo es la tentaci\u00f3n de la desesperaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sin embargo es verdad que una cierta mentalidad positivista sigue alimentando la ilusi\u00f3n de que, gracias a las conquistas cient\u00edficas y t\u00e9cnicas, el hombre, como demiurgo, pueda llegar por s\u00ed solo a conseguir el pleno dominio de su destino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Cometidos actuales de la teolog\u00eda<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">92. Como inteligencia de la Revelaci\u00f3n, la teolog\u00eda en las diversas \u00e9pocas hist\u00f3ricas ha debido afrontar siempre las exigencias de las diferentes culturas para luego conciliar en ellas el contenido de la fe con una conceptualizaci\u00f3n coherente. Hoy tiene tambi\u00e9n un doble cometido. En efecto, por una parte debe desarrollar la labor que el Concilio Vaticano II le encomend\u00f3 en su momento: renovar las propias metodolog\u00edas para un servicio m\u00e1s eficaz a la evangelizaci\u00f3n. En esta perspectiva, \u00bfc\u00f3mo no recordar las palabras pronunciadas por el Sumo Pont\u00edfice Juan XXIII en la apertura del Concilio? Dec\u00eda entonces: \u00ab Es necesario, adem\u00e1s, como lo desean ardientemente todos los que promueven sinceramente el esp\u00edritu cristiano, cat\u00f3lico y apost\u00f3lico, conocer con mayor amplitud y profundidad esta doctrina que debe impregnar las conciencias. Esta doctrina es, sin duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe prestarle obediencia, pero hay que investigarla y exponerla seg\u00fan las exigencias de nuestro tiempo \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%242Z\">107<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por otra parte, la teolog\u00eda debe mirar hacia la verdad \u00faltima que recibe con la Revelaci\u00f3n, sin darse por satisfecha con las fases intermedias. Es conveniente que el te\u00f3logo recuerde que su trabajo corresponde \u00ab al dinamismo presente en la fe misma \u00bb y que el objeto propio de su investigaci\u00f3n es \u00ab la Verdad, el Dios vivo y su designio de salvaci\u00f3n revelado en Jesucristo \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2430\">108<\/a><\/sup>&nbsp;Este cometido, que afecta en primer lugar a la teolog\u00eda, ata\u00f1e igualmente a la filosof\u00eda. En efecto, los numerosos problemas actuales exigen un trabajo com\u00fan, aunque realizado con metodolog\u00edas diversas, para que la verdad sea nuevamente conocida y expresada. La Verdad, que es Cristo, se impone como autoridad universal que dirige, estimula y hacer crecer (cf.&nbsp;<em>Ef&nbsp;<\/em>4, 15) tanto la teolog\u00eda como la filosof\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Creer en la posibilidad de conocer una verdad universalmente v\u00e1lida no es en modo alguno fuente de intolerancia; al contrario, es una condici\u00f3n necesaria para un di\u00e1logo sincero y aut\u00e9ntico entre las personas. S\u00f3lo bajo esta condici\u00f3n es posible superar las divisiones y recorrer juntos el camino hacia la verdad completa, siguiendo los senderos que s\u00f3lo conoce el Esp\u00edritu del Se\u00f1or resucitado.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2431\">109<\/a><\/sup>&nbsp;Deseo indicar ahora c\u00f3mo la exigencia de unidad se presenta concretamente hoy ante las tareas actuales de la teolog\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">93. El objetivo fundamental al que tiende la teolog\u00eda consiste en&nbsp;<em>presentar la inteligencia de la Revelaci\u00f3n y el contenido de la fe<\/em>. Por tanto, el verdadero centro de su reflexi\u00f3n ser\u00e1 la contemplaci\u00f3n del misterio mismo de Dios Trino. A \u00c9l se llega reflexionando sobre el misterio de la encarnaci\u00f3n del Hijo de Dios: sobre su hacerse hombre y el consiguiente caminar hacia la pasi\u00f3n y muerte, misterio que desembocar\u00e1 en su gloriosa resurrecci\u00f3n y ascensi\u00f3n a la derecha del Padre, de donde enviar\u00e1 el Esp\u00edritu de la verdad para constituir y animar a su Iglesia. En este horizonte, un objetivo primario de la teolog\u00eda es la comprensi\u00f3n de la&nbsp;<em>kenosis&nbsp;<\/em>de Dios, verdadero gran misterio para la mente humana, a la cual resulta inaceptable que el sufrimiento y la muerte puedan expresar el amor que se da sin pedir nada a cambio. En esta perspectiva se impone como exigencia b\u00e1sica y urgente un an\u00e1lisis atento de los textos. En primer lugar, los textos escritur\u00edsticos; despu\u00e9s, los de la Tradici\u00f3n viva de la Iglesia. A este respecto, se plantean hoy algunos problemas, s\u00f3lo nuevos en parte, cuya soluci\u00f3n coherente no se podr\u00e1 encontrar prescindiendo de la aportaci\u00f3n de la filosof\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">94. Un primer aspecto problem\u00e1tico es la relaci\u00f3n entre el significado y la verdad. Como cualquier otro texto, tambi\u00e9n las fuentes que el te\u00f3logo interpreta transmiten ante todo un significado, que se ha de descubrir y exponer. Ahora bien, este significado se presenta como la verdad sobre Dios, que es comunicada por \u00c9l mismo a trav\u00e9s del texto sagrado. En el lenguaje humano, pues, toma cuerpo el lenguaje de Dios, que comunica la propia verdad con la admirable \u00ab condescendencia \u00bb que refleja la l\u00f3gica de la Encarnaci\u00f3n.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2432\">110<\/a><\/sup>&nbsp;Al interpretar las fuentes de la Revelaci\u00f3n es necesario, por tanto, que el te\u00f3logo se pregunte cu\u00e1l es la verdad profunda y genuina que los textos quieren comunicar, a pesar de los l\u00edmites del lenguaje.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En cuanto a los textos b\u00edblicos, y a los Evangelios en particular, su verdad no se reduce ciertamente a la narraci\u00f3n de meros acontecimientos hist\u00f3ricos o a la revelaci\u00f3n de hechos neutrales, como postula el positivismo historicista.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2433\">111<\/a><\/sup>&nbsp;Al contrario, estos textos presentan acontecimientos cuya verdad va m\u00e1s all\u00e1 de las vicisitudes hist\u00f3ricas: su significado est\u00e1&nbsp;<em>en&nbsp;<\/em>y&nbsp;<em>para&nbsp;<\/em>la historia de la salvaci\u00f3n. Esta verdad tiene su plena explicitaci\u00f3n en la lectura constante que la Iglesia hace de dichos textos a lo largo de los siglos, manteniendo inmutable su significado originario. Es urgente, pues, interrogarse incluso filos\u00f3ficamente sobre la relaci\u00f3n que hay entre el hecho y su significado; relaci\u00f3n que constituye el sentido espec\u00edfico de la historia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">95. La palabra de Dios no se dirige a un solo pueblo y a una sola \u00e9poca. Igualmente, los enunciados dogm\u00e1ticos, aun reflejando a veces la cultura del per\u00edodo en que se formulan, presentan una verdad estable y definitiva. Surge, pues, la pregunta sobre c\u00f3mo se puede conciliar el car\u00e1cter absoluto y universal de la verdad con el inevitable condicionamiento hist\u00f3rico y cultural de las f\u00f3rmulas en que se expresa. Como he dicho anteriormente, las tesis del historicismo no son defendibles. En cambio, la aplicaci\u00f3n de una hermen\u00e9utica abierta a la instancia metaf\u00edsica permite mostrar c\u00f3mo, a partir de las circunstancias hist\u00f3ricas y contingentes en que han madurado los textos, se llega a la verdad expresada en ellos, que va m\u00e1s all\u00e1 de dichos condicionamientos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con su lenguaje hist\u00f3rico y circunscrito el hombre puede expresar unas verdades que transcienden el fen\u00f3meno ling\u00fc\u00edstico. En efecto, la verdad jam\u00e1s puede ser limitada por el tiempo y la cultura; se conoce en la historia, pero supera la historia misma.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">96. Esta consideraci\u00f3n permite entrever la soluci\u00f3n de otro problema: el de la perenne validez del lenguaje conceptual usado en las definiciones conciliares. Mi predecesor P\u00edo XII ya afront\u00f3 esta cuesti\u00f3n en la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a><\/em>.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2434\">112<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Reflexionar sobre este tema no es f\u00e1cil, porque se debe tener en cuenta seriamente el significado que adquieren las palabras en las diversas culturas y en \u00e9pocas diferentes. De todos modos, la historia del pensamiento ense\u00f1a que a trav\u00e9s de la evoluci\u00f3n y la variedad de las culturas ciertos conceptos b\u00e1sicos mantienen su valor cognoscitivo universal y, por tanto, la verdad de las proposiciones que los expresan.