{"id":8089,"date":"2024-10-22T20:51:17","date_gmt":"2024-10-22T20:51:17","guid":{"rendered":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/?p=8089"},"modified":"2024-10-22T20:51:18","modified_gmt":"2024-10-22T20:51:18","slug":"enciclica-sacerdotalis-caelibatus","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.cooperadoresdedios.org\/index.php\/2024\/10\/22\/enciclica-sacerdotalis-caelibatus\/","title":{"rendered":"ENC\u00cdCLICA SACERDOTALIS CAELIBATUS"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">ENC\u00cdCLICA<br><strong><em>SACERDOTALIS CAELIBATUS<\/em><\/strong><br>DE SU SANTIDAD<br><strong>PABLO VI<\/strong><br>SOBRE EL CELIBATO SACERDOTAL<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>A los obispos,<br>a los hermanos en el sacerdocio,<br>a los fieles de todo el mundo cat\u00f3lico<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>INTRODUCCI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>1. EL CELIBATO SACERDOTAL HOY<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Situaci\u00f3n actual<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">1. El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor tambi\u00e9n en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformaci\u00f3n de mentalidades y de estructuras.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero en el clima de los nuevos fermentos, se ha manifestado tambi\u00e9n la tendencia, m\u00e1s a\u00fan, la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta instituci\u00f3n suya caracter\u00edstica, cuya observancia, seg\u00fan algunos, llegar\u00eda a ser ahora problem\u00e1tica y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Una promesa nuestra al Concilio<\/strong><\/em>2. Este estado de cosas, que sacude la conciencia y provoca la perplejidad en algunos sacerdotes y j\u00f3venes aspirantes al sacerdocio y engendra confusi\u00f3n en muchos fieles, nos obliga a poner un t\u00e9rmino a la dilaci\u00f3n para mantener la promesa que hicimos a los venerables padres del concilio, a los que declaramos nuestro prop\u00f3sito de dar nuevo lustre y vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn1\">[1]<\/a>. Entretanto, larga y fervorosamente hemos invocado las necesarias luces y ayudas del esp\u00edritu Par\u00e1clito, y hemos examinado, en la presencia de Dios, los pareceres y las instancias que nos han llegado de todas partes, ante todo de varios pastores de la Iglesia de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Amplitud y gravedad de la cuesti\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">3. La gran cuesti\u00f3n relativa al sagrado celibato del clero en la Iglesia se ha presentado durante mucho tiempo a nuestro esp\u00edritu en toda su amplitud y en toda su gravedad. Debe todav\u00eda hoy subsistir la severa y sublimadora obligaci\u00f3n para los que pretenden acercarse a las sagradas \u00f3rdenes mayores? Es hoy posible, es hoy conveniente la observancia de semejante obligaci\u00f3n? No ser\u00e1 ya llegado el momento para abolir el v\u00ednculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? No podr\u00eda ser facultativa esta dif\u00edcil observancia? No saldr\u00eda favorecido el ministerio sacerdotal, facilitada la aproximaci\u00f3n ecum\u00e9nica? Y si la \u00e1urea ley del sagrado celibato debe todav\u00eda subsistir con qu\u00e9 razones ha de probarse hoy que es santa conveniente? Y con qu\u00e9 medios puede observarse y c\u00f3mo convertirse de carga en ayuda para la vida sacerdotal?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>La realidad y los problemas<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">4. Nuestra atenci\u00f3n se ha detenido de modo particular en las objeciones que de varias formas se han formulado o se formulan contra el mantenimiento del sagrado celibato. Efectivamente, un tema tan importante y tan complejo nos obliga, en virtud de nuestro servicio apost\u00f3lico, a considerar lealmente la realidad y los problemas que implica, pero ilumin\u00e1ndolos, como es nuestro deber y nuestra misi\u00f3n, con la luz de la verdad que es Cristo, con el anhelo de cumplir en todo la voluntad de aquel que nos ha llamado a este oficio, y de manifestarnos como efectivamente somos ante la Iglesia, el siervo de los siervos de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>2. OBJECIONES CONTRA EL CELIBATO SACERDOTAL<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El celibato y el Nuevo Testamento<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">5. Se puede decir que nunca, como hoy, el terna del celibato eclesi\u00e1stico se ha investigado con mayor intensidad y bajo todos sus aspectos, en el plano doctrinal, hist\u00f3rico, sociol\u00f3gico, psicol\u00f3gico y pastoral, y frecuentemente con intenciones fundamentalmente rectas, aunque a veces la palabras puedan haberlas traicionado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Miremos honradamente las principales objeciones contra le ley del celibato eclesi\u00e1stico, unido al sacerdocio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La primera parece que proviene de la fuente m\u00e1s autorizada: el Nuevo Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los ap\u00f3stoles, no exige e! celibato de los sagrados ministros, sino que m\u00e1s bien o propone como obediencia libre a una especial vocaci\u00f3n o a un especial carisma (cf.&nbsp;<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 11-12). Jes\u00fas mismo no puso esta condici\u00f3n previa en la elecci\u00f3n de los doce, como tampoco los ap\u00f3stoles para los que pon\u00edan al frente de las primeras comunidades cristianas (cf.&nbsp;<em>1 Tim<\/em>&nbsp;3, 2-5;&nbsp;<em>Tit&nbsp;<\/em>1, 5-6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Los Padres de la Iglesia<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">6. La \u00edntima relaci\u00f3n que los Padres de la Iglesia y los escritores eclesi\u00e1sticos establecieron a lo largo de os siglos, entre la vocaci\u00f3n al sacerdocio ministerial la sagrada virginidad encuentra su origen en mentalidades y situaciones hist\u00f3ricas muy diversas de las nuestras. Muchas veces en los textos patr\u00edsticos se recomienda al clero, m\u00e1s que el celibato, la abstinencia con el uso del matrimonio, y las razones que se aducen en favor de la castidad perfecta de los sagrados ministros parecen a veces inspiradas en un excesivo pesimismo sobre la condici\u00f3n humana de la carne, o en una particular concepci\u00f3n de la pureza necesaria para el contacto con las cosas sagradas. Adem\u00e1s los argumentos va no estar\u00edan en armon\u00eda con todos los ambientes socioculturales, donde la Iglesia est\u00e1 llamada hoy a actuar, por medio de sus sacerdotes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Vocaci\u00f3n y celibato<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">7. Una dificultad que muchos notan consiste en el hecho de que con la disciplina vigente del celibato se hace coincidir el carisma de la vocaci\u00f3n sacerdotal con el carisma de la perfecta castidad, como estado de vida del ministro de Dios; y por eso se preguntan si es justo alejar del sacerdocio a los que tendr\u00edan vocaci\u00f3n ministerial, sin tener la de la vida c\u00e9libe.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El celibato y la escasez de clero<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">8. Mantener el celibato sacerdotal en la Iglesia traer\u00eda adem\u00e1s un da\u00f1o grav\u00edsimo, all\u00ed donde la escasez num\u00e9rica del clero, dolorosamente reconocida y lamentada por el mismo concilio&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn2\">[2]<\/a>, provoca situaciones dram\u00e1ticas, obstaculizando la plena realizaci\u00f3n del plan divino de la salvaci\u00f3n y poniendo a veces en peligro la misma posibilidad del primer anuncio del evangelio. Efectivamente, esta penuria de clero que preocupa, algunos la atribuyen al peso de la obligaci\u00f3n del celibato.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Sombras en el celibato<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">9. No faltan tampoco quienes est\u00e1n convencidos de que un sacerdocio con el matrimonio no s\u00f3lo quitar\u00eda la ocasi\u00f3n de infidelidades, des\u00f3rdenes y dolorosas defecciones, que hieren y llenan de dolor a toda la Iglesia, sino que permitir\u00eda a los ministros de Cristo dar un testimonio m\u00e1s completo de vida cristiana, incluso en el campo de la familia, del cual su estado actual los excluye.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Violencia a la naturaleza<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">10. Hay tambi\u00e9n quien insiste en la afirmaci\u00f3n seg\u00fan la cual el sacerdote, en virtud de su celibato, se encuentra en una situaci\u00f3n f\u00edsica y psicol\u00f3gica antinatural, da\u00f1osa al equilibrio y a la maduraci\u00f3n de su personalidad humana. As\u00ed sucede -dicen- que a menudo el sacerdote se agoste y carezca de calor humano, de una plena comuni\u00f3n de vida y de destino con el resto de sus hermanos, y se vea forzado a una soledad que es fuente de amargura y de desaliento. Todo esto \u00bfno indica acaso una injusta violencia y un injustificable desprecio de valores humanos que se derivan de la obra divina de la creaci\u00f3n, y que se integran en la obra de la redenci\u00f3n, realizada por Cristo?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Formaci\u00f3n inadecuada<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">11. Observando adem\u00e1s el modo como un candidato al sacerdocio llega a la aceptaci\u00f3n de un compromiso tan gravoso, se alega que en la pr\u00e1ctica es el resultado de una actitud pasiva, causada muchas veces por una formaci\u00f3n no del todo adecuada y respetuosa de la libertad humana, m\u00e1s bien que el resultado de una decisi\u00f3n aut\u00e9nticamente personal; ya que el grado de conocimiento y de autodecisi\u00f3n del joven y su madurez psicof\u00edsica son bastante inferiores, y en todo caso desproporcionadas respecto a la entidad, a las dificultades objetivas y a la duraci\u00f3n del compromiso que toma sobre s\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>3. CONFIRMACI\u00d3N DEL CELIBATO ECLESI\u00c1STICO.<br>RECONOZCAMOS EL DON DE DIOS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">12. No ignoramos que se pueden proponer tambi\u00e9n otras objeciones contra el sagrado celibato. Es este un tema muy complejo que toca en lo vivo la concepci\u00f3n habitual de la vida y que introduce en ella la luz superior, que proviene de la divina revelaci\u00f3n; una serie interminable de dificultades se presentar\u00e1 a los que \u00abno&#8230; entienden esta palabra\u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 11), no conocen u olvidan el \u00abdon de Dios\u00bb (cf.&nbsp;<em>Jn<\/em>&nbsp;4, 10) y no saben cu\u00e1l es la l\u00f3gica superior de esta nueva concepci\u00f3n de la vida, y cual su admirable eficacia, su exuberante plenitud.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Testimonio del pasado y del presente<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">13. Semejante coro de objeciones parece que sofocar\u00eda la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de esp\u00edritu, del testimonio vivido por una legi\u00f3n sin n\u00famero de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donaci\u00f3n al ministerio de Cristo. No, esta voz es tambi\u00e9n ahora fuerte y serena; no viene solamente del pasado, sino tambi\u00e9n del presente. En nuestro cuidado de observar siempre la realidad, no podemos cerrar los ojos ante esta magn\u00edfica y sorprendente realidad; hay todav\u00eda hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados \u2014subdi\u00e1conos, di\u00e1conos, presb\u00edteros, obispos\u2014 que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos por menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de j\u00f3venes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad y tambi\u00e9n con relativa facilidad. Este grandioso fen\u00f3meno prueba una, singular realidad del reino de Dios, que vive en el seno de la sociedad moderna, a la que presta humilde y ben\u00e9fico servicio de \u00abluz del mundo\u00bb y de \u00absal de la tierra\u00bb (cf.&nbsp;<em>Mt<\/em>&nbsp;5, 13-114). No podemos silenciar nuestra admiraci\u00f3n; en todo ello sopla, sin duda ninguna, el esp\u00edritu de Cristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Confirmaci\u00f3n de la validez del celibato<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">14. Pensarnos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe tambi\u00e9n hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesi\u00e1stico; ella debe sostener al ministro en su elecci\u00f3n exclusiva, perenne y total del \u00fanico y sumo amor de Cristo y de la dedicaci\u00f3n al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles, como en la profana.