{"id":7867,"date":"2024-10-11T15:45:36","date_gmt":"2024-10-11T15:45:36","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/?p=7867"},"modified":"2024-10-11T15:45:38","modified_gmt":"2024-10-11T15:45:38","slug":"carta-enciclica-ecclesia-de-eucharistia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/2024\/10\/11\/carta-enciclica-ecclesia-de-eucharistia\/","title":{"rendered":"CARTA ENC\u00cdCLICA ECCLESIA DE EUCHARISTIA"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CARTA ENC\u00cdCLICA<br><em><strong>ECCLESIA DE EUCHARISTIA<\/strong><\/em><br>DEL SUMO PONT\u00cdFICE<br><strong>JUAN PABLO II<br><\/strong>A LOS OBISPOS<br>A LOS PRESB\u00cdTEROS Y DI\u00c1CONOS<br>A LAS PERSONAS CONSAGRADAS<br>Y A TODOS LOS FIELES LAICOS<br>SOBRE LA EUCARIST\u00cdA<br>EN SU RELACI\u00d3N CON LA IGLESIA<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>INTRODUCCI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">1. La Iglesia vive de la Eucarist\u00eda. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en s\u00edntesis<em>&nbsp;el n\u00facleo del misterio de la Iglesia<\/em>. \u00c9sta experimenta con alegr\u00eda c\u00f3mo se realiza continuamente, en m\u00faltiples formas, la promesa del Se\u00f1or: \u00ab He aqu\u00ed que yo estoy con vosotros todos los d\u00edas hasta el fin del mundo \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>28, 20); en la sagrada Eucarist\u00eda, por la transformaci\u00f3n del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Se\u00f1or, se alegra de esta presencia con una intensidad \u00fanica. Desde que, en Pentecost\u00e9s, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinaci\u00f3n hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus d\u00edas, llen\u00e1ndolos de confiada esperanza.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con raz\u00f3n ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucar\u00edstico es \u00ab fuente y cima de toda la vida cristiana \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn1\">1<\/a>) \u00ab La sagrada Eucarist\u00eda, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Esp\u00edritu Santo \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn2\">2<\/a>) Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Se\u00f1or, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestaci\u00f3n de su inmenso amor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">2. Durante el Gran Jubileo del a\u00f1o 2000, tuve ocasi\u00f3n de celebrar la Eucarist\u00eda en el Cen\u00e1culo de Jerusal\u00e9n, donde, seg\u00fan la tradici\u00f3n, fue realizada la primera vez por Cristo mismo.<em>&nbsp;El Cen\u00e1culo es el lugar de la instituci\u00f3n de este Sant\u00edsimo Sacramento<\/em>. All\u00ed Cristo tom\u00f3 en sus manos el pan, lo parti\u00f3 y lo dio a los disc\u00edpulos diciendo: \u00ab Tomad y comed todos de \u00e9l, porque esto es mi Cuerpo, que ser\u00e1 entregado por vosotros \u00bb (cf.<em>&nbsp;Mt<\/em>&nbsp;26, 26;&nbsp;<em>Lc<\/em>&nbsp;22, 19;<em>&nbsp;1 Co&nbsp;<\/em>11, 24). Despu\u00e9s tom\u00f3 en sus manos el c\u00e1liz del vino y les dijo: \u00ab Tomad y bebed todos de \u00e9l, porque \u00e9ste es el c\u00e1liz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que ser\u00e1 derramada por vosotros y por todos los hombres para el perd\u00f3n de los pecados \u00bb (cf.<em>&nbsp;Mc&nbsp;<\/em>14, 24;&nbsp;<em>Lc<\/em>&nbsp;22, 20;<em>&nbsp;1 Co&nbsp;<\/em>11, 25). Estoy agradecido al Se\u00f1or Jes\u00fas que me permiti\u00f3 repetir en aquel mismo lugar, obedeciendo su mandato \u00ab haced esto en conmemoraci\u00f3n m\u00eda \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>22, 19), las palabras pronunciadas por \u00c9l hace dos mil a\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los Ap\u00f3stoles que participaron en la \u00daltima Cena, \u00bfcomprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quiz\u00e1s no. Aquellas palabras se habr\u00edan aclarado plenamente s\u00f3lo al final del&nbsp;<em>Triduum sacrum<\/em>, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la ma\u00f1ana del domingo. En esos d\u00edas se enmarca el&nbsp;<em>mysterium paschale<\/em>; en ellos se inscribe tambi\u00e9n el<em>&nbsp;mysterium eucharisticum<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">3. Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucarist\u00eda, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual,&nbsp;<em>est\u00e1 en el centro de la vida eclesial<\/em>. Se puede observar esto ya desde las primeras im\u00e1genes de la Iglesia que nos ofrecen los Hechos de los Ap\u00f3stoles: \u00ab Acud\u00edan asiduamente a la ense\u00f1anza de los ap\u00f3stoles, a la comuni\u00f3n, a la fracci\u00f3n del pan y a las oraciones \u00bb (2, 42).La \u00ab fracci\u00f3n del pan \u00bb evoca la Eucarist\u00eda. Despu\u00e9s de dos mil a\u00f1os seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual: a lo que ocurri\u00f3 la tarde del Jueves Santo, durante la \u00daltima Cena y despu\u00e9s de ella. La instituci\u00f3n de la Eucarist\u00eda, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendr\u00edan lugar poco m\u00e1s tarde, a partir de la agon\u00eda en Getseman\u00ed. Vemos a Jes\u00fas que sale del Cen\u00e1culo, baja con los disc\u00edpulos, atraviesa el arroyo Cedr\u00f3n y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto quedan a\u00fan hoy algunos \u00e1rboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron testigos de lo que ocurri\u00f3 a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en oraci\u00f3n experiment\u00f3 una angustia mortal y \u00ab su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que ca\u00edan en tierra \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>22, 44).La sangre, que poco antes hab\u00eda entregado a la Iglesia como bebida de salvaci\u00f3n en el Sacramento eucar\u00edstico,<em>&nbsp;comenz\u00f3 a ser derramada<\/em>; su efusi\u00f3n se completar\u00eda despu\u00e9s en el G\u00f3lgota, convirti\u00e9ndose en instrumento de nuestra redenci\u00f3n: \u00ab Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros [&#8230;] penetr\u00f3 en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabr\u00edos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redenci\u00f3n eterna \u00bb (<em>Hb<\/em>&nbsp;9, 11-12).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">4.&nbsp;<em>La hora de nuestra redenci\u00f3n<\/em>. Jes\u00fas, aunque sometido a una prueba terrible, no huye ante su \u00ab hora \u00bb: \u00ab \u00bfQu\u00e9 voy a decir? \u00a1Padre, l\u00edbrame de esta hora! Pero \u00a1si he llegado a esta hora para esto! \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;12, 27). Desea que los disc\u00edpulos le acompa\u00f1en y, sin embargo, debe experimentar la soledad y el abandono: \u00ab \u00bfConque no hab\u00e9is podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caig\u00e1is en tentaci\u00f3n \u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;26, 40-41). S\u00f3lo Juan permanecer\u00e1 al pie de la Cruz, junto a Mar\u00eda y a las piadosas mujeres. La agon\u00eda en Getseman\u00ed ha sido la introducci\u00f3n a la agon\u00eda de la Cruz del Viernes Santo.&nbsp;<em>La hora santa<\/em>, la hora de la redenci\u00f3n del mundo. Cuando se celebra la Eucarist\u00eda ante la tumba de Jes\u00fas, en Jerusal\u00e9n, se retorna de modo casi tangible a su \u00ab hora \u00bb, la hora de la cruz y de la glorificaci\u00f3n. A aquel lugar y a aquella hora vuelve espiritualmente todo presb\u00edtero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>\u00ab Fue crucificado, muerto y sepultado, descendi\u00f3 a los infiernos, al tercer d\u00eda resucit\u00f3 de entre los muertos \u00bb<\/em>. A las palabras de la profesi\u00f3n de fe hacen eco las palabras de la contemplaci\u00f3n y la proclamaci\u00f3n:<em>&nbsp;\u00ab Ecce lignum crucis in quo salus mundi pependit. Venite adoremus \u00bb.<\/em>&nbsp;\u00c9sta es la invitaci\u00f3n que la Iglesia hace a todos en la tarde del Viernes Santo. Y har\u00e1 de nuevo uso del canto durante el tiempo pascual para proclamar:&nbsp;<em>\u00ab Surrexit Dominus de sepulcro qui pro nobis pependit in ligno. Aleluya \u00bb<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">5. \u00ab&nbsp;<em>Mysterium fidei!&nbsp;<\/em>\u2013 \u00a1Misterio de la fe! \u00bb. Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas palabras, los presentes aclaman: \u00ab Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrecci\u00f3n, \u00a1ven Se\u00f1or Jes\u00fas! \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con \u00e9stas o parecidas palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasi\u00f3n,<em>&nbsp;revela tambi\u00e9n su propio misterio: Ecclesia de Eucharistia<\/em>. Si con el don del Esp\u00edritu Santo en Pentecost\u00e9s la Iglesia nace y se encamina por las v\u00edas del mundo, un momento decisivo de su formaci\u00f3n es ciertamente la instituci\u00f3n de la Eucarist\u00eda en el Cen\u00e1culo. Su fundamento y su hontanar es todo el<em>&nbsp;Triduum paschale<\/em>, pero \u00e9ste est\u00e1 como incluido, anticipado, y \u00ab concentrado \u00bb para siempre en el don eucar\u00edstico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualizaci\u00f3n perenne del misterio pascual. Con \u00e9l instituy\u00f3 una misteriosa \u00ab contemporaneidad \u00bb entre aquel<em>&nbsp;Triduum&nbsp;<\/em>y el transcurrir de todos los siglos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Este pensamiento nos lleva a sentimientos de gran asombro y gratitud. El acontecimiento pascual y la Eucarist\u00eda que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una \u00ab capacidad \u00bb verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redenci\u00f3n. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica. Pero, de modo especial, debe acompa\u00f1ar al ministro de la Eucarist\u00eda. En efecto, es \u00e9l quien, gracias a la facultad concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la consagraci\u00f3n. Con la potestad que le viene del Cristo del Cen\u00e1culo, dice: \u00ab Esto es mi cuerpo, que ser\u00e1 entregado por vosotros&#8230; \u00c9ste es el c\u00e1liz de mi sangre, que ser\u00e1 derramada por vosotros \u00bb. El sacerdote pronuncia estas palabras o, m\u00e1s bien,&nbsp;<em>pone su boca y su voz a disposici\u00f3n de Aqu\u00e9l que las pronunci\u00f3 en el Cen\u00e1culo<\/em>&nbsp;y quiso que fueran repetidas de generaci\u00f3n en generaci\u00f3n por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">6. Con la presente Carta enc\u00edclica, deseo suscitar este \u00ab asombro \u00bb eucar\u00edstico, en continuidad con la herencia jubilar que he querido dejar a la Iglesia con la Carta apost\u00f3lica<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/2001\/documents\/hf_jp-ii_apl_20010106_novo-millennio-ineunte.html\">Novo millennio ineunte<\/a><\/em>&nbsp;y con su coronamiento mariano<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/documents\/hf_jp-ii_apl_20021016_rosarium-virginis-mariae.html\">Rosarium Virginis Mariae<\/a><\/em>. Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con Mar\u00eda, es el \u00ab programa \u00bb que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invit\u00e1ndola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelizaci\u00f3n. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que \u00c9l se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre.<em>&nbsp;La Iglesia vive del Cristo eucar\u00edstico<\/em>, de \u00c9l se alimenta y por \u00c9l es iluminada. La Eucarist\u00eda es misterio de fe y, al mismo tiempo, \u00ab misterio de luz \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn3\">3<\/a>)Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de alg\u00fan modo la experiencia de los dos disc\u00edpulos de Ema\u00fas: \u00ab Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron \u00bb (<em>Lc<\/em>&nbsp;24, 31).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">7. Desde que inici\u00e9 mi ministerio de Sucesor de Pedro, he reservado siempre para el Jueves Santo, d\u00eda de la Eucarist\u00eda y del Sacerdocio, un signo de particular atenci\u00f3n, dirigiendo una carta a todos los sacerdotes del mundo. Este a\u00f1o, para m\u00ed el vig\u00e9simo quinto de Pontificado, deseo involucrar m\u00e1s plenamente a toda la Iglesia en esta reflexi\u00f3n eucar\u00edstica, para dar gracias a Dios tambi\u00e9n por el don de la Eucarist\u00eda y del Sacerdocio: \u00ab&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/books\/gift_mystery\/documents\/archive_gift-mystery_book_1996_sp.html\">Don y misterio<\/a>&nbsp;\u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn4\">4<\/a>) Puesto que, proclamando el a\u00f1o del Rosario, he deseado poner este mi vig\u00e9simo quinto a\u00f1o<em>&nbsp;bajo el signo de la contemplaci\u00f3n de Cristo con Mar\u00eda<\/em>, no puedo dejar pasar este Jueves Santo de 2003 sin detenerme ante el rostro eucar\u00edstico \u00bb de Cristo, se\u00f1alando con nueva fuerza a la Iglesia la centralidad de la Eucarist\u00eda. De ella vive la Iglesia. De este \u00ab pan vivo \u00bb se alimenta. \u00bfC\u00f3mo no sentir la necesidad de exhortar a todos a que hagan de ella siempre una renovada experiencia?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">8. Cuando pienso en la Eucarist\u00eda, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espont\u00e1neo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempe\u00f1\u00e9 mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Flori\u00e1n en Cracovia, la catedral del Wawel, la bas\u00edlica de San Pedro y muchas bas\u00edlicas e iglesias de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de monta\u00f1a, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades&#8230; Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucar\u00edsticas me hacen experimentar intensamente su car\u00e1cter universal y, por as\u00ed decir, c\u00f3smico.\u00a1S\u00ed, c\u00f3smico! Porque tambi\u00e9n cuando se celebra sobre el peque\u00f1o altar de una iglesia en el campo, la Eucarist\u00eda se celebra, en cierto sentido,<em>&nbsp;sobre el altar del mundo<\/em>. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creaci\u00f3n. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aqu\u00e9l que lo hizo de la nada. De este modo, \u00c9l, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creaci\u00f3n redimida. Lo hace a trav\u00e9s del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Sant\u00edsima Trinidad. Verdaderamente, \u00e9ste es el<em>&nbsp;mysterium fidei<\/em>&nbsp;que se realiza en la Eucarist\u00eda: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a \u00c9l redimido por Cristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">9. La Eucarist\u00eda, presencia salvadora de Jes\u00fas en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo m\u00e1s precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia. As\u00ed se explica la<em>&nbsp;esmerada atenci\u00f3n&nbsp;<\/em>que ha prestado siempre al Misterio eucar\u00edstico, una atenci\u00f3n que se manifiesta autorizadamente en la acci\u00f3n de los Concilios y de los Sumos Pont\u00edfices. \u00bfC\u00f3mo no admirar la exposici\u00f3n doctrinal de los Decretos sobre la Sant\u00edsima Eucarist\u00eda y sobre el Sacrosanto Sacrificio de la Misa promulgados por el Concilio de Trento? Aquellas p\u00e1ginas han guiado en los siglos sucesivos tanto la teolog\u00eda como la catequesis, y a\u00fan hoy son punto de referencia dogm\u00e1tica para la continua renovaci\u00f3n y crecimiento del Pueblo de Dios en la fe y en el amor a la Eucarist\u00eda. En tiempos m\u00e1s cercanos a nosotros, se han de mencionar tres Enc\u00edclicas: la<em>&nbsp;Mirae Caritatis<\/em>&nbsp;de Le\u00f3n XIII (28 de mayo de 1902),<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn5\">5<\/a>)&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_20111947_mediator-dei.html\">Mediator Dei<\/a><\/em>&nbsp;de P\u00edo XII (20 de noviembre de 1947)<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn6\">6<\/a>)y la<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_03091965_mysterium.html\">Mysterium Fidei<\/a>&nbsp;<\/em>de Pablo VI (3 de septiembre de 1965).<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn7\">7<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El Concilio Vaticano II, aunque no public\u00f3 un documento espec\u00edfico sobre el Misterio eucar\u00edstico, ha ilustrado tambi\u00e9n sus diversos aspectos a lo largo del conjunto de sus documentos, y especialmente en la Constituci\u00f3n dogm\u00e1tica sobre la Iglesia<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>&nbsp;y en la Constituci\u00f3n sobre la Sagrada liturgia&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_sp.html\">Sacrosanctum Concilium<\/a><\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Yo mismo, en los primeros a\u00f1os de mi ministerio apost\u00f3lico en la C\u00e1tedra de Pedro, con la Carta apost\u00f3lica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_24021980_dominicae-cenae.html\">Dominicae Cenae<\/a>&nbsp;<\/em>(24 de febrero de 1980),<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn8\">8<\/a>) he tratado algunos aspectos del Misterio eucar\u00edstico y su incidencia en la vida de quienes son sus ministros. Hoy reanudo el hilo de aquellas consideraciones con el coraz\u00f3n a\u00fan m\u00e1s lleno de emoci\u00f3n y gratitud, como haciendo eco a la palabra del Salmista: \u00ab \u00bfC\u00f3mo pagar\u00e9 al Se\u00f1or todo el bien que me ha hecho? Alzar\u00e9 la copa de la salvaci\u00f3n, invocando su nombre \u00bb (<em>Sal<\/em>&nbsp;116, 12-13).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">10. Este deber de anuncio por parte del Magisterio se corresponde con un crecimiento en el seno de la comunidad cristiana. No hay duda de que la<em>&nbsp;reforma lit\u00fargica del Concilio<\/em>&nbsp;ha tenido grandes ventajas para una participaci\u00f3n m\u00e1s consciente, activa y fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del altar. En muchos lugares, adem\u00e1s,&nbsp;<em>la adoraci\u00f3n del Sant\u00edsimo Sacramento&nbsp;<\/em>tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad. La participaci\u00f3n devota de los fieles en la procesi\u00f3n eucar\u00edstica en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia de Dios, que cada a\u00f1o llena de gozo a quienes toman parte en ella. Y se podr\u00edan mencionar otros signos positivos de fe y amor eucar\u00edstico.