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2435\">113<\/a><\/sup>&nbsp;Si no fuera as\u00ed, la filosof\u00eda y las ciencias no podr\u00edan comunicarse entre ellas, ni podr\u00edan ser asumidas por culturas distintas de aquellas en que han sido pensadas y elaboradas. El problema hermen\u00e9utico, por tanto, existe, pero tiene soluci\u00f3n. Por otra parte, el valor objetivo de muchos conceptos no excluye que a menudo su significado sea imperfecto. La especulaci\u00f3n filos\u00f3fica podr\u00eda ayudar mucho en este campo. Por tanto, es de desear un esfuerzo particular para profundizar la relaci\u00f3n entre lenguaje conceptual y verdad, para proponer v\u00edas adecuadas para su correcta comprensi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">97. Si un cometido importante de la teolog\u00eda es la interpretaci\u00f3n de las fuentes, un paso ulterior e incluso m\u00e1s delicado y exigente es la&nbsp;<em>comprensi\u00f3n de la verdad revelada<\/em>, o sea, la elaboraci\u00f3n del&nbsp;<em>intellectus fidei<\/em>. Como ya he dicho, el&nbsp;<em>intellectus fidei&nbsp;<\/em>necesita la aportaci\u00f3n de una filosof\u00eda del ser, que permita ante todo a la&nbsp;<em>teolog\u00eda dogm\u00e1tica&nbsp;<\/em>desarrollar de manera adecuada sus funciones. El pragmatismo dogm\u00e1tico de principios de este siglo, seg\u00fan el cual las verdades de fe no ser\u00edan m\u00e1s que reglas de comportamiento, ha sido ya descartado y rechazado;&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2436\">114<\/a><\/sup>&nbsp;a pesar de esto, queda siempre la tentaci\u00f3n de comprender estas verdades de manera puramente funcional. En este caso, se caer\u00eda en un esquema inadecuado, reductivo y desprovisto de la necesaria incisividad especulativa. Por ejemplo, una cristolog\u00eda que se estructurara unilateralmente \u00ab desde abajo \u00bb, como hoy suele decirse, o una eclesiolog\u00eda elaborada \u00fanicamente sobre el modelo de la sociedad civil, dif\u00edcilmente podr\u00edan evitar el peligro de tal reduccionismo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si el&nbsp;<em>intellectus fidei&nbsp;<\/em>quiere incorporar toda la riqueza de la tradici\u00f3n teol\u00f3gica, debe recurrir a la filosof\u00eda del ser. \u00c9sta debe poder replantear el problema del ser seg\u00fan las exigencias y las aportaciones de toda la tradici\u00f3n filos\u00f3fica, incluida la m\u00e1s reciente, evitando caer en in\u00fatiles repeticiones de esquemas anticuados. En el marco de la tradici\u00f3n metaf\u00edsica cristiana, la filosof\u00eda del ser es una filosof\u00eda din\u00e1mica que ve la realidad en sus estructuras ontol\u00f3gicas, causales y comunicativas. Ella tiene fuerza y perenne validez por estar fundamentada en el hecho mismo del ser, que permite la apertura plena y global hacia la realidad entera, superando cualquier l\u00edmite hasta llegar a Aqu\u00e9l que lo perfecciona todo.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2437\">115<\/a><\/sup>&nbsp;En la teolog\u00eda, que recibe sus principios de la Revelaci\u00f3n como nueva fuente de conocimiento, se confirma esta perspectiva seg\u00fan la \u00edntima relaci\u00f3n entre fe y racionalidad metaf\u00edsica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">98. Consideraciones an\u00e1logas se pueden hacer tambi\u00e9n por lo que se refiere a la&nbsp;<em>teolog\u00eda moral<\/em>. La recuperaci\u00f3n de la filosof\u00eda es urgente asimismo para la comprensi\u00f3n de la fe, relativa a la actuaci\u00f3n de los creyentes. Ante los retos contempor\u00e1neos en el campo social, econ\u00f3mico, pol\u00edtico y cient\u00edfico, la conciencia \u00e9tica del hombre est\u00e1 desorientada. En la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a>&nbsp;<\/em>he puesto de relieve que muchos de los problemas que tiene el mundo actual derivan de una \u00ab crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la raz\u00f3n humana pueda conocer, ha cambiado tambi\u00e9n inevitablemente la concepci\u00f3n misma de la conciencia: a \u00e9sta ya no se la considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situaci\u00f3n y expresar as\u00ed un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aqu\u00ed y ahora; sino que m\u00e1s bien se est\u00e1 orientando a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo aut\u00f3nomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visi\u00f3n coincide con una \u00e9tica individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los dem\u00e1s \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2438\">116<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En toda la Enc\u00edclica he subrayado claramente el papel fundamental que corresponde a la verdad en el campo moral. Esta verdad, respecto a la mayor parte de los problemas \u00e9ticos m\u00e1s urgentes, exige, por parte de la teolog\u00eda moral, una atenta reflexi\u00f3n que ponga bien de relieve su arraigo en la palabra de Dios. Para cumplir esta misi\u00f3n propia, la teolog\u00eda moral debe recurrir a una \u00e9tica filos\u00f3fica orientada a la verdad del bien; a una \u00e9tica, pues, que no sea subjetivista ni utilitarista. Esta \u00e9tica implica y presupone una antropolog\u00eda filos\u00f3fica y una metaf\u00edsica del bien. Gracias a esta visi\u00f3n unitaria, vinculada necesariamente a la santidad cristiana y al ejercicio de las virtudes humanas y sobrenaturales, la teolog\u00eda moral ser\u00e1 capaz de afrontar los diversos problemas de su competencia \u2014como la paz, la justicia social, la familia, la defensa de la vida y del ambiente natural\u2014 del modo m\u00e1s adecuado y eficaz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">99. La labor teol\u00f3gica en la Iglesia est\u00e1 ante todo al servicio del anuncio de la fe y de la catequesis.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%2439\">117<\/a><\/sup>&nbsp;El anuncio o kerigma llama a la conversi\u00f3n, proponiendo la verdad de Cristo que culmina en su Misterio pascual. En efecto, s\u00f3lo en Cristo es posible conocer la plenitud de la verdad que nos salva (cf.&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>4, 12;&nbsp;<em>1 Tm&nbsp;<\/em>2, 4-6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este contexto se comprende bien por qu\u00e9, adem\u00e1s de la teolog\u00eda, tiene tambi\u00e9n un notable inter\u00e9s la referencia a la&nbsp;<em>catequesis<\/em>, pues conlleva implicaciones filos\u00f3ficas que deben estudiarse a la luz de la fe. La ense\u00f1anza dada en la catequesis tiene un efecto formativo para la persona. La catequesis, que es tambi\u00e9n comunicaci\u00f3n ling\u00fc\u00edstica, debe presentar la doctrina de la Iglesia en su integridad,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243A\">118<\/a><\/sup>&nbsp;mostrando su relaci\u00f3n con la vida de los creyentes.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243B\">119<\/a><\/sup>&nbsp;Se da as\u00ed una uni\u00f3n especial entre ense\u00f1anza y vida, que es imposible alcanzar de otro modo. En efecto, lo que se comunica en la catequesis no es un conjunto de verdades conceptuales, sino el misterio del Dios vivo.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243C\">120<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La reflexi\u00f3n filos\u00f3fica puede contribuir mucho a clarificar la relaci\u00f3n entre verdad y vida, entre acontecimiento y verdad doctrinal y, sobre todo, la relaci\u00f3n entre verdad trascendente y lenguaje humanamente inteligible.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243D\">121<\/a><\/sup>&nbsp;La reciprocidad que hay entre las materias teol\u00f3gicas y los objetivos alcanzados por las diferentes corrientes filos\u00f3ficas puede manifestar, pues, una fecundidad concreta de cara a la comunicaci\u00f3n de la fe y de su comprensi\u00f3n m\u00e1s profunda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CONCLUSI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">100. Pasados m\u00e1s cien a\u00f1os de la publicaci\u00f3n de la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/leo-xiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_04081879_aeterni-patris.html\">\u00c6terni Patris<\/a>&nbsp;<\/em>de Le\u00f3n XIII, a la que me he referido varias veces en estas p\u00e1ginas, me ha parecido necesario acometer de nuevo y de modo m\u00e1s sistem\u00e1tico el argumento sobre la relaci\u00f3n entre fe y filosof\u00eda. Es evidente la importancia que el pensamiento filos\u00f3fico tiene en el desarrollo de las culturas y en la orientaci\u00f3n de los comportamientos personales y sociales. Dicho pensamiento ejerce una gran influencia, incluso sobre la teolog\u00eda y sobre sus diversas ramas, que no siempre se percibe de manera expl\u00edcita. Por esto, he considerado justo y necesario subrayar el valor que la filosof\u00eda tiene para la comprensi\u00f3n de la fe y las limitaciones a las que se ve sometida cuando olvida o rechaza las verdades de la Revelaci\u00f3n. En efecto, la Iglesia est\u00e1 profundamente convencida de que fe y raz\u00f3n \u00ab se ayudan mutuamente \u00bb,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243E\">122<\/a><\/sup>&nbsp;ejerciendo rec\u00edprocamente una funci\u00f3n tanto de examen cr\u00edtico y purificador, como de est\u00edmulo para progresar en la b\u00fasqueda y en la profundizaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">101. Cuando nuestra consideraci\u00f3n se centra en la historia del pensamiento, sobre todo en Occidente, es f\u00e1cil ver la riqueza que ha significado para el progreso de la humanidad el encuentro entre filosof\u00eda y teolog\u00eda, y el intercambio de sus respectivos resultados. La teolog\u00eda, que ha recibido como don una apertura y una originalidad que le permiten existir como ciencia de la fe, ha estimulado ciertamente la raz\u00f3n a permanecer abierta a la novedad radical que comporta la revelaci\u00f3n de Dios. Esto ha sido una ventaja indudable para la filosof\u00eda, que as\u00ed ha visto abrirse nuevos horizontes de significados in\u00e9ditos que la raz\u00f3n est\u00e1 llamada a estudiar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente a la luz de esta constataci\u00f3n, de la misma manera que he reafirmado la necesidad de que la teolog\u00eda recupere su leg\u00edtima relaci\u00f3n con la filosof\u00eda, tambi\u00e9n me siento en el deber de subrayar la oportunidad de que la filosof\u00eda, por el bien y el progreso del pensamiento, recupere su relaci\u00f3n con la teolog\u00eda. En \u00e9sta la filosof\u00eda no encontrar\u00e1 la reflexi\u00f3n de un \u00fanico individuo que, aunque profunda y rica, lleva siempre consigo los l\u00edmites propios de la capacidad de pensamiento de uno solo, sino la riqueza de una reflexi\u00f3n com\u00fan. En efecto, en la reflexi\u00f3n sobre la verdad la teolog\u00eda est\u00e1 apoyada, por su misma naturaleza, en la nota de la&nbsp;<em>eclesialidad<\/em>&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243F\">123<\/a><\/sup>&nbsp;y en la tradici\u00f3n del Pueblo de Dios con su pluralidad de saberes y culturas en la unidad de la fe.