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La potestad de la Iglesia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">15. Ciertamente, el carisma de la vocaci\u00f3n sacerdotal, enderezado al culto divino y al servicio religioso y pastoral del Pueblo de Dios, es distinto del carisma que induce a la elecci\u00f3n del celibato como estado de vida consagrada (cf. n. 5, 7); mas, la vocaci\u00f3n sacerdotal, aunque divina en su inspiraci\u00f3n, no viene a ser definitiva y operante sin la prueba y la aceptaci\u00f3n de quien en la Iglesia tiene la potestad y la responsabilidad del ministerio para la comunidad eclesial; y por consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, seg\u00fan los tiempos y los lugares, cu\u00e1les deben ser en concreto los hombres y cu\u00e1les sus requisitos, para que puedan considerarse id\u00f3neos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Prop\u00f3sito de la enc\u00edclica<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">16. Con esp\u00edritu de fe, consideramos, por lo mismo favorable la ocasi\u00f3n que nos ofrece la divina providencia para ilustrar nuevamente y de una manera m\u00e1s adaptada a los hombres de nuestro tiempo, las razones profundas del sagrado celibato, ya que, si las dificultades contra la fe \u00abpueden estimular el esp\u00edritu a una m\u00e1s cuidadosa y profunda inteligencia de la misma\u00bb&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn3\">[3]<\/a>, no acontece de otro modo con la disciplina eclesi\u00e1stica, que dirige la vida de los creyentes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Nos mueve el gozo de contemplar en esta ocasi\u00f3n y desde este punto, de vista la divina riqueza y belleza de la Iglesia de Cristo, no siempre inmediatamente descifrable a los ojos humanos, porque es obra del amor del que es cabeza divina de la Iglesia, y porque se manifiesta en aquella perfecci\u00f3n de santidad (cf.&nbsp;<em>Ef<\/em>&nbsp;5, 25-27), que asombra al esp\u00edritu humano y encuentra insuficientes las fuerzas del ser humano para dar raz\u00f3n de ella.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>I. ASPECTOS DOCTRINALES<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>1. LOS FUNDAMENTOS DEL CELIBATO SACERDOTAL<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>El concilio y el celibato<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">17. Ciertamente, como ha declarado el Sagrado Concilio Ecum\u00e9nico Vaticano II, la virginidad \u00abno es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la pr\u00e1ctica de la Iglesia primitiva y por la tradici\u00f3n de las Iglesias Orientales\u00bb<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn4\">[4]<\/a>, pero el mismo sagrado concilio no ha dudado confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo tambi\u00e9n los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con esp\u00edritu de fe y con \u00edntimo y generoso fervor los dones divinos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Argumentos antiguos puestos a nueva luz<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">18. No es la primera vez que se reflexiona sobre la \u00abm\u00faltiple conveniencia\u00bb (1.c) del celibato para los ministros de Dios; y aunque las razones aducidas han sido diversas, seg\u00fan la diversa mentalidad y las diversas situaciones, han estado siempre inspiradas en consideraciones espec\u00edficamente cristianas, en el fondo de las cuales late la intuici\u00f3n de motivos m\u00e1s profundos. Estos motivos pueden venir a mejor luz, no sin el influjo del Esp\u00edritu Santo, prometido por Cristo a los suyos para el conocimiento de las cosas venideras (cf.&nbsp;<em>Jn<\/em>&nbsp;16, 13) y para hacer progresar en el pueblo de Dios la inteligencia del misterio de Cristo y de la Iglesia, sirvi\u00e9ndose tambi\u00e9n de la experiencia procurada por una penetraci\u00f3n mayor de las cosas espirituales a trav\u00e9s de los siglos&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn5\">[5]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>A. DIMENSI\u00d3N CRISTOL\u00d3GICA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>La novedad de Cristo<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">19. El sacerdocio cristiano, que es nuevo, solamente puede ser comprendido a la luz de la novedad de Cristo, pont\u00edfice sumo y eterno sacerdote, que ha instituido el sacerdocio ministerial, como real participaci\u00f3n de su \u00fanico sacerdocio&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn6\">[6]<\/a>. El ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios (<em>1Cor<\/em>&nbsp;4, 1) tiene por consiguiente en \u00e9l tambi\u00e9n el modelo directo y el supremo ideal (cf.&nbsp;<em>1Cor<\/em>&nbsp;11, 1). El Se\u00f1or Jes\u00fas, unig\u00e9nito de Dios, enviado por el Padre al mundo, se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento (<em>Jn<\/em>&nbsp;3, 5;&nbsp;<em>Tit<\/em>&nbsp;3, 5), entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre (<em>Jn<\/em>&nbsp;4, 34; 17, 4), Jes\u00fas realiz\u00f3 mediante su misterio pascual esta nueva creaci\u00f3n (<em>2Cor<\/em>&nbsp;5, 17;&nbsp;<em>G\u00e1l<\/em>&nbsp;6, 15), introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condici\u00f3n terrena de la humanidad (cf.&nbsp;<em>G\u00e1l<\/em>&nbsp;3, 28).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Matrimonio y celibato en la novedad de Cristo<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">20. El matrimonio, que por voluntad de Dios contin\u00faa la obra de la primera creaci\u00f3n (<em>G\u00e9n<\/em>&nbsp;2, 18), asumido en el designio total de la salvaci\u00f3n, adquiere tambi\u00e9n \u00e9l nuevo significado y valor. Efectivamente, Jes\u00fas le ha restituido su primitiva dignidad (<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 38), lo ha honrado (cf.&nbsp;<em>Jn<\/em>&nbsp;2, 1-11) y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su uni\u00f3n con la Iglesia (<em>Ef<\/em>&nbsp;5, 32). As\u00ed los c\u00f3nyuges cristianos, en el ejercicio del mutuo amor, cumpliendo sus espec\u00edficos deberes y tendiendo a la santidad que les es propia, marchan juntos hacia la patria celestial. Cristo, mediador de un testamento mas excelente (<em>Heb<\/em>&nbsp;8, 6), ha abierto tambi\u00e9n un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiri\u00e9ndose total y directamente al Se\u00f1or y preocupada solamente de \u00e9l y de sus cosas (<em>1Cor<\/em>&nbsp;7, 33-35), manifiesta de modo m\u00e1s claro y completo la realidad, profundamente innovadora, del Nuevo Testamento.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Virginidad y sacerdocio en Cristo mediador<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">21. Cristo, Hijo \u00fanico del Padre, en virtud de su misma encarnaci\u00f3n, ha sido constituido mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el g\u00e9nero humano. En plena armon\u00eda con esta misi\u00f3n, Cristo permaneci\u00f3 toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicaci\u00f3n total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexi\u00f3n entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misi\u00f3n del mediador y sacerdote eterno, y esta participaci\u00f3n ser\u00e1 tanto m\u00e1s perfecta cuanto el sagrado ministro est\u00e9 m\u00e1s libre de v\u00ednculos de carne y de sangre&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn7\">[7]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El celibato por el reino de los cielos<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">22. Jes\u00fas, que escogi\u00f3 los primeros ministros de la salvaci\u00f3n y quiso que entrasen en la inteligencia de los misterios del reino de los cielos (<em>Mt<\/em>&nbsp;13, 11;&nbsp;<em>Mc<\/em>&nbsp;4, 11; Lc 8, 10), cooperadores de Dios con t\u00edtulo especial\u00edsimo, embajadores suyos (<em>2Cor<\/em>&nbsp;5, 20), y les llam\u00f3 amigos y hermanos (<em>Jn<\/em>&nbsp;15, 15; 20, 17), por los cuales se consagr\u00f3 a s\u00ed mismo, a fin de que fuesen consagrados en la verdad (<em>Jn<\/em>&nbsp;17, 19), prometi\u00f3 una recompensa superabundante a todo el que hubiera abandonado casa, familia, mujer e hijos por el reino de Dios (<em>Lc<\/em>&nbsp;18, 29-30). M\u00e1s a\u00fan, recomend\u00f3 tambi\u00e9n&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn8\">[8]<\/a>, con palabras cargadas de misterio y de expectaci\u00f3n, una consagraci\u00f3n todav\u00eda m\u00e1s perfecta al reino de los cielos por medio de la virginidad, como consecuencia de un don especial (<em>Mt<\/em>&nbsp;19, 11-12). La respuesta a este divino carisma tiene como motivo el reino de los cielos (<em>Ib\u00edd.<\/em>. v. 12); e igualmente de este reino, del evangelio (<em>Mc<\/em>&nbsp;20, 29-30) y del nombre de Cristo (<em>Mt<\/em>&nbsp;19,29) toman su motivo las invitaciones de Jes\u00fas a las arduas renuncias apost\u00f3licas, para una participaci\u00f3n m\u00e1s \u00edntima en su suerte.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Testimonio de Cristo<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">23. Es, pues, el misterio de la novedad de Cristo, de todo lo que \u00e9l es y significa; es la suma de los m\u00e1s altos ideales del evangelio, y del reino; es una especial manifestaci\u00f3n de la gracia que brota del misterio pascual del redentor, lo que hace deseable y digna la elecci\u00f3n de la virginidad, por parte de los llamados por el Se\u00f1or Jes\u00fas, con la intenci\u00f3n no solamente de participar de su oficio sacerdotal, sino tambi\u00e9n de compartir con \u00e9l su mismo estado de vida.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Plenitud de amor<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">24. La respuesta a la vocaci\u00f3n divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (<em>Jn<\/em>&nbsp;15, 13; 3, 16); ella se cubre de misterio en el particular amor por las almas, a las cuales \u00e9l ha hecho sentir sus llamadas m\u00e1s comprometedoras (cf.&nbsp;<em>Mc<\/em>&nbsp;1, 21). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor que, cuando es aut\u00e9ntico, es total, exclusivo, estable y perenne, est\u00edmulo irresistible para todos los hero\u00edsmos. Por eso la elecci\u00f3n del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia \u00abcomo se\u00f1al y est\u00edmulo de caridad\u00bb&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn9\">[9]<\/a>; se\u00f1al de un amor sin reservas, est\u00edmulo de una caridad abierta a todos. Qui\u00e9n jam\u00e1s puede ver en una vida entregada tan enteramente y por las razones que hemos expuesto, se\u00f1ales de pobreza espiritual, de ego\u00edsmo, mientras que por el contrario es, y debe ser, un raro y por dem\u00e1s significativo ejemplo de vida, que tiene como motor y fuerza el amor, en el que el hombre expresa su exclusiva grandeza? Qui\u00e9n jam\u00e1s podr\u00e1 dudar de la plenitud moral y espiritual de una vida de tal manera consagrada, no ya a un ideal aunque sea el m\u00e1s sublime, sino a Cristo y a su obra en favor de una humanidad nueva, en todos los lugares y en todos los tiempos?<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Invitaci\u00f3n al estudio<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">25. Esta perspectiva b\u00edblica y teol\u00f3gica, que asocia nuestro sacerdocio ministerial al de Cristo, y que de la total y exclusiva entrega de Cristo a su misi\u00f3n salv\u00edfica saca el ejemplo y la raz\u00f3n de nuestra asimilaci\u00f3n a la forma de caridad y de sacrificio, propia de Cristo redentor, nos parece tan fecunda y tan llena de verdades especulativas y pr\u00e1cticas, que os invitamos a vosotros, venerables hermanos, invitamos a los estudiosos de la doctrina cristiana y a los maestros de esp\u00edritu y a todos los sacerdotes capaces de las intuiciones sobrenaturales sobre su vocaci\u00f3n, a perseverar en el estudio de estas perspectivas y penetrar en sus \u00edntimas y fecundas realidades, de suerte que el v\u00ednculo entre el sacerdocio y el celibato aparezca cada vez mejor en su l\u00f3gica luminosa y heroica, de amor \u00fanico e ilimitado hacia Cristo Se\u00f1or y hacia su Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>B. DIMENSI\u00d3N ECLESIOL\u00d3GICA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El celibato y el amor de Cristo y del sacerdote por la Iglesia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">26. \u00abApresado por Cristo Jes\u00fas\u00bb (<em>Fil<\/em>&nbsp;3, 12) hasta el abandono total de s\u00ed mismo en \u00e9l, el sacerdote se configura m\u00e1s perfectamente a Cristo tambi\u00e9n en el amor, con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreci\u00e9ndose a s\u00ed mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada (cf.&nbsp;<em>Ef<\/em>&nbsp;5, 26-27).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta uni\u00f3n, por la cual los hijos de Dios no son engendrados ni por la carne, ni por la sangre (<em>Jn&nbsp;<\/em>1, 13)<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn10\">[10]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Unidad y armon\u00eda en la vida sacerdotal: el ministerio de la palabra<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">27. El sacerdote, dedic\u00e1ndose al servicio del Se\u00f1or Jes\u00fas y de su cuerpo m\u00edstico en completa libertad m\u00e1s facilitada gracias a su total ofrecimiento, realiza m\u00e1s plenamente la unidad y la armon\u00eda de su vida sacerdotal&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn11\">[11]<\/a>. Crece en \u00e9l la idoneidad para o\u00edr la palabra de Dios y para la oraci\u00f3n. De hecho, la palabra de Dios, custodiada por la Iglesia, suscita en el sacerdote que diariamente la medita, la vive y la anuncia a los fieles, los ecos m\u00e1s vibrantes y profundos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>El oficio divino y la oraci\u00f3n<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">28. As\u00ed, dedicado total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la Iglesia, como Cristo (cf.