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Desgraciadamente, junto a estas luces,<em>&nbsp;no faltan sombras<\/em>. En efecto, hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoraci\u00f3n eucar\u00edstica. A esto se a\u00f1aden, en diversos contextos eclesiales, ciertos abusos que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina cat\u00f3lica sobre este admirable Sacramento. Se nota a veces una comprensi\u00f3n muy limitada del Misterio eucar\u00edstico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno. Adem\u00e1s, queda a veces oscurecida la necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesi\u00f3n apost\u00f3lica, y la sacramentalidad de la Eucarist\u00eda se reduce \u00fanicamente a la eficacia del anuncio. Tambi\u00e9n por eso, aqu\u00ed y all\u00e1, surgen iniciativas ecum\u00e9nicas que, aun siendo generosas en su intenci\u00f3n, transigen con pr\u00e1cticas eucar\u00edsticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe. \u00bfC\u00f3mo no manifestar profundo dolor por todo esto? La Eucarist\u00eda es un don demasiado grande para admitir ambig\u00fcedades y reducciones.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Conf\u00edo en que esta Carta enc\u00edclica contribuya eficazmente a disipar las sombras de doctrinas y pr\u00e1cticas no aceptables, para que la Eucarist\u00eda siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CAP\u00cdTULO I<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>MISTERIO DE LA FE<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">11. \u00ab El Se\u00f1or Jes\u00fas, la noche en que fue entregado \u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>11, 23), instituy\u00f3 el Sacrificio eucar\u00edstico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del ap\u00f3stol Pablo nos llevan a las circunstancias dram\u00e1ticas en que naci\u00f3 la Eucarist\u00eda. En ella est\u00e1 inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasi\u00f3n y muerte del Se\u00f1or. No s\u00f3lo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpet\u00faa por los siglos.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn9\">9<\/a>) Esta verdad la expresan bien las palabras con las cuales, en el rito latino, el pueblo responde a la proclamaci\u00f3n del \u00ab misterio de la fe \u00bb que hace el sacerdote:&nbsp;<em>\u00ab Anunciamos tu muerte, Se\u00f1or \u00bb<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia ha recibido la Eucarist\u00eda de Cristo, su Se\u00f1or, no s\u00f3lo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como<em>&nbsp;el don por excelencia<\/em>, porque es don de s\u00ed mismo, de su persona en su santa humanidad y, adem\u00e1s, de su obra de salvaci\u00f3n. \u00c9sta no queda relegada al pasado, pues \u00ab todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeci\u00f3 por los hombres participa de la eternidad divina y domina as\u00ed todos los tiempos&#8230; \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn10\">10<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Cuando la Iglesia celebra la Eucarist\u00eda, memorial de la muerte y resurrecci\u00f3n de su Se\u00f1or, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvaci\u00f3n y \u00ab se realiza la obra de nuestra redenci\u00f3n \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn11\">11<\/a>) Este sacrificio es tan decisivo para la salvaci\u00f3n del g\u00e9nero humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre s\u00f3lo<em>&nbsp;despu\u00e9s de habernos dejado el medio para participar de \u00e9l<\/em>, como si hubi\u00e9ramos estado presentes. As\u00ed, todo fiel puede tomar parte en \u00e9l, obteniendo frutos inagotablemente. \u00c9sta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. \u00c9sta es la fe que el Magisterio de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan inestimable don.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn12\">12<\/a>) Deseo, una vez m\u00e1s, llamar la atenci\u00f3n sobre esta verdad, poni\u00e9ndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoraci\u00f3n delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. \u00bfQu\u00e9 m\u00e1s pod\u00eda hacer Jes\u00fas por nosotros? Verdaderamente, en la Eucarist\u00eda nos muestra un amor que llega \u00ab hasta el extremo \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>13, 1), un amor que no conoce medida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">12. Este aspecto de caridad universal del Sacramento eucar\u00edstico se funda en las palabras mismas del Salvador. Al instituirlo, no se limit\u00f3 a decir \u00ab \u00c9ste es mi cuerpo \u00bb, \u00ab Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre \u00bb, sino que a\u00f1adi\u00f3 \u00ab entregado por vosotros&#8230; derramada por vosotros \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>22, 19-20). No afirm\u00f3 solamente que lo que les daba de comer y beber era su cuerpo y su sangre, sino que manifest\u00f3<em>&nbsp;su valor sacrificial<\/em>, haciendo presente de modo sacramental su sacrificio, que cumplir\u00eda despu\u00e9s en la cruz algunas horas m\u00e1s tarde, para la salvaci\u00f3n de todos. \u00ab La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpet\u00faa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comuni\u00f3n en el Cuerpo y la Sangre del Se\u00f1or \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn13\">13<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a \u00e9l no solamente a trav\u00e9s de un recuerdo lleno de fe, sino tambi\u00e9n en un contacto actual, puesto que&nbsp;<em>este sacrificio se hace presente<\/em>, perpetu\u00e1ndose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo, la Eucarist\u00eda aplica a los hombres de hoy la reconciliaci\u00f3n obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos. En efecto, \u00ab el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucarist\u00eda son, pues,&nbsp;<em>un \u00fanico sacrificio<\/em>&nbsp;\u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn14\">14<\/a>) Ya lo dec\u00eda elocuentemente san Juan Cris\u00f3stomo: \u00ab Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro ma\u00f1ana, sino siempre el mismo. Por esta raz\u00f3n el sacrificio es siempre uno s\u00f3lo [&#8230;]. Tambi\u00e9n nosotros ofrecemos ahora aquella v\u00edctima, que se ofreci\u00f3 entonces y que jam\u00e1s se consumir\u00e1 \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn15\">15<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le a\u00f1ade y no lo multiplica.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn16\">16<\/a>) Lo que se repite es su celebraci\u00f3n memorial, la \u00ab manifestaci\u00f3n memorial \u00bb (<em>memorialis demonstratio<\/em>),<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn17\">17<\/a>) por la cual el \u00fanico y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del Misterio eucar\u00edstico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">13. Por su \u00edntima relaci\u00f3n con el sacrificio del G\u00f3lgota, la Eucarist\u00eda es<em>&nbsp;sacrificio en sentido propio<\/em>&nbsp;y no s\u00f3lo en sentido gen\u00e9rico, como si se tratara del mero ofrecimiento de Cristo a los fieles como alimento espiritual. En efecto, el don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 17-18), es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, m\u00e1s a\u00fan, de toda la humanidad (cf.<em>&nbsp;Mt<\/em>&nbsp;26, 28;&nbsp;<em>Mc<\/em>&nbsp;14, 24;<em>&nbsp;Lc<\/em>&nbsp;22, 20;&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>10, 15), pero<em>&nbsp;don ante todo al Padre<\/em>: \u00ab sacrificio que el Padre acept\u00f3, correspondiendo a esta donaci\u00f3n total de su Hijo que se hizo \u201cobediente hasta la muerte\u201d (<em>Fl<\/em>&nbsp;2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrecci\u00f3n \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn18\">18<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido adem\u00e1s hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse tambi\u00e9n a s\u00ed misma unida al sacrificio de Cristo. Por lo que concierne a todos los fieles, el Concilio Vaticano II ense\u00f1a que \u00ab al participar en el sacrificio eucar\u00edstico, fuente y cima de la vida cristiana, ofrecen a Dios la V\u00edctima divina y a s\u00ed mismos con ella \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn19\">19<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">14. La Pascua de Cristo incluye, con la pasi\u00f3n y muerte, tambi\u00e9n su resurrecci\u00f3n. Es lo que recuerda la aclamaci\u00f3n del pueblo despu\u00e9s de la consagraci\u00f3n:<em>&nbsp;\u00ab Proclamamos tu resurrecci\u00f3n \u00bb<\/em>. Efectivamente, el sacrificio eucar\u00edstico no s\u00f3lo hace presente el misterio de la pasi\u00f3n y muerte del Salvador, sino tambi\u00e9n el misterio de la resurrecci\u00f3n, que corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucarist\u00eda \u00ab pan de vida \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;6, 35.48), \u00ab pan vivo \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 51). San Ambrosio lo recordaba a los ne\u00f3fitos, como una aplicaci\u00f3n del acontecimiento de la resurrecci\u00f3n a su vida: \u00ab Si hoy Cristo est\u00e1 en ti, \u00c9l resucita para ti cada d\u00eda \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn20\">20<\/a>) San Cirilo de Alejandr\u00eda, a su vez, subrayaba que la participaci\u00f3n en los santos Misterios \u00ab es una verdadera confesi\u00f3n y memoria de que el Se\u00f1or ha muerto y ha vuelto a la vida por nosotros y para beneficio nuestro \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn21\">21<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">15. La representaci\u00f3n sacramental en la Santa Misa del sacrificio de Cristo, coronado por su resurrecci\u00f3n, implica una presencia muy especial que \u2013citando las palabras de Pablo VI\u2013 \u00ab se llama \u201creal\u201d, no por exclusi\u00f3n, como si las otras no fueran \u201creales\u201d, sino por antonomasia, porque es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e \u00edntegro \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn22\">22<\/a>) Se recuerda as\u00ed la doctrina siempre v\u00e1lida del Concilio de Trento: \u00ab Por la consagraci\u00f3n del pan y del vino se realiza la conversi\u00f3n de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Se\u00f1or nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. Esta conversi\u00f3n, propia y convenientemente, fue llamada transustanciaci\u00f3n por la santa Iglesia Cat\u00f3lica \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn23\">23<\/a>) Verdaderamente la Eucarist\u00eda es&nbsp;<em>\u00ab mysterium fidei \u00bb<\/em>, misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido s\u00f3lo en la fe, como a menudo recuerdan las catequesis patr\u00edsticas sobre este divino Sacramento. \u00ab No veas \u2013exhorta san Cirilo de Jerusal\u00e9n\u2013 en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Se\u00f1or ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn24\">24<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>\u00ab Adoro te devote, latens Deitas \u00bb<\/em>, seguiremos cantando con el Doctor Ang\u00e9lico. Ante este misterio de amor, la raz\u00f3n humana experimenta toda su limitaci\u00f3n. Se comprende c\u00f3mo, a lo largo de los siglos, esta verdad haya obligado a la teolog\u00eda a hacer arduos esfuerzos para entenderla.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Son esfuerzos loables, tanto m\u00e1s \u00fatiles y penetrantes cuanto mejor consiguen conjugar el ejercicio cr\u00edtico del pensamiento con la \u00ab fe vivida \u00bb de la Iglesia, percibida especialmente en el \u00ab carisma de la verdad \u00bb del Magisterio y en la \u00ab comprensi\u00f3n interna de los misterios \u00bb, a la que llegan sobre todo los santos.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn25\">25<\/a>) La l\u00ednea fronteriza es la se\u00f1alada por Pablo VI: \u00ab Toda explicaci\u00f3n teol\u00f3gica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe cat\u00f3lica, que en la realidad misma, independiente de nuestro esp\u00edritu, el pan y el vino han dejado de existir despu\u00e9s de la consagraci\u00f3n, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jes\u00fas son los que est\u00e1n realmente delante de nosotros \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn26\">26<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">16. La eficacia salv\u00edfica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Se\u00f1or. De por s\u00ed, el sacrificio eucar\u00edstico se orienta a la \u00edntima uni\u00f3n de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comuni\u00f3n: le recibimos a \u00c9l mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que \u00c9l ha entregado por nosotros en la Cruz; su sangre, \u00ab derramada por muchos para perd\u00f3n de los pecados \u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;26, 28). Recordemos sus palabras: \u00ab Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, tambi\u00e9n el que me coma vivir\u00e1 por m\u00ed \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;6, 57). Jes\u00fas mismo nos asegura que esta uni\u00f3n, que \u00c9l pone en relaci\u00f3n con la vida trinitaria, se realiza efectivamente.&nbsp;<em>La Eucarist\u00eda es verdadero banquete<\/em>, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jes\u00fas anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: \u00ab En verdad, en verdad os digo: si no com\u00e9is la carne del Hijo del hombre, y no beb\u00e9is su sangre, no tendr\u00e9is vida en vosotros \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 53). No se trata de un alimento metaf\u00f3rico: \u00ab Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;6, 55).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">17. Por la comuni\u00f3n de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica tambi\u00e9n su Esp\u00edritu. Escribe san Efr\u00e9n: \u00ab Llam\u00f3 al pan su cuerpo viviente, lo llen\u00f3 de s\u00ed mismo y de su Esp\u00edritu [&#8230;], y quien lo come con fe, come Fuego y Esp\u00edritu. [&#8230;]. Tomad, comed todos de \u00e9l, y com\u00e9is con \u00e9l el Esp\u00edritu Santo. En efecto, es verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivir\u00e1 eternamente \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn27\">27<\/a>)La Iglesia pide este don divino, ra\u00edz de todos los otros dones, en la ep\u00edclesis eucar\u00edstica. Se lee, por ejemplo, en la<em>&nbsp;Divina Liturgia<\/em>&nbsp;de san Juan Cris\u00f3stomo: \u00ab Te invocamos, te rogamos y te suplicamos: manda tu Santo Esp\u00edritu sobre todos nosotros y sobre estos dones [&#8230;] para que sean purificaci\u00f3n del alma, remisi\u00f3n de los pecados y comunicaci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo para cuantos participan de ellos \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn28\">28<\/a>) Y, en el<em>&nbsp;Misal Romano<\/em>, el celebrante implora que: \u00ab Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Esp\u00edritu Santo, formemos en Cristo un s\u00f3lo cuerpo y un s\u00f3lo esp\u00edritu \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn29\">29<\/a>) As\u00ed, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Esp\u00edritu, infundido ya en el Bautismo e impreso como \u00ab sello \u00bb en el sacramento de la Confirmaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">18. La aclamaci\u00f3n que el pueblo pronuncia despu\u00e9s de la consagraci\u00f3n se concluye oportunamente manifestando la proyecci\u00f3n escatol\u00f3gica que distingue la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica (cf.<em>&nbsp;1 Co<\/em>&nbsp;11, 26):<em>&nbsp;\u00ab &#8230; hasta que vuelvas \u00bb<\/em>. La Eucarist\u00eda es tensi\u00f3n hacia la meta, pregustar el gozo pleno prometido por Cristo (cf.<em>&nbsp;Jn<\/em>&nbsp;15, 11); es, en cierto sentido, anticipaci\u00f3n del Para\u00edso y \u00ab prenda de la gloria futura \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn30\">30<\/a>) En la Eucarist\u00eda, todo expresa la confiada espera: \u00ab mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn31\">31<\/a>) Quien se alimenta de Cristo en la Eucarist\u00eda no tiene que esperar el m\u00e1s all\u00e1 para recibir la vida eterna:<em>&nbsp;la posee ya en la tierra<\/em>&nbsp;como primicia de la plenitud futura, que abarcar\u00e1 al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucarist\u00eda recibimos tambi\u00e9n la garant\u00eda de la resurrecci\u00f3n corporal al final del mundo: \u00ab El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitar\u00e9 el \u00faltimo d\u00eda \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 54). Esta garant\u00eda de la resurrecci\u00f3n futura proviene de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la Eucarist\u00eda se asimila, por decirlo as\u00ed, el \u00ab secreto \u00bb de la resurrecci\u00f3n. Por eso san Ignacio de Antioqu\u00eda defin\u00eda con acierto el Pan eucar\u00edstico \u00ab f\u00e1rmaco de inmortalidad, ant\u00eddoto contra la muerte \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn32\">32<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">19. La tensi\u00f3n escatol\u00f3gica suscitada por la Eucarist\u00eda&nbsp;<em>expresa y consolida la comuni\u00f3n con la Iglesia celestial<\/em>. No es casualidad que en las an\u00e1foras orientales y en las plegarias eucar\u00edsticas latinas se recuerde siempre con veneraci\u00f3n a la gloriosa siempre Virgen Mar\u00eda, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Se\u00f1or, a los \u00e1ngeles, a los santos ap\u00f3stoles, a los gloriosos m\u00e1rtires y a todos los santos. Es un aspecto de la Eucarist\u00eda que merece ser resaltado: mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a la liturgia celestial, asoci\u00e1ndonos con la multitud inmensa que grita: \u00ab La salvaci\u00f3n es de nuestro Dios, que est\u00e1 sentado en el trono, y del Cordero \u00bb (<em>Ap<\/em>&nbsp;7, 10). La Eucarist\u00eda es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusal\u00e9n celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">20. Una consecuencia significativa de la tensi\u00f3n escatol\u00f3gica propia de la Eucarist\u00eda es que da impulso a nuestro camino hist\u00f3rico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicaci\u00f3n cotidiana de cada uno a sus propias tareas. En efecto, aunque la visi\u00f3n cristiana fija su mirada en un \u00ab cielo nuevo \u00bb y una \u00ab tierra nueva \u00bb (<em>Ap&nbsp;<\/em>21, 1), eso no debilita, sino que m\u00e1s bien&nbsp;<em>estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente<\/em>.