Cooperadores de Dios
es un Proyecto que invita a TODOS a defender y reconstruir LA INFANCIA, LA JUVENTUD Y LA FAMILIA y ofrece en esta página HERRAMIENTAS PARA ELLO.
Un libro que hará mucho bien a los matrimonios ya de años y sobre todo a los que apenas están empezando, para que logren acoplarse a la medida de la moral cristiana, costumbres conservadoras y retomar ese espíritu de lucha y de amor por Dios, la Iglesia, la familia y la Patria.
Ejemplo de buenos matrimonios bíblicos, fueron Abraham y Sara. El Apóstol San Pedro, dice en su Primera Carta, capítulo tercero, que no se contentaba Sara con llamar a Abraham marido, sino que le llamaba señor y le obedecía con humildad.
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Al principio, el hombre y la mujer estaban unidos por la conciencia de que el uno es un don para el otro. Después del pecado, este significado del don inscrito permanece en el corazón humano. Así, el matrimonio es sacramento primordial porque transmite al mundo visible el misterio escondido en Dios desde la eternidad, a través de su cuerpo.
El Génesis nos muestra cómo el hombre y la mujer están dotados de la misma dignidad pero son diferentes, tanto exterior (en la forma de su cuerpo) como interiormente.
La unión conyugal, en el libro del génesis, se define como “conocimiento”: "Conoció el hombre a su mujer, que concibió y parió... diciendo: He alcanzado de Yahvé un varón" (Gén 4, 1). Con el conocimiento bíblico, el hombre-mujer, no sólo da nombre a todos los seres vivientes tomando así posesión de ellos, sino que en el “conocer” se realiza como persona.
Siempre ha habido errores de interpretación del hombre sobre el matrimonio. Cristo nos muestra que la verdad es inmutable y es la misma desde el principio. Tenemos que recuperar los fundamentos de nuestra dignidad y nuestra vocación.
Recordemos las palabras del sermón de la montaña: “Habéis oído —dice el Señor— que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).
La concupiscencia no viene del Padre, viene del mundo, del corazón del hombre, que puso en duda el don de Dios y acepta la motivación del tentador. El hombre corta con lo que viene del Padre, quedando en él lo que viene del mundo. Aparece la vergüenza como manifestación de lo que no viene de Dios.
Los síntomas de haber caído en el pecado son la vergüenza (y si me pillan) y el miedo. La confesión cuesta porque nos da vergüenza confesar nuestros pecados. Los miedos normalmente son a las consecuencias del pecado, y no se busca el origen que ha provocado esos miedos realmente.
Es sorprendente que la concupiscencia ataque precisamente a aquello que hace al hombre imagen de Dios. Ahí se ve cómo el pecado degrada al hombre y el objetivo del demonio es destruirlo y rebajarlo al nivel de los animales.
El hombre tiene una sed insaciable de unión, pues fue creado para la comunión de personas y esto debería expresarse también por sus cuerpos en su masculinidad y feminidad.
Seguimos analizando el fenómeno de la vergüenza que aparece como consecuencia del pecado original. Vemos que sustituye al estado de confianza absoluta que había en el estado de inocencia originaria.
Las palabras que Dios dirige a Eva: “Buscarás con ardor a tu marido que te dominará” revelan que, por el pecado, la relación entre el hombre y la mujer pasa de ser una donación mutua a ser una relación de intento de apropiación.
Por la triple concupiscencia, por el pecado, las costumbres y casuísticas humanas del momento pueden llevar a establecer leyes nuevas (leyes a “mi medida”) que se sobreponen y se desvían de la ley de Dios.
Hay una barrera infranqueable que nos separa del “principio”, fruto del pecado original, pero con la gracia de Dios, con la oración y los sacramentos, con la formación y con nuestro esfuerzo podremos vivir el matrimonio como Dios lo quiso.
Esta viña así llamada, es fundamental para COOPERADORES DE DIOS. Dos personas, entregadas la una a la otra por voluntad de Dios, por llamado de Dios, cuando unen sus vidas forman la base de la sociedad, son el germen vital de la familia.