&nbsp;<em>Lc<\/em>&nbsp;2, 49;&nbsp;<em>1Cor<\/em>&nbsp;7,. 32-33), su ministro, a imitaci\u00f3n del sumo sacerdote, siempre vivo en la presencia de Dios para interceder en favor nuestro (<em>Heb<\/em>&nbsp;9, 24; 7, 25), recibe, del atento y devoto rezo del oficio divino, con el que \u00e9l presta su voz a la Iglesia que ora juntamente con su esposo&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn12\">[12]<\/a>, alegr\u00eda e impulso incesantes, y experimenta la necesidad de prolongar su asiduidad en la oraci\u00f3n, que es una funci\u00f3n exquisitamente sacerdotal (<em>Hch<\/em>&nbsp;6, 2).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El ministerio de la gracia y de la eucarist\u00eda<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">29. Y todo el resto de la vida del sacerdote adquiere mayor plenitud de significado y de eficacia santificadora. Su especial empe\u00f1o en la propia santificaci\u00f3n encuentra efectivamente nuevos incentivos en el ministerio de la gracia y en el ministerio de la eucarist\u00eda, en la que se encierra todo el bien de la Iglesia&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn13\">[13]<\/a>&nbsp;actuando en persona de Cristo, el sacerdote se une m\u00e1s \u00edntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera, que lleva las se\u00f1ales del holocausto.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Vida plen\u00edsima y fecunda<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">30. \u00bfQu\u00e9 otras consideraciones m\u00e1s podr\u00edamos hacer sobre el aumento de capacidad, de servicio, de amor, de sacrificio del sacerdote por todo el pueblo de Dios? Cristo ha dicho de s\u00ed: \u00abSi el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedar\u00e1 solo; pero si muere, llevar\u00e1 mucho fruto\u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;12, 24). Y el ap\u00f3stol Pablo no dudaba en exponerse a morir cada d\u00eda, para poseer en sus fieles una gloria en Cristo Jes\u00fas (cf.&nbsp;<em>1Cor<\/em>&nbsp;14, 31). As\u00ed el sacerdote, muriendo cada d\u00eda totalmente a s\u00ed mismo, renunciando al amor leg\u00edtimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallar la gloria de una vida en Cristo plen\u00edsima y fecunda, porque como \u00e9l y en \u00e9l ama y se da a todos los hijos de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El sacerdote c\u00e9libe en la comunidad de los fieles<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">31. En medio de la comunidad de los fieles, confiados a sus cuidados, el sacerdote es Cristo presente; de ah\u00ed la suma conveniencia de que en todo reproduzca su imagen y en particular de que siga su ejemplo, en su vida \u00edntima lo mismo que en su vida de ministerio. Para sus hijos en Cristo el sacerdote es signo y prenda de las sublimes y nuevas realidades del reino de Dios, del que es dispensador, posey\u00e9ndolas por su parte en el grado m\u00e1s perfecto y alimentando la fe y la esperanza de todos los cristianos, que en cuanto tales est\u00e1n obligados a la observancia de la castidad, seg\u00fan el propio estado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Eficacia pastoral del celibato<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">32. La consagraci\u00f3n a Cristo, en virtud de un t\u00edtulo nuevo y excelso cual es el celibato, permite adem\u00e1s al sacerdote, como es evidente tambi\u00e9n en el campo pr\u00e1ctico, la mayor eficiencia y la mejor actitud psicol\u00f3gica y afectiva para el ejercicio continuo de la caridad perfecta, que le permitir\u00e1, de manera m\u00e1s amplia y concreta, darse todo para utilidad de todos (<em>2Cor<\/em>&nbsp;12, 15)&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn14\">[14]<\/a>&nbsp;y le garantiza claramente una mayor libertad y disponibilidad en el ministerio pastoral&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn15\">[15]<\/a>, en su activa y amorosa presencia en medio del mundo al que Cristo lo ha enviado (<em>Jn<\/em>&nbsp;17, 18), a, fin de que pague enteramente a todos los hijos de Dios la deuda que se les debe (<em>Rom<\/em>&nbsp;1, 14).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>C. DIMENSI\u00d3N ESCATOL\u00d3GICA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El anhelo del pueblo de Dios por el reino celestial<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">33. El reino de Dios que no es de este mundo (<em>Jn<\/em>&nbsp;18, 36), est\u00e1 aqu\u00ed en la tierra presente en misterio y llegar\u00e1 a su perfecci\u00f3n con la venida gloriosa del Se\u00f1or Jes\u00fas&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn16\">[16]<\/a>. De este reino la Iglesia forma aqu\u00ed abajo como el germen y el principio; y mientras que va creciendo lenta, pero seguramente, siente el anhelo de aquel reino perfecto y desea, con todas sus fuerzas, unirse a su rey en la gloria&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn17\">[17]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En la historia, el Pueblo de Dios, peregrino, est\u00e1 en camino hacia su verdadera patria (<em>Fil<\/em>&nbsp;3, 20) donde se manifestar\u00e1 en toda su plenitud la filiaci\u00f3n divina de los redimidos (<em>1Jn<\/em>&nbsp;3, 2) y donde resplandecer\u00e1 definitivamente la belleza transfigurada de la Esposa del Cordero divino&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn18\">[18]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El celibato como signo de los bienes celestiales<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">34. Nuestro Se\u00f1or y Maestro ha dicho que \u00aben la resurrecci\u00f3n no se tomar\u00e1 mujer ni marido, sino que ser\u00e1n como \u00e1ngeles de Dios en el cielo\u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;22, 30). En el mundo de los hombres, ocupados en gran n\u00famero en los cuidados terrenales y dominados con gran frecuencia por los deseos de la carne (cf.&nbsp;<em>1Jn<\/em>&nbsp;2, 16), el precioso don divino de la perfecta continencia por el reino de los cielos constituye precisamente \u00abun signo particular de los bienes celestiales\u00bb&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn19\">[19]<\/a>, anuncia la presencia sobre la tierra de los \u00faltimos tiempos de la salvaci\u00f3n (cf.&nbsp;<em>1Cor<\/em>&nbsp;7, 29-31) con el advenimiento de un mundo nuevo, y anticipa de alguna manera la consumaci\u00f3n del reino, afirmando sus valores supremos, que un d\u00eda brillar\u00e1n en todos los hijos de Dios. Por eso, es un testimonio de la necesaria tensi\u00f3n del Pueblo de Dios hacia la meta \u00faltima de su peregrinaci\u00f3n terrenal y un est\u00edmulo para todos a alzar la mirada a las cosas que est\u00e1n all\u00e1 arriba, en donde Cristo est\u00e1 sentado a la diestra del Padre y donde nuestra vida est\u00e1 escondida con Cristo en Dios, hasta que se manifieste en la gloria (<em>Col<\/em>&nbsp;3, 1-4).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>2. EL CELIBATO EN LA VIDA DE LA IGLESIA<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>En la antig\u00fcedad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">35. El estudio de los documentos hist\u00f3ricos sobre el celibato eclesi\u00e1stico ser\u00eda demasiado largo, pero muy instructivo. Baste la siguiente indicaci\u00f3n: en la antig\u00fcedad cristiana los padres y los escritores eclesi\u00e1sticos dan testimonio de la difusi\u00f3n, tanto en oriente como en occidente, de la pr\u00e1ctica libre del celibato en los sagrados ministros&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn20\">[20]<\/a>, por su gran conveniencia con su total dedicaci\u00f3n al servicio de Dios y de su Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La Iglesia de Occidente<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">36. La Iglesia de Occidente, desde los principios del siglo IV, mediante la intervenci\u00f3n de varios concilios provinciales y de los sumos pont\u00edfices, corrobor\u00f3, extendi\u00f3 y sancion\u00f3 esta pr\u00e1ctica&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn21\">[21]<\/a>. Fueron sobre todo los supremos pastores y maestros de la Iglesia de Dios, custodios e int\u00e9rpretes del patrimonio de la fe y de las santas costumbres cristianas, los que promovieron, defendieron y restauraron el celibato eclesi\u00e1stico, en las sucesivas \u00e9pocas de la historia, aun cuando se manifestaban oposiciones en el mismo clero y las costumbres de una sociedad en decadencia no favorec\u00edan ciertamente los hero\u00edsmos de la virtud. La obligaci\u00f3n del celibato fue adem\u00e1s solemnemente sancionada por el sagrado Concilio ecum\u00e9nico Tridentino&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn22\">[22]<\/a>&nbsp;e incluida finalmente en el C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico (can. 132,1) [nuevo can. 277].<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El magisterio pontificio m\u00e1s reciente<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">37. Los sumos pont\u00edfices m\u00e1s cercanos a nosotros desplegaron su ardent\u00edsimo celo y su doctrina para iluminar y estimular al clero a esta observancia&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn23\">[23]<\/a>&nbsp;y no querernos dejar de rendir un homenaje especial a la piados\u00edsima memoria de nuestro inmediato predecesor, todav\u00eda vivo en el coraz\u00f3n del mundo, el cual, en el S\u00ednodo romano pronunci\u00f3, entre la sincera aprobaci\u00f3n de nuestro clero de la urbe, las palabras siguientes: \u00abNos llega al coraz\u00f3n el que&#8230; alguno pueda fantasear sobre la voluntad o la conveniencia para la Iglesia cat\u00f3lica de renunciar a lo que, durante siglos y siglos, fue y sigue siendo una de las glorias m\u00e1s nobles y m\u00e1s puras de su sacerdocio. La ley del celibato eclesi\u00e1stico, y el cuidado de mantenerla, queda siempre como una evocaci\u00f3n de las batallas de los tiempos heroicos, cuando la Iglesia de Dios ten\u00eda que combatir, y sali\u00f3 victoriosa, por el \u00e9xito de su trinomio glorioso, que es siempre s\u00edmbolo de victoria: Iglesia de Cristo libre, casta y cat\u00f3lica\u00bb&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn24\">[24]<\/a><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La Iglesia de Oriente<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">38. Si es diversa la legislaci\u00f3n de la Iglesia de Oriente en materia de disciplina del celibato en el clero, como fue finalmente establecida por el Concilio Trullano desde el a\u00f1o 692&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn25\">[25]<\/a>, y como ha sido abiertamente reconocido por el Concilio Vaticano II&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn26\">[26]<\/a>, esto es debido tambi\u00e9n a una diversa situaci\u00f3n hist\u00f3rica de aquella parte nobil\u00edsima de la Iglesia, situaci\u00f3n a la que el Esp\u00edritu Santo ha acomodado su influjo providencial y sobrenaturalmente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Aprovechamos esta ocasi\u00f3n para expresar nuestra estima y nuestro respeto a todo el clero de las Iglesias orientales y para reconocer en \u00e9l ejemplos de fidelidad y de celo que lo hacen digno de sincera veneraci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La voz de los Padres orientales<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">39. Pero nos es tambi\u00e9n motivo de aliento para perseverar en la observancia de la disciplina en relaci\u00f3n al celibato del clero, la apolog\u00eda que los padres orientales nos han dejado sobre la virginidad. Resuena en nuestro coraz\u00f3n, por ejemplo, la voz de san Gregorio Niseno, que nos recuerda que \u00abla vida virginal es la imagen de la felicidad que nos espera en el mundo futuro\u00bb&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn27\">[27]<\/a>, y no menos nos conforta el encomio del sacerdocio, que seguimos meditando, de san Juan Cris\u00f3stomo, ordenado a ilustrar la necesaria armon\u00eda que debe reinar entre la vida privada del ministro del altar y la dignidad de la que est\u00e1 revestido, en orden a sus sagradas funciones: \u00aba quien se acerca al sacerdocio, le conviene ser puro como si estuviera en el cielo\u00bb&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn28\">[28]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Significativas indicaciones en la tradici\u00f3n oriental<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">40. Por lo dem\u00e1s no es in\u00fatil observar que tambi\u00e9n en el oriente solamente los sacerdotes c\u00e9libes son ordenados obispos y los sacerdotes mismos no pueden contraer matrimonio despu\u00e9s de la ordenaci\u00f3n sacerdotal; lo que deja entender que tambi\u00e9n aquellas venerables Iglesias poseen en cierta medida el principio del sacerdocio celibatario y el de una cierta conveniencia entre el celibato y el sacerdocio cristiano, del cual los obispos poseen el \u00e1pice y la plenitud&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn29\">[29]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La fidelidad de la Iglesia de Occidente a su propia tradici\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">41. En todo caso, la Iglesia de Occidente no puede faltar en su fidelidad a la propia y antigua tradici\u00f3n, y no cabe pensar que durante siglos haya seguido un camino que, en vez de favorecer la riqueza espiritual de cada una de las almas y del Pueblo de Dios, la haya en cierto modo comprometido; o que, con arbitrarias intervenciones jur\u00eddicas, haya reprimido la libre expansi\u00f3n de las m\u00e1s profundas realidades de la naturaleza y de la gracia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Casos especiales<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">42. En virtud de la norma fundamental del gobierno de la Iglesia Cat\u00f3lica, a la que arriba hemos aludido (n. 15), de la misma manera que por una parte queda confirmada la ley que requiere la elecci\u00f3n libre y perpetua del celibato en aquellos que son admitidos a las sagradas \u00f3rdenes, se podr\u00e1 por otra permitir el estudio de las particulares condiciones de los ministros sagrados casados, pertenecientes a Iglesias o comunidades cristianas todav\u00eda separadas de la comuni\u00f3n cat\u00f3lica, quienes, deseando dar su adhesi\u00f3n a la plenitud de esta comuni\u00f3n y ejercitar en ella su sagrado ministerio, fuesen admitidos a las funciones sacerdotales; pero en condiciones que no causen perjuicio a la disciplina vigente sobre el sagrado celibato.