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">102. La Iglesia, al insistir sobre la importancia y las verdaderas dimensiones del pensamiento filos\u00f3fico, promueve a la vez tanto la defensa de la dignidad del hombre como el anuncio del mensaje evang\u00e9lico. Ante tales cometidos, lo m\u00e1s urgente hoy es llevar a los hombres a descubrir su capacidad de conocer la verdad&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243G\">124<\/a><\/sup>&nbsp;y su anhelo de un sentido \u00faltimo y definitivo de la existencia. En la perspectiva de estas profundas exigencias, inscritas por Dios en la naturaleza humana, se ve incluso m\u00e1s clara el significado humano y humanizador de la palabra de Dios. Gracias a la mediaci\u00f3n de una filosof\u00eda que ha llegado a ser tambi\u00e9n verdadera sabidur\u00eda, el hombre contempor\u00e1neo llegar\u00e1 as\u00ed a reconocer que ser\u00e1 tanto m\u00e1s hombre cuanto, entreg\u00e1ndose al Evangelio, m\u00e1s se abra a Cristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">103. La filosof\u00eda, adem\u00e1s, es como el espejo en el que se refleja la cultura de los pueblos. Una filosof\u00eda que, impulsada por las exigencias de la teolog\u00eda, se desarrolla en coherencia con la fe, forma parte de la \u00ab evangelizaci\u00f3n de la cultura \u00bb que Pablo VI propuso como uno de los objetivos fundamentales de la evangelizaci\u00f3n.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243H\">125<\/a><\/sup>&nbsp;A la vez que no me canso de recordar la urgencia de una&nbsp;<em>nueva evangelizaci\u00f3n<\/em>, me dirijo a los fil\u00f3sofos para que profundicen en las dimensiones de la verdad, del bien y de la belleza, a las que conduce la palabra de Dios. Esto es m\u00e1s urgente a\u00fan si se consideran los retos que el nuevo milenio trae consigo y que afectan de modo particular a las regiones y culturas de antigua tradici\u00f3n cristiana. Esta atenci\u00f3n debe considerarse tambi\u00e9n como una aportaci\u00f3n fundamental y original en el camino de la nueva evangelizaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">104. El pensamiento filos\u00f3fico es a menudo el \u00fanico \u00e1mbito de entendimiento y de di\u00e1logo con quienes no comparten nuestra fe. El movimiento filos\u00f3fico contempor\u00e1neo exige el esfuerzo atento y competente de fil\u00f3sofos creyentes capaces de asumir las esperanzas, nuevas perspectivas y problem\u00e1ticas de este momento hist\u00f3rico. El fil\u00f3sofo cristiano, al argumentar a la luz de la raz\u00f3n y seg\u00fan sus reglas, aunque guiado siempre por la inteligencia que le viene de la palabra de Dios, puede desarrollar una reflexi\u00f3n que ser\u00e1 comprensible y sensata incluso para quien no percibe a\u00fan la verdad plena que manifiesta la divina Revelaci\u00f3n. Este \u00e1mbito de entendimiento y de di\u00e1logo es hoy muy importante ya que los problemas que se presentan con m\u00e1s urgencia a la humanidad \u2014como el problema ecol\u00f3gico, el de la paz o el de la convivencia de las razas y de las culturas\u2014 encuentran una posible soluci\u00f3n a la luz de una clara y honesta colaboraci\u00f3n de los cristianos con los fieles de otras religiones y con quienes, a\u00fan no compartiendo una creencia religiosa, buscan la renovaci\u00f3n de la humanidad. Lo afirma el Concilio Vaticano II: \u00ab El deseo de que este di\u00e1logo sea conducido s\u00f3lo por el amor a la verdad, guardando siempre la debida prudencia, no excluye por nuestra parte a nadie, ni a aquellos que cultivan los bienes preclaros del esp\u00edritu humano, pero no reconocen todav\u00eda a su Autor, ni a aqu\u00e9llos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de diferentes maneras \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243I\">126<\/a><\/sup>&nbsp;Una filosof\u00eda en la que resplandezca algo de la verdad de Cristo, \u00fanica respuesta definitiva a los problemas del hombre,&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243J\">127<\/a><\/sup>&nbsp;ser\u00e1 una ayuda eficaz para la \u00e9tica verdadera y a la vez planetaria que necesita hoy la humanidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">105. Al concluir esta Enc\u00edclica quiero dirigir una ulterior llamada ante todo a los&nbsp;<em>te\u00f3logos<\/em>, a fin de que dediquen particular atenci\u00f3n a las implicaciones filos\u00f3ficas de la palabra de Dios y realicen una reflexi\u00f3n de la que emerja la dimensi\u00f3n especulativa y pr\u00e1ctica de la ciencia teol\u00f3gica. Deseo agradecerles su servicio eclesial. La relaci\u00f3n \u00edntima entre la sabidur\u00eda teol\u00f3gica y el saber filos\u00f3fico es una de las riquezas m\u00e1s originales de la tradici\u00f3n cristiana en la profundizaci\u00f3n de la verdad revelada. Por esto, los exhorto a recuperar y subrayar m\u00e1s la dimensi\u00f3n metaf\u00edsica de la verdad para entrar as\u00ed en di\u00e1logo cr\u00edtico y exigente tanto el con pensamiento filos\u00f3fico contempor\u00e1neo como con toda la tradici\u00f3n filos\u00f3fica, ya est\u00e9 en sinton\u00eda o en contraposici\u00f3n con la palabra de Dios. Que tengan siempre presente la indicaci\u00f3n de san Buenaventura, gran maestro del pensamiento y de la espiritualidad, el cual al introducir al lector en su&nbsp;<em>Itinerarium mentis in Deum&nbsp;<\/em>lo invitaba a darse cuenta de que \u00ab no es suficiente la lectura sin el arrepentimiento, el conocimiento sin la devoci\u00f3n, la b\u00fasqueda sin el impulso de la sorpresa, la prudencia sin la capacidad de abandonarse a la alegr\u00eda, la actividad disociada de la religiosidad, el saber separado de la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio no sostenido por la divina gracia, la reflexi\u00f3n sin la sabidur\u00eda inspirada por Dios \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243K\">128<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Me dirijo tambi\u00e9n a quienes tienen la&nbsp;<em>responsabilidad de la formaci\u00f3n sacerdotal<\/em>, tanto acad\u00e9mica como pastoral, para que cuiden con particular atenci\u00f3n la preparaci\u00f3n filos\u00f3fica de los que habr\u00e1n de anunciar el Evangelio al hombre de hoy y, sobre todo, de quienes se dedicar\u00e1n al estudio y la ense\u00f1anza de la teolog\u00eda. Que se esfuercen en realizar su labor a la luz de las prescripciones del Concilio Vaticano II&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243L\">129<\/a><\/sup>&nbsp;y de las disposiciones posteriores, las cuales presentan el inderogable y urgente cometido, al que todos estamos llamados, de contribuir a una aut\u00e9ntica y profunda comunicaci\u00f3n de las verdades de la fe. Que no se olvide la grave responsabilidad de una previa y adecuada preparaci\u00f3n de los profesores destinados a la ense\u00f1anza de la filosof\u00eda en los Seminarios y en las Facultades eclesi\u00e1sticas.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243M\">130<\/a><\/sup>&nbsp;Es necesario que esta ense\u00f1anza est\u00e9 acompa\u00f1ada de la conveniente preparaci\u00f3n cient\u00edfica, que se ofrezca de manera sistem\u00e1tica proponiendo el gran patrimonio de la tradici\u00f3n cristiana y que se realice con el debido discernimiento ante las exigencias actuales de la Iglesia y del mundo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">106. Mi llamada se dirige, adem\u00e1s, a los&nbsp;<em>fil\u00f3sofos&nbsp;<\/em>y a los&nbsp;<em>profesores de filosof\u00eda<\/em>, para que tengan la valent\u00eda de recuperar, siguiendo una tradici\u00f3n filos\u00f3fica perennemente v\u00e1lida, las dimensiones de aut\u00e9ntica sabidur\u00eda y de verdad, incluso metaf\u00edsica, del pensamiento filos\u00f3fico. Que se dejen interpelar por las exigencias que provienen de la palabra de Dios y est\u00e9n dispuestos a realizar su razonamiento y argumentaci\u00f3n como respuesta a las mismas. Que se orienten siempre hacia la verdad y est\u00e9n atentos al bien que ella contiene. De este modo podr\u00e1n formular la \u00e9tica aut\u00e9ntica que la humanidad necesita con urgencia, particularmente en estos a\u00f1os. La Iglesia sigue con atenci\u00f3n y simpat\u00eda sus investigaciones; pueden estar seguros, pues, del respeto que ella tiene por la justa autonom\u00eda de su ciencia. De modo particular, deseo alentar a los creyentes que trabajan en el campo de la filosof\u00eda, a fin de que iluminen los diversos \u00e1mbitos de la actividad humana con el ejercicio de una raz\u00f3n que es m\u00e1s segura y perspicaz por la ayuda que recibe de la fe.