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn33\">33<\/a>) Deseo recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos se sientan m\u00e1s que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadan\u00eda terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificaci\u00f3n de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas s\u00f3lidas de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepci\u00f3n hasta su t\u00e9rmino natural. Y \u00bfqu\u00e9 decir, adem\u00e1s, de las tantas contradicciones de un mundo \u00ab globalizado \u00bb, donde los m\u00e1s d\u00e9biles, los m\u00e1s peque\u00f1os y los m\u00e1s pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. Tambi\u00e9n por eso el Se\u00f1or ha querido quedarse con nosotros en la Eucarist\u00eda, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa de una humanidad renovada por su amor. Es significativo que el Evangelio de Juan, all\u00ed donde los Sin\u00f3pticos narran la instituci\u00f3n de la Eucarist\u00eda, propone, ilustrando as\u00ed su sentido profundo, el relato del \u00ab lavatorio de los pies \u00bb, en el cual Jes\u00fas se hace maestro de comuni\u00f3n y servicio (cf.<em>&nbsp;Jn&nbsp;<\/em>13, 1-20). El ap\u00f3stol Pablo, por su parte, califica como \u00ab indigno \u00bb de una comunidad cristiana que se participe en la Cena del Se\u00f1or, si se hace en un contexto de divisi\u00f3n e indiferencia hacia los pobres (Cf.<em>&nbsp;1 Co<\/em>&nbsp;11, 17.22.27.34).<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn34\">34<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Anunciar la muerte del Se\u00f1or \u00ab hasta que venga \u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>11, 26), comporta para los que participan en la Eucarist\u00eda el compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo \u00ab eucar\u00edstica \u00bb. Precisamente este fruto de transfiguraci\u00f3n de la existencia y el compromiso de transformar el mundo seg\u00fan el Evangelio, hacen resplandecer la tensi\u00f3n escatol\u00f3gica de la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica y de toda la vida cristiana: \u00ab \u00a1Ven, Se\u00f1or Jes\u00fas! \u00bb (<em>Ap&nbsp;<\/em>22, 20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CAP\u00cdTULO II<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>LA EUCARIST\u00cdA EDIFICA LA IGLESIA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">21. El Concilio Vaticano II ha recordado que la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica es el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia. En efecto, despu\u00e9s de haber dicho que \u00ab la Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios \u00bb,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn35\">35<\/a>) como queriendo responder a la pregunta: \u00bfC\u00f3mo crece?, a\u00f1ade: \u00ab Cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado (<em>1 Co<\/em>&nbsp;5, 7), se realiza la obra de nuestra redenci\u00f3n. El sacramento del pan eucar\u00edstico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un s\u00f3lo cuerpo en Cristo (cf.<em>&nbsp;1 Co<\/em>&nbsp;10, 17) \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn36\">36<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay un&nbsp;<em>influjo causal de la Eucarist\u00eda&nbsp;<\/em>en los or\u00edgenes mismos de la Iglesia. Los evangelistas precisan que fueron los Doce, los Ap\u00f3stoles, quienes se reunieron con Jes\u00fas en la \u00daltima Cena (cf.<em>&nbsp;Mt<\/em>&nbsp;26, 20;&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>14, 17;<em>&nbsp;Lc<\/em>&nbsp;22, 14). Es un detalle de notable importancia, porque los Ap\u00f3stoles \u00ab fueron la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarqu\u00eda sagrada \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn37\">37<\/a>)Al ofrecerles como alimento su cuerpo y su sangre, Cristo los implic\u00f3 misteriosamente en el sacrificio que habr\u00eda de consumarse pocas horas despu\u00e9s en el Calvario. An\u00e1logamente a la alianza del Sina\u00ed, sellada con el sacrificio y la aspersi\u00f3n con la sangre,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn38\">38<\/a>) los gestos y las palabras de Jes\u00fas en la \u00daltima Cena fundaron la nueva comunidad mesi\u00e1nica, el Pueblo de la nueva Alianza.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los Ap\u00f3stoles, aceptando la invitaci\u00f3n de Jes\u00fas en el Cen\u00e1culo: \u00ab Tomad, comed&#8230; Bebed de ella todos&#8230; \u00bb (<em>Mt&nbsp;<\/em>26, 26.27), entraron por vez primera en comuni\u00f3n sacramental con \u00c9l. Desde aquel momento, y hasta al final de los siglos, la Iglesia se edifica a trav\u00e9s de la comuni\u00f3n sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros: \u00ab Haced esto en recuerdo m\u00edo&#8230; Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo m\u00edo \u00bb (<em>1 Co<\/em>&nbsp;11, 24-25; cf.<em>&nbsp;Lc&nbsp;<\/em>22, 19).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">22. La incorporaci\u00f3n a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participaci\u00f3n en el Sacrificio eucar\u00edstico, sobre todo cuando \u00e9sta es plena mediante la comuni\u00f3n sacramental. Podemos decir que no solamente<em>&nbsp;cada uno de nosotros recibe a Cristo<\/em>, sino que tambi\u00e9n<em>&nbsp;Cristo nos recibe a cada uno de nosotros<\/em>. \u00c9l estrecha su amistad con nosotros: \u00ab Vosotros sois mis amigos \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;15, 14). M\u00e1s a\u00fan, nosotros vivimos gracias a \u00c9l: \u00ab el que me coma vivir\u00e1 por m\u00ed \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 57). En la comuni\u00f3n eucar\u00edstica se realiza de manera sublime que Cristo y el disc\u00edpulo \u00ab est\u00e9n \u00bb el uno en el otro: \u00ab Permaneced en m\u00ed, como yo en vosotros \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;15, 4).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en s\u00ed mismo, el Pueblo de la nueva Alianza se convierte en \u00ab sacramento \u00bb para la humanidad,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn39\">39<\/a>)signo e instrumento de la salvaci\u00f3n, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf.<em>&nbsp;Mt&nbsp;<\/em>5, 13-16), para la redenci\u00f3n de todos.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn40\">40<\/a>)La misi\u00f3n de la Iglesia contin\u00faa la de Cristo: \u00ab Como el Padre me envi\u00f3, tambi\u00e9n yo os env\u00edo \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>20, 21). Por tanto, la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misi\u00f3n perpetuando en la Eucarist\u00eda el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. As\u00ed, la Eucarist\u00eda es la&nbsp;<em>fuente<\/em>&nbsp;y, al mismo tiempo, la&nbsp;<em>cumbre<\/em>&nbsp;de toda la evangelizaci\u00f3n, puesto que su objetivo es la comuni\u00f3n de los hombres con Cristo y, en \u00c9l, con el Padre y con el Esp\u00edritu Santo.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn41\">41<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">23. Con la comuni\u00f3n eucar\u00edstica la Iglesia consolida tambi\u00e9n su unidad como cuerpo de Cristo. San Pablo se refiere a esta<em>&nbsp;eficacia unificadora&nbsp;<\/em>de la participaci\u00f3n en el banquete eucar\u00edstico cuando escribe a los Corintios: \u00ab Y el pan que partimos \u00bfno es comuni\u00f3n con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan \u00bb (<em>1 Co<\/em>&nbsp;10, 16-17). El comentario de san Juan Cris\u00f3stomo es detallado y profundo: \u00ab \u00bfQu\u00e9 es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo. \u00bfEn qu\u00e9 se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un s\u00f3lo cuerpo. En efecto, como el pan es s\u00f3lo uno, por m\u00e1s que est\u00e9 compuesto de muchos granos de trigo y \u00e9stos se encuentren en \u00e9l, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusi\u00f3n; de la misma manera, tambi\u00e9n nosotros estamos unidos rec\u00edprocamente unos a otros y, todos juntos, con Cristo \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn42\">42<\/a>) La argumentaci\u00f3n es terminante: nuestra uni\u00f3n con Cristo, que es don y gracia para cada uno, hace que en \u00c9l estemos asociados tambi\u00e9n a la unidad de su cuerpo que es la Iglesia. La Eucarist\u00eda consolida la incorporaci\u00f3n a Cristo, establecida en el Bautismo mediante el don del Esp\u00edritu (cf.<em>&nbsp;1 Co<\/em>&nbsp;12, 13.27).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La acci\u00f3n conjunta e inseparable del Hijo y del Esp\u00edritu Santo, que est\u00e1 en el origen de la Iglesia, de su constituci\u00f3n y de su permanencia, contin\u00faa en la Eucarist\u00eda. Bien consciente de ello es el autor de la<em>&nbsp;Liturgia de Santiago<\/em>: en la ep\u00edclesis de la an\u00e1fora se ruega a Dios Padre que env\u00ede el Esp\u00edritu Santo sobre los fieles y sobre los dones, para que el cuerpo y la sangre de Cristo \u00ab sirvan a todos los que participan en ellos [&#8230;] a la santificaci\u00f3n de las almas y los cuerpos \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn43\">43<\/a>)La Iglesia es reforzada por el divino Par\u00e1clito a trav\u00e9s la santificaci\u00f3n eucar\u00edstica de los fieles.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">24. El don de Cristo y de su Esp\u00edritu que recibimos en la comuni\u00f3n eucar\u00edstica colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el coraz\u00f3n humano y, al mismo tiempo, eleva la experiencia de fraternidad, propia de la participaci\u00f3n com\u00fan en la misma mesa eucar\u00edstica, a niveles que est\u00e1n muy por encima de la simple experiencia convival humana. Mediante la comuni\u00f3n del cuerpo de Cristo, la Iglesia alcanza cada vez m\u00e1s profundamente su ser \u00ab en Cristo como sacramento o signo e instrumento de la uni\u00f3n \u00edntima con Dios y de la unidad de todo el g\u00e9nero humano \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn44\">44<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A los g\u00e9rmenes de disgregaci\u00f3n entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone<em>&nbsp;la fuerza generadora de unidad&nbsp;<\/em>del cuerpo de Cristo. La Eucarist\u00eda, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">25. El<em>&nbsp;culto que se da a la Eucarist\u00eda fuera de la Misa<\/em>&nbsp;es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto est\u00e1 estrechamente unido a la celebraci\u00f3n del Sacrificio eucar\u00edstico. La presencia de Cristo bajo las sagradas especies que se conservan despu\u00e9s de la Misa \u2013presencia que dura mientras subsistan las especies del pan y del vino<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn45\">45<\/a>)\u2013, deriva de la celebraci\u00f3n del Sacrificio y tiende a la comuni\u00f3n sacramental y espiritual.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn46\">46<\/a>) Corresponde a los Pastores animar, incluso con el testimonio personal, el culto eucar\u00edstico, particularmente la exposici\u00f3n del Sant\u00edsimo Sacramento y la adoraci\u00f3n de Cristo presente bajo las especies eucar\u00edsticas.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn47\">47<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es hermoso estar con \u00c9l y, reclinados sobre su pecho como el disc\u00edpulo predilecto (cf.<em>&nbsp;Jn<\/em>&nbsp;13, 25), palpar el amor infinito de su coraz\u00f3n. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el \u00ab arte de la oraci\u00f3n \u00bb,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn48\">48<\/a>) \u00bfc\u00f3mo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversaci\u00f3n espiritual, en adoraci\u00f3n silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Sant\u00edsimo Sacramento? \u00a1Cu\u00e1ntas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Numerosos Santos nos han dado ejemplo de esta pr\u00e1ctica, alabada y recomendada repetidamente por el Magisterio.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn49\">49<\/a>) De manera particular se distingui\u00f3 por ella San Alfonso Mar\u00eda de Ligorio, que escribi\u00f3: \u00ab Entre todas las devociones, \u00e9sta de adorar a Jes\u00fas sacramentado es la primera, despu\u00e9s de los sacramentos, la m\u00e1s apreciada por Dios y la m\u00e1s \u00fatil para nosotros \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn50\">50<\/a>) La Eucarist\u00eda es un tesoro inestimable; no s\u00f3lo su celebraci\u00f3n, sino tambi\u00e9n estar ante ella fuera de la Misa, nos da la posibilidadde llegar al manantial mismo de la gracia. Una comunidad cristiana que quiera ser m\u00e1s capaz de contemplar el rostro de Cristo, en el esp\u00edritu que he sugerido en las Cartas apost\u00f3licas&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/2001\/documents\/hf_jp-ii_apl_20010106_novo-millennio-ineunte.html\">Novo millennio ineunte<\/a>&nbsp;<\/em>y&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/documents\/hf_jp-ii_apl_20021016_rosarium-virginis-mariae.html\">Rosarium Virginis Mariae<\/a><\/em>, ha de desarrollar tambi\u00e9n este aspecto del culto eucar\u00edstico, en el que se prolongan y multiplican los frutos de la comuni\u00f3n del cuerpo y sangre del Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CAP\u00cdTULO III<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>APOSTOLICIDAD DE LA EUCARIST\u00cdA Y DE LA IGLESIA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">26. Como he recordado antes, si la Eucarist\u00eda edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucarist\u00eda, se deduce que hay una relaci\u00f3n sumamente estrecha entre una y otra. Tan verdad es esto, que nos permite aplicar al Misterio eucar\u00edstico lo que decimos de la Iglesia cuando, en el S\u00edmbolo niceno-constantinopolitano, la confesamos \u00ab una, santa, cat\u00f3lica y apost\u00f3lica \u00bb. Tambi\u00e9n la Eucarist\u00eda es una y cat\u00f3lica. Es tambi\u00e9n santa, m\u00e1s a\u00fan, es el Sant\u00edsimo Sacramento. Pero ahora queremos dirigir nuestra atenci\u00f3n principalmente a su apostolicidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">27. El<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/index_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, al explicar c\u00f3mo la Iglesia es apost\u00f3lica, o sea, basada en los Ap\u00f3stoles, se refiere a un<em>&nbsp;triple sentido<\/em>&nbsp;de la expresi\u00f3n. Por una parte, \u00ab fue y permanece edificada sobre \u201cel fundamento de los ap\u00f3stoles\u201d (<em>Ef<\/em>&nbsp;2, 20), testigos escogidos y enviados en misi\u00f3n por el propio Cristo \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn51\">51<\/a>) Tambi\u00e9n los Ap\u00f3stoles est\u00e1n en el fundamento de la Eucarist\u00eda, no porque el Sacramento no se remonte a Cristo mismo, sino porque ha sido confiado a los Ap\u00f3stoles por Jes\u00fas y transmitido por ellos y sus sucesores hasta nosotros. La Iglesia celebra la Eucarist\u00eda a lo largo de los siglos precisamente en continuidad con la acci\u00f3n de los Ap\u00f3stoles, obedientes al mandato del Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia indicado por el Catecismo es que \u00ab guarda y transmite, con la ayuda del Esp\u00edritu Santo que habita en ella, la ense\u00f1anza, el buen dep\u00f3sito, las sanas palabras o\u00eddas a los ap\u00f3stoles \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn52\">52<\/a>) Tambi\u00e9n en este segundo sentido la Eucarist\u00eda es apost\u00f3lica, porque se celebra en conformidad con la fe de los Ap\u00f3stoles. En la historia bimilenaria del Pueblo de la nueva Alianza, el Magisterio eclesi\u00e1stico ha precisado en muchas ocasiones la doctrina eucar\u00edstica, incluso en lo que ata\u00f1e a la exacta terminolog\u00eda, precisamente para salvaguardar la fe apost\u00f3lica en este Misterio excelso. Esta fe permanece inalterada y es esencial para la Iglesia que perdure as\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">28. En fin, la Iglesia es apost\u00f3lica en el sentido de que \u00ab sigue siendo ense\u00f1ada, santificada y dirigida por los Ap\u00f3stoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los Obispos, a los que asisten los presb\u00edteros, juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn53\">53<\/a>) La sucesi\u00f3n de los Ap\u00f3stoles en la misi\u00f3n pastoral conlleva necesariamente el sacramento del Orden, es decir, la serie ininterrumpida que se remonta hasta los or\u00edgenes, de ordenaciones episcopales v\u00e1lidas.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn54\">54<\/a>) Esta sucesi\u00f3n es esencial para que haya Iglesia en sentido propio y pleno.