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Y que la autoridad de la Iglesia no reh\u00faye el ejercicio de esta potestad lo demuestra la posibilidad, propuesta por el reciente concilio ecum\u00e9nico, de conferir el sacro diaconado incluso a hombres de edad madura, que viven en el matrimonio&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn30\">[30]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Confirmaci\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">43. Pero todo esto no significa relajaci\u00f3n de la ley vigente y no debe interpretarse como un preludio de su abolici\u00f3n. Y m\u00e1s bien que condescender con esta hip\u00f3tesis, que debilita en las almas el vigor y el amor que hace seguro y feliz el celibato, y oscurece la verdadera doctrina que justifica su existencia y glorifica su esplendor, promu\u00e9vase el estudio en defensa del concepto espiritual y del valor moral de la virginidad y del celibato&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn31\">[31]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Don que Dios dar\u00e1 si se le pide<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">44. La sagrada virginidad es un don especial, pero la Iglesia entera de nuestro tiempo, representada solemne y universalmente por sus pastores responsables, y respetando siempre, como ya hemos dicho, la disciplina de las Iglesias Orientales, ha manifestado su plena certeza en el Esp\u00edritu de &#8220;que el don del celibato, tan congruente con el sacerdocio del Nuevo Testamento, lo otorgar\u00e1 generosamente el Padre, con tal de que los que por el sacramento del orden participan del sacerdocio de Cristo, m\u00e1s a\u00fan toda la Iglesia, lo pidan con humildad e insistencia&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn32\">[32]<\/a><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>La oraci\u00f3n del Pueblo de Dios<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">45. Y hacemos en esp\u00edritu un llamamiento a todo el Pueblo de Dios, para que, cumpliendo con su deber de procurar el incremento de las vocaciones sacerdotales&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn33\">[33]<\/a>, suplique instantemente al Padre de todos, al esposo divino de la Iglesia y al Esp\u00edritu Santo, que es su alma, para que, por intercesi\u00f3n de la Bienaventurada Virgen y Madre de Cristo y de la Iglesia, comunique especialmente en nuestro tiempo este don divino, del cual el Padre ciertamente no es avaro, y para que las almas se dispongan a \u00e9l con esp\u00edritu de profunda fe y de generoso amor.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">As\u00ed, en nuestro mundo, que tiene necesidad de la gloria de Dios (cf.&nbsp;<em>Rom<\/em>&nbsp;3, 23), los sacerdotes, configurados cada vez m\u00e1s perfectamente con el sacerdote \u00fanico y sumo, sean gloria refulgente de Cristo (<em>2Cor<\/em>&nbsp;8, 23) y por su medio sea magnificada \u00abla gloria de la gracia\u00bb de Dios en el mundo de hoy (cf.&nbsp;<em>Ef<\/em>&nbsp;1, 6).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El mundo de hoy y el celibato sacerdotal<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">46. S\u00ed, venerables y car\u00edsimos hermanos en el sacerdocio, a quienes amamos \u00aben el coraz\u00f3n de Jesucristo\u00bb (<em>Fil<\/em>&nbsp;1, 8); precisamente el mundo en que hoy vivimos, atormentado por una crisis de crecimiento y de transformaci\u00f3n, justamente orgulloso de los valores humanos y de las humanas conquistas, tiene urgente necesidad del testimonio de vidas consagradas a los m\u00e1s altos y sagrados valores del alma, a fin de que a este tiempo nuestro no le falte la rara e incomparable luz de las m\u00e1s sublimes conquistas del esp\u00edritu.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La escasez num\u00e9rica de los sacerdotes<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">47. Nuestro Se\u00f1or Jesucristo no vacil\u00f3 en confiar a un pu\u00f1ado de hombres, que cualquiera hubiera juzgado insuficientes por n\u00famero y calidad, la misi\u00f3n formidable de la evangelizaci\u00f3n del mundo entonces conocido; y a este \u00abpeque\u00f1o reba\u00f1o\u00bb le advirti\u00f3 que no se desalentase (<em>Lc<\/em>&nbsp;12, 32), porque con \u00c9l y por \u00c9l, gracias a su constante asistencia (<em>Mt<\/em>&nbsp;28, 20), conseguir\u00edan la victoria sobre el mundo (<em>Jn<\/em>&nbsp;16, 33). Jes\u00fas nos ha ense\u00f1ado tambi\u00e9n que el reino de Dios tiene una fuerza \u00edntima y secreta, que le permite crecer y llegar a madurar sin que el hombre lo sepa (<em>Mc<\/em>&nbsp;4, 26-29). La mies del reino de los cielos es mucha y los obreros, hoy lo mismo que al principio, son pocos; ni han llegado jam\u00e1s a un n\u00famero tal que el juicio humano lo haya podido considerar suficiente. Pero el Se\u00f1or del reino exige que se pida, para que el due\u00f1o de la mies mande los obreros a su campo (<em>Mt<\/em>&nbsp;9, 37-38). Los consejos y la prudencia de los hombres no pueden estar por encima de la misteriosa sabidur\u00eda de aquel que en la historia de la salvaci\u00f3n ha desafiado la sabidur\u00eda y el poder de los hombres, con su locura y su debilidad (<em>1Cor&nbsp;<\/em>1, 20-31).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>El arrojo de la fe<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">48. Hacemos un llamamiento al arrojo de la fe para expresar la profunda convicci\u00f3n de la Iglesia, seg\u00fan la cual una respuesta m\u00e1s comprometedora y generosa a la gracia, una confianza m\u00e1s expl\u00edcita y cualificada en su potencia misteriosa y arrolladora, un testimonio m\u00e1s abierto y completo del misterio de Cristo, nunca la har\u00e1n fracasar, a pesar de los c\u00e1lculos humanos y de las apariencias exteriores, en su misi\u00f3n de salvar al mundo entero. Cada uno debe saber que lo puede todo en aquel que es el \u00fanico que da la fuerza a las almas (<em>Fil<\/em>&nbsp;4, 13) y el incremento a su Iglesia (<em>1Cor<\/em>&nbsp;3, 6-7).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La ra\u00edz del problema<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">49. No se puede asentir f\u00e1cilmente a la idea de que con la abolici\u00f3n del celibato eclesi\u00e1stico, crecer\u00edan por el mero hecho, y de modo considerable, las vocaciones sagradas: la experiencia contempor\u00e1nea de la Iglesia y de las comunidades eclesiales que permiten el matrimonio a sus ministros, parece testificar lo contrario. La causa de la disminuci\u00f3n de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra parte, principalmente, por ejemplo, en la p\u00e9rdida o en la atenuaci\u00f3n del sentido de Dios y de lo sagrado en los individuos y en las familias, de la estima de la Iglesia como instituci\u00f3n salvadora mediante, la fe y los sacramentos; por lo cual, el problema hay que estudiarlo en su verdadera ra\u00edz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>3. EL CELIBATO Y LOS VALORES HUMANOS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Renunciar al matrimonio por amor<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">50. La Iglesia, como m\u00e1s arriba dec\u00edamos (cf. n. 10), no ignora que la elecci\u00f3n del sagrado celibato, al comprender una serie de severas renuncias que tocan al hombre en lo \u00edntimo, lleva tambi\u00e9n consigo graves dificultades y problemas, a los que son especialmente sensibles los hombres de hoy. Efectivamente, podr\u00eda parecer que el celibato no va de acuerdo con el solemne reconocimiento de los valores humanos, hecho por parte de la Iglesia en el reciente concilio; pero una consideraci\u00f3n m\u00e1s atenta hace ver que el sacrificio del amor humano, tal corno es vivido en la familia, realizado por el sacerdote por amor de Cristo, es en realidad un homenaje rendido a aquel amor. Todo el mundo reconoce en realidad que la criatura humana ha ofrecido siempre a Dios lo que es digno del que da y del que recibe<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>El celibato, don de la gracia<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">51. Por otra parte, la Iglesia no puede y no debe ignorar que la elecci\u00f3n del celibato, si se la hace con humana y cristiana prudencia y con responsabilidad, est\u00e1 presidida por la gracia, la cual no destruye la naturaleza, ni le hace violencia, sino que la eleva y le da capacidad y vigor sobrenaturales. Dios, que ha creado al hombre y lo ha redimido, sabe lo que le puede pedir y le da todo lo que es necesario a fin de que pueda realizar todo lo que su creador y redentor le pide. San Agust\u00edn, que hab\u00eda ampl\u00eda y dolorosamente experimentado en s\u00ed mismo la naturaleza del hombre, exclamaba: \u00abDa lo que mandes y manda lo que quieras\u00ab&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn34\">[34]<\/a><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Dificultades superables<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">52. El conocimiento leal de las dificultades reales del celibato es muy \u00fatil, m\u00e1s a\u00fan, necesario, para que con plena conciencia se d\u00e9 cuenta perfecta de lo que su celibato pide para ser aut\u00e9ntico y ben\u00e9fico; pero con la misma lealtad no se debe atribuir a aquellas dificultades un valor y un peso mayor del que efectivamente tienen en el contexto humano y religioso, o declararlas de imposible soluci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El celibato no contrar\u00eda la naturaleza<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">53. No es justo repetir todav\u00eda (cf. n. 10), despu\u00e9s de lo que la ciencia ha demostrado va, que el celibato es contra la naturaleza, por contrariar a exigencias f\u00edsicas, psicol\u00f3gicas y afectivas leg\u00edtimas, cuya realizaci\u00f3n ser\u00eda necesaria para completar y madurar la personalidad humana: el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (<em>G\u00e9n<\/em>&nbsp;1, 26-27), no es solamente carne, ni el instinto sexual lo es en \u00e9l todo; el hombre es tambi\u00e9n, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; gracias a estas facultades es y debe tenerse como superior al universo; ellas le hacen dominador de los propios apetitos f\u00edsicos, psicol\u00f3gicos y afectivos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Mayor vinculaci\u00f3n a Cristo y a la Iglesia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">54. El motivo verdadero y profundo del sagrado celibato es, como ya hemos dicho, la elecci\u00f3n de una relaci\u00f3n personal m\u00e1s \u00edntima y completa con el misterio de Cristo y de la Iglesia, a beneficio de toda la humanidad; en esta elecci\u00f3n no hay duda de que aquellos supremos valores humanos tienen modo de manifestarse en m\u00e1ximo grado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El celibato y la elevaci\u00f3n del hombre<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">55. La elecci\u00f3n del celibato no implica la ignorancia o desprecio del instinto sexual y de la afectividad, lo cual traer\u00eda ciertamente consecuencias da\u00f1osas para el equilibrio f\u00edsico o psicol\u00f3gico, sino que exige l\u00facida comprensi\u00f3n, atento dominio de s\u00ed mismo y sabia sublimaci\u00f3n de la propia&nbsp;<em>psiquis<\/em>&nbsp;a un plano superior. De este modo, el celibato, elevando integralmente al hombre, contribuye efectivamente a su perfecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>El celibato y la maduraci\u00f3n de la personalidad<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">56. El deseo natural y leg\u00edtimo del hombre de amar a una mujer y de formarse una familia son, ciertamente, superados en el celibato; pero no se prueba que el matrimonio y la familia sean la \u00fanica v\u00eda para la maduraci\u00f3n integral de la persona humana. En el coraz\u00f3n del sacerdote no se ha apagado el amor. La caridad, bebida en su m\u00e1s puro manantial (cf.