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Finalmente, dirijo tambi\u00e9n unas palabras a los&nbsp;<em>cient\u00edficos<\/em>, que con sus investigaciones nos ofrecen un progresivo conocimiento del universo en su conjunto y de la variedad incre\u00edblemente rica de sus elementos, animados e inanimados, con sus complejas estructuras at\u00f3micas y moleculares. El camino realizado por ellos ha alcanzado, especialmente en este siglo, metas que siguen asombr\u00e1ndonos. Al expresar mi admiraci\u00f3n y mi aliento hacia estos valiosos pioneros de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, a los cuales la humanidad debe tanto de su desarrollo actual, siento el deber de exhortarlos a continuar en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el horizonte&nbsp;<em>sapiencial&nbsp;<\/em>en el cual los logros cient\u00edficos y tecnol\u00f3gicos est\u00e1n acompa\u00f1ados por los valores filos\u00f3ficos y \u00e9ticos, que son una manifestaci\u00f3n caracter\u00edstica e imprescindible de la persona humana. El cient\u00edfico es muy consciente de que \u00ab la b\u00fasqueda de la verdad, incluso cuando ata\u00f1e a una realidad limitada del mundo o del hombre, no termina nunca, remite siempre a algo que est\u00e1 por encima del objeto inmediato de los estudios, a los interrogantes que abren el acceso al Misterio \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243N\">131<\/a><\/sup><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">107. Pido a&nbsp;<em>todos&nbsp;<\/em>que fijen su atenci\u00f3n en el hombre, que Cristo salv\u00f3 en el misterio de su amor, y en su permanente b\u00fasqueda de verdad y de sentido. Diversos sistemas filos\u00f3ficos, enga\u00f1\u00e1ndolo, lo han convencido de que es due\u00f1o absoluto de s\u00ed mismo, que puede decidir aut\u00f3nomamente sobre su propio destino y su futuro confiando s\u00f3lo en s\u00ed mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jam\u00e1s consistir\u00e1 en esto. S\u00f3lo la opci\u00f3n de insertarse en la verdad, al amparo de la Sabidur\u00eda y en coherencia con ella, ser\u00e1 determinante para su realizaci\u00f3n. Solamente en este horizonte de la verdad comprender\u00e1 la realizaci\u00f3n plena de su libertad y su llamada al amor y al conocimiento de Dios como realizaci\u00f3n suprema de s\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">108. Mi \u00faltimo pensamiento se dirige a Aqu\u00e9lla que la oraci\u00f3n de la Iglesia invoca como&nbsp;<em>Trono de la Sabidur\u00eda<\/em>. Su misma vida es una verdadera par\u00e1bola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlaci\u00f3n entre la vocaci\u00f3n de la Sant\u00edsima Virgen y la de la aut\u00e9ntica filosof\u00eda. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y femineidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, as\u00ed la filosof\u00eda est\u00e1 llamada a prestar su aportaci\u00f3n, racional y cr\u00edtica, para que la teolog\u00eda, como comprensi\u00f3n de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que Mar\u00eda, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdi\u00f3 de su verdadera humanidad y libertad, as\u00ed el pensamiento filos\u00f3fico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonom\u00eda, sino que siente como su b\u00fasqueda es impulsada hacia su m\u00e1s alta realizaci\u00f3n. Esta verdad la hab\u00edan comprendido muy bien los santos monjes de la antig\u00fcedad cristiana, cuando llamaban a Mar\u00eda \u00ab la mesa intelectual de la fe \u00bb.&nbsp;<sup><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#%243O\">132<\/a><\/sup>&nbsp;En ella ve\u00edan la imagen coherente de la verdadera filosof\u00eda y estaban convencidos de que deb\u00edan&nbsp;<em>philosophari in Maria<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Que el Trono de la Sabidur\u00eda sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la b\u00fasqueda de la sabidur\u00eda. Que el camino hacia ella, \u00faltimo y aut\u00e9ntico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obst\u00e1culo por la intercesi\u00f3n de Aquella que, engendrando la Verdad y conserv\u00e1ndola en su coraz\u00f3n, la ha compartido con toda la humanidad para siempre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Dado en Roma, junto a san Pedro, el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltaci\u00f3n de la Santa Cruz, del a\u00f1o 1998, vig\u00e9simo de mi Pontificado.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>IOANNES PAULUS PP. II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1\">1<\/a><\/strong>&nbsp;Ya lo escrib\u00ed en mi primera Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>: \u00ab hemos sido hechos part\u00edcipes de esta misi\u00f3n de Cristo-profeta, y en virtud de la misma misi\u00f3n, junto con \u00c9l servimos la misi\u00f3n divina en la Iglesia. La responsabilidad de esta verdad significa tambi\u00e9n amarla y buscar su comprensi\u00f3n m\u00e1s exacta, para hacerla m\u00e1s cercana a nosotros mismos y a los dem\u00e1s en toda su fuerza salv\u00edfica, en su esplendor, en su profundidad y sencillez juntamente \u00bb, 19:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 306.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2\">2<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3\">3<\/a><\/strong>&nbsp;Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 25.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-4\">4<\/a><\/strong>&nbsp;N. 4:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>85 (1993), 1136.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-5\">5<\/a><\/strong>&nbsp;Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-6\">6<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Const. dogm.&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, sobre la fe cat\u00f3lica, III:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3008.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-7\">7<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>., cap. IV:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3015; citado tambi\u00e9n en Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 59.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-8\">8<\/a><\/strong>&nbsp;Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-9\">9<\/a><\/strong>&nbsp;Cart. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/1994\/documents\/hf_jp-ii_apl_19941110_tertio-millennio-adveniente.html\">Tertio millennio adveniente<\/a>&nbsp;<\/em>(10 de noviembre de 1994), 10:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>87 (1995), 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-A\">10<\/a><\/strong>&nbsp;N. 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-B\">11<\/a><\/strong>&nbsp;N. 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-C\">12<\/a><\/strong>&nbsp;N. 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-D\">13<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-E\">14<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd.,&nbsp;<\/em>5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-F\">15<\/a><\/strong>&nbsp;El Concilio Vaticano I, al cual se refiere la afirmaci\u00f3n mencionada, ense\u00f1a que la obediencia de la fe exige el compromiso de la inteligencia y de la voluntad: \u00ab Dependiendo el hombre totalmente de Dios como de su creador y se\u00f1or, y estando la raz\u00f3n humana enteramente sujeta a la Verdad increada; cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe plena obediencia de entendimiento y voluntad \u00bb (Const. dogm.&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, sobre la fe cat\u00f3lica, III;&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3008).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-G\">16<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Secuencia&nbsp;<\/em>de la solemnidad del Sant\u00edsimo Cuerpo y Sangre de Cristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-H\">17<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Pens\u00e9es<\/em>, 789 (ed. L. Brunschvicg).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-I\">18<\/a><\/strong>&nbsp;Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a>&nbsp;<\/em>sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-J\">19<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-K\">20<\/a><\/strong>&nbsp;Proemio y nn 1. 15:&nbsp;<em>PL&nbsp;<\/em>158, 223-224.226; 235.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-L\">21<\/a><\/strong>&nbsp;<em>De vera religione<\/em>, XXXIX, 72:&nbsp;<em>CCL&nbsp;<\/em>32, 234.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-M\">22<\/a><\/strong>&nbsp;\u00ab Ut te semper desiderando quaererent et inveniendo quiescerent \u00bb:&nbsp;<em>Missale Romanum<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-N\">23<\/a><\/strong>&nbsp;Arist\u00f3teles,&nbsp;<em>Metaf\u00edsica<\/em>, I, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-O\">24<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Confesiones<\/em>, X, 23, 33:&nbsp;<em>CCL&nbsp;<\/em>27, 173.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-P\">25<\/a><\/strong>&nbsp;N. 34:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>85 (1993), 1161.