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Eucarist\u00eda expresa tambi\u00e9n este sentido de la apostolicidad. En efecto, como ense\u00f1a el Concilio Vaticano II, los fieles \u00ab participan en la celebraci\u00f3n de la Eucarist\u00eda en virtud de su sacerdocio real \u00bb,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn55\">55<\/a>) pero es el sacerdote ordenado quien \u00ab realiza como representante de Cristo el sacrificio eucar\u00edstico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn56\">56<\/a>) Por eso se prescribe en el<em>&nbsp;Misal Romano&nbsp;<\/em>que es \u00fanicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucar\u00edstica, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn57\">57<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">29. La expresi\u00f3n, usada repetidamente por el Concilio Vaticano II, seg\u00fan la cual el sacerdote ordenado \u00ab realiza como representante de Cristo el Sacrificio eucar\u00edstico \u00bb,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn58\">58<\/a>) estaba ya bien arraigada en la ense\u00f1anza pontificia.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn59\">59<\/a>) Como he tenido ocasi\u00f3n de aclarar en otra ocasi\u00f3n,&nbsp;<em>in persona Christi&nbsp;<\/em>\u00ab quiere decir m\u00e1s que \u201cen nombre\u201d, o tambi\u00e9n, \u201cen vez\u201d de Cristo. In \u201cpersona\u201d: es decir, en la identificaci\u00f3n espec\u00edfica, sacramental con el \u201csumo y eterno Sacerdote\u201d, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn60\">60<\/a>) El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la econom\u00eda de salvaci\u00f3n querida por Cristo, manifiesta que la Eucarist\u00eda celebrada por ellos<em>&nbsp;es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea<\/em>&nbsp;y es insustituible en cualquier caso para unir v\u00e1lidamente la consagraci\u00f3n eucar\u00edstica al sacrificio de la Cruz y a la \u00daltima Cena.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La asamblea que se re\u00fane para celebrar la Eucarist\u00eda necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucar\u00edstica, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no est\u00e1 capacitada para darse por s\u00ed sola el ministro ordenado. \u00c9ste es un don que<em>&nbsp;recibe a trav\u00e9s de la sucesi\u00f3n episcopal que se remonta a los Ap\u00f3stoles<\/em>. Es el Obispo quien establece un nuevo presb\u00edtero, mediante el sacramento del Orden, otorg\u00e1ndole el poder de consagrar la Eucarist\u00eda. Pues \u00ab el Misterio eucar\u00edstico no puede ser celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado, como ha ense\u00f1ado expresamente el Concilio Lateranense IV.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn61\">61<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">30. Tanto esta doctrina de la Iglesia cat\u00f3lica sobre el ministerio sacerdotal en relaci\u00f3n con la Eucarist\u00eda, como la referente al Sacrificio eucar\u00edstico, han sido objeto en las \u00faltimas d\u00e9cadas de un provechoso di\u00e1logo<em>&nbsp;en el \u00e1mbito de la actividad ecum\u00e9nica<\/em>. Hemos de dar gracias a la Sant\u00edsima Trinidad porque, a este respecto, se han obtenido significativos progresos y acercamientos, que nos hacen esperar en un futuro en que se comparta plenamente la fe. A\u00fan sigue siendo del todo v\u00e1lida la observaci\u00f3n del Concilio sobre las Comunidades eclesiales surgidas en Occidente desde el siglo XVI en adelante y separadas de la Iglesia cat\u00f3lica: \u00ab Las Comunidades eclesiales separadas, aunque les falte la unidad plena con nosotros que dimana del bautismo, y aunque creamos que, sobre todo por defecto del sacramento del Orden, no han conservado la sustancia genuina e \u00edntegra del Misterio eucar\u00edstico, sin embargo, al conmemorar en la santa Cena la muerte y resurrecci\u00f3n del Se\u00f1or, profesan que en la comuni\u00f3n de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn62\">62<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Los fieles cat\u00f3licos, por tanto, aun respetando las convicciones religiosas de estos hermanos separados, deben abstenerse de participar en la comuni\u00f3n distribuida en sus celebraciones, para no avalar una ambig\u00fcedad sobre la naturaleza de la Eucarist\u00eda y, por consiguiente, faltar al deber de dar un testimonio claro de la verdad. Eso retardar\u00eda el camino hacia la plena unidad visible. De manera parecida, no se puede pensar en reemplazar la santa Misa dominical con celebraciones ecum\u00e9nicas de la Palabra o con encuentros de oraci\u00f3n en com\u00fan con cristianos miembros de dichas Comunidades eclesiales, o bien con la participaci\u00f3n en su servicio lit\u00fargico. Estas celebraciones y encuentros, en s\u00ed mismos loables en circunstancias oportunas, preparan a la deseada comuni\u00f3n total, incluso eucar\u00edstica, pero no pueden reemplazarla.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El hecho de que el poder de consagrar la Eucarist\u00eda haya sido confiado s\u00f3lo a los Obispos y a los presb\u00edteros no significa menoscabo alguno para el resto del Pueblo de Dios, puesto que la comuni\u00f3n del \u00fanico cuerpo de Cristo que es la Iglesia es un don que redunda en beneficio de todos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">31. Si la Eucarist\u00eda es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, tambi\u00e9n lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, con \u00e1nimo agradecido a Jesucristo, nuestro Se\u00f1or, reitero que la Eucarist\u00eda \u00ab es la principal y central raz\u00f3n de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la instituci\u00f3n de la Eucarist\u00eda y a la vez que ella \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn63\">63<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Las actividades pastorales del presb\u00edtero son m\u00faltiples. Si se piensa adem\u00e1s en las condiciones sociales y culturales del mundo actual, es f\u00e1cil entender lo sometido que est\u00e1<em>&nbsp;al peligro de la dispersi\u00f3n<\/em>&nbsp;por el gran n\u00famero de tareas diferentes. El Concilio Vaticano II ha identificado en la caridad pastoral el v\u00ednculo que da unidad a su vida y a sus actividades. \u00c9sta \u2013a\u00f1ade el Concilio\u2013 \u00ab brota, sobre todo, del sacrificio eucar\u00edstico que, por eso, es el centro y ra\u00edz de toda la vida del presb\u00edtero \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn64\">64<\/a>) Se entiende, pues, lo importante que es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien de la Iglesia y del mundo, que ponga en pr\u00e1ctica la recomendaci\u00f3n conciliar de celebrar cotidianamente la Eucarist\u00eda, \u00ab la cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es ciertamente una acci\u00f3n de Cristo y de la Iglesia \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn65\">65<\/a>) De este modo, el sacerdote ser\u00e1 capaz de sobreponerse cada d\u00eda a toda tensi\u00f3n dispersiva, encontrando en el Sacrificio eucar\u00edstico, verdadero centro de su vida y de su ministerio, la energ\u00eda espiritual necesaria para afrontar los diversos quehaceres pastorales. Cada jornada ser\u00e1 as\u00ed verdaderamente eucar\u00edstica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Del car\u00e1cter central de la Eucarist\u00eda en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva tambi\u00e9n su puesto central en la<em>&nbsp;pastoral de las vocaciones sacerdotales<\/em>. Ante todo, porque la plegaria por las vocaciones encuentra en ella la m\u00e1xima uni\u00f3n con la oraci\u00f3n de Cristo sumo y eterno Sacerdote; pero tambi\u00e9n porque la diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio eucar\u00edstico, unido a la promoci\u00f3n de la participaci\u00f3n consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucarist\u00eda, es un ejemplo eficaz y un incentivo a la respuesta generosa de los j\u00f3venes a la llamada de Dios. \u00c9l se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para sembrar y desarrollar en el coraz\u00f3n del joven el germen de la llamada al sacerdocio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">32. Toda esto demuestra lo doloroso y fuera de lo normal que resulta la situaci\u00f3n de una comunidad cristiana que, a\u00fan pudiendo ser, por n\u00famero y variedad de fieles, una parroquia, carece sin embargo de un sacerdote que la gu\u00ede. En efecto, la parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebraci\u00f3n del Sacrificio eucar\u00edstico. Pero esto requiere la presencia de un presb\u00edtero, el \u00fanico a quien compete ofrecer la Eucarist\u00eda&nbsp;<em>in persona Christi<\/em>. Cuando la comunidad no tiene sacerdote, ciertamente se ha de paliar de alguna manera, con el fin de que contin\u00faen las celebraciones dominicales y, as\u00ed, los religiosos y los laicos que animan la oraci\u00f3n de sus hermanos y hermanas ejercen de modo loable el sacerdocio com\u00fan de todos los fieles, basado en la gracia del Bautismo. Pero dichas soluciones han de ser consideradas \u00fanicamente provisionales, mientras la comunidad est\u00e1 a la espera de un sacerdote.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El hecho de que estas celebraciones sean incompletas desde el punto de vista sacramental ha de impulsar ante todo a toda la comunidad a pedir con mayor fervor que el Se\u00f1or \u00ab env\u00ede obreros a su mies \u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;9, 38); y debe estimularla tambi\u00e9n a llevar a cabo una adecuada pastoral vocacional, sin ceder a la tentaci\u00f3n de buscar soluciones que comporten una reducci\u00f3n de las cualidades morales y formativas requeridas para los candidatos al sacerdocio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">33. Cuando, por escasez de sacerdotes, se conf\u00eda a fieles no ordenados una participaci\u00f3n en el cuidado pastoral de una parroquia, \u00e9stos han de tener presente que, como ense\u00f1a el Concilio Vaticano II, \u00ab no se construye ninguna comunidad cristiana si \u00e9sta no tiene como ra\u00edz y centro la celebraci\u00f3n de la sagrada Eucarist\u00eda \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn66\">66<\/a>) Por tanto, considerar\u00e1n como cometido suyo el mantener viva en la comunidad una verdadera \u00ab hambre \u00bb de la Eucarist\u00eda, que lleve a no perder ocasi\u00f3n alguna de tener la celebraci\u00f3n de la Misa, incluso aprovechando la presencia ocasional de un sacerdote que no est\u00e9 impedido por el derecho de la Iglesia para celebrarla.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CAP\u00cdTULO IV<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>EUCARIST\u00cdA<br>Y COMUNI\u00d3N ECLESIAL<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">34. En 1985, la Asamblea extraordinaria del S\u00ednodo de los Obispos reconoci\u00f3 en la \u00ab eclesiolog\u00eda de comuni\u00f3n \u00bb la idea central y fundamental de los documentos del Concilio Vaticano II.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn67\">67<\/a>) La Iglesia, mientras peregrina aqu\u00ed en la tierra, est\u00e1 llamada a mantener y promover tanto la comuni\u00f3n con Dios trinitario como la comuni\u00f3n entre los fieles. Para ello, cuenta con la Palabra y los Sacramentos, sobre todo la Eucarist\u00eda, de la cual \u00ab vive y se desarrolla sin cesar \u00bb,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn68\">68<\/a>) y en la cual, al mismo tiempo, se expresa a s\u00ed misma. No es casualidad que el t\u00e9rmino<em>&nbsp;comuni\u00f3n&nbsp;<\/em>se haya convertido en uno de los nombres espec\u00edficos de este sublime Sacramento.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Eucarist\u00eda se manifiesta, pues, como culminaci\u00f3n de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a perfecci\u00f3n la comuni\u00f3n con Dios Padre, mediante la identificaci\u00f3n con el Hijo Unig\u00e9nito, por obra del Esp\u00edritu Santo. Un insigne escritor de la tradici\u00f3n bizantina expres\u00f3 esta verdad con agudeza de fe: en la Eucarist\u00eda, \u00ab con preferencia respecto a los otros sacramentos, el misterio [de la comuni\u00f3n] es tan perfecto que conduce a la c\u00faspide de todos los bienes: en ella culmina todo deseo humano, porque aqu\u00ed llegamos a Dios y Dios se une a nosotros con la uni\u00f3n m\u00e1s perfecta \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn69\">69<\/a>) Precisamente por eso, es conveniente<em>&nbsp;cultivar en el \u00e1nimo el deseo constante del Sacramento eucar\u00edstico<\/em>. De aqu\u00ed ha nacido la pr\u00e1ctica de la \u00ab comuni\u00f3n espiritual \u00bb, felizmente difundida desde hace siglos en la Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de Jes\u00fas escribi\u00f3: \u00ab Cuando [&#8230;] no comulg\u00e1redes y oy\u00e9redes misa, pod\u00e9is comulgar espiritualmente, que es de grand\u00edsimo provecho [&#8230;], que es mucho lo que se imprime el amor ans\u00ed deste Se\u00f1or \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn70\">70<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">35. La celebraci\u00f3n de la Eucarist\u00eda, no obstante, no puede ser el punto de partida de la comuni\u00f3n, que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla a perfecci\u00f3n. El Sacramento expresa este v\u00ednculo de comuni\u00f3n, sea en la dimensi\u00f3n<em>&nbsp;invisible&nbsp;<\/em>que, en Cristo y por la acci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, nos une al Padre y entre nosotros, sea en la dimensi\u00f3n<em>&nbsp;visible<\/em>, que implica la comuni\u00f3n en la doctrina de los Ap\u00f3stoles, en los Sacramentos y en el orden jer\u00e1rquico. La \u00edntima relaci\u00f3n entre los elementos invisibles y visibles de la comuni\u00f3n eclesial, es constitutiva de la Iglesia como sacramento de salvaci\u00f3n.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn71\">71<\/a>) S\u00f3lo en este contexto tiene lugar la celebraci\u00f3n leg\u00edtima de la Eucarist\u00eda y la verdadera participaci\u00f3n en la misma. Por tanto, resulta una exigencia intr\u00ednseca a la Eucarist\u00eda que se celebre en la comuni\u00f3n y, concretamente, en la integridad de todos sus v\u00ednculos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">36. La comuni\u00f3n invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace \u00ab part\u00edcipes de la naturaleza divina \u00bb (<em>2 Pe<\/em>&nbsp;1, 4), as\u00ed como la pr\u00e1ctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, s\u00f3lo de este modo se obtiene verdadera comuni\u00f3n con el Padre, el Hijo y el Esp\u00edritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el \u00ab cuerpo \u00bb y con el \u00ab coraz\u00f3n \u00bb;&nbsp;<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn72\">72<\/a>) es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, \u00ab la fe que act\u00faa por la caridad \u00bb (<em>Ga&nbsp;<\/em>5, 6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La integridad de los v\u00ednculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucarist\u00eda comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Ap\u00f3stol llama la atenci\u00f3n sobre este deber con la advertencia: \u00ab Exam\u00ednese, pues, cada cual, y coma as\u00ed el pan y beba de la copa \u00bb (<em>1 Co<\/em>&nbsp;11, 28). San Juan Cris\u00f3stomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: \u00ab Tambi\u00e9n yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jam\u00e1s podr\u00e1 llamarse comuni\u00f3n, por m\u00e1s que toquemos mil veces el cuerpo del Se\u00f1or, sino condena, tormento y mayor castigo \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn73\">73<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Precisamente en este sentido, el&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/index_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a>&nbsp;<\/em>establece: \u00ab Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliaci\u00f3n antes de acercarse a comulgar \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn74\">74<\/a>) Deseo, por tanto, reiterar que est\u00e1 vigente, y lo estar\u00e1 siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortaci\u00f3n del ap\u00f3stol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucarist\u00eda, \u00ab debe preceder la confesi\u00f3n de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn75\">75<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">37. La Eucarist\u00eda y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre s\u00ed. La Eucarist\u00eda, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetu\u00e1ndolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversi\u00f3n, de respuesta personal a la exhortaci\u00f3n que san Pablo dirig\u00eda a los cristianos de Corinto: \u00ab En nombre de Cristo os suplicamos: \u00a1reconciliaos con Dios! \u00bb (<em>2 Co<\/em>&nbsp;5, 20). As\u00ed pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave est\u00e1 obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliaci\u00f3n para acercarse a la plena participaci\u00f3n en el Sacrificio eucar\u00edstico.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, trat\u00e1ndose de una valoraci\u00f3n de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento ex- terno grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situaci\u00f3n de manifiesta indisposici\u00f3n moral se refiere la norma del C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico que no permite la admisi\u00f3n a la comuni\u00f3n eucar\u00edstica a los que \u00ab obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn76\">76<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">38. La comuni\u00f3n eclesial, como antes he recordado, es tambi\u00e9n<em>&nbsp;visible<\/em>&nbsp;y se manifiesta en los lazos vinculantes enumerados por el Concilio mismo cuando ense\u00f1a: \u00ab Est\u00e1n plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Esp\u00edritu de Cristo, aceptan \u00edntegramente su constituci\u00f3n y todos los medios de salvaci\u00f3n establecidos en ella y est\u00e1n unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pont\u00edfice y de los Obispos, mediante los lazos de la profesi\u00f3n de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesi\u00e1stico y de la comuni\u00f3n \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn77\">77<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La Eucarist\u00eda, siendo la suprema manifestaci\u00f3n sacramental de la comuni\u00f3n en la Iglesia, exige que se celebre en<em>&nbsp;un contexto de integridad de los v\u00ednculos, incluso externos, de comuni\u00f3n<\/em>. De modo especial, por ser \u00ab como la consumaci\u00f3n de la vida espiritual y la finalidad de todos los sacramentos \u00bb,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn78\">78<\/a>)requiere que los lazos de la comuni\u00f3n en los sacramentos sean reales, particularmente en el Bautismo y en el Orden sacerdotal. No se puede dar la comuni\u00f3n a una persona no bautizada o que rechace la verdad \u00edntegra de fe sobre el Misterio eucar\u00edstico. Cristo es la verdad y da testimonio de la verdad (cf.