&nbsp;<em>1Jn<\/em>&nbsp;4, 8-16), ejercitada a imitaci\u00f3n de Dios y de Cristo, no menos que cualquier aut\u00e9ntico amor, es exigente y concreta (cf.&nbsp;<em>1Jn<\/em>&nbsp;3, 16-18), ensancha hasta el infinito el horizonte del sacerdote, hace m\u00e1s profundo amplio su sentido de responsabilidad -\u00edndice de personalidad madura, educa en \u00e9l, como expresi\u00f3n de una m\u00e1s alta y vasta paternidad, una plenitud y delicadeza de sentimientos&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn35\">[35]<\/a>, que lo enriquecen en medida superabundante.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>El celibato y el matrimonio<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">57. Todo el Pueblo de Dios debe dar testimonio al misterio de Cristo y de su reino, pero este testimonio no es el mismo para todos. Dejando a sus hijos seglares casados la funci\u00f3n del necesario testimonio de una vida conyugal y familiar aut\u00e9ntica y plenamente cristiana, la Iglesia conf\u00eda a sus sacerdotes el testimonio de una vida totalmente dedicada a las m\u00e1s nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Si al sacerdote le viene a faltar una experiencia personal y directa de la vida matrimonial, no le faltar\u00e1 ciertamente, a causa de su misma formaci\u00f3n, de su ministerio y por la gracia de su estado, un conocimiento acaso m\u00e1s profundo todav\u00eda del coraz\u00f3n humano, que le permitir\u00e1 penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser as\u00ed de valiosa ayuda, con el consejo y con la asistencia, para los c\u00f3nyuges y para las familias cristianas (cf.&nbsp;<em>1Cor<\/em>&nbsp;2, 15). La presencia, junto al hogar cristiano, del sacerdote que vive en plenitud su propio celibato, subrayar\u00e1 la dimensi\u00f3n espiritual de todo amor digno de este nombre, y su personal sacrificio merecer\u00e1 a los fieles unidos por el sagrado v\u00ednculo del matrimonio las gracias de una aut\u00e9ntica uni\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>La soledad del sacerdote c\u00e9libe<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">58. Es cierto; por su celibato el sacerdote es un hombre solo; pero su soledad no es el vac\u00edo, porque est\u00e1 llena de Dios y de la exuberante riqueza de su reino. Adem\u00e1s, para esta soledad, que debe ser plenitud interior y exterior de caridad, \u00e9l se ha preparado, se la ha escogido conscientemente, y no por el orgullo de ser diferente de los dem\u00e1s, no por sustraerse a las responsabilidades comunes, no por desentenderse de sus hermanos o por desestima del mundo. Segregado del, mundo, el sacerdote no est\u00e1 separado del pueblo de Dios, porque ha sido constituido para provecho de los hombres (<em>Heb<\/em>&nbsp;5, 1), consagrado enteramente a la caridad (cf.&nbsp;<em>1Cor&nbsp;<\/em>14, 4 s.) y al trabajo para el cual le ha asumido el Se\u00f1or&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn36\">[36]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Cristo y la soledad sacerdotal<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">59. A veces la soledad pesar\u00e1 dolorosamente sobre el sacerdote, pero no por eso se arrepentir\u00e1 de haberla escogido generosamente. Tambi\u00e9n Cristo, en las horas m\u00e1s tr\u00e1gicas de su vida, se qued\u00f3 solo, abandonado por los mismos que \u00e9l hab\u00eda escogido como testigos y compa\u00f1eros de su vida, y que hab\u00eda amado hasta el fin (<em>Jn<\/em>&nbsp;13, 1); pero declar\u00f3: \u00abYo no estoy solo, porque el Padre est\u00e1 conmigo\u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;16, 32). El que ha escogido ser todo de Cristo hallar\u00e1 ante todo en la intimidad con \u00e9l y en su gracia la fuerza de esp\u00edritu necesaria para disipar la melancol\u00eda y para vencer los desalientos; no le faltar\u00e1 la protecci\u00f3n de la Virgen, Madre de Jes\u00fas, los maternales cuidados de la Iglesia a cuyo servicio se ha consagrado; no le faltar\u00e1 la solicitud de su padre en Cristo, el obispo, no le faltar\u00e1 tampoco la fraterna intimidad de sus hermanos en el sacerdocio y el aliento de todo el pueblo de Dios. Y si la hostilidad, la desconfianza, la indiferencia de los hombres hiciesen a veces no poco amarga su soledad, \u00e9l sabr\u00e1 que de este modo comparte, con dram\u00e1tica evidencia, la misma suerte de Cristo, como un ap\u00f3stol, que no es m\u00e1s que aquel que lo ha enviado (cf.&nbsp;<em>Jn<\/em>&nbsp;13, 16; 15, 18), como un amigo admitido a los secretos m\u00e1s dolorosos y gloriosos del divino amigo, que lo ha escogido, para que con una vida aparentemente de muerte, lleve frutos misteriosos de vida eterna (cf.&nbsp;<em>Jn<\/em>&nbsp;15-16, 20).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>II ASPECTOS PASTORALES<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>1.LA FORMACI\u00d3N SACERDOTAL<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Una formaci\u00f3n adecuada<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">60. La reflexi\u00f3n sobre la belleza, importancia e \u00edntima conveniencia de la sagrada virginidad para los ministros de Cristo y de la Iglesia impone tambi\u00e9n al que en \u00e9sta es maestro y pastor el deber de asegurar y promover su positiva observancia, a partir del momento en que comienza la preparaci\u00f3n para recibir un don tan precioso.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De hecho, la dificultad y los problemas que hacen a algunos penosa, o incluso imposible la observancia del celibato, derivan no raras veces de una formaci\u00f3n sacerdotal que, por los profundos cambios de estos \u00faltimos tiempos, ya no resulta del todo adecuada para formar una personalidad digna de un hombre de Dios (<em>1Tim<\/em>&nbsp;6, 11).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>La ejecuci\u00f3n de las normas del concilio<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">61. El Sagrado Concilio Ecum\u00e9nico Vaticano II ha indicado ya a tal prop\u00f3sito criterios y normas sapient\u00edsimas, de acuerdo con el progreso de la psicolog\u00eda y de la pedagog\u00eda y con las nuevas condiciones de los hombres y de la sociedad contempor\u00e1nea&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn37\">[37]<\/a>. Nuestra voluntad es que se den cuanto antes instrucciones apropiadas, en las cuales el tema sea tratado con la necesaria amplitud, con la colaboraci\u00f3n de personas expertas, para proporcionar un competente y oportuno auxilio a los que tienen en la Iglesia el grav\u00edsimo oficio de preparar a los futuros sacerdotes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Respuesta personal a la vocaci\u00f3n divina<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">62. El sacerdocio es un ministerio instituido por Cristo para servicio de su cuerpo m\u00edstico que es la Iglesia, a cuya autoridad, por consiguiente, toca admitir en \u00e9l a los que ella juzga aptos, es decir, a aqu\u00e9llos a los que Dios ha concedido, juntamente con las otras se\u00f1ales de la vocaci\u00f3n eclesi\u00e1stica, tambi\u00e9n el carisma del sagrado celibato (cf. n. 15).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En virtud d\u00e9 este carisma, corroborado por la ley can\u00f3nica, el hombre est\u00e1 llamado a responder con libre, decisi\u00f3n y entrega total, subordinando el propio yo al benepl\u00e1cito de Dios que lo llama. En concreto, la vocaci\u00f3n divina se manifiesta en individuos determinados, en posesi\u00f3n de una estructura personal propia, a la que la gracia no suele hacer violencia. Por tanto, en el candidato al sacerdocio se debe cultivar el sentido de la receptividad del don divino y de la disponibilidad delante de Dios, dando esencial importancia a los medios sobrenaturales.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El proceso de la naturaleza y el proceso de la gracia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">63. Pero es tambi\u00e9n necesario que se tenga exactamente cuenta de su estado biol\u00f3gico para poderlo guiar y orientar hacia el ideal del sacerdocio. Una formaci\u00f3n verdaderamente adecuada debe por tanto coordinar armoniosamente el plano de la gracia y el plano de la naturaleza en sujetos cuyas condiciones reales y efectiva capacidad sean conocidas con claridad. Sus reales condiciones deber\u00e1n ser comprobadas apenas se delineen las se\u00f1ales de la sagrada vocaci\u00f3n con el cuidado m\u00e1s escrupuloso, sin fiarse de un apresurado y superficial juicio, sino recurriendo inclusive a la asistencia y ayuda de un m\u00e9dico o de un psic\u00f3logo competente. No se deber\u00e1 omitir una seria investigaci\u00f3n anamn\u00e9sica para comprobar la idoneidad del sujeto aun sobre esta important\u00edsima l\u00ednea de los factores hereditarios.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Los no aptos<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">64. Los sujetos que se descubran f\u00edsica y ps\u00edquica o moralmente ineptos, deben ser inmediatamente apartados del camino del sacerdocio: sepan los educadores que \u00e9ste es para ellos un grav\u00edsimo deber; no se abandonen a falaces esperanzas ni a peligrosas ilusiones y no permitan en modo alguno que el candidato las nutra, con resultados da\u00f1osos para \u00e9l y para la Iglesia. Una vida tan total y delicadamente comprometida interna y externamente, como es la del sacerdocio c\u00e9libe, excluye, de hecho, a los sujetos de insuficiente equilibrio psicof\u00edsico y moral, y no se debe pretender que la gracia supla en esto a la naturaleza.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Desarrollo de la personalidad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">65. Una vez comprobada la idoneidad del sujeto, y despu\u00e9s de haberlo recibido para recorrer el itinerario que lo conducir\u00e1 a la meta del sacerdocio, se debe procurar el progresivo desarrollo de su personalidad, con la educaci\u00f3n f\u00edsica, intelectual y moral ordenada al control y al dominio personal de los instintos, de los sentimientos y de las pasiones.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Necesidad de una disciplina<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">66. Esta educaci\u00f3n se comprobar\u00e1 en la firmeza de \u00e1nimo con que se acepte una disciplina personal y comunitaria, cual es la que requiere la vida sacerdotal. Tal disciplina, cuya falta o insuficiencia es deplorable, porque expone a graves riesgos, no debe ser soportada s\u00f3lo como una imposici\u00f3n desde fuera, sino, por as\u00ed decirlo, interiorizada, integrada en el conjunto de la vida espiritual como un componente indispensable.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>La iniciativa personal<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">67. El arte del educador deber\u00e1 estimular a los j\u00f3venes a la virtud sumamente evang\u00e9lica de la sinceridad (cf.