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-Q\">26<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Carta ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/1984\/documents\/hf_jp-ii_apl_11021984_salvifici-doloris.html\">Salvifici doloris<\/a>&nbsp;<\/em>(11 de febrero de 1984), 9:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>76 (1984), 209-210.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-R\">27<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Declaraci\u00f3n&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html\">Nostra aetate<\/a><\/em>, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-S\">28<\/a><\/strong>&nbsp;Este es un argumento que sigo desde hace mucho tiempo y que he expuesto en diversas ocasiones: \u00ab \u00bfQu\u00e9 es el hombre y de qu\u00e9 sirve? \u00bfqu\u00e9 tiene de bueno y qu\u00e9 de malo? (<em>Si&nbsp;<\/em>18, 8) [&#8230;]. Estos interrogantes est\u00e1n en el coraz\u00f3n de cada hombre, como lo demuestra muy bien el genio po\u00e9tico de todos los tiempos y de todos los pueblos, el cual, como profec\u00eda de la humanidad propone continuamente la \u201cpregunta seria\u201d que hace al hombre verdaderamente tal. Esos interrogantes expresan la urgencia de encontrar un por qu\u00e9 a la existencia, a cada uno de sus instantes, a las etapas importantes y decisivas, as\u00ed como a sus momentos m\u00e1s comunes. En estas cuestiones aparece un testimonio de la racionalidad profunda del existir humano, puesto que la inteligencia y la voluntad del hombre se ven solicitadas en ellas a buscar libremente la soluci\u00f3n capaz de ofrecer un sentido pleno a la vida. Por tanto, estos interrogantes son la expresi\u00f3n m\u00e1s alta de la naturaleza del hombre: en consecuencia, la respuesta a ellos expresa la profundidad de su compromiso con la propia existencia. Especialmente, cuando se indaga el \u201cpor qu\u00e9 de las cosas\u201d con totalidad en la b\u00fasqueda de la respuesta \u00faltima y m\u00e1s exhaustiva, entonces la raz\u00f3n humana toca su culmen y se abre a la religiosidad. En efecto, la religiosidad representa la expresi\u00f3n m\u00e1s elevada de la persona humana, porque es el culmen de su naturaleza racional. Brota de la aspiraci\u00f3n profunda del hombre a la verdad y est\u00e1 en la base de la b\u00fasqueda libre y personal que el hombre realiza sobre lo divino \u00bb:&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/audiences\/1983\/documents\/hf_jp-ii_aud_19831019.html\"><em>Audiencia General<\/em>, 19 de octubre de 1983<\/a>, 1-2:&nbsp;<em>Insegnamenti&nbsp;<\/em>VI, 2 (1983), 814-815.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-T\">29<\/a><\/strong>&nbsp;\u00ab [Galileo] declar\u00f3 expl\u00edcitamente que las dos verdades, la de la fe y la de la ciencia, no pueden contradecirse jam\u00e1s. \u201cLa Escritura santa y la naturaleza, al provenir ambas del Verbo divino, la primera en cuanto dictada por el Esp\u00edritu Santo, y la segunda en cuanto ejecutora fidel\u00edsima de las \u00f3rdenes de Dios\u201d, seg\u00fan escribi\u00f3 en la carta al P. Benedetto Castelli el 21 de diciembre de 1613. El Concilio Vaticano II no se expresa de modo diferente; incluso emplea expresiones semejantes cuando ense\u00f1a: \u201cLa investigaci\u00f3n met\u00f3dica en todos los campos del saber, si est\u00e1 realizada de forma aut\u00e9nticamente cient\u00edfica y conforme a las normas morales, nunca ser\u00e1 realmente contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen origen en un mismo Dios\u201d (<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, 36). En su investigaci\u00f3n cient\u00edfica Galileo siente la presencia del Creador que le estimula, prepara y ayuda a sus intuiciones, actuando en lo m\u00e1s hondo de su esp\u00edritu \u00bb. Juan Pablo II,&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1979\/november\/documents\/hf_jp-ii_spe_19791110_einstein.html\">Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias<\/a><\/em>, 10 de noviembre de 1979:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>, II, 2 (1979), 1111-1112.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-U\">30<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-V\">31<\/a><\/strong>&nbsp;Or\u00edgenes,&nbsp;<em>Contra Celso<\/em>, 3, 55:&nbsp;<em>SC&nbsp;<\/em>136, 130.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-W\">32<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Di\u00e1logo con Trif\u00f3n<\/em>, 8, 1:&nbsp;<em>PG&nbsp;<\/em>6, 492.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-X\">33<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Stromata&nbsp;<\/em>I, 18, 90,1:&nbsp;<em>SC&nbsp;<\/em>30, 115.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-Y\">34<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd<\/em>., I, 16, 80, 5:&nbsp;<em>SC&nbsp;<\/em>30, 108.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-Z\">35<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>., I, 5, 28, 1:&nbsp;<em>SC&nbsp;<\/em>30, 65.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-10\">36<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>., VI, 7, 55, 1-2:&nbsp;<em>PG&nbsp;<\/em>9, 277.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-11\">37<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>., I, 20, 100, 1:&nbsp;<em>SC&nbsp;<\/em>30, 124.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-12\">38<\/a><\/strong>&nbsp;S. Agust\u00edn,&nbsp;<em>Confesiones&nbsp;<\/em>VI, 5, 7:&nbsp;<em>CCL&nbsp;<\/em>27, 77-78.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-13\">39<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd<\/em>., VII, 9, 13-14:&nbsp;<em>CCL&nbsp;<\/em>27, 101-102.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-14\">40<\/a><\/strong>&nbsp;<em>De praescriptione haereticorum<\/em>, VII, 9:&nbsp;<em>SC&nbsp;<\/em>46, 98. \u00ab Quid ergo Athenis et Hierosolymis? Quid academiae et ecclesiae? \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-15\">41<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Congregaci\u00f3n para la Educaci\u00f3n Cat\u00f3lica, Instr. sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formaci\u00f3n sacerdotal (10 de noviembre de 1989), 25:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>82 (1990), 617-618.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-16\">42<\/a><\/strong>&nbsp;S. Anselmo,&nbsp;<em>Prosologio<\/em>, 1:&nbsp;<em>PL&nbsp;<\/em>158, 226.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-17\">43<\/a><\/strong>&nbsp;Id.,&nbsp;<em>Monologio<\/em>, 64:&nbsp;<em>PL&nbsp;<\/em>158, 210.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-18\">44<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>Summa contra Gentiles<\/em>, I, VII.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-19\">45<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I, 1, 8 ad 2: \u00ab Cum enim gratia non tollat naturam sed perficiat \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1A\">46<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>Discurso a los participantes en el IX Congreso Tomista Internacional&nbsp;<\/em>(29 de septiembre de 1990):&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>, XIII, 2 (1990), 770-771.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1B\">47<\/a><\/strong>&nbsp;Carta ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/letters\/1974\/documents\/hf_p-vi_let_19741120_lumen-ecclesiae.html\">Lumen Ecclesiae<\/a>&nbsp;<\/em>(20 noviembre 1974), 8:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>66 (1974), 680.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1C\">48<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. I, 1, 6: \u00ab Praeterea, haec doctrina per studium acquiritur. Sapientia autem per infusionem habetur, unde inter septem dona Spiritus Sancti connumeratur \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1D\">49<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>., II, II, 45, 1 ad 2; cf. tambi\u00e9n II, II, 45, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1E\">50<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>., I, II, 109, 1 ad 1, que retoma la conocida expresi\u00f3n del&nbsp;<em>Ambrosiastro<\/em>,&nbsp;<em>In prima Cor 12,3&nbsp;<\/em>:&nbsp;<em>PL&nbsp;<\/em>17, 258.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1F\">51<\/a><\/strong>&nbsp;Le\u00f3n XIII, Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/leo-xiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_04081879_aeterni-patris.html\">\u00c6terni Patris<\/a>&nbsp;<\/em>(4 de agosto de 1879):&nbsp;<em>ASS&nbsp;<\/em>11 (1878-1879), 109.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1G\">52<\/a><\/strong>&nbsp;Pablo VI, Carta ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/letters\/1974\/documents\/hf_p-vi_let_19741120_lumen-ecclesiae.html\">Lumen Ecclesiae<\/a>&nbsp;<\/em>(20 de noviembre de 1974), 8:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>66 (1974), 683.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1H\">53<\/a><\/strong>&nbsp;Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a>&nbsp;<\/em>(4 de marzo de 1979), 15:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 286.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1I\">54<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. P\u00edo XII, Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a>&nbsp;<\/em>(12 de agosto de 1950):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>42 (1950), 566.