<em>&nbsp;Jn<\/em>&nbsp;14, 6; 18, 37); el Sacramento de su cuerpo y su sangre no permite ficciones.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">39. Adem\u00e1s, por el car\u00e1cter mismo de la comuni\u00f3n eclesial y de la relaci\u00f3n que tiene con ella el sacramento de la Eucarist\u00eda, se debe recordar que \u00ab el Sacrificio eucar\u00edstico, aun celebr\u00e1ndose siempre en una comunidad particular, no es nunca celebraci\u00f3n de esa sola comunidad: \u00e9sta, en efecto, recibiendo la presencia eucar\u00edstica del Se\u00f1or, recibe el don completo de la salvaci\u00f3n, y se manifiesta as\u00ed, a pesar de su permanente particularidad visible, como imagen y verdadera presencia de la Iglesia una, santa, cat\u00f3lica y apost\u00f3lica \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn79\">79<\/a>) De esto se deriva que una comunidad realmente eucar\u00edstica no puede encerrarse en s\u00ed misma, como si fuera autosuficiente, sino que ha de mantenerse en sinton\u00eda con todas las dem\u00e1s comunidades cat\u00f3licas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La comuni\u00f3n eclesial de la asamblea eucar\u00edstica es comuni\u00f3n con el propio<em>&nbsp;Obispo<\/em>&nbsp;y con el<em>&nbsp;Romano Pont\u00edfice<\/em>. En efecto, el Obispo es el principio visible y el fundamento de la unidad en su Iglesia particular.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn80\">80<\/a>) Ser\u00eda, por tanto, una gran incongruencia que el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comuni\u00f3n con el Obispo. San Ignacio de Antioqu\u00eda escrib\u00eda: \u00ab se considere segura la Eucarist\u00eda que se realiza bajo el Obispo o quien \u00e9l haya encargado \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn81\">81<\/a>) Asimismo, puesto que \u00ab el Romano Pont\u00edfice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles \u00bb,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn82\">82<\/a>) la comuni\u00f3n con \u00e9l es una exigencia intr\u00ednseca de la celebraci\u00f3n del Sacrificio eucar\u00edstico. De aqu\u00ed la gran verdad expresada de varios modos en la Liturgia: \u00ab Toda celebraci\u00f3n de la Eucarist\u00eda se realiza en uni\u00f3n no s\u00f3lo con el propio obispo sino tambi\u00e9n con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero. Toda v\u00e1lida celebraci\u00f3n de la Eucarist\u00eda expresa esta comuni\u00f3n universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias cristianas separadas de Roma \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn83\">83<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">40. La Eucarist\u00eda&nbsp;<em>crea comuni\u00f3n y educa a la comuni\u00f3n<\/em>. San Pablo escrib\u00eda a los fieles de Corinto manifestando el gran contraste de sus divisiones en las asambleas eucar\u00edsticas con lo que estaban celebrando, la Cena del Se\u00f1or. Consecuentemente, el Ap\u00f3stol les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad de la Eucarist\u00eda con el fin de hacerlos volver al esp\u00edritu de comuni\u00f3n fraterna (cf.&nbsp;<em>1 Co<\/em>&nbsp;11, 17-34). San Agust\u00edn se hizo eco de esta exigencia de manera elocuente cuando, al recordar las palabras del Ap\u00f3stol: \u00ab vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte \u00bb (<em>1 Co&nbsp;<\/em>12, 27), observaba: \u00ab Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Se\u00f1or est\u00e1 el misterio que sois vosotros mismos y recib\u00eds el misterio que sois vosotros \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn84\">84<\/a>) Y, de esta constataci\u00f3n, conclu\u00eda: \u00ab Cristo el Se\u00f1or [&#8230;] consagr\u00f3 en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el v\u00ednculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino un testimonio contra s\u00ed \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn85\">85<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">41. Esta peculiar eficacia para promover la comuni\u00f3n, propia de la Eucarist\u00eda, es uno de los motivos de la importancia de la Misa dominical. Sobre ella y sobre las razones por las que es fundamental para la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles, me he ocupado en la Carta apost\u00f3lica sobre la santificaci\u00f3n del domingo<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/documents\/hf_jp-ii_apl_05071998_dies-domini.html\">Dies Domini<\/a><\/em>,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn86\">86<\/a>) recordando, adem\u00e1s, que participar en la Misa es una obligaci\u00f3n para los fieles, a menos que tengan un impedimento grave, lo que impone a los Pastores el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir este precepto.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn87\">87<\/a>) M\u00e1s recientemente, en la Carta apost\u00f3lica<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/2001\/documents\/hf_jp-ii_apl_20010106_novo-millennio-ineunte.html\">Novo millennio ineunte<\/a><\/em>, al trazar el camino pastoral de la Iglesia a comienzos del tercer milenio, he querido dar un relieve particular a la Eucarist\u00eda dominical, subrayando su eficacia creadora de comuni\u00f3n: Ella \u2013dec\u00eda\u2013 \u00ab es el lugar privilegiado donde la comuni\u00f3n es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a trav\u00e9s de la participaci\u00f3n eucar\u00edstica, el<em>&nbsp;d\u00eda del Se\u00f1or<\/em>&nbsp;se convierte tambi\u00e9n en el&nbsp;<em>d\u00eda de la Iglesia<\/em>, que puede desempe\u00f1ar as\u00ed de manera eficaz su papel de sacramento de unidad \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn88\">88<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">42. La salvaguardia y promoci\u00f3n de la comuni\u00f3n eclesial es una tarea de todos los fieles, que encuentran en la Eucarist\u00eda, como sacramento de la unidad de la Iglesia, un campo de especial aplicaci\u00f3n. M\u00e1s en concreto, este cometido ata\u00f1e con particular responsabilidad a los Pastores de la Iglesia, cada uno en el propio grado y seg\u00fan el propio oficio eclesi\u00e1stico. Por tanto, la Iglesia ha dado normas que se orientan a favorecer la participaci\u00f3n frecuente y fructuosa de los fieles en la Mesa eucar\u00edstica y, al mismo tiempo, a determinar las condiciones objetivas en las que no debe administrar la comuni\u00f3n. El esmero en procurar una fiel observancia de dichas normas se convierte en expresi\u00f3n efectiva de amor hacia la Eucarist\u00eda y hacia la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">43. Al considerar la Eucarist\u00eda como Sacramento de la comuni\u00f3n eclesial, hay un argumento que, por su importancia, no puede omitirse: me refiero a<em>&nbsp;su relaci\u00f3n con el compromiso ecum\u00e9nico<\/em>. Todos nosotros hemos de agradecer a la Sant\u00edsima Trinidad que, en estas \u00faltimas d\u00e9cadas, muchos fieles en todas las partes del mundo se hayan sentido atra\u00eddos por el deseo ardiente de la unidad entre todos los cristianos. El Concilio Vaticano II, al comienzo del Decreto sobre el ecumenismo, reconoce en ello un don especial de Dios.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn89\">89<\/a>) Ha sido una gracia eficaz, que ha hecho emprender el camino del ecumenismo tanto a los hijos de la Iglesia cat\u00f3lica como a nuestros hermanos de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La aspiraci\u00f3n a la meta de la unidad nos impulsa a dirigir la mirada a la Eucarist\u00eda, que es el supremo Sacramento de la unidad del Pueblo de Dios, al ser su expresi\u00f3n apropiada y su fuente insuperable.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn90\">90<\/a>) En la celebraci\u00f3n del Sacrificio eucar\u00edstico la Iglesia eleva su plegaria a Dios, Padre de misericordia, para que conceda a sus hijos la plenitud del Esp\u00edritu Santo, de modo que lleguen a ser en Cristo un s\u00f3lo un cuerpo y un s\u00f3lo esp\u00edritu.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn91\">91<\/a>) Presentando esta s\u00faplica al Padre de la luz, de quien proviene \u00ab toda d\u00e1diva buena y todo don perfecto \u00bb (<em>St&nbsp;<\/em>1, 17), la Iglesia cree en su eficacia, pues ora en uni\u00f3n con Cristo, su cabeza y esposo, que hace suya la s\u00faplica de la esposa uni\u00e9ndola a la de su sacrificio redentor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">44. Precisamente porque la unidad de la Iglesia, que la Eucarist\u00eda realiza mediante el sacrificio y la comuni\u00f3n en el cuerpo y la sangre del Se\u00f1or, exige inderogablemente la completa comuni\u00f3n en los v\u00ednculos de la profesi\u00f3n de fe, de los sacramentos y del gobierno eclesi\u00e1stico, no es posible concelebrar la misma liturgia eucar\u00edstica hasta que no se restablezca la integridad de dichos v\u00ednculos. Una concelebraci\u00f3n sin estas condiciones no ser\u00eda un medio v\u00e1lido, y podr\u00eda revelarse m\u00e1s bien<em>&nbsp;un obst\u00e1culo a la consecuci\u00f3n de la plena comuni\u00f3n<\/em>, encubriendo el sentido de la distancia que queda hasta llegar a la meta e introduciendo o respaldando ambig\u00fcedades sobre una u otra verdad de fe. El camino hacia la plena unidad no puede hacerse si no es en la verdad. En este punto, la prohibici\u00f3n contenida en la ley de la Iglesia no deja espacio a incertidumbres,<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn92\">92<\/a>) en obediencia a la norma moral proclamada por el Concilio Vaticano II.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn93\">93<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De todos modos, quisiera reiterar lo que a\u00f1ad\u00eda en la Carta enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25051995_ut-unum-sint.html\">Ut unum sint<\/a><\/em>, tras haber afirmado la imposibilidad de compartir la Eucarist\u00eda: \u00ab Sin embargo, tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la \u00fanica Eucarist\u00eda del Se\u00f1or, y este deseo es ya una alabanza com\u00fan, una misma imploraci\u00f3n. Juntos nos dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez m\u00e1s \u201ccon un mismo coraz\u00f3n\u201d \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn94\">94<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">45. Si en ning\u00fan caso es leg\u00edtima la concelebraci\u00f3n si falta la plena comuni\u00f3n, no ocurre lo mismo con respecto a la administraci\u00f3n de la Eucarist\u00eda,&nbsp;<em>en circunstancias especiales, a personas<\/em>&nbsp;pertenecientes a Iglesias o a Comunidades eclesiales que no est\u00e1n en plena comuni\u00f3n con la Iglesia cat\u00f3lica. En efecto, en este caso el objetivo es satisfacer una grave necesidad espiritual para la salvaci\u00f3n eterna de los fieles, singularmente considerados, pero no realizar una<em>&nbsp;intercomuni\u00f3n<\/em>, que no es posible mientras no se hayan restablecido del todo los v\u00ednculos visibles de la comuni\u00f3n eclesial.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En este sentido se orient\u00f3 el Concilio Vaticano II, fijando el comportamiento que se ha de tener con los Orientales que, encontr\u00e1ndose de buena fe separados de la Iglesia cat\u00f3lica, est\u00e1n bien dispuestos y piden espont\u00e1neamente recibir la eucarist\u00eda del ministro cat\u00f3lico.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn95\">95<\/a>) Este modo de actuar ha sido ratificado despu\u00e9s por ambos C\u00f3digos, en los que tambi\u00e9n se contempla, con las oportunas adaptaciones, el caso de los otros cristianos no orientales que no est\u00e1n en plena comuni\u00f3n con la Iglesia cat\u00f3lica.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn96\">96<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">46. En la Enc\u00edclica&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_25051995_ut-unum-sint.html\">Ut unum sint<\/a><\/em>, yo mismo he manifestado aprecio por esta normativa, que permite atender a la salvaci\u00f3n de las almas con el discernimiento oportuno: \u00ab Es motivo de alegr\u00eda recordar que los ministros cat\u00f3licos pueden, en determinados casos particulares, administrar los sacramentos de la Eucarist\u00eda, de la Penitencia, de la Unci\u00f3n de enfermos a otros cristianos que no est\u00e1n en comuni\u00f3n plena con la Iglesia cat\u00f3lica, pero que desean vivamente recibirlos, los piden libremente, y manifiestan la fe que la Iglesia cat\u00f3lica confiesa en estos Sacramentos. Rec\u00edprocamente, en determinados casos y por circunstancias particulares, tambi\u00e9n los cat\u00f3licos pueden solicitar los mismos Sacramentos a los ministros de aquellas Iglesias en que sean v\u00e1lidos \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn97\">97<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es necesario fijarse bien en estas condiciones, que son inderogables, a\u00fan trat\u00e1ndose de casos particulares y determinados, puesto que el rechazo de una o m\u00e1s verdades de fe sobre estos sacramentos y, entre ellas, lo referente a la necesidad del sacerdocio ministerial para que sean v\u00e1lidos, hace que el solicitante no est\u00e9 debidamente dispuesto para que le sean leg\u00edtimamente administrados. Y tambi\u00e9n a la inversa, un fiel cat\u00f3lico no puede comulgar en una comunidad que carece del v\u00e1lido sacramento del Orden.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn98\">98<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La fiel observancia del conjunto de las normas establecidas en esta materia<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn99\">99<\/a>) es manifestaci\u00f3n y, al mismo tiempo, garant\u00eda de amor, sea a Jesucristo en el Sant\u00edsimo Sacramento, sea a los hermanos de otra confesi\u00f3n cristiana, a los que se les debe el testimonio de la verdad, como tambi\u00e9n a la causa misma de la promoci\u00f3n de la unidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CAP\u00cdTULO V<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>DECORO DE LA CELEBRACI\u00d3N<br>EUCAR\u00cdSTICA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">47. Quien lee el relato de la instituci\u00f3n eucar\u00edstica en los Evangelios sin\u00f3pticos queda impresionado por la sencillez y, al mismo tiempo, la \u00ab gravedad \u00bb, con la cual Jes\u00fas, la tarde de la \u00daltima Cena, instituye el gran Sacramento. Hay un episodio que, en cierto sentido, hace de preludio: la&nbsp;<em>unci\u00f3n de Betania<\/em>. Una mujer, que Juan identifica con Mar\u00eda, hermana de L\u00e1zaro, derrama sobre la cabeza de Jes\u00fas un frasco de<em>&nbsp;perfume precioso<\/em>, provocando en los disc\u00edpulos \u2013en particular en Judas (cf.<em>&nbsp;Mt&nbsp;<\/em>26, 8;&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>14, 4;&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>12, 4)\u2013 una reacci\u00f3n de protesta, como si este gesto fuera un \u00ab derroche \u00bb intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero la valoraci\u00f3n de Jes\u00fas es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los disc\u00edpulos \u2013\u00ab pobres tendr\u00e9is siempre con vosotros \u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;26, 11;&nbsp;<em>Mc&nbsp;<\/em>14, 7; cf.<em>&nbsp;Jn&nbsp;<\/em>12, 8)\u2013, \u00c9l se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unci\u00f3n que se le hace como anticipaci\u00f3n del honor que su cuerpo merece tambi\u00e9n despu\u00e9s de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En los Evangelios sin\u00f3pticos, el relato contin\u00faa con el encargo que Jes\u00fas da a los disc\u00edpulos de<em>&nbsp;preparar cuidadosamente la \u00ab sala grande \u00bb<\/em>, necesaria para celebrar la cena pascual (cf.&nbsp;<em>Mc<\/em>&nbsp;14, 15;<em>&nbsp;Lc<\/em>&nbsp;22, 12), y con la narraci\u00f3n de la instituci\u00f3n de la Eucarist\u00eda. Dejando entrever, al menos en parte, el esquema de los&nbsp;<em>ritos hebreos<\/em>&nbsp;de la cena pascual hasta el canto del Hallel (cf.<em>&nbsp;Mt<\/em>&nbsp;26, 30;&nbsp;<em>Mc<\/em>&nbsp;14, 26), el relato, a\u00fan con las variantes de las diversas tradiciones, muestra de manera tan concisa como solemne las palabras pronunciadas por Cristo sobre el pan y sobre el vino, asumidos por \u00c9l como expresi\u00f3n concreta de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Todos estos detalles son recordados por los evangelistas a la luz de una praxis de la \u00ab fracci\u00f3n del pan \u00bb bien consolidada ya en la Iglesia primitiva. Pero el acontecimiento del Jueves Santo, desde la historia misma que Jes\u00fas vivi\u00f3, deja ver los rasgos de una \u00ab sensibilidad \u00bb lit\u00fargica, articulada sobre la tradici\u00f3n veterotestamentaria y preparada para remodelarse en la celebraci\u00f3n cristiana, en sinton\u00eda con el nuevo contenido de la Pascua.