&nbsp;<em>Mt<\/em>&nbsp;5, 37) y a la espontaneidad, favoreciendo toda buena iniciativa personal, a fin de que el sujeto mismo aprenda a conocerse y a valorarse, a asumir conscientemente las propias responsabilidades, a formarse en aquel dominio de s\u00ed que es de suma importancia en la educaci\u00f3n sacerdotal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El ejercicio de la autoridad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">68. El ejercicio de la autoridad, cuyo principio debe en todo caso mantenerse firme, se inspirar\u00e1 en una sabia moderaci\u00f3n, en sentimientos pastorales, y se desarrollar\u00e1 como en un coloquio y en un gradual entrenamiento, que consienta al educador una comprensi\u00f3n cada vez m\u00e1s profunda de la psicolog\u00eda del joven y d\u00e9 a toda la obra educativa un car\u00e1cter eminentemente positivo y persuasivo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Una elecci\u00f3n consciente<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">69. La formaci\u00f3n integral del candidato al sacerdocio debe mirar a una serena, convencida y libre elecci\u00f3n de los graves compromisos que habr\u00e1 de asumir en su propia conciencia ante Dios y la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El ardor y la generosidad son cualidades admirables de la juventud, e iluminadas y promovidas con constancia, le merecen, con la bendici\u00f3n del Se\u00f1or, la admiraci\u00f3n y la confianza de la Iglesia y de todos los hombres. A los j\u00f3venes no se les ha de esconder ninguna de las verdaderas dificultades personales y sociales que tendr\u00e1n que afrontar con su elecci\u00f3n, a fin de que su entusiasmo no sea superficial y fatuo; pero a una con las dificultades ser\u00e1 justo poner de relieve, con no menor verdad y claridad, lo sublime de la elecci\u00f3n, la cual, si por una parte provoca en la persona humana un cierto vac\u00edo f\u00edsico y ps\u00edquico, por otra aporta una plenitud interior capaz de sublimarla desde lo m\u00e1s hondo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Una ascesis para la maduraci\u00f3n de la personalidad<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">70. Los j\u00f3venes deber\u00e1n convencerse que no pueden recorrer su dif\u00edcil camino sin una ascesis particular, superior a la exigida a todos los otros fieles y propia de los aspirantes al sacerdocio. Una ascesis severa, pero no sofocante, que consista en un meditado y asiduo ejercicio de aquellas virtudes que hacen de un hombre un sacerdote: abnegaci\u00f3n de s\u00ed mismo en el m\u00e1s alto grado \u2014 condici\u00f3n esencial para entregarse al seguimiento de Cristo (<em>Mt<\/em>&nbsp;16, 24;&nbsp;<em>Jn<\/em>&nbsp;12, 25)\u2014; humildad y obediencia como expresi\u00f3n de verdad interior y de ordenada libertad; prudencia y justicia, fortaleza y templanza, virtudes sin las que no existir una vida religiosa verdadera y profunda; sentido de responsabilidad, de fidelidad y de lealtad en asumir los propios compromisos; armon\u00eda entre contemplaci\u00f3n y acci\u00f3n; desprendimiento y esp\u00edritu de pobreza, que dan tono y vigor a la libertad evang\u00e9lica; castidad como perseverante conquista, armonizada con todas las otras virtudes naturales y sobrenaturales; contacto sereno y seguro con el mundo, a cuyo servicio el candidato se consagrar\u00e1 por Cristo y por su reino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De esta manera, el aspirante al sacerdocio conseguir\u00e1, con el auxilio de la gracia divina, una personalidad equilibrada, fuerte y madura, s\u00edntesis de elementos naturales y adquiridos, armon\u00eda de todas sus facultades a la luz de la fe y de la \u00edntima uni\u00f3n con Cristo, que lo ha escogido para s\u00ed para el ministerio de la salvaci\u00f3n del mundo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Per\u00edodos de experimentaci\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">71. Sin embargo, para juzgar con mayor certeza de a idoneidad de un joven al sacerdocio y para tener sucesivas pruebas de que ha alcanzado su madurez humana y sobrenatural, teniendo presente que es m\u00e1s dif\u00edcil comportarse bien en la cura de las almas a causa de los peligros externos&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn38\">[38]<\/a>&nbsp;ser\u00e1 oportuno que el compromiso del sagrado celibato se observe durante per\u00edodos determinados de experimento, antes de convertirse en estable y definitivo con el presbiterado&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn39\">[39]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>La elecci\u00f3n del celibato como donaci\u00f3n<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">72. Una vez obtenida la certeza moral de que la madurez del candidato ofrece suficientes garant\u00edas, estar\u00e1 \u00e9l en situaci\u00f3n de poder asumir la grave y suave obligaci\u00f3n de la castidad sacerdotal, como donaci\u00f3n total de s\u00ed al Se\u00f1or y a su Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De esta manera, la obligaci\u00f3n del celibato que la Iglesia vincula objetivamente a la sagrada ordenaci\u00f3n, la hace propia personalmente el mismo sujeto, bajo el influjo de la gracia divina y con plena conciencia y libertad, y como es obvio, no sin el consejo prudente y sabio de experimentados maestros del esp\u00edritu, aplicados no ya a imponer, sino a hacer m\u00e1s consciente la grande y libre opci\u00f3n; y en aquel solemne momento, que decidir\u00e1 para siempre de toda su vida, el candidato sentir\u00e1 no el peso de una imposici\u00f3n desde fuera, sino la \u00edntima alegr\u00eda de una elecci\u00f3n hecha por amor de Cristo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>2. LA VIDA SACERDOTAL<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Una conquista incesante<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">73. El sacerdote no debe creer que la ordenaci\u00f3n se lo haga todo f\u00e1cil y que lo ponga definitivamente a seguro contra toda tentaci\u00f3n o peligro. La castidad no se adquiere de una vez para siempre, sino que es el resultado de una laboriosa conquista y de una afirmaci\u00f3n cotidiana. El mundo de nuestro tiempo da gran realce al valor positivo del amor en la relaci\u00f3n entre los sexos, pero ha multiplicado tambi\u00e9n las dificultades y los riesgos en este campo. Es necesario, por tanto, que el sacerdote, para salvaguardar con todo cuidado el bien de su castidad y para afirmar el sublime significado de la misma, considere con lucidez y serenidad su condici\u00f3n de hombre expuesto al combate espiritual contra las seducciones de la carne en s\u00ed mismo y en el mundo, con el prop\u00f3sito incesantemente renovado de perfeccionar cada vez m\u00e1s y cada vez mejor su irrevocable oblaci\u00f3n, que la compromete a una plena, leal y verdadera fidelidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Los medios sobrenaturales<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">74. Nueva fuerza y nuevo gozo aportar\u00e1 al sacerdote de Cristo el profundizar cada d\u00eda en la meditaci\u00f3n y en la oraci\u00f3n los motivos de su donaci\u00f3n y la convicci\u00f3n de haber escogido la mejor parte. Implorar\u00e1 con humildad y perseverancia la gracia de la fidelidad, que nunca se niega a quien la pide con coraz\u00f3n sincero, recurriendo al mismo tiempo a los medios naturales y sobrenaturales de que dispone. No descuidar\u00e1, sobre todo, aquellas normas asc\u00e9ticas que garantiza la experiencia de la Iglesia, que en las circunstancias actuales no son menos necesarias que en otros tiempos&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn40\">[40]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Intensa vida espiritual<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">75. Apl\u00edquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez m\u00e1s profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correr\u00eda el riesgo de aparecerle sin consistencia e incongruente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La piedad sacerdotal, alimentada en la pur\u00edsima fuente de la palabra de Dios y de la sant\u00edsima eucarist\u00eda, vivida en el drama de la sagrada liturgia, animada de una tierna e iluminada devoci\u00f3n a la Virgen Madre del sumo eterno sacerdote y reina de los ap\u00f3stoles&nbsp;&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn41\">[41]<\/a>, lo pondr\u00e1 en contacto con las fuentes de una aut\u00e9ntica vida espiritual, \u00fanica que da solid\u00edsimo fundamento a la observancia de la sagrada virginidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>El esp\u00edritu del ministerio sacerdotal<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">76. Con la gracia y la paz en el coraz\u00f3n, el sacerdote afrontar\u00e1 con magnanimidad las m\u00faltiples obligaciones de su vida y de su ministerio, encontrando en ellas, si las ejercita con fe y con celo, nuevas ocasiones de demostrar su total pertenencia a Cristo y a su Cuerpo m\u00edstico por la santificaci\u00f3n propia y de los dem\u00e1s. La caridad de Cristo que lo impulsa (<em>2Cor<\/em>&nbsp;5, 14), le ayudar\u00e1 no a cohibir los mejores sentimientos de su \u00e1nimo, sino a volverlos m\u00e1s altos y sublimes en esp\u00edritu de consagraci\u00f3n, a imitaci\u00f3n de Cristo, el sumo Sacerdote que particip\u00f3 \u00edntimamente en la vida de los hombres y los am\u00f3 y sufri\u00f3 por ellos (<em>Heb<\/em>&nbsp;4, 15); a semejanza del ap\u00f3stol Pablo, que participaba de las preocupaciones de todos (<em>1Cor<\/em>&nbsp;9, 22;&nbsp;<em>2Cor<\/em>&nbsp;11, 29), para irradiar en el mundo la luz y la fuerza del evangelio de la gracia de Dios (<em>Hch<\/em>&nbsp;20, 24).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Defensa de los peligros<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">77. Justamente celoso de la propia e \u00edntegra donaci\u00f3n al Se\u00f1or, sepa el sacerdote defenderse de aquellas inclinaciones del sentimiento que ponen en juego una afectividad no suficientemente iluminada y guiada por el esp\u00edritu, y gu\u00e1rdese bien de buscar justificaciones espirituales y apost\u00f3licas a las que, en realidad, son peligrosas propensiones del coraz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Asc\u00e9tica viril<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">78. La vida sacerdotal exige una intensidad espiritual genuina y segura para vivir del Esp\u00edritu y para conformarse al Esp\u00edritu (<em>G\u00e1l<\/em>&nbsp;5, 25); una asc\u00e9tica interior exterior verdaderamente viril en quien, perteneciendo con especial t\u00edtulo a Cristo, tiene en \u00e9l y por \u00e9l crucificada la carne con sus concupiscencias y apetitos (<em>G\u00e1l<\/em>&nbsp;5, 24), no dudando por esto de afrontar duras largas pruebas (cf.&nbsp;<em>1Cor<\/em>&nbsp;9, 26-27). El ministro de Cristo podr\u00e1 de este modo manifestar mejor al mundo los frutos del Esp\u00edritu, que son: \u00abcaridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad\u00bb (<em>G\u00e1l<\/em>&nbsp;5, 22-23).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La fraternidad sacerdotal<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">79. La castidad sacerdotal se incrementa, protege y defiende tambi\u00e9n con un g\u00e9nero de vida, con un ambiente y con una actividad propias de un ministro de Dios; por lo que es necesario fomentar al m\u00e1ximo aquella \u00ab\u00edntima fraternidad sacramental\u00bb&nbsp;&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn42\">[42]<\/a>, de la que todos los sacerdotes gozan en virtud de la sagrada ordenaci\u00f3n. Nuestro Se\u00f1or Jesucristo ense\u00f1\u00f3 la urgencia del mandamiento nuevo de la caridad y dio un admirable ejemplo de esta virtud cuando institu\u00eda el sacramento de la eucarist\u00eda y del sacerdocio cat\u00f3lico (<em>Jn<\/em>&nbsp;13, 15 y 34-35), y rog\u00f3 al Padre celestial para que el amor con que el Padre lo am\u00f3 desde siempre estuviese en sus ministros y \u00e9l en ellos (<em>Jn<\/em>&nbsp;17, 26).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Comuni\u00f3n de esp\u00edritu y de vida de los sacerdotes<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">80. Sea, por consiguiente, perfecta la comuni\u00f3n de esp\u00edritu entre los sacerdotes e intenso el intercambio de oraciones, de serena amistad y de ayudas de todo g\u00e9nero. No se recomendar\u00e1 nunca bastante a los sacerdotes una cierta vida com\u00fan entre ellos, toda enderezada al ministerio propiamente espiritual; la pr\u00e1ctica de encuentros frecuentes con fraternal intercambio de ideas, de planes y de experiencias entre hermanos; el impulso a las asociaciones que favorecen la santidad sacerdotal.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Caridad con los hermanos en peligro<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">81. Reflexionen los sacerdotes sobre la amonestaci\u00f3n del concilio&nbsp;&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn43\">[43]<\/a>, que los exhorta a la com\u00fan participaci\u00f3n en el sacerdocio para que se sientan vivamente responsables respecto de los hermanos turbados por dificultades, que exponen a serio peligro el don divino que hay en ellos. Sientan el ardor de la caridad para con ellos, pues tienen m\u00e1s necesidad de amor, de comprensi\u00f3n, de oraciones, de ayudas discretas pero eficaces, y tienen un t\u00edtulo para contar con la caridad sin l\u00edmites de los que son y deben ser sus m\u00e1s verdaderos amigos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Renovar la elecci\u00f3n<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">82. Quer\u00edamos finalmente, como complemento y como recuerdo de nuestro coloquio epistolar con vosotros, venerables hermanos en el episcopado, y con vosotros, sacerdotes y ministros del altar, sugerir que cada uno de vosotros haga el prop\u00f3sito de renovar cada a\u00f1o, en el aniversario de su respectiva ordenaci\u00f3n, o tambi\u00e9n todos juntos espiritualmente en el Jueves Santo, el d\u00eda misterioso de la instituci\u00f3n del sacerdocio, la entrega total y confiada a Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, de inflamar nuevamente de este modo en vosotros la conciencia de vuestra elecci\u00f3n a su divino servicio, y de repetir al mismo tiempo, con humildad y \u00e1nimo, la promesa de vuestra indefectible fidelidad al \u00fanico amor de \u00e9l y a vuestra cast\u00edsima oblaci\u00f3n (cf.&nbsp;<em>Rom<\/em>&nbsp;12, 1).