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1J\">55<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum Vat. I, Const. dogm.&nbsp;<em>Pastor Aeternus<\/em>, sobre la Iglesia de Cristo,&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3070; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 25 c.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1K\">56<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. S\u00ednodo de Constantinopla,&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>403.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1L\">57<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Concilio de Toledo I,&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>205; Concilio de Braga I,&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>459-460; Sixto V, Bula&nbsp;<em>Coeli et terrae Creator&nbsp;<\/em>(5 de enero de 1586):&nbsp;<em>Bullarium Romanum&nbsp;<\/em>4\/4, Romae 1747, 176-179; Urbano VIII,&nbsp;<em>Inscrutabilis iudiciorum&nbsp;<\/em>(1 de abril de 1631):&nbsp;<em>Bullarium Romanum&nbsp;<\/em>6\/1, Romae 1758, 268-270.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1M\">58<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vienense, Decr.&nbsp;<em>Fidei catholicae<\/em>,&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>902; Conc. Ecum. Laterano V, Bula&nbsp;<em>Apostolici regiminis<\/em>,&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>1440.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1N\">59<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>Theses a Ludovico Eugenio Bautain iussu sui Episcopi subscriptae&nbsp;<\/em>(8 de septiembre de 1840),&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>2751-2756;&nbsp;<em>Theses a Ludovico Eugenio Bautain ex mandato S. Cong. Episcoporum et Religiosorum subscriptae&nbsp;<\/em>(26 de abril de 1844),&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>2765-2769.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1O\">60<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. S. Congr. Indicis, Decr.&nbsp;<em>Theses contra traditionalismum Augustini Bonnetty&nbsp;<\/em>(11 de junio de 1855),&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>2811-2814.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1P\">61<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. P\u00edo IX, Breve&nbsp;<em>Eximiam tuam&nbsp;<\/em>(15 de junio de 1857),&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>2828-2831; Breve&nbsp;<em>Gravissimas inter&nbsp;<\/em>(11 de diciembre de 1862),&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>2850-2861.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1Q\">62<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. S. Congr. del Santo Oficio, Decr.&nbsp;<em>Errores ontologistarum&nbsp;<\/em>(18 de septiembre de 1861),&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>2841-2847.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1R\">63<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, sobre la fe cat\u00f3lica, II:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3004; y can. 2.1:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3026.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1S\">64<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd.<\/em>, IV:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3015; citado en Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 59.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1T\">65<\/a><\/strong>&nbsp;Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, sobre la fe cat\u00f3lica, IV:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3017.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1U\">66<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Enc.&nbsp;<em>Pascendi dominici gregis&nbsp;<\/em>(8 de septiembre de 1907):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>40 (1907), 596-597.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1V\">67<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. P\u00edo XI, Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xi_enc_19370319_divini-redemptoris.html\">Divini Redemptoris<\/a>&nbsp;<\/em>(19 de marzo de 1937):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>29 (1937), 65-106.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1W\">68<\/a><\/strong>&nbsp;Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a>&nbsp;<\/em>(12 de agosto de 1950):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>42 (1950), 562-563.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1X\">69<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>.,&nbsp;<em>l.c<\/em>., 563-564.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1Y\">70<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Const. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_constitutions\/documents\/hf_jp-ii_apc_19880628_pastor-bonus-index.html\">Pastor Bonus<\/a><\/em>, (28 de junio de 1988, art. 48-49:<em>AAS&nbsp;<\/em>80 (1988), 873; Congr. para la Doctrina de la Fe, Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html\">Donum veritatis<\/a><\/em>, sobre la vocaci\u00f3n eclesial del te\u00f3logo (24 de mayo de 1990), 18:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>82 (1990), 1558.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-1Z\">71<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19840806_theology-liberation_sp.html\">Libertatis nuntius<\/a><\/em>, sobre algunos aspectos de la \u00ab teolog\u00eda de la liberaci\u00f3n \u00bb (6 de agosto de 1984), VII-X:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>76 (1984), 890-903.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-20\">72<\/a><\/strong>&nbsp;El Concilio Vaticano I con palabras claras y firmes hab\u00eda ya condenado estos errores, afirmando de una parte que \u00ab esta fe [&#8230;] la Iglesia cat\u00f3lica profesa que es una virtud sobrenatural por la que, con inspiraci\u00f3n y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por \u00c9l ha sido revelado, no por la intr\u00ednseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la raz\u00f3n, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni enga\u00f1arse ni enga\u00f1arnos \u00bb: Const. dogm.&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, sobre la fe cat\u00f3lica, III:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3008, y can. 3,2:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3032. Por otra parte, el Concilio declaraba que la raz\u00f3n nunca \u00ab se vuelve id\u00f3nea para entender (los misterios) totalmente, a la manera de las verdades que constituyen su propio objeto \u00bb:&nbsp;<em>ib\u00edd.<\/em>, IV:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3016. De aqu\u00ed sacaba la conclusi\u00f3n pr\u00e1ctica: \u00ab No s\u00f3lo se proh\u00edbe a todos los fieles cristianos defender como leg\u00edtimas conclusiones de la ciencia las opiniones que se reconocen como contrarias a la doctrina de la fe, sobre todo si han sido reprobadas por la Iglesia, sino que est\u00e1n absolutamente obligados a tenerlas m\u00e1s bien por errores que ostentan la falaz apariencia de la verdad \u00bb:&nbsp;<em>ib\u00edd.<\/em>, IV:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3018.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-21\">73<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. nn. 9-10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-22\">74<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd.<\/em>, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-23\">75<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>., 21.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-24\">76<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd<\/em>., 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-25\">77<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a>&nbsp;<\/em>(12 de agosto de 1950):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>42 (1950), 565-567; 571-573.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-26\">78<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/leo-xiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_l-xiii_enc_04081879_aeterni-patris.html\">\u00c6terni Patris<\/a>&nbsp;<\/em>(4 de agosto de 1879):&nbsp;<em>ASS&nbsp;<\/em>11 (1878-1879), 97-115.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-27\">79<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd.<\/em>,&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 109.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-28\">80<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. nn. 14-15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-29\">81<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd.<\/em>, 20-21.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2A\">82<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd.<\/em>, 22; cf. Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a>&nbsp;<\/em>(4 de marzo de 1979), 8:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 271-272.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2B\">83<\/a><\/strong>&nbsp;Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, sobre la formaci\u00f3n sacerdotal, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2C\">84<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Const. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_constitutions\/documents\/hf_jp-ii_apc_15041979_sapientia-christiana.html\">Sapientia christiana<\/a>&nbsp;<\/em>(15 de abril de 1979), arts. 79-80:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 495-496; Exhort. ap. postsinodal&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_25031992_pastores-dabo-vobis.html\">Pastores dabo vobis<\/a>&nbsp;<\/em>(25 de marzo de 1992), 52:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>84 (1992), 750-751. V\u00e9anse tambi\u00e9n algunos comentarios sobre la filosof\u00eda de Santo Tom\u00e1s:&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1979\/november\/documents\/hf_jp-ii_spe_19791117_angelicum.html\">Discurso al Pontificio Ateneo Internacional Angelicum<\/a>&nbsp;<\/em>(17 de noviembre de 1979):&nbsp;<em>Insegnamenti&nbsp;<\/em>II, 2 (1979), 1177-1189;&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1980\/september\/documents\/hf_jp-ii_spe_19800913_congresso-tomistico.html\">Discurso a los participantes en el VIII Congreso Tomista Internacional<\/a>&nbsp;<\/em>(13 de septiembre de 1980):&nbsp;<em>Insegnamenti&nbsp;<\/em>III, 2 (1980), 604-615;&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1986\/january\/documents\/hf_jp-ii_spe_19860104_societa-s-tommaso.html\">Discurso a los participantes en el Congreso Internacional de la Sociedad \u00ab Santo Tom\u00e1s \u00bb sobre la doctrina del alma en S. Tom\u00e1s<\/a>&nbsp;<\/em>(4 de enero de 1986):&nbsp;<em>Insegnamenti&nbsp;<\/em>IX, 1 (1986), 18-24. Adem\u00e1s, S. Congr. para la Educaci\u00f3n Cat\u00f3lica,&nbsp;<em>Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis&nbsp;<\/em>(6 de enero de 1970), 70-75:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>62 (1970), 366-368; Decr.&nbsp;<em>Sacra Theologia&nbsp;<\/em>(20 de enero de 1972):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>64 (1972), 583-586.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2D\">85<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 57 y 62.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2E\">86<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd.,&nbsp;<\/em>44.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2F\">87<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Lateranense V, Bula&nbsp;<em>Apostolici regimini sollicitudo<\/em>, Sesi\u00f3n: VIII,&nbsp;<em>Conc. Oecum. Decreta<\/em>, 1991, 605-606.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2G\">88<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2H\">89<\/a><\/strong>&nbsp;S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, II-II, 5, 3 ad 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2I\">90<\/a><\/strong>&nbsp;\u00ab La b\u00fasqueda de las condiciones en las que el hombre se plantea a s\u00ed mismo sus primeros interrogantes fundamentales sobre el sentido de la vida, sobre el fin que quiere darle y sobre lo que le espera despu\u00e9s de la muerte, constituye para la teolog\u00eda fundamental el pre\u00e1mbulo necesario para que, tambi\u00e9n hoy, la fe muestre plenamente el camino a una raz\u00f3n que busca sinceramente la verdad \u00bb. Juan Pablo II,&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/1995\/documents\/hf_jp-ii_let_19950930_congresso-gregoriana.html\">Carta a los participantes en el Congreso internacional de Teolog\u00eda Fundamental a 125 a\u00f1os de la \u00ab Dei Filius \u00bb<\/a>&nbsp;<\/em>(30 de septiembre de 1995), 4:&nbsp;<em>L&#8217;Osservatore Romano<\/em>, ed. semanal en lengua espa\u00f1ola, 13 de octubre de 1995, p. 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2J\">91<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Ib\u00edd<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2K\">92<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 15; Decr.&nbsp;<em>Ad gentes<\/em>, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2L\">93<\/a><\/strong>&nbsp;S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>De Caelo<\/em>, 1, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2M\">94<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 53-59.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2N\">95<\/a><\/strong>&nbsp;S. Agust\u00edn,&nbsp;<em>De praedestinatione sanctorum<\/em>, 2, 5:&nbsp;<em>PL&nbsp;<\/em>44, 963.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2O\">96<\/a><\/strong>&nbsp;Id.,&nbsp;<em>De fide, spe et caritate<\/em>, 7:&nbsp;<em>CCL&nbsp;<\/em>64, 61.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2P\">97<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Calcedonense,&nbsp;<em>Symbolum, Definitio<\/em>:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>302.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2Q\">98<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a>&nbsp;<\/em>(4 de marzo de 1979), 15:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 286-289.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2R\">99<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. por ejemplo S. Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa Theologiae<\/em>, I, 16,1; S. Buenaventura,&nbsp;<em>Coll. in Hex.<\/em>, 3, 8, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2S\">100<\/a><\/strong>&nbsp;Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2T\">101<\/a><\/strong>&nbsp;Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html\">Veritatis splendor<\/a>&nbsp;<\/em>(6 de agosto de 1993), 57-61:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>85 (1993), 1179-1182.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2U\">102<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.&nbsp;<em>Dei Filius<\/em>, sobre la fe cat\u00f3lica, IV:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3016.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2V\">103<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Lateranense IV,&nbsp;<em>De errore abbatis Ioachim<\/em>, II:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>806.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2W\">104<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 24; Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, sobre la formaci\u00f3n sacerdotal, 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2X\">105<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html\">Evangelium vitae<\/a>&nbsp;<\/em>(25 de marzo de 1995), 69:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>87 (1995), 481.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2Y\">106<\/a><\/strong>&nbsp;En este mismo sentido escrib\u00eda en mi primera Enc\u00edclica, comentando la expresi\u00f3n de san Juan: \u00ab \u00ab Conocer\u00e9is la verdad y la verdad os har\u00e1 libres \u00bb (8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relaci\u00f3n honesta con respecto a la verdad, como condici\u00f3n de una aut\u00e9ntica libertad; y la advertencia, adem\u00e1s, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. Tambi\u00e9n hoy, despu\u00e9s de dos mil a\u00f1os, Cristo aparece a nosotros como Aqu\u00e9l que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aqu\u00e9l que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas ra\u00edces, en el alma del hombre, en su coraz\u00f3n, en su conciencia \u00bb:&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>, (4 de marzo de 1979), 12:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 280-281.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-2Z\">107<\/a><\/strong>&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/speeches\/1962\/documents\/hf_j-xxiii_spe_19621011_opening-council.html\">Discurso en la inauguraci\u00f3n del Concilio<\/a>&nbsp;<\/em>(11 de octubre de 1962):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>54 (1962), 792.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-30\">108<\/a><\/strong>&nbsp;Congr. para la Doctrina de la Fe, Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html\">Donum veritatis<\/a><\/em>, sobre la vocaci\u00f3n eclesial del te\u00f3logo (24 de mayo de 1990), 7-8:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>82 (1990), 1552-1553.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-31\">109<\/a><\/strong>&nbsp;He escrito en la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_18051986_dominum-et-vivificantem.html\">Dominum et vivificantem<\/a><\/em>, comentando&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>16, 12-13: \u00ab Jes\u00fas presenta el Par\u00e1clito, el Esp\u00edritu de la verdad, como el que \u201cense\u00f1ar\u00e1\u201d y \u201crecordar\u00e1\u201d, como el que \u201cdar\u00e1 testimonio\u201d de \u00e9l; luego dice: \u201cOs guiar\u00e1 hasta la verdad completa\u201d. Este \u201cguiar hasta la verdad completa\u201d, con referencia a lo que dice a los ap\u00f3stoles \u201cpero ahora no pod\u00e9is con ello\u201d, est\u00e1 necesariamente relacionado&nbsp;<em>con el anonadamiento de Cristo&nbsp;<\/em>por medio de la pasi\u00f3n y muerte de Cruz, que entonces, cuando pronunciaba estas palabras, era inminente. Despu\u00e9s, sin embargo, resulta claro que aquel \u201cguiar hasta la verdad completa\u201d se refiere&nbsp;<em>tambi\u00e9n<\/em>, adem\u00e1s del&nbsp;<em>esc\u00e1ndalo de la cruz<\/em>, a todo lo que Cristo \u201chizo y ense\u00f1\u00f3\u201d (<em>Hch&nbsp;<\/em>1, 1). En efecto,&nbsp;<em>el misterio de Cristo&nbsp;<\/em>en su globalidad exige la fe, ya que \u00e9sta introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El \u201cguiar hasta la verdad completa\u201d se realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Esp\u00edritu de la verdad y fruto de su acci\u00f3n en el hombre. El Esp\u00edritu Santo debe ser en esto la gu\u00eda suprema del hombre y la luz del esp\u00edritu humano \u00bb, 6:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>78 (1986), 815-816.