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">48. Como la mujer de la unci\u00f3n en Betania,<em>&nbsp;la Iglesia no ha tenido miedo de \u00ab derrochar \u00bb<\/em>, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro&nbsp;<em>ante el don inconmensurable de la Eucarist\u00eda<\/em>. No menos que aquellos primeros disc\u00edpulos encargados de preparar la \u00ab sala grande \u00bb, la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucarist\u00eda en un contexto digno de tan gran Misterio.<em>&nbsp;La liturgia cristiana<\/em>&nbsp;ha nacido en continuidad con las palabras y gestos de Jes\u00fas y desarrollando la herencia ritual del juda\u00edsmo. Y, en efecto, nada ser\u00e1 bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de s\u00ed mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa, poniendo al alcance de todas las generaciones de creyentes el Sacrificio ofrecido una vez por todas sobre la Cruz, y haci\u00e9ndose alimento para todos los fieles. Aunque la l\u00f3gica del \u00ab convite \u00bb inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido nunca a la tentaci\u00f3n de banalizar esta \u00ab cordialidad \u00bb con su Esposo, olvidando que \u00c9l es tambi\u00e9n su Dios y que el \u00ab banquete \u00bb sigue siendo siempre, despu\u00e9s de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre derramada en el G\u00f3lgota.<em>&nbsp;El banquete eucar\u00edstico es verdaderamente un banquete \u00ab sagrado \u00bb<\/em>, en el que la sencillez de los signos contiene el abismo de la santidad de Dios:<em>&nbsp;\u00ab O Sacrum convivium, in quo Christus sumitur! \u00bb<\/em>&nbsp;El pan que se parte en nuestros altares, ofrecido a nuestra condici\u00f3n de peregrinos en camino por las sendas del mundo, es<em>&nbsp;\u00ab panis angelorum \u00bb<\/em>, pan de los \u00e1ngeles, al cual no es posible acercarse si no es con la humildad del centuri\u00f3n del Evangelio: \u00ab Se\u00f1or, no soy digno de que entres bajo mi techo \u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;8, 8;<em>&nbsp;Lc&nbsp;<\/em>7, 6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">49. En el contexto de este elevado sentido del misterio, se entiende c\u00f3mo la fe de la Iglesia en el Misterio eucar\u00edstico se haya expresado en la historia no s\u00f3lo mediante la exigencia de una actitud interior de devoci\u00f3n, sino tambi\u00e9n&nbsp;<em>a trav\u00e9s de una serie de expresiones externas<\/em>, orientadas a evocar y subrayar la magnitud del acontecimiento que se celebra. De aqu\u00ed nace el proceso que ha llevado progresivamente a establecer&nbsp;<em>una especial reglamentaci\u00f3n de la liturgia eucar\u00edstica<\/em>, en el respeto de las diversas tradiciones eclesiales leg\u00edtimamente constituidas. Tambi\u00e9n sobre esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte. La arquitectura, la escultura, la pintura, la m\u00fasica, dej\u00e1ndose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucarist\u00eda, directa o indirectamente, un motivo de gran inspiraci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed ha ocurrido, por ejemplo, con la arquitectura, que, de las primeras sedes eucar\u00edsticas en las<em>&nbsp;\u00ab domus \u00bb&nbsp;<\/em>de las familias cristianas, ha dado paso, en cuanto el contexto hist\u00f3rico lo ha permitido, a las solemnes&nbsp;<em>bas\u00edlicas<\/em>&nbsp;de los primeros siglos, a las imponentes&nbsp;<em>catedrales<\/em>&nbsp;de la Edad Media, hasta las<em>&nbsp;iglesias<\/em>, peque\u00f1as o grandes, que han constelado poco a poco las tierras donde ha llegado el cristianismo. Las formas de los altares y tabern\u00e1culos se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes lit\u00fargicas siguiendo en cada caso, no s\u00f3lo motivos de inspiraci\u00f3n est\u00e9tica, sino tambi\u00e9n las exigencias de una apropiada comprensi\u00f3n del Misterio. Igualmente se puede decir de la<em>&nbsp;m\u00fasica sacra<\/em>, y basta pensar para ello en las inspiradas melod\u00edas gregorianas y en los numerosos, y a menudo insignes, autores que se han afirmado con los textos lit\u00fargicos de la Santa Misa. Y, \u00bfacaso no se observa una enorme cantidad de<em>&nbsp;producciones art\u00edsticas<\/em>, desde el fruto de una buena artesan\u00eda hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y ornamentos utilizados para la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se puede decir as\u00ed que la Eucarist\u00eda, a la vez que ha plasmado la Iglesia y la espiritualidad, ha tenido una fuerte incidencia en la \u00ab cultura \u00bb, especialmente en el \u00e1mbito est\u00e9tico.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">50. En este esfuerzo de adoraci\u00f3n del Misterio, desde el punto de vista ritual y est\u00e9tico, los cristianos de Occidente y de Oriente, en cierto sentido, se han hecho mutuamente la \u00ab competencia \u00bb. \u00bfC\u00f3mo no dar gracias al Se\u00f1or, en particular, por la contribuci\u00f3n que al arte cristiano han dado las grandes obras arquitect\u00f3nicas y pict\u00f3ricas de la tradici\u00f3n greco-bizantina y de todo el \u00e1mbito geogr\u00e1fico y cultural eslavo? En Oriente, el arte sagrado ha conservado un sentido especialmente intenso del misterio, impulsando a los artistas a concebir su af\u00e1n de producir belleza, no s\u00f3lo como manifestaci\u00f3n de su propio genio, sino tambi\u00e9n como<em>&nbsp;aut\u00e9ntico servicio a la fe<\/em>. Yendo mucho m\u00e1s all\u00e1 de la mera habilidad t\u00e9cnica, han sabido abrirse con docilidad al soplo del Esp\u00edritu de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El esplendor de la arquitectura y de los mosaicos en el Oriente y Occidente cristianos son un patrimonio universal de los creyentes, y llevan en s\u00ed mismos una esperanza y una prenda, dir\u00eda, de la deseada plenitud de comuni\u00f3n en la fe y en la celebraci\u00f3n. Eso supone y exige, como en la c\u00e9lebre pintura de la Trinidad de Rubl\u00ebv,<em>&nbsp;una Iglesia profundamente \u00ab eucar\u00edstica \u00bb<\/em>&nbsp;en la cual, la acci\u00f3n de compartir el misterio de Cristo en el pan partido est\u00e1 como inmersa en la inefable unidad de las tres Personas divinas, haciendo de la Iglesia misma un \u00ab icono \u00bb de la Trinidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En esta perspectiva de un arte orientado a expresar en todos sus elementos el sentido de la Eucarist\u00eda seg\u00fan la ense\u00f1anza de la Iglesia, es preciso prestar suma atenci\u00f3n a las normas que regulan&nbsp;<em>la construcci\u00f3n y decoraci\u00f3n de los edificios sagrados<\/em>. La Iglesia ha dejado siempre a los artistas un amplio margen creativo, como demuestra la historia y yo mismo he subrayado en la<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_23041999_artists.html\">Carta a los artistas<\/a><\/em>.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn100\">100<\/a>) Pero el arte sagrado ha de distinguirse por su capacidad de expresar adecuadamente el Misterio, tomado en la plenitud de la fe de la Iglesia y seg\u00fan las indicaciones pastorales oportunamente expresadas por la autoridad competente. \u00c9sta es una consideraci\u00f3n que vale tanto para las artes figurativas como para la m\u00fasica sacra.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">51. A prop\u00f3sito del arte sagrado y la disciplina lit\u00fargica, lo que se ha producido en tierras de antigua cristianizaci\u00f3n est\u00e1 ocurriendo tambi\u00e9n<em>&nbsp;en los continentes donde el cristianismo es m\u00e1s joven<\/em>. Este fen\u00f3meno ha sido objeto de atenci\u00f3n por parte del Concilio Vaticano II al tratar sobre la exigencia de una sana y, al mismo tiempo, obligada \u00ab inculturaci\u00f3n \u00bb. En mis numerosos viajes pastorales he tenido oportunidad de observar en todas las partes del mundo cu\u00e1nta vitalidad puede despertar la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica en contacto con las formas, los estilos y las sensibilidades de las diversas culturas. Adapt\u00e1ndose a las mudables condiciones de tiempo y espacio, la Eucarist\u00eda ofrece alimento, no solamente a las personas, sino a los pueblos mismos, plasmando culturas cristianamente inspiradas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No obstante, es necesario que este importante trabajo de adaptaci\u00f3n se lleve a cabo siendo conscientes siempre del inefable Misterio, con el cual cada generaci\u00f3n est\u00e1 llamada confrontarse. El \u00ab tesoro \u00bb es demasiado grande y precioso como para arriesgarse a que se empobrezca o hipoteque por experimentos o pr\u00e1cticas llevadas a cabo sin una atenta comprobaci\u00f3n por parte de las autoridades eclesi\u00e1sticas competentes. Adem\u00e1s, la centralidad del Misterio eucar\u00edstico es de una magnitud tal que requiere una verificaci\u00f3n realizada en estrecha relaci\u00f3n con la Santa Sede. Como escrib\u00ed en la Exhortaci\u00f3n apost\u00f3lica postsinodal<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_jp-ii_exh_06111999_ecclesia-in-asia.html\">Ecclesia in Asia<\/a><\/em>, \u00ab esa colaboraci\u00f3n es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la \u00fanica fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn101\">101<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">52. De todo lo dicho se comprende la gran responsabilidad que en la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla<em>&nbsp;in persona Christi<\/em>, dando un testimonio y un servicio de comuni\u00f3n, no s\u00f3lo a la comunidad que participa directamente en la celebraci\u00f3n, sino tambi\u00e9n a la Iglesia universal, a la cual la Eucarist\u00eda hace siempre referencia. Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los a\u00f1os de la reforma lit\u00fargica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptaci\u00f3n,<em>&nbsp;no hayan faltado abusos<\/em>, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacci\u00f3n al \u00ab formalismo \u00bb ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las \u00ab formas \u00bb adoptadas por la gran tradici\u00f3n lit\u00fargica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atenci\u00f3n para que se observen con gran fidelidad las normas lit\u00fargicas en la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica. Son una expresi\u00f3n concreta de la aut\u00e9ntica eclesialidad de la Eucarist\u00eda; \u00e9ste es su sentido m\u00e1s profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El ap\u00f3stol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebraci\u00f3n eucar\u00edstica, que llevaron a divisiones (<em>sk\u00edsmata<\/em>) y a la formaci\u00f3n de facciones (<em>air\u00e9seis<\/em>) (cf.<em>&nbsp;1 Co<\/em>&nbsp;11, 17-34). Tambi\u00e9n en nuestros tiempos, la obediencia a las normas lit\u00fargicas deber\u00eda ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebraci\u00f3n de la Eucarist\u00eda. El sacerdote que celebra fielmente la Misa seg\u00fan las normas lit\u00fargicas y la comunidad que se adecua a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia. Precisamente para reforzar este sentido profundo de las normas lit\u00fargicas, he solicitado a los Dicasterios competentes de la Curia Romana que preparen un documento m\u00e1s espec\u00edfico, incluso con rasgos de car\u00e1cter jur\u00eddico, sobre este tema de gran importancia. A nadie le est\u00e1 permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: \u00e9ste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetar\u00eda ni su car\u00e1cter sagrado ni su dimensi\u00f3n universal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">CAP\u00cdTULO VI<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>EN LA ESCUELA DE MAR\u00cdA,<br>MUJER \u00ab EUCAR\u00cdSTICA \u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">53. Si queremos descubrir en toda su riqueza la relaci\u00f3n \u00edntima que une Iglesia y Eucarist\u00eda, no podemos olvidar a Mar\u00eda, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apost\u00f3lica<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/documents\/hf_jp-ii_apl_20021016_rosarium-virginis-mariae.html\">Rosarium Virginis Mariae<\/a><\/em>, presentando a la Sant\u00edsima Virgen como Maestra en la contemplaci\u00f3n del rostro de Cristo, he incluido entre los misterios de la luz tambi\u00e9n la<em>&nbsp;instituci\u00f3n de la Eucarist\u00eda<\/em>.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn102\">102<\/a>) Efectivamente, Mar\u00eda puede guiarnos hacia este Sant\u00edsimo Sacramento porque tiene una relaci\u00f3n profunda con \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la instituci\u00f3n, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a Mar\u00eda. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Ap\u00f3stoles, \u00ab concordes en la oraci\u00f3n \u00bb (cf.&nbsp;<em>Hch&nbsp;<\/em>1, 14),<em>&nbsp;en la primera comunidad reunida despu\u00e9s de la Ascensi\u00f3n en espera de Pentecost\u00e9s<\/em>. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucar\u00edsticas de los fieles de la primera generaci\u00f3n cristiana, asiduos \u00ab en la fracci\u00f3n del pan \u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>2, 42).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero, m\u00e1s all\u00e1 de su participaci\u00f3n en el Banquete eucar\u00edstico, la relaci\u00f3n de Mar\u00eda con la Eucarist\u00eda se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior.&nbsp;<em>Mar\u00eda es mujer \u00ab eucar\u00edstica \u00bb con toda su vida<\/em>. La Iglesia, tomando a Mar\u00eda como modelo, ha de imitarla tambi\u00e9n en su relaci\u00f3n con este sant\u00edsimo Misterio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">54.&nbsp;<em>Mysterium fidei!<\/em>&nbsp;Puesto que la Eucarist\u00eda es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al m\u00e1s puro abandono a la palabra de Dios, nadie como Mar\u00eda puede ser apoyo y gu\u00eda en una actitud como \u00e9sta. Repetir el gesto de Cristo en la \u00daltima Cena, en cumplimiento de su mandato: \u00ab \u00a1Haced esto en conmemoraci\u00f3n m\u00eda! \u00bb, se convierte al mismo tiempo en aceptaci\u00f3n de la invitaci\u00f3n de Mar\u00eda a obedecerle sin titubeos: \u00ab Haced lo que \u00e9l os diga \u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Can\u00e1, Mar\u00eda parece decirnos: \u00ab no dud\u00e9is, fiaros de la Palabra de mi Hijo. \u00c9l, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse as\u00ed \u201cpan de vida\u201d \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">55. En cierto sentido, Mar\u00eda ha practicado su&nbsp;<em>fe eucar\u00edstica&nbsp;<\/em>antes incluso de que \u00e9sta fuera instituida, por el hecho mismo de<em>&nbsp;haber ofrecido su seno virginal para la encarnaci\u00f3n del Verbo de Dios<\/em>. La Eucarist\u00eda, mientras remite a la pasi\u00f3n y la resurrecci\u00f3n, est\u00e1 al mismo tiempo en continuidad con la Encarnaci\u00f3n. Mar\u00eda concibi\u00f3 en la anunciaci\u00f3n al Hijo divino, incluso en la realidad f\u00edsica de su cuerpo y su sangre, anticipando en s\u00ed lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hay, pues, una<em>&nbsp;analog\u00eda profunda&nbsp;<\/em>entre el<em>&nbsp;fiat<\/em>&nbsp;pronunciado por Mar\u00eda a las palabras del \u00c1ngel y el&nbsp;<em>am\u00e9n<\/em>&nbsp;que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Se\u00f1or. A Mar\u00eda se le pidi\u00f3 creer que quien concibi\u00f3 \u00ab por obra del Esp\u00edritu Santo \u00bb era el \u00ab Hijo de Dios \u00bb (cf.<em>&nbsp;Lc&nbsp;<\/em>1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucar\u00edstico se nos pide creer que el mismo Jes\u00fas, Hijo de Dios e Hijo de Mar\u00eda, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00ab Feliz la que ha cre\u00eddo \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>1, 45): Mar\u00eda ha anticipado tambi\u00e9n en el misterio de la Encarnaci\u00f3n la fe eucar\u00edstica de la Iglesia. Cuando, en la Visitaci\u00f3n, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de alg\u00fan modo en \u00ab tabern\u00e1culo \u00bb \u2013el primer \u00ab tabern\u00e1culo \u00bb de la historia\u2013 donde el Hijo de Dios, todav\u00eda invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoraci\u00f3n de Isabel, como \u00ab irradiando \u00bb su luz a trav\u00e9s de los ojos y la voz de Mar\u00eda. Y la mirada embelesada de Mar\u00eda al contemplar el rostro de Cristo reci\u00e9n nacido y al estrecharlo en sus brazos, \u00bfno es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comuni\u00f3n eucar\u00edstica?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">56. Mar\u00eda, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la&nbsp;<em>dimensi\u00f3n sacrificial de la Eucarist\u00eda<\/em>. Cuando llev\u00f3 al ni\u00f1o Jes\u00fas al templo de Jerusal\u00e9n \u00ab para presentarle al Se\u00f1or \u00bb (<em>Lc&nbsp;<\/em>2, 22), oy\u00f3 anunciar al anciano Sime\u00f3n que aquel ni\u00f1o ser\u00eda \u00ab se\u00f1al de contradicci\u00f3n \u00bb y tambi\u00e9n que una \u00ab espada \u00bb traspasar\u00eda su propia alma (cf.&nbsp;<em>Lc<\/em>&nbsp;2, 34.35). Se preanunciaba as\u00ed el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el<em>&nbsp;\u00ab stabat Mater \u00bb&nbsp;<\/em>de la Virgen al pie de la Cruz. Prepar\u00e1ndose d\u00eda a d\u00eda para el Calvario, Mar\u00eda vive una especie de \u00ab Eucarist\u00eda anticipada \u00bb se podr\u00eda decir, una \u00ab comuni\u00f3n espiritual \u00bb de deseo y ofrecimiento, que culminar\u00e1 en la uni\u00f3n con el Hijo en la pasi\u00f3n y se manifestar\u00e1 despu\u00e9s, en el per\u00edodo postpascual, en su participaci\u00f3n en la celebraci\u00f3n eucar\u00edstica, presidida por los Ap\u00f3stoles, como \u00ab memorial \u00bb de la pasi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u00bfC\u00f3mo imaginar los sentimientos de Mar\u00eda al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Ap\u00f3stoles, las palabras de la \u00daltima Cena: \u00ab \u00c9ste es mi cuerpo que es entregado por vosotros \u00bb (<em>Lc<\/em>&nbsp;22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, \u00a1era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucarist\u00eda deb\u00eda significar para Mar\u00eda como si acogiera de nuevo en su seno el coraz\u00f3n que hab\u00eda latido al un\u00edsono con el suyo y revivir lo que hab\u00eda experimentado en primera persona al pie de la Cruz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">57. \u00ab Haced esto en recuerdo m\u00edo \u00bb (<em>Lc<\/em>&nbsp;22, 19). En el \u00ab memorial \u00bb del Calvario est\u00e1 presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasi\u00f3n y muerte. Por tanto, no falta<em>&nbsp;lo que Cristo ha realizado tambi\u00e9n con su Madre&nbsp;<\/em>para beneficio nuestro. En efecto, le conf\u00eda al disc\u00edpulo predilecto y, en \u00e9l, le entrega a cada uno de nosotros: \u00ab !He aqu\u00ed a tu hijo\u00a1 \u00bb. Igualmente dice tambi\u00e9n a todos nosotros: \u00ab \u00a1He aqu\u00ed a tu madre! \u00bb (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>19, 26.27).