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>3. DOLOROSAS DESERCIONES<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La verdadera responsabilidad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">83. En este punto, nuestro coraz\u00f3n se vuelve con paterno amor, con gran estremecimiento y dolor hacia aquellos desgraciados, mas siempre amad\u00edsimos y querid\u00edsimos hermanos nuestros en el sacerdocio, que manteniendo impreso en su alma el sagrado car\u00e1cter conferido en la ordenaci\u00f3n sacerdotal, fueron o son desgraciadamente infieles a las obligaciones contra\u00eddas al tiempo de su consagraci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Su lamentable estado y las consecuencias privadas y p\u00fablicas que de \u00e9l se derivan mueven a algunos a pensar si no es precisamente el celibato propiamente responsable en alg\u00fan modo de tales dramas y de los esc\u00e1ndalos que por ellos sufre el Pueblo de Dios. En realidad, la responsabilidad recae no sobre el sagrado celibato en s\u00ed mismo, sino sobre una valoraci\u00f3n a su tiempo no siempre suficiente y prudente de las cualidades del candidato al sacerdocio o sobre el modo con que los sagrados ministros viven su total consagraci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Motivos para las dispensas<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">84. La iglesia es sensibil\u00edsima a la triste suerte de estos sus hijos y tiene por necesario hacer toda clase de esfuerzos para prevenir o sanar las llagas que se le infieren con su defecci\u00f3n. Siguiendo el ejemplo de nuestros inmediatos predecesores, tambi\u00e9n hemos querido y dispuesto que la investigaci\u00f3n de las causas que se refieren a la ordenaci\u00f3n sacerdotal se extienda a otros motivos grav\u00edsimos no previstos por la actual legislaci\u00f3n can\u00f3nica (cf. CIC can. 214) [nuevos c\u00e1n. 290-291], que pueden dar lugar a fundadas y reales dudas sobre la plena libertad y responsabilidad del candidato al sacerdocio y sobre su idoneidad para el estado sacerdotal, con el fin de liberar de las cargas asumidas a cuantos un diligente proceso judicial demuestre efectivamente que no son aptos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Justicia y caridad de la Iglesia<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">85. Las dispensas que eventualmente se vienen concediendo, en un porcentaje verdaderamente m\u00ednimo en comparaci\u00f3n con el gran n\u00famero de sacerdotes sanos y dignos, al mismo tiempo que proveen con justicia a la salud espiritual de los individuos, demuestran tambi\u00e9n la solicitud de la Iglesia por la tutela del sagrado celibato y la fidelidad integral de todos sus ministros. Al hacer esto, la Iglesia procede siempre con la amargura en el coraz\u00f3n, especialmente en los casos particularmente dolorosos en los que el negarse a rehusar llevar dignamente el yugo suave de Cristo se debe a crisis de fe, o a debilidades morales, por lo mismo frecuentemente responsables y escandalosas.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Llamamiento doloroso<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">86. Oh si supiesen estos sacerdotes cu\u00e1nta pena, cu\u00e1nto deshonor, cu\u00e1nta turbaci\u00f3n proporcionan a la santa Iglesia de Dios, si reflexionasen sobre la solemnidad y la belleza de los compromisos que asumieron, y sobre los peligros en que van a encontrarse en esta vida y en la futura, ser\u00edan m\u00e1s cautos y m\u00e1s reflexivos en sus decisiones, m\u00e1s sol\u00edcitos en la oraci\u00f3n y m\u00e1s l\u00f3gicos e intr\u00e9pidos para prevenir las causas de su colapso espiritual y moral.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Solicitud hacia sacerdotes j\u00f3venes<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">87. La madre Iglesia dirige particular inter\u00e9s hac\u00eda los casos de los sacerdotes todav\u00eda j\u00f3venes que hab\u00edan emprendido con entusiasmo y celo su vida de ministerio. \u00bfNo les es quiz\u00e1 f\u00e1cil hoy, en la tensi\u00f3n del deber sacerdotal, experimentar un momento de desconfianza, de duda, de pasi\u00f3n, de locura? Por esto, la Iglesia quiere que, especialmente en estos casos, se tienten todos los medios persuasivos, con el fin de inducir al hermano vacilante a la calma, a la confianza, al arrepentimiento, a la recuperaci\u00f3n, y s\u00f3lo cuando el caso ya no presenta soluci\u00f3n alguna posible, se aparta al desgraciado ministro del ministerio a \u00e9l confiado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>La concesi\u00f3n de las dispensas<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">88. Si se muestra irrecuperable para el sacerdocio, pero presenta todav\u00eda alguna disposici\u00f3n seria y buena para vivir cristianamente como seglar, la Sede Apost\u00f3lica, estudiadas todas las circunstancias, de acuerdo con el ordinario o superior religioso, dejando que al dolor venza todav\u00eda el amor, concede a veces la dispensa pedida, no sin acompa\u00f1arla con la imposici\u00f3n de obras de piedad y de reparaci\u00f3n, a fin de que quede en el hijo desgraciado, mas siempre querido, un signo saludable del dolor maternal de la Iglesia y un recuerdo m\u00e1s vivo de la com\u00fan necesidad de la divina misericordia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Est\u00edmulo y aviso<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">89. Tal disciplina, severa y misericordiosa al mismo tiempo, inspirada siempre en justicia y en verdad, en suma prudencia y discreci\u00f3n, contribuir\u00e1 sin duda a confirmar a los buenos sacerdotes en el prop\u00f3sito de una vida pura y santa y servir\u00e1 de aviso a los aspirantes al sacerdocio, para que con la prudente gu\u00eda de sus educadores, avancen hacia el altar con pleno conocimiento, con supremo desinter\u00e9s, con arrojo de correspondencia a la gracia divina y a la voluntad de Cristo y de la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Consuelos<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">90. No queremos, por fin, dejar de agradecer con gozo profundo al Se\u00f1or advirtiendo que no pocos de los que fueron desgraciadamente infieles por alg\u00fan tiempo a su compromiso, habiendo recurrido con conmovedora buena voluntad a todos los medios id\u00f3neos, y principalmente a una intensa vida de, oraci\u00f3n, de humildad, de esfuerzos perseverantes sostenidos con la asiduidad al sacramento de la penitencia, han vuelto a encontrar por gracia del sumo sacerdote la v\u00eda justa y han llegado a ser, para regocijo de todos, sus ejemplares ministros.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>4. LA SOLICITUD DEL OBISPO<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>El obispo y sus sacerdotes<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">91. Nuestros querid\u00edsimos sacerdotes tienen el derecho y el deber de encontrar en vosotros, venerables hermanos en el episcopado, una ayuda insustituible y valios\u00edsima para la observancia m\u00e1s f\u00e1cil y feliz de los deberes contra\u00eddos. Vosotros los hab\u00e9is recibido y destinado al sacerdocio, vosotros hab\u00e9is impuesto las manos sobre sus cabezas, a vosotros os est\u00e1n unidos para el honor sacerdotal y en virtud del sacramento del orden, ellos os hacen presentes a vosotros en la comunidad de sus fieles, a vosotros os est\u00e1n unidos con \u00e1nimo confiado y grande, tomando sobre s\u00ed, seg\u00fan su grado, vuestros oficios y vuestra solicitud&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn44\">[44]<\/a>. Al elegir el sagrado celibato, han seguido el ejemplo, vigente desde la antig\u00fcedad, de los obispos de Oriente y Occidente. Lo que constituye entre el obispo y el sacerdote un motivo nuevo de comuni\u00f3n y un factor propicio para vivirla m\u00e1s \u00edntimamente.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Responsabilidad y caridad pastoral<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">92. Toda la ternura de Jes\u00fas por sus ap\u00f3stoles se manifest\u00f3 con toda evidencia cuando \u00c9l los hizo ministros de su cuerpo real y m\u00edstico (cf.&nbsp;<em>Jn<\/em>&nbsp;13-17); y tambi\u00e9n vosotros, en cuya persona \u00abest\u00e1 presente en medio de los creyentes Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, pont\u00edfice sumo\u00bb&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn45\">[45]<\/a>, sab\u00e9is que lo mejor de vuestro coraz\u00f3n y de vuestras atenciones pastorales se lo deb\u00e9is a los sacerdotes y a los j\u00f3venes que se preparan para serlo&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn46\">[46]<\/a>. Por ning\u00fan otro modo pod\u00e9is vosotros manifestar mejor esta vuestra convicci\u00f3n que por la consciente responsabilidad, por la sinceridad e invencible caridad con la que dirigir\u00e9is la educaci\u00f3n de los alumnos del santuario y ayudar\u00e9is con todos los medios a los sacerdotes a mantenerse fieles a su vocaci\u00f3n y a sus deberes.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>El coraz\u00f3n del obispo<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">93. La soledad humana del sacerdote, origen no \u00faltimo de desaliento y de tentaciones, sea atendida ante todo con vuestra fraterna y amigable presencia y acci\u00f3n&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn47\">[47]<\/a>&nbsp;Antes de ser superiores y jueces, sed para vuestros sacerdotes maestros, padres, amigos y hermanos buenos y misericordiosos, prontos a comprender, a compadecer, a ayudar. Animad por todos los modos a vuestros sacerdotes a una amistad personal y a que se os abran confiadamente, que no suprima, sino que supere con la caridad pastoral el deber de obediencia jur\u00eddica, a fin de que la misma obediencia sea m\u00e1s voluntaria, leal y segura. Una devota amistad y una filial confianza con vosotros permitir\u00e1 a los sacerdotes abriros sus almas a tiempo, confiaros sus dificultades en la certeza de poder disponer siempre de vuestro coraz\u00f3n para confiaros tambi\u00e9n las eventuales derrotas, sin el servil temor del castigo, sino en la espera filial de correcci\u00f3n, de perd\u00f3n y de socorro, que les animar\u00e1 a emprender con nueva confianza su arduo camino.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Autoridad y paternidad<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">94. Todos vosotros, venerables hermanos, est\u00e1is ciertamente convencidos de que devolver a un \u00e1nimo sacerdotal el gozo y el entusiasmo por la propia vocaci\u00f3n, la paz interior y la salvaci\u00f3n, es un ministerio urgente y glorioso que tiene un influjo incalculable en una multitud de almas. Si en un cierto momento os veis constre\u00f1idos a recurrir a vuestra autoridad y a una justa severidad con los pocos que, despu\u00e9s de haber resistido a vuestro coraz\u00f3n, causan con su conducta esc\u00e1ndalo al pueblo de Dios, al tomar las necesarias medidas procurad poneros delante todo su arrepentimiento. A imitaci\u00f3n de Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, pastor y obispo de nuestras almas (<em>1Pe<\/em>&nbsp;2, 25), no quebr\u00e9is la ca\u00f1a cascada, ni apagu\u00e9is la mecha humeante (<em>Mt<\/em>&nbsp;12, 20); sanad como Jes\u00fas las llagas (cf.&nbsp;<em>Mt<\/em>&nbsp;9, 12), salvad lo que estaba perdido (cf.&nbsp;<em>Mt<\/em>&nbsp;18, 11), id con ansia y amor en busca de la oveja descarriada para traerla de nuevo al calor del redil (cf.&nbsp;<em>Lc<\/em>&nbsp;15, 4 s.) e intentad como \u00c9l, hasta el fin (cf.&nbsp;<em>Lc<\/em>&nbsp;22, 48), el reclamo al amigo infiel.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Magisterio y vigilancia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">95. Estamos seguros, venerables hermanos, de que no dejar\u00e9is de tentar nada por cultivar asiduamente en vuestro clero, con vuestra doctrina y prudencia, con vuestro fervor pastoral, el ideal sagrado del celibato; y que no perder\u00e9is jam\u00e1s de vista a los sacerdotes que han abandonado la casa de Dios, que es su verdadera casa, sea cual sea el \u00e9xito de su dolorosa aventura, porque ellos siguen siendo por siempre hijos vuestros.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>5. LA AYUDA DE LOS FIELES<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>Responsabilidad de todo el Pueblo de Dios<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">96. La virtud sacerdotal es un bien de la Iglesia entera; es una riqueza y gloria no humana, que redunda en edificaci\u00f3n y beneficio de todo el pueblo de Dios. Por eso, queremos dirigir nuestra afectuosa y apremiante exhortaci\u00f3n a todos los fieles, nuestros hijos en Cristo, a fin de que se sientan responsables tambi\u00e9n ellos de la virtud de sus hermanos, que han tomado la misi\u00f3n de servirles en el sacerdocio para su salvaci\u00f3n. Pidan y trabajen por las vocaciones sacerdotales y ayuden a los sacerdotes con devoci\u00f3n con amor filial, con d\u00f3cil colaboraci\u00f3n, con afectuosa intenci\u00f3n de ofrecerles el aliento de una alegre correspondencia a sus cuidados pastorales. Animen a estos sus padres en Cristo a superar las dificultades de todo g\u00e9nero que encuentran para cumplir sus deberes con plena fidelidad, para edificaci\u00f3n del mundo. Cultiven con esp\u00edritu de fe y de caridad cristiana un profundo respeto y una delicada reserva respecto al sacerdote, de modo particular de su condici\u00f3n de hombre enteramente consagrado a Cristo y a su Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Invitaci\u00f3n a los seglares<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">97. Nuestra invitaci\u00f3n se dirige en particular a aquellos seglares que buscan m\u00e1s asidua e intensamente a Dios y tienden a la perfecci\u00f3n cristiana en la vida seglar. Estos podr\u00e1n con su devota y cordial amistad ser una gran ayuda a los sagrados ministros. Los laicos, en efecto, integrados en el orden temporal y al mismo tiempo empe\u00f1ados en una correspondencia m\u00e1s generosa y perfecta a la vocaci\u00f3n bautismal, est\u00e1n en condiciones, en algunos casos, de iluminar y confortar al sacerdote, que, en el ministerio de Cristo de la Iglesia, podr\u00eda recibir da\u00f1o en la integridad de su vocaci\u00f3n de ciertas situaciones y de cierto turbio esp\u00edritu del mundo. De este modo, todo el Pueblo de Dios honrar\u00e1 a Nuestro Se\u00f1or Jesucristo en los que le representan y de los que \u00c9l dijo: \u00abQuien a vosotros recibe, a m\u00ed me recibe; y quien a m\u00ed me recibe, recibe a aquel que me ha enviado\u00bb (<em>Mt<\/em>&nbsp;10, 40), prometiendo cierta recompensa al que ejercite la caridad de alguna manera con sus enviados (<em>Ib\u00edd.