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-32\">110<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina Revelaci\u00f3n, 13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-33\">111<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Pontificia Comisi\u00f3n B\u00edblica, Instr. sobre la verdad hist\u00f3rica de los Evangelios (21 de abril de 1964):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>56 (1964), 713.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-34\">112<\/a><\/strong>&nbsp;\u00ab Es evidente que la Iglesia no puede ligarse a ning\u00fan sistema filos\u00f3fico ef\u00edmero; pero las nociones y los t\u00e9rminos que los doctores cat\u00f3licos, con general aprobaci\u00f3n, han ido reuniendo durante varios siglos para llegar a obtener alg\u00fan conocimiento del dogma, no se fundan, sin duda en cimientos deleznables. Se fundan realmente en principios y nociones deducidas del verdadero conocimiento de las cosas creadas; deducci\u00f3n realizada a la luz de la verdad revelada, que, por medio de la Iglesia, iluminaba, como una estrella, la mente humana. Pero no hay que extra\u00f1arse que algunas de estas nociones hayan sido no s\u00f3lo empleadas, sino tambi\u00e9n aprobadas por los concilios ecum\u00e9nicos, de tal suerte que no es l\u00edcito apartarse de ellas \u00bb: Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_12081950_humani-generis.html\">Humani generis<\/a>&nbsp;<\/em>(12 de agosto de 1950):&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>42 (1950), 566-567; cf. Comisi\u00f3n Teol\u00f3gica Internacional, Doc.&nbsp;<em>I<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/cti_documents\/rc_cti_1989_interpretazione-dogmi_sp.html\">nterpretationis problema<\/a>&nbsp;<\/em>(octubre 1989):&nbsp;<em>Ench. Vat.&nbsp;<\/em>11, nn. 2717-2811.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-35\">113<\/a><\/strong>&nbsp;\u00ab En cuanto al significado mismo de las f\u00f3rmulas dogm\u00e1ticas, \u00e9ste es siempre verdadero y coherente en la Iglesia, incluso cuando es principalmente aclarado y comprendido mejor. Por tanto, los fieles deben evitar la opini\u00f3n que considera que las f\u00f3rmulas dogm\u00e1ticas (o cualquier tipo de ellas) no pueden manifestar la verdad de manera determinada, sino s\u00f3lo sus aproximaciones cambiantes que son, en cierto modo, deformaciones y alteraciones de la misma \u00bb: S. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19730705_mysterium-ecclesiae_sp.html\">Mysterium Ecclesiae<\/a><\/em>, acerca de la defensa de la doctrina sobre la Iglesia, (24 de junio de 1973), 5:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>65 (1973), 403.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-36\">114<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Congr. S. Officii, Decr.&nbsp;<em>Lamentabili&nbsp;<\/em>(3 de julio de 1907), 26:&nbsp;<em>ASS&nbsp;<\/em>40 (1907), 473.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-37\">115<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1979\/november\/documents\/hf_jp-ii_spe_19791117_angelicum.html\">Discurso al Pontificio Ateneo \u00ab Angelicum \u00bb<\/a>&nbsp;<\/em>(17 de noviembre de 1979), 6:&nbsp;<em>Insegnamenti<\/em>, II, 2 (1979), 1183-1185.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-38\">116<\/a><\/strong>&nbsp;N. 32:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>85 (1993), 1159-1160.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-39\">117<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_16101979_catechesi-tradendae.html\">Catechesi tradendae<\/a>&nbsp;<\/em>(16 de octubre de 1979), 30:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 1302-1303; Congr. para la Doctrina de la Fe, Instr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19900524_theologian-vocation_sp.html\">Donum veritatis<\/a><\/em>, sobre la vocaci\u00f3n eclesial del te\u00f3logo (24 de mayo de 1990), 7:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>82 (1990), 1552-1553.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3A\">118<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_16101979_catechesi-tradendae.html\">Catechesi tradendae<\/a>&nbsp;<\/em>(16 de octubre de 1979), 30:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 1302-1303.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3B\">119<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd<\/em>., 22,&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 1295-1296.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3C\">120<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd<\/em>., 7,&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 1282.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3D\">121<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd<\/em>., 59,&nbsp;<em>l.c.<\/em>, 1325.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3E\">122<\/a><\/strong>&nbsp;Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.&nbsp;<em>Dei Filius&nbsp;<\/em>sobre la fe cat\u00f3lica, IV:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>3019.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3F\">123<\/a><\/strong>&nbsp;\u00ab Nadie, pues, puede hacer de la teolog\u00eda una especie de colecci\u00f3n de los propios conceptos personales; sino que cada uno debe ser consciente de permanecer en estrecha uni\u00f3n con esta misi\u00f3n de ense\u00f1ar la verdad, de la que es responsable la Iglesia \u00bb. Enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a>&nbsp;<\/em>(4 de marzo de 1979), 19:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>71 (1979), 308.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3G\">124<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html\">Dignitatis humanae<\/a><\/em>, sobre la libertad religiosa, 1-3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3H\">125<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Exhort. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html\">Evangelii nuntiandi<\/a>&nbsp;<\/em>(8 de diciembre de 1975), 20:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>68 (1976), 18-19.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3I\">126<\/a><\/strong>&nbsp;Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 92.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3J\">127<\/a><\/strong>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd<\/em>., 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3K\">128<\/a><\/strong>&nbsp;<em>Prologus<\/em>, 4: Opera omnia, Florencia 1981, t. V, 296.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3L\">129<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, sobre la formaci\u00f3n sacerdotal, 15.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3M\">130<\/a><\/strong>&nbsp;Cf. Const. ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_constitutions\/documents\/hf_jp-ii_apc_15041979_sapientia-christiana.html\">Sapientia christiana<\/a>&nbsp;<\/em>(15 de abril de 1979), art. 67-68:&nbsp;<em>ASS&nbsp;<\/em>71 (1979), 491-492.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3N\">131<\/a><\/strong>&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1997\/june\/documents\/hf_jp-ii_spe_19970608_ato-academico.html\">Discurso con ocasi\u00f3n del VI centenario de fundaci\u00f3n de la Universidad Jaguell\u00f3nica<\/a>&nbsp;<\/em>(8 de junio de 1997), 4:&nbsp;<em>L&#8217;Osservatore Romano<\/em>, Ed. semanal en lengua espa\u00f1ola, 27 de junio de 1997, 10-11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-3O\">132<\/a><\/strong>&nbsp;\u00ab &#8216;e noer\u00e0 tes p\u00ecsteos tr\u00e0peza \u00bb:&nbsp;<em>Homil\u00eda en honor de Santa Mar\u00eda Madre de Dios<\/em>, del pseudo Epifanio:&nbsp;<em>PG&nbsp;<\/em>43, 493.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Copyright \u00a9 Dicastero per la Comunicazione &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CARTA ENC\u00cdCLICAFIDES ET RATIODEL SUMO PONT\u00cdFICEJUAN PABLO IIA LOS OBISPOSDE LA IGLESIA CAT\u00d3LICASOBRE LAS RELACIONESENTRE FE Y RAZ\u00d3N Venerables Hermanos en el Episcopado,salud y Bendici\u00f3n Apost\u00f3lica La fe y la raz\u00f3n (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el esp\u00edritu humano se eleva hacia la contemplaci\u00f3n de la verdad. Dios ha [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":7865,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[151],"tags":[],"class_list":["post-7864","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-vina-educacion-para-la-fe-farito-de-luz"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7864","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7864"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7864\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":7866,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7864\/revisions\/7866"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/7865"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7864"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7864"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7864"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}