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Vivir en la Eucarist\u00eda el memorial de la muerte de Cristo implica tambi\u00e9n recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros \u2013a ejemplo de Juan\u2013 a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dej\u00e1ndonos acompa\u00f1ar por ella. Mar\u00eda est\u00e1 presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucar\u00edsticas. As\u00ed como Iglesia y Eucarist\u00eda son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio Mar\u00eda y Eucarist\u00eda. Por eso, el recuerdo de Mar\u00eda en el celebraci\u00f3n eucar\u00edstica es un\u00e1nime, ya desde la antig\u00fcedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">58. En la Eucarist\u00eda, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el esp\u00edritu de Mar\u00eda. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el<em>&nbsp;Magnificat en perspectiva eucar\u00edstica<\/em>. La Eucarist\u00eda, en efecto, como el canto de Mar\u00eda, es ante todo alabanza y acci\u00f3n de gracias. Cuando Mar\u00eda exclama \u00ab mi alma engrandece al Se\u00f1or, mi esp\u00edritu exulta en Dios, mi Salvador \u00bb, lleva a Jes\u00fas en su seno. Alaba al Padre \u00ab por \u00bb Jes\u00fas, pero tambi\u00e9n lo alaba \u00ab en \u00bb Jes\u00fas y \u00ab con \u00bb Jes\u00fas. Esto es precisamente la verdadera \u00ab actitud eucar\u00edstica \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al mismo tiempo, Mar\u00eda rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvaci\u00f3n, seg\u00fan la promesa hecha a nuestros padres (cf.<em>&nbsp;Lc<\/em>&nbsp;1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnaci\u00f3n redentora. En el<em>&nbsp;Magnificat<\/em>, en fin, est\u00e1 presente la tensi\u00f3n escatol\u00f3gica de la Eucarist\u00eda. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la \u00ab pobreza \u00bb de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se \u00ab derriba del trono a los poderosos \u00bb y se \u00ab enaltece a los humildes \u00bb (cf.<em>&nbsp;Lc&nbsp;<\/em>1, 52). Mar\u00eda canta el \u00ab cielo nuevo \u00bb y la \u00ab tierra nueva \u00bb que se anticipan en la Eucarist\u00eda y, en cierto sentido, deja entrever su &#8216;dise\u00f1o&#8217; program\u00e1tico. Puesto que el<em>&nbsp;Magnificat<\/em>&nbsp;expresa la espiritualidad de Mar\u00eda, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucar\u00edstico que esta espiritualidad. \u00a1La Eucarist\u00eda se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de Mar\u00eda, toda ella un&nbsp;<em>magnificat!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CONCLUSI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">59.&nbsp;<em>\u00ab Ave, verum corpus natum de Maria Virgine! \u00bb<\/em>. Hace pocos a\u00f1os he celebrado el cincuentenario de mi sacerdocio. Hoy experimento la gracia de ofrecer a la Iglesia esta Enc\u00edclica sobre la Eucarist\u00eda, en el Jueves Santo de<em>&nbsp;mi vig\u00e9simo quinto a\u00f1o de ministerio petrino<\/em>. Lo hago con el coraz\u00f3n henchido de gratitud. Desde hace m\u00e1s de medio siglo, cada d\u00eda, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebr\u00e9 mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han fijado en la hostia y el c\u00e1liz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han \u00ab concentrado \u00bb y se ha representado de manera viviente el drama del G\u00f3lgota, desvelando su misteriosa \u00ab contemporaneidad \u00bb. Cada d\u00eda, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un d\u00eda se puso al lado de los dos disc\u00edpulos de Ema\u00fas para abrirles los ojos a la luz y el coraz\u00f3n a la esperanza (cf.<em>&nbsp;Lc<\/em>&nbsp;24, 3.35).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Dejadme, mis queridos hermanos y hermanas que, con \u00edntima emoci\u00f3n, en vuestra compa\u00f1\u00eda y para confortar vuestra fe, os d\u00e9 testimonio de fe en la Sant\u00edsima Eucarist\u00eda.<em>&nbsp;\u00ab Ave, verum corpus natum de Maria Virgine, \/ vere passum, immolatum, in cruce pro homine! \u00bb.&nbsp;<\/em>Aqu\u00ed est\u00e1 el tesoro de la Iglesia, el coraz\u00f3n del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir m\u00e1s all\u00e1 de las apariencias. Aqu\u00ed fallan nuestros sentidos \u2013<em>\u00ab visus, tactus, gustus in te fallitur \u00bb<\/em>, se dice en el himno<em>&nbsp;Adoro te devote<\/em>\u2013, pero nos basta s\u00f3lo la fe, enraizada en las palabras de Cristo y que los Ap\u00f3stoles nos han transmitido. Dejadme que, como Pedro al final del discurso eucar\u00edstico en el Evangelio de Juan, yo le repita a Cristo, en nombre de toda la Iglesia y en nombre de todos vosotros: \u00ab Se\u00f1or, \u00bfdonde qui\u00e9n vamos a ir? T\u00fa tienes palabras de vida eterna \u00bb (<em>Jn&nbsp;<\/em>6, 68).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">60. En el alba de este tercer milenio todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso. Como he escrito en la Carta apost\u00f3lica<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/2001\/documents\/hf_jp-ii_apl_20010106_novo-millennio-ineunte.html\">Novo millennio ineunte<\/a><\/em>, no se trata de \u00ab inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradici\u00f3n viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en \u00e9l la vida trinitaria y transformar con \u00e9l la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusal\u00e9n celeste \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn103\">103<\/a>) La realizaci\u00f3n de este programa de un nuevo vigor de la vida cristiana pasa por la Eucarist\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Todo compromiso de santidad, toda acci\u00f3n orientada a realizar la misi\u00f3n de la Iglesia, toda puesta en pr\u00e1ctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio eucar\u00edstico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a \u00e9l como a su culmen. En la Eucarist\u00eda tenemos a Jes\u00fas, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrecci\u00f3n, tenemos el don del Esp\u00edritu Santo, tenemos la adoraci\u00f3n, la obediencia y el amor al Padre. Si descuid\u00e1ramos la Eucarist\u00eda, \u00bfc\u00f3mo podr\u00edamos remediar nuestra indigencia?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">61. El Misterio eucar\u00edstico \u2013sacrificio, presencia, banquete \u2013<em>no consiente reducciones ni instrumentalizaciones<\/em>; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebraci\u00f3n, sea en el \u00edntimo coloquio con Jes\u00fas apenas recibido en la comuni\u00f3n, sea durante la adoraci\u00f3n eucar\u00edstica fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa, cat\u00f3lica y apost\u00f3lica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Esp\u00edritu Santo; sacramento universal de salvaci\u00f3n y comuni\u00f3n jer\u00e1rquicamente estructurada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La v\u00eda que la Iglesia recorre en estos primeros a\u00f1os del tercer milenio es tambi\u00e9n la de<em>&nbsp;un renovado compromiso ecum\u00e9nico<\/em>. Los \u00faltimos decenios del segundo milenio, culminados en el Gran Jubileo, nos han llevado en esa direcci\u00f3n, llamando a todos los bautizados a corresponder a la oraci\u00f3n de Jes\u00fas&nbsp;<em>\u00ab ut unum sint \u00bb&nbsp;<\/em>(<em>Jn&nbsp;<\/em>17, 11). Es un camino largo, plagado de obst\u00e1culos que superan la capacidad humana; pero tenemos la Eucarist\u00eda y, ante ella, podemos sentir en lo profundo del coraz\u00f3n, como dirigidas a nosotros, las mismas palabras que oy\u00f3 el profeta El\u00edas: \u00ab Lev\u00e1ntate y come, porque el camino es demasiado largo para ti \u00bb (<em>1 Re<\/em>&nbsp;19, 7). El tesoro eucar\u00edstico que el Se\u00f1or ha puesto a nuestra disposici\u00f3n nos alienta hacia la meta de compartirlo plenamente con todos los hermanos con quienes nos une el mismo Bautismo. Sin embargo, para no desperdiciar dicho tesoro se han de respetar las exigencias que se derivan de ser Sacramento de comuni\u00f3n en la fe y en la sucesi\u00f3n apost\u00f3lica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Al dar a la Eucarist\u00eda todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradici\u00f3n incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este \u00ab tesoro \u00bb. Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio eucar\u00edstico. No hay peligro de exagerar en la consideraci\u00f3n de este Misterio, porque \u00ab en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvaci\u00f3n \u00bb.<a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fn104\">104<\/a>)<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">62. Sigamos, queridos hermanos y hermanas,<em>&nbsp;la ense\u00f1anza de los Santos<\/em>, grandes int\u00e9rpretes de la verdadera piedad eucar\u00edstica. Con ellos la teolog\u00eda de la Eucarist\u00eda adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos \u00ab contagia \u00bb y, por as\u00ed decir, nos \u00ab enciende \u00bb.Pong\u00e1monos, sobre todo,<em>&nbsp;a la escucha de Mar\u00eda Sant\u00edsima<\/em>, en quien el Misterio eucar\u00edstico se muestra, m\u00e1s que en ning\u00fan otro, como<em>&nbsp;misterio de luz<\/em>. Mir\u00e1ndola a ella conocemos la<em>&nbsp;fuerza trasformadora que tiene la Eucarist\u00eda<\/em>. En ella vemos el mundo renovado por el amor. Al contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo vemos un resquicio del \u00ab cielo nuevo \u00bb y de la \u00ab tierra nueva \u00bb que se abrir\u00e1n ante nuestros ojos con la segunda venida de Cristo. La Eucarist\u00eda es ya aqu\u00ed, en la tierra, su prenda y, en cierto modo, su anticipaci\u00f3n:<em>&nbsp;\u00ab Veni, Domine Iesu! \u00bb<\/em>&nbsp;(<em>Ap<\/em>&nbsp;22, 20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro vi\u00e1tico y nos convierte en testigos de esperanza para todos. Si ante este Misterio la raz\u00f3n experimenta sus propios l\u00edmites, el coraz\u00f3n, iluminado por la gracia del Esp\u00edritu Santo, intuye bien c\u00f3mo ha de comportarse, sumi\u00e9ndose en la adoraci\u00f3n y en un amor sin l\u00edmites.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Hagamos nuestros los sentimientos de santo Tom\u00e1s de Aquino, te\u00f3logo eximio y, al mismo tiempo, cantor apasionado de Cristo eucar\u00edstico, y dejemos que nuestro \u00e1nimo se abra tambi\u00e9n en esperanza a la contemplaci\u00f3n de la meta, a la cual aspira el coraz\u00f3n, sediento como est\u00e1 de alegr\u00eda y de paz:<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>\u00ab Bone pastor, panis vere,<br>Iesu, nostri miserere&#8230; \u00bb.<\/em><\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>\u201cBuen pastor, pan verdadero,<br>o Jes\u00fas, piedad de nosotros:<br>n\u00fatrenos y defi\u00e9ndenos,<br>ll\u00e9vanos a los bienes eternos<br>en la tierra de los vivos.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>T\u00fa que todo lo sabes y puedes,<br>que nos alimentas en la tierra,<br>conduce a tus hermanos<br>a la mesa del cielo<br>a la alegr\u00eda de tus santos\u201d.<\/em><\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Roma, junto a San Pedro, 17 de abril, Jueves Santo, del a\u00f1o 2003, vig\u00e9simo quinto de mi Pontificado y A\u00f1o del Rosario.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>IOANNES PAULUS II<\/strong><\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref1\">1<\/a>) Const. dogm.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref2\">2<\/a>) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum Ordinis<\/a><\/em>, sobre el ministerio y vida de los presb\u00edteros, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref3\">3<\/a>) Cf. Carta ap.<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/documents\/hf_jp-ii_apl_20021016_rosarium-virginis-mariae.html\">Rosarium Virginis Mariae<\/a>&nbsp;<\/em>(16 octubre 2002), 21:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;95 (2003), 19.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref4\">4<\/a>) \u00c9ste es el t\u00edtulo que he querido dar a un testimonio autobiogr\u00e1fico con ocasi\u00f3n del quincuag\u00e9simo aniversario de mi sacerdocio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref5\">5<\/a>)<em>&nbsp;Leonis XXIII Acta<\/em>(1903), 115-136.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref6\">6<\/a>)<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>39 (1947), 521-595.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref7\">7<\/a>)<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>57 (1965), 753-774.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref8\">8<\/a>)<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>72 (1980), 113-148.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref9\">9<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_sp.html\">Sacrosanctum Concilium<\/a><\/em>, sobre la sagrada liturgia, 47:&nbsp;<em>\u00ab Salvator noster [&#8230;] Sacrificium Eucharisticum Corporis et Sanguinis sui instituit, quo Sacrificium Crucis in saecula, donec veniret, perpetuaret&#8230; \u00bb.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref10\">10<\/a>)<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p2s1c1a1_sp.html#II%20La%20obra%20de%20Cristo%20en%20la%20liturgia\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, 1085.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref11\">11<\/a>)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref12\">12<\/a>) Cf. Pablo VI,&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/motu_proprio\/documents\/hf_p-vi_motu-proprio_19680630_credo.html\">El \u00ab credo \u00bb del Pueblo de Dios<\/a><\/em>&nbsp;(30 junio 1968), 24:<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>60 (1968), 442; Juan Pablo II, Carta ap.<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_24021980_dominicae-cenae.html\">Dominicae Cenae<\/a><\/em>&nbsp;(24 febrero 1980), 9:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;72 (1980).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref13\">13<\/a>)<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p2s2c1a3_sp.html#VI%20El%20banquete%20pascual\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, 1382.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref14\">14<\/a>)<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/p2s2c1a3_sp.html#V%20El%20sacrificio%20sacramental:%20acci%C3%B3n%20de%20gracias,%20memorial,%20presencia\">Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica<\/a><\/em>, 1367.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref15\">15<\/a>)<em>&nbsp;Homil\u00edas sobre la carta a los Hebreos<\/em>, 17, 3:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;63, 131.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref16\">16<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XXII,<em>&nbsp;Doctrina de ss. Missae sacrificio<\/em>, cap. 2:<em>&nbsp;DS<\/em>&nbsp;1743: \u00ab En efecto, se trata de una sola e id\u00e9ntica v\u00edctima y el mismo Jes\u00fas la ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, \u00c9l que un d\u00eda se ofreci\u00f3 a s\u00ed mismo en la cruz: s\u00f3lo es diverso el modo de ofrecerse \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref17\">17<\/a>) Cf. P\u00edo XII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_20111947_mediator-dei.html\">Mediator Dei<\/a>&nbsp;<\/em>(20 noviembre 1947):<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>39 (1947), 548.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref18\">18<\/a>) Carta enc.<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_04031979_redemptor-hominis.html\">Redemptor hominis<\/a><\/em>&nbsp;(15 marzo 1979), 20:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;71 (1979), 310.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref19\">19<\/a>) Const. dogm.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref20\">20<\/a>)<em>&nbsp;De sacramentis<\/em>, V, 4, 26:<em>&nbsp;CSEL<\/em>&nbsp;73, 70.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref21\">21<\/a>)<em>&nbsp;Sobre el Evangelio de Juan<\/em>, XII, 20:<em>&nbsp;PG<\/em>&nbsp;74, 726.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref22\">22<\/a>) Carta. enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_03091965_mysterium.html\">Mysterium Fidei<\/a>&nbsp;<\/em>(3 septiembre 1965):<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>57 (1965), 764.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref23\">23<\/a>) Ses. XIII,&nbsp;<em>Decr. de ss. Eucharistia<\/em>, cap. 4:<em>&nbsp;DS&nbsp;<\/em>1642.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref24\">24<\/a>)<em>&nbsp;Catequesis mistag\u00f3gicas<\/em>, IV, 6:<em>&nbsp;SCh&nbsp;<\/em>126, 138.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref25\">25<\/a>) Cf.Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, sobre la divina revelaci\u00f3n, 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref26\">26<\/a>)<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/motu_proprio\/documents\/hf_p-vi_motu-proprio_19680630_credo.html\">El \u00ab credo \u00bb del Pueblo de Dios<\/a><\/em>&nbsp;(30 junio 1968), 25:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;60 (1968), 442-443.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref27\">27<\/a>)<em>&nbsp;Homil\u00eda IV para la Semana Santa: CSCO&nbsp;<\/em>413\/ Syr. 182, 55.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref28\">28<\/a>)<em>&nbsp;An\u00e1fora.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref29\">29<\/a>)<em>&nbsp;Plegaria Eucar\u00edstica III.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref30\">30<\/a>) Solemnidad del Sant\u00edsimo Cuerpo y Sangre de Cristo, ant\u00edfona al&nbsp;<em>Magnificat<\/em>&nbsp;de las II V\u00edsperas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref31\">31<\/a>)<em>&nbsp;Misal Romano<\/em>, Embolismo despu\u00e9s del Padre nuestro.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref32\">32<\/a>)<em>&nbsp;Carta a los Efesios<\/em>, 20:<em>&nbsp;PG&nbsp;<\/em>5, 661.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref33\">33<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, sobre la Iglesia en el mundo actual, 39.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref34\">34<\/a>)\u00ab \u00bfDeseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aqu\u00ed en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su fr\u00edo y desnudez. Porque el mismo que dijo: \u201cesto es mi cuerpo\u201d, y con su palabra llev\u00f3 a realidad lo que dec\u00eda, afirm\u00f3 tambi\u00e9n: \u201cTuve hambre y no me disteis de comer\u201d, y m\u00e1s adelante: \u201cSiempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos peque\u00f1uelos, a m\u00ed en persona lo dejasteis de hacer\u201d [&#8230;].\u00bfDe qu\u00e9 servir\u00eda adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornar\u00e1s la mesa de Cristo \u00bb: San Juan Cris\u00f3stomo,<em>&nbsp;Homil\u00edas sobre el Evangelio de Mateo<\/em>, 50, 3-4:<em>&nbsp;PG&nbsp;<\/em>58, 508-509; cf. Juan Pablo II, Carta enc.<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html\">Sollicitudo rei socialis<\/a><\/em>&nbsp;(30 diciembre 1987):<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>80 (1988), 553-556.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref35\">35<\/a>) Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref36\">36<\/a>)<em>&nbsp;Ib\u00edd.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref37\">37<\/a>) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_ad-gentes_sp.html\">Ad gentes<\/a><\/em>, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref38\">38<\/a>) \u00ab Entonces tom\u00f3 Mois\u00e9s la sangre, roci\u00f3 con ella al pueblo y dijo: \u201c\u00c9sta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, seg\u00fan todas estas palabras\u201d \u00bb (<em>Ex&nbsp;<\/em>24, 8).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref39\">39<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref40\">40<\/a>) Cf.&nbsp;<em>ib\u00edd.<\/em>, n. 9.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref41\">41<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum Ordinis<\/a><\/em>, sobre el ministerio y vida de los presb\u00edteros, 5. El mismo Decreto dice en el n. 6: \u00ab No se construye ninguna comunidad cristiana si \u00e9sta no tiene su ra\u00edz y centro en la celebraci\u00f3n de la sagrada Eucarist\u00eda \u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref42\">42<\/a>)<em>&nbsp;Homil\u00edas sobre la 1 Carta a los Corintios<\/em>, 24, 2:<em>&nbsp;PG&nbsp;<\/em>61, 200; cf.&nbsp;<em>Didach\u00e9<\/em>, IX, 5: F.X. Funk, I, 22; San Cipriano,&nbsp;<em>Ep.<\/em>&nbsp;LXIII, 13:&nbsp;<em>PL&nbsp;<\/em>4, 384.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref43\">43<\/a>)<em>&nbsp;PO<\/em>&nbsp;26, 206.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref44\">44<\/a>) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref45\">45<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XIII,<em>&nbsp;Decretum de ss. Eucharistia<\/em>, can. 4:&nbsp;<em>DS&nbsp;<\/em>1654.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref46\">46<\/a>) Cf.<em>&nbsp;Rituale Romanum: De sacra communione et de cultu mysterii eucharistici extra Missam<\/em>, 36 (n. 80).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref47\">47<\/a>) Cf.<em>&nbsp;ib\u00edd.,<\/em>&nbsp;38-39 (nn. 86-90).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref48\">48<\/a>) Carta ap.<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/apost_letters\/2001\/documents\/hf_jp-ii_apl_20010106_novo-millennio-ineunte.html\">Novo millennio ineunte<\/a><\/em>&nbsp;(6 enero 2001), 32:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;93 (2001), 288.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref49\">49<\/a>)\u00ab Durante el d\u00eda, los fieles no omitan el hacer la visita al Sant\u00edsimo Sacramento, que debe estar reservado en un sitio dign\u00edsimo con el m\u00e1ximo honor en las iglesias, conforme a las leyes lit\u00fargicas, puesto que la visita es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoraci\u00f3n a Cristo Nuestro Se\u00f1or, all\u00ed presente \u00bb: Pablo VI, Carta enc.<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_03091965_mysterium.html\">Mysterium Fidei<\/a><\/em>&nbsp;(3 septiembre 1965):<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>57 (1965), 771.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref50\">50<\/a>)<em>&nbsp;Visite al SS. Sacramento ed a Maria Santissima<\/em>, Introduzione:&nbsp;<em>Opere ascetiche<\/em>, IV, Avelino 2000, 295.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref51\">51<\/a>) N. 857.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref52\">52<\/a>)<em>&nbsp;Ib\u00edd<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref53\">53<\/a>)<em>&nbsp;Ib\u00edd<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref54\">54<\/a>) Cf. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Carta&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19830806_sacerdotium-ministeriale_sp.html\">Sacerdotium ministeriale<\/a>&nbsp;<\/em>(6 agosto 1983), III.2:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;75 (1983), 1005.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref55\">55<\/a>) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref56\">56<\/a>)<em>&nbsp;Ib\u00edd<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref57\">57<\/a>) Cf.&nbsp;<em>Institutio generalis:&nbsp;<\/em>Editio typica tertia, n. 147.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref58\">58<\/a>) Cf. Const. dogm.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 10 y 28; Decr.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum Ordinis<\/a><\/em>, sobre el ministerio y vida de los presb\u00edteros, 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref59\">59<\/a>) \u00ab El ministro del altar act\u00faa en la persona de Cristo en cuanto cabeza, que ofrece en nombre de todos los miembros \u00bb: P\u00edo XII, Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xii_enc_20111947_mediator-dei.html\">Mediator Dei<\/a>&nbsp;<\/em>20 noviembre 1947:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;39 (1947), 556; cf. P\u00edo X, Exhort. ap.&nbsp;<em>Haerent animo<\/em>&nbsp;(4 agosto 1908):<em>&nbsp;Pii X Acta<\/em>, IV, 16; Carta enc.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/pius-xi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-xi_enc_19351220_ad-catholici-sacerdotii.html\">Ad catholici sacerdotii<\/a>&nbsp;<\/em>(20 diciembre 1935):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;28 (1936), 20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref60\">60<\/a>) Carta ap.&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_24021980_dominicae-cenae.html\">Dominicae Cenae<\/a><\/em>, 24 febrero 1980, 8:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;72 (1980), 128-129.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref61\">61<\/a>) Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Carta<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_19830806_sacerdotium-ministeriale_sp.html\">Sacerdotium ministeriale<\/a><\/em>&nbsp;(6 agosto 1983), III. 4:<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>75 (1983), 1006; cf. Conc. Ecum. Lateranense IV, cap. 1. Const. sobre la fe cat\u00f3lica&nbsp;<em>Firmiter credimus<\/em>:<em>&nbsp;DS<\/em>&nbsp;802.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref62\">62<\/a>) Conc. Ecum. Vat. II, Decr.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html\">Unitatis redintegratio<\/a><\/em>, sobre el ecumenismo, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref63\">63<\/a>) Carta ap.<em>&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/letters\/documents\/hf_jp-ii_let_24021980_dominicae-cenae.html\">Dominicae Cenae<\/a><\/em>&nbsp;(24 febrero 1980), 2:<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>72 (1980), 115.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref64\">64<\/a>) Decr.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum Ordinis<\/a><\/em>, sobre el ministerio y vida de los presb\u00edteros 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref65\">65<\/a>)<em>&nbsp;Ib\u00edd<\/em>., 13; cf.<em>&nbsp;C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico<\/em>, can. 904;&nbsp;<em>C\u00f3digo de los C\u00e1nones de las Iglesias Orientales<\/em>, can. 378.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref66\">66<\/a>) Decr.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum Ordinis<\/a><\/em>, sobre el ministerio y vida de los presb\u00edteros, 6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref67\">67<\/a>) Cf. Relaci\u00f3n final, II. C.1:<em>&nbsp;L&#8217;Osservatore Romano<\/em>&nbsp;(10 diciembre 1985), 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref68\">68<\/a>) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 26.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref69\">69<\/a>) Nicol\u00e1s Cabasilas,<em>&nbsp;La vida en Cristo<\/em>, IV, 10:&nbsp;<em>Sch&nbsp;<\/em>355, 270.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref70\">70<\/a>)<em>&nbsp;Camino de perfecci\u00f3n<\/em>, c. 35, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref71\">71<\/a>) Cf. Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Carta&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_28051992_communionis-notio_sp.html\">Communionis notio<\/a>&nbsp;<\/em>(28 mayo 1992), 4:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;85 (1993), 839-840.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref72\">72<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref73\">73<\/a>)<em>&nbsp;Homil\u00edas sobre Isa\u00edas<\/em>6, 3:<em>&nbsp;PG&nbsp;<\/em>56, 139.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref74\">74<\/a>) N. 1385; cf.<em>&nbsp;C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico<\/em>, can. 916;<em>&nbsp;C\u00f3digo de los C\u00e1nones de las Iglesias Orientales<\/em>, can. 711.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref75\">75<\/a>)&nbsp;<em><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/speeches\/1981\/january\/documents\/hf_jp-ii_spe_19810130_penitenzieri-roma.html\">Discurso a la Sacra Penitenciar\u00eda Apost\u00f3lica y a los penitenciarios de las Bas\u00edlicas Patriarcales romanas<\/a><\/em>&nbsp;(30 enero 1981):<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;73 (1981), 203. Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XIII,<em>&nbsp;Decretum de ss. Eucharistia<\/em>, cap. 7 et can. 11:<em>&nbsp;DS&nbsp;<\/em>1647, 1661.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref76\">76<\/a>) Can.915; cf.<em>&nbsp;C\u00f3digo de los C\u00e1nones de las Iglesias Orientales<\/em>, can. 712.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref77\">77<\/a>) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref78\">78<\/a>) Santo Tom\u00e1s de Aquino,<em>&nbsp;Summa theologiae<\/em>, III, q. 73, a. 3c.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref79\">79<\/a>) Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Carta<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_28051992_communionis-notio_sp.html\">Communionis notio<\/a><\/em>&nbsp;(28 mayo 1992), 11:<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>85 (1993), 844.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref80\">80<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 23.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref81\">81<\/a>)<em>&nbsp;Carta a los Esmirniotas<\/em>, 8:&nbsp;<em>PG<\/em>&nbsp;5, 713.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref82\">82<\/a>) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 23.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref83\">83<\/a>) Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Carta<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_28051992_communionis-notio_sp.html\">Communionis notio<\/a><\/em>&nbsp;(28 mayo 1992), 14:<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>85 (1993), 847.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref84\">84<\/a>)<em>&nbsp;Serm\u00f3n&nbsp;<\/em>272:<em>&nbsp;PL<\/em>&nbsp;38, 1247.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref85\">85<\/a>)<em>&nbsp;Ib\u00edd<\/em>., 1248.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref86\">86<\/a>) Cf. nn. 31-51:&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;90 (1998), 731-746.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref87\">87<\/a>) Cf.<em>&nbsp;ib\u00edd<\/em>., nn. 48-49:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;90 (1998), 744.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref88\">88<\/a>) N. 36:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>93 (2001), 291-292.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref89\">89<\/a>) Cf.Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html\">Unitatis redintegratio<\/a><\/em>, sobre el ecumenismo, 1.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref90\">90<\/a>) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, sobre la Iglesia, 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref91\">91<\/a>) \u00ab Haz que nosotros, que participamos al \u00fanico pan y al \u00fanico c\u00e1liz, estemos unidos con los otros en la comuni\u00f3n del \u00fanico Esp\u00edritu Santo \u00bb:<em>&nbsp;An\u00e1fora de la Liturgia de san Basilio<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref92\">92<\/a>) Cf.<em>&nbsp;C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico<\/em>, can. 908;&nbsp;<em>C\u00f3digo de los C\u00e1nones de las Iglesias Orientales<\/em>, can. 702; Consejo Pontificio para la Promoci\u00f3n de la Unidad de los Cristianos,<em>&nbsp;Directorio para el ecumenismo<\/em>&nbsp;(25 marzo 1993), 122-125, 129-131:<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>85 (1993), 1086-1089; Congregaci\u00f3n para la Doctrina de la Fe, Carta&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/roman_curia\/congregations\/cfaith\/documents\/rc_con_cfaith_doc_20010518_epistula-graviora-delicta_sp.html\">Ad exsequendam<\/a><\/em>&nbsp;(18 mayo 2001):&nbsp;<em>AAS<\/em>&nbsp;93 (2001), 786.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref93\">93<\/a>) \u00ab La comunicaci\u00f3n en las cosas sagradas que da\u00f1a a la unidad de la Iglesia o lleva consigo adhesi\u00f3n formal al error o peligro de desviaci\u00f3n en la fe, de esc\u00e1ndalo o indiferentismo, est\u00e1 prohibido por la ley divina \u00bb: Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19641121_orientalium-ecclesiarum_sp.html\">Orientalium Ecclesiarum<\/a><\/em>, sobre las Iglesias orientales cat\u00f3licas, 26.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref94\">94<\/a>) N. 45:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;87 (1995), 948.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref95\">95<\/a>) Cf. Decr.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19641121_orientalium-ecclesiarum_sp.html\">Orientalium Ecclesiarum<\/a><\/em>, sobre las Iglesias orientales cat\u00f3licas, 27.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref96\">96<\/a>) Cf.&nbsp;<em>C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico<\/em>, can. 844 \u00a7\u00a7 3-4;<em>&nbsp;C\u00f3digo de los C\u00e1nones de las Iglesias Orientales<\/em>, can. 671 \u00a7\u00a7 3-4.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref97\">97<\/a>) N. 46:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;87 (1995), 948.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref98\">98<\/a>) Cf.Conc. Ecum. Vat. II,&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19641121_unitatis-redintegratio_sp.html\">Unitatis redintegratio<\/a><\/em>, sobre el ecumenismo, 22.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref99\">99<\/a>) Cf.<em>&nbsp;C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico<\/em>, can. 844;&nbsp;<em>C\u00f3digo de los C\u00e1nones de las Iglesias Orientales<\/em>, can. 671.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref100\">100<\/a>) Cf.&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>91 (1999), 1155-1172.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref101\">101<\/a>) N. 22:&nbsp;<em>AAS&nbsp;<\/em>92 (2000), 485.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref102\">102<\/a>) Cf. n. 21:<em>&nbsp;AAS&nbsp;<\/em>95 (2003), 20.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref103\">103<\/a>) N. 29:<em>&nbsp;AAS<\/em>&nbsp;93 (2001), 285.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a>(<\/a><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/john-paul-ii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_jp-ii_enc_20030417_eccl-de-euch.html#fnref104\">104<\/a>) Santo Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>Summa theologiae<\/em>, III, q. 83, a. 4 c.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Copyright \u00a9 Dicastero per la Comunicazione &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CARTA ENC\u00cdCLICAECCLESIA DE EUCHARISTIADEL SUMO PONT\u00cdFICEJUAN PABLO IIA LOS OBISPOSA LOS PRESB\u00cdTEROS Y DI\u00c1CONOSA LAS PERSONAS CONSAGRADASY A TODOS LOS FIELES LAICOSSOBRE LA EUCARIST\u00cdAEN SU RELACI\u00d3N CON LA IGLESIA INTRODUCCI\u00d3N 1. 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