<\/em>, v. 42).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>CONCLUSI\u00d3N<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em><strong>La intercesi\u00f3n de Mar\u00eda<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">98. Venerables hermanos nuestros, pastores del reba\u00f1o de Dios que est\u00e1 debajo de todos los cielos, y amad\u00edsimos sacerdotes hermanos e hijos nuestros: estando para concluir esta carta que os dirigimos con el \u00e1nimo abierto a toda la caridad de Cristo, os invitamos a volver con renovada confianza y con filial esperanza la mirada y el coraz\u00f3n a la dulc\u00edsima Madre de Jes\u00fas y Madre de la Iglesia, para invocar sobre el sacerdocio cat\u00f3lico su maternal y poderosa intercesi\u00f3n. El Pueblo de Dios admira y venera en ella la figura y el modelo de la Iglesia de Cristo en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta uni\u00f3n con \u00e9l. Mar\u00eda Virgen y Madre obtenga a la Iglesia, a la que tambi\u00e9n saludamos como virgen y madre&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftn48\">[48]<\/a>, el que se glor\u00ede humildemente y siempre de la fidelidad de sus sacerdotes al don sublime de la sagrada virginidad, y el que vea c\u00f3mo florece y se aprecia en una medida siempre mayor en todos los ambientes, a fin de que se multiplique sobre la tierra el ej\u00e9rcito de los que&nbsp;<em>siguen al divino Cordero adondequiera que \u00e9l vaya<\/em>&nbsp;(<em>Ap<\/em>&nbsp;14, 4).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong><em>Firme esperanza de la Iglesia<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">99. La Iglesia proclama altamente esta esperanza suya en Cristo; es consciente de la dram\u00e1tica escasez del n\u00famero de sacerdotes en comparaci\u00f3n con las necesidades espirituales de la poblaci\u00f3n del mundo; mas est\u00e1 firme en su esperanza, fundada en los infinitos y misteriosos recursos de la gracia, que la calidad espiritual de los sagrados ministros engendrar\u00e1 tambi\u00e9n la cantidad,&nbsp;<em>porque a Dios todo le es posible<\/em>&nbsp;(<em>Mc<\/em>&nbsp;10, 27;&nbsp;<em>Lc<\/em>&nbsp;1, 37).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En esta fe y en esta esperanza sea a todos auspicio de las gracias celestes y testimonio de nuestra paternal benevolencia, la bendici\u00f3n apost\u00f3lica que os impartimos con todo el coraz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><em>Dado en Roma, en San Pedro, el 24 del mes de junio del a\u00f1o 1967, quinto de nuestro pontificado.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>PAULUS PP. VI<\/strong><\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>NOTAS<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref1\">[1]<\/a>&nbsp;Carta del 10 octubre 1965 al Emmo. Card. E. Tisserant, le\u00edda en la 146 Congregaci\u00f3n general, el 11 de octubre.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref2\">[2]<\/a>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/index_sp.htm\">Concilio Vaticano II<\/a>, Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_christus-dominus_sp.html\">Christus Dominus<\/a><\/em>, n. 35;&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651118_apostolicam-actuositatem_sp.html\">Apostolicam actuositatem<\/a><\/em>, n. 1;&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 10, 11;&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_ad-gentes_sp.html\">Ad gentes<\/a><\/em>, n. 19, 38.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref3\">[3]<\/a>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/index_sp.htm\">Concilio Vaticano II<\/a>, Const.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, n. 62.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref4\">[4]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 1.6.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref5\">[5]<\/a>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/index_sp.htm\">Concilio Vaticano II<\/a>, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html\">Dei Verbum<\/a><\/em>, n. 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref6\">[6]<\/a>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/index_sp.htm\">Concilio Vaticano II<\/a>, Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, n. 28; Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref7\">[7]<\/a>&nbsp;Decr.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref8\">[8]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref9\">[9]<\/a>&nbsp;Const.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, n. 42.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref10\">[10]<\/a>&nbsp;Cf. Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, n. 42; Decr.<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref11\">[11]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 14.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref12\">[12]<\/a>&nbsp;Cf. Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 13.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref13\">[13]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref14\">[14]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, n. 10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref15\">[15]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref16\">[16]<\/a>&nbsp;Const. past.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html\">Gaudium et spes<\/a><\/em>, n. 39.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref17\">[17]<\/a>&nbsp;Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, n. 5.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref18\">[18]<\/a>&nbsp;Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, n. 48.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref19\">[19]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_perfectae-caritatis_sp.html\">Perfectae caritatis<\/a><\/em>, n. 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref20\">[20]<\/a>&nbsp;Cf. Tertuliano,&nbsp;<em>De exhort. castitatis<\/em>, 13: PL 2, 978; San Epifanio,&nbsp;<em>Adv. haer.<\/em>&nbsp;2, 48, 9 y 59, 4: PL 41, 869. 1025; San Efr\u00e9n,&nbsp;<em>Carmina nisibena<\/em>, 18, 19, ed. G. Bickell. (Lipsiae 1866), 122; Eusebio de Ces\u00e1rea,&nbsp;<em>Demonstr. evang.<\/em>, 1, 9: PG 22, 81; San Cirilo de Jerusal\u00e9n,&nbsp;<em>Catech.<\/em>, 12, 25: PG 33, 757; San Ambrosio,&nbsp;<em>De offic. ministr<\/em>., 1, 50: PL 16, 97 s.; San Aust\u00edn,&nbsp;<em>De moribus Eccl. cathol.<\/em>, 1, 32: PL 32, 1339; San Jer\u00f3nimo,&nbsp;<em>Adv. Vigilant.<\/em>, 2: PL 23, 340-41; Sinesio, Obispo de Tolem.,&nbsp;<em>Epist<\/em>., 105: PG 66, 1485.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref21\">[21]<\/a>&nbsp;La primera vez en el Concilio de Elvira en Espa\u00f1a (c. a. 300), c. 33; Mansi 2, 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref22\">[22]<\/a>&nbsp;Ses. 24, can. 9-10.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref23\">[23]<\/a>&nbsp;San P\u00edo X,&nbsp;<em>Exhort. Haerent animo<\/em>: ASS 41 (1908) 555-577; Benedicto XV,&nbsp;<em>Carta al Arzob. de Praga F. Kordac<\/em>, 29 enero 1920: AAS 12 (1920) 57 s.; Alloc. consist. 16 dic. 1920: AAS 12 (1920) 585-588; P\u00edo XI, Enc.&nbsp;<em>Ad catholici sacerdoti:<\/em>&nbsp;AAS 28 (1936) 24-30; P\u00edo XII, Exhort.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/w2.vatican.va\/content\/pius-xii\/es\/apost_exhortations\/documents\/hf_p-xii_exh_19500923_menti-nostrae.html\">Menti nostrae<\/a><\/em>: AAS 42 (1950) 657-702; Enc.&nbsp;<em>Sacra virginitas:<\/em>&nbsp;AAS 46 (1954) 161-191; Juan XXIII, Enc.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/w2.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/encyclicals\/documents\/hf_j-xxiii_enc_19590801_sacerdotii.html\">Sacerdotii nostri primordia<\/a>:<\/em>&nbsp;AAS 51 (1959) 554-556.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref24\">[24]<\/a>&nbsp;Juan XXIII,&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/w2.vatican.va\/content\/john-xxiii\/es\/speeches\/1960\/documents\/hf_j-xxiii_spe_19600126_sinodo-ii-sessione.html\">Alocuci\u00f3n a la&nbsp; Segunda sesi\u00f3n del S\u00ednodo romano<\/a><\/em>, 26 de enero de 1960: AAS 52 (1960) 235-236 (texto latino, 226).<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref25\">[25]<\/a>&nbsp;Can. 6, 12, 13, 48: Mansi 11, 944-948, 965.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref26\">[26]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref27\">[27]<\/a>&nbsp;<em>De virginitate<\/em>, 13: PG 46, 381-382.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref28\">[28]<\/a>&nbsp;<em>De sacerdotio<\/em>, 1, 3, 4: PG 48, 642.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref29\">[29]<\/a>&nbsp;Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, n. 21, 28, 64.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref30\">[30]<\/a>&nbsp;Const. cit., n. 29.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref31\">[31]<\/a>&nbsp;Const. cit., n. 42.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref32\">[32]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 16.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref33\">[33]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, n. 2;&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 11.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref34\">[34]<\/a>&nbsp;<em>Confes<\/em>., 1, 29, 40: PL 32, 796.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref35\">[35]<\/a>&nbsp;Cf.&nbsp;<em>1 Tes<\/em>&nbsp;2, 11;&nbsp;<em>1 Cor<\/em>&nbsp;4, 15;&nbsp;<em>2 Cor<\/em>&nbsp;6, 13;&nbsp;<em>G\u00e1l<\/em>&nbsp;4, 19;&nbsp;<em>1 Tim<\/em>&nbsp;5, 1-2.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref36\">[36]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref37\">[37]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, n. 3-11; cf. Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_perfectae-caritatis_sp.html\">Perfectae caritatis<\/a><\/em>, 11. 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref38\">[38]<\/a>&nbsp;Santo Tom\u00e1s de Aquino,&nbsp;<em>S. Th<\/em>&nbsp;2-2, q. 184, a. 8, c.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref39\">[39]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html\">Optatam totius<\/a><\/em>, n. 12.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref40\">[40]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 16, 18.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref41\">[41]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 18.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref42\">[42]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 8.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref43\">[43]<\/a>&nbsp;Decr. cit.,&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">ib\u00edd<\/a><\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref44\">[44]<\/a>&nbsp;Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, n. 28.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref45\">[45]<\/a>&nbsp;Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, u. 21.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref46\">[46]<\/a>&nbsp;Decr.&nbsp;<em>&nbsp;<a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">Presbyterorum ordinis<\/a><\/em>, n. 7.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref47\">[47]<\/a>&nbsp;Decr. cit.,&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_decree_19651207_presbyterorum-ordinis_sp.html\">ib\u00edd<\/a><\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><a href=\"https:\/\/www.vatican.va\/content\/paul-vi\/es\/encyclicals\/documents\/hf_p-vi_enc_24061967_sacerdotalis.html#_ftnref48\">[48]<\/a>&nbsp;Const. dogm.&nbsp;<em><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/hist_councils\/ii_vatican_council\/documents\/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html\">Lumen gentium<\/a><\/em>, n. 63, 64.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\"\/>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Copyright \u00a9 Dicastero per la Comunicazione &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>ENC\u00cdCLICASACERDOTALIS CAELIBATUSDE SU SANTIDADPABLO VISOBRE EL CELIBATO SACERDOTAL A los obispos,a los hermanos en el sacerdocio,a los fieles de todo el mundo cat\u00f3lico